viernes, 25 de septiembre de 2026

DOMINGO XXVI – A (27 de Setiembre del 2026)

DOMINGO XXVI – A (27 de Setiembre del 2026)

Proclamación del santo Evangelio según San Mateo: 21,28- 32

 21,28 En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo: "¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: "Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña".

21,29 Él respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue.

21,30 Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: "Voy, Señor", pero no fue.

21,31 ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?" "El primero", le respondieron. Jesús les dijo: "Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.

21,32 En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él. PALABRA DEL SEÑOR.

 REFLEXIÓN:

Queridos amigos en el Señor Paz y Bien.

“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). Al escuchar la palabra de Dios, digamos si y el actuar sea el reflejo de nuestro si. Dijo el Señor: “Uds. hagan y cumplan lo que los falsos maestros les dicen, pero no los imitan, porque ellos dicen una cosa y hacen otra cosa” (Mt 23,3).

En las enseñanzas de estos domingos vamos buscando respuestas a la preguntas de fondo: “¿Quién podrá salvarse?” (Mt 19,25). “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16). Al buscar respuestas a estas inquietudes, el Señor nos ha dicho en los domingos anteriores que, para obtener la salvación hace falta: “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1)…  al fin de la jornada salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin trabajar?" Ellos le respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña". Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros" (Mt 20,6-8). Hoy nos agrega:

Un hombre tenía dos hijos dijo al primero: "Hijo, ve hoy a trabajar a mi viña". Él respondió: "No quiero". Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: "Voy, Señor", pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?" "El primero" Respondieron (Mt 21,28-31).

El tema de la salvación suscita preguntarnos reiteradas veces: ¿Cómo  y qué obras buenas  debemos hacer para obtener nuestra salvación? (Mt 19,16): Debemos de contratarnos para trabajar en la viña (Mt 20,1); luego de contratarnos en el Bautismo Dios nos invita ir a trabajar en la viña (Mt 21,28). Con el bautismo decimos “si” al Señor y si no ejercemos la fe y no ponemos en práctica los dones recibidos, estamos diciendo “no” somos como el segundo hijo. Al respecto ya nos dijo el Señor: No todo el que me dice Señor, Señor se salvará sino quienes cumplen la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). Luego agrega y dice: “Quien escucha mis palabras y las pone en práctica es como un hombre sabio que edifica su casa sobre roca, vienen los embates de la naturaleza y no se cae (Mt 7,24).

LECCIÓN BÍBLICA Y ESPIRITUAL

«No basta decir “sí”: hay que hacer la voluntad del Padre»

Mateo 21,28-32

«Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él respondió: “Voy, señor”, pero no fue» (Mt 21,28-30).

Idea central: Dios no busca simplemente personas que sepan decirle “sí”, sino discípulos que conviertan ese “sí” en una vida concreta de obediencia, amor y misericordia.

1. ENTRAMOS EN EL EVANGELIO

Jesús cuenta una historia aparentemente sencilla: dos hijos, un padre y una viña. Pero la parábola contiene una pregunta profundamente espiritual: ¿Cuál de los dos hijos hizo finalmente la voluntad del Padre? La respuesta parece evidente: el que fue.

Aquí aparece la primera gran enseñanza: Dios mira nuestra respuesta final, no solamente nuestras palabras iniciales. El primer hijo dijo: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue. El segundo dijo: «Voy, señor». Pero no fue. Por eso Jesús desplaza la atención desde las palabras hacia los hechos.

2. EL CONTEXTO: JESÚS ESTÁ HABLANDO A UNA RELIGIOSIDAD EN CRISIS

Mt 21 se encuentra en un momento decisivo del ministerio de Jesús. Jesús ha entrado en Jerusalén (Mt 21,1-11), ha realizado el gesto profético del templo (Mt 21,12-13) y ha entrado en conflicto con las autoridades religiosas. Inmediatamente antes de nuestra parábola aparece la pregunta de los sumos sacerdotes y ancianos: «¿Con qué autoridad haces esto?» (Mt 21,23). Jesús les pregunta entonces de dónde procedía el bautismo de Juan: «¿De dónde venía el bautismo de Juan, del cielo o de los hombres?» (Mt 21,25).

Ellos no quieren comprometerse con una respuesta. Y entonces aparece la parábola de los dos hijos. Por tanto, Jesús está denunciando una religiosidad que puede hablar correctamente de Dios, pero no necesariamente obedecer a Dios.

3. LA VIÑA: IMAGEN BÍBLICA DEL PUEBLO DE DIOS

La palabra «viña» no es casual. En el Antiguo Testamento, Israel aparece repetidamente como viña de Dios. «La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel» (Is 5,7).

También: «Tú sacaste una vid de Egipto» (Sal 80,9). La viña representa, por tanto, el lugar donde Dios espera frutos. Isaías 5 presenta una pregunta terrible: Dios plantó una viña y esperaba uvas buenas, pero produjo uvas agrias (Is 5,1-7).

Jesús retoma esta tradición. La cuestión ya no es solamente: «¿Conoces a Dios?» sino: «¿Qué frutos está produciendo tu relación con Dios?» Esto conecta con: «Por sus frutos los conocerán» (Mt 7,16).

4. LOS DOS HIJOS: DOS FORMAS DE RELIGIOSIDAD

Primer hijo: «No quiero» Este hijo comienza mal. No disfraza su voluntad. Dice sencillamente: «No quiero». Hay aquí una verdad incómoda: no todo “no” es definitivo.

Una persona puede alejarse de Dios, resistirse, equivocarse, pecar, incluso decirle inicialmente que no a su voluntad... y, sin embargo, convertirse. Esto aparece continuamente en la Biblia. El profeta Jonás huye de la misión (Jon 1,1-3), pero finalmente cumple la palabra de Dios (Jon 3,3). Pedro niega a Jesús (Mt 26,69-75), pero después vuelve a él.

Pablo persigue a la Iglesia (Hch 8,3), pero termina convirtiéndose en apóstol. Por eso:Tu primer “no” no tiene por qué ser tu última palabra.

 

5. «PERO DESPUÉS SE ARREPINTIÓ»

Aquí está el corazón de la parábola. Mateo utiliza el lenguaje de la conversión. No se trata simplemente de sentir culpa.La verdadera conversión implica un cambio de dirección.

En términos bíblicos: pensamiento → corazón → voluntad → acción.

Juan el Bautista lo expresa con claridad: «Den frutos dignos de conversión» (Mt 3,8). No dice simplemente: «Sientan remordimiento». Dice: «Den frutos». La conversión auténtica termina afectando la existencia.

6. EL SEGUNDO HIJO: «VOY, SEÑOR»

Este hijo dice exactamente lo que parece correcto. Incluso utiliza una palabra respetuosa: «Señor». Pero hay una contradicción: sus labios dicen “sí”; sus pies dicen “no”. Aquí encontramos uno de los grandes temas de toda la espiritualidad bíblica: La distancia entre profesión de fe y práctica de fe.

Jesús ya había enseñado: «No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21). Y también: «¿Por qué me llaman: “Señor, Señor,  y no hacen lo que digo?» (Lc 6,46). La pregunta es devastadora: ¿Existe alguna contradicción entre lo que digo creer y la manera como estoy viviendo?

7. LA TEOLOGÍA DEL «HACER»

La parábola no enseña que las obras compren la salvación. La salvación es gracia. Pero la gracia auténticamente acogida transforma la vida. Pablo afirma: «Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras» (Ef 2,10). Y Santiago: «Pongan en práctica la Palabra y no se contenten solo con escucharla» (St 1,22).

Por tanto: fe → conversión → obras de amor. No: obras → comprar la salvación. La obra cristiana es fruto de una vida transformada por la gracia.

8. LA FRASE MÁS ESCANDALOSA DE JESÚS

Jesús concluye: «Los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios» (Mt 21,31). ¿Por qué? No porque el pecado sea bueno. No porque Jesús apruebe la injusticia o la inmoralidad. Sino porque aquellos considerados pecadores escucharon la predicación de Juan, se arrepintieron y cambiaron de vida.

