DOMINGO XXX - A (25 de Octubre del 2026)
Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo
22,34-40:
22,34 Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús
había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar,
22,35 y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó
para ponerlo a prueba:
22,36 "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de
la Ley?"
22,37 Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.
22,38 Este es el más grande y el primer mandamiento.
22,39 El segundo es semejante al primero: Amarás a tu
prójimo como a ti mismo.
22,40 De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los
Profetas". PALABRA DEL SEÑOR.
REFLEXIÓN:
Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.
“Quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo es un
mentiroso” (IJn 4,20).
“¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). Hemos dicho
que, se salvaran todos los que entran al banquete de boda del Cordero y para
entrar al banquete de boda del Cordero previa aceptación (Bautismo= Mt
28,19-20), es requisito estar revestidos con traje de fiesta (Mt 22,12). ¿Cómo
revestirnos con traje de fiesta? Sabiendo situarnos tal como somos ante cesar
como ciudadanos cumpliendo con los deberes de la sociedad (Mt 22,21) y ante
Dios dar testimonio de la fe como imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Y la
estrategia para revestirnos con traje de fiesta es lo que hoy nos da pie
responder a la pregunta: ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? Amar a
Dios y al prójimo (Mt 22,36). Con esta respuesta también respondemos a la
pregunta ¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?”
(Mt 19,16). Haciendo o viviendo a cabalidad el bien supremo del amor. ¿Cómo?
Amor a Dios amando al prójimo. Por eso, san Juan nos enfatiza: “Quien dice que
ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso” (IJn 4,20).
Para obtener la salvación hace también falta: “Negarse
a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección
como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar
hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se
agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los
Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar
obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1). “Negarse a sí mismo, tomar su cruz
de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt
18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces
siete” (Mt 18,21-22).
Cuando resaltamos el episodio: “El rey entró para ver
a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
"Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?" El
otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo
de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y
rechinar de dientes" (Mt 22,11-13). Y nos preguntamos ¿Qué significa ese
traje de fiesta? Y nos respondimos con la enseñanza de San Pedro “Así como
aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta,
de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo” (IPe
1,15-16; Lv 19, 2). Es decir, un día para estar en la fiesta del banquete de
boda del cordero que es el en el cielo y es eterno, hay que estar con
traje de fiesta, es decir, hay que ser santo sí o sí.
Para ningun judío era secreto que el primer
mandamiento de toda la ley es el amor a Dios, pero Jesús va más lejos en su
respuesta y agrega, el segundo es similar: "ama a tu prójimo como a ti
mismo" (Mt 22,37-39). Que el segundo mandamiento sea igual y tan importante
como el primero. Es decir, que amar al prójimo es tan importante como amar a
Dios. Además añade, que toda esa gama de mandamientos y preceptos que el pueblo
multiplicó de los diez mandamientos, en total más de seiscientos, todos ellos
quedan reducidos a dos principios: el amor a Dios y el amor al prójimo (Mt
22,37-39), Aquí hay toda una enseñanza nueva e incluso una nueva concepción de
Dios. Para nosotros tampoco hay duda en aceptar que el amar a Dios es el primer
mandamiento de la ley, pero no estamos tan convencidos en poner en el mismo
nivel, al amor al prójimo. Lo digo porque hoy tenemos muchos conflictos en el
mundo, guerras, odios, rencores, mucha gente que muere de hambre… me van a
decir que ¿si nos amáramos como Jesús nos dice hoy, habría tanta miseria en el
mundo? Jesús no dio tanta importancia al primero, no porque no le importase el
amor a Dios sino que el amor autentico a Dios pasa por el amor al prójimo. No
en vano, a lo largo del Evangelio como enseñanza central de Jesús es esta: “Les
doy un mandamiento nuevo; que se amen unos a otros como yo les he amado, en
esto les reconocerán que son mis discípulos, en que Uds. saben amarse unos a
otros como les amé” (Jn 13,34).”
