domingo, 4 de octubre de 2026

DOMINGO XXVIII - A (11 de Octubre del 2026)

 DOMINGO XXVIII - A (11 de Octubre del 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mt 22,1-14:

 22,1 Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo:

22,2 "El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.

22,3 Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.

22,4 De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: "Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas".

22,5 Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio;

22,6 y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

22,7 Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.

22,8 Luego dijo a sus servidores: "El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.

22,9 Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren".

22,10 Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

22,11 Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.

22,12 "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?" El otro permaneció en silencio.

22,13 Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes".

22,14 Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos" PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

Todas las parábolas se refieren al Reino de los Cielos. ¿Por qué Jesús se preocupa en hablarnos muchas y muchas veces sobre el Reino de los Cielos? Por dos motivos: 1) “Si cuando les hablo sobre las cosas de la tierra, no me creen, ¿cómo van a creer y entender cuando les hable sobre las cosas del cielo?” (Jn 3,12). Para hacernos entender sobre las cosas del cielo es como nos habla usando muchos ejemplos o parábolas. 2) “Dios salvador nuestro quiere que todos los hombres se salven llegando al conocimiento de la verdad” (ITm 2,4).

 “Ante los hombres esta: la vida y la muerte, lo que prefiera cada cual, se le dará” (Eclo 15,17). Dios nos dice: “Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia” (Dt 30,19). Escoger la vida es optar por la salvación y no por la condenación. De ahí es conveniente interesarnos y preguntarnos: “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Quién podrá salvarse?” (Mt 19,25). “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16).

“Muchos son los llamados, pocos los escogidos” (Mt 22,14). El mensaje es que Dios no nos obliga, no nos mete a empellones al Reino de los Cielo; sino que, más bien nos deja a la libre decisión y espera nuestra respuesta muy pacientemente. Es así como: Los hijos son invitados a trabajar en la viña del padre. A los viñadores se les recuerda que deben entregar los frutos que le corresponden al patrón. Los invitados son llamados a participar en el banquete de la boda del Hijo del Rey. Y conviene recordar que solo tenemos dos opciones: Si o no (Mt 5,37). Y cada una de estas opciones tienen connotaciones muy distintas como efecto: El cielo o el infierno (Lc 16.19-31).

Jesús otra vez habló en parábolas (Mt 13,34) y les dijo: "El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir… no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los apaliaron y los mataron” (Mt 22,2-6). En efecto, Dios nos ha enviado un montón de tarjetas de invitación a la boda de su Hijo y los que recibieron estas invitaciones no quisieron participar de la boda. Todos estaban demasiado ocupados, sus ocupaciones eran más importantes que la boda de Jesús con el hombre (Lc 9,57-62). Nunca comprendieron o comprendimos lo que se nos dice: “Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero" (Ap 19,9).

La relación de Dios con el hombre se describe en la Biblia como alianza: “Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días —oráculo del Señor—: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo” (Jer 31,33).  Mismo Jesús se declaró en algún momento como el novio: "¿Acaso los amigos del novio pueden estar tristes mientras el novio está con ellos? Llegará el momento en que el novio les será quitado, y entonces ayunarán. (Mt 9,15). La Iglesia presentada como la novia: “Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo” (Ap 21,2). ¿En qué momento es el desposorio entre el novio y la novia si no es el momentos del sacrificio de la redención?: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). ¿Se imaginan la muerte de Jesús como una boda? ¿Y se imaginan que, nosotros a veces nos neguemos a participar de la boda de Dios con nosotros en cada Santa Misa festiva o dominical?

 Los primeros invitados, los que han tenido preferencia y se negaron a asistir, serán suplidos por otros, por aquellos a quienes nadie invita. Salgan, dice, al cruce de los caminos e inviten a todos los que encuentren bueno y malos. No se fijen si son de los que la gente excluye y margina. Desde ahora, quiero que todos sean invitados del novio y participen de la boda de mi Hijo (Mt 22,9). La parábola de los invitados a la boda, puede ser un bello modelo de cómo quiere Jesús que sea su Iglesia. Si Jesús es el novio, la Iglesia es la novia, y el Padre es quien organiza la fiesta de bodas. Y ¿dónde entramos a tallar nosotros si no es en la iglesia por el bautismo? (Jn 3,5). Pero no todos tienen vocación de fiesta. Abundan los que siempre tienen alguna excusa para no asistir y, claro, siempre son los mismos. Los que han comprado campos. Los que tienen que probar la nueva máquina.  Pero aquí un detalle. Dios no se da por rendido. Por eso dice: “Salgan al cruce de caminos, y a todos los que encuentren, invítenlos a la boda.” Los criados salieron y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos.” Entonces la sala se llenó de comensales (Mt 22,9).

 Pero antes del inicio de la fiesta de boda, hay un detalle importante. El Rey entró a saludar a todos los comensales y advirtió que uno, no llevaba traje de fiesta, era un intruso y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta? El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt 22,12-13). Es necesario revestirnos con traje de fiesta. Claro que hemos sido invitados a la boda no por ser buenos, sino incluso por ser malos, pero al entrar en la fiesta, en la misma puerta debemos despojarnos del traje de luto, dolor, resentimientos, rencores, etc. Quien pretende participar de la fiesta ceñida de falsedad o hipocresía, no está revestido con traje de fiesta, y será echado a las tinieblas, que es el infierno: “Epulón exclamó: Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan" (Lc 16,24).

 El traje de fiesta es la santidad. Si deseamos estar en el banquete de bodas del hijo, debemos si o si revestirnos con traje de santidad. Jesús oró al padre: “Hazlos santos mediante la verdad. Tu palabra es verdad” (Jn 17,17). San  Pedro dice: “Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, (IPe 1,15) de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo, (Lev 9, 2).                                                          

La Parábola: el llamado y la exigencia: Jesús cuenta la parábola de un rey que preparó el banquete de bodas de su hijo. Envía primero a sus siervos a llamar a los invitados, pero no quisieron venir; unos a sus campos, otros a sus negocios, y otros maltrataron a los mensajeros. Entonces el rey, indignado, manda salir a los caminos e invitar a todos, buenos y malos, y la sala se llenó de comensales.

Pero llega el momento decisivo: entra el rey para ver a los invitados y descubre a un hombre sin vestido de boda. Le dice: «Amigo, ¿cómo entraste aquí sin vestido de boda?». Y el hombre enmudeció —no tenía excusa. Entonces el rey manda echarlo a las tinieblas, y cierra con la frase: «Muchos son llamados, pero pocos escogidos» (Mt 22,14).

El traje de fiesta = vida de santidad: En la cultura judía del tiempo de Jesús, el anfitrión proveía el vestido de boda a todos los invitados. No era algo que cada uno debía llevar de su casa: era un don del rey, una gracia ofrecida gratuitamente. Por eso el hombre no tiene excusa: no le faltó oportunidad, sino no quiso revestirse con lo que se le daba.

La Tradición de la Iglesia, desde los Padres —San Jerónimo, San Agustín, San Gregorio— enseña con claridad:

«El vestido de boda es la caridad y la santidad de vida. Una vida pura y santa es como un manto limpio tejido de virtudes y buenas obras».

El traje no es algo externo ni meramente legal: es Cristo mismo, la gracia bautismal que nos transforma interiormente. San Pablo lo expresa así: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo os revestisteis» (Gál 3,27). No basta con estar presente en la Iglesia, con haber recibido la invitación; hay que dejar que la gracia nos transforme. La invitación es gratuita, pero exige conversión, coherencia, vida nueva.

¿Santificación = solo cumplir los mandamientos? Aquí la clave: Surge entonces la pregunta: ¿basta con no cometer pecados, con guardar la ley externamente? ¿Es la santidad solo un catálogo de reglas? Aquí brilla la luz de Mateo 19,26: «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible».

Recordemos el contexto: el joven rico dice que ha guardado todos los mandamientos desde su juventud, y Jesús le responde que todavía le falta algo (Mt 19,20-21). Esto nos revela una verdad fundamental:

Los mandamientos son el camino, no la meta. Son el cimiento, no el edificio entero. Nos muestran lo que no debemos hacer, pero la santidad es mucho más: es amar, entregarse, transformarse por dentro.

Cumplir la ley por sí solo no santifica, porque la ley ordena, pero no da la fuerza para amar plenamente. Como dice el concilio y los santos: la ley señala el blanco, pero la gracia da el poder de alcanzarlo.

«Para los hombres es imposible»: ninguna persona puede, por su sola fuerza, llegar a la plenitud de la santidad. Necesitamos que Dios actúe en nosotros. La santificación no es un esfuerzo solitario: es colaboración con la gracia —Dios obra en nosotros «el querer y el hacer» (Fil 2,13).