Mientras que quienes se consideraban religiosamente correctos no aceptaron la llamada a la conversión. Por eso Jesús añade: «Porque vino Juan a ustedes por camino de justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron» (Mt 21,32). La parábola destruye una falsa seguridad religiosa: No basta pertenecer exteriormente al pueblo de Dios; hay que responder interiormente a Dios.

9. UNA CLAVE FILOSÓFICA: EL BIEN DEBE PASAR DE LA VERDAD A LA VOLUNTAD

Desde una perspectiva filosófica podemos formularlo así: conocer el bien no es todavía querer el bien; querer el bien no es todavía realizar el bien. Aristóteles distinguía entre conocer y actuar; la virtud requiere que la persona configure sus deseos y decisiones con el bien. La Biblia lleva esto mucho más lejos: El verdadero conocimiento de Dios conduce a la obediencia amorosa.

Por eso Jesús dice: «Si me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14,15). No se trata de una obediencia fría. Es una obediencia nacida del amor. Amar → querer → obedecer → actuar.

10. UNA CLAVE ESPIRITUAL: ¿DÓNDE ESTÁ MI «NO»?

Aquí la parábola deja de ser una historia sobre dos hijos y se convierte en un espejo. Porque probablemente los dos hijos viven dentro de nosotros. Hay momentos en que somos el primero: «No quiero, Señor». Pero después nos convertimos. Y hay momentos en que somos el segundo: «Sí, Señor». Pero no hacemos nada. Por eso la pregunta espiritual no es: «¿Soy el primero o el segundo?» Sino: ¿En qué aspectos de mi vida estoy diciendo “sí” con los labios y “no” con las obras?

11. LA PARÁBOLA LEÍDA DESDE LA MÍSTICA

Aquí encontramos una dimensión más profunda. La santidad no consiste simplemente en hablar de Dios, sino en permitir que Dios transforme nuestra voluntad. El objetivo de la vida cristiana no es únicamente decir: «Yo amo a Cristo».

Es llegar a poder decir con san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20). Entonces la obediencia deja de ser solamente: «Tengo que hacer lo que Dios quiere».

Y comienza a convertirse en: «Quiero lo que Dios quiere porque amo a Aquel que me ama». Aquí entramos en la lógica mística. El corazón transformado por Dios comienza a querer el bien no simplemente por obligación, sino por amor.

12. CRISTO MISMO ES EL HIJO QUE DICE «SÍ»

Hay una lectura cristológica preciosa. Los dos hijos nos conducen hacia el verdadero Hijo. Jesús es aquel que realiza plenamente la voluntad del Padre. En Getsemaní dice: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Y Hebreos interpreta su existencia en esta clave:  «He aquí que vengo para hacer tu voluntad» (Heb 10,7). Jesús no solamente dice sí al Padre. Jesús vive su sí. Y lo lleva hasta la cruz: «Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8). Por eso podemos leer Mt 21,28-32 desde una perspectiva cristológica:

El verdadero Hijo es Cristo. Y ser discípulo significa entrar en su propia obediencia filial.

13. MARÍA: EL «SÍ» QUE SE HACE VIDA

Podemos contemplar también a María. Ella dice: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Pero su «sí» no queda en una frase. María lleva el sí en su cuerpo, en su historia, en sus decisiones y hasta la cruz. Por eso su «fiat» es una de las expresiones más profundas de la espiritualidad cristiana:

«Hágase». El cristiano maduro pasa de: «Señor, haré...»a: «Señor, hágase en mí tu voluntad».

14. LA VIÑA DE HOY: NUESTRA VIDA

La pregunta del Padre continúa resonando: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña» (Mt 21,28). ¿Dónde está esa viña? Está en nuestra propia vida. En la familia. En el matrimonio. En el trabajo. En la comunidad. En la Iglesia. En la sociedad. En el pobre. En el enfermo. En el migrante. En quien nos ha herido. En la creación que Dios nos ha confiado. Jesús no dice: «Hablen sobre la viña». Dice: «Ve a trabajar».

15. 12 IDEAS MAESTRAS PARA LA ASAMBLEA

  1. Dios nos llama a trabajar en su viña.
  2. La fe comienza escuchando una llamada.
  3. Decir “no” inicialmente no significa estar perdido.
  4. La conversión puede transformar un “no” en un “sí”.
  5. El arrepentimiento bíblico implica cambio de dirección.
  6. Decir “sí, Señor” no garantiza hacer su voluntad.
  7. La verdadera fe produce frutos.
  8. Dios mira la vida, no solamente el discurso religioso.
  9. Nadie debe sentirse definitivamente condenado por su pasado.
  10. Nadie debe sentirse seguro solamente por su religiosidad exterior.
  11. Jesús es el Hijo que realiza plenamente la voluntad del Padre.
  12. La santidad consiste en dejar que nuestra voluntad sea transformada por el amor de Dios.

16. DOCE PREGUNTAS CANDENTES

Para una reflexión después de la misa:

  1. ¿Cuál es hoy mi respuesta al Padre: “sí” o “no”?
  2. ¿Hay algún aspecto de mi vida donde digo «sí, Señor», pero vivo como si dijera «no»?
  3. ¿Qué “no” mío necesita convertirse en “sí”?
  4. ¿Confundo religiosidad exterior con verdadera conversión?
  5. ¿Estoy dispuesto a cambiar?
  6. ¿Mi fe produce frutos concretos?
  7. ¿Qué fruto espera Dios de mí actualmente?
  8. ¿Hay alguien a quien considero pecador mientras yo mismo necesito conversión?
  9. ¿Creo realmente que Dios puede transformar mi pasado?
  10. ¿Mi oración está cambiando mi manera de vivir?
  11. ¿Quiero realmente la voluntad de Dios o solamente que Dios apruebe mi voluntad?
  12. Si Jesús examinara hoy mi vida, ¿encontraría en mí un “sí” verdadero?

17. LA PREGUNTA COMUN

Una persona que apenas comienza a acercarse al cristianismo podría plantear: «Si Dios es bueno y me ama, ¿por qué debería obedecerlo?» La respuesta cristiana no comienza con: «Porque Dios manda». Comienza más profundamente: Porque Dios te ama, te llama a la vida y quiere llevarte hacia tu plenitud. La obediencia cristiana no es sometimiento servil. Es respuesta filial al amor recibido. Por eso: «Nosotros amamos porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

18. REFORMULACIÓN QUE CAMBIA LA PERSPECTIVA

Normalmente preguntamos: «¿Soy una persona que dice sí o una persona que dice no a Dios?» Pero Mateo nos invita a formular una pregunta mucho más incómoda: «¿Qué está haciendo mi vida con el “sí” que tantas veces pronuncio con mis labios?» Y todavía más profundamente: No se trata solamente de preguntarme qué tengo que hacer por Dios, sino de preguntarme qué tiene que cambiar en mí para que Dios pueda realizar su voluntad a través de mí. Ahí comienza una espiritualidad verdaderamente mística.

19. CONCLUSIÓN: DEL «SEÑOR, SEÑOR» AL «HÁGASE»

Mt 21,28-32 nos conduce por un camino: LLAMADA → RESISTENCIA → CONVERSIÓN → OBEDIENCIA → FRUTO → REINO.

El primer hijo nos enseña: Tu “no” de ayer no tiene que determinar tu “sí” de mañana. El segundo nos advierte: Tu “sí” de los labios no vale si nunca llega a los pies.

Cristo nos muestra el camino: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Y María nos enseña a vivirlo: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Por eso, la pregunta final no es: «¿Qué dije hoy en la iglesia?»

sino: «¿Qué voy a hacer mañana con lo que hoy le he dicho a Dios?»