El amor del auténtico creyente tiene que tener su
sustento en las mismas palabras y enseñanzas de Jesús. Y para dar mayores
pautas del amor del que Jesús nos habla hoy, recordemos cuando Jesús nos
dice: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo
les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te
da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra… Ustedes han
oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo:
Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre
que está en el cielo, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace
caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los
aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan
solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los
paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el
cielo” (Mt 5,38-48).
Pero, Jesús ¿nos pide amar incluso hasta a los
enemigos? Si, y Jesús nos lo ha demostrado que si es posible amar al enemigo.
Desde la cruz, cuando sus enemigos lo están crucificando, la primera palabra
que dijo es: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen conmigo” (Lc 23,34)
y la última palabra es expresión de su amor y fidelidad al Padre: “Padre en tus
manos encomiendo mi espíritu y dicho esto murió” (Lc 23,46). Escena que Juan
los describe así: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para
que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no
envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque
no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3,16-18).
Hermanos, hoy Jesús no nos ha preguntado cuántas oraciones
sabemos, cuántas veces hemos venido al templo o cuántas normas religiosas
podemos recordar. Nos ha llevado al corazón de nuestra existencia: ¿amamos a
Dios? ¿Y cómo se manifiesta ese amor en nuestra manera de tratar a los demás?
La primera lectura nos recuerda que Dios escucha el clamor
del pobre y del indefenso. San Pablo nos enseña que el Evangelio puede
transformar una comunidad hasta convertirla en testimonio. Y Jesús nos revela
que amar a Dios y amar al prójimo son dos dimensiones inseparables de una misma
vida de fe.
Por eso, al salir de esta Eucaristía, no nos llevemos
solamente una frase bonita. Llevémonos una decisión concreta: reconciliarnos
con alguien, escuchar a quien hemos ignorado, tratar justamente a quien trabaja
para nosotros, acompañar a una persona sola o compartir con quien necesita
ayuda.
San Francisco de Asís comprendió que el encuentro con Cristo
cambia la manera de mirar al hermano. Pidamos al Señor esa gracia: que nuestra
oración no nos aleje de las heridas del mundo, sino que nos haga más capaces de
acercarnos a ellas con misericordia.
Porque, al final, la pregunta no será solamente cuánto hemos
hablado de Dios, sino cuánto hemos permitido que su amor transforme nuestra
vida.
Señor, enséñanos a amarte con todo el corazón y a reconocer
en cada hermano una persona digna de amor. Que nuestras palabras se conviertan
en obras, nuestras obras en testimonio y nuestra vida entera en una respuesta
agradecida a tu amor.
Jesús no elige un mandamiento entre los demás: revela el
centro desde el cual toda la Ley es Ley, y ese centro es un solo amor que,
nacido de Dios, no puede dirigirse a Él sin pasar por el prójimo.
1. Apertura: la pregunta que nos incomoda
Hermanos y hermanas:
Si hoy les pidiera que resumieran el cristianismo en una
sola frase, ¿qué dirían? Algunos dirían: «ir a misa». Otros: «cumplir los
mandamientos». Otros: «ser buena persona». Y no estarían del todo equivocados,
pero tampoco del todo acertados.
Hoy el Evangelio nos pone ante exactamente esa pregunta,
pero formulada por un adversario: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más
importante de la Ley?» (Mt 22,36). Fíjense bien: no es una pregunta
inocente. Quien la hace es un doctor de la Ley, y el evangelista nos dice con
claridad que lo hace «para ponerlo a prueba» (v. 35). Y sin embargo, de
una pregunta hecha con mala intención, Jesús saca la respuesta más luminosa de
toda la Escritura. Así trabaja Dios: puede escribir derecho con renglones
torcidos.
Quiero proponerles que hagamos juntos un recorrido con una
sola dirección. Primero entenderemos qué quiso decir Jesús en su mundo. Después
veremos qué nos dice de Dios, luego del ser humano, y al final, qué nos pide a
nosotros, aquí y ahora. Y todo girará en torno a una afirmación: Jesús no
escoge un mandamiento entre otros; nos revela el centro de toda la Ley, y ese
centro es un solo amor que nace de Dios y que no puede llegar a Dios sin pasar
por el amor al prójimo.
