DOMINGO XXXI – CICLO A (01 de noviembre de 2026)
Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo: 5,1-12:
5,1 Jesus, viendo la
muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron.
5,2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
5,3 “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos
es el Reino de los Cielos.
5,4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en
herencia la tierra.
5,5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán
consolados.
5,6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la
justicia, porque ellos serán saciados.
5,7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia.
5,8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios.
5,9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque
ellos serán llamados hijos de Dios.
5,10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la
justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
5,11 Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os
persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
5,12 Alégrense, porque su recompensa será
grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas
anteriores a Uds. PALABRA DEL SEÑOR.
Estimados hermanos en el Señor paz y bien.
“Uds. serán felices si cumplen lo que yo les enseño” (Jn
13,17); “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos,
uds. son mis amigos si cumplen lo que yo les enseño; ya no les llamo siervos,
porque el siervo no sabe la que hace su amo, a uds los llamo amigos
porque os enseñe todo cuanto aprendí de mi padre” (Jn 5,13-15). Hoy Jesús nos
habla sobre la felicidad eterna, ¿Quién no quiere ser feliz? Todos anhelamos la
felicidad, pero a menudo no sabemos que es la felicidad. Ahora nos lo dice el
Señor que es esa felicidad verdadera y no la felicidad falsa. La felicidad
verdadera pasa a menudo por el dolor, llanto, persecución, hambre, injusticia
etc. Pero dichos sufrimientos nos llevan a la purificación en este mundo para
luego ser santificados para gozar de la felicidad eterna.
¿Y si las bienaventuranzas no fueran simplemente una lista
de virtudes que debemos practicar para llegar a ser santos, sino la revelación
de cómo es Dios, de cómo vive Jesucristo y de cómo está llamado a vivir el ser
humano que participa de su vida?
Esta perspectiva puede transformar profundamente el sentido
de la solemnidad de Todos los Santos: no celebramos únicamente a quienes
alcanzaron la santidad, sino la obra de Dios que hace posible que la humanidad
participe de su propia santidad.
Las bienaventuranzas (Mt 5,1-12) constituyen la síntesis
cristológica, teológica y escatológica de toda la vocación bíblica a la
santidad: expresan la llamada de Dios a participar de su santidad, revelan en
Jesucristo la forma concreta de esa participación y muestran el destino
definitivo del ser humano en la comunión eterna con Dios.
Criterios que orientarán la reflexión
- Tesis
bíblico-teológica: las bienaventuranzas como síntesis de la vocación
bíblica a la santidad, desde el Levítico hasta el Nuevo Testamento.
- Método
integrado: análisis histórico-crítico, literario, narrativo, canónico,
teológico y espiritual.
- Perspectiva
escatológica: articulación de la Iglesia peregrinante, purgante y
gloriosa, en la comunión de los santos.
- Fundamento
eclesial: Sagrada Escritura, Catecismo de la Iglesia Católica, Lumen
gentium 39-42 y Gaudete et exsultate.
- Finalidad:
homilía desarrollada de aproximadamente 20 minutos para la solemnidad de
Todos los Santos.
La Iglesia peregrinante camina hacia la santidad; la Iglesia
purgante se purifica para la plenitud de esa comunión; y la Iglesia gloriosa
contempla y participa ya plenamente de la gloria de Dios. Las tres no son tres
iglesias, sino la única Iglesia de Cristo en diferentes condiciones de existencia.
«Las bienaventuranzas: la vocación a la santidad, el camino
de la felicidad verdadera y la plenitud de la vida eterna».
La solemnidad de Todos los Santos nos permitirá contemplar
tres dimensiones inseparables:
- Iglesia
peregrinante: quienes vivimos todavía en camino y estamos llamados a
encarnar las bienaventuranzas.
- Iglesia
purgante: quienes, habiendo muerto en la gracia de Dios, necesitan la
purificación final para entrar en la plenitud de la comunión divina.
- Iglesia
gloriosa: quienes contemplan a Dios y participan plenamente de su gloria.
No son tres iglesias distintas, sino la única Iglesia de
Cristo en tres condiciones de existencia.
LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
Título: «Las bienaventuranzas: la vocación a la santidad
y la plenitud de la felicidad en Dios»
Las bienaventuranzas constituyen la síntesis de toda la
vocación bíblica a la santidad porque recogen, llevan a su plenitud
cristológica y proyectan hacia su consumación escatológica la llamada de Dios a
que el ser humano participe de su santidad.
No son simplemente un conjunto de normas morales, ni una
lista de virtudes para alcanzar el cielo. Son la revelación del modo de vivir
de Jesucristo, el rostro de la santidad de Dios manifestado en la humanidad de
su Hijo y el camino de transformación al que estamos llamados.
Idea que articulará toda la homilía:
- El
Padre nos llama a ser santos: Levítico.
- Jesucristo
nos revela cómo vivir la santidad: las bienaventuranzas.
- El
amor nos permite reconocer si estamos viviendo esa santidad: Lucas, Juan y
las cartas apostólicas.
- La
vida eterna constituye la plenitud de esa vocación: la comunión de los
santos.
I. Fundamentación bíblico-teológica para proclamar la
Palabra
Antes de desarrollar la homilía, es importante establecer
tres niveles de interpretación para mantener el rigor exegético.
1. Lo que afirma expresamente la Escritura
A. El Antiguo Testamento: la santidad nace de la iniciativa
de Dios
En Lv 19,2 encontramos la afirmación fundamental: «Sed
santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo». La santidad de Israel no
nace de una conquista autónoma del ser humano. Su fundamento es Dios mismo.
Israel está llamado a vivir de acuerdo con la identidad de su Dios.
Lv 11,44-45 y 20,7-8 reiteran esta vocación. La santidad
debe manifestarse en la conducta y en la fidelidad a los mandamientos del
Señor. Hay una distinción importante: en el contexto del Levítico, la santidad
comprende dimensiones cultuales, comunitarias y éticas. No debemos reducirla a
una disposición interior.
B. El Nuevo Testamento: Jesucristo manifiesta la forma de la
santidad
En Mt 5,1-12 Jesús proclama las bienaventuranzas: Pobres de
espíritu. Los que lloran. Los mansos. Los que tienen hambre y sed de justicia. Los
misericordiosos. Los limpios de corazón. Los que trabajan por la paz. Los
perseguidos por causa de la justicia.
Jesús no presenta una felicidad basada en el poder, la
riqueza, el prestigio o la ausencia de sufrimiento. Proclama bienaventurados a
quienes viven abiertos a Dios y permanecen fieles a su Reino.
En Lc 10,27-28, el amor a Dios y al prójimo aparece como
camino de vida.
En Mt 22,36-40, Jesús identifica el amor a Dios y al prójimo
como los dos mandamientos de los que dependen la Ley y los Profetas.
En Mt 19,16-21, la pregunta sobre la vida eterna conduce a
Jesús a llamar al seguimiento, a la renuncia a las seguridades materiales y a
la entrega de la propia vida.
En Jn 13,34, Jesús introduce la novedad decisiva: «Que se am
unos a otros; como yo los he amado». La medida del amor ya no queda expresada
solamente por el amor al prójimo como a uno mismo: ahora es el mismo Cristo
quien se convierte en medida y modelo.
Finalmente, 1 Pe 1,15-16 retoma expresamente la llamada del
Levítico: ensed santos porque Dios es santo. Y 1 Jn 4,20 establece una
afirmación radical: no se puede afirmar que se ama a Dios mientras se odia al
hermano.
2. La inferencia teológica fundada: las bienaventuranzas
como síntesis de la santidad
La conexión entre estos textos permite formular una
conclusión teológica:
El Levítico presenta la vocación; Jesucristo manifiesta su
plenitud; las bienaventuranzas describen su configuración existencial; el
mandamiento nuevo establece su medida cristológica; y la caridad verifica su
autenticidad.
Podemos expresarlo así: Esta síntesis no significa que las
bienaventuranzas agoten toda la enseñanza bíblica sobre la santidad. Significa
que constituyen una de sus expresiones más concentradas y privilegiadas, porque
en ellas Jesús revela el rostro del discípulo que vive según el Reino.
Esta interpretación encuentra una confirmación magisterial
particularmente importante en Gaudete et exsultate, 63-64. El papa Francisco
presenta las bienaventuranzas como la identidad del cristiano y como el retrato
del rostro de Cristo que debemos transparentar en nuestra vida.
3. La dimensión escatológica: la santidad no termina con
la muerte
Aquí se encuentra una de las claves más importantes para la
solemnidad de Todos los Santos. La santidad es una vocación que comienza en
nuestra existencia terrena, atraviesa la muerte y encuentra su plenitud en
Dios. Las bienaventuranzas contienen una tensión escatológica:
- Algunas
promesas están formuladas en presente: «de ellos es el Reino de los
cielos».
- Otras
están formuladas en futuro: «serán consolados», «heredarán la tierra»,
«verán a Dios».
Esto permite reconocer la tensión entre el Reino ya
inaugurado por Cristo y su consumación definitiva. La Iglesia peregrinante vive
las bienaventuranzas en la historia; los fieles difuntos que se purifican
esperan la plenitud de la comunión; los santos glorificados participan ya de la
visión de Dios. La Iglesia no se divide por ello en tres comunidades
independientes. Es una sola Iglesia, unida en Cristo.
Profundizacion:
1. Introducción: ¿Qué significa realmente ser santo?
Hoy celebramos la solemnidad de Todos los Santos. Y quisiera
comenzar con una pregunta que puede parecer sencilla, pero que compromete toda
nuestra existencia:
¿Para qué estamos viviendo? ¿Cuál es el destino último de
nuestra vida? ¿Estamos viviendo para tener más cosas, alcanzar reconocimiento,
acumular experiencias, disfrutar de los bienes de este mundo o estamos viviendo
para alcanzar la plenitud de la vida en Dios? La solemnidad de hoy nos invita a
mirar más allá de lo inmediato.
Celebramos a los santos conocidos y desconocidos,
canonizados y no canonizados, a quienes vivieron su existencia en fidelidad a
Dios y ahora participan de su gloria. Pero hay algo todavía más importante: hoy
no celebramos solamente lo que ellos consiguieron; celebramos lo que Dios puede realizar en una vida humana cuando
esta se deja transformar por su gracia.
La santidad no es un privilegio reservado a unos cuantos
elegidos, ni una vocación exclusiva de sacerdotes, religiosos o religiosas.
La santidad es la vocación de todo bautizado, de todo
cristiano, de todo ser humano llamado por Dios a participar de su vida.
San Pablo lo expresa en Efesios 1,4: Dios nos eligió en
Cristo para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor. Y el
Concilio Vaticano II, en Lumen gentium, 39-40, enseña que todos los fieles,
cualquiera que sea su condición o estado, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la
caridad. Por eso, la pregunta de hoy no es simplemente: ¿Cuántos santos
conocemos?
La pregunta es: ¿Estamos respondiendo a la llamada de Dios a
ser santos?
Y el Evangelio de Mateo nos ofrece una respuesta
extraordinaria: las bienaventuranzas.
2. De la santidad de Dios a la santidad del ser humano:
el proyecto comienza en el Padre
La primera lectura de nuestra reflexión nos conduce al libro
del Levítico. Dios dice a su pueblo: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro
Dios, soy santo» (Lv 19,2).
Detengámonos en esta afirmación. Dios no dice: sed santos
porque sois mejores que los demás; tampoco dice: sed santos porque debéis
demostrar vuestra superioridad moral.
Dice: «Sed santos porque yo soy santo». La santidad humana
tiene su fundamento en la santidad divina. Dios llama al ser humano a
participar de aquello que él mismo es: una vida de amor, fidelidad, justicia,
misericordia y comunión.
Esta llamada atraviesa toda la historia de la salvación. En
el Antiguo Testamento, Dios constituye un pueblo para la alianza. No lo libera
de Egipto simplemente para que deje de ser esclavo del faraón, sino para que
viva en comunión con él. La liberación tiene una finalidad: pertenecer a Dios y
vivir según su voluntad.
Por eso, en Lv 20,7-8, la santificación está vinculada a la
fidelidad a los mandamientos.
En Lv 11,44-45, la santidad también se manifiesta en una
forma concreta de vivir.
Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, encontramos que esta
vocación no desaparece.
Pedro escribe: «Así como el que os llamó es santo, sed
también vosotros santos en toda vuestra conducta» (1 Pe 1,15). Observemos algo
fundamental: Pedro no inventa una nueva vocación. Retoma la llamada del
Levítico y la dirige a la comunidad cristiana a la luz de Cristo.
Por tanto, la santidad no es una idea abstracta, ni una
simple aspiración religiosa. La santidad consiste en dejar que la vida de Dios
transforme nuestra manera de pensar, sentir, decidir, amar y relacionarnos. Pero surge una
pregunta: ¿cómo podemos conocer concretamente esa santidad? ¿Dónde encontramos
su rostro? La respuesta es Jesucristo.
3. Las bienaventuranzas: Jesucristo nos revela el rostro
de la santidad
En el Evangelio de hoy, Jesús sube al monte, se sienta y
comienza a enseñar. No es un detalle insignificante. Mateo presenta a Jesús
como el Maestro que proclama la voluntad de Dios y enseña a vivir según el Reino. Y sus primeras
palabras son sorprendentes:
«Bienaventurados los
pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». ¿Por qué
comienza así? Porque Jesús está transformando nuestra comprensión de la
felicidad.
El mundo suele decirnos que feliz es quien tiene mucho,
quien domina, quien no necesita de nadie, quien consigue imponerse y quien
logra satisfacer todos sus deseos. Pero Jesús proclama felices a quienes viven
de otra manera. La felicidad del Evangelio no nace de poseerlo todo, sino de
vivir en comunión con Dios. Veamos cómo cada bienaventuranza expresa una dimensión
de la santidad.
Primera: Bienaventurados los pobres de espíritu.
El pobre de espíritu reconoce que Dios es su fundamento y no
convierte los bienes materiales, el poder o el prestigio en el centro de su
existencia. No significa despreciar los bienes de la creación, sino no permitir que estos ocupen el
lugar de Dios. Una pregunta para nuestra vida: ¿Dios es verdaderamente nuestra
riqueza o solamente lo buscamos cuando nos falta algo?
Segunda: Bienaventurados los que lloran.
Jesús no declara bueno el sufrimiento por sí mismo. Proclama
la esperanza de quienes atraviesan el dolor y encuentran en Dios su consuelo. El
santo no es una persona que nunca sufre. Es alguien que, incluso en medio del
sufrimiento, no pierde la esperanza ni se vuelve indiferente al dolor ajeno.
Tercera: Bienaventurados los mansos.
La mansedumbre no es debilidad ni cobardía. Es la fortaleza
de quien no necesita destruir al otro para afirmar su propia dignidad. Es la
capacidad de responder sin odio, corregir sin humillar y ejercer autoridad sin
dominar.
Cuarta: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de
justicia.
La santidad no consiste en una religiosidad que se
desentiende de la realidad. Quien busca la santidad desea que la voluntad de
Dios se manifieste en la justicia, en la dignidad humana, en la verdad y en el
respeto a los más vulnerables. No podemos hablar de Dios mientras permanecemos
indiferentes ante el sufrimiento injusto de nuestros hermanos.
Quinta: Bienaventurados los misericordiosos.
La misericordia es una expresión privilegiada de la santidad
divina. El misericordioso no se alegra del fracaso del otro, no disfruta
condenándolo ni convierte sus errores en una oportunidad para humillarlo. La
misericordia no niega la verdad ni la justicia; las integra en el amor que
busca restaurar a la persona.
Sexta: Bienaventurados los limpios de corazón.
La limpieza de corazón significa vivir sin doblez, sin
hipocresía, sin manipulación y sin una distancia entre lo que decimos creer y
lo que realmente hacemos. El santo no pretende aparentar una bondad que no
vive.
Busca la verdad ante Dios.
Y Jesús añade una promesa extraordinaria: «verán a Dios». La
santidad tiene, por tanto, una orientación escatológica: conduce a la comunión
y a la visión de Dios.
Séptima: Bienaventurados los que trabajan por la paz.
No se trata simplemente de evitar conflictos. Trabajar por
la paz significa construir reconciliación, sanar divisiones, promover la
justicia y reconocer al otro como hermano. La paz evangélica no es indiferencia
ante el mal; es compromiso activo con la fraternidad.
Octava: Bienaventurados los perseguidos por causa de la
justicia.
La santidad puede tener un precio. Quien permanece fiel a
Cristo puede encontrar rechazo, incomprensión e incluso persecución. Pero no
debemos confundir la persecución por fidelidad al Evangelio con las
consecuencias de nuestros propios errores o comportamientos injustos. La
bienaventuranza se refiere a sufrir por la justicia y por Cristo, no a
justificar nuestras equivocaciones.
Hermanos, observemos el conjunto.
Las bienaventuranzas no describen ocho tipos de personas que
no tienen nada que ver entre sí. Describen distintas dimensiones de una misma
existencia transformada por Dios. El santo es pobre de espíritu,
misericordioso, justo, limpio de corazón, constructor de paz y fiel a Cristo
incluso en la adversidad. Aquí encontramos el vínculo entre el Levítico y el
Evangelio:
El Dios santo del Antiguo Testamento nos llama a la
santidad; Jesucristo nos revela cómo se vive esa santidad. Y hay algo todavía más
profundo: las bienaventuranzas no solamente nos enseñan cómo debemos vivir;
también nos muestran el rostro de Jesús.
Él es el pobre que confía en el Padre, el misericordioso que
acoge al pecador, el justo que permanece fiel, el manso que no devuelve violencia
por violencia, el perseguido que entrega su vida y el Hijo que nos conduce a la
comunión con Dios. Por eso, ser santo es configurarse con Cristo.
4. El amor: la síntesis de la santidad y el criterio de
su autenticidad
Ahora debemos dar un paso más. Si las bienaventuranzas
describen la vida del santo, ¿cuál es el principio que las unifica? La
respuesta se encuentra en el amor. En Lc 10,27-28, Jesús presenta el doble
mandamiento: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas
y con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo.
En Mt 22,36-40, Jesús afirma que de estos dos mandamientos
dependen toda la Ley y los Profetas. Esto significa que la santidad no puede
separarse del amor. Pero en Juan encontramos un paso decisivo.
Durante la Última Cena, Jesús dice: «Que os améis unos a
otros; como yo os he amado» (Jn 13,34). Aquí aparece la novedad cristiana. No
basta con amar según nuestros propios criterios, nuestros intereses o nuestras
preferencias. Cristo nos enseña a amar como él ama. Y ¿cómo ama Cristo? Ama
entregándose, sirviendo, perdonando, acogiendo, lavando los pies de sus discípulos y ofreciendo su vida.
Por eso, en 1 Jn 4,20 encontramos una de las afirmaciones
más exigentes de toda la Escritura: Quien dice que ama a Dios y odia a su
hermano es un mentiroso. ¡Qué palabra tan fuerte!
Podemos participar en celebraciones litúrgicas, conocer la
Biblia, rezar el rosario, cumplir determinadas prácticas religiosas y hablar
constantemente de Dios. Pero si despreciamos al hermano, si humillamos a los
demás, si alimentamos el rencor, si somos injustos o indiferentes ante quien
necesita nuestra ayuda, nuestra religiosidad está contradiciendo el Evangelio.
La santidad no se mide solamente por lo que decimos de Dios,
sino también por la manera en que tratamos a sus hijos. Aquí se encuentra una
conexión fundamental con las bienaventuranzas:
- La
pobreza de espíritu nos libera del egoísmo.
- La
misericordia nos enseña a perdonar.
- La
justicia nos compromete con la dignidad del otro.
- La
limpieza de corazón nos hace amar sin hipocresía.
- La
construcción de la paz nos convierte en hermanos.
- La
fidelidad nos mantiene unidos a Cristo.
Por eso, la caridad no es una bienaventuranza más: es la
virtud que da unidad y autenticidad a toda la existencia cristiana. San Pablo
lo expresará magníficamente en 1 Corintios 13: sin amor, incluso las
manifestaciones religiosas más extraordinarias pierden su verdadero valor.
Y aquí podemos escuchar una pregunta que debe inquietarnos: ¿De
qué nos serviría ganar el reconocimiento de todos, tener éxito en nuestros
proyectos e incluso ser considerados personas religiosas, si no hemos aprendido
a amar como Cristo? La santidad comienza a hacerse visible cuando dejamos de
vivir exclusivamente para nosotros mismos y comenzamos a vivir para Dios y para
los demás.
5. La santidad y la eternidad: una sola Iglesia, una sola
comunión en Cristo
Llegamos ahora al corazón escatológico de esta solemnidad. Hermanos,
nuestra vida no termina en la muerte. La muerte no tiene la última palabra.
Cristo ha resucitado y nos ha abierto el camino hacia la vida eterna.
Por eso, cuando celebramos Todos los Santos, contemplamos la
vocación humana desde su destino definitivo: la comunión plena con Dios. La
Iglesia nos enseña que existe una comunión profunda entre todos los que
pertenecemos a Cristo, aunque nos encontremos en distintas condiciones de
existencia.
El Concilio Vaticano II, en Lumen gentium, 49-51, desarrolla
esta doctrina de la comunión de los santos. Podemos contemplar tres dimensiones
de esa única Iglesia. Primero:
la Iglesia peregrinante.
Somos nosotros, quienes todavía caminamos en la historia. Vivimos
entre dificultades, alegrías, contradicciones, tentaciones y esperanzas. Estamos
llamados a vivir las bienaventuranzas aquí y ahora. No podemos esperar a morir
para comenzar a ser misericordiosos, justos, humildes, pacificadores y limpios
de corazón. La santidad no comienza después de la muerte: comienza cuando
permitimos que Cristo transforme nuestra existencia. Por eso, cada día tenemos
la oportunidad de acercarnos a la santidad:
- Cuando
perdonamos en lugar de alimentar el rencor.
- Cuando
elegimos la verdad en lugar de la mentira.
- Cuando
servimos en lugar de dominar.
- Cuando
compartimos en lugar de acumular egoístamente.
- Cuando
defendemos al débil en lugar de aprovecharnos de él.
- Cuando
buscamos la reconciliación en lugar de sembrar divisiones.
Segundo: la Iglesia purgante.
Recordamos a nuestros hermanos difuntos que han muerto en la
gracia y amistad de Dios, pero necesitan todavía la purificación definitiva
para alcanzar la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. El
Catecismo de la Iglesia Católica, números 1030-1032, enseña la doctrina de la
purificación final.
Es importante comprender que el purgatorio no es una segunda
oportunidad para convertirse después de la muerte, ni una condenación temporal.
Es la purificación de quienes pertenecen a Dios y están destinados a la
comunión plena con él. Por eso, la Iglesia peregrinante puede orar por ellos y
ofrecer sufragios, especialmente el sacrificio eucarístico. No olvidemos a
nuestros familiares, amigos y hermanos difuntos. Nuestro amor no termina ante
el sepulcro.
Tercero: la Iglesia gloriosa.
Son aquellos que ya participan plenamente de la gloria de
Dios. Contemplan a Dios y viven en la comunión definitiva con él. Aquí
encontramos la plenitud de las bienaventuranzas.
Los pobres de espíritu reciben el Reino en plenitud.
Los que lloraban son consolados definitivamente.
Los misericordiosos participan de la misericordia eterna.
Los limpios de corazón ven a Dios.
Los que trabajaron por la paz viven en la comunión perfecta.
Los perseguidos por causa de Cristo reciben la recompensa
prometida.
Y comprendemos algo extraordinario: La santidad que comienza
como vocación en nuestra vida terrena alcanza su plenitud como comunión eterna
con Dios.
La solemnidad de Todos los Santos nos permite contemplar
anticipadamente ese destino. No celebramos a los santos como personas alejadas
de nuestra realidad, sino como hermanos que han llegado a la meta hacia la cual
nosotros caminamos. Ellos son testimonio de que la santidad es posible por la
gracia de Dios. Y nosotros seguimos caminando sostenidos por Cristo,
acompañados por la comunión de los santos y alimentados por la Eucaristía.
6. Conclusión: no esperemos llegar al cielo para comenzar
a vivir como santos
Hermanos y hermanas: Quisiera terminar regresando a la
pregunta inicial:
¿Para qué estamos viviendo? La Palabra de Dios nos ha
permitido descubrir un itinerario extraordinario. En el Levítico, el Padre nos
llama: «Sed santos, porque yo soy santo». En Jesucristo, encontramos el camino
concreto de esa santidad: las bienaventuranzas. En el mandamiento nuevo,
descubrimos su medida: «Como yo os he amado».
Y en la promesa de la vida eterna descubrimos su destino
definitivo: contemplar a Dios y vivir eternamente en su amor. Podemos resumirlo
así:
La santidad nace de Dios, se manifiesta en Cristo, se
encarna en las bienaventuranzas, se verifica en la caridad y alcanza su plenitud
en la gloria eterna. Por eso, no debemos confundir santidad con perfeccionismo,
ni felicidad con ausencia de problemas. El santo no es quien nunca cae, sino
quien, sostenido por la gracia, se levanta, vuelve a Cristo y aprende a amar
cada vez más.
No es quien nunca llora, sino quien no permite que el
sufrimiento le robe la esperanza.
No es quien nunca experimenta dificultades, sino quien
permanece fiel al Evangelio.
No es quien habla mucho de Dios, sino quien deja que Dios
transforme su manera de amar.
Y hoy, contemplando a todos los santos, debemos
preguntarnos:
¿Soy pobre de espíritu o estoy esclavizado por mis
seguridades?
¿Soy misericordioso o disfruto juzgando a los demás?
¿Tengo hambre y sed de justicia o me he acostumbrado a la
indiferencia?
¿Soy constructor de paz o alimento divisiones?
¿Tengo un corazón limpio o vivo de apariencias?
¿Amo a Dios también en mis hermanos?
Porque no podemos pretender alcanzar la comunión eterna con
Dios si rechazamos vivir la comunión con nuestros hermanos aquí en la tierra. La
santidad del cielo comienza a prepararse en la santidad de la vida cotidiana. Pidamos
al Señor que nos conceda la gracia de vivir las bienaventuranzas. Que María,
Reina de todos los santos, nos acompañe. Que los santos intercedan por nosotros.
Que nuestros hermanos difuntos alcancen la plenitud de la purificación y la
alegría eterna. Y que un día podamos participar todos juntos de aquella
comunión definitiva en la que Dios será todo en todos. Porque hemos sido
creados para Dios, llamados a su santidad y destinados a la plenitud de su
amor. Amén.
III. Claves teológicas para profundizar después de la
homilía
Estas precisiones permiten mantener la fidelidad doctrinal
de la predicación.
1. La relación entre las bienaventuranzas y la santidad
La afirmación de que las bienaventuranzas sintetizan la
vocación bíblica a la santidad es teológicamente fundada, pero conviene
expresarla con precisión: No son la totalidad de la doctrina bíblica de la
santidad, sino su expresión cristológica y evangélica privilegiada. El propio
papa Francisco, en Gaudete et exsultate, 63-65, establece una relación
explícita entre las bienaventuranzas y la santidad.
2. La relación entre felicidad, santidad y eternidad
Podemos distinguir tres momentos: Vocación: Dios nos llama a
participar de su santidad. Camino: Vivimos las bienaventuranzas mediante la
gracia y la caridad. Consumación: Participamos plenamente de la vida y gloria
de Dios.
La felicidad cristiana no equivale a satisfacción
psicológica permanente ni a bienestar material. Es una participación progresiva
y finalmente plena en la comunión con Dios.
3. La comunión de los santos
Conviene fundamentar esta dimensión en los siguientes
números del Catecismo:
Una precisión doctrinal: la Iglesia purgante no constituye
una tercera Iglesia independiente. Es una expresión tradicional para referirse
a los fieles difuntos que atraviesan la purificación final. La denominación
conciliar es la de los que están en camino, los difuntos que se purifican y los
que gozan de la gloria.
4. El fundamento magisterial
Recomiendo que la homilía tenga como principales
referencias:
- Lumen
gentium, 39-42: universalidad de la llamada a la santidad.
- Lumen
gentium, 48-51: dimensión escatológica y comunión de los santos.
- Catecismo
de la Iglesia Católica, 1716-1729: las bienaventuranzas.
- CIC,
2012-2016: vocación a la santidad.
- CIC,
946-962: comunión de los santos.
- CIC,
1023-1032: bienaventuranza celestial y purificación final.
- Gaudete
et exsultate, 63-94: las bienaventuranzas como camino de santidad.
- Gaudete
et exsultate, 95-109: misericordia y criterio de la santidad.
IV. Una pregunta crítica para hacer resonar la solemnidad
Hay una cuestión que considero especialmente importante para
que la homilía no se convierta en una explicación doctrinal más: ¿Podemos
celebrar a Todos los Santos, venerar sus imágenes, invocar su intercesión y, al
mismo tiempo, rechazar el estilo de vida que los hizo santos?
Esta pregunta nos enfrenta a una contradicción posible:
admirar la santidad sin querer vivirla. Una persona podría asistir a misa,
conocer las devociones, venerar a los santos y, sin embargo, vivir dominada por
el orgullo, la injusticia, el resentimiento o la indiferencia. Por eso, la
solemnidad debe conducirnos a la conversión.
Una reformulación que desafía nuestra perspectiva
Quizá debamos cambiar la pregunta «¿Qué tengo que hacer para
llegar al cielo?» por otra más radical:
¿Estoy permitiendo que el cielo comience a transformar mi
manera de vivir aquí en la tierra? Porque las bienaventuranzas no son solamente
las condiciones para alcanzar la vida eterna: son también el comienzo de la
vida del Reino en nosotros. Y esa es la gran esperanza de Todos los Santos: la
vida que hoy vivimos por la fe, la esperanza y la caridad está llamada a
alcanzar su plenitud en la visión de Dios.