domingo, 13 de septiembre de 2026

DOMINGO XXV – A (20 de setiembre de 2026)

 DOMINGO XXV – A (20 de setiembre de 2026)

 Proclamación del santo evangelio según San Mateo 20,1-16:

 20,1 Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña.

20,2 Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.

20,3 Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza,

20,4 les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo".

20,5 Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.

20,6 Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?"

20,7 Ellos le respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña".

20,8 Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros".

20,9 Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.

20,10 Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario.

20,11 Y al recibirlo, protestaban contra el propietario,

20,12 diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada".

20,13 El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?

20,14 Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti.

20,15 ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?"

20,16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos".  PALABRA DEL SEÑOR.

 Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

Existen cristianos que creen que la religión consiste en lo que ellos dan a Dios. Y no, la religión consiste en lo que Dios hace por nosotros.

Mentalidad de mercenarios. Incapacidad congénita para considerarse «siervos inútiles». No entienden que es peligroso exigir a Dios «lo que es justo».

El verdadero obrero, según el corazón del Señor, es el que se desinteresa del salario. El que encuentra la propia alegría en poder trabajar por el Reino.

Pero el punto central de la parábola está especificado en esa constatación amarga: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno? «Envidia», «envidioso» se puede traducir, literalmente, por «ojo malo».

En el fondo la parábola nos dice que podemos ser unos trabajadores extraordinarios, pero al mismo tiempo estar enfermos de «ojo malo». Y, consiguientemente, no sabemos estar en la viña como se debe.

Digamos la verdad. Es más fácil aceptar la severidad de Dios, que su misericordia. Y, sin embargo, la prueba fundamental a que está sometido el cristiano es ésta: ¿eres capaz de aceptar la bondad del Señor, de no refunfuñar cuando perdona, cuando compadece, cuando olvida las ofensas, cuando es paciente, generoso hacia el que se ha equivocado? ¿Eres capaz de perdonar a Dios su «injusticia»? (/Lc/15/11-32) ¿Resistes a la tentación de enseñar a Dios el... oficio de Dios? El hermano obedientísimo del hijo pródigo, ese trabajador ejemplar, ese empleado modelo, se ha revelado incapaz de comprender y aceptar la liberalidad del padre, su acogida festiva al hijo calavera que volvía a casa después de haber dilapidado el patrimonio en juergas y con mujerzuelas. Se ha sentido ofendido por la fiesta organizada con ocasión de su vuelta. Esa alegría le ha parecido una injuria, una injusticia a su fidelidad.

Nuestra desgracia es la envidia. (El ojo malo). La mezquindad.

No estamos dispuestos a hacer fiesta cuando Dios hace fiesta a quien no se la merece. Apuesto que, si hubiésemos estado presentes bajo la cruz, habríamos considerado «inadmisible» la pretensión del ladrón de entrar en el Reino de Cristo a ese precio. Y habríamos encontrado motivo para criticar aquella canonización inmediata de un pícaro, que no tenía para exhibir ninguna de esas virtudes nuestras «probadas», sino sólo maldades.

La infinita misericordia de Dios sólo tiene un enemigo: el ojo malo.

Pero quien tiene el ojo malo, y no intenta curarse, es también enemigo de sí mismo. Porque corre el peligro de echar a perder la eternidad. Si esperamos la vida eterna como justa recompensa a nuestros méritos, nos cerramos la posibilidad de sorprendernos, como los trabajadores de la hora undécima, frente a la generosidad del amo. Pasaremos la eternidad contabilizando nuestros méritos. Confrontándolos con los de los demás. Corrigiendo las operaciones de Dios. Una condenación...

Mt 20,1-16 no enseña que el salario o la recompensa sean malos, ni que el cristiano deba trabajar por el Reino sin esperar la vida eterna. El problema es convertir la relación con Dios en una contabilidad de méritos que nos permita exigirle a Dios un trato proporcional al nuestro.

1. La parábola no trata primariamente del salario, sino de la lógica del Reino

Evangelio de Mateo 20,1-16 comienza con una fórmula decisiva:

«El Reino de los cielos se parece a un propietario que salió de madrugada a contratar jornaleros para su viña».

La viña representa el ámbito donde Dios reúne, llama y hace participar al ser humano en su obra. Lo sorprendente es que el propietario sale repetidamente: al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y finalmente casi al caer la tarde.

Esto significa que Dios no deja de llamar.

Hay personas que entran en la viña desde muy temprano; otras llegan casi al final. Y aquí aparece el escándalo: Dios no distribuye su bondad según nuestro sistema de proporcionalidad.

El trabajador de primera hora piensa: «Yo trabajé más → debo recibir más».

El propietario responde: «¿No habíamos acordado un denario?»

La cuestión no es que Dios sea injusto. La parábola introduce deliberadamente una distinción entre justicia y gratuidad. El amo no les quita nada a los primeros. Les da lo convenido. Lo que los irrita es que los últimos reciban también un denario. Ahí aparece el verdadero problema.

2. El «ojo malo o envidia»: la enfermedad espiritual que transforma la gracia del otro en una injusticia contra mí

La expresión griega de Mt 20,15 es particularmente fuerte: «¿Es malo tu ojo porque yo soy bueno?»

La imagen del ojo malo no describe simplemente una mirada desagradable. En el contexto bíblico, puede expresar una mirada envidiosa, mezquina, avara, incapaz de alegrarse ante el bien recibido por otro.

Y aquí aparece la paradoja espiritual: puedo estar dentro de la viña y tener el corazón fuera de la lógica de la viña.

Puedo trabajar para Dios y, sin embargo, no amar verdaderamente la lógica de Dios. Puedo rezar, estudiar teología, servir, evangelizar, enseñar, cumplir normas, ser fiel durante décadas... y todavía preguntarme: «¿Y él qué ha hecho para recibir tanto?»

Entonces mi servicio deja de ser amor y se convierte, poco a poco, en una cuenta corriente delante de Dios.

3. El trabajador de primera hora puede estar trabajando para Dios... pero también para sí mismo

Esta es quizá la parte más incómoda de la parábola. El trabajador de primera hora no necesariamente es un hipócrita. Trabajó realmente. Su problema aparece cuando descubre que Dios es bueno con quien, según sus cálculos, merece menos.

Entonces emerge algo escondido: «Yo no solamente quería servir; quería que mi servicio me colocara por encima de los demás». Y esto puede ocurrir también en la vida religiosa, sacerdotal, pastoral, académica o educativa.

Podemos llegar a pensar: «Yo llevo muchos años sirviendo». «Yo fui fiel cuando otros abandonaron». «Yo cumplí cuando otros fallaron». «Yo me sacrifiqué». «Yo estudié». «Yo obedecí». «Yo permanecí».

Y todo eso puede ser verdadero. Pero aparece la pregunta terrible:

¿Mi fidelidad me ha hecho más misericordioso o más exigente con los que no fueron fieles como yo? Porque existe una fidelidad que nos acerca a Dios y otra que, paradójicamente, nos hace sentir propietarios de Dios.

4. El verdadero obrero no trabaja para comprar el Reino

No diría simplemente: «El verdadero obrero es el que se desinteresa del salario». Teológicamente sería más preciso decir: El verdadero obrero no trabaja para convertir el salario en una deuda que Dios tenga que pagarle. La vida eterna sigue siendo un don prometido por Cristo.

San Pablo lo expresa radicalmente: «La paga del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús» (Rm 6,23). La diferencia es enorme.

Salario entendido como derecho absoluto: «Dios me debe esto porque hice aquello».