2. Nivel histórico-literario: ¿qué quiso decir Jesús en
su contexto?
a) El escenario. Estamos en Jerusalén, en los últimos
días de Jesús. Mateo ha construido una cadena de controversias: primero los
herodianos y el tributo al César (22,15-22), luego los saduceos y la
resurrección (22,23-33), y ahora los fariseos y la Ley (22,34-40). Tres grupos,
tres trampas. Jesús sale de las tres. Y Mateo nos dice que los fariseos, al
saber que había «tapado la boca» a los saduceos, «se reunieron en grupo» (Mt
22,34): es una coalición contra él.
b) La pregunta no era tan simple como parece. Para
nosotros, «mandamiento más importante» suena a ranking. Pero en el judaísmo de
la época se contaban, según la tradición rabínica, 613 preceptos o
mandamientos: 248 positivos y 365 negativos. Y los maestros discutían
cuáles eran «ligeros» y cuáles «graves». Era un debate real, legítimo y a veces
agotador. La pregunta del doctor de la Ley pertenece a ese debate. No es
absurda; es una pregunta de escuela.
Y hay otro detalle, que subrayan los biblistas: en la
tradición rabínica se cuenta que otros maestros, después, resumieron la Ley en
un principio. Por eso Jesús no es el primero en intentar una síntesis. Lo que
sí es propio de él es qué une y cómo lo une. Lo digo con cautela,
porque las fuentes rabínicas que conservamos son posteriores al Nuevo
Testamento y no conviene fechar de forma tajante las comparaciones.
c) La respuesta: dos textos de la Torá. Aquí está el
punto decisivo. Jesús no inventa nada. Cita:
Deuteronomio 6,5: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo
tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo trae «mente»; el texto
hebreo decía «con todas tus fuerzas»; la tradición griega varía el
vocabulario). Este texto pertenece al Shemá, la oración que todo
israelita piadoso recitaba mañana y noche. Jesús no responde con una novedad:
responde con la oración diaria de su pueblo.
Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Un versículo perdido en medio del llamado «Código de Santidad», entre normas
sobre la cosecha, los jornaleros y la justicia en los tribunales. En su
contexto original, «prójimo» designaba ante todo al connacional, y en el mismo
capítulo se extiende al extranjero residente (Lv 19,34).
d) Una precisión de método, que les pido que retengan.
Jesús, en este pasaje, no cita ambos textos como «mandamientos gemelos» ya
unidos en la Escritura. En el Antiguo Testamento, Dt 6,5 y Lv 19,18 están
en libros distintos, sin conexión explícita. La unión es obra de Jesús en
este momento, y es la decisión interpretativa que Mateo nos transmite. Lo
que luego la tradición cristiana desarrollará, a saber, que ambos amores son
uno solo en su raíz, es una lectura teológica posterior, que vamos a
llegar a ver en Juan y en la primera carta de Juan, pero que no debemos
poner en boca de Jesús en este pasaje como si él lo hubiera dicho así.
e) Y la frase que lo cambia todo. Mateo añade el
versículo 22,40: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas».
El verbo es muy expresivo: «penden», literalmente «cuelgan». Imaginen
una puerta que cuelga de sus goznes, o un cuadro de un clavo. Si quitas el
clavo, todo se cae. No se trata de que los otros 611 mandamientos sobren; se
trata de que sin este clavo no se sostienen. Y por eso Mateo, que cuida
el tema, había escrito antes: «No piensen que he venido a abolir la Ley o los
Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17). Jesús no
desprecia la Ley. Le da su verdadero eje.
Y este eje ya había sido anunciado por los profetas. Oseas
lo dijo con una frase que Mateo cita dos veces: «Misericordia quiero, y no
sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13; 12,7). Es decir: Jesús responde dentro de la
mejor tradición profética de Israel.
3. Nivel canónico: lo que la Escritura entera ayuda a ver
Ahora damos un paso. Ya sabemos qué dijo Jesús en su
contexto. La Iglesia, leyendo toda la Biblia como una unidad, ha seguido
meditando esta respuesta. Y aquí, hermanos, no estamos ya en el terreno de
lo que Jesús dijo con estas palabras, sino de lo que el conjunto de la
Escritura permite entender. Esto es legítimo y es riquísimo, pero es otro
nivel.
