lunes, 15 de junio de 2026

DOMINGO XII – A (21 de junio de 2026)

 DOMINGO XII – A (21 de junio de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 10,26-33

10,26 No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido.

10,27 Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

10,28 No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.

10,29 ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.

10,30 Ustedes tienen contados todos sus cabellos.

10,31 No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

10:32 Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo.

10,33 Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

“Les dije la verdad que he oído a mi Padre, por cuál de esas verdades me quieren mata?” (Jn 8,40). “Los judíos dan estas razones para matar a Jesús: porque no sólo violaba el sábado (haciendo curaciones), sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre” (Jn 5,18). ¿Quiénes son esos judíos y por qué no aceptan que Jesús es el Hijo de Dios? Juan dice: ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el Anticristo: el que niega al Padre y al Hijo” (I Jn 2,22). Jesús les dijo a los judíos: “Ustedes tienen por padre al demonio y quieren cumplir los deseos de su padre. Desde el comienzo él fue homicida y no tiene nada que ver con la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44). La mentira se opone a la verdad por eso Jesús les dice: “A mí no me creen, porque les digo la verdad” (Jn 8,45). “ Yo soy la verdad” (Jn 14,6). Jesús dijo también a sus discípulos: “si esto hacen conmigo qué no harán con ud” (Lc 23,31). “Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). En suma el señor ha puesto las condiciones y el precio del cielo. La única forma de merecer el cielo es trabajando en la misión no obstante las duras limitaciones.

En el discurso de la montaña Jesús advirtió sobre la adversidad que implica promover el reino de los cielos al decir: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando los calumnie en toda forma por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 5,11-12). Y en el discurso sobre la misión, Jesús dice a sus apóstoles no solamente qué es lo que deben hacer (Mt 10,5-15) y cuáles son las dificultades que les aguardan (Mt 10,16-25), sino también cómo deben superar las situaciones desfavorables en la misión (Mt 10,26-33).

 

El misionero ante los peligros: Una vez que Jesús terminó las primeras instrucciones a sus apóstoles (Mateo 10,5-15), dijo: “Mirad que los envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16). Desde ese momento se capta que la misión implica peligros: juicios en los “tribunales” (Mt 10,17), “azotes” (Mt 10,17) e incluso “muerte por los de su propia familia” (Mt 10,21). Una frase de Jesús describe crudamente este ambiente de persecución y rechazo: “Serán odiados de todos por causa de mi nombre” (Mt 10,22).

Todo esto hay que entenderlo como una verificación de la estrecha comunión del discípulo con su Maestro, es decir, es parte del seguimiento: “No está el discípulo por encima del Maestro… Ya le basta al discípulo ser como el Maestro” (Mt 10,24.25).

Enfrentar los miedos: Sentimos que no podemos asegurarlo todo con nuestros propios esfuerzos. Todo lo que somos y nos pertenece nos expone a heridas y pérdidas, es objeto de amenaza, de recelos y temores. En el texto afloran cuatro “miedos” del misionero: Miedo a hablar en público (Mt 10,26-27). Miedo a que destruyan su integridad física  (Mt 10,28-31). El miedo verdadero debe estar en: Miedo a perder la comunión definitiva con Jesús (Mt 10,32-33); y miedo a perder la salvación, “muerte del alma” (Mt 10,28-31).

¿Qué es lo que deben hacer los apóstoles que, precisamente por cumplir la misión que Jesús le encomienda, son criticados y perseguidos?; ¿Dejar la misión? ¿Renunciar a su confesión de fe para sobrevivir en medio del ambiente hostil? ¿Aplazar la tarea para cuando lleguen tiempos mejores? ¿Amoldarse a la vida de la sociedad haciendo concesiones que le eviten los conflictos? ¿Quedarse callados ante lo que sucede en el mundo y permitir que todo siga como siempre?

La enseñanza de Jesús: Ante las situaciones desfavorables descritas y el dilema correspondiente, la enseñanza de Jesús a los misioneros gira en torno a una misma expresión que tres veces repite con fuerza: “¡No tengan miedo!”: 1) “No les tengan miedo. Pues nada hay encubierto que no haya de ser descubierto” (Mt 10,26). 2) “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10,28). 3) “No tengan miedo, pues, Uds valen más que muchos pajarillos” (Mt 10,31).

Jesús no niega que los misioneros pasarán por momentos amargos. Él mismo se refiere a ello varias veces y quiere que sus apóstoles no se hagan falsas ilusiones: su tarea de anunciar el Reino y su pertenencia a él en calidad de discípulos los hacen mucho más vulnerables ante el entorno social. En el centro está el Dios Padre de Jesús (Jn 17,21): Él es la realidad determinante frente al cual nada debe ser preferido, a cuya voluntad nada escapa, quien cuida a los suyos con amor paterno (I Jn 4,8).

"El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Jn 16,24-26). Buscando la salvación de los demás es como podemos asegurar nuestra salvación; ello implicará incluso dar la vida por la cusa del evangelio. Pero esta conducta tiene su recompensa: “Al final de los tiempos, el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt 16,27).

 “No Teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de su Padre. En cuanto a Uds. hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. No teman, pues; Uds valen más que muchos pajarillos” (Mt 10,28-31). Ante el rechazo o el martirio prevalece la confianza en el Dueño de la Vida. En efecto, la exhortación a “no temer” ahora es más concreta: se trata de la eventualidad de la muerte. Por pertenecer a Jesús, el discípulo puede sufrir una muerte violenta.

Jesús nos habla también de un “temor” que sí hay que tener: el temor de Dios, que es ante todo respeto. De hecho, hay que saber distinguir entre el verdadero y el falso temor, así como lo hace el profeta Isaías: “No teman ni tiemblen de lo que el (pueblo) teme; a Dios que es santo, a Él si su temor” (Mt 8,12-13). Este pensamiento nos remite a la exhortación para el martirio que encontramos en el libro de los Macabeos. El viejo Eleazar, ya moribundo por la tremenda paliza, dice: “El Señor, que posee la ciencia santa, sabe bien que, pudiendo librarme de la muerte, soporto flagelado en mi cuerpo recios dolores, pero en mi alma los sufro con gusto por temor de él” (2 Macabeos 6,30). Claro está, a diferencia de la historia de Eleazar, esta vez la motivación proviene de Jesús y con antecedencia a la situación de peligro de muerte de un discípulo suyo.

Valoración del poder: La motivación fundamental que Jesús da para atreverse a dar el paso del martirio: la vida en última instancia depende de Dios. Para comprender mejor esto hay que hacer una valoración del poder: 1) El poder de los hombres, quienes pueden matar el cuerpo pero no matar el alma. 2) El poder de Dios, que puede mandar a la perdición el cuerpo y el alma a la gehena. (en el mundo bíblico la “gehena” es concebida como lugar de pena eterna). Jesús pide valentía también frente al daño extremo e irrevocable en el que podemos caer, esto es, frente a la muerte. El hecho que nosotros continuemos viviendo o que nuestra vida se acabe de repente, puede depender de los hombres. Con todo, Jesús nos recuerda que la muertes es solamente realidad penúltima, que la vida terrena no es el bien mayor y que la muerte no es el mal más grande, y que, a pesar de su poder para matar, los hombres no tienen ningún poder discrecional sobre la salvación o sobre la condenación. Aquí termina el poder humano y comienza el ámbito del poder exclusivo de Dios.

Jesús envía a los apóstoles a predicar el evangelio sin miedo y les reitera tres veces, que no tengan miedo. ¿Por qué habían de tener miedo?; ¿acaso predicar el evangelio es una misión peligrosa? Si lo es. Lo era entonces y lo será. Jesús fue detenido, juzgado, sentenciado a muerte por el sanedrín y ejecutado en una cruz por los romanos...., sólo por hablar y anunciar a los pobres el evangelio del reinado de Dios. Y lo mismo pasó antes con todos los profetas; por ejemplo, con Jeremías, que fue denigrado y perseguido por alzar su voz contra el templo y los señores del templo. Y así también tenía que suceder y sucedió después con los apóstoles. Por eso les dijo Jesús que no tuvieran miedo.

El evangelio no es una palabra abstracta o lejana. Ni una verdad teórica, que puede comprenderse o no pero no molesta a nadie aunque pueda aburrir a la mayoría...; sino una verdad práctica, eficaz, que obliga a tomar partido por ella o contra ella, que cambia nuestras relaciones con Dios, a quien nos enseña a llamar Padre, y con los hombres a quienes debemos tratar como hermanos. Por eso entra en diálogo, pero también en dialéctica y en lucha. Por eso levanta la contradicción y la oposición de la mentira. Porque es la luz contra las tinieblas.

La mentira que se opone al evangelio no está sólo delante de nosotros y fuera de nosotros mismos, sino también en nuestro interior. Y es preciso exorcizarla de nosotros con la palabra de Dios, recibiendo con fe el evangelio. Sabiendo que sólo podemos predicar a otros si nosotros mismos hacemos lo que predicamos. La mentira nos domina muchas veces sirviéndose del miedo, metiéndonos el miedo a confesar el evangelio, a practicarlo, a dar testimonio de él delante de Dios y de los hombres. El que lucha contra la mentira, no puede hacerlo con las armas propias de la mentira, utilizando el poder que todo lo corrompe y sólo sirve para dominar. La verdad nos hace libres, el evangelio es una fuerza de liberación. No podemos utilizar, por tanto, la fuerza, la imposición. Sólo podemos dar testimonio, dejar que la verdad desarrolle su propia fuerza.

Esquema Analítico: Mateo 10, 26-33

El Envío a Predicar sin Miedo

1. La Realidad del Miedo: ¿Por qué una misión peligrosa?

Jesús reitera tres veces "no tengan miedo" porque la predicación del Evangelio no es un acto neutral, sino una misión de alto riesgo histórico y existencial.

El destino de los profetas (Pasado):

    • Ejemplo de Jeremías: Denigrado y perseguido.
    • Causa: Alzar la voz contra las estructuras de poder (el Templo y sus señores).

El destino de Jesús (Presente del relato):

    • Sufrió la detención, el juicio y la sentencia de muerte por el Sanedrín.
    • Sufrió la ejecución en la cruz por el Imperio Romano.
    • Causa: Anunciar el Reinado de Dios a los pobres.

El destino de los Apóstoles y la Iglesia (Futuro):

    • Continuidad del mismo rechazo histórico.
    • La persecución como consecuencia lógica de la fidelidad al mensaje.

2. La Naturaleza del Evangelio: Verdad Teórica vs. Verdad Práctica

El peligro de la misión radica en la esencia misma de lo que se anuncia. El Evangelio no es inofensivo porque obliga tomar partido a favor o en contra.

Dinámica del mensaje: Entra en diálogo, pero inevitablemente genera dialéctica, lucha y contradicción.

Conflicto cósmico/existencial: Es el choque inevitable de la Luz contra las tinieblas.

3. El Doble Frente de la Mentira

La oposición al Evangelio no es solo un enemigo externo; es un combate en dos frentes simultáneos:

Frente Externo: Delante y fuera de nosotros (estructuras, persecución, rechazo social).

Frente Interno: En nuestro propio interior.

    • El mecanismo del miedo: La mentira utiliza el miedo como herramienta de dominación para evitar que confesemos, practiquemos y demos testimonio del Evangelio.
    • El antídoto: Exorcizar la mentira interior mediante la Palabra de Dios y la fe, bajo el principio de la coherencia: solo se puede predicar lo que se vive.

4. Las Armas de la Verdad frente a la Mentira

El texto establece una frontera ética infranqueable respecto a los medios que se deben utilizar para la misión.

Armas prohibidas (Las armas de la mentira):

    • El poder corruptor.
    • La dominación, la fuerza y la imposición.

Armas legítimas (Las armas del Evangelio):

El Testimonio: Mostrar con la vida la coherencia del mensaje.

La Libertad: Dejar que la verdad desarrolle su propia fuerza interna, ya que el Evangelio es, por definición, una fuerza de liberación ("La verdad nos hace libres").

Eje Central del Texto: El miedo se vence cuando se comprende que el Evangelio no se impone con el poder del mundo, sino que se testimonia desde la libertad de la verdad, asumiendo las consecuencias conflictivas que esto genera en la historia.

Cuando Jesús insiste tres veces en ese pasaje con el "No tengan miedo" (Mt 10, 26.28.31), lo hace precisamente porque el panorama que les acaba de pintar en los versículos anteriores es aterrador.

Profundicemos en los motivos históricos y teológicos de ese miedo, y por qué la predicación del Evangelio era —y es— una de las tareas más subversivas y peligrosas del mundo.

1. ¿Por qué tenían motivos reales para el miedo?

Jesús no les oculta la verdad. En el mismo capítulo 10 de Mateo, antes de decirles que no teman, les advierte explícitamente:

"Los entregarán a los tribunales y los azotarán en sus sinagogas" (v. 17).

"Serán llevados ante gobernadores y reyes por mi causa" (v. 18).

"El hermano entregará a la muerte al hermano... y serán odiados por todos por causa de mi nombre" (v. 21-22).

El miedo radicaba en la pérdida de las tres redes de seguridad más grandes que tiene un ser humano: la familia (que los traicionaría), la religión oficial (las sinagogas que los azotarían) y el Estado (los gobernadores romanos que los juzgarían). Iban a quedar completamente desamparados a los ojos del mundo.

2. El Evangelio como peligro político y religioso

Como bien señalas con el ejemplo de Jesús y del profeta Jeremías, la predicación del Reinado de Dios no era un mensaje espiritual desencarnado o una simple invitación a "ser buenos". Era un mensaje profundamente perturbador para el statu quo:

Para las autoridades religiosas (el Sanedrín): Anunciar que Dios reinaba implicaba que las estructuras de poder del Templo ya no eran las mediadoras exclusivas de la salvación. Decir que Dios estaba del lado de los marginados, los pobres y los pecadores rompía el sistema de control basado en la pureza ritual.

Para el Imperio Romano: Decir que "Jesús es el Señor" era un desafío directo al culto imperial. En Roma solo había un Kyrios (Señor), y ese era el César. Anunciar otro reino, aunque no fuera militar, sembraba la sospecha de sedición.

3. El sentido de las tres llamadas a "no tener miedo"

En Mt 10, 26-33, cada vez que Jesús dice "no teman", ofrece un antídoto teológico específico para desmontar el miedo de los apóstoles:

Primer "No teman" (v. 26): La advertencia: El miedo a la calumnia, a que el mensaje sea distorsionado o acallado en secreto. El antídoto de Jesús: La verdad prevalecerá: "No hay nada oculto que no deba ser descubierto". La historia y Dios les darán la razón.

Segundo "No teman" (v. 28). La advertencia: El miedo a la tortura y a la muerte física (los azotes, la cruz). El antídoto de Jesús: El límite del poder humano: Los perseguidores solo pueden matar el cuerpo, no el alma. Hay una justicia eterna que escapa a los tribunales de la tierra.

Tercer "No teman" (v. 31). La advertencia: El miedo al abandono, a sentirse solos e insignificantes en medio de la persecución. El antídoto de Jesús: La Providencia amorosa: Si Dios cuida de los pajaritos y tiene contados los cabellos de su cabeza, ¿cómo los va a olvidar a ellos en el momento de la prueba?

Conclusión: La paradoja del envío.

La gran paradoja que Jesús les plantea es que la única forma de vencer el miedo al mundo es teniendo un "temor" (respeto, reverencia y fidelidad) mucho mayor hacia Dios.

Al final del pasaje, Jesús vincula el no tener miedo con el testimonio público: "Al que me reconozca abierto ante los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre" (v. 32). El miedo paraliza y silencia; el amor y la confianza en la Providencia ponen a los discípulos en camino, sabiendo que el destino del siervo no es diferente al del Maestro. Lo que pasó con Jeremías, con Jesús y con los apóstoles demostró que el Evangelio, cuando se predica en su verdad radical, siempre genera conflicto porque cuestiona los poderes de este mundo.

lunes, 8 de junio de 2026

DOMINGO XI – CICLO A (14 de Junio de 2026)

  DOMINGO XI – CICLO A (14 de Junio de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según san Mateo 9:36--10:8

9,36 Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor.

9,37 Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos.

9,38 Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.»

10,1Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia.

10,2 Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan;

10,3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo;

10,4 Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.

10,5 A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No tomen camino de gentiles ni entren en ciudad de samaritanos;

10,6 diríjanse más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

10,7 Vayan proclamando que el Reino de los Cielos está cerca.

10,8 Curen enfermos, resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados hermanos en el Señor Paz y Bien.

“Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca". Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios» (Mt 10,7-8).

Dios salva por su Hijo (Jn 3,17): El primer paso en la historia de Israel es el "éxodo" o salida de la esclavitud de Egipto (Lv 11,45). Por tanto, un paso hacia la libertad. Israel interpreta su historia como un proceso de liberación en el que Dios lleva la iniciativa. Israel confiesa que Dios le ha sacado de Egipto. El primer paso de la nueva vida es el paso hacia la libertad de los hijos de Dios, una salida de la esclavitud del pecado.

Es Dios el que lleva siempre la iniciativa, pues todos necesitamos de la gracia de Dios. Y estando nosotros todavía sin fuerzas, cuando éramos pecadores, Cristo murió por nosotros y por todos los hombres (Rm 5,8). La iniciativa de Dios en favor de los hombres es la prueba de que nos ama y nos ama gratuitamente. ¿Acaso se puede amar de otra manera? No, si es Dios el que ama. Tampoco, si nosotros nos amamos mutuamente como hemos sido amados por Dios en Jesucristo. El amor auténtico que viene de Dios, el amor gratuito, libera, salva, vivifica...; pero hay amores que matan y esclavizan, amores que son un torpe disfraz del egoísmo.

Los doce apóstoles en este momento exacto del envío (Mateo 10:1-4) nos revela que el grupo elegido por Jesús no era un bloque homogéneo de santos perfectos e intelectuales, sino un reflejo providencial de la complejidad humana y social de su época: “Llamo a los que el quiso” (Mc 3,13).

(Mt 16,18) Jesús no funda su Iglesia sobre un ejército de eruditos, sino sobre la diversidad de lo cotidiano. Veamos el significado teológico e histórico de sus nombres y de cómo estaban agrupados:

1. El número "Doce": Una refundación espiritual: Antes de los nombres individuales, el número en sí mismo es un mensaje potentísimo. Doce eran las tribus de Israel. Al elegir a Doce, Jesús está declarando visualmente la restauración y la refundación del Pueblo de Dios. La Iglesia nace con la misión de reunir lo que estaba disperso.

2. Los cuatro primeros: Los pescadores (La base del grupo): El texto los nombra en parejas, reflejando que la misión nunca se hace en solitario:

Simón, llamado Pedro: Simón significa "el que escucha", pero Jesús le añade el sobrenombre de Pedro (Cefas, Roca). Es la paradoja andante: un hombre de carácter inestable, impulsivo, que llega a negar a Jesús, pero que por pura gracia es transformado en el cimiento del grupo.

Andrés: Su nombre es de origen griego y significa "varonil" o "valiente". Es el hermano de Pedro, el que siempre tiende puentes y pasa desapercibido, uniendo a la gente con Jesús sin buscar el protagonismo.

Santiago (Jacobo) y Juan, los hijos de Zebedeo: Jesús los llamará más tarde Boanerges ("Hijos del trueno") por su temperamento explosivo y ambicioso. Santiago será el primer apóstol en morir mártir; Juan, el teólogo del amor. Curiosamente, el amor y el ímpetu radical van de la mano en la misión.

3. Los del trasfondo cultural y la periferia

Felipe: Su nombre también es griego ("el que ama los caballos"). Proviene de Betsaida, una zona fronteriza y muy helenizada. Representa la apertura de la Iglesia a la cultura exterior.

Bartolomé: Tradicionalmente identificado como Natanael. Su nombre es un patronímico arameo (Bar-Tolmay: "Hijo de Tolomeo"). Jesús lo definió como "un verdadero israelita en quien no hay doblez". Representa la búsqueda sincera y honesta de la verdad.

Tomás: Significa "gemelo" (Dídimo). Ha pasado a la historia como el incrédulo, pero su nombre nos recuerda el "gemelo" que todos llevamos dentro: esa dualidad humana entre la fe profunda y la duda honesta que también tiene espacio en la misión.

4. La paradoja política: El opresor y el revolucionario

La convivencia de estos dos nombres en el mismo grupo es el mayor milagro social de Jesús, algo que debió generar tensiones humanas brutales al principio:

Mateo, el recaudador de impuestos: Llamado también Leví. Era considerado un traidor a la patria, un colaborador corrupto del Imperio Romano que se enriquecía a costa de sus hermanos.

Simón el Zelote (o el Cananeo): Los zelotes eran una facción política radical, nacionalista y armada que buscaba derrocar a los romanos mediante la violencia y el asesinato.

El milagro del Reino: Jesús sentó a la misma mesa al colaborador del invasor (Mateo) y al guerrillero ultra-nacionalista (Simón). En el Reino de los Cielos, la vieja polarización política e ideológica queda disuelta por una lealtad mayor: el amor a Cristo.

5. Los últimos de la lista

Santiago, hijo de Alfeo: Conocido como "el Menor" para distinguirlo del hijo de Zebedeo. Representa a los miles de obreros de la Iglesia que hacen su labor en el más absoluto anonimato histórico, esenciales pero discretos.

Tadeo (o Judas, hijo de Santiago): Su nombre significa "magnánimo" o "pecho robusto" (valiente). San Jerónimo lo llamaba "el hombre de los tres nombres" (Mateo lo llama Tadeo, Lucas lo llama Judas de Santiago).

Judas Iscariote: El drama del grupo. Iscariote probablemente significa "hombre de Queriot" (una aldea del sur, lo que lo convertía en el único no-galileo del grupo). Mateo añade con dolor: "el que lo entregó". Su inclusión demuestra que Jesús arriesga e invierte su amor incluso sabiendo el misterio de la libertad humana y de la traición.

El significado para la Misión de la Iglesia

La lista de los nombres en el momento del envío nos deja una lección profunda: Jesús no eligió a los que ya estaban preparados, sino que preparó a los que eligió.

La sagrada misión de la Iglesia no se le confía a seres angélicos, sino a una comunidad de pecadores perdonados, donde conviven el traidor, el violento, el cobarde, el intelectual y el sencillo. Si Dios pudo reconciliar a este grupo y encender el mundo a través de ellos, hay esperanza para nuestra Iglesia y nuestras comunidades hoy.

El pasaje de Mateo 9:36-10:8 es fundamental en el Nuevo Testamento porque marca la transición de la misión individual de Jesús a la misión comunitaria de la Iglesia. Aquí, Jesús no solo define qué debe hacer la Iglesia, sino desde dónde y con qué espíritu debe hacerlo.

Ahondar en este texto nos permite descubrir los cuatro pilares que constituyen la sagrada misión de la comunidad creyente:

1. El motor de la misión: La compasión visceral de Cristo

«Al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36).

La misión de la Iglesia no nace de una estrategia de marketing, de una necesidad de auto-perpetuarse o de una ideología. Nace de la compasión. La palabra griega utilizada aquí (esplanjnísthe) hace referencia a una conmoción en las entrañas; es un dolor físico ante el sufrimiento ajeno.

El diagnóstico: Jesús ve a la humanidad «angustiada y abatida» (en otras traducciones, "extenuadas y desamparadas"). La Iglesia está llamada a mirar el mundo con los ojos de Jesús, no para juzgarlo ni condenarlo, sino para dejarse conmover por sus heridas, su desorientación y su falta de referentes auténticos ("ovejas sin pastor").

2. El método de la misión: La oración y la corresponsabilidad

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos» (Mt 9,37-38).

Antes de enviar a los discípulos a hacer cualquier cosa, Jesús les pide rezar. La misión es de Dios (Él es el "dueño de la mies"), no de los hombres.

Esto quita a la Iglesia la presión de creerse la "salvadora" autónoma del mundo y la sitúa en una postura de humilde colaboración.

Inmediatamente después de pedir oración, Jesús llama a los doce por su nombre y los envía. Hay una paradoja hermosa: los que rezan por trabajadores se convierten en los trabajadores. La oración transforma al intercesor en misionero.

3. El contenido de la misión: El Reino de los Cielos y la restauración integral

“Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca". Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios» (Mt 10,7-8).

La misión es una unidad indisoluble entre la palabra que anuncia y la acción que transforma. La Iglesia no solo ofrece un discurso bonito, sino una fuerza liberadora que toca los cuerpos y las realidades concretas.

El anuncio: Comunicar que Dios está interviniendo a favor de la humanidad, que el desamparo se terminó.

Los signos: Sanar, resucitar, limpiar y liberar. Estos cuatro imperativos representan la victoria del Reino sobre el sufrimiento físico (la enfermedad), el destino fatal (la muerte), la exclusión social y religiosa (la lepra) y la opresión del mal (los demonios). La sagrada misión de la Iglesia es, por tanto, devolver la vida plena.

4. El estilo de la misión: La gratuidad absoluta

«Gratis lo recibieron, denlo gratis» (Mt 10,8).

Este es el sello de autenticidad de la Iglesia. El amor del Padre es gratuito; por lo tanto, sus administradores no pueden cobrar por él, ni económicamente ni exigiendo cuotas de poder, prestigio o control moral.

El término original evoca "dar de balde", como un regalo puro.

Cuando la Iglesia olvida la gratuidad y se vuelve transaccional o busca su propio beneficio, desfigura el rostro de Dios y el mensaje del Reino pierde toda su fuerza transformadora.

En síntesis: Según este mandato evangélico, la Iglesia no es una aduana espiritual ni una ONG asistencialista. Su sagrada misión consiste en ser una extensión de las entrañas compasivas de Jesús en la historia, enviada a sanar las heridas del mundo con la misma gratuidad absoluta con la que ella misma ha sido amada y salvada.

Profundizar esta frase teniendo en cuenta las ideas siguientes: «Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca» (Mt 10,7). Porque en esta frase estaba sintetizada todo. Lo absoluto que es el reino de Dios: la presencia misteriosa de Dios en medio de los hombres.

Jesús quiere que los suyos introduzcan en el mundo la experiencia y el mensaje de su amor. No irán a los abandonados para compadecerlos, sino para comunicarles que hay alguien que los ama gratuitamente: el Padre del cielo. Esta expresión podemos traducirla así: Anuncien que Dios está interviniendo en favor de los hombres; como Salvador. Miren que comienza un tiempo nuevo para Uds. Porque ya no son los abandonados de Dios y de los hombres... Son amados, y mira cómo… La breve frase de Jesús fue el catecismo de aquel pequeño grupo que suscito el germen del reino de Dios.

En necesario profundizar este mandato de Jesús: «Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca» (Mt 10,7) nos revela que no se trata de una simple directriz histórica, sino de la columna vertebral del cristianismo original. Es un vuelco absoluto a la forma en que entendemos la religión, la sociedad y el sufrimiento humano.

A continuación, desglosamos las ideas clave para profundizar en su peso teológico y existencial:

1. El Reino de Dios como lo Único Absoluto

Cuando la frase dice que "en esta frase estaba sintetizado todo", sitúa al Reino como la prioridad periférica de la vida. El Reino no es un territorio geográfico ni un sistema político; es la presencia misteriosa y activa de Dios en medio de la historia humana.

Al definirlo como lo "absoluto", todo lo demás (las estructuras, las leyes e incluso las instituciones religiosas) pasa a ser secundario o instrumental.

Lo importante no es la supervivencia del grupo de discípulos, sino que el mundo se entere de que Dios ha acortado la distancia.

2. De la Lástima Social al Amor Gratuito

Una de las intuiciones más profundas del texto es la distinción entre la compasión asistencialista y la revelación del amor del Padre: "No irán a los abandonados para compadecerlos, sino para comunicarles que hay alguien que los ama gratuitamente".

La lástima o la mera conmiseración horizontal a veces puede mantener la distancia entre el que "está bien" y el "desgraciado". Jesús rompe esa lógica.

El discípulo no va a ofrecer una limosna emocional, sino a restituir la dignidad del otro. El mensaje es subversivo: el marginado, el abandonado por los hombres, descubre que es el predilecto de Dios. Su valor no depende de su utilidad social, sino de un amor previo, gratuito e incondicional (el Padre del cielo).

3. Dios como Salvador Activo e Histórico

Traducir la cercanía del Reino como "Dios está interviniendo en favor de los hombres; como Salvador" quita a la fe cualquier tinte de pasividad o de alienación para el "más allá".

El Reino está cerca porque Dios ya se ha puesto en marcha. Es un Dios que se ensucia las manos con la realidad humana.

Esta intervención no es un juicio condenatorio, sino una acción liberadora. Dios interviene para rescatar, para sanar lo que estaba roto y para hacer justicia a los que no la tienen.

4. La Ruptura del Tiempo: El Comienzo de una Nueva Era

"Miren que comienza un tiempo nuevo para Uds." comporta una dimensión kairótica (un tiempo de gracia). La proclamación del Reino actúa como una frontera en la historia personal y colectiva:

Antes: El abandono, la intemperie espiritual, el peso del destino o de la exclusión social.

Ahora: La certeza de la filiación. Al saberse amados ("y mira cómo…", reflejado en la entrega misma de Jesús), cambia la autopercepción del ser humano. El desamparado ya no se define por su desamparo, sino por su condición de hijo y ciudadano del Reino.

5. El "Catecismo" de la Semilla: El Germen del Cambio

Finalmente, el texto define esta breve frase como el catecismo de aquel pequeño grupo. Un catecismo concentra lo esencial que se debe aprender y practicar. Lo fascinante es que este mínimo contenido doctrinal bastó para suscitar el germen del Reino de Dios.

No necesitaron grandes manuales de teología ni pesadas estructuras jurídicas. Les bastó una convicción y un estilo de vida errante y ligero de equipaje (como describe el resto de Mateo 10).

Como un germen o una semilla de mostaza, la potencia de esa síntesis radical modificó las estructuras del Imperio Romano y de la historia, demostrando que la experiencia del amor de Dios compartida desde la vulnerabilidad es la fuerza transformadora más grande del mundo.

En conclusión: Profundizar en Mt 10,7 nos exige pasar de una fe de "creencias" a una fe de "presencia". El mandato sigue vigente: introducir en las grietas de nuestro mundo actual —tan lleno de nuevos abandonados— la certeza de que la última palabra de la historia no la tienen la soledad ni la injusticia, sino un Dios que salva y ama gratuitamente.

domingo, 31 de mayo de 2026

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI – A (07 de Junio del 2026)

 SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI – A (07 de Junio del 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Juan: 6,51-58:

6,51 Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".

6,52 Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?"

6,53 Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.

6,54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

6,55 Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

6,56 El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

6,57 Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

6,58 Este es el pan bajado del cielo; no como el pan que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

“Toman y coman todos de él porque esto es mi cuerpo…”(Mt 26,26); “…Hagan esto en conmemoración mía” (Lc 22,19). “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn 6,51). "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Jn 6,53). Así como yo, he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que come mi carne vivirá por mí” (Jn 6,57). Como vemos, Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (NC 1323). Así, pues, por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (1 Co 15,28).

La Santa Eucaristía es el Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también Santo Sacrificio de la Misa, "sacrificio de alabanza" (Hch 13,15; Sal 116), sacrificio espiritual (1 Pe 2,5), sacrificio puro (Ml 1,11) y santo, puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza (Jer 33,31-33).

En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Éxodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El "cáliz de bendición" (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz (NC 1334).

Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía (Mt 14,13-21; 15, 32-29). El signo del agua convertida en vino en Caná (Jn 2,11) anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo (Mc 14,25) convertido en Sangre de Cristo. Los tres evangelios sinópticos y san Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, san Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (Jn 6,51).

Jesús al ver que mucha gente lo buscaba les dijo: "Ustedes me buscan, no porque entendieron el signo, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello" (Jn 6,26-27). Aquí, el Señor nos distingue dos tipos de alimento: el alimento del pan material que perece, y el alimento que perdura hasta la vida eterna y el pan celestial, el pan de la vida espiritual (Eucaristía).

En el evangelio de Juan todo el capítulo 6 nos habla sobre el sentido y el valor real de la eucaristía, así por ejemplo nos dice: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, quien come de esta pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Inmediatamente la gente se pregunta: “¿Cómo puede éste hombre darnos a comer su carne?” (Jn 6,52). La gente no entendió, y hasta hoy todavía hay muchos que no quieren entender aquella palabra que el Ángel dijo a María: “Nada es imposible para Dios” (Lc 1,37) Jesús mismo nos ha dicho: “Todo es posible para Dios” (Mt 19,26). Y así un día convirtió el agua en vino (Jn 2,3ss). Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él. (Jn 27-11). Así pues, la omnipotencia de Dios hizo posible que su Palabra se hiciera carne (Jn 1,14), que esa Palabra que es su Hijo, tiene el poder de convertir el agua en vino, hoy convierte ante nuestros ojos el Pan en su cuerpo y el vino en su sangre al decir: "Tomen y coman que esto es mi Cuerpo". Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Tomen y beban todos de él, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza que será derramada por Uds para el perdón de los pecados, y hagan esto en conmemoración mía” (Mc 14,22).

En la oración del Padre Nuestro pedimos: “Danos hoy nuestro pan de cada día” (Mt. 6, 11),. Sin embargo, ese alimento diario, que pedimos y que Dios nos proporciona a través de su Divina Providencia, no es sólo el pan material, sino también -muy especialmente- el Pan Espiritual, el Pan de Vida. No podemos estar pendientes solamente del alimento material. El pan material es necesario para la vida del cuerpo, pero el Pan Espiritual es indispensable para la vida del alma. Dios nos provee ambos.

Jesucristo murió, resucitó (Lc 24,6) y subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre (Credo). Pero también permanece en la Hostia Consagrada (Mt 26,26), en todos los sagrarios del mundo. Y allí está vivo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios, para ser ese alimento que nuestra vida espiritual requiere. Es este gran misterio lo que conmemoramos en la Fiesta de Corpus Christi. El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte.

Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido esta festividad en esta época en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés (Jn 20,21-22).

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Lo mismo: “No les dejare huérfanos” (Jn 14,18). Y saben por qué; porque como Juan dice: Dios es amor (IJn 4,8). “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único, para todo el que cree en Él tenga vida eterna” (Jn 3,16).  Jesús mismo nos ha dicho: “Si alguien me ama, guardará mis palabras y mi padre lo amara y vendremos y haremos morada en él” (Jn 14,23). Por eso, pienso que fue la mejor definición que dio de sí el Hijo al decirnos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, quien come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Al menos en su relación con nosotros es Jesús quien se dona en la Eucaristía.

Los judíos que escuchaban a Jesús se escandalizaron y disputaban entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? (Jn 6,52). Dios siempre ha sido escandaloso para los hombres porque es tan creativo que hace cosas que ni se nos ocurre pensarlas. Esa es la Eucaristía. Algo tan sencillo como es comulgar y algo tan misterioso que es comernos a Dios entero. Algo tan misterioso que Dios en su loco amor por nosotros se hace vida en nuestra vida. Por eso, no cabe duda que, la Eucaristía es uno de los mayores milagros del amor de Dios. Por tanto, debiera ser también una de las experiencias más maravillosas de los hombres. Sin embargo, uno siente cierta sensación de insatisfacción. ¿No la habremos devaluado demasiado? Y no porque no comulguemos, sino porque es posible que no le demos el verdadero sentido a la Comunión que es comunión con el mismo Hijo que nació de las entrañas de María la virgen (Lc 1,31) y con el mismo Jesús crucificado y resucitado(Lc 24,39). Es comunión con el Padre glorificado en el Hijo (Jn 14,20).

Dios buscó el camino fácil y lo más sencillo posible para nuestro encuentro (Jn 14,6). Y a nosotros pareciera que lo fácil no nos va, como que preferimos lo complicado y difícil. Una de las maneras de deformar la Eucaristía es no vivir lo que en realidad significa. En la segunda lectura, Pablo nos dice: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (I Cor 10,16). En efecto, somos muchos y somos diferentes. Somos muchos y pensamos distinto (I Cor 10,17).. Sin embargo, todos juntos formamos un solo cuerpo, una sola comunidad, una sola Iglesia, una sola familia. ¿Por qué? Sencillamente porque “todos comemos del mismo pan”. Por tanto, comulgar significa unidad, sentirnos un mismo cuerpo, una misma familia. De modo que no podemos comulgar “del mismo pan” y salir luego de la Iglesia tan divididos como entramos.

La sagrada comunión nos une con Dios en el Hijo, Jesús sacramentado.  Para que tenga efecto positivo en el que comulga, hay requisitos que cumplir, por eso cualquiera no comulga sino el que está en gracia de Dios. Así es como lo describe San Pablo: “Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía". De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza  que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía". Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva. Por eso, el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación” (I Cor 11,23-29). 

En cada celebración eucarística, el Señor nos dirige una invitación personal y urgente a recibirle: "En verdad, en verdad los digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en Uds." (Jn 6,53). “Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida” (Jn 6,55). Y porque, el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56). Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo, como ya mencionamos, nos exhorta a un examen de conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación" ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar (NC 1385).

“El pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo. Ellos le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Jesús les respondió: Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed” (Jn 6,33-35). Jesús Dijo a la samaritana: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú misma me  pedirías, y yo te daría agua viva"(Jn 4,10). Jesús estando a la mesa: “Tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24,30-32):

Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme"(Mt 8,8). Tomás exclamó: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!" (Jn 20,28-29).

1. El Hambre y la Sed del Alma: De la Necesidad Humana al Don Divino

(Jn 6, 33-35 y Jn 4, 10)

Existe un paralelismo hermoso entre el diálogo con los judíos en Cafarnaúm (el Discurso del Pan de Vida) y el diálogo con la Samaritana junto al pozo. En ambos casos, el ser humano se acerca a Jesús buscando saciar necesidades físicas y temporales: pan que se digiere y agua que vuelve a dar sed.

El Don de Dios: Jesús eleva la mirada de sus interlocutores. Les hace ver que el verdadero vacío del corazón humano es de infinito, y lo infinito no se llena con lo caduco.

"Yo soy": Al decir "Yo soy el pan de Vida", Jesús no está ofreciendo algo que Él tiene, sino que se ofrece a Sí mismo. La Eucaristía es el cumplimiento de esa promesa: comer su carne y beber su sangre es asimilar su propia vida divina, una vida que vence a la muerte y al desierto espiritual.

2. El Reconocimiento en la Fracción del Pan: Palabra y Sacramento

(Lc 24, 30-32)

El pasaje de los discípulos de Emaús es, en esencia, la estructura de cada Santa Misa. Nos enseña cómo se abre el entendimiento y se enciende el corazón para percibir la presencia real de Cristo.

La Liturgia de la Palabra: Mientras caminan, Jesús les explica las Escrituras y el corazón empieza a arder. La Palabra prepara el terreno, quita la ceguera y enciende la fe.

La Liturgia Eucarística: Es en el gesto de tomar, bendecir, partir y dar el pan cuando se les abren los ojos. Jesús desaparece de su vista física porque ahora está presente de una forma nueva: en el Pan partido. Ya no necesitan verlo afuera, porque ahora lo contienen dentro. La Eucaristía es el misterio de un Dios que se oculta a los sentidos para revelarse al corazón.

3. La Humildad y la Sanación: La Disposición del Corazón

(Mt 8, 8)

Frente a la inmensidad de un Dios que se hace comida, la respuesta humana no puede ser el orgullo, sino la santa reverencia del Centurión, palabras que la Iglesia nos hace repetir textualmente antes de comulgar: "Señor, no soy digno..."

No es un premio, es un remedio: El Centurión reconoce su distancia frente a la santidad de Jesús, pero confía plenamente en la autoridad de su Palabra sanadora.

La Comunión que sana: Acercarse a la Eucaristía requiere la humildad de reconocernos necesitados de salvación. No comulgamos porque seamos perfectos, sino porque somos débiles y necesitamos que su "Palabra" (que es el Verbo encarnado en la Hostia) sane nuestra alma, limpie nuestras heridas y nos transforme.

4. La Fe que Va Más Allá de los Sentidos: El Misterio Pascual

(Jn 20, 28-29)

La confesión de fe de Santo Tomás es el punto culminante de la madurez espiritual, y se traslada perfectamente al misterio eucarístico.

Ver con los ojos de la fe: Tomás necesitó tocar las llagas para exclamar "¡Señor mío y Dios mío!". En la Eucaristía, sin embargo, el milagro es aún mayor. Como dice el himno Adoro Te Devote: "En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad". Los sentidos ven pan y vino, pero la fe ve al Rey de la Gloria.

La bienaventuranza del comulgante: Al comulgar, entramos en ese grupo de "los que creen sin haber visto". No vemos las llagas físicas de Jesús, pero lo recibimos resucitado, vivo y palpitante. Nuestra fe no se apoya en la evidencia física, sino en la fidelidad de su promesa: "Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo".

En Conclusión: Uniendo todos tus puntos, la Santa Eucaristía es el Agua Viva que calma la sed de la Samaritana, el Pan de Vida que sacia el hambre del desierto, el Fuego de Emaús que enciende los corazones apagados, la Palabra que sana al siervo del Centurión y la presencia del Señor Resucitado ante el cual, como Tomás, solo nos queda postrarnos en adoración diciendo: ¡Señor mío y Dios mío!

domingo, 24 de mayo de 2026

SANTÍSIMA TRINIDAD - A (31 de Mayo del 2026)

 SANTÍSIMA TRINIDAD - A (31 de Mayo del 2026)

Proclamamos del Evangelio de Jesucristo según San Juan 3,16-18:

3,16 Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

3,17 Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

3,18 El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

Dios dice: “Yo soy el que soy” (Ex 3,14); “Dios es espíritu” (Jn 4,24); “Dios es amor” (I Jn 4,8). La identidad del ser de Dios es: “Dios es espíritu de amor” y El espíritu de Dios tiene su manifiesto en la Primera Divina persona como Padre Creador Y Crea por amor. El espíritu de Dios se manifiesta en la segunda Divina Persona como Hijo y tiene la misión de redimir a la humanidad por amo. El espíritu de Dios se manifiesta en la tercera divina persona como Espíritu Santo para santificar la obra creadora del Padre y la obra redentora del Hijo. Las tres divinas persona esta unidas por el amor mutuo.

NO SON TRES DIOSES IGUALES, SINO UN SOLO DIOS VERDADERO EN TRES PERSONAS DISTINTAS: DIOS UNO Y TRINO. (Mt 28,19).

Las tres Personas son distintas, porque el Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo, y el Hijo y el Espíritu Santo se distinguen del Padre y entre sí. Pero las tres Personas tienen la misma y única naturaleza divina . La misma grandeza, poder, sabiduría, bondad, santidad, el mismo querer y el mismo obrar, etc. Lo que hace una Persona lo hacen las tres; sin embargo, ciertas actividades parecen más apropiadas a una Persona que a otra: la Creación al Padre, la Redención al Hijo, y la Santificación al Espíritu Santo.

No es que entre las tres Personas se repartan la divinidad, el poder, la sabiduría, etc., sino que cada una de las tres Personas tiene toda la divinidad, todo el poder, toda la sabiduría, etc.

Esto es un misterio profundo, pero estamos seguros de que es así, porque Dios mismo lo ha dicho, y Dios no puede engañarse ni engañarnos. La Trinidad es un misterio de amor. El amor es un darse mutuamente para formar un nosotros. En la Trinidad, las Tres Personas se funden por el amor formando una sola naturaleza.

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Con estas palabras comenzábamos nuestra celebración. con esta invocación comenzaba también nuestra vida cristiana, vida de hijos de Dios: Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Toda nuestra vida está llena de la presencia de Dios. Del Dios que es origen y fuente de vida y de amor, que ama y es amado. Padre, Hijo y Espíritu Santo. Misterio inefable -que la palabra humana no puede expresar- y central de nuestra fe. Pero misterio que, en lugar de alejar a Dios de nosotros, nos lo manifiesta cercano. Tan cercano que se nos revela presente y activo en nosotros, por Jesucristo, nuestro Señor.

Así la contraseña del cristiano -el hombre nuevo, redimido por Jesús- es el "nombre del Padre", que también solemos llamar "señal de la cruz". Porque es en la cruz de Cristo donde se nos revela en plenitud el misterio trinitario en relación a nosotros. Es en su entrega hasta la muerte donde Jesús manifiesta su radical obediencia amorosa a Dios y nos revela el inmenso amor del Hijo eterno del Padre, que le ama y le sostiene en su sacrificio hasta darle el triunfo sobre el mal y la muerte y sentarlo a su derecha en la gloria. La cruz es revelación de la entrega total del Padre al HIjo amado, y por él, con él y en él a toda la humanidad, en la donación mutua del Espíritu Santo, personificación del amor eterno de Dios. Marcados con la cruz de Cristo, los hombres y las mujeres devienen imágenes vivas de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

-"Creo en un solo Dios..."

Hoy es la fiesta del "Credo". Dentro de unos momentos y como respuesta al don recibido de la palabra de Dios, proclamamos nuestra fe.

¿En qué creemos, los cristianos? Y cada uno de los que estamos aquí responde: Creo en un solo Dios. El Dios que es Padre todopoderoso en su amor por los hombres y mujeres de todo mundo. El Padre todopoderoso, creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible, que proclaman su fuerza majestuosa. Y en el centro de esta grandeza cósmica se alza el hombre, débil y fuerte a la vez, imagen de Dios. Lo hiciste poco inferior a los ángeles, hemos cantado en el salmo responsorial. ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Y la respuesta creyente nos sale al paso en seguida: es hijo con el Hijo. Porque nuestro Dios es también Hijo unigénito de Dios, nacido antes de todos los siglos, eterno. Por eso confesamos con el lenguaje de los antiguos Padres de la iglesia, muy distinto del nuestro, pero que si lo hacemos resonar de lleno en nuestro interior veremos cuán luminoso es, que el Hijo es Dios nacido de Dios, es Luz surgida de la Luz, Dios verdadero nacido del Dios Verdadero, engendrado, no creado como el mundo y los que lo poblamos, de la misma naturaleza del Padre: por él -el Hijo- como nos ha dicho la primera lectura, todo fue hecho.

Y este Hijo de Dios se nos ha revelado en Jesús, como único Señor y Mesías. Y ha sido Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, nos ha manifestado el amor inmenso de Dios, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios ha exaltado a ese Jesús sentado a la derecha del Padre. El, Jesús, es el salvador de vivos y muertos y Señor de la historia. Dios es también el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, personificación del amor y dador de la vida de Dios, que habiendo hablado por los profetas, ha conducido al Hijo por los caminos de la encarnación y, revelado en Jesús nacido de la Virgen María, ahora conduce a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, hasta la consumación de los siglos.

“Tanto a amó Dios al mundo” (Jn 3,16). Este enunciado, parte del evangelio que hoy hemos leído, lo podemos reorientar en primera persona hacia nosotros de modo siguiente: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15,9-10). Incluso en sentido más personal se nos dice: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he amado. En esto los reconocerán que son mis discípulos, en que saben amarse unos a otros como yo los he amado” (Jn 13,34). Finalmente hace falta mencionar dos citas de los domingos anteriores: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,21-22). “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19-20).

Es el misterio central de la fe y de la vida cristiana creer en el Padre, Hijo  y Espíritu Santo.

La divina revelación de Dios uno y trino: La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

El misterio central de la fe y de la vida cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Toda la vida de Jesús es revelación del Dios Uno y Trino: en la anunciación, en el nacimiento, en el episodio de su pérdida y hallazgo en el Templo cuando tenía doce años, en su muerte y resurrección, Jesús se revela como Hijo de Dios de una forma nueva con respecto a la filiación conocida por Israel. Al comienzo de su vida pública, además, en el momento de su bautismo, el mismo Padre atestigua al mundo que Cristo es el Hijo Amado (Mt 3, 13-17 y par.) y el Espíritu desciende sobre Él en forma de paloma. A esta primera revelación explicita de la Trinidad corresponde la manifestación paralela en la Transfiguración, que introduce al misterio Pascual (Mt 17, 1-5). Finalmente, al despedirse de sus discípulos, Jesús les envía a bautizar en el nombre de las tres Personas divinas, para que sea comunicada a todo el mundo la vida eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19).

En el Antiguo Testamento, Dios había revelado su unicidad y su amor hacia el pueblo elegido: Yahwé era como un Padre. Pero, después de haber hablado muchas veces por medio de los profetas, Dios habló por medio del Hijo (Hb 1, 1-2), revelando que Yahwé no sólo es como un Padre, sino que es Padre (cfr. Compendio, 46). Jesús se dirige a Él en su oración con el término arameo Abbá, usado por los niños israelitas para dirigirse a su propio padre (Mc 14, 36), y distingue siempre su filiación de la de los discípulos. Esto es tan chocante, que se puede decir que la verdadera razón de la crucifixión es justamente el llamarse a sí mismo Hijo de Dios en sentido único. Se trata de una revelación definitiva e inmediata (Sto Tomas de A), porque Dios se revela con su Palabra: no podemos esperar otra revelación, en cuanto Cristo es Dios (Jn 20, 17) que se nos da, insertándonos en la vida que mana del regazo de su Padre.

En Cristo, Dios abre y entrega su intimidad, que de por sí sería inaccesible al hombre sólo por medio de sus fuerzas. Esta misma revelación es un acto de amor, porque el Dios personal del Antiguo Testamento abre libremente su corazón y el Unigénito del Padre sale a nuestro encuentro, para hacerse una cosa sola con nosotros y llevarnos de vuelta al Padre (Jn 1, 18). Se trata de algo que la filosofía no podía adivinar, porque radicalmente se puede conocer sólo mediante la fe.

Dios no sólo posee una vida íntima, sino que Dios es –se identifica con– su vida íntima, una vida caracterizada por eternas relaciones vitales de conocimiento y de amor, que nos llevan a expresar el misterio de la divinidad en términos de procesiones.

De hecho, los nombres revelados de las tres Personas divinas exigen que se piense en Dios como el proceder eterno del Hijo del Padre y en la mutua relación –también eterna– del Amor que «sale del Padre» (Jn 15, 26) y «toma del Hijo»(Jn 16, 14), que es el Espíritu Santo. La Revelación nos habla, así, de dos procesiones en Dios: la generación del Verbo (cfr. Jn 17. 6) y la procesión del Espíritu Santo. Con la característica peculiar de que ambas son relaciones inmanentes, porque están en Dios: es más son Dios mismo, en tanto que Dios es Personal; cuando hablamos de procesión, pensamos ordinariamente en algo que sale de otro e implica cambio y movimiento. Puesto que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza del Dios Uno y Trino (Gn 1, 26-27), la mejor analogía con las procesiones divinas la podemos encontrar en el espíritu humano, donde el conocimiento que tenemos de nosotros mismos no sale hacia afuera: el concepto que nos hacemos de nosotros es distinto de nosotros mismos, pero no está fuera de nosotros. Lo mismo puede decirse del amor que tenemos para con nosotros. De forma parecida, en Dios el Hijo procede del Padre y es Imagen suya, análogamente a como el concepto es imagen de la realidad conocida. Sólo que esta Imagen en Dios es tan perfecta que es Dios mismo, con toda su infinitud, su eternidad, su omnipotencia: el Hijo es una sola cosa con el Padre, el mismo Algo, esa es la única e indivisa naturaleza divina, aunque sea otro Alguien. El Símbolo del Nicea-Constantinopla lo expresa con la formula «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero». El hecho es que el Padre engendra al Hijo donándose a Él, entregándole Su substancia y Su naturaleza; no en parte, como acontece en la generación humana, sino perfecta e infinitamente.

Lo mismo puede decirse del Espíritu Santo, que procede como el Amor del Padre y del Hijo. Procede de ambos, porque es el Don eterno e increado que el Padre entrega al Hijo engendrándole y que el Hijo devuelve al Padre como respuesta a Su Amor. Este Don es Don de sí, porque el Padre engendra al Hijo comunicándole total y perfectamente su mismo Ser mediante su Espíritu. La tercera Persona es, por tanto, el Amor mutuo entre el Padre y el Hijo. El nombre técnico de esta segunda procesión es espiración. Siguiendo la analogía del conocimiento y del amor, se puede decir que el Espíritu procede como la voluntad que se mueve hacia el Bien conocido.

Estas dos procesiones se llaman inmanentes, y se diferencian radicalmente de la creación, que es transeúnte, en el sentido de que es algo que Dios obra hacia fuera de sí. Al ser procesiones dan cuenta de la distinción en Dios, mientras que al ser inmanentes dan razón de la unidad. Por eso, el misterio del Dios Uno y Trino no puede ser reducido a una unidad sin distinciones, como si las tres Personas fueran sólo tres máscaras; o a tres seres sin unidad perfecta, como si se tratara de tres dioses distintos, aunque juntos.

Las dos procesiones son el fundamento de las distintas relaciones que en Dios se identifican con las Personas divinas: el ser Padre, el ser Hijo y el ser espirado por Ellos. De hecho, como no es posible ser padre y ser hijo de la misma persona en el mismo sentido, así no es posible ser a la vez la Persona que procede por la espiración y las dos Personas de las que procede. Conviene aclarar que en el mundo creado las relaciones son accidentes, en el sentido de que sus relaciones no se identifican con su ser, aunque lo caractericen en lo más hondo como en el caso de la filiación. En Dios, puesto que en las procesiones es donada toda la substancia divina, las relaciones son eternas y se identifican con la substancia misma.

Estas tres relaciones eternas no sólo caracterizan, sino que se identifican con las tres Personas divinas, puesto que pensar al Padre quiere decir pensar en el Hijo; y pensar en el Espíritu Santo quiere decir pensar en aquellos respecto de los cuales Él es Espíritu. Así las Personas divinas son tres Alguien, pero un único Dios. No como se da entre tres hombres, que participan de la misma naturaleza humana sin agotarla. Las tres Personas son cada una toda la Divinidad, identificándose con la única Naturaleza de Dios: las Personas son la Una en la Otra. Por eso, Jesús dice a Felipe que quien le ha visto a Él ha visto al Padre (Jn 14, 6), en cuanto Él y el Padre son una cosa sola (Jn 10, 30 y 17, 21). Esta dinámica, que técnicamente se llama pericóresis o circumincesio (dos términos que hacen referencia a un movimiento dinámico en que el uno se intercambia con el otro como en una danza en círculo) ayuda a darse cuenta de que el misterio del Dios Uno y Trino es el misterio del Amor: «Él mismo es una eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a participar en Él» (CIC 221).

Si Dios es eterna comunicación de Amor, es comprensible que ese Amor se desborde fuera de Él en Su obrar. Todo el actuar de Dios en la historia es obra conjunta de la tres Personas, puesto que se distinguen sólo en el interior de Dios. No obstante, cada una imprime en las acciones divinas ad extra su característica personal. Con una imagen, se podría decir que la acción divina es siempre única, como el don que nosotros podríamos recibir de parte de una familia amiga, que es fruto de un sólo acto; pero, para quien conoce a las personas que forman esa familia, es posible reconocer la mano o la intervención de cada una, por la huella personal dejada por ellas en el único regalo.

Este reconocimiento es posible, porque hemos conocido a las Personas divinas en su distinción personal mediante las misiones, cuando Dios Padre ha enviado juntamente al Hijo y al Espíritu Santo en la historia (Jn 3, 16-17 y 14, 26), para que se hiciesen presentes entre los hombres: «son, sobre todo, las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo las que manifiestan las propiedades de las personas divinas» (CIC 258). Ellos son como las dos manos del Padre que abrazan a los hombres de todos los tiempos, para llevarlos al seno del Padre. Si Dios está presente en todos los seres en cuanto principio de lo que existe, con las misiones el Hijo y el Espíritu se hacen presentes de forma nueva. La misma Cruz de Cristo manifiesta al hombre de todos los tiempos el eterno Don que Dios hace de Sí mismo, revelando en su muerte la íntima dinámica del Amor que une a las tres Personas.

lunes, 18 de mayo de 2026

DOMINGO DE PENTECOSTÉS – A (24 de mayo de 2026).

 DOMINGO DE PENTECOSTÉS – A (24 de mayo de 2026).

Proclamación del Evangelio según San Juan 20,19-23:

20,19 Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!"

20,20 Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

20,21 Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".

20,22 Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.

20,23 Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan". PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Estimados amigos(as) en el Señor que derramó su Espíritu Paz y Bien.

El Soplo del Resucitado: De Discípulos a Apóstoles en el Espíritu

Pentecostés no es solo el recuerdo de un hecho pasado; es el misterio de nuestra propia transformación. El camino que Jesús traza para nosotros a través de su Palabra es un itinerario de recreación y envío: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

1. La Llamada que Transforma

“Los llamó a su lado a los que Él quiso” (Mc 3,13). Todo comienza con una elección de amor. Al aceptar su llamada, nos convertimos en discípulos: hombres y mujeres que se sientan a los pies del Maestro para aprender a vivir. Pero el Resucitado no nos deja igual; sale a nuestro encuentro con el regalo pascual por excelencia: “¡La paz esté con ustedes!” (Jn 20,21). Esta paz no es la ausencia de conflictos, sino la reconciliación total. Al estar en paz con Dios, nos convertimos en los primeros redimidos.

2. El Nuevo Soplo de la Creación

“Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: 'Reciban el Espíritu Santo'” (Jn 20,22). Así como en el Génesis (Gn 2,7) Dios sopló sobre la arcilla para dar vida al primer hombre, en el nacimiento de la Iglesia Univesal, Jesús vuelve a soplar. Es una Nueva Creación. Nos reviste con la fuerza de lo alto (Hch 1,8) y nos hace hombres nuevos (Gál 3,27).

Jesús, que inició su ministerio diciendo “El Espíritu de Dios está sobre mí” (Lc 4,18), ahora transmite ese mismo Espíritu a su Iglesia. Ya no somos solo seguidores; el soplo del Resucitado nos convierte en Apóstoles: portadores de su misma vida y de su misma esencia, porque “Dios es Espíritu” (Jn 4,24).

3. Una Misión sin Fronteras

“Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn 20,21). El Espíritu Santo no se nos da para que lo guardemos. Nos reviste de su fuerza para encomendarnos la misión más grande de la historia. ¿Para qué nos envía? “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt 28,19-20).

Fuimos elegidos para hacer discípulos, para sumergir al mundo en el amor del Dios Trino y para enseñar, con la vida, el mandamiento del amor y del perdón. En esta fiesta de Pentecostés, el Señor nos recuerda que la tarea puede parecer humana, pero la fuerza es divina. No caminamos solos y con manos vacías en la misión de transformar el mundo sino revestidos del espíritu de Dios: “Y yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

Nos reiteró cuatro veces el adjetivo TODO: “Todo poder se me dio, todos los pueblos seas mis discípulos,  enseñen a cumplir todo lo que les encargo, estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Anterior a este encargo ya nos dijo: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad” (Jn 14,15-17). Para cumplir con esta ardua tarea y hacer que todos sean consagrados al Señor por el bautismo; nos ha prometido estar con nosotros y lo hará por el don de su Espíritu que el Padre enviará en su nombre (Rm 5,5). Esta efusión de su Espíritu es lo que hoy celebramos en la fiesta de Pentecostés. De este modo empieza un nuevo tiempo para la comunidad universal que es la Iglesia Católica, y San Pablo nos recomiendo así: “Que el mismo Dios de la paz los consagre totalmente y que todo su ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la Parusía de nuestro Señor Jesucristo. (1Ts 5, 23). Porque el mismo Señor nos ha dicho: “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes” (Jn 14,18).

La solemnidad de Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo que hoy celebramos tiene connotaciones muy particulares: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan" (Jn 20,21-23).

El simbolismo de las lenguas de fuego: “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos” (Hch 2,2-3). Como se ve, el Espíritu está en el simbolismo del fuego. El Espíritu Santo es como el fuego. Y quién no sabe cuáles son los efectos del fuego. El fuego quema. El fuego suscita energía y fuerza que transforma o purifica todo. Este poder del Espíritu santo es la que se derrama en los sacramentos, haciendo del neófito un soldado de Cristo. “Así como hay un crisol para purificar la plata y un horno para el oro; así también Dios purificará el corazón de cada uno” (Prov 17,3). “El fundamento ya está puesto es Jesucristo y nadie puede poner otro. Sobre él se puede edificar con oro, plata, piedras preciosas, madera o paja: La obra de cada uno se probara el día del juicio; el fuego revelará y pondrá de manifiesto lo que es. El fuego probará la calidad de la obra de cada uno. Si la obra construida sobre el fundamento resiste al fuego recibirá la recompensa de la vida; pero si la obra es consumida, se perderá la vida” (I Cor 3,11-15).

El don del espíritu Santo ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo” (I Cor 3,16-17).

Juan Bautista dice a los judíos: “Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible" (Mt 3,11-12). En el bautismo se nos da el don del Espíritu y en su plenitud en el sacramento de la confirmación, sacramentos que hacen de quien lo recibe hombre nuevo: “Todos ustedes, por la fe, son hijos de Dios en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo. Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús. Y si ustedes pertenecen a Cristo, entonces son descendientes de Abraham, herederos en virtud de la promesa” (Gal 3,26-29).

Esa fuerza del Espíritu como la del fuego tiene aún mayores connotaciones en los sacramentos. Y así, el fuego del amor destruye todo lo que nos impide amar de verdad. Destruye y quema todo aquello que nos impide crecer y madurar. Destruye y quema los egoísmos, los orgullos, las ansias de poder. Con frecuencia necesitamos quemar la maleza de los campos y también la maleza de nuestros corazones. El fuego da calor y tiende a expandirse. Pues el Espíritu Santo es el fuego que nos da fuerza interior para afrontar las dificultades, los problemas y ser capaces de ver lo imposible como posible. El profeta nos lo dice: “Cada vez que hablo, es para gritar, para clamar: ¡Violencia, devastación! Porque la palabra del Señor es para mí oprobio y afrenta todo el día. Por eso me dije: No hablare más en su nombre.  Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos que, por más que me esforzaba por contenerlo, no podía” (Jer 20,8-9). La fuerza del espíritu Santo transforma: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse… Con gran admiración y estupor decían: "¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos?” (Hch 2,4.7). Ahora el fuego suscita nueva fuerza, esa fuerza es el nuevo lenguaje universal de la Iglesia que es amor en el que todos nos entenderemos como hijos de un solo Padre, porque lo somos.

Jesús esta en este ámbito del poder del espíritu santo, por eso es capaz de perdonar a sus enemigos porque los ama (Lc 23,34). Por eso nos ha reiterado tantas veces “Ámense unos a otros como les he amado” (Jn 13,34). Y cuando un buen día preguntan a Jesús: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?" Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas" (Mt 22,36-40).

La universalidad de la Iglesia por el Evangelio que es Cristo Jesús: “Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua” (Hch 2,5-6). Dios se propuso hacer de la humanidad una sola familia y lo dice por el Profeta: “Yo los sacaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio nación. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios” (Ez 36,24-28). Y mismo Jesús nos había reiterado en el domingo anterior: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20). En este principio es como se fundamenta nuestra Iglesia Universal, la Iglesia Católica. Pues, recordemos que Jesús mismo dijo a Pedro: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo" (Mt 16,18).

Una de las funciones más importantes del Espíritu Santo: la unidad en la diversidad: “Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios" (Hch 2,9-11).

¿Cómo entender esta unidad en la diversidad gracias al don del Espíritu? San Pablo haciendo referencia a los dones del espíritu nos sustenta en qué consiste la unidad en la diversidad, característica especial de nuestra Iglesia: “Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor… En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro, la ciencia para enseñar, según el mismo Espíritu; a otro, la fe, también en el mismo Espíritu. A este se le da el don de curar, siempre en ese único Espíritu; a aquel, el don de hacer milagros; a uno, el don de profecía; a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a este, el don de lenguas; a aquel, el don de interpretarlas. Pero en todo esto, es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como él quiere” (I Cor 12,3-11).

En Pentecostés, la Iglesia hace su estreno “hace su presentación en la sociedad”. Por eso, en la primera oración de la Misa, le pedimos: “Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.”

El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia de la salvación hasta su consumación, pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación del Hijo en las entrañas de la Virgen María, (Lc 1,26-38) cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. El Hijo nos lo presenta y se refiere a Él no como una potencia impersonal, sino como una Persona diferente, con un obrar propio y un carácter personal. Como el Hijo es la sabiduría del Padre, así el Espíritu es el entendimiento del Hijo y del Padre; por el Don del Espíritu entendemos el misterio del Hijo y por el Hijo entendemos el misterio de Dios Padre.

Cristo prometió que este Espíritu de Verdad va a venir y morar entre de nosotros. "Yo rogaré al Padre y les dará otro Intercesor que permanecerá siempre con ustedes. Este es el Espíritu de Verdad que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes saben que él permanece con ustedes, y estará en ustedes" (Jn 14, 15-17). El Espíritu Santo vino el día de Pentecostés (Hch 2,2-12) y nunca se ausentará. Cincuenta días después de la Pascua, el Domingo de Pentecostés, los Apóstoles fueron transformados de hombres débiles y tímidos en valientes proclamadores de la fe; los necesitaba Cristo para difundir su Evangelio por el mundo. “En adelante, el Paráclito, el intérprete que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Jn 14,26). De modo que, el Espíritu Santo está presente de modo especial en la Iglesia. Ayuda a su iglesia a que continúe la obra de Cristo en el mundo. Su presencia da gracia (fuerza) a los fieles para unirse más a Dios y entre sí en amor sincero, cumpliendo sus deberes con Dios y los demás.

 El Espíritu Santo guía al Magisterio (infalible en fe y costumbre/enseñar las verdades sin error) de la Iglesia que lo conforma Papa Francisco, a los obispos y a los presbíteros de la Iglesia en su tarea de enseñar el Evangelio y la doctrina cristiana (Jn 8,31-32), dirigir almas y dar al pueblo la gracia de Dios por medio de los Sacramentos. Orienta toda la obra de Cristo en la Iglesia: solicitud por los enfermos, enseñar a los niños, preparación de la juventud, consolar a los afligidos, socorrer a los necesitados.

¡Feliz Fiesta de Pentecostés! Que el Espíritu Santo sople de nuevo en nuestros corazones y nos encienda en el fuego de su amor.