Oración final

Padre bueno,
tú nos llamas a trabajar en tu viña.
Muchas veces te hemos dicho “sí” con nuestros labios
y “no” con nuestras obras.

Otras veces hemos comenzado diciendo “no”,
pero tu gracia nos ha hecho volver a ti.

Danos un corazón verdaderamente convertido.
Que nuestra fe no sea solamente palabra,
que nuestra oración se transforme en vida,
que nuestro amor produzca frutos,
y que nuestra voluntad se una a la tuya.

Señor Jesús,
enséñanos a decir como tú:
«No se haga mi voluntad, sino la tuya».

Y como María:
«Hágase en mí según tu palabra».

Que nuestro “sí” a Dios
se convierta cada día en obras de amor,
misericordia, justicia, fraternidad y paz. Amén.

domingo, 13 de septiembre de 2026

DOMINGO XXV – A (20 de setiembre de 2026)

 DOMINGO XXV – A (20 de setiembre de 2026)

 Proclamación del santo evangelio según San Mateo 20,1-16:

 20,1 Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña.

20,2 Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.

20,3 Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza,

20,4 les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo".

20,5 Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.

20,6 Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?"

20,7 Ellos le respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña".

20,8 Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros".

20,9 Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.

20,10 Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario.

20,11 Y al recibirlo, protestaban contra el propietario,

20,12 diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada".

20,13 El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?

20,14 Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti.

20,15 ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?"

20,16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos".  PALABRA DEL SEÑOR.

 Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

Existen cristianos que creen que la religión consiste en lo que ellos dan a Dios. Y no, la religión consiste en lo que Dios hace por nosotros.

Mentalidad de mercenarios. Incapacidad congénita para considerarse «siervos inútiles». No entienden que es peligroso exigir a Dios «lo que es justo».

El verdadero obrero, según el corazón del Señor, es el que se desinteresa del salario. El que encuentra la propia alegría en poder trabajar por el Reino.

Pero el punto central de la parábola está especificado en esa constatación amarga: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno? «Envidia», «envidioso» se puede traducir, literalmente, por «ojo malo».

En el fondo la parábola nos dice que podemos ser unos trabajadores extraordinarios, pero al mismo tiempo estar enfermos de «ojo malo». Y, consiguientemente, no sabemos estar en la viña como se debe.

Digamos la verdad. Es más fácil aceptar la severidad de Dios, que su misericordia. Y, sin embargo, la prueba fundamental a que está sometido el cristiano es ésta: ¿eres capaz de aceptar la bondad del Señor, de no refunfuñar cuando perdona, cuando compadece, cuando olvida las ofensas, cuando es paciente, generoso hacia el que se ha equivocado? ¿Eres capaz de perdonar a Dios su «injusticia»? (/Lc/15/11-32) ¿Resistes a la tentación de enseñar a Dios el... oficio de Dios? El hermano obedientísimo del hijo pródigo, ese trabajador ejemplar, ese empleado modelo, se ha revelado incapaz de comprender y aceptar la liberalidad del padre, su acogida festiva al hijo calavera que volvía a casa después de haber dilapidado el patrimonio en juergas y con mujerzuelas. Se ha sentido ofendido por la fiesta organizada con ocasión de su vuelta. Esa alegría le ha parecido una injuria, una injusticia a su fidelidad.

Nuestra desgracia es la envidia. (El ojo malo). La mezquindad.

No estamos dispuestos a hacer fiesta cuando Dios hace fiesta a quien no se la merece. Apuesto que, si hubiésemos estado presentes bajo la cruz, habríamos considerado «inadmisible» la pretensión del ladrón de entrar en el Reino de Cristo a ese precio. Y habríamos encontrado motivo para criticar aquella canonización inmediata de un pícaro, que no tenía para exhibir ninguna de esas virtudes nuestras «probadas», sino sólo maldades.

La infinita misericordia de Dios sólo tiene un enemigo: el ojo malo.

Pero quien tiene el ojo malo, y no intenta curarse, es también enemigo de sí mismo. Porque corre el peligro de echar a perder la eternidad. Si esperamos la vida eterna como justa recompensa a nuestros méritos, nos cerramos la posibilidad de sorprendernos, como los trabajadores de la hora undécima, frente a la generosidad del amo. Pasaremos la eternidad contabilizando nuestros méritos. Confrontándolos con los de los demás. Corrigiendo las operaciones de Dios. Una condenación...

Mt 20,1-16 no enseña que el salario o la recompensa sean malos, ni que el cristiano deba trabajar por el Reino sin esperar la vida eterna. El problema es convertir la relación con Dios en una contabilidad de méritos que nos permita exigirle a Dios un trato proporcional al nuestro.

1. La parábola no trata primariamente del salario, sino de la lógica del Reino

Evangelio de Mateo 20,1-16 comienza con una fórmula decisiva:

«El Reino de los cielos se parece a un propietario que salió de madrugada a contratar jornaleros para su viña».

La viña representa el ámbito donde Dios reúne, llama y hace participar al ser humano en su obra. Lo sorprendente es que el propietario sale repetidamente: al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y finalmente casi al caer la tarde.

Esto significa que Dios no deja de llamar.

Hay personas que entran en la viña desde muy temprano; otras llegan casi al final. Y aquí aparece el escándalo: Dios no distribuye su bondad según nuestro sistema de proporcionalidad.

El trabajador de primera hora piensa: «Yo trabajé más → debo recibir más».

El propietario responde: «¿No habíamos acordado un denario?»

La cuestión no es que Dios sea injusto. La parábola introduce deliberadamente una distinción entre justicia y gratuidad. El amo no les quita nada a los primeros. Les da lo convenido. Lo que los irrita es que los últimos reciban también un denario. Ahí aparece el verdadero problema.

2. El «ojo malo o envidia»: la enfermedad espiritual que transforma la gracia del otro en una injusticia contra mí

La expresión griega de Mt 20,15 es particularmente fuerte: «¿Es malo tu ojo porque yo soy bueno?»

La imagen del ojo malo no describe simplemente una mirada desagradable. En el contexto bíblico, puede expresar una mirada envidiosa, mezquina, avara, incapaz de alegrarse ante el bien recibido por otro.

Y aquí aparece la paradoja espiritual: puedo estar dentro de la viña y tener el corazón fuera de la lógica de la viña.

Puedo trabajar para Dios y, sin embargo, no amar verdaderamente la lógica de Dios. Puedo rezar, estudiar teología, servir, evangelizar, enseñar, cumplir normas, ser fiel durante décadas... y todavía preguntarme: «¿Y él qué ha hecho para recibir tanto?»

Entonces mi servicio deja de ser amor y se convierte, poco a poco, en una cuenta corriente delante de Dios.

3. El trabajador de primera hora puede estar trabajando para Dios... pero también para sí mismo

Esta es quizá la parte más incómoda de la parábola. El trabajador de primera hora no necesariamente es un hipócrita. Trabajó realmente. Su problema aparece cuando descubre que Dios es bueno con quien, según sus cálculos, merece menos.

Entonces emerge algo escondido: «Yo no solamente quería servir; quería que mi servicio me colocara por encima de los demás». Y esto puede ocurrir también en la vida religiosa, sacerdotal, pastoral, académica o educativa.

Podemos llegar a pensar: «Yo llevo muchos años sirviendo». «Yo fui fiel cuando otros abandonaron». «Yo cumplí cuando otros fallaron». «Yo me sacrifiqué». «Yo estudié». «Yo obedecí». «Yo permanecí».

Y todo eso puede ser verdadero. Pero aparece la pregunta terrible:

¿Mi fidelidad me ha hecho más misericordioso o más exigente con los que no fueron fieles como yo? Porque existe una fidelidad que nos acerca a Dios y otra que, paradójicamente, nos hace sentir propietarios de Dios.

4. El verdadero obrero no trabaja para comprar el Reino

No diría simplemente: «El verdadero obrero es el que se desinteresa del salario». Teológicamente sería más preciso decir: El verdadero obrero no trabaja para convertir el salario en una deuda que Dios tenga que pagarle. La vida eterna sigue siendo un don prometido por Cristo.