Don recibido en la alianza: «Todo lo que tengo, incluso mi capacidad de trabajar en tu viña, ya es gracia» Por eso el cristiano puede desear la vida eterna sin convertirla en una remuneración contractual.

La pregunta cambia: No «¿cuánto me dará Dios por lo que hice?», sino «¿cómo podría no alegrarme de haber podido trabajar en su viña?»

5. «Es más fácil aceptar la severidad de Dios que su misericordia»

Aquí tocamos una de las dimensiones más profundas del texto. Nosotros comprendemos fácilmente un Dios que funciona según: premio → mérito → recompensa.

Porque ese Dios es previsible. Podemos calcularlo. Podemos compararnos. Podemos sentirnos mejores. Podemos incluso sentirnos seguros delante de él. Pero el Dios misericordioso nos desarma. Porque si Dios puede amar gratuitamente al último: ¿qué queda de mi superioridad?

Si Dios puede perdonar al pecador: ¿qué hago yo con mis méritos?

Si Dios puede recibir al que regresó después de haberlo perdido todo: ¿qué hago con mis años de fidelidad?

La misericordia de Dios resulta escandalosa porque no solamente salva al pecador: también amenaza la imagen de superioridad del justo.

6. Por eso Mt 20 debe leerse junto con Lc 15

Aquí tu conexión con el hermano mayor del hijo pródigo es teológicamente fecunda. En Lc 15, el hermano mayor no dice: «Padre, me alegra que mi hermano haya vuelto».

Dice, en esencia: «Yo te he servido todos estos años...» Su vocabulario revela una relación deteriorada. No se experimenta como hijo, sino como trabajador que presenta méritos.

Y ahí está la tragedia: está dentro de la casa, pero no participa de la alegría del padre.

Lo mismo ocurre en Mt 20.

Los primeros trabajadores están dentro de la viña, pero no consiguen entrar en la alegría del propietario. Ese puede ser el drama de una vida cristiana entera: trabajar para Dios sin haber aprendido a alegrarse con Dios.

7. «Perdonarle a Dios su injusticia»: una paradoja que debe entenderse correctamente

La expresión es provocadora y espiritualmente poderosa, pero necesita una precisión: Dios no es injusto. La parábola no relativiza la justicia divina.

Lo que pone en crisis es nuestra definición de justicia cuando queremos utilizarla para limitar la misericordia de Dios.

El hombre dice: «No es justo que él reciba tanto». Dios responde: «¿No puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O tienes tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,15).

Por tanto, el problema no es la injusticia de Dios.

El problema es que mi idea de justicia puede convertirse en una cárcel que intento imponerle a la misericordia divina.

8. El ladrón en la cruz revela hasta dónde llega nuestro «ojo malo»

Aquí la conexión con Lc 23,39-43 es impresionante. El buen ladrón no presenta curriculum espiritual. No exhibe años de servicio. No presenta obras. No puede reparar su pasado. No puede devolver lo robado. No puede realizar grandes obras después de su conversión.

Simplemente reconoce: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a tu Reino».

Y Jesús responde: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

El «trabajador de primera hora» podría protestar: «¡Eso no puede ser! ¿Cómo puede entrar él?» Pero precisamente ahí está el escándalo cristiano: la salvación no es el premio que Dios entrega a quienes lograron hacerse suficientemente buenos; es el don de un Dios que, en Cristo, sale al encuentro del ser humano para salvarlo.

La gracia no destruye la responsabilidad humana. Pero sí destruye la pretensión de apropiarnos de la salvación como propiedad privada.

9. El ojo malo no solamente perjudica al otro: destruye mi propia capacidad de recibir gracia

Esta es, a mi juicio, la parte más peligrosa. El envidioso no puede disfrutar del bien que posee porque está mirando constantemente el bien del otro. Entonces vive así:

«¿Por qué él?» Y deja de escuchar: «Gracias, Señor, porque yo también estoy en tu viña».

El ojo malo transforma: la gracia en competencia; la vocación en privilegio; el servicio en mérito; la fidelidad en superioridad; la Iglesia en ranking; la santidad en comparación;
y el Reino en una tabla de posiciones. Y entonces ocurre algo terrible: ya no vivo delante de Dios; vivo comparándome delante de los demás.

10. La frase más peligrosa no es «yo no he recibido»

Es: «Él no debería haber recibido». Ahí aparece el corazón del «ojo malo».

Porque puedo sufrir por no recibir algo. Pero cuando me duele que otro reciba gratuitamente lo que yo considero que no merece, mi problema ya no es mi carencia: es la bondad de Dios hacia el otro. Y entonces la misericordia divina se convierte, para mí, en una ofensa.

11. La parábola cambia radicalmente cuando descubro que yo también soy «la hora undécima»

Aquí está la inversión más profunda. Durante mucho tiempo podemos leer Mt 20 pensando: «Yo soy uno de los trabajadores de primera hora». Pero la parábola nos invita a preguntarnos: «¿Y si delante de Dios yo también soy un trabajador de la hora undécima?» ¿Qué tengo que presentar ante Dios? ¿Mis años de servicio? ¿Mi formación? ¿Mis sacrificios? ¿Mis conocimientos? ¿Mi fidelidad? Todo eso tiene valor. Pero nada de eso convierte a Dios en mi deudor. Porque antes de que yo pudiera trabajar en la viña: Él ya me había llamado. Antes de que yo pudiera responder: Él ya me había buscado.

Antes de que pudiera ofrecer algo: Él ya me había dado todo. Entonces cambia radicalmente la espiritualidad:

No trabajo para conseguir que Dios me ame. Trabajo porque ya he sido alcanzado por su amor.

12. La «condenación» es una imagen espiritualmente muy fuerte

Si paso toda mi existencia contabilizando: «Yo hice esto». «Él hizo aquello». «Yo fui más fiel». «Él pecó más». «Yo merezco». «Él no merece». Corro el riesgo de llevar mi lógica contable hasta la eternidad. Y eso sería una ironía terrible: estar delante de la misericordia infinita y seguir haciendo cuentas.

Una persona podría llegar al Reino y continuar preguntando: «¿Por qué él está aquí?» Mientras Dios le está diciendo: «¡Mira dónde estás tú!» Ese es quizá el drama del ojo malo: tener delante la fiesta de Dios y no poder disfrutarla porque estamos demasiado ocupados comparando las invitaciones de los demás.

La reformulación que desafía radicalmente nuestra mirada

Yo reformularía todo tu planteamiento así: Quizá el problema no sea que trabajamos demasiado para Dios, sino que todavía no hemos aprendido a recibir gratuitamente a Dios.

Podemos pasar años en la viña y seguir pensando como jornaleros: «¿Cuánto me corresponde?». Podemos obedecer, servir, estudiar, enseñar, sacrificarnos y permanecer fieles, pero si nuestra fidelidad nos vuelve incapaces de alegrarnos cuando Dios tiene misericordia del otro, entonces nuestro trabajo ha producido frutos visibles mientras nuestro corazón permanece enfermo.

El ojo malo no mira el pecado del otro: mira la gracia del otro y se escandaliza. Por eso la pregunta decisiva de Mt 20 no es: «¿Cuánto has trabajado?», sino: «¿Puedes alegrarte porque Dios es bueno?» Y quizá esta sea la pregunta que más desnuda nuestra espiritualidad:

Si Dios perdonara esta noche precisamente a aquella persona cuyo pecado me cuesta más aceptar; si la abrazara, la levantara y celebrara su regreso, ¿yo entraría en la fiesta o me quedaría fuera protestando por la injusticia de su misericordia? Porque entonces descubriría algo estremecedor: quizá llevo muchos años trabajando en la viña de mi Padre sin haber aprendido todavía a tener el corazón de mi Padre.

El Reino no consiste finalmente en recibir más que los otros, sino en aprender a amar como Dios ama. Y quien no puede alegrarse por la gracia concedida al otro todavía no ha comprendido la gracia que él mismo ha recibido.

Para cerrar el taller con una pregunta realmente «candente»: Si Cristo me dijera hoy: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?», ¿a quién tendría que señalar para reconocer que todavía me molesta más su misericordia que su pecado?

Y una segunda, todavía más incómoda: ¿Estoy sirviendo al Reino porque amo al Señor, o estoy acumulando méritos delante de Dios para sentir que mi fidelidad me hace superior a los demás? La parábola, finalmente, no nos pregunta cuántas horas hemos trabajado en la viña. Nos pregunta algo mucho más peligroso: «Después de tantos años trabajando para Dios, ¿te pareces realmente a Dios y decir No vivo yo, es Cristo quien vive en mi»

domingo, 6 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV – A (13 de setiembre de 2026)

 DOMINGO XXIV – A (13 de setiembre de 2026)

Proclamación del santo evangelio según San Mateo 18,21-35

18,21 Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?"

18,22 Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

18,23 Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.

18,24 Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.

18,25 Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.

18,26 El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".

18,27 El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

18,28 Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: "Págame lo que me debes".

18,29 El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: "Dame un plazo y te pagaré la deuda".

18,30 Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

18,31 Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.

18,32 Este lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.

18,33 ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?"

18,34 E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

18,35 Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos" PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

San Pablo dice: “No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien” (Rom 12,21). “Perdona a tu prójimo el agravio, y, en cuanto lo pidas, te serán perdonados tus pecados. El hombre que guarda rencor contra su prójimo, ¿cómo pide del Señor que le Perdone?” (Eclo 28,2-3). “Quien no practico misericordia tendrá un juicio sin misericordia” (Stg 2,13).

 La única estrategia efectiva para llegar al cielo es el amor, por eso la enseñanza central del evangelio es aquello que Jesús nos ha dicho: “Les doy un mandamiento nuevo, ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros". (Jn 13,34-35; Juan 15, 12; Juan 15, 17; 1 Juan 3, 11; 1 Juan 3, 23). Pero, preguntar cuántas veces he de perdonar a mi hermano, como ya se ha dicho, es ponerle límites al amor. ¿Qué sucedería si también le preguntamos a Dios cuántas veces está dispuesto a perdonarnos? San Pablo lo entendió mejor que Pedro y por eso dice: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá. El amor no pasará jamás” (I Cor 13,4-8).

 Cuando nosotros solemos decir “a la tercera va la vencida”. Es decir, que después de tres veces ya no me vengas con cuentos. Que no es lo mismo que decir que te perdono solo hasta siete veces y no más. En cambio y felizmente para Dios ni a la tercer ni a la octava va la vencida porque Dios nos ama siempre y por eso nos perdona siempre. Incluso ya nos dijo: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Jesús dio su vida por nosotros, de este modo nos testificó que Dios nos ama como un amigo fiel hasta la muerte. Con mucha razón nos había dicho al inicio de su misión:  “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.  Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17).

 Tenemos que reconocer que nos cuesta aceptar que estamos llamados en amar como Dios nos ama. Nos imaginamos que el corazón de Dios es como el nuestro, un corazón que pone numero al amor. Nosotros nos parecemos al siervo de la parábola que pide se le perdone su enorme deuda o al menos que tengan paciencia con él, pero luego él es incapaz de ser considerado con el compañero que le debe una minucia. Por eso es linda la conclusión que saca Jesús: “Perdonar de corazón cada uno a su hermano” (Mt 18,35).

 ¿Sabes cuántas veces has cometido pecado y por tanto cuántas veces te ha perdonado ya Dios? ¿Cuántas veces hemos perdonado nosotros? ¿Cuántas veces se han perdonado los esposos? ¿Cuántas veces se han perdonado los hermanos? ¿Cuántas veces hemos perdonado al vecino? ¿No te parece lindo que los esposos pudieran decirse el uno al otro: aunque me falles siempre te perdonaré? Ya sé que más de uno estará pensando: ¿Y no es eso dejarle vía libre para hacer lo que le viene en ganas? El amor y el perdón claro que dejan vía libre, pero también son una exigencia para cambiar y vivir en la verdad del amor. Si quieres que Dios te perdone, comienza por perdonar. Si no eres capaz de perdonar por siempre, luego no pidas que Dios te perdone siempre. No por gusto nos dijo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes"(Lc 6,36-38). Es decir, en la capacidad de perdón se juega la edificación o la destrucción de la comunidad que busca la salvación.

 La comunidad de Jesús no puede sostenerse sin el perdón dado y recibido siempre y porque esta comunidad (Iglesia) es de Hermanos (Mt 23,8). Y el distintito de la comunidad es el amor mutuo: Recordemos aquel mandato enfático que dio Jesús a la comunidad: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto los reconocerán que ustedes son mis discípulos en el amor que se tengan los unos a los otros" (Jn 13,34-35). Así pues, el que ama no permitirá que su hermano peque  y se pierda (Mt 18,15); No perdonará solo siete veces sino por siempre (Mt 18,21). Porque ama por siempre.

 La actitud contraria  al amor nos recuerda aquella primera escena de odio: “Caín, dijo a su hermano Abel Vamos al campo. Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: "No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?" Replicó el Señor: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo” (Gn4,8-10). Esta escena nos sitúa en la segunda parte de la enseñanza del evangelio de hoy: “El Siervo despiadado” (Mt 18,23-34). “Por eso el Reino de los cielos es semejante a…”. Es importante esta mención del “Reino”: el concederle el perdón al hermano es condición para ser admitido en el “Reino de los cielos”, es en este punto que debe verificarse un cambio radical en la vida de un discípulo (Mt 18,3).

 El perdón desde el corazón o con misericordia como mensaje central de la enseñanza (Mt 18,35): “Lo mismo hará con Uds mi Padre celestial, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano”. La parábola ha terminado con una verdadera consagración de la “misericordia” con la cual se descarta definitivamente la “ley del talión” (Mt 5, 38-39). La conexión con las bienaventuranzas es evidente: “Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7); esta es, incluso, una de sus mejores catequesis. Igualmente nos conecta con el epílogo del Padre-Nuestro:

 “Que si Uds. perdonan a los hombres sus ofensas, les perdonará también a Uds. su Padre celestial;  pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas” (Mt 6, 14-15).

 La novedad, con relación a los textos anteriores, es que Jesús agrega que ese perdón debe ser concedido “de corazón” y no solo de boca o meras palabras. Por lo que, será nuestra actitud la que determinará finalmente el juicio de Dios sobre nuestras salvación. El apóstol Santiago nos dice: “El que no practicó misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg 2,13).

 A menudo solemos actuar equivocadamente; en lugar de ser misericordiosos, actuar como jueces, al respecto el Señor nos lo dice también: “¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Deja que te saque la paja de tu ojo, si hay una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mt 7,3-5).  Y el Apóstol Santiago: “Uno solo es el legislador y juez, aquel que tiene el poder de salvar o de condenar. ¿Quién eres tú para condenar al prójimo?” (Stg 4,12). Y San Pablo agrega: “La única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley” (Rm 13,8). Así pues, el que vive en el amor, no vive con tanto cuantas veces perdono a mi prójimo si no siempre perdonando: “El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá” (I Cor 13,7-8).

El pánico de la eterna reprobación relampaguea tras las palabras que nos indican el castigo: La primera enseñanza de la parábola es la advertencia contra la dureza de corazón. Si los hermanos no se perdonan mutuamente, está en peligro su eterno destino.

(Lc 6,36-38): La medida con que Dios nos mide es la misma con que nosotros debemos medir. La relación con los demás hermanos se regula con nuestra relación con Dios. De aquí nace la orden de estar dispuestos sin restricciones a reconciliarnos. Solamente así se mantiene la perspectiva de ser salvado al rendir cuentas en el juicio. De este modo se ha elevado a un nuevo plano la relación de los hermanos entre sí. Todos ellos están relacionados como personas que viven de la misericordia del mismo Señor. Lo que se les ha encargado es obsequiarse también entre sí con esta misericordia, que se les ha concedido con exceso. En la historia se revela la conducta de Dios con el hombre con la misma profundidad que la conducta de los hombres entre sí. El que no busca su propia gloria, sino que constantemente se da poca importancia y perdona desinteresadamente, éste es el mayor en el reino de los cielos.

El perdón según: Mt 18,21-35: ¿TIENE LIMITES EL PERDÓN? Pero esa pregunta casuística, que intenta fijar la cantidad y límites del perdón cuando el hermano te ofende, parece sacar el perdón de su contexto -el Reino del Padre- para devolverlo a la ley. La parábola del empleado inicuo quiere devolver el problema al único horizonte en que puede ser resuelto: Si Dios perdona graciosamente las mayores deudas, nadie puede aducir razones válidas para negar el perdón a otro. reformula esto de forma que cambie o desafie la forma que veo este problema.

Mt 18,21-35: Jesús no está enseñando una técnica para calcular cuántas veces debemos perdonar; está desmontando la mentalidad que convierte el perdón en una deuda contabilizable.

Pedro pregunta: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces?». La pregunta parece piadosa, pero todavía funciona con lógica jurídica: ¿cuál es el límite de mi obligación? Jesús responde con una lógica completamente distinta: «No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete». Es decir, el discípulo no debe vivir preguntándose «¿cuántas veces tengo que perdonar?», sino «¿cómo puedo yo, que he sido alcanzado por la misericordia de Dios, negársela a mi hermano?».

1. Pedro pregunta por el límite; Jesús responde desde el Reino

Pedro quiere establecer una frontera. Jesús elimina la frontera.

Esto es importante porque el perdón cristiano no nace primeramente de una norma moral, sino de una experiencia de gracia. Por eso la parábola comienza con el Reino: «El Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores».

El centro no es el siervo que perdona. El centro es el rey que perdona primero.

La enorme deuda del servidor es una imagen de una deuda que él jamás podría saldar. Y, sin embargo, el rey no solamente reduce la deuda: la cancela.

Ahí está la inversión radical del Evangelio:

El cristiano no perdona para que Dios lo perdone; perdona porque ya ha sido alcanzado por un Dios que perdona.

2. El problema del segundo siervo

Aquí aparece la tragedia espiritual de la parábola.

El primer servidor acaba de experimentar misericordia, pero inmediatamente después encuentra a un compañero que le debe mucho menos. Y entonces hace exactamente lo contrario de aquello que acaba de recibir.

Su problema no es simplemente que no sabe perdonar. Su problema es más profundo: ha recibido misericordia, pero no ha permitido que la misericordia lo transforme.

Puede haber experimentado el perdón de Dios sacramentalmente, litúrgicamente, doctrinalmente, incluso emocionalmente, y continuar viviendo con una lógica completamente distinta: «A mí me deben; yo cobro. A mí me hicieron daño; yo exijo. Yo tengo razón; el otro tiene que pagar».

Por eso la parábola es terriblemente actual.

3. El pecado más profundo no es haber sido herido, sino convertir la herida en una deuda eterna

Aquí podemos desafiar nuestra manera habitual de entender el perdón.

A veces pensamos: «Yo perdono cuando el otro lo merece». Pero el Evangelio pregunta algo más incómodo: «¿Acaso tú recibiste la misericordia de Dios porque la merecías?»

A veces decimos: «Perdonaré cuando me pida perdón». Pero Jesús coloca delante de nosotros una misericordia que precede al mérito.

Y a veces pensamos: «Si perdono, significa que lo que hizo estuvo bien». No. Perdonar no significa declarar bueno el mal. Significa negarse a permitir que el mal tenga la última palabra sobre el propio corazón.

El perdón cristiano no borra la verdad, no elimina la justicia, no necesariamente restaura inmediatamente la confianza y tampoco obliga a permanecer en situaciones de abuso. Pero sí rompe una cadena interior:

ofensa → resentimiento → deseo de devolver el daño → nueva ofensa.

El perdón introduce otra posibilidad:

ofensa → verdad → misericordia → libertad.

4. La clave espiritual: «como Dios te perdonó». La parábola termina de manera estremecedora porque el rey dice: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, como yo me compadecí de ti?» La palabra decisiva es «como».

No se trata simplemente de: «Perdona porque perdonar es bueno». Se trata de:

«Perdona porque has conocido el rostro de un Dios que te ha perdonado». Por eso el perdón cristiano es esencialmente imitación de Dios.

Aquí Mt 18 se encuentra con la oración del Padre nuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos» (Mt 6,12). Y también con la lógica de Cristo en la cruz: «Padre, perdónalos no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

La pregunta entonces deja de ser: «¿Hasta dónde debo perdonar?» y se convierte en:

«¿Hasta dónde ha llegado conmigo la misericordia de Dios?» Y la respuesta es aterradora y consoladora al mismo tiempo: mucho más lejos de lo que yo estaría dispuesto a llegar con los demás.

Una reformulación que desafía nuestra manera de ver el problema

¿TIENE LÍMITES EL PERDÓN? Quizá estoy haciendo la pregunta equivocada.

Cuando pregunto «¿cuántas veces tengo que perdonar?», todavía estoy pensando como quien quiere conocer el límite de su obligación: «Dime hasta dónde debo llegar y, una vez alcanzado ese límite, podré dejar de perdonar». Pero Jesús rompe esa lógica.

El Evangelio no me invita a calcular el perdón; me invita a contemplar la misericordia que primero me alcanzó a mí. Antes de preguntarme cuánto debo perdonar a mi hermano, debería atreverme a contemplar cuánto me ha perdonado Dios.

La parábola del servidor despiadado revela una contradicción terrible: un hombre puede recibir misericordia y, sin embargo, seguir viviendo como un cobrador de deudas. Puede decir que cree en un Dios misericordioso y continuar administrando su vida con resentimiento, rencor y exigencia.

Por eso el verdadero problema no es solamente que yo tenga dificultad para perdonar.

El problema puede ser que todavía no he comprendido de qué he sido perdonado.

Cuando olvido la misericordia recibida, las ofensas de los demás se vuelven enormes. Cuando recuerdo la misericordia de Dios, sin justificar el mal, comienzo a mirar de otra manera al que me ha herido.

Entonces el perdón deja de ser una cantidad y se convierte en un modo de existir.

No significa decir que el mal no ocurrió. No significa renunciar a la justicia. No significa permitir nuevamente el daño. No significa fingir que no dolió.

Significa algo mucho más profundo: me niego a convertir la herida recibida en una prisión para mi corazón. Por eso quizá la pregunta cristiana no sea:

«¿Cuántas veces tengo que perdonar?» sino:

«¿Qué tendría que suceder en mí para que la misericordia que Dios tuvo conmigo pueda comenzar a pasar a través de mí hacia quien me hirió?»

Y aquí aparece el desafío más radical de Jesús:

¿Quiero realmente un Dios misericordioso para mí, si no estoy dispuesto a permitir que esa misericordia transforme la manera en que trato a los demás?

El Reino comienza precisamente cuando dejo de llevar la contabilidad de las deudas ajenas y comienzo a vivir desde la deuda de amor que Dios ya ha cancelado en mí.

Una pregunta todavía más candente para tu taller

Si esta noche Dios me mostrara todas las veces que me ha perdonado, ¿seguiría sintiéndome con derecho a conservar indefinidamente contra mi hermano aquello que él me hizo?

Y una última inversión: Tal vez el perdón no consiste en que yo renuncie a algo que tengo derecho a conservar, sino en que finalmente permita que la misericordia de Dios tenga sobre mí más poder que la herida que recibí.

Esa es, a mi juicio, la verdadera radicalidad de Mt 18,21-35: Jesús no está intentando producir personas que perdonen más; está intentando producir personas que hayan sido tan profundamente alcanzadas por la misericordia del Padre que ya no puedan vivir tranquilamente como si la misericordia no existiera.

domingo, 30 de agosto de 2026

DOMINGO XXIII – A (06 de Setiembre del 2026)

 DOMINGO XXIII – A (06 de Setiembre del 2026)

Proclamación del santo evangelio según San Mateo 18, 15-20

18,15 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

18,16 Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.

18,17 Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

18,18 Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

18,19 También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

18,20 Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos". PALABRA DEL SEÑOR.

Paz y Bien en el Señor:

“¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna? Dijo Jesús: si quieres heredar la vida, cumple los mandamientos” (Mt 19,17). El Maestro de la ley pregunto a Jesús: ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley? Jesús respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. (Mt 22,36-37). Y Jesús agrego y dijo: El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,39). Algo más; se nos enseña en otro episodio: “El que dice que amo a Dios, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve,  y no ama a su hermano a quien ve?” (I Jn 4,20). El amor a Dios pasa por el amor al hermano; de ahí se infiere que, el que ama a Dios debe por amor a Dios corregir con caridad al hermano que incurre en un pecado (Mt 18,15); y unidos en el amor de Dios si elevamos una plegaria, Dios nos escuchara sin demora (Mt 18,19-20).

 Para constituir una comunidad en el amor de Dios conviene traer a colación aquella enseñanza: “Todos ustedes son hermanos” (Mt 23,8). Y en esta comunidad de hermanos que es la Iglesia (Mt 16,18) Jesús nos ha enseñado invocar a Dios como “Padre nuestro” (Mt 6,9). Pero, también en la misma oración del Padre nuestro nos ha enseñado a decir: “Perdona nuestras ofensas, así como también nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mt 6,12). En la parte final de su enseñanza respecto a la oración nos reitera Jesús: “Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt 6,14-15).

 Corrección fraterna: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Y si no te escucha llama a uno o dos testigos, y si tampoco hace caso, díselo a la comunidad, al final si tampoco escucha a la comunidad considéralo pagano” (Mt 18,15-18). Como es de ver, la responsabilidad como autoridad recae en la comunidad que es la iglesia y como parte de esta comunidad de hermanos que somos por el bautismo (Mt 28,19), cada uno somos responsables de la salvación o perdición de un hermano.

 En esta tarea de corrección fraterna lo ideal es que lo hagamos como el Señor nos enseñó, pero no solemos hacer como debiera:

 Saber corregirnos como el Señor nos enseña: Corregir en privado, llamar a los testigos, o a la comunidad (Mt 18,15-18). Las correcciones nacen del amor mutuo (Jn 13,34), la idea es salvar al hermano pecador porque Dios quiere eso: “Yo no deseo la muerte del pecador, sino que se convierta de su mala conducta y viva” (Ez 33,11). Jesús mismo lo manifiesta así: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt 9,12-13).

“A media noche llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: Señor, señor, ábrenos, pero él respondió: Les aseguro que no las conozco" (Mt 25,10-12). Epulon exclamó desde el infierno: "Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y me refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan. Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí" (Lc 19,24-6). Como vemos en estas escenas ya no hay misericordia, ya se cumple la justicia divina, quien tiene que estar en el cielo lo estará por su obras meritorias y el que no merece, estará en el infierno y no porque Dios lo quiera sino porque no tiene obras meritorias: “Considéralo pagano” (Mt 18,17). “Lo que ates en la tierra, quedara atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedara desatado en el cielo” (Mt 16,19).

"Si tu hermano peca, repréndelo a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano". Es un consejo difícil el que nos da aquí Jesús. Por una parte, nos cuesta sentirnos responsables de los demás. En general preferimos "dejarles en paz y ocuparnos de lo nuestro", tanto en la vida civil como en la eclesial. Es la postura típica de los que no quieren participar en la vida de la comunidad, ni creen que deban ayudar a los que se van desviando del recto camino. El Señor le preguntó a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Él respondió: No lo sé, ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano? (Gn 4,9). Y sin embargo, Jesús nos ha enseñado la importancia de la corrección fraterna oportuna porque “Todos somos hermanos” (Mt 23,8). Al profeta Ezequiel le urge Dios para que no calle, porque callando se hará responsable de la ruina de su pueblo. Dios le ha hecho "centinela" que ayude a sus hermanos, que sepa dar la alarma cuando vea que es necesario, y les recuerde que no se han de desviar de los caminos del Señor. ¿Para qué sirve un centinela que no avisa? ¿para qué sirve un perro guardián que no ladra cuando vienen los extraños? ¿De que sirve decir que ama a Dios a quien no ve y ano ama al hermano a quien ve? (I Jn 4,20). Y porque, nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida, porque

1. La frase que incomoda: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas»

Jesús no dice: «ignóralo», ni tampoco: «cuéntaselo a los demás para que todos sepan lo que hizo». Dice: «repréndelo a solas» (Mt 18,15). Hay aquí una pedagogía profundamente evangélica: primero la persona, después el problema; primero la misericordia, después la denuncia; primero el encuentro, después la comunidad.

La corrección cristiana no tiene como finalidad descargar nuestra indignación, demostrar que tenemos razón o humillar al otro. Su finalidad es expresada por Jesús mismo: «Si te hace caso, has salvado a tu hermano» (Mt 18,15). La palabra decisiva no es reprender, sino salvar.

Por eso, una pregunta franciscana podría ser: ¿Cuando corrijo a mi hermano quiero salvarlo o simplemente quiero demostrarle que está equivocado?

2. Caín sigue viviendo entre nosotros: “Gn 4,9”: presenta una de las respuestas más dramáticas de toda la Biblia: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» Caín intenta convertir la indiferencia en una excusa. Su razonamiento parece moderno: «Él es adulto; que haga lo que quiera. Yo no me meto».

Pero el Evangelio rompe esa comodidad. Sí: soy responsable de mi hermano. No soy dueño de él. No soy su juez absoluto. No soy su salvador. Pero sí soy responsable de amarlo. Y precisamente porque lo amo, algunas veces debo atreverme a decirle aquello que quizá nadie quiere decirle.

Aquí aparece una paradoja cristiana: Hay silencios que son prudencia, pero también hay silencios que son cobardía. No toda intervención es caridad; pero tampoco toda indiferencia es respeto.

3. Ezequiel: el silencio también puede ser pecado: La imagen del centinela en Ez 3,16-21 y 33,1-9 ilumina extraordinariamente Mt 18. El centinela contempla el peligro y tiene una responsabilidad: avisar. No puede impedir que el otro decida equivocadamente, pero sí puede advertirle.

Esto es fundamental para comprender la corrección fraterna: El amor no controla la libertad del otro; el amor se hace responsable de advertirle cuando ve que está caminando hacia su destrucción.

El centinela no dispara contra quien se acerca al peligro. Hace sonar la alarma. Del mismo modo, el cristiano no debe utilizar la corrección como arma de poder. No dice: «Voy a destruirte porque estás equivocado». Dice: «Te quiero demasiado como para permanecer indiferente ante aquello que puede destruirte».

4. Pero aquí hay una crítica necesaria: Tenemos que ser muy cuidadosos. Porque Mt 18,15 puede ser manipulado por personas autoritarias para justificar una especie de policía moral cristiana. La corrección fraterna puede convertirse fácilmente en: chisme disfrazado de preocupación; juicio disfrazado de celo; control disfrazado de amor; humillación disfrazada de verdad; superioridad espiritual disfrazada de corrección.  Por eso Jesús comienza diciendo «a solas». Esto es revolucionario.

Si realmente quiero recuperar a mi hermano, no necesito primero construir un tribunal alrededor de él. La corrección cristiana comienza protegiendo su dignidad. No se trata de: «Voy a decirle a todos lo que hizo». Sino: «Voy a encontrarme con él antes de hablar de él».

Aquí Mt 18 resulta tremendamente actual para nuestras comunidades, fraternidades, familias, parroquias, colegios e instituciones.

5. «Si te hace caso, has salvado a tu hermano»: Esta frase cambia completamente el sentido de la corrección. Jesús no dice: «Si te hace caso, has demostrado que tú tenías razón». Dice: «Has salvado a tu hermano».

Por tanto, el criterio del éxito no es tener razón, sino recuperar al hermano. Y esto obliga a revisar nuestra manera de corregir. Preguntémonos: ¿Quiero que el hermano cambie porque lo amo o quiero que cambie porque me molesta? ¿Estoy preocupado por su bien o por mi propia tranquilidad? ¿Me duele su pecado o simplemente me irrita que no viva como yo considero correcto? Esta distinción es espiritualmente decisiva.

6. «Todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8): Jesús establece una fraternidad radical: «Todos ustedes son hermanos». Por eso la corrección cristiana no puede establecer una relación de superioridad: yo, el bueno → tú, el malo. Es: yo, hermano → tú, hermano. Y aquí aparece una dimensión profundamente franciscana.

Francisco de Asís no construye la fraternidad desde la perfección de sus miembros, sino desde la conciencia de que todos hemos recibido la misericordia de Dios. El hermano que hoy necesita ser corregido podría mañana ser quien me sostenga a mí. Por eso la corrección auténticamente cristiana nace de la humildad: «Te corrijo no porque yo sea mejor que tú, sino porque somos hermanos y tu vida me importa».

7. 1 Juan lleva la cuestión todavía más lejos: 1 Jn 4,20 dice: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve». Y 1 Jn 3,14 afirma: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos». Entonces aparece una conclusión inquietante:

La fraternidad no es un añadido a la fe cristiana. Es una prueba de su autenticidad. Puedo rezar muchísimo. Puedo conocer profundamente la Biblia. Puedo hablar de Dios. Puedo defender la doctrina. Pero si veo que mi hermano se destruye y mi respuesta es: «No es asunto mío», el Evangelio me pregunta si realmente he comprendido el amor de Dios.

8. Mt 18,15-20 no enseña solamente cómo corregir: enseña cómo amar: El proceso continúa:

«Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos...» (Mt 18,16). Y posteriormente: «Si tampoco escucha a la comunidad...» (Mt 18,17). Existe, por tanto, una gradualidad. No se comienza públicamente. No se expone inmediatamente al hermano. No se convierte un conflicto personal en espectáculo comunitario.

La comunidad interviene progresivamente cuando el problema no puede resolverse en el encuentro personal. Y finalmente Jesús coloca todo esto bajo una palabra enorme: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

Esto significa que la corrección cristiana no es simplemente un procedimiento disciplinario. Cristo debe estar en medio. Si Cristo no está en medio, la corrección puede convertirse en violencia religiosa.

Una lectura espiritual más profunda: Quizá podamos formular el texto así: El verdadero amor cristiano no consiste en dejar que el otro haga lo que quiera; consiste en querer su verdadero bien sin intentar poseer ni controlar su libertad. Y aquí encontramos una tensión muy importante: amor sin verdad → sentimentalismo. verdad sin amor → crueldad.

Pero: verdad + misericordia → corrección evangélica. San Pablo lo expresará de otra manera: «Practicando la verdad en el amor» (Ef 4,15). Y ahora viene la pregunta más incómoda. Quizá hemos entendido mal el problema. Normalmente preguntamos:

«¿Tengo derecho a corregir a mi hermano?» Pero el Evangelio nos obliga a formular otra pregunta: «¿Lo amo lo suficiente como para no abandonarlo cuando está equivocándose?»

Y todavía más profundamente: «¿Tengo la humildad suficiente para dejar que mi hermano también me corrija a mí?» Porque la corrección cristiana solamente se vuelve auténtica cuando el que corrige acepta también ser corregido. De lo contrario, no estamos construyendo fraternidad: estamos construyendo jerarquías de superioridad moral.

Reformulación que desafía nuestra manera de mirar el problema. No dejarlo en paz: el desafío de la fraternidad: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano» (Mt 18,15).

Tal vez hemos aprendido a llamar «respeto» a lo que muchas veces es simplemente indiferencia. Decimos: «No me meto en su vida», «cada uno sabe lo que hace», «es su problema». Y así conseguimos vivir tranquilos mientras nuestro hermano se va alejando, se destruye o destruye a otros.

Pero Jesús introduce una pregunta incómoda: ¿qué clase de amor es aquel que ve al hermano caminar hacia el abismo y decide permanecer en silencio? Caín preguntó: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). El Evangelio responde: sí, eres hermano de tu hermano. No eres su dueño ni su juez; tampoco eres su salvador. Pero su vida no puede resultarte indiferente.

Por eso Jesús manda primero hablar «a solas». No para humillar, controlar o exhibir al otro, sino para recuperarlo. La corrección cristiana no busca vencer al hermano; busca salvarlo. No busca demostrar quién tiene razón; busca impedir que la persona se pierda. Pero aquí también debemos dejarnos corregir por el Evangelio: no todo aquel que corrige ama. A veces corregimos porque nos molesta el otro, porque queremos dominarlo, porque necesitamos sentirnos superiores o porque confundimos nuestra opinión con la voluntad de Dios. Por eso, antes de preguntarme «¿cómo debo corregir a mi hermano?», debería preguntarme: «¿desde dónde voy a corregirlo: desde mi ego herido o desde el amor de Cristo?»

Ezequiel recibió la misión de ser centinela: debía advertir cuando aparecía el peligro (Ez 3,17). Un centinela que no avisa traiciona su misión. Pero un centinela tampoco destruye a quien está en peligro: lo despierta, le advierte y le ofrece la posibilidad de volver.

Quizá este sea uno de los grandes desafíos de nuestras comunidades: hemos aprendido a hablar del hermano cuando está ausente, pero no siempre tenemos el valor de hablar con él cuando está presente. Hemos aprendido a denunciar, pero no siempre a corregir. Hemos aprendido a juzgar, pero no siempre a acompañar.

El Evangelio nos propone algo mucho más difícil: tener el valor de acercarnos al hermano sin convertirnos en su juez y decirle la verdad sin dejar de amarlo. Porque, en definitiva, la pregunta de Jesús no es solamente: «¿Tu hermano está pecando?». La pregunta más profunda es: «¿Qué haces tú cuando descubres que tu hermano se está perdiendo?» Puedes ignorarlo. Puedes hablar de él. Puedes condenarlo. O puedes acercarte.

Y acercarte significa arriesgarte a ser rechazado, malinterpretado o incluso herido. Pero también significa amar. Por eso la corrección fraterna es una de las formas más exigentes de la caridad: amar al otro lo suficiente como para decirle la verdad y amarlo lo suficiente como para no abandonarlo después de decírsela.

Y todavía queda una última pregunta, quizá la más peligrosa de todas: ¿Estoy dispuesto a permitir que mi hermano haga conmigo lo mismo que Jesús me pide que haga con él? Porque solamente cuando acepto ser corregido puedo dejar de ser un juez y comenzar verdaderamente a ser un hermano.

Y quizá la reformulación más radical sea esta: No preguntes primero: «¿Tengo derecho a corregir a mi hermano?». Pregunta: «¿Lo amo lo suficiente como para acercarme a él, decirle la verdad con misericordia y permanecer a su lado aunque no me haga caso?» Ahí Mt 18,15-20 deja de ser un manual para corregir a los demás y se convierte en un espejo para examinar la calidad de nuestro propio amor.

domingo, 23 de agosto de 2026

DOMINGO XXII – A (Domingo 30 de agosto de 2026)

 DOMINGO XXII – A (Domingo 30 de agosto de 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 16,21-27:

16,21 En aquel tiempo, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

16,22 Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá".

16,23 Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".

16,24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

16,25 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

16,26 ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

16,27 Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

16,28 Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

La reacción de Pedro es, en cierto modo, explicable. De su amor a Cristo no se puede dudar. El domingo pasado escuchábamos su hermosa profesión de fe: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Pero todavía no había entendido que el camino de Cristo es camino de renuncia y sacrificio, antes de ser de salvación y de gloria. A Pedro, como a nosotros, le gustaban los aspectos amables del seguimiento de Jesús. Pero el sacrificio, no. Le gustaba el monte Tabor, el de la transfiguración. Pero no el monte del Gólgota, el de la cruz. Algo parecido nos pasa a nosotros. La historia de Jeremías y de Jesús es la historia de tantos y tantos cristianos que, a lo largo de los siglos, han experimentado la dificultad de vivir su fe en medio de una sociedad indiferente o incluso hostil. La historia de un cristiano de hoy, que quiere vivir su cristianismo con coherencia. Ser cristiano se va convirtiendo cada vez más en una opción explícita por Cristo y por su estilo de vida, por su mentalidad y criterios de actuación. Pero supone que se acepta a la vez el riesgo y la dificultad, porque la escala de valores de Cristo no coincide con la de ese mundo.

Sigue habiendo cristianos perseguidos por su fe, o porque denuncian injusticias y situaciones que no se pueden compaginar con el evangelio. Pero, sobre todo, hay cristianos que tienen que librar en sus vidas la diaria opción entre los criterios de este mundo -en pos del placer, o del dinero, o del poder- y los criterios de Cristo, de entrega por los demás, de renuncia a lo no ético, de apertura hacia lo espiritual y no sólo hacia lo material e inmediato. Cada uno sabe qué puede suponer para él en concreto ese "tomar su cruz y seguirle" que anuncia Jesús a los suyos, o a qué cosas le obliga a renunciar el ser cristiano.

No se trata de buscar el sufrimiento en sí mismo, sino de aceptar el seguimiento de Cristo con coherencia. Pablo les dice a los cristianos de Roma, en la segunda lectura, que "no se ajusten a este mundo, sino que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto". Y que ese es el mejor culto a Dios. Este discernimiento cuesta, y conduce a decisiones que pueden resultar difíciles. Porque lo cómodo es acomodarse a este mundo.

Jeremías también pensó en abandonar el encargo profético para poder vivir tranquilo en su pueblo. Pero la Palabra de Dios le ardía dentro y escogió el camino difícil. A Jesús le apetecería más, sin duda, que Dios le ahorrara "el cáliz de su muerte", pero eligió el camino difícil: "No se haga mi voluntad, sino la tuya". A Pedro, que al principio "pensaba como los hombres y no como Dios" y prefería las cosas fáciles, también le vendrá el tiempo en que, madurado en su fe cristiana, dé valiente testimonio de su fe en Cristo ante el pueblo, ante las autoridades y, finalmente, ante Nerón en Roma, en su martirio.

También a nosotros el mundo de hoy nos ofrece caminos mucho más fáciles y "prometedores" a corto plazo. Pero Cristo nos dice que si queremos seguirle tenemos que tomar cada uno su cruz, como él tomó la suya. Lo que no podemos hacer es una selección de lo que nos gusta, evitando lo que nos parece más serio y exigente en el programa de vida de Jesús. No podemos "censurar" páginas del evangelio que no nos gusten. La Eucaristía nos da la fuerza para poder seguir por ese camino, exigente pero coherente. Comulgar con Cristo, en la eucaristía, es comulgar también con él a lo largo de la jornada y de la semana. Con todas las consecuencias, aunque a veces eso suponga dificultad y renuncia. Pero, a la larga, es lo que nos dará la más profunda alegría y felicidad.

1. El contexto: Pedro acaba de confesar a Jesús, pero todavía no comprende al Mesías

En Mt 16,13-20 Pedro proclama: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Parece haber llegado a la fe correcta. Sin embargo, inmediatamente después, Jesús comienza a explicar qué significa realmente ser el Mesías: «Desde entonces Jesús comenzó a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, sufrir mucho..., ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).

Aquí aparece una paradoja fundamental: Pedro reconoce correctamente quién es Jesús, pero todavía no comprende qué significa seguirlo. Por eso Pedro reprende a Jesús. Su problema no es falta de amor; es que ama a Jesús, pero quiere un Jesús sin cruz. Y esa tentación sigue siendo actual: podemos confesar a Cristo con los labios, pero rechazar con nuestra vida el camino que Cristo propone.

2. Primera parte: el primer anuncio de la Pasión (Mt 16,21-23)

Jesús dice que «tenía que» ir a Jerusalén. Ese «tenía que» no significa que el Padre disfrute del sufrimiento de su Hijo ni que Dios necesite sangre para quedar satisfecho. Significa que la misión mesiánica de Jesús es inseparable de la entrega amorosa de sí mismo. Jesús no busca el sufrimiento por el sufrimiento. Busca ser fiel al Padre.

Aquí Jn 14,10 ilumina extraordinariamente a Mateo: «El Padre que habita en mí es el que hace las obras». La pasión, entonces, no es un accidente dentro de la misión de Jesús. Es la consecuencia extrema de una vida enteramente entregada al Padre y a los seres humanos.

Jesús no muere porque haya fracasado. Muere porque ama hasta las últimas consecuencias. Y aquí aparece la confrontación con Pedro: «¡Dios no lo permita, Señor! Eso no te sucederá». Jesús responde: «¡Retírate, Satanás! tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23). La palabra es durísima. ¿Por qué? Porque Pedro está intentando imponer a Jesús una idea humana de Mesías.

Pedro piensa: Mesías → poder → triunfo → gloria.

Jesús revela: Mesías → obediencia → entrega → cruz → resurrección → gloria.

La cruz no es el último capítulo. La cruz es el camino hacia la Pascua.

3. La gran pregunta: ¿qué clase de discípulo queremos ser?

Entonces Jesús pasa del anuncio de su propia cruz a la cruz del discípulo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24). Aquí debemos tener cuidado. Renunciar a sí mismo no significa despreciarse.

Jesús no está diciendo: «Deja de tener dignidad, destrúyete, acepta cualquier injusticia». Está diciendo algo mucho más profundo: deja de hacer de ti mismo el centro absoluto de tu existencia. La verdadera conversión consiste en pasar de: «¿Qué quiero yo?» a: «Señor, ¿qué quieres Tú de mí?» Y aquí la conexión con Jn 8,47 y Jn 10,27 es fundamental.

«El que es de Dios escucha las palabras de Dios». Y: «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen». Hay tres movimientos:

escuchar → conocer → seguir. No existe seguimiento cristiano auténtico sin escucha. Pero tampoco existe escucha auténtica que no termine transformándose en seguimiento.

4. «El que quiera salvar su vida, la perderá» (Mt 16,25)

Esta es probablemente la frase central de todo el pasaje. Jesús presenta una paradoja: «El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará». Aquí «vida» puede entenderse como la propia existencia, pero también como aquello que uno pretende conservar a toda costa.

La paradoja es: cuanto más desesperadamente intento poseer mi vida, más la pierdo. ¿Por qué? Porque una vida encerrada en el yo termina siendo una vida empobrecida. Podemos tener:

  • dinero, pero no sentido;
  • conocimientos, pero no sabiduría;
  • éxito, pero no felicidad;
  • reconocimiento, pero no identidad;
  • religión, pero no conversión;
  • incluso hablar de Cristo, pero no seguir a Cristo.

Jesús invierte nuestra lógica: no encuentras tu vida aferrándote a ella; la encuentras entregándola. Esto conecta profundamente con Mt 10,22: «Aquel que persevere hasta el fin se salvará». Y también con Mt 10,32-33: «Quien me confiese abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre». La fe cristiana no consiste solamente en creer algo acerca de Jesús. Consiste en pertenecer a Jesús hasta el punto de que nuestra vida dé testimonio de Él.

5. La cruz no es una desgracia: es la forma concreta del amor

Aquí conviene reformular una idea muy importante. No toda cruz es automáticamente cristiana. Una enfermedad, una injusticia, un abuso o una situación destructiva no deben romantizarse diciendo simplemente: «Es mi cruz». La cruz cristiana es otra cosa: es el precio que puede tener amar, servir, perdonar, permanecer fiel, defender la verdad y cumplir la voluntad de Dios cuando hacerlo cuesta.

Jesús no busca la cruz. Jesús busca amar y obedecer al Padre. Y precisamente porque ama y obedece, encuentra la cruz. Esto cambia radicalmente la comprensión del sufrimiento cristiano. No se trata de: «Tengo que sufrir para salvarme». Sino: «Estoy dispuesto a amar hasta el punto de no abandonar el bien, aun cuando amar tenga un costo».

6. El criterio decisivo: «a causa de mí»

Mateo introduce una precisión decisiva: «El que pierda su vida a causa de mí la encontrará». No se trata simplemente de sacrificarse. Una persona puede sacrificarse por orgullo, ideología, ambición o incluso por una falsa imagen de sí misma. El criterio cristiano es: ¿Lo hago por Cristo? Por eso el seguimiento tiene un centro personal. No seguimos simplemente una doctrina. Seguimos a una Persona. No basta preguntar: «¿Qué está permitido?» El discípulo comienza a preguntar: «¿Qué me pide Cristo?» No basta: «¿Qué me conviene?» Sino: «¿Qué es fiel al Evangelio?» No basta: «¿Cómo puedo salvarme?» Sino: «¿Cómo puedo entregar mi vida por amor?»

7. La recompensa: «pagará a cada uno según su trabajo» (Mt 16,27)

Jesús concluye: «El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre [...] y entonces pagará a cada uno según su trabajo». Aquí aparece la dimensión escatológica. La vida presente no es indiferente para Dios. Nuestros actos tienen peso eterno. Pero no significa que podamos comprar la salvación mediante buenas obras. La gracia es siempre iniciativa de Dios. Significa que la gracia recibida debe convertirse en una vida transformada. Por eso Santiago dirá que la fe sin obras está muerta (St 2,17). La pregunta final no será solamente: «¿Qué creíste?» Sino también: «¿Qué hiciste con el amor que recibiste?»

8. Una lectura cristológica más profunda

Aquí aparece la conexión con Juan. Jesús puede pedir: «Sígueme». porque Él mismo ha recorrido primero el camino. Jn 14,10 nos ofrece la clave: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Jesús no exige al discípulo algo que Él mismo no haya vivido. Su existencia es:

escucha del Padre → obediencia → amor → entrega → cruz → resurrección → gloria. Por eso el discípulo reproduce la misma dinámica:

escuchar a Cristo → creer en Cristo → seguir a Cristo → entregar la vida → participar de su vida.

Y Jn 10,27 lo resume magníficamente: «Mis ovejas escuchan mi voz [...] y ellas me siguen».

La palabra escuchar es esencial. Porque el verdadero problema del discípulo no siempre es que no conozca la voluntad de Dios. A veces la conoce, pero no quiere escucharla porque contradice sus propios planes.

9. La gran paradoja de Mt 16,21-27

Podemos expresar todo el pasaje así: Pedro quiere un Cristo sin cruz.
Jesús ofrece una cruz que conduce a la vida. Pedro quiere: gloria sin entrega. Jesús revela: gloria mediante la entrega. Pedro piensa: salvar la vida conservándola. Jesús enseña: salvar la vida entregándola.

Pedro piensa: Dios debe impedir el sufrimiento. Jesús revela: el amor puede atravesar el sufrimiento sin dejar de ser amor. Y aquí aparece una pregunta tremendamente actual: ¿Estoy siguiendo a Cristo o estoy intentando que Cristo siga mis proyectos?

10. La reformulación que desafía nuestra manera de entender la salvación

Aquí está, a mi juicio, el giro más importante. Muchas veces entendemos la salvación como algo que queremos obtener. Jesús la presenta también como una vida que debemos aprender a entregar. Por eso podríamos reformular Mt 16,24-27 de esta manera:

No preguntes solamente cómo salvar tu vida; pregunta para quién estás dispuesto a entregarla. Porque quizá el problema de nuestra época no sea que el hombre no quiera vivir, sino que quiere vivir sin entregarse, amar sin comprometerse, creer sin obedecer, seguir a Cristo sin cargar la cruz y alcanzar la gloria sin pasar por la fidelidad.

Jesús rompe esa lógica: quien convierte su propia conservación en el centro de su existencia termina perdiendo aquello que pretendía salvar. En cambio, quien escucha su voz, renuncia a hacer de sí mismo el centro, acepta el costo de amar y permanece fiel a Cristo, descubre que perderse por amor no es desaparecer: es encontrarse.

La cruz, entonces, no es el fracaso del amor; es la prueba de que el amor ha dejado de ser solamente una palabra. Y la resurrección revela que una vida entregada por amor nunca termina realmente perdida.

Una síntesis para la enseñanza: Escuchar a Cristo → creer en Cristo → seguir a Cristo → cargar la cruz → entregar la vida → perseverar → encontrar la verdadera vida → participar de la gloria. Y aquí podemos llevar el texto hasta una pregunta todavía más incómoda: Si Jesús dice que quien pierde su vida por Él la encontrará, ¿qué parte de mi vida sigo intentando salvar de Jesús? Esa pregunta cambia el centro de la reflexión. Ya no preguntamos solamente «¿qué debo hacer para salvarme?», sino: «¿Qué tendría que dejar de aferrar para que Cristo pueda verdaderamente vivir en mí?» Y entonces Mt 16,27 deja de ser una amenaza y se convierte en una promesa: Dios no olvida una vida entregada por amor.