¿Qué es «nuevo»? No el amor al prójimo, que ya estaba en
Levítico. Lo nuevo es la medida: «como yo los he amado». Antes se decía
«como a ti mismo»; ahora, «como yo los he amado». La vara de medir pasa de
nuestro propio yo al lavatorio de los pies y a la cruz. El contexto es
claro: Juan lo dice en la Última Cena, después de lavar los pies. Y fíjense en
el fin que dice Jesús: el amor es la señal de reconocimiento del
discípulo. No la doctrina, no el ritual: el amor.
Aquí sí aparece explícitamente lo que antes decía: no se
puede amar a Dios sin amar al hermano. La carta lo afirma con una dureza
casi incómoda: «mentiroso». Esta es la interpretación canónica más nítida del
pasaje de hoy. Y noten algo importante: el versículo 19 coloca el fundamento
antes del mandato: «Nosotros amamos porque él nos amó primero». El amor no es
un esfuerzo nuestro por conquistar a Dios; es una respuesta a un amor que
nos precede.
Por eso insisto: la tesis de hoy no es «hay dos
mandamientos». Es que hay un solo amor, que viene de Dios, y que tiene dos
direcciones inseparables.
4. Lo que este pasaje revela de Dios y del ser humano
a) Acerca de Dios es la Primera revelación: Dios
no es un legislador que nos pide cumplimiento; es un Dios que pide amor.
Toda la Ley, con sus 613 preceptos, no es un reglamento de comportamiento, sino
la forma concreta de una relación. Un Dios que solicita todo el corazón, toda
el alma, toda la mente no es un Dios que busca esclavos, sino un Dios que busca
comunión.
Segunda revelación: este Dios ama primero (1 Jn
4,19). El orden es decisivo. Primero el don, después la tarea. Primero somos
amados, después amamos. Si invertimos el orden, la religión se convierte en un
contrato: «yo cumplo, tú me recompensas». Y Jesús vino precisamente a romper
ese contrato.
b) Acerca del ser humano: Aquí hay algo de enorme
profundidad. El mandamiento dice «como a ti mismo». Es decir: da por
supuesto que tú vales. Que tienes dignidad. Que mereces ser amado. Jesús no
manda «ámate a ti mismo»; lo presupone como base. Pero lo hace sin caer en
egoísmo: el amor a uno mismo no es el fin, sino el punto de partida desde el
cual se puede comprender qué significa amar al otro porque el que no sabe
amarse a si menos amara al otro.
Y, además, el mandamiento pone al otro en el mismo plano
de dignidad que yo. El prójimo no es un instrumento, ni un competidor, ni
un problema a resolver, ni un cliente: es alguien que, como yo, es amado por
Dios y es capaz de amar. Aquí se funda, desde el Evangelio, la dignidad de toda
persona, sin condiciones, sin distinciones de nación, de clase ni de mérito.
San Francisco, vivió esto de forma tan radical que cuando
abrazó al leproso, a quien antes le provocaba horror, dijo en su Testamento que
«lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulzura de alma y de cuerpo».
No fue un sentimiento previo; fue un acto que transformó el sentimiento.
El amor al prójimo no empieza en la simpatía; empieza en la decisión y en el
gesto, y la simpatía llega después, a veces mucho después.
5. Nivel pastoral: ¿cómo debe transformar hoy nuestra
vida?
Y ahora, hermanos, llegamos a donde esta homilía quería
llegar. Hemos recorrido el camino: la pregunta, la respuesta de Jesús, la luz
de toda la Escritura, lo que dice de Dios y del ser humano. Ahora cabe una
pregunta sencilla y a la vez incómoda: ¿y mi vida?
Aquí ya no hablo de lo que Jesús dijo, ni de lo que dice la
Escritura entera, sino de lo que nosotros, hoy, estamos llamados a vivir.
Es una aplicación pastoral, y como tal puede decirse de muchas maneras. Les
propongo tres desplazamientos concretos, que son consecuencias de la misma
tesis:
6. Cierre: volver al centro
Hermanos y hermanas, volvamos a la pregunta con la que
empezamos. ¿Cuál es el mandamiento más importante?