¿Cómo santificarse, entonces? La santidad no es un esfuerzo agotador de cumplir reglas sin descanso, ni tampoco desprecia los mandamientos —los asume y los supera. He aquí los caminos que la Palabra y la Tradición nos señalan:

1. Recibir la gracia que Dios ofrece

El traje de boda se recibe, no se fabrica con nuestras manos. En el Bautismo se nos reviste de Cristo; en la Confesión se renueva la gracia; en la Eucaristía, el alimento divino nos transforma. Sin esta fuente, todo esfuerzo se agota.

2. Vivir los mandamientos, pero desde el amor, no solo desde el deber

Jesús resume toda la ley en el amor a Dios y al prójimo (Mt 22,37-40). Los mandamientos se convierten en expresión de amor, no en una carga. Quien ama de verdad, no solo evita el mal: hace el bien, se entrega, sirve, perdona.

3. Dejar que Dios transforme el corazón

La santidad es obra del Espíritu Santo en lo profundo: «Santifícalos en tu verdad» (Jn 17,17). Se ora, se escucha la Palabra, se obedece, pero con la confianza de que es Dios quien nos purifica por dentro, no solo quien nos regula por fuera.

4. Entregar la vida, no solo ajustar conductas

Al joven rico Jesús no le pide «haz más reglas», sino: «Vende lo que tienes… y sígueme» (Mt 19,21). La santidad es seguir a Cristo, conformarse con Él, hacer suya la misma entrega filial al Padre y el mismo amor a los hermanos.

5. Perseverar sabiendo que lo imposible para nosotros es posible para Él

No te desanimes si sientes que no llegas: la santidad es camino, caída y levantamiento, sostenido siempre por la gracia. Como dice San Agustín: «Nosotros cooperamos, pero es la gracia de Dios quien hace la obra».

Conclusión: El banquete del Reino está abierto para todos: nadie ha merecido entrar, todos somos invitados por pura misericordia. Pero no entramos como somos: entramos revestidos del traje que el Rey nos da —la santidad que es don y tarea a la vez.

Los mandamientos son el camino seguro, pero la santidad es el amor que el Espíritu derrama en nuestros corazones (Rm 5,5). No es lo que logras por ti mismo, sino lo que Dios realiza en ti cuando te abres a Él. «Para los hombres es imposible —mas para Dios todo es posible» (Mt 19,26).

Muchos son llamados —tú también lo eres—; pocos son escogidos, es decir, pocos aceptan vestirse con la gracia, transformarse, amar de verdad. Que el Señor te dé la gracia de decirle hoy: «Señor, aquí estoy: revísteme de tu santidad».

¿Te gustaría que prepare un esquema homilético estructurado con puntos claros y oraciones para predicar este mensaje, o que profundicemos en algún aspecto concreto?

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Aquí tienes el artículo homilético completo, estructurado con claridad, con oraciones para la predicación y profundizando en los puntos que pides: el banquete como cielo, el traje de fiesta como santidad, y el destino de quien no lo lleva.

Profundicemos: La Palabra de Dios hoy nos presenta una imagen llena de luz y de gravedad: un banquete de bodas preparado por un rey para su hijo. Es la imagen más hermosa que el Señor nos da del cielo: comunión eterna, alegría sin fin, plenitud de vida en la casa del Padre. Nadie se gana ese banquete por mérito propio: es pura gracia, es invitación gratuita. El Rey llama, envía mensajeros, sale Él mismo a buscar a los caminos para que su sala se llene. Así actúa Dios con cada uno de nosotros: nos llama por puro amor, sin que hayamos hecho nada para merecerlo.

Pero aquí viene la verdad que debemos escuchar con temor y temblor: la invitación es libre, pero la entrada tiene una condición. No basta con acudir; hay que entrar vestido como corresponde. El Rey provee el vestido, sí —lo ofrece gratuitamente—, pero hay que aceptarlo y ponérselo. Quien entra sin él, será arrojado a las tinieblas, donde habrá llanto y rechinar de dientes.

Oremos juntos: Señor Jesús, que nos has revelado el misterio del Reino, abre nuestros oídos y nuestros corazones. Que no seamos de los que escuchan y olvidan, sino de los que reciben tu gracia y se revisten de ella. Enséñanos el valor de la santidad y ayúdanos a no despreciar el don que nos ofreces. Amén.

EL BANQUETE DE BODAS: EL CIELO, NUESTRA DESTINACIÓN

La parábola no habla de un festín pasajero, de una comida que se acaba. El banquete es el cielo. Es la unión eterna entre Cristo, el Esposo, y la Iglesia, su Esposa. En el cielo no hay hambre ni sed, no hay llanto ni despedida: es la plenitud del amor, la alegría de ver a Dios cara a cara, la comunión con todos los santos y con quienes amamos.

  • El Rey es Dios Padre.
  • El Hijo es Jesucristo, el Esposo divino.
  • La invitación es la gracia que nos llama a la fe, a la Iglesia, a la vida eterna.
  • Los primeros invitados que no quisieron venir representan a quienes rechazan el llamado de Dios por aferrarse a sus bienes, sus planes, sus pecados.
  • Los que vienen de los caminos, de todas partes, buenos y malos, somos nosotros: llamados no por nuestra perfección, sino por la misericordia de Dios.

El cielo, hermanos, está preparado para todos, pero no todos entran. ¿Por qué? Porque no todos aceptan transformarse para poder estar allí.

«Vengo, Señor, a tu banquete, no porque sea digno, sino porque Tú me llamas. No me apartes de tu mesa, sino purifícame para que pueda sentarme entre tus elegidos».

EL TRAJE DE FIESTA: SANTIDAD, NO SOLO CUMPLIMIENTO

Aquí está el centro de nuestro mensaje: el vestido de boda es la vida de santidad. En el tiempo de Jesús, el anfitrión entregaba el vestido a cada invitado al entrar. Nadie lo traía de su casa. Así también, la santidad no es invención nuestra ni conquista de nuestro esfuerzo solos: es don de Dios, recibida primero en el Bautismo, renovada en la Confesión, alimentada en la Eucaristía.

¿Qué es, entonces, este traje?

  • No es apariencia externa: no basta con ir a la Iglesia, con decir oraciones, con parecer buenos ante los demás.
  • No es solo cumplir los mandamientos por deber: los mandamientos son la base, el camino, pero la meta es mayor. Nos dicen lo que debemos evitar; la santidad nos impulsa a amar de verdad.
  • Es Cristo mismo en nosotros: como dice San Pablo: «Os revestisteis de Cristo» (Gál 3,27). El traje es la caridad vivida, el corazón limpio, las obras de misericordia, la fidelidad, la paciencia, el perdón. Es vivir como Jesús.

¿Y los mandamientos?: Jesús nos recuerda en Mateo 19,26: «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible». El joven rico dijo haber cumplido todo, y sin embargo le faltaba algo. ¿Por qué? Porque la ley nos señala el camino, pero solo la gracia nos da la fuerza de recorrerlo hasta el final. Cumplir los mandamientos es el cimiento, no el edificio entero. La santidad es vivir la ley con amor, transformada en entrega.

«Señor, Tú que eres el santo, revísteme de tu santidad. Que no me conforme con no hacer el mal, sino que me esfuerce en hacer el bien con todo mi corazón. Lo que es imposible para mí, hazlo Tú en mí».

SIN TRAJE: LA OSCURIDAD ETERNA

Llegamos al momento más solemne del relato. El Rey entra y ve a un hombre sin vestido de boda. Y le dice: «Amigo, ¿cómo entraste aquí sin vestido de boda?». Él calla. No tiene excusa. No es que no se lo hayan dado: es que no quiso ponérselo. Prefirió entrar con su propia ropa —sus pecados, su egoísmo, su indiferencia— en lugar de aceptar la gracia que se le ofrecía.

Entonces el Rey manda: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes».

Las tinieblas: el infierno ¿Qué significa esto?

  • Las tinieblas: no es solo un lugar sin luz; es la ausencia eterna de Dios, la separación definitiva de Aquel que es la Luz. Quien en vida elige vivir sin Dios, al final se queda sin Dios para siempre.
  • El llanto: el arrepentimiento que ya no sirve, la tristeza de haber perdido el bien mayor, la alegría que se vio cerca y se rechazó.
  • El rechinar de dientes: la rabia y la amargura de reconocer que se perdió por propia voluntad, por no haber querido cambiar.

No es Dios quien lo expulsa con violencia: es quien rechazó el vestido de la gracia quien no soporta la luz del banquete. Como dice el Señor: «Muchos son llamados, pero pocos escogidos». Llamados son todos; escogidos son quienes responden, se dejan transformar y perseveran en el amor.

«Señor, no permitas que desprecie tu gracia. No dejes que me acostumbre al pecado ni que posponga mi conversión. Hoy, ahora, me decido por Ti. Lávame, revísteme, sálvame».

CÓMO VESTIRSE DE SANTIDAD: CAMINO DE GRACIA

Preguntémonos: ¿cómo llevo mi vida? ¿Estoy dejando que Dios me vista de santidad? Aquí tienes el camino claro:

  1. Recibe el don con humildad: la santidad empieza por decir «sí» a Dios. En el Bautismo ya te dio el vestido; si lo has manchado, acude a la Confesión: el Rey te lo limpia de nuevo, gratis, por misericordia.
  2. Vive los mandamientos desde el amor, no desde el miedo: no mientes, no robas, no odias… porque amando a Dios y al prójimo no quieres herirlos. La ley se convierte en expresión de cariño.
  3. Aliméntate en la Eucaristía: es el Pan del banquete que nos transforma. Quien recibe a Jesús con corazón limpio, va asemejándose a Él.
  4. Ora cada día: la oración nos mantiene unidos a la Fuente. Sin hablar con Dios, sin escuchar su Palabra, el traje se ensucia, se enfría.
  5. Confía en que Dios hace lo imposible: si sientes que no puedes, que caes una y otra vez, no te rindas. «Para Dios todo es posible». Él te levanta, te purifica, te sostiene. La santidad no es no caer nunca; es dejar que Dios te levante siempre.

«Padre celestial, aquí estoy. Toma mi vida, purifícala, transfórmala. Lo que yo no puedo, Tú lo puedes. Revísteme de tu santidad, para que un día pueda entrar con alegría al banquete eterno de tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Amén.»

La invitación llega hoy para ti. No esperes a mañana: mañana puede ser tarde. El Rey te ofrece el vestido de fiesta: la gracia, el perdón, la vida nueva. No entres con la ropa vieja del pecado, del rencor, de la indiferencia. Ábrele el corazón, déjate vestir por Él, vive como quien ya tiene la certeza de su destino.

Que nadie diga: «no puedo». Escucha de nuevo la voz de Jesús: «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible». Confía, responde, persevera. Y que un día, junto a todos los santos, podamos entrar y sentarnos en el banquete eterno, donde ya no habrá llanto ni muerte, sino alegría sin fin.

Queridos hermanos: El banquete del que nos habla Jesús es el cielo, la alegría eterna junto a Dios. El Rey nos invita a todos, sin merecerlo, por pura misericordia. Pero hay una cosa que no podemos olvidar: para entrar hay que llevar el vestido de fiesta.

Ese vestido no es nuestra apariencia, ni solo cumplir reglas: es la santidad, es Cristo mismo que nos reviste por gracia. En la antigüedad, era el anfitrión quien lo entregaba: así también Dios te lo ofrece gratis, en el Bautismo, en la Confesión, en la Eucaristía. Lo único que pide es que lo aceptes y lo lleves puesto.

Mirad a San Francisco de Asís: en su juventud vivía para sí, buscaba riquezas y aplausos, llevaba su propia ropa de vanidad. Pero cuando escuchó la voz del Señor, no dijo «ya cumplo todo, basta así». Dijo: «Señor, ¿qué quieres que haga?». Dejó sus planes, sus bienes, su orgullo, y se dejó revestir de la gracia: vivió el amor hasta el extremo, sirvió a los pobres, perdonó, se hizo pequeño. No fue él quien se fabricó la santidad: fue quien abrió la puerta para que Dios lo transformara.

Nosotros podemos decir: «Señor, ya no miento, no robo… ¿no es suficiente?» Jesús nos responde lo mismo que al joven rico: aún te falta amor. Los mandamientos son el camino, pero la meta es vivir como Jesús, amar de verdad. Y si sientes que no puedes, escucha: «Para los hombres es imposible, mas para Dios todo es posible» (Mt 19,26). Él te da la fuerza.

Quien rechaza este vestido, quien prefiere quedarse con su egoísmo y su pecado sin convertirse, no entra: es echado a las tinieblas, donde hay llanto y rechinar de dientes, la separación eterna de Dios. No es que Él te cierre la puerta: eres tú quien no puede soportar la luz del banquete si no llevas el vestido de su gracia.

Hermanos, la invitación es para ti, hoy. No esperes. Deja que el Señor te limpie, te vista, te transforme. No confíes en tus fuerzas: confía en Él. Que un día todos podamos entrar, revestidos de santidad, a la alegría eterna del cielo.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

martes, 29 de septiembre de 2026

DOMINGO XXVII – A (04 de Octubre del 2026)

 DOMINGO XXVII – A (04 de Octubre del 2026)

 Proclamación del Santo evangelio según San Mateo: 21,33-43

 21,33 Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

21,34 Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos.

21,35 Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon.

21,36 El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

21,37 Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo".

21,38 Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia".

21,39 Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

21,40 Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?"

21,41 Le respondieron: "Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo".

21,42 Jesús agregó: "¿No han leído nunca en las Escrituras:

La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?

21,43 Por eso les digo que el Reino de Dios se les quitará a ustedes, para dárselo a un pueblo que dé frutos a su tiempo para el reino de Dios". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados hermanos en el Señor Paz y Bien.

1. La puerta de entrada: «Sacaste una vid de Egipto»: El salmo responsorial dice: «Sacaste, Señor, una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles y la trasplantaste» (Sal 80). La imagen es extraordinariamente rica. Israel no comienza como una realidad que se da a sí misma la existencia. Dios toma una vid y la planta. Detrás de la imagen está el Éxodo:

Egipto → liberación → desierto → alianza → tierra prometida → pueblo de Dios.

Éx 3,7-8 expresa el origen de todo: «He visto la opresión de mi pueblo... he bajado para librarlo». Por tanto, la historia de Israel comienza como historia de una gracia recibida. Israel no puede decir: «Somos el pueblo de Dios porque nosotros lo conseguimos».

La lógica bíblica es otra: Dios libera → Dios planta → Dios cuida → Dios espera fruto.

Y aquí aparece una primera clave para la homilía: Todo lo que somos delante de Dios comienza como un don.

2. La viña no es solamente una propiedad: es un pueblo: En Mt 21,33 Jesús habla de: «un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y construyó una torre». Jesús está evocando deliberadamente Is 5,1-7, el famoso «canto de la viña». Isaías interpreta explícitamente la imagen: «La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel» (Is 5,7). Por tanto: viña = Israel. Pero hay algo todavía más importante. El propietario hace todo lo necesario para que la viña produzca fruto. La cerca protege. El lagar espera la cosecha. La torre vigila. Todo está preparado. Dios no abandona su viña.

3. La pregunta decisiva: ¿qué fruto esperaba Dios?: Aquí está el centro teológico de la parábola. Isaías dice: «Esperó que diese uvas, pero dio uvas amargas» (Is 5,2). Y después explica cuáles eran las uvas que Dios esperaba: «Esperaba derecho, y ahí tienen: asesinatos; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos» (Is 5,7). Esto es fundamental. El fruto no es simplemente actividad religiosa. El fruto que Dios busca es:

justicia + derecho + misericordia + fidelidad + amor. Por eso, la parábola no está atacando la religión como tal. Está denunciando una religión que ha perdido su finalidad. Se puede tener templo, culto, sacrificios, tradición, cargos, autoridad y lenguaje religioso... y, sin embargo, no producir el fruto que Dios espera.

4. Los viñadores: cuando el administrador se convierte en propietario: El propietario entrega la viña a unos labradores. Aquí aparece el drama: la viña pertenece al dueño, pero los viñadores comienzan a comportarse como si fuera suya. Esta es una de las grandes tentaciones religiosas: convertir el don de Dios en propiedad personal. Dios confía. El ser humano administra. Pero el administrador puede terminar diciendo: «Esto es mío». La autoridad religiosa deja entonces de ser servicio y se transforma en dominio. La elección deja de ser misión y se transforma en privilegio. La religión deja de producir fruto y empieza a defenderse a sí misma.

5. El propietario envía a sus servidores: Dice Jesús: «Envió a sus criados para percibir sus frutos». La historia de Israel aparece aquí condensada. Dios envía repetidamente a sus profetas. Amós denuncia la injusticia. Isaías reclama fidelidad. Jeremías denuncia una religión vacía. Ezequiel llama a la conversión. Oseas anuncia que Dios quiere misericordia. Los profetas son, en cierto sentido, los mensajeros que vienen a recordar a la viña para quién existe. Pero la reacción es terrible. Unos son golpeados. Otros apedreados. Otros asesinados. La parábola interpreta así toda una historia:

Dios habla → el pueblo escucha o rechaza → Dios vuelve a hablar. La paciencia divina es extraordinaria.

6. El último enviado: «Finalmente les envió a su hijo»: Aquí ocurre el salto decisivo. El propietario dice: «A mi hijo lo respetarán». Y Jesús introduce una diferencia fundamental. Los profetas son servidores enviados. Jesús es el Hijo. Por eso la parábola comienza a revelar quién es Jesús. No estamos simplemente ante otro profeta. El Hijo posee una relación única con el Padre. Y los viñadores dicen: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». La frase contiene la lógica del pecado: «Si eliminamos al Hijo, la viña será nuestra».

7. La parábola conduce directamente a la cruz: Los viñadores: «Lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron». Mateo está anticipando la pasión. Jesús será rechazado, sacado fuera de la ciudad y crucificado. Por eso la parábola no es solamente una historia sobre Israel. Es también una profecía cristológica de la Pascua. Podemos contemplar aquí:

El Padre envía → el Hijo viene → el Hijo es rechazado → el Hijo muere → Dios reivindica al Hijo.

La parábola, por tanto, apunta hacia la muerte y resurrección de Cristo.

8. «La piedra que desecharon los constructores»: Jesús cita el Salmo 118: «La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular» (Mt 21,42). Aquí aparece una de las grandes paradojas del Evangelio: el rechazado se convierte en fundamento. Los hombres juzgan que Jesús no sirve. Dios manifiesta que precisamente Él es la piedra fundamental. La cruz parece fracaso. La resurrección manifiesta la acción definitiva del Padre. Por eso: rechazo → cruz → resurrección → fundamento de un nuevo pueblo.

9. ¿Qué significa entonces «se os quitará el Reino»?: Esta frase necesita mucha delicadeza en una homilía. Jesús dice: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos» (Mt 21,43). No debe interpretarse como: «Dios rechazó para siempre al pueblo judío». Eso sería teológicamente incorrecto. Jesús mismo pertenece al pueblo de Israel. María pertenece a Israel. Los apóstoles pertenecen a Israel. La primera comunidad cristiana pertenece a Israel. La Iglesia nace en continuidad con la historia de la promesa. El punto de Jesús es otro: la elección no puede convertirse en privilegio sin responsabilidad. La pertenencia al pueblo de Dios tiene una finalidad: dar fruto.

10. La elección se convierte en misión: Aquí está una de las ideas más importantes para tu homilía: Ser elegido no significa ser privilegiado; significa ser enviado. Abraham es elegido: «Por ti se bendecirán todos los pueblos» (Gn 12,3). Israel es elegido para ser pueblo sacerdotal: «Seran para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,6). La elección tiene siempre una orientación universal. Dios elige a algunos para bendecir a muchos. Por eso la Iglesia tampoco existe para sí misma. La Iglesia recibe el Evangelio para anunciarlo. Recibe la Eucaristía para convertirse en comunión. Recibe el perdón para perdonar. Recibe la Palabra para vivirla. Recibe el amor para comunicarlo.

11. ¿Cuál es entonces el «fruto» cristiano?: Aquí podemos pasar del Antiguo Testamento al Evangelio. Jesús ya había dicho: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). Y Pablo presenta los frutos del Espíritu: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí» (Ga 5,22-23). Jesús mismo ofrece el criterio: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35). Por tanto, el fruto cristiano no consiste solamente en: saber mucha doctrina; asistir a Misa; pertenecer a una comunidad; llevar signos religiosos; ocupar responsabilidades; hablar de Dios. Todo eso puede ser valioso. Pero la pregunta última permanece: ¿Qué está produciendo mi fe en mi vida?

12. Una religión externa puede convertirse en una «cáscara vacía»: Aquí tu intuición es muy potente, pero conviene formularla bíblicamente. La Biblia no condena el culto verdadero. Condena el culto separado de la justicia. Isaías lo expresa con enorme fuerza: «¿De qué me sirve la multitud de vuestros sacrificios?» (Is 1,11). Y después: «Aprended a hacer el bien, buscad la justicia» (Is 1,17). Amós es todavía más radical: «Que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne» (Am 5,24). La cuestión no es: ¿Religión sí o religión no? La cuestión es: ¿Qué clase de religión? Una religión que produce justicia, misericordia y amor. O una religión utilizada para tranquilizar la conciencia mientras la vida permanece sin conversión.

13. El peligro de la Iglesia también es nuestro peligro: Aquí la homilía debe girar hacia nosotros. Porque sería muy fácil escuchar esta parábola pensando: «Esto se refiere a aquellos malos dirigentes de Israel». Pero entonces perderíamos el Evangelio. La pregunta de Jesús ahora se dirige a nosotros: ¿Somos nosotros una viña que está dando fruto? La Iglesia no queda automáticamente fuera de la parábola. Tampoco el sacerdote. Tampoco el religioso. Tampoco el catequista. Tampoco el profesor. Tampoco el padre o la madre de familia. Tampoco quien lleva muchos años practicando. La pregunta es personal: ¿Qué fruto está produciendo mi fe?

14. «Nosotros nos hemos apuntado al nuevo pueblo»: Esta frase puede convertirse en un excelente momento homilético. Podemos decir: Hemos recibido el bautismo. Pertenecemos a la Iglesia. Escuchamos la Palabra. Participamos en la Eucaristía. Nos llamamos cristianos. Pero Jesús pregunta: ¿Y el fruto? Porque uno puede estar inscrito en la Iglesia sin permitir que el Evangelio transforme su corazón. Uno puede estar cerca de las cosas de Dios y permanecer lejos del Dios de las cosas. Uno puede hablar mucho de Cristo y parecerse poco a Cristo.

15. La parábola cambia la pregunta: Normalmente preguntamos: «¿Soy creyente?» Jesús parece llevarnos a una pregunta más profunda: «¿Qué produce mi fe?» No basta: «¿Creo?» Hay que preguntar: «¿En qué me está convirtiendo aquello que creo?» No basta: «¿Voy a Misa?» Hay que preguntar: «¿Qué sucede en mi vida porque voy a Misa?» No basta: «¿Conozco el Evangelio?» Hay que preguntar: «¿Qué fruto del Evangelio aparece en mi manera de vivir?»

16. La Eucaristía también puede convertirse en una pregunta: Esta lectura adquiere una profundidad especial en la Misa. Venimos a recibir el fruto de la Pascua de Cristo. Cristo entrega su vida. Y nosotros recibimos esa vida. Pero entonces aparece una pregunta: ¿Qué hacemos con la vida que recibimos? La Eucaristía no termina en el altar. La Eucaristía quiere prolongarse en la existencia. Recibimos a Cristo → nos configuramos con Cristo → vivimos como Cristo → damos fruto. Por eso la Misa debe producir una transformación.

17. La vid alcanza su plenitud en Cristo: Aquí podemos conectar la parábola con Juan 15. Jesús dice: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador» (Jn 15,1). Esto es impresionante. En el Antiguo Testamento: Israel = viña. En Juan: Jesús = verdadera vid. Entonces aparece una profundización cristológica: La historia de Israel encuentra su plenitud en Cristo. Y nosotros somos los sarmientos: «El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto» (Jn 15,5). Aquí encontramos la clave espiritual: el fruto no nace de nuestro esfuerzo aislado. El sarmiento da fruto porque permanece unido a la vid.

18. ¿Cuál es el secreto del fruto?: No es simplemente trabajar más. Es permanecer en Cristo. Jn 15,4: «Permaneced en mí, como yo en vosotros». Por eso podríamos establecer esta secuencia: Permanecer en Cristo, recibir su vida, dejarse transformar, amar como Él, dar fruto. El cristianismo no consiste solamente en hacer cosas para Cristo. Es, primero, dejar que Cristo viva en nosotros. Como diría Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20).

19. ¿Y qué significa «dar fruto» hoy?: Aquí puedes aterrizar la homilía en la vida concreta. Dar fruto significa: En la familia: perdonar en lugar de acumular resentimientos. En el matrimonio: amar cuando desaparece la comodidad. Con los hijos: educar con verdad y misericordia. En el trabajo: no aprovecharse del otro. En la sociedad: buscar justicia y respetar la dignidad humana. En la Iglesia: servir en lugar de buscar protagonismo. Con los pobres: ver al que otros no quieren ver. Con quien nos ha herido: romper el círculo de la venganza. En la vida interior: dejar que Dios transforme aquello que todavía no queremos entregar. Ese es el fruto.

20. La pregunta final: «¿Qué clase de viña soy?»: Aquí está el corazón de la homilía. No preguntemos solamente: «¿A qué grupo pertenezco?» Preguntemos: ¿Qué fruto encuentra Dios cuando mira mi vida? Quizá tenemos mucha hoja y poco fruto. Mucho discurso y poca misericordia. Mucha apariencia y poca conversión. Mucho conocimiento religioso y poco amor. Mucha preocupación por defender a Dios y poca preocupación por servir al hermano. Entonces la parábola se vuelve tremendamente actual.

Una síntesis para proclamar desde el ambón Podrías construir la homilía alrededor de esta cadena: DIOS PLANTA → DIOS CUIDA → DIOS ESPERA → DIOS ENVÍA → EL HOMBRE RECHAZA → EL HIJO ES ENTREGADO → EL PADRE LO RESUCITA → NACE UN PUEBLO QUE DEBE DAR FRUTO.

Y la aplicación: No basta haber sido plantados en la viña. Hay que dar fruto. No basta pertenecer al pueblo de Dios. Hay que vivir como pueblo de Dios. No basta recibir la gracia.
Hay que dejar que la gracia transforme la vida. No basta llamarse cristiano. Hay que vivir como Cristo. Y una pregunta que puede cerrar toda la homilía: Si Dios viniera hoy a buscar los frutos de mi vida, ¿qué encontraría? ¿Encontraría amor? ¿Encontraría misericordia? ¿Encontraría justicia? ¿Encontraría perdón? ¿Encontraría servicio? ¿Encontraría una vida entregada? ¿O encontraría solamente hojas?

Reformulación que puede cambiar la perspectiva Tal vez la pregunta habitual es: «¿Estoy dentro de la viña de Dios?» Pero Mt 21,33-43 nos invita a formularla de otra manera: «¿Para qué me plantó Dios en su viña?» Y la respuesta no es simplemente: para pertenecer. Es: para dar fruto. Esta puede ser la frase eje de toda la homilía: «Dios no nos llamó solamente a pertenecer a su viña; nos llamó a producir el fruto de su Reino». Y todavía más profundamente: «La verdadera señal de que pertenecemos a Cristo no es cuánto hablamos de Dios, sino cuánto de Dios se hace visible en nuestra vida».

viernes, 25 de septiembre de 2026

DOMINGO XXVI – A (27 de Setiembre del 2026)

DOMINGO XXVI – A (27 de Setiembre del 2026)

Proclamación del santo Evangelio según San Mateo: 21,28- 32

 21,28 En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo: "¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: "Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña".

21,29 Él respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue.

21,30 Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: "Voy, Señor", pero no fue.

21,31 ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?" "El primero", le respondieron. Jesús les dijo: "Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.

21,32 En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él. PALABRA DEL SEÑOR.

 REFLEXIÓN:

Queridos amigos en el Señor Paz y Bien.

“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Al escuchar la palabra de Dios, digamos si y el actuar sea el reflejo de nuestro si. Dijo el Señor: “Uds. hagan y cumplan lo que los falsos maestros les dicen, pero no los imitan, porque ellos dicen una cosa y hacen otra cosa” (Mt 23,3).

En las enseñanzas de estos domingos vamos buscando respuestas a la preguntas de fondo: “¿Quién podrá salvarse?” (Mt 19,25). “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16). Al buscar respuestas a estas inquietudes, el Señor nos ha dicho en los domingos anteriores que, para obtener la salvación hace falta: “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1)…  al fin de la jornada salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin trabajar?" Ellos le respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña". Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros" (Mt 20,6-8). Hoy nos agrega:

Un hombre tenía dos hijos dijo al primero: "Hijo, ve hoy a trabajar a mi viña". Él respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: "Voy, Señor", pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?" "El primero" Respondieron (Mt 21,28-31).

El tema de la salvación suscita preguntarnos reiteradas veces: ¿Cómo  y qué obras buenas  debemos hacer para obtener nuestra salvación? (Mt 19,16): Debemos de contratarnos para trabajar en la viña (Mt 20,1); luego de contratarnos en el Bautismo Dios nos invita ir a trabajar en la viña (Mt 21,28). Con el bautismo decimos “si” al Señor y si no ejercemos la fe y no ponemos en práctica los dones recibidos, estamos diciendo “no” somos como el segundo hijo. Al respecto ya nos dijo el Señor: No todo el que me dice Señor, Señor se salvará sino quienes cumplen la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). Luego agrega y dice: “Quien escucha mis palabras y las pone en práctica es como un hombre sabio que edifica su casa sobre roca, vienen los embates de la naturaleza y no se cae (Mt 7,24).

LECCIÓN BÍBLICA Y ESPIRITUAL

«No basta decir “sí”: hay que hacer la voluntad del Padre»

Mateo 21,28-32

«Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él respondió: “Voy, señor”, pero no fue» (Mt 21,28-30).

Idea central: Dios no busca simplemente personas que sepan decirle “sí”, sino discípulos que conviertan ese “sí” en una vida concreta de obediencia, amor y misericordia.

1. ENTRAMOS EN EL EVANGELIO

Jesús cuenta una historia aparentemente sencilla: dos hijos, un padre y una viña. Pero la parábola contiene una pregunta profundamente espiritual: ¿Cuál de los dos hijos hizo finalmente la voluntad del Padre? La respuesta parece evidente: el que fue.

Aquí aparece la primera gran enseñanza: Dios mira nuestra respuesta final, no solamente nuestras palabras iniciales. El primer hijo dijo: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue. El segundo dijo: «Voy, señor». Pero no fue. Por eso Jesús desplaza la atención desde las palabras hacia los hechos.

2. EL CONTEXTO: JESÚS ESTÁ HABLANDO A UNA RELIGIOSIDAD EN CRISIS

Mt 21 se encuentra en un momento decisivo del ministerio de Jesús. Jesús ha entrado en Jerusalén (Mt 21,1-11), ha realizado el gesto profético del templo (Mt 21,12-13) y ha entrado en conflicto con las autoridades religiosas. Inmediatamente antes de nuestra parábola aparece la pregunta de los sumos sacerdotes y ancianos: «¿Con qué autoridad haces esto?» (Mt 21,23). Jesús les pregunta entonces de dónde procedía el bautismo de Juan: «¿De dónde venía el bautismo de Juan, del cielo o de los hombres?» (Mt 21,25).

Ellos no quieren comprometerse con una respuesta. Y entonces aparece la parábola de los dos hijos. Por tanto, Jesús está denunciando una religiosidad que puede hablar correctamente de Dios, pero no necesariamente obedecer a Dios.

3. LA VIÑA: IMAGEN BÍBLICA DEL PUEBLO DE DIOS

La palabra «viña» no es casual. En el Antiguo Testamento, Israel aparece repetidamente como viña de Dios. «La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel» (Is 5,7).

También: «Tú sacaste una vid de Egipto» (Sal 80,9). La viña representa, por tanto, el lugar donde Dios espera frutos. Isaías 5 presenta una pregunta terrible: Dios plantó una viña y esperaba uvas buenas, pero produjo uvas agrias (Is 5,1-7).

Jesús retoma esta tradición. La cuestión ya no es solamente: «¿Conoces a Dios?» sino: «¿Qué frutos está produciendo tu relación con Dios?» Esto conecta con: «Por sus frutos los conocerán» (Mt 7,16).

4. LOS DOS HIJOS: DOS FORMAS DE RELIGIOSIDAD

Primer hijo: «No quiero» Este hijo comienza mal. No disfraza su voluntad. Dice sencillamente: «No quiero». Hay aquí una verdad incómoda: no todo “no” es definitivo.

Una persona puede alejarse de Dios, resistirse, equivocarse, pecar, incluso decirle inicialmente que no a su voluntad... y, sin embargo, convertirse. Esto aparece continuamente en la Biblia. El profeta Jonás huye de la misión (Jon 1,1-3), pero finalmente cumple la palabra de Dios (Jon 3,3). Pedro niega a Jesús (Mt 26,69-75), pero después vuelve a él.

Pablo persigue a la Iglesia (Hch 8,3), pero termina convirtiéndose en apóstol. Por eso:Tu primer “no” no tiene por qué ser tu última palabra.

 

5. «PERO DESPUÉS SE ARREPINTIÓ»

Aquí está el corazón de la parábola. Mateo utiliza el lenguaje de la conversión. No se trata simplemente de sentir culpa.La verdadera conversión implica un cambio de dirección.

En términos bíblicos: pensamiento → corazón → voluntad → acción.

Juan el Bautista lo expresa con claridad: «Den frutos dignos de conversión» (Mt 3,8). No dice simplemente: «Sientan remordimiento». Dice: «Den frutos». La conversión auténtica termina afectando la existencia.

6. EL SEGUNDO HIJO: «VOY, SEÑOR»

Este hijo dice exactamente lo que parece correcto. Incluso utiliza una palabra respetuosa: «Señor». Pero hay una contradicción: sus labios dicen “sí”; sus pies dicen “no”. Aquí encontramos uno de los grandes temas de toda la espiritualidad bíblica: La distancia entre profesión de fe y práctica de fe.

Jesús ya había enseñado: «No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21). Y también: «¿Por qué me llaman: “Señor, Señor,  y no hacen lo que digo?» (Lc 6,46). La pregunta es devastadora: ¿Existe alguna contradicción entre lo que digo creer y la manera como estoy viviendo?

7. LA TEOLOGÍA DEL «HACER»

La parábola no enseña que las obras compren la salvación. La salvación es gracia. Pero la gracia auténticamente acogida transforma la vida. Pablo afirma: «Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras» (Ef 2,10). Y Santiago: «Pongan en práctica la Palabra y no se contenten solo con escucharla» (St 1,22).

Por tanto: fe → conversión → obras de amor. No: obras → comprar la salvación. La obra cristiana es fruto de una vida transformada por la gracia.

8. LA FRASE MÁS ESCANDALOSA DE JESÚS

Jesús concluye: «Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios» (Mt 21,31). ¿Por qué? No porque el pecado sea bueno. No porque Jesús apruebe la injusticia o la inmoralidad. Sino porque aquellos considerados pecadores escucharon la predicación de Juan, se arrepintieron y cambiaron de vida.

Mientras que quienes se consideraban religiosamente correctos no aceptaron la llamada a la conversión. Por eso Jesús añade: «Porque vino Juan a ustedes por camino de justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron» (Mt 21,32). La parábola destruye una falsa seguridad religiosa: No basta pertenecer exteriormente al pueblo de Dios; hay que responder interiormente a Dios.

9. UNA CLAVE FILOSÓFICA: EL BIEN DEBE PASAR DE LA VERDAD A LA VOLUNTAD

Desde una perspectiva filosófica podemos formularlo así: conocer el bien no es todavía querer el bien; querer el bien no es todavía realizar el bien. Aristóteles distinguía entre conocer y actuar; la virtud requiere que la persona configure sus deseos y decisiones con el bien. La Biblia lleva esto mucho más lejos: El verdadero conocimiento de Dios conduce a la obediencia amorosa.

Por eso Jesús dice: «Si me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14,15). No se trata de una obediencia fría. Es una obediencia nacida del amor. Amar → querer → obedecer → actuar.

10. UNA CLAVE ESPIRITUAL: ¿DÓNDE ESTÁ MI «NO»?

Aquí la parábola deja de ser una historia sobre dos hijos y se convierte en un espejo. Porque probablemente los dos hijos viven dentro de nosotros. Hay momentos en que somos el primero: «No quiero, Señor». Pero después nos convertimos. Y hay momentos en que somos el segundo: «Sí, Señor». Pero no hacemos nada. Por eso la pregunta espiritual no es: «¿Soy el primero o el segundo?» Sino: ¿En qué aspectos de mi vida estoy diciendo “sí” con los labios y “no” con las obras?

11. LA PARÁBOLA LEÍDA DESDE LA MÍSTICA

Aquí encontramos una dimensión más profunda. La santidad no consiste simplemente en hablar de Dios, sino en permitir que Dios transforme nuestra voluntad. El objetivo de la vida cristiana no es únicamente decir: «Yo amo a Cristo».

Es llegar a poder decir con san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20). Entonces la obediencia deja de ser solamente: «Tengo que hacer lo que Dios quiere».

Y comienza a convertirse en: «Quiero lo que Dios quiere porque amo a Aquel que me ama». Aquí entramos en la lógica mística. El corazón transformado por Dios comienza a querer el bien no simplemente por obligación, sino por amor.

12. CRISTO MISMO ES EL HIJO QUE DICE «SÍ»

Hay una lectura cristológica preciosa. Los dos hijos nos conducen hacia el verdadero Hijo. Jesús es aquel que realiza plenamente la voluntad del Padre. En Getsemaní dice: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Y Hebreos interpreta su existencia en esta clave:  «He aquí que vengo para hacer tu voluntad» (Heb 10,7). Jesús no solamente dice sí al Padre. Jesús vive su sí. Y lo lleva hasta la cruz: «Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8). Por eso podemos leer Mt 21,28-32 desde una perspectiva cristológica:

El verdadero Hijo es Cristo. Y ser discípulo significa entrar en su propia obediencia filial.

13. MARÍA: EL «SÍ» QUE SE HACE VIDA

Podemos contemplar también a María. Ella dice: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Pero su «sí» no queda en una frase. María lleva el sí en su cuerpo, en su historia, en sus decisiones y hasta la cruz. Por eso su «fiat» es una de las expresiones más profundas de la espiritualidad cristiana:

«Hágase». El cristiano maduro pasa de: «Señor, haré...»a: «Señor, hágase en mí tu voluntad».

14. LA VIÑA DE HOY: NUESTRA VIDA

La pregunta del Padre continúa resonando: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,28). ¿Dónde está esa viña? Está en nuestra propia vida. En la familia. En el matrimonio. En el trabajo. En la comunidad. En la Iglesia. En la sociedad. En el pobre. En el enfermo. En el migrante. En quien nos ha herido. En la creación que Dios nos ha confiado. Jesús no dice: «Hablen sobre la viña». Dice: «Ve a trabajar».

15. 12 IDEAS MAESTRAS PARA LA ASAMBLEA

  1. Dios nos llama a trabajar en su viña.
  2. La fe comienza escuchando una llamada.
  3. Decir “no” inicialmente no significa estar perdido.
  4. La conversión puede transformar un “no” en un “sí”.
  5. El arrepentimiento bíblico implica cambio de dirección.
  6. Decir “sí, Señor” no garantiza hacer su voluntad.
  7. La verdadera fe produce frutos.
  8. Dios mira la vida, no solamente el discurso religioso.
  9. Nadie debe sentirse definitivamente condenado por su pasado.
  10. Nadie debe sentirse seguro solamente por su religiosidad exterior.
  11. Jesús es el Hijo que realiza plenamente la voluntad del Padre.
  12. La santidad consiste en dejar que nuestra voluntad sea transformada por el amor de Dios.

16. DOCE PREGUNTAS CANDENTES

Para una reflexión después de la misa:

  1. ¿Cuál es hoy mi respuesta al Padre: “sí” o “no”?
  2. ¿Hay algún aspecto de mi vida donde digo «sí, Señor», pero vivo como si dijera «no»?
  3. ¿Qué “no” mío necesita convertirse en “sí”?
  4. ¿Confundo religiosidad exterior con verdadera conversión?
  5. ¿Estoy dispuesto a cambiar?
  6. ¿Mi fe produce frutos concretos?
  7. ¿Qué fruto espera Dios de mí actualmente?
  8. ¿Hay alguien a quien considero pecador mientras yo mismo necesito conversión?
  9. ¿Creo realmente que Dios puede transformar mi pasado?
  10. ¿Mi oración está cambiando mi manera de vivir?
  11. ¿Quiero realmente la voluntad de Dios o solamente que Dios apruebe mi voluntad?
  12. Si Jesús examinara hoy mi vida, ¿encontraría en mí un “sí” verdadero?

17. LA PREGUNTA COMUN

Una persona que apenas comienza a acercarse al cristianismo podría plantear: «Si Dios es bueno y me ama, ¿por qué debería obedecerlo?» La respuesta cristiana no comienza con: «Porque Dios manda». Comienza más profundamente: Porque Dios te ama, te llama a la vida y quiere llevarte hacia tu plenitud. La obediencia cristiana no es sometimiento servil. Es respuesta filial al amor recibido. Por eso: «Nosotros amamos porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

18. REFORMULACIÓN QUE CAMBIA LA PERSPECTIVA

Normalmente preguntamos: «¿Soy una persona que dice sí o una persona que dice no a Dios?» Pero Mateo nos invita a formular una pregunta mucho más incómoda: «¿Qué está haciendo mi vida con el “sí” que tantas veces pronuncio con mis labios?» Y todavía más profundamente: No se trata solamente de preguntarme qué tengo que hacer por Dios, sino de preguntarme qué tiene que cambiar en mí para que Dios pueda realizar su voluntad a través de mí. Ahí comienza una espiritualidad verdaderamente mística.

19. CONCLUSIÓN: DEL «SEÑOR, SEÑOR» AL «HÁGASE»

Mt 21,28-32 nos conduce por un camino: LLAMADA → RESISTENCIA → CONVERSIÓN → OBEDIENCIA → FRUTO → REINO.

El primer hijo nos enseña: Tu “no” de ayer no tiene que determinar tu “sí” de mañana. El segundo nos advierte: Tu “sí” de los labios no vale si nunca llega a los pies.

Cristo nos muestra el camino: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Y María nos enseña a vivirlo: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Por eso, la pregunta final no es: «¿Qué dije hoy en la iglesia?»

sino: «¿Qué voy a hacer mañana con lo que hoy le he dicho a Dios?»

Oración final

Padre bueno,
tú nos llamas a trabajar en tu viña.
Muchas veces te hemos dicho “sí” con nuestros labios
y “no” con nuestras obras.

Otras veces hemos comenzado diciendo “no”,
pero tu gracia nos ha hecho volver a ti.

Danos un corazón verdaderamente convertido.
Que nuestra fe no sea solamente palabra,
que nuestra oración se transforme en vida,
que nuestro amor produzca frutos,
y que nuestra voluntad se una a la tuya.

Señor Jesús,
enséñanos a decir como tú:
«No se haga mi voluntad, sino la tuya».

Y como María:
«Hágase en mí según tu palabra».

Que nuestro “sí” a Dios
se convierta cada día en obras de amor,
misericordia, justicia, fraternidad y paz. Amén.

domingo, 13 de septiembre de 2026

DOMINGO XXV – A (20 de setiembre de 2026)

 DOMINGO XXV – A (20 de setiembre de 2026)

 Proclamación del santo evangelio según San Mateo 20,1-16:

 20,1 Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña.

20,2 Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.

20,3 Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza,

20,4 les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo".

20,5 Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.

20,6 Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?"

20,7 Ellos le respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña".

20,8 Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros".

20,9 Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.

20,10 Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario.

20,11 Y al recibirlo, protestaban contra el propietario,

20,12 diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada".

20,13 El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?

20,14 Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti.

20,15 ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?"

20,16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos".  PALABRA DEL SEÑOR.

 Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

Existen cristianos que creen que la religión consiste en lo que ellos dan a Dios. Y no, la religión consiste en lo que Dios hace por nosotros.

Mentalidad de mercenarios. Incapacidad congénita para considerarse «siervos inútiles». No entienden que es peligroso exigir a Dios «lo que es justo».

El verdadero obrero, según el corazón del Señor, es el que se desinteresa del salario. El que encuentra la propia alegría en poder trabajar por el Reino.

Pero el punto central de la parábola está especificado en esa constatación amarga: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno? «Envidia», «envidioso» se puede traducir, literalmente, por «ojo malo».

En el fondo la parábola nos dice que podemos ser unos trabajadores extraordinarios, pero al mismo tiempo estar enfermos de «ojo malo». Y, consiguientemente, no sabemos estar en la viña como se debe.

Digamos la verdad. Es más fácil aceptar la severidad de Dios, que su misericordia. Y, sin embargo, la prueba fundamental a que está sometido el cristiano es ésta: ¿eres capaz de aceptar la bondad del Señor, de no refunfuñar cuando perdona, cuando compadece, cuando olvida las ofensas, cuando es paciente, generoso hacia el que se ha equivocado? ¿Eres capaz de perdonar a Dios su «injusticia»? (/Lc/15/11-32) ¿Resistes a la tentación de enseñar a Dios el... oficio de Dios? El hermano obedientísimo del hijo pródigo, ese trabajador ejemplar, ese empleado modelo, se ha revelado incapaz de comprender y aceptar la liberalidad del padre, su acogida festiva al hijo calavera que volvía a casa después de haber dilapidado el patrimonio en juergas y con mujerzuelas. Se ha sentido ofendido por la fiesta organizada con ocasión de su vuelta. Esa alegría le ha parecido una injuria, una injusticia a su fidelidad.

Nuestra desgracia es la envidia. (El ojo malo). La mezquindad.

No estamos dispuestos a hacer fiesta cuando Dios hace fiesta a quien no se la merece. Apuesto que, si hubiésemos estado presentes bajo la cruz, habríamos considerado «inadmisible» la pretensión del ladrón de entrar en el Reino de Cristo a ese precio. Y habríamos encontrado motivo para criticar aquella canonización inmediata de un pícaro, que no tenía para exhibir ninguna de esas virtudes nuestras «probadas», sino sólo maldades.

La infinita misericordia de Dios sólo tiene un enemigo: el ojo malo.

Pero quien tiene el ojo malo, y no intenta curarse, es también enemigo de sí mismo. Porque corre el peligro de echar a perder la eternidad. Si esperamos la vida eterna como justa recompensa a nuestros méritos, nos cerramos la posibilidad de sorprendernos, como los trabajadores de la hora undécima, frente a la generosidad del amo. Pasaremos la eternidad contabilizando nuestros méritos. Confrontándolos con los de los demás. Corrigiendo las operaciones de Dios. Una condenación...

Mt 20,1-16 no enseña que el salario o la recompensa sean malos, ni que el cristiano deba trabajar por el Reino sin esperar la vida eterna. El problema es convertir la relación con Dios en una contabilidad de méritos que nos permita exigirle a Dios un trato proporcional al nuestro.

1. La parábola no trata primariamente del salario, sino de la lógica del Reino

Evangelio de Mateo 20,1-16 comienza con una fórmula decisiva:

«El Reino de los cielos se parece a un propietario que salió de madrugada a contratar jornaleros para su viña».

La viña representa el ámbito donde Dios reúne, llama y hace participar al ser humano en su obra. Lo sorprendente es que el propietario sale repetidamente: al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y finalmente casi al caer la tarde.

Esto significa que Dios no deja de llamar.

Hay personas que entran en la viña desde muy temprano; otras llegan casi al final. Y aquí aparece el escándalo: Dios no distribuye su bondad según nuestro sistema de proporcionalidad.

El trabajador de primera hora piensa: «Yo trabajé más → debo recibir más».

El propietario responde: «¿No habíamos acordado un denario?»

La cuestión no es que Dios sea injusto. La parábola introduce deliberadamente una distinción entre justicia y gratuidad. El amo no les quita nada a los primeros. Les da lo convenido. Lo que los irrita es que los últimos reciban también un denario. Ahí aparece el verdadero problema.

2. El «ojo malo o envidia»: la enfermedad espiritual que transforma la gracia del otro en una injusticia contra mí

La expresión griega de Mt 20,15 es particularmente fuerte: «¿Es malo tu ojo porque yo soy bueno?»

La imagen del ojo malo no describe simplemente una mirada desagradable. En el contexto bíblico, puede expresar una mirada envidiosa, mezquina, avara, incapaz de alegrarse ante el bien recibido por otro.

Y aquí aparece la paradoja espiritual: puedo estar dentro de la viña y tener el corazón fuera de la lógica de la viña.

Puedo trabajar para Dios y, sin embargo, no amar verdaderamente la lógica de Dios. Puedo rezar, estudiar teología, servir, evangelizar, enseñar, cumplir normas, ser fiel durante décadas... y todavía preguntarme: «¿Y él qué ha hecho para recibir tanto?»

Entonces mi servicio deja de ser amor y se convierte, poco a poco, en una cuenta corriente delante de Dios.

3. El trabajador de primera hora puede estar trabajando para Dios... pero también para sí mismo

Esta es quizá la parte más incómoda de la parábola. El trabajador de primera hora no necesariamente es un hipócrita. Trabajó realmente. Su problema aparece cuando descubre que Dios es bueno con quien, según sus cálculos, merece menos.

Entonces emerge algo escondido: «Yo no solamente quería servir; quería que mi servicio me colocara por encima de los demás». Y esto puede ocurrir también en la vida religiosa, sacerdotal, pastoral, académica o educativa.

Podemos llegar a pensar: «Yo llevo muchos años sirviendo». «Yo fui fiel cuando otros abandonaron». «Yo cumplí cuando otros fallaron». «Yo me sacrifiqué». «Yo estudié». «Yo obedecí». «Yo permanecí».

Y todo eso puede ser verdadero. Pero aparece la pregunta terrible:

¿Mi fidelidad me ha hecho más misericordioso o más exigente con los que no fueron fieles como yo? Porque existe una fidelidad que nos acerca a Dios y otra que, paradójicamente, nos hace sentir propietarios de Dios.

4. El verdadero obrero no trabaja para comprar el Reino

No diría simplemente: «El verdadero obrero es el que se desinteresa del salario». Teológicamente sería más preciso decir: El verdadero obrero no trabaja para convertir el salario en una deuda que Dios tenga que pagarle. La vida eterna sigue siendo un don prometido por Cristo.

San Pablo lo expresa radicalmente: «La paga del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús» (Rm 6,23). La diferencia es enorme.

Salario entendido como derecho absoluto: «Dios me debe esto porque hice aquello».

Don recibido en la alianza: «Todo lo que tengo, incluso mi capacidad de trabajar en tu viña, ya es gracia» Por eso el cristiano puede desear la vida eterna sin convertirla en una remuneración contractual.

La pregunta cambia: No «¿cuánto me dará Dios por lo que hice?», sino «¿cómo podría no alegrarme de haber podido trabajar en su viña?»

5. «Es más fácil aceptar la severidad de Dios que su misericordia»

Aquí tocamos una de las dimensiones más profundas del texto. Nosotros comprendemos fácilmente un Dios que funciona según: premio → mérito → recompensa.

Porque ese Dios es previsible. Podemos calcularlo. Podemos compararnos. Podemos sentirnos mejores. Podemos incluso sentirnos seguros delante de él. Pero el Dios misericordioso nos desarma. Porque si Dios puede amar gratuitamente al último: ¿qué queda de mi superioridad?

Si Dios puede perdonar al pecador: ¿qué hago yo con mis méritos?

Si Dios puede recibir al que regresó después de haberlo perdido todo: ¿qué hago con mis años de fidelidad?

La misericordia de Dios resulta escandalosa porque no solamente salva al pecador: también amenaza la imagen de superioridad del justo.

6. Por eso Mt 20 debe leerse junto con Lc 15

Aquí tu conexión con el hermano mayor del hijo pródigo es teológicamente fecunda. En Lc 15, el hermano mayor no dice: «Padre, me alegra que mi hermano haya vuelto».

Dice, en esencia: «Yo te he servido todos estos años...» Su vocabulario revela una relación deteriorada. No se experimenta como hijo, sino como trabajador que presenta méritos.

Y ahí está la tragedia: está dentro de la casa, pero no participa de la alegría del padre.

Lo mismo ocurre en Mt 20.

Los primeros trabajadores están dentro de la viña, pero no consiguen entrar en la alegría del propietario. Ese puede ser el drama de una vida cristiana entera: trabajar para Dios sin haber aprendido a alegrarse con Dios.

7. «Perdonarle a Dios su injusticia»: una paradoja que debe entenderse correctamente

La expresión es provocadora y espiritualmente poderosa, pero necesita una precisión: Dios no es injusto. La parábola no relativiza la justicia divina.

Lo que pone en crisis es nuestra definición de justicia cuando queremos utilizarla para limitar la misericordia de Dios.

El hombre dice: «No es justo que él reciba tanto». Dios responde: «¿No puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O tienes tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,15).

Por tanto, el problema no es la injusticia de Dios.

El problema es que mi idea de justicia puede convertirse en una cárcel que intento imponerle a la misericordia divina.

8. El ladrón en la cruz revela hasta dónde llega nuestro «ojo malo»

Aquí la conexión con Lc 23,39-43 es impresionante. El buen ladrón no presenta curriculum espiritual. No exhibe años de servicio. No presenta obras. No puede reparar su pasado. No puede devolver lo robado. No puede realizar grandes obras después de su conversión.

Simplemente reconoce: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a tu Reino».

Y Jesús responde: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

El «trabajador de primera hora» podría protestar: «¡Eso no puede ser! ¿Cómo puede entrar él?» Pero precisamente ahí está el escándalo cristiano: la salvación no es el premio que Dios entrega a quienes lograron hacerse suficientemente buenos; es el don de un Dios que, en Cristo, sale al encuentro del ser humano para salvarlo.

La gracia no destruye la responsabilidad humana. Pero sí destruye la pretensión de apropiarnos de la salvación como propiedad privada.

9. El ojo malo no solamente perjudica al otro: destruye mi propia capacidad de recibir gracia

Esta es, a mi juicio, la parte más peligrosa. El envidioso no puede disfrutar del bien que posee porque está mirando constantemente el bien del otro. Entonces vive así:

«¿Por qué él?» Y deja de escuchar: «Gracias, Señor, porque yo también estoy en tu viña».

El ojo malo transforma: la gracia en competencia; la vocación en privilegio; el servicio en mérito; la fidelidad en superioridad; la Iglesia en ranking; la santidad en comparación;
y el Reino en una tabla de posiciones. Y entonces ocurre algo terrible: ya no vivo delante de Dios; vivo comparándome delante de los demás.

10. La frase más peligrosa no es «yo no he recibido»

Es: «Él no debería haber recibido». Ahí aparece el corazón del «ojo malo».

Porque puedo sufrir por no recibir algo. Pero cuando me duele que otro reciba gratuitamente lo que yo considero que no merece, mi problema ya no es mi carencia: es la bondad de Dios hacia el otro. Y entonces la misericordia divina se convierte, para mí, en una ofensa.

11. La parábola cambia radicalmente cuando descubro que yo también soy «la hora undécima»

Aquí está la inversión más profunda. Durante mucho tiempo podemos leer Mt 20 pensando: «Yo soy uno de los trabajadores de primera hora». Pero la parábola nos invita a preguntarnos: «¿Y si delante de Dios yo también soy un trabajador de la hora undécima?» ¿Qué tengo que presentar ante Dios? ¿Mis años de servicio? ¿Mi formación? ¿Mis sacrificios? ¿Mis conocimientos? ¿Mi fidelidad? Todo eso tiene valor. Pero nada de eso convierte a Dios en mi deudor. Porque antes de que yo pudiera trabajar en la viña: Él ya me había llamado. Antes de que yo pudiera responder: Él ya me había buscado.

Antes de que pudiera ofrecer algo: Él ya me había dado todo. Entonces cambia radicalmente la espiritualidad:

No trabajo para conseguir que Dios me ame. Trabajo porque ya he sido alcanzado por su amor.

12. La «condenación» es una imagen espiritualmente muy fuerte

Si paso toda mi existencia contabilizando: «Yo hice esto». «Él hizo aquello». «Yo fui más fiel». «Él pecó más». «Yo merezco». «Él no merece». Corro el riesgo de llevar mi lógica contable hasta la eternidad. Y eso sería una ironía terrible: estar delante de la misericordia infinita y seguir haciendo cuentas.

Una persona podría llegar al Reino y continuar preguntando: «¿Por qué él está aquí?» Mientras Dios le está diciendo: «¡Mira dónde estás tú!» Ese es quizá el drama del ojo malo: tener delante la fiesta de Dios y no poder disfrutarla porque estamos demasiado ocupados comparando las invitaciones de los demás.

La reformulación que desafía radicalmente nuestra mirada

Yo reformularía todo tu planteamiento así: Quizá el problema no sea que trabajamos demasiado para Dios, sino que todavía no hemos aprendido a recibir gratuitamente a Dios.

Podemos pasar años en la viña y seguir pensando como jornaleros: «¿Cuánto me corresponde?». Podemos obedecer, servir, estudiar, enseñar, sacrificarnos y permanecer fieles, pero si nuestra fidelidad nos vuelve incapaces de alegrarnos cuando Dios tiene misericordia del otro, entonces nuestro trabajo ha producido frutos visibles mientras nuestro corazón permanece enfermo.

El ojo malo no mira el pecado del otro: mira la gracia del otro y se escandaliza. Por eso la pregunta decisiva de Mt 20 no es: «¿Cuánto has trabajado?», sino: «¿Puedes alegrarte porque Dios es bueno?» Y quizá esta sea la pregunta que más desnuda nuestra espiritualidad:

Si Dios perdonara esta noche precisamente a aquella persona cuyo pecado me cuesta más aceptar; si la abrazara, la levantara y celebrara su regreso, ¿yo entraría en la fiesta o me quedaría fuera protestando por la injusticia de su misericordia? Porque entonces descubriría algo estremecedor: quizá llevo muchos años trabajando en la viña de mi Padre sin haber aprendido todavía a tener el corazón de mi Padre.

El Reino no consiste finalmente en recibir más que los otros, sino en aprender a amar como Dios ama. Y quien no puede alegrarse por la gracia concedida al otro todavía no ha comprendido la gracia que él mismo ha recibido.

Para cerrar el taller con una pregunta realmente «candente»: Si Cristo me dijera hoy: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?», ¿a quién tendría que señalar para reconocer que todavía me molesta más su misericordia que su pecado?

Y una segunda, todavía más incómoda: ¿Estoy sirviendo al Reino porque amo al Señor, o estoy acumulando méritos delante de Dios para sentir que mi fidelidad me hace superior a los demás? La parábola, finalmente, no nos pregunta cuántas horas hemos trabajado en la viña. Nos pregunta algo mucho más peligroso: «Después de tantos años trabajando para Dios, ¿te pareces realmente a Dios y decir No vivo yo, es Cristo quien vive en mi»