V DOMINGO DE CUARESMA - A (22 de marzo del 2026)
Proclamación del Santo Evangelio según San Juan 11,1-45:
11,3 Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el
que tú amas, está enfermo".
11,4 Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es
mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por
ella".
11,5 Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro.
11,6 Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo,
se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
11,7 Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a
Judea".
11,17 Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba
sepultado desde hacía cuatro días.
11,20 Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su
encuentro, mientras María permanecía en la casa.
11,21 Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado
aquí, mi hermano no habría muerto.
11,22 Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo
que le pidas".
11,23 Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".
11,24 Marta le respondió: "Sé que resucitará en la
resurrección del último día".
11,25 Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
11,26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.
¿Crees esto?"
11,27 Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres
el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".
11,33 Jesús se conmovió y también a los judíos que la
acompañaban, y turbado,
11,34 preguntó: "¿Dónde lo pusieron?" Le
respondieron: "Ven, Señor, y lo verás".
11,35 Y Jesús lloró.
11,36 Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!"
11,37 Pero algunos decían: "Este, que abrió los ojos
del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?"
11,38 Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro,
que era una cueva con una piedra encima,
11,39 y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la
hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días
que está muerto".
11,40 Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees,
verás la gloria de Dios?"
11,41 Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los
ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste.
11,42 Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta
gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado".
11,43 Después de decir esto, gritó con voz fuerte:
"¡Lázaro, ven afuera!"
11,44 El muerto salió con los pies y las manos atadas con
vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo
para que pueda caminar".
11,45 Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que
habían ido a casa de María creyeron en él. PALABRA DEL SEÑOR.
REFLEXIÓN:
Queridos amigos en el Señor Paz y Bien.
Jesús dijo: "Quiten la piedra. Marta, le respondió:
Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto" (Jn 11,39). “Jesús
comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de
parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser
condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16,39). No es lo mismo
resucitar al cuarto día (Lázaro) y resucitar al tercer día (Jesús). Resucitar
al cuarto día, es resucitar en el mismo cuerpo, el problema es que luego
volverá a morir. Resucitar al tercer día, es la resurrección en el estado
glorioso, ya no vuelve a morir. Estar en estado glorioso: Jesús se transfiguró
en el monte Tabor (Mt 17,2-7). Jesús se dejó ver unos segundos en el estado
glorioso por sus apastles: “Pedro dijo que bien se está aquí”.
El primer domingo de la cuaresma meditamos sobre la
verdadera humanidad de Jesús: las tentaciones (Mt 4,1-11). Jesús nos enseñó
cómo afrontar y superar las tentaciones del enemigo. En el segundo domingo,
meditamos sobre la verdadera divinidad del Señor, la transfiguración en el
monte Tabor (Mt 17,1-9). En el tercer domingo meditamos sobre la gracia de Dios
en su connotación del agua viva que es Cristo (Jn 4,5-42). En el cuarto domingo
también meditamos sobre la gracia de Dios bajo la connotación de la luz (Jn
9,1-41). Y en este quinto domingo, para terminar la Cuaresma con el triunfo de
la vida sobre la muerte. Meditamos sobre el misterio de la vida que
es un don de la gracia de Dios (Jn 11,1-45). En suma un maravilloso camino de
conversión de nuestra fe: Centrada en Cristo: verdadero Hombre y verdadero Dios;
gracia: Tabor, el agua, la luz y la vida.
La reflexión de este domingo centrada sobre la vida, mismo
Jesús nos puede resumir en este episodio: “El que escucha mi palabra y cree en
el que me ha enviado, vive de vida eterna; ya no habrá juicio para él, porque
ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24). Pero también en la misma línea lo
dice el gran San Pablo: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere
para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el
Señor. Tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor. Por esta razón
Cristo experimentó la muerte y la vida, para ser Señor de los muertos y de los
que viven” (Rm 14,7-9).
La Cuaresma (nuestra vida terrenal) termina con el triunfo
de la vida sobre la muerte que es querer y deseo de Dios. Así nos lo muestra en
su Hijo Cristo Jesús: “Así como el Padre tiene vida en así también ha dado al
Hijo tener vida en si” (Jn 5,26). Y claro está que Dios en su Hijo quiere
salvarnos a todos, quiere que todos participemos de este triunfo sobre la
muerte (ITm 2,4). Pero no todos serán parte de este triunfo porque no todos
escuchan su palabra (Jn 5,24). “Los que obraron el bien resucitarán para la
vida, pero los que obraron el mal irán a la condenación. Yo no puedo hacer nada
por mi cuenta, sino que juzgo conforme a lo que escucho; así mi juicio es
recto, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió” (Jn
5,29-30).
Jesús dice: “Quien escucha mi palabra, ya vive de la vida
eterna… ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24). Pero también nos dice: “El
que es de Dios escucha las palabras de Dios; si ustedes no las escuchan es
porque no son de Dios” (Jn 8, 47). Es decir, quien no escucha la palabra de
Dios camina en tinieblas, permanece en la tumba (Jn 11,10). Pero el que escucha
la palabra de Dios ya está de día, ya salió de la tumba (Jn 11,9). Es más
enfático Jesús al decir que incluso: “Sepan que viene la hora, y ya estamos en
ella, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la escuchen
vivirán” (Jn 5,25). Conviene reiterar con un pero: “Los que obraron
el bien resucitarán para la vida eterna, y los que obraron el mal irán a la
condenación eterna. (Y está claro esto hará Jesús como juez justo porque esa
disposición recibió del Padre): Yo no puedo hacer nada por mi cuenta, sino que
juzgo conforme a lo que escucho; así mi juicio es recto, porque no busco mi
voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió” (Jn 5,29-30).
“Al regresar a la
ciudad, muy de mañana, Jesús sintió hambre. Divisando una higuera cerca del
camino, se acercó, pero no encontró más que hojas. Entonces dijo a la higuera:
«¡Nunca jamás volverás a dar fruto!» Y al instante la higuera se secó. Al ver
esto, los discípulos se maravillaron: «¿Cómo pudo secarse la higuera, y tan
rápido?” (Mt 21,18-20). Jesús también es capaz de sacarnos de la muerte a la
vida: Jesús ordenó: «Quiten la piedra.» Marta, hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya tiene mal olor, pues lleva cuatro días enterrado.» Jesús le
respondió: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Y quitaron
la piedra. Jesús levantó los ojos al cielo y exclamó: «Te doy gracias, Padre,
porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas; pero lo he dicho por
esta gente, para que crean que tú me has enviado.» Al decir esto, gritó con
fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!» Y salió el muerto. Tenía las manos y los pies
atados con vendas y la cabeza cubierta con un velo. Jesús les dijo: «Desátenlo
y déjenlo caminar.” (Jn 11,39-44).
En tercer lugar, es una manera de dar gloria a Dios todos
los sucesos de la vida como las sanciones, la muerte o resurrección: Así por
ejemplo: Jesús, dijo: «Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que es para
gloria de Dios, y el Hijo del Hombre será glorificado por ella” (Jn 11,4). En
otro momento sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado para que
esté ciego: él o sus padres?» Jesús respondió: «Esta cosa no es por haber
pecado él o sus padres, sino para que nació así para que la gloria de Dios se
manifieste en él, y en forma clarísima” (Jn 9,2-3). La misma muerte es una gran
prueba para que se manifieste la gloria de Dios: “Lázaro está dormido le voy a
despertar” (Jn 11,11)
Jesús no estaba cuando su amigo Lázaro murió, que tarda y no
camina según nuestra lógica. Pero que, al final, nos regala el don de la vida
triunfando sobre la muerte. Claro que las hermanas de Lázaro no lo entienden y,
hasta cierto punto, le hacen culpable de la muerte del hermano: “Si hubieses
estado aquí no hubiese muerto mi hermano.” (Jn 11,21) Es cierto, pero tampoco
hubiésemos visto el poder de Jesús sobre la muerte. Hay cosas que
nos cuesta entender; sin embargo, como dice el mismo Jesús “si crees verás la
gloria de Dios” (Jn 11,40). A veces pensamos que todo se acabó; sin embargo,
ahí comienza el poder de Dios. A veces pensamos que Dios es el responsable de
nuestras desgracias (Jn 11,21); sin embargo, ahí mismo Dios manifiesta que la
fe y la gracia van más allá de nuestras penas.
Jesús nos ha dicho: “La carne no sirve de nada, es el
Espíritu quien da la vida. Y las palabras que le he dicho son espíritu y vida”
(Jn 6,63). Dios es vida, en Él está la fuente de vida: “Yo soy la vida” (Jn
14,6). Pero, eso sí, siempre exige de nosotros la fe (Lc 17,5). Dios no puede
hacer nada en nosotros si no tenemos fe. Cuando la fe es viva, todo se hace
vida, incluso la misma muerte se convierte en vida. Lázaro no murió por causa
de Jesús, ni Jesús quiso que Lázaro muriese. Lo que Jesús quiere es manifestar
que quien puede impedir que alguien muera, también es capaz de que vuelva a
florecer la vida: Le dijo Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree
en mí, aunque muera, vivirá. El que vive, el que cree en mí, no morirá para
siempre. ¿Crees esto?» Marta contestó: «Sí, Señor; yo creo que tú eres el
Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11,25-27).
Dios no nos da siempre lo que pedimos, a veces incluso
calla. Pero nos da mucho más de lo que le pedimos. Y por eso como Marta y María
nos quejamos: “Si hubieras estado aquí mi hermano no hubiera muerte” (Jn
11,21.32) Pero Jesús no interviene en nuestra plegaria porque no cree oportuno
que tal o cual pedido nuestro sea oportuno: “El Señor ya sabe de tus
necesidades antes que se lo pidas” (Mt 6,8). En el reclamo de Marta (Jn 11,21):
¿Qué es más importante, sanar a un enfermo o devolverlo a la vida cuando ha
muerto? ¿Qué es más importante, que Dios sane a un ser querido o que
lo resucite y lo lleve consigo al cielo? No conviene ser egoístas al aferrarnos
a lo suyo. Jesús les regaló el milagro de sacarlo del sepulcro donde
ya estaba en putrefacción y se los devolvió vivo. La muerte de Jesús está
cercana, pero antes quiere anticipar que su muerte terminará en resurrección.
Dios, Jesús no estuvo a tiempo para que Lázaro no muriese, pero llegó a tiempo
para devolverle la vida, por más que ya llevase cuatro días y ya olía mal.
La resurrección de Lázaro, que de una parte precipita los
acontecimientos y la muerte de Cristo que tenía que suceder, anticipa de otra
la victoria definitiva de la vida sobre la muerte. Porque si Lázaro resucitó
para volver a morir, Cristo resucitará de una vez para siempre y, con él,
nuestra auténtica esperanza. Porque él es la resurrección y la vida, y cuantos
creen en él, aunque mueran, vivirán. De modo que el camino de Jesús, por la
cruz a la luz o por la muerte a la vida, es en adelante el camino de todos los
creyentes.
¿Creemos esto?: La pregunta que dirige Jesús a María, la
hermana de Lázaro, es también la que dirige a cada uno de nosotros:
"¿Crees esto?" El evangelio no es sólo un mensaje o una buena
noticia, porque es al mismo tiempo una pregunta que no podemos eludir, que
reclama nuestra responsabilidad. Más aún, no es mensaje ni buena noticia para
el que no está dispuesto a responder con su fe a esa pregunta.
Con frecuencia los hombres escuchamos únicamente aquello que
nos cuadra: es decir, aquello que responde a nuestros intereses y encaja en
nuestra racionalidad, armonizando con nuestras ideas, convicciones y
prejuicios. En consecuencia corremos el riesgo de querer arrimar la palabra de
Dios a la sardina de nuestras conveniencias y coherencias, usando y abusando de
ella como si se tratara de un repertorio de respuestas y argumentos. Pero la
palabra de Dios, porque es de Dios y nunca del hombre, no se deja manejar tan
fácilmente. De ahí su carácter de pregunta y de interpelación: "¿Crees
esto?" Esto y no otra cosa. Esto: que Jesús es la resurrección y la vida y
que todos los que creen en él, aunque hayan muerto, vivirán.
Los filósofos de Atenas ni siquiera quisieron oír hablar de
la resurrección de los muertos, les parecía un absurdo. Pero Pablo, fiel al
evangelio, insiste una y otra vez que si los muertos no resucitan vana es
nuestra esperanza. ¿Queremos escuchar nosotros este mensaje?, ¿creemos en el
evangelio? La experiencia de la nueva vida, la experiencia de la resurrección,
sólo es posible en la respuesta y desde la respuesta a la pregunta que Jesús
nos hace. Sólo es posible desde la fe y en la fe.
"Si crees, verás la gloria de Dios”: La muerte no es
sólo lo que sucede al fin, sino lo que pone fin a la vida desde el principio,
reprimiendo uno a uno todos nuestros mejores proyectos, todas nuestras ansias y
deseos de liberación individual y colectiva. La instrumentalización de la
muerte y del miedo a la muerte constituye la estrategia fundamental de todos
los poderes que mortifican y esclavizan al hombre. Los hombres, por miedo a
perder la vida, se resignan a vivir como muertos. En cambio, los que creen en
la vida eterna, los que aceptan la muerte como el desfiladero de la vida, los
que comprenden que vivir es dar la vida, salen ya de los sepulcros y comienzan
a vivir como resucitados. Nada ni nadie puede acabar con su esperanza, con la
esperanza contra toda esperanza, con la esperanza que Jesús ha puesto en pie
contra la muerte.
El evangelio de Juan siempre tiene sus dificultades a la
hora de comentarlo, pues ya es bien sabido que hay que leerlo con unas claves
interpretativas muy específicas. Esto es especialmente cierto en el pasaje de
la resurrección de Lázaro, texto que nos trae la liturgia de hoy. Por eso hoy
trataremos de dar unas verdaderas notas para nuestra reflexión.
1. El de hoy no es, en absoluto, un relato más de una
curación de Jesús (una señal más), sino una señal con un rico trasfondo. Es
mucho más (cualitativa y cuantitativamente) lo que "quiere decir"
Juan que lo que "dice" expresamente.
2. En primer lugar se nos presenta un grupo de discípulos de
Jesús, una comunidad de hermanos y hermanas en la que rigen relaciones
afectivas activas (las hermanas mandan aviso a Jesús; a Jesús le dicen que su
amigo está enfermo...). El afecto que reina entre los miembros de la comunidad
(en la que Jesús se presenta como uno más (vamos a Judea; vamos a verlo;
Lázaro, nuestro amigo) es de tal categoría que el miedo no impide marchar en
ayuda del necesitado.
3. Pero los discípulos aún no han descubierto el calibre
real de la vida que transmite Jesús; para ellos, la muerte aún es la
interrupción de la vida; la muerte aún es el final del camino; la muerte aún es
el término irreversible e ineludible de toda existencia; en definitiva: aún no han
alcanzado la madurez de la fe porque aún no han descubierto que, si bien
ciertamente Jesús no elimina la muerte física, sí que la transforma en un sueño
(nuestro amigo Lázaro duerme), que no supone ninguna interrupción en la vida
del hombre. En la vida del hombre que ha recibido su vida de Jesús.
4. En este contexto de muerte (cuatro días); ya huele
mal...) se presenta Jesús como la resurrección, como portador de la vida,
porque el plan de Dios no es hacer un ser-para-la-muerte sino para la vida
plena y definitiva, un ser-para-vivir-la-misma-vida-de-Dios. Para quien recibe
el Espíritu de Dios, para los que ya pertenecen a Jesús, en la vida ya no hay
solución de continuidad aunque sí haya un punto de inflexión que es la muerte
(el que cree en mí, aunque muera, vivirá).
5. Pero la comunidad de los discípulos de Jesús aún no han
descubierto esta realidad (Señor, si hubieras estado, mi hermano no habría
muerto). Por eso Jesús hará una llamada a salir de la desesperanza, a salir del
duelo, de la antigua concepción de la vida y de la muerte, a salir del grupo de
los que no conocen la vida y por eso ven la muerte como un fin definitivo y
sin-sentido.
6. Jesús ha venido, sobre todo, para comunicar a los hombres
el plan de Dios para con ellos (todo lo que he oído al Padre os lo he
dicho...). Y uno de los puntos más importante (¿por qué no decir el principal?)
es devolverles la vida definitiva, hacerles superar la muerte. Es el cúlmen de
la obra creadora. Y Jesús no hace sino invitar a la comunidad en esa realidad del
amor de Dios y descubrir todo su alcance (¿no te he dicho que si crees verás la
gloria de Dios? Yo soy la resurrección y la vida..., el que vive y cree en mí
no morirá nunca). Jesús está llamando con urgencia a aquel grupo de hermanos a
fiarse de su palabra (quiten la losa; desatenlo...), a superar las antiguas
concepciones de la vida y la muerte que esclavizaban al hombre reduciéndolo a
un llegar-a-ser-cadáver como toda meta.
7. La muerte, en definitiva, no es sino la culminación de
todas las pequeñas muertes diarias (miedos, limitaciones, ignorancias,
humillaciones, esclavitudes, sufrimientos, angustias...). Y el miedo a la
muerte es lo que hace al hombre impotente para luchar contra todo tipo de
opresión y esclavitud: ¿para qué? Y en este miedo radica la fuerza de los
opresores (comamos y bebamos y oprimamos, que mañana moriremos). Jesús libera
al hombre de la muerte, le salva de su miedo y lo hace capaz de resistir, ya,
toda opresión. Por eso Jesús será un peligro potencial -y real-, una "re-vo-lución"
peligrosa que atentará contra la seguridad y continuidad de los poderes
establecidos y que éstos, por tanto, tratarán de eliminar por todos los medios
(sería interesante leer los vv. 47-53 de este mismo capítulo de Juan donde se
ve la reacción "oficial" ante Jesús de los sumos sacerdotes y
fariseos, termina así: "Aquel día acordaron matarlo" -v. 53-; la
liturgia del día nos hace un flaco favor recortando tan descaradamente un texto
que va tan unido).
8. Jesús, por tanto, hace al hombre radicalmente libre -y
así, radicalmente peligroso-; a partir de ahora, a partir de esta convicción en
la pervivencia después del "sueño de la muerte", ya no hay problema
en arriesgar la propia vida por luchar en favor del hermano. La vida es indestructible
y ya no se puede perder aunque se muera. Esta certeza es la que hará decir a
Jesús: "No hay mayor amor que dar la vida por los amigos": y esta
certeza es la que lleva a Jesús a despreciar el peligro de acercarse por
Betania -a sólo 3 kilómetros de Jerusalén, donde le esperan los que quieren
cogerle- y poner en peligro su vida por ayudar a un amigo. Al final será
apresado y llevado a la cruz. Pero no importa; ayudar a un amigo es más
importante que conservar la propia vida; porque, en definitiva la propia vida
no se pierde nunca.