Jesús podría haber dado una respuesta técnica, una jerarquía
de normas. En cambio, nos dio una persona: Dios que nos ama primero, y un
prójimo al que Dios también ama. Y nos dijo: de ahí cuelga todo.
La Ley, los Profetas, nuestras liturgias, nuestras
devociones, nuestros ministerios, nuestras universidades, nuestras parroquias,
todo es válido y bello en la medida en que cuelga de este clavo. Y
cuando nos desviemos, cuando nos enredemos en discusiones, en normas, en
rivalidades, en cansancios, el Evangelio de hoy nos dice con ternura: vuelvan
al centro.
San Francisco, al final de su vida, enfermo y casi ciego,
dijo a sus hermanos: «Hermanos, comencemos, porque hasta ahora poco o nada
hemos hecho». No lo dijo por desánimo, sino por hambre de amar más.
Que esa sea nuestra oración esta semana: Señor, que no me contente con haber
cumplido. Enséñame a amar.
Pregunta que no podemos
esquivar: Si alguien nos preguntara hoy: «¿Qué significa ser cristiano?»,
¿qué responderíamos? Quizá diríamos: ir a misa, rezar, cumplir los
mandamientos, recibir los sacramentos o ayudar a los pobres. Todo eso es
importante. Pero el Evangelio de hoy nos obliga a ir más al fondo: ¿qué es
lo que da unidad, sentido y autenticidad a todo lo que creemos y practicamos?
Un doctor de la Ley se acerca a
Jesús y le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
(Mt 22,36). Mateo nos advierte que la pregunta pretende ponerlo a prueba. Sin
embargo, Jesús convierte aquella controversia en una de las enseñanzas más
decisivas de todo el Evangelio.
Su respuesta es clara: amar a
Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; y amar al
prójimo como a uno mismo.
Pero atención: Jesús no nos
entrega simplemente dos mandamientos para añadirlos a nuestra lista de
obligaciones. Nos revela el centro desde el cual toda la vida de fe debe ser
comprendida y vivida.
La tesis de esta homilía es
sencilla, pero exigente: el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables.
No podemos vivir auténticamente el primero mientras despreciamos al segundo.
2. El clavo del que cuelga
toda nuestra fe
Jesús concluye su respuesta con
una expresión que merece nuestra atención: «De estos dos mandamientos penden
toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40).
Imaginemos un cuadro hermoso, con
un marco valioso y una pintura extraordinaria. Todo parece perfecto. Pero hay
una pregunta decisiva: ¿de qué cuelga ese cuadro? Si el soporte falla, termina
en el suelo.
Algo semejante sucede con nuestra
vida cristiana. Podemos conocer muchas oraciones, participar en celebraciones,
estudiar teología, ejercer ministerios y defender nuestras convicciones
religiosas. Pero ¿de qué cuelga todo eso? ¿Qué sostiene nuestras prácticas y
les da su verdadero sentido?
Jesús responde: el amor.
No está diciendo que los demás
mandamientos sean inútiles. Está enseñando que todos deben orientarse hacia el
amor a Dios y al prójimo. La oración, la liturgia, las normas morales y las
devociones no son fines aislados: están llamadas a ayudarnos a vivir en
comunión con Dios y a construir relaciones más justas, fraternas y
misericordiosas.
El primer mandamiento procede de
Deuteronomio 6,5 y pertenece al Shemá, la confesión de fe que Israel
recitaba diariamente: amar a Dios con toda la existencia. El segundo procede de
Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Jesús une ambos textos y los
coloca en el centro de la interpretación de la Ley.
Por eso, la pregunta cristiana no
puede limitarse a: «¿He cumplido?». Debe incluir otra, mucho más personal: «¿Me
está conduciendo lo que hago a amar más a Dios y a tratar mejor a las
personas?»
Podemos tener los labios llenos
de oraciones y el corazón lleno de resentimiento. Podemos conocer el horario de
la Eucaristía y desconocer el sufrimiento de quien vive a nuestro lado. Podemos
defender con firmeza la verdad y, al mismo tiempo, olvidar la caridad con la
que debemos comunicarla.