San Pablo lo expresa radicalmente: «La paga del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús» (Rm 6,23). La diferencia es enorme.

Salario entendido como derecho absoluto: «Dios me debe esto porque hice aquello».

Don recibido en la alianza: «Todo lo que tengo, incluso mi capacidad de trabajar en tu viña, ya es gracia» Por eso el cristiano puede desear la vida eterna sin convertirla en una remuneración contractual.

La pregunta cambia: No «¿cuánto me dará Dios por lo que hice?», sino «¿cómo podría no alegrarme de haber podido trabajar en su viña?»

5. «Es más fácil aceptar la severidad de Dios que su misericordia»

Aquí tocamos una de las dimensiones más profundas del texto. Nosotros comprendemos fácilmente un Dios que funciona según: premio → mérito → recompensa.

Porque ese Dios es previsible. Podemos calcularlo. Podemos compararnos. Podemos sentirnos mejores. Podemos incluso sentirnos seguros delante de él. Pero el Dios misericordioso nos desarma. Porque si Dios puede amar gratuitamente al último: ¿qué queda de mi superioridad?

Si Dios puede perdonar al pecador: ¿qué hago yo con mis méritos?

Si Dios puede recibir al que regresó después de haberlo perdido todo: ¿qué hago con mis años de fidelidad?

La misericordia de Dios resulta escandalosa porque no solamente salva al pecador: también amenaza la imagen de superioridad del justo.

6. Por eso Mt 20 debe leerse junto con Lc 15

Aquí tu conexión con el hermano mayor del hijo pródigo es teológicamente fecunda. En Lc 15, el hermano mayor no dice: «Padre, me alegra que mi hermano haya vuelto».

Dice, en esencia: «Yo te he servido todos estos años...» Su vocabulario revela una relación deteriorada. No se experimenta como hijo, sino como trabajador que presenta méritos.

Y ahí está la tragedia: está dentro de la casa, pero no participa de la alegría del padre.

Lo mismo ocurre en Mt 20.

Los primeros trabajadores están dentro de la viña, pero no consiguen entrar en la alegría del propietario. Ese puede ser el drama de una vida cristiana entera: trabajar para Dios sin haber aprendido a alegrarse con Dios.

7. «Perdonarle a Dios su injusticia»: una paradoja que debe entenderse correctamente

La expresión es provocadora y espiritualmente poderosa, pero necesita una precisión: Dios no es injusto. La parábola no relativiza la justicia divina.

Lo que pone en crisis es nuestra definición de justicia cuando queremos utilizarla para limitar la misericordia de Dios.

El hombre dice: «No es justo que él reciba tanto». Dios responde: «¿No puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O tienes tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,15).

Por tanto, el problema no es la injusticia de Dios.

El problema es que mi idea de justicia puede convertirse en una cárcel que intento imponerle a la misericordia divina.

8. El ladrón en la cruz revela hasta dónde llega nuestro «ojo malo»

Aquí la conexión con Lc 23,39-43 es impresionante. El buen ladrón no presenta curriculum espiritual. No exhibe años de servicio. No presenta obras. No puede reparar su pasado. No puede devolver lo robado. No puede realizar grandes obras después de su conversión.

Simplemente reconoce: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a tu Reino».

Y Jesús responde: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

El «trabajador de primera hora» podría protestar: «¡Eso no puede ser! ¿Cómo puede entrar él?» Pero precisamente ahí está el escándalo cristiano: la salvación no es el premio que Dios entrega a quienes lograron hacerse suficientemente buenos; es el don de un Dios que, en Cristo, sale al encuentro del ser humano para salvarlo.

La gracia no destruye la responsabilidad humana. Pero sí destruye la pretensión de apropiarnos de la salvación como propiedad privada.

9. El ojo malo no solamente perjudica al otro: destruye mi propia capacidad de recibir gracia

Esta es, a mi juicio, la parte más peligrosa. El envidioso no puede disfrutar del bien que posee porque está mirando constantemente el bien del otro. Entonces vive así:

«¿Por qué él?» Y deja de escuchar: «Gracias, Señor, porque yo también estoy en tu viña».

El ojo malo transforma: la gracia en competencia; la vocación en privilegio; el servicio en mérito; la fidelidad en superioridad; la Iglesia en ranking; la santidad en comparación;
y el Reino en una tabla de posiciones. Y entonces ocurre algo terrible: ya no vivo delante de Dios; vivo comparándome delante de los demás.

10. La frase más peligrosa no es «yo no he recibido»

Es: «Él no debería haber recibido». Ahí aparece el corazón del «ojo malo».

Porque puedo sufrir por no recibir algo. Pero cuando me duele que otro reciba gratuitamente lo que yo considero que no merece, mi problema ya no es mi carencia: es la bondad de Dios hacia el otro. Y entonces la misericordia divina se convierte, para mí, en una ofensa.

11. La parábola cambia radicalmente cuando descubro que yo también soy «la hora undécima»

Aquí está la inversión más profunda. Durante mucho tiempo podemos leer Mt 20 pensando: «Yo soy uno de los trabajadores de primera hora». Pero la parábola nos invita a preguntarnos: «¿Y si delante de Dios yo también soy un trabajador de la hora undécima?» ¿Qué tengo que presentar ante Dios? ¿Mis años de servicio? ¿Mi formación? ¿Mis sacrificios? ¿Mis conocimientos? ¿Mi fidelidad? Todo eso tiene valor. Pero nada de eso convierte a Dios en mi deudor. Porque antes de que yo pudiera trabajar en la viña: Él ya me había llamado. Antes de que yo pudiera responder: Él ya me había buscado.

Antes de que pudiera ofrecer algo: Él ya me había dado todo. Entonces cambia radicalmente la espiritualidad:

No trabajo para conseguir que Dios me ame. Trabajo porque ya he sido alcanzado por su amor.

12. La «condenación» es una imagen espiritualmente muy fuerte

Si paso toda mi existencia contabilizando: «Yo hice esto». «Él hizo aquello». «Yo fui más fiel». «Él pecó más». «Yo merezco». «Él no merece». Corro el riesgo de llevar mi lógica contable hasta la eternidad. Y eso sería una ironía terrible: estar delante de la misericordia infinita y seguir haciendo cuentas.

Una persona podría llegar al Reino y continuar preguntando: «¿Por qué él está aquí?» Mientras Dios le está diciendo: «¡Mira dónde estás tú!» Ese es quizá el drama del ojo malo: tener delante la fiesta de Dios y no poder disfrutarla porque estamos demasiado ocupados comparando las invitaciones de los demás.

La reformulación que desafía radicalmente nuestra mirada

Yo reformularía todo tu planteamiento así: Quizá el problema no sea que trabajamos demasiado para Dios, sino que todavía no hemos aprendido a recibir gratuitamente a Dios.

Podemos pasar años en la viña y seguir pensando como jornaleros: «¿Cuánto me corresponde?». Podemos obedecer, servir, estudiar, enseñar, sacrificarnos y permanecer fieles, pero si nuestra fidelidad nos vuelve incapaces de alegrarnos cuando Dios tiene misericordia del otro, entonces nuestro trabajo ha producido frutos visibles mientras nuestro corazón permanece enfermo.

El ojo malo no mira el pecado del otro: mira la gracia del otro y se escandaliza. Por eso la pregunta decisiva de Mt 20 no es: «¿Cuánto has trabajado?», sino: «¿Puedes alegrarte porque Dios es bueno?» Y quizá esta sea la pregunta que más desnuda nuestra espiritualidad:

Si Dios perdonara esta noche precisamente a aquella persona cuyo pecado me cuesta más aceptar; si la abrazara, la levantara y celebrara su regreso, ¿yo entraría en la fiesta o me quedaría fuera protestando por la injusticia de su misericordia? Porque entonces descubriría algo estremecedor: quizá llevo muchos años trabajando en la viña de mi Padre sin haber aprendido todavía a tener el corazón de mi Padre.

El Reino no consiste finalmente en recibir más que los otros, sino en aprender a amar como Dios ama. Y quien no puede alegrarse por la gracia concedida al otro todavía no ha comprendido la gracia que él mismo ha recibido.

Para cerrar el taller con una pregunta realmente «candente»: Si Cristo me dijera hoy: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?», ¿a quién tendría que señalar para reconocer que todavía me molesta más su misericordia que su pecado?

Y una segunda, todavía más incómoda: ¿Estoy sirviendo al Reino porque amo al Señor, o estoy acumulando méritos delante de Dios para sentir que mi fidelidad me hace superior a los demás? La parábola, finalmente, no nos pregunta cuántas horas hemos trabajado en la viña. Nos pregunta algo mucho más peligroso: «Después de tantos años trabajando para Dios, ¿te pareces realmente a Dios y decir No vivo yo, es Cristo quien vive en mi»

domingo, 6 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV – A (13 de setiembre de 2026)

 DOMINGO XXIV – A (13 de setiembre de 2026)

Proclamación del santo evangelio según San Mateo 18,21-35

18,21 Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?"

18,22 Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

18,23 Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.

18,24 Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.

18,25 Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.

18,26 El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".

18,27 El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

18,28 Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: "Págame lo que me debes".

18,29 El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: "Dame un plazo y te pagaré la deuda".

18,30 Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

18,31 Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.

18,32 Este lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.

18,33 ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?"

18,34 E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

18,35 Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos" PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

San Pablo dice: “No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien” (Rom 12,21). “Perdona a tu prójimo el agravio, y, en cuanto lo pidas, te serán perdonados tus pecados. El hombre que guarda rencor contra su prójimo, ¿cómo pide del Señor que le Perdone?” (Eclo 28,2-3). “Quien no practico misericordia tendrá un juicio sin misericordia” (Stg 2,13).

 La única estrategia efectiva para llegar al cielo es el amor, por eso la enseñanza central del evangelio es aquello que Jesús nos ha dicho: “Les doy un mandamiento nuevo, ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros". (Jn 13,34-35; Juan 15, 12; Juan 15, 17; 1 Juan 3, 11; 1 Juan 3, 23). Pero, preguntar cuántas veces he de perdonar a mi hermano, como ya se ha dicho, es ponerle límites al amor. ¿Qué sucedería si también le preguntamos a Dios cuántas veces está dispuesto a perdonarnos? San Pablo lo entendió mejor que Pedro y por eso dice: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá. El amor no pasará jamás” (I Cor 13,4-8).

 Cuando nosotros solemos decir “a la tercera va la vencida”. Es decir, que después de tres veces ya no me vengas con cuentos. Que no es lo mismo que decir que te perdono solo hasta siete veces y no más. En cambio y felizmente para Dios ni a la tercer ni a la octava va la vencida porque Dios nos ama siempre y por eso nos perdona siempre. Incluso ya nos dijo: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Jesús dio su vida por nosotros, de este modo nos testificó que Dios nos ama como un amigo fiel hasta la muerte. Con mucha razón nos había dicho al inicio de su misión:  “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.  Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17).

 Tenemos que reconocer que nos cuesta aceptar que estamos llamados en amar como Dios nos ama. Nos imaginamos que el corazón de Dios es como el nuestro, un corazón que pone numero al amor. Nosotros nos parecemos al siervo de la parábola que pide se le perdone su enorme deuda o al menos que tengan paciencia con él, pero luego él es incapaz de ser considerado con el compañero que le debe una minucia. Por eso es linda la conclusión que saca Jesús: “Perdonar de corazón cada uno a su hermano” (Mt 18,35).

 ¿Sabes cuántas veces has cometido pecado y por tanto cuántas veces te ha perdonado ya Dios? ¿Cuántas veces hemos perdonado nosotros? ¿Cuántas veces se han perdonado los esposos? ¿Cuántas veces se han perdonado los hermanos? ¿Cuántas veces hemos perdonado al vecino? ¿No te parece lindo que los esposos pudieran decirse el uno al otro: aunque me falles siempre te perdonaré? Ya sé que más de uno estará pensando: ¿Y no es eso dejarle vía libre para hacer lo que le viene en ganas? El amor y el perdón claro que dejan vía libre, pero también son una exigencia para cambiar y vivir en la verdad del amor. Si quieres que Dios te perdone, comienza por perdonar. Si no eres capaz de perdonar por siempre, luego no pidas que Dios te perdone siempre. No por gusto nos dijo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes"(Lc 6,36-38). Es decir, en la capacidad de perdón se juega la edificación o la destrucción de la comunidad que busca la salvación.

 La comunidad de Jesús no puede sostenerse sin el perdón dado y recibido siempre y porque esta comunidad (Iglesia) es de Hermanos (Mt 23,8). Y el distintito de la comunidad es el amor mutuo: Recordemos aquel mandato enfático que dio Jesús a la comunidad: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto los reconocerán que ustedes son mis discípulos en el amor que se tengan los unos a los otros" (Jn 13,34-35). Así pues, el que ama no permitirá que su hermano peque  y se pierda (Mt 18,15); No perdonará solo siete veces sino por siempre (Mt 18,21). Porque ama por siempre.

 La actitud contraria  al amor nos recuerda aquella primera escena de odio: “Caín, dijo a su hermano Abel Vamos al campo. Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: "No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?" Replicó el Señor: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo” (Gn4,8-10). Esta escena nos sitúa en la segunda parte de la enseñanza del evangelio de hoy: “El Siervo despiadado” (Mt 18,23-34). “Por eso el Reino de los cielos es semejante a…”. Es importante esta mención del “Reino”: el concederle el perdón al hermano es condición para ser admitido en el “Reino de los cielos”, es en este punto que debe verificarse un cambio radical en la vida de un discípulo (Mt 18,3).

 El perdón desde el corazón o con misericordia como mensaje central de la enseñanza (Mt 18,35): “Lo mismo hará con Uds mi Padre celestial, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano”. La parábola ha terminado con una verdadera consagración de la “misericordia” con la cual se descarta definitivamente la “ley del talión” (Mt 5, 38-39). La conexión con las bienaventuranzas es evidente: “Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7); esta es, incluso, una de sus mejores catequesis. Igualmente nos conecta con el epílogo del Padre-Nuestro:

 “Que si Uds. perdonan a los hombres sus ofensas, les perdonará también a Uds. su Padre celestial;  pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas” (Mt 6, 14-15).

 La novedad, con relación a los textos anteriores, es que Jesús agrega que ese perdón debe ser concedido “de corazón” y no solo de boca o meras palabras. Por lo que, será nuestra actitud la que determinará finalmente el juicio de Dios sobre nuestras salvación. El apóstol Santiago nos dice: “El que no practicó misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg 2,13).

 A menudo solemos actuar equivocadamente; en lugar de ser misericordiosos, actuar como jueces, al respecto el Señor nos lo dice también: “¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Deja que te saque la paja de tu ojo, si hay una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mt 7,3-5).  Y el Apóstol Santiago: “Uno solo es el legislador y juez, aquel que tiene el poder de salvar o de condenar. ¿Quién eres tú para condenar al prójimo?” (Stg 4,12). Y San Pablo agrega: “La única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley” (Rm 13,8). Así pues, el que vive en el amor, no vive con tanto cuantas veces perdono a mi prójimo si no siempre perdonando: “El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá” (I Cor 13,7-8).

El pánico de la eterna reprobación relampaguea tras las palabras que nos indican el castigo: La primera enseñanza de la parábola es la advertencia contra la dureza de corazón. Si los hermanos no se perdonan mutuamente, está en peligro su eterno destino.

(Lc 6,36-38): La medida con que Dios nos mide es la misma con que nosotros debemos medir. La relación con los demás hermanos se regula con nuestra relación con Dios. De aquí nace la orden de estar dispuestos sin restricciones a reconciliarnos. Solamente así se mantiene la perspectiva de ser salvado al rendir cuentas en el juicio. De este modo se ha elevado a un nuevo plano la relación de los hermanos entre sí. Todos ellos están relacionados como personas que viven de la misericordia del mismo Señor. Lo que se les ha encargado es obsequiarse también entre sí con esta misericordia, que se les ha concedido con exceso. En la historia se revela la conducta de Dios con el hombre con la misma profundidad que la conducta de los hombres entre sí. El que no busca su propia gloria, sino que constantemente se da poca importancia y perdona desinteresadamente, éste es el mayor en el reino de los cielos.

El perdón según: Mt 18,21-35: ¿TIENE LIMITES EL PERDÓN? Pero esa pregunta casuística, que intenta fijar la cantidad y límites del perdón cuando el hermano te ofende, parece sacar el perdón de su contexto -el Reino del Padre- para devolverlo a la ley. La parábola del empleado inicuo quiere devolver el problema al único horizonte en que puede ser resuelto: Si Dios perdona graciosamente las mayores deudas, nadie puede aducir razones válidas para negar el perdón a otro. reformula esto de forma que cambie o desafie la forma que veo este problema.

Mt 18,21-35: Jesús no está enseñando una técnica para calcular cuántas veces debemos perdonar; está desmontando la mentalidad que convierte el perdón en una deuda contabilizable.

Pedro pregunta: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces?». La pregunta parece piadosa, pero todavía funciona con lógica jurídica: ¿cuál es el límite de mi obligación? Jesús responde con una lógica completamente distinta: «No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete». Es decir, el discípulo no debe vivir preguntándose «¿cuántas veces tengo que perdonar?», sino «¿cómo puedo yo, que he sido alcanzado por la misericordia de Dios, negársela a mi hermano?».

1. Pedro pregunta por el límite; Jesús responde desde el Reino

Pedro quiere establecer una frontera. Jesús elimina la frontera.

Esto es importante porque el perdón cristiano no nace primeramente de una norma moral, sino de una experiencia de gracia. Por eso la parábola comienza con el Reino: «El Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores».

El centro no es el siervo que perdona. El centro es el rey que perdona primero.

La enorme deuda del servidor es una imagen de una deuda que él jamás podría saldar. Y, sin embargo, el rey no solamente reduce la deuda: la cancela.

Ahí está la inversión radical del Evangelio:

El cristiano no perdona para que Dios lo perdone; perdona porque ya ha sido alcanzado por un Dios que perdona.

2. El problema del segundo siervo

Aquí aparece la tragedia espiritual de la parábola.

El primer servidor acaba de experimentar misericordia, pero inmediatamente después encuentra a un compañero que le debe mucho menos. Y entonces hace exactamente lo contrario de aquello que acaba de recibir.

Su problema no es simplemente que no sabe perdonar. Su problema es más profundo: ha recibido misericordia, pero no ha permitido que la misericordia lo transforme.

Puede haber experimentado el perdón de Dios sacramentalmente, litúrgicamente, doctrinalmente, incluso emocionalmente, y continuar viviendo con una lógica completamente distinta: «A mí me deben; yo cobro. A mí me hicieron daño; yo exijo. Yo tengo razón; el otro tiene que pagar».

Por eso la parábola es terriblemente actual.

3. El pecado más profundo no es haber sido herido, sino convertir la herida en una deuda eterna

Aquí podemos desafiar nuestra manera habitual de entender el perdón.

A veces pensamos: «Yo perdono cuando el otro lo merece». Pero el Evangelio pregunta algo más incómodo: «¿Acaso tú recibiste la misericordia de Dios porque la merecías?»

A veces decimos: «Perdonaré cuando me pida perdón». Pero Jesús coloca delante de nosotros una misericordia que precede al mérito.

Y a veces pensamos: «Si perdono, significa que lo que hizo estuvo bien». No. Perdonar no significa declarar bueno el mal. Significa negarse a permitir que el mal tenga la última palabra sobre el propio corazón.

El perdón cristiano no borra la verdad, no elimina la justicia, no necesariamente restaura inmediatamente la confianza y tampoco obliga a permanecer en situaciones de abuso. Pero sí rompe una cadena interior:

ofensa → resentimiento → deseo de devolver el daño → nueva ofensa.

El perdón introduce otra posibilidad:

ofensa → verdad → misericordia → libertad.

4. La clave espiritual: «como Dios te perdonó». La parábola termina de manera estremecedora porque el rey dice: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, como yo me compadecí de ti?» La palabra decisiva es «como».

No se trata simplemente de: «Perdona porque perdonar es bueno». Se trata de:

«Perdona porque has conocido el rostro de un Dios que te ha perdonado». Por eso el perdón cristiano es esencialmente imitación de Dios.

Aquí Mt 18 se encuentra con la oración del Padre nuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos» (Mt 6,12). Y también con la lógica de Cristo en la cruz: «Padre, perdónalos no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

La pregunta entonces deja de ser: «¿Hasta dónde debo perdonar?» y se convierte en:

«¿Hasta dónde ha llegado conmigo la misericordia de Dios?» Y la respuesta es aterradora y consoladora al mismo tiempo: mucho más lejos de lo que yo estaría dispuesto a llegar con los demás.

Una reformulación que desafía nuestra manera de ver el problema

¿TIENE LÍMITES EL PERDÓN? Quizá estoy haciendo la pregunta equivocada.

Cuando pregunto «¿cuántas veces tengo que perdonar?», todavía estoy pensando como quien quiere conocer el límite de su obligación: «Dime hasta dónde debo llegar y, una vez alcanzado ese límite, podré dejar de perdonar». Pero Jesús rompe esa lógica.

El Evangelio no me invita a calcular el perdón; me invita a contemplar la misericordia que primero me alcanzó a mí. Antes de preguntarme cuánto debo perdonar a mi hermano, debería atreverme a contemplar cuánto me ha perdonado Dios.

La parábola del servidor despiadado revela una contradicción terrible: un hombre puede recibir misericordia y, sin embargo, seguir viviendo como un cobrador de deudas. Puede decir que cree en un Dios misericordioso y continuar administrando su vida con resentimiento, rencor y exigencia.

Por eso el verdadero problema no es solamente que yo tenga dificultad para perdonar.

El problema puede ser que todavía no he comprendido de qué he sido perdonado.

Cuando olvido la misericordia recibida, las ofensas de los demás se vuelven enormes. Cuando recuerdo la misericordia de Dios, sin justificar el mal, comienzo a mirar de otra manera al que me ha herido.

Entonces el perdón deja de ser una cantidad y se convierte en un modo de existir.

No significa decir que el mal no ocurrió. No significa renunciar a la justicia. No significa permitir nuevamente el daño. No significa fingir que no dolió.

Significa algo mucho más profundo: me niego a convertir la herida recibida en una prisión para mi corazón. Por eso quizá la pregunta cristiana no sea:

«¿Cuántas veces tengo que perdonar?» sino:

«¿Qué tendría que suceder en mí para que la misericordia que Dios tuvo conmigo pueda comenzar a pasar a través de mí hacia quien me hirió?»

Y aquí aparece el desafío más radical de Jesús:

¿Quiero realmente un Dios misericordioso para mí, si no estoy dispuesto a permitir que esa misericordia transforme la manera en que trato a los demás?

El Reino comienza precisamente cuando dejo de llevar la contabilidad de las deudas ajenas y comienzo a vivir desde la deuda de amor que Dios ya ha cancelado en mí.

Una pregunta todavía más candente para tu taller

Si esta noche Dios me mostrara todas las veces que me ha perdonado, ¿seguiría sintiéndome con derecho a conservar indefinidamente contra mi hermano aquello que él me hizo?

Y una última inversión: Tal vez el perdón no consiste en que yo renuncie a algo que tengo derecho a conservar, sino en que finalmente permita que la misericordia de Dios tenga sobre mí más poder que la herida que recibí.

Esa es, a mi juicio, la verdadera radicalidad de Mt 18,21-35: Jesús no está intentando producir personas que perdonen más; está intentando producir personas que hayan sido tan profundamente alcanzadas por la misericordia del Padre que ya no puedan vivir tranquilamente como si la misericordia no existiera.

domingo, 30 de agosto de 2026

DOMINGO XXIII – A (06 de Setiembre del 2026)

 DOMINGO XXIII – A (06 de Setiembre del 2026)

Proclamación del santo evangelio según San Mateo 18, 15-20

18,15 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

18,16 Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.

18,17 Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

18,18 Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

18,19 También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

18,20 Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos". PALABRA DEL SEÑOR.

Paz y Bien en el Señor:

“¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna? Dijo Jesús: si quieres heredar la vida, cumple los mandamientos” (Mt 19,17). El Maestro de la ley pregunto a Jesús: ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley? Jesús respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. (Mt 22,36-37). Y Jesús agrego y dijo: El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,39). Algo más; se nos enseña en otro episodio: “El que dice que amo a Dios, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve,  y no ama a su hermano a quien ve?” (I Jn 4,20). El amor a Dios pasa por el amor al hermano; de ahí se infiere que, el que ama a Dios debe por amor a Dios corregir con caridad al hermano que incurre en un pecado (Mt 18,15); y unidos en el amor de Dios si elevamos una plegaria, Dios nos escuchara sin demora (Mt 18,19-20).

 Para constituir una comunidad en el amor de Dios conviene traer a colación aquella enseñanza: “Todos ustedes son hermanos” (Mt 23,8). Y en esta comunidad de hermanos que es la Iglesia (Mt 16,18) Jesús nos ha enseñado invocar a Dios como “Padre nuestro” (Mt 6,9). Pero, también en la misma oración del Padre nuestro nos ha enseñado a decir: “Perdona nuestras ofensas, así como también nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mt 6,12). En la parte final de su enseñanza respecto a la oración nos reitera Jesús: “Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes” (Mt 6,14-15).

 Corrección fraterna: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Y si no te escucha llama a uno o dos testigos, y si tampoco hace caso, díselo a la comunidad, al final si tampoco escucha a la comunidad considéralo pagano” (Mt 18,15-18). Como es de ver, la responsabilidad como autoridad recae en la comunidad que es la iglesia y como parte de esta comunidad de hermanos que somos por el bautismo (Mt 28,19), cada uno somos responsables de la salvación o perdición de un hermano.

 En esta tarea de corrección fraterna lo ideal es que lo hagamos como el Señor nos enseñó, pero no solemos hacer como debiera:

 Saber corregirnos como el Señor nos enseña: Corregir en privado, llamar a los testigos, o a la comunidad (Mt 18,15-18). Las correcciones nacen del amor mutuo (Jn 13,34), la idea es salvar al hermano pecador porque Dios quiere eso: “Yo no deseo la muerte del pecador, sino que se convierta de su mala conducta y viva” (Ez 33,11). Jesús mismo lo manifiesta así: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" (Mt 9,12-13).

“A media noche llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: Señor, señor, ábrenos, pero él respondió: Les aseguro que no las conozco" (Mt 25,10-12). Epulon exclamó desde el infierno: "Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y me refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan. Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí" (Lc 19,24-6). Como vemos en estas escenas ya no hay misericordia, ya se cumple la justicia divina, quien tiene que estar en el cielo lo estará por su obras meritorias y el que no merece, estará en el infierno y no porque Dios lo quiera sino porque no tiene obras meritorias: “Considéralo pagano” (Mt 18,17). “Lo que ates en la tierra, quedara atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedara desatado en el cielo” (Mt 16,19).

"Si tu hermano peca, repréndelo a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano". Es un consejo difícil el que nos da aquí Jesús. Por una parte, nos cuesta sentirnos responsables de los demás. En general preferimos "dejarles en paz y ocuparnos de lo nuestro", tanto en la vida civil como en la eclesial. Es la postura típica de los que no quieren participar en la vida de la comunidad, ni creen que deban ayudar a los que se van desviando del recto camino. El Señor le preguntó a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Él respondió: No lo sé, ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano? (Gn 4,9). Y sin embargo, Jesús nos ha enseñado la importancia de la corrección fraterna oportuna porque “Todos somos hermanos” (Mt 23,8). Al profeta Ezequiel le urge Dios para que no calle, porque callando se hará responsable de la ruina de su pueblo. Dios le ha hecho "centinela" que ayude a sus hermanos, que sepa dar la alarma cuando vea que es necesario, y les recuerde que no se han de desviar de los caminos del Señor. ¿Para qué sirve un centinela que no avisa? ¿para qué sirve un perro guardián que no ladra cuando vienen los extraños? ¿De que sirve decir que ama a Dios a quien no ve y ano ama al hermano a quien ve? (I Jn 4,20). Y porque, nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida, porque

1. La frase que incomoda: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas»

Jesús no dice: «ignóralo», ni tampoco: «cuéntaselo a los demás para que todos sepan lo que hizo». Dice: «repréndelo a solas» (Mt 18,15). Hay aquí una pedagogía profundamente evangélica: primero la persona, después el problema; primero la misericordia, después la denuncia; primero el encuentro, después la comunidad.

La corrección cristiana no tiene como finalidad descargar nuestra indignación, demostrar que tenemos razón o humillar al otro. Su finalidad es expresada por Jesús mismo: «Si te hace caso, has salvado a tu hermano» (Mt 18,15). La palabra decisiva no es reprender, sino salvar.

Por eso, una pregunta franciscana podría ser: ¿Cuando corrijo a mi hermano quiero salvarlo o simplemente quiero demostrarle que está equivocado?

2. Caín sigue viviendo entre nosotros: “Gn 4,9”: presenta una de las respuestas más dramáticas de toda la Biblia: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» Caín intenta convertir la indiferencia en una excusa. Su razonamiento parece moderno: «Él es adulto; que haga lo que quiera. Yo no me meto».

Pero el Evangelio rompe esa comodidad. Sí: soy responsable de mi hermano. No soy dueño de él. No soy su juez absoluto. No soy su salvador. Pero sí soy responsable de amarlo. Y precisamente porque lo amo, algunas veces debo atreverme a decirle aquello que quizá nadie quiere decirle.

Aquí aparece una paradoja cristiana: Hay silencios que son prudencia, pero también hay silencios que son cobardía. No toda intervención es caridad; pero tampoco toda indiferencia es respeto.

3. Ezequiel: el silencio también puede ser pecado: La imagen del centinela en Ez 3,16-21 y 33,1-9 ilumina extraordinariamente Mt 18. El centinela contempla el peligro y tiene una responsabilidad: avisar. No puede impedir que el otro decida equivocadamente, pero sí puede advertirle.

Esto es fundamental para comprender la corrección fraterna: El amor no controla la libertad del otro; el amor se hace responsable de advertirle cuando ve que está caminando hacia su destrucción.

El centinela no dispara contra quien se acerca al peligro. Hace sonar la alarma. Del mismo modo, el cristiano no debe utilizar la corrección como arma de poder. No dice: «Voy a destruirte porque estás equivocado». Dice: «Te quiero demasiado como para permanecer indiferente ante aquello que puede destruirte».

4. Pero aquí hay una crítica necesaria: Tenemos que ser muy cuidadosos. Porque Mt 18,15 puede ser manipulado por personas autoritarias para justificar una especie de policía moral cristiana. La corrección fraterna puede convertirse fácilmente en: chisme disfrazado de preocupación; juicio disfrazado de celo; control disfrazado de amor; humillación disfrazada de verdad; superioridad espiritual disfrazada de corrección.  Por eso Jesús comienza diciendo «a solas». Esto es revolucionario.

Si realmente quiero recuperar a mi hermano, no necesito primero construir un tribunal alrededor de él. La corrección cristiana comienza protegiendo su dignidad. No se trata de: «Voy a decirle a todos lo que hizo». Sino: «Voy a encontrarme con él antes de hablar de él».

Aquí Mt 18 resulta tremendamente actual para nuestras comunidades, fraternidades, familias, parroquias, colegios e instituciones.

5. «Si te hace caso, has salvado a tu hermano»: Esta frase cambia completamente el sentido de la corrección. Jesús no dice: «Si te hace caso, has demostrado que tú tenías razón». Dice: «Has salvado a tu hermano».

Por tanto, el criterio del éxito no es tener razón, sino recuperar al hermano. Y esto obliga a revisar nuestra manera de corregir. Preguntémonos: ¿Quiero que el hermano cambie porque lo amo o quiero que cambie porque me molesta? ¿Estoy preocupado por su bien o por mi propia tranquilidad? ¿Me duele su pecado o simplemente me irrita que no viva como yo considero correcto? Esta distinción es espiritualmente decisiva.

6. «Todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8): Jesús establece una fraternidad radical: «Todos ustedes son hermanos». Por eso la corrección cristiana no puede establecer una relación de superioridad: yo, el bueno → tú, el malo. Es: yo, hermano → tú, hermano. Y aquí aparece una dimensión profundamente franciscana.

Francisco de Asís no construye la fraternidad desde la perfección de sus miembros, sino desde la conciencia de que todos hemos recibido la misericordia de Dios. El hermano que hoy necesita ser corregido podría mañana ser quien me sostenga a mí. Por eso la corrección auténticamente cristiana nace de la humildad: «Te corrijo no porque yo sea mejor que tú, sino porque somos hermanos y tu vida me importa».

7. 1 Juan lleva la cuestión todavía más lejos: 1 Jn 4,20 dice: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve». Y 1 Jn 3,14 afirma: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos». Entonces aparece una conclusión inquietante:

La fraternidad no es un añadido a la fe cristiana. Es una prueba de su autenticidad. Puedo rezar muchísimo. Puedo conocer profundamente la Biblia. Puedo hablar de Dios. Puedo defender la doctrina. Pero si veo que mi hermano se destruye y mi respuesta es: «No es asunto mío», el Evangelio me pregunta si realmente he comprendido el amor de Dios.

8. Mt 18,15-20 no enseña solamente cómo corregir: enseña cómo amar: El proceso continúa:

«Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos...» (Mt 18,16). Y posteriormente: «Si tampoco escucha a la comunidad...» (Mt 18,17). Existe, por tanto, una gradualidad. No se comienza públicamente. No se expone inmediatamente al hermano. No se convierte un conflicto personal en espectáculo comunitario.

La comunidad interviene progresivamente cuando el problema no puede resolverse en el encuentro personal. Y finalmente Jesús coloca todo esto bajo una palabra enorme: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

Esto significa que la corrección cristiana no es simplemente un procedimiento disciplinario. Cristo debe estar en medio. Si Cristo no está en medio, la corrección puede convertirse en violencia religiosa.

Una lectura espiritual más profunda: Quizá podamos formular el texto así: El verdadero amor cristiano no consiste en dejar que el otro haga lo que quiera; consiste en querer su verdadero bien sin intentar poseer ni controlar su libertad. Y aquí encontramos una tensión muy importante: amor sin verdad → sentimentalismo. verdad sin amor → crueldad.

Pero: verdad + misericordia → corrección evangélica. San Pablo lo expresará de otra manera: «Practicando la verdad en el amor» (Ef 4,15). Y ahora viene la pregunta más incómoda. Quizá hemos entendido mal el problema. Normalmente preguntamos:

«¿Tengo derecho a corregir a mi hermano?» Pero el Evangelio nos obliga a formular otra pregunta: «¿Lo amo lo suficiente como para no abandonarlo cuando está equivocándose?»

Y todavía más profundamente: «¿Tengo la humildad suficiente para dejar que mi hermano también me corrija a mí?» Porque la corrección cristiana solamente se vuelve auténtica cuando el que corrige acepta también ser corregido. De lo contrario, no estamos construyendo fraternidad: estamos construyendo jerarquías de superioridad moral.

Reformulación que desafía nuestra manera de mirar el problema. No dejarlo en paz: el desafío de la fraternidad: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano» (Mt 18,15).

Tal vez hemos aprendido a llamar «respeto» a lo que muchas veces es simplemente indiferencia. Decimos: «No me meto en su vida», «cada uno sabe lo que hace», «es su problema». Y así conseguimos vivir tranquilos mientras nuestro hermano se va alejando, se destruye o destruye a otros.

Pero Jesús introduce una pregunta incómoda: ¿qué clase de amor es aquel que ve al hermano caminar hacia el abismo y decide permanecer en silencio? Caín preguntó: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). El Evangelio responde: sí, eres hermano de tu hermano. No eres su dueño ni su juez; tampoco eres su salvador. Pero su vida no puede resultarte indiferente.

Por eso Jesús manda primero hablar «a solas». No para humillar, controlar o exhibir al otro, sino para recuperarlo. La corrección cristiana no busca vencer al hermano; busca salvarlo. No busca demostrar quién tiene razón; busca impedir que la persona se pierda. Pero aquí también debemos dejarnos corregir por el Evangelio: no todo aquel que corrige ama. A veces corregimos porque nos molesta el otro, porque queremos dominarlo, porque necesitamos sentirnos superiores o porque confundimos nuestra opinión con la voluntad de Dios. Por eso, antes de preguntarme «¿cómo debo corregir a mi hermano?», debería preguntarme: «¿desde dónde voy a corregirlo: desde mi ego herido o desde el amor de Cristo?»

Ezequiel recibió la misión de ser centinela: debía advertir cuando aparecía el peligro (Ez 3,17). Un centinela que no avisa traiciona su misión. Pero un centinela tampoco destruye a quien está en peligro: lo despierta, le advierte y le ofrece la posibilidad de volver.

Quizá este sea uno de los grandes desafíos de nuestras comunidades: hemos aprendido a hablar del hermano cuando está ausente, pero no siempre tenemos el valor de hablar con él cuando está presente. Hemos aprendido a denunciar, pero no siempre a corregir. Hemos aprendido a juzgar, pero no siempre a acompañar.

El Evangelio nos propone algo mucho más difícil: tener el valor de acercarnos al hermano sin convertirnos en su juez y decirle la verdad sin dejar de amarlo. Porque, en definitiva, la pregunta de Jesús no es solamente: «¿Tu hermano está pecando?». La pregunta más profunda es: «¿Qué haces tú cuando descubres que tu hermano se está perdiendo?» Puedes ignorarlo. Puedes hablar de él. Puedes condenarlo. O puedes acercarte.

Y acercarte significa arriesgarte a ser rechazado, malinterpretado o incluso herido. Pero también significa amar. Por eso la corrección fraterna es una de las formas más exigentes de la caridad: amar al otro lo suficiente como para decirle la verdad y amarlo lo suficiente como para no abandonarlo después de decírsela.

Y todavía queda una última pregunta, quizá la más peligrosa de todas: ¿Estoy dispuesto a permitir que mi hermano haga conmigo lo mismo que Jesús me pide que haga con él? Porque solamente cuando acepto ser corregido puedo dejar de ser un juez y comenzar verdaderamente a ser un hermano.

Y quizá la reformulación más radical sea esta: No preguntes primero: «¿Tengo derecho a corregir a mi hermano?». Pregunta: «¿Lo amo lo suficiente como para acercarme a él, decirle la verdad con misericordia y permanecer a su lado aunque no me haga caso?» Ahí Mt 18,15-20 deja de ser un manual para corregir a los demás y se convierte en un espejo para examinar la calidad de nuestro propio amor.