El Evangelio no nos pide
abandonar nuestras prácticas religiosas. Nos pide algo más profundo: dejar que
el amor transforme nuestra manera de vivirlas.
3. Amar a Dios: mucho más que
decir que creemos
Jesús nos pide amar a Dios con
todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Esto significa que Dios
no puede ocupar únicamente un pequeño espacio de nuestra existencia, reservado
para los domingos o para los momentos difíciles.
Amar a Dios compromete nuestra
inteligencia, nuestros afectos, nuestra voluntad, nuestras decisiones y nuestra
manera de relacionarnos con los demás.
Significa buscar su voluntad, no
solamente cuando coincide con nuestros deseos, sino también cuando nos invita a
cambiar, a renunciar al orgullo, a reconocer nuestros errores o a reparar el
daño que hemos causado.
Sin embargo, aquí debemos
recordar algo fundamental: no comenzamos amando a Dios para conseguir que Él
nos ame. Comenzamos porque Dios nos ha amado primero.
San Juan lo expresa con claridad:
«Nosotros amamos porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19).
Esta es la lógica de la gracia:
primero recibimos el amor de Dios; después, sostenidos por ese amor, aprendemos
a responder. La vida cristiana no consiste en acumular méritos para obligar a
Dios a querernos, sino en acoger su amor y permitir que transforme nuestra
existencia.
Pero entonces surge una pregunta
inevitable: si Dios es invisible, ¿cómo podemos comprobar que nuestro amor
hacia Él es auténtico?
San Juan nos ofrece una respuesta
incómoda y luminosa: quien afirma amar a Dios y odia a su hermano contradice su
propia confesión (1 Jn 4,20).
Aquí se encuentra el punto
decisivo de nuestra reflexión.
4. Amar al prójimo: donde la
fe se vuelve visible
Amar a la humanidad en abstracto
puede resultar relativamente sencillo. La dificultad comienza cuando el amor
tiene un rostro concreto.
El prójimo puede ser el familiar
que nos irrita, la persona que piensa de manera diferente, el compañero que nos
ha ofendido, el estudiante que necesita más paciencia, el trabajador al que
debemos tratar justamente o la persona vulnerable cuya presencia interrumpe
nuestra comodidad.
Es fácil decir: «Yo amo a todos».
Lo difícil es preguntarnos: ¿cómo trato a la persona que tengo delante?
Por eso, Jesús no separa el amor
a Dios del amor al prójimo. Y la primera carta de Juan nos obliga a reconocer
la contradicción de una religiosidad que habla de Dios, pero desprecia al
hermano.
San Pablo profundiza esta
enseñanza en 1 Corintios 13. Una persona puede tener grandes conocimientos,
hablar con elocuencia, poseer dones extraordinarios e incluso realizar obras
admirables. Pero, si carece de amor, todo pierde su valor más profundo.
Pablo no describe el amor
mediante ideas abstractas. Lo hace mediante actitudes concretas: es paciente,
servicial, no es envidioso, no se engríe y no lleva cuentas del mal.
Por tanto, hagámonos una
pregunta: si las personas que conviven con nosotros tuvieran que describir
nuestra fe no por lo que decimos, sino por cómo las tratamos, ¿qué dirían?
¿Que nuestra fe las ayuda a
sentirse escuchadas, respetadas y acompañadas? ¿O que conocemos muchas
verdades, pero todavía nos cuesta pedir perdón, escuchar con paciencia y
reconocer nuestros errores?
No respondamos demasiado rápido.
Permitamos que la Palabra de Dios examine nuestro corazón.
5. La medida del amor
cristiano: como Cristo nos ha amado
En el Evangelio de Juan, Jesús
declara: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros. Así como yo
los he amado, ámense también ustedes unos a otros» (Jn 13,34).
La novedad no consiste en que
Israel desconociera el amor al prójimo. Lo nuevo es la medida: amar como
Cristo nos ha amado.
¿Y cómo nos ha amado Cristo?
En la Última Cena se arrodilla
para lavar los pies de sus discípulos. No utiliza su autoridad para ser
servido, sino para servir. Después, en la cruz, lleva su entrega hasta el
extremo.
Cristo nos enseña que amar no
significa simplemente sentir simpatía, aprobar todas las conductas o evitar
cualquier conflicto. Amar es buscar el verdadero bien del otro, defender su
dignidad y actuar con misericordia y justicia.
A veces amar significará perdonar.
Otras veces, pedir perdón. En determinadas circunstancias, significará corregir
fraternalmente; en otras, establecer límites necesarios para proteger a quien
sufre una injusticia.
La misericordia no es
complicidad con el mal, y el perdón no obliga a tolerar el abuso. La
caridad cristiana no renuncia a la verdad ni a la justicia: busca que el mal no
tenga la última palabra.
Jesús llega incluso a pedir que
amemos a nuestros enemigos y oremos por quienes nos persiguen (Mt 5,44). No nos
pide que llamemos bueno a lo malo. Nos pide que no permitamos que el odio
transforme nuestro corazón a imagen de aquello que combatimos.
En la cruz, Jesús ora por quienes
lo crucifican (Lc 23,34). Su entrega revela que el amor de Dios no es una
teoría: es una fuerza que permanece fiel al bien incluso en medio del
sufrimiento.
Y ese amor se nos ofrece para que
podamos vivir de una manera nueva.
6. San Francisco de Asís:
cuando el amor transforma nuestra mirada
San Francisco comprendió esta
verdad no solamente mediante la reflexión, sino a través de una experiencia que
transformó su vida.
En su Testamento recuerda que,
cuando todavía vivía en el horizonte de sus antiguos criterios, el encuentro
con los leprosos le resultaba amargo. Pero aquello que antes le parecía amargo
se convirtió para él en dulzura de alma y cuerpo.
Detengámonos en esta experiencia.
Francisco no se limitó a formular
una teoría sobre la dignidad humana. Se acercó a personas que antes le
provocaban rechazo. Su conversión modificó su relación con Cristo y, por eso
mismo, transformó su manera de mirar al hermano.
Aquí encontramos una lección
profundamente franciscana: no siempre esperamos a sentir simpatía para
comenzar a amar; a veces damos el primer paso de misericordia y, en ese
encuentro, nuestro corazón empieza a cambiar.
El hermano deja de ser un
obstáculo para nuestra espiritualidad y se convierte en un lugar privilegiado
de encuentro con el Señor.
Por eso, una oración auténtica no
nos encierra en nosotros mismos. Nos vuelve más atentos a las heridas del
mundo. La contemplación no nos aleja de las personas: nos enseña a reconocer su
dignidad y a servirlas con humildad.
En clave franciscana, amar a Dios
significa aprender a mirar la creación, a los pobres y a cada hermano desde la
gratuidad del amor recibido. No porque todo sea perfecto ni porque desaparezcan
los conflictos, sino porque nada de ello nos autoriza a negar la dignidad de la
persona.
7. La Palabra de hoy nos pide
una conversión concreta
La primera lectura, tomada del
libro del Éxodo, recuerda la responsabilidad de no oprimir al extranjero, a la
viuda y al huérfano, y de no aprovecharse de la necesidad del pobre (Ex
22,20-26). El amor se expresa también en la justicia y en la protección de
quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad.
San Pablo, por su parte, reconoce
en la comunidad de Tesalónica un testimonio de fe que se hace visible y se
difunde más allá de sus propias fronteras (1 Tes 1,5c-10).
Las lecturas convergen en una
convicción: la fe no queda encerrada en la conciencia individual. Se hace
visible en la vida de una comunidad y en su manera de tratar a las personas.
Por eso, al terminar esta
celebración, no nos llevemos solamente una frase bonita. Llevémonos tres
preguntas:
Primera: ¿a quién necesito
mirar de otra manera? Tal vez a alguien de mi familia, a un compañero, a
una persona que me ha herido o a alguien cuya situación prefiero no ver.
Segunda: ¿qué gesto concreto
de amor puedo realizar esta semana? Escuchar sin interrumpir, pedir perdón
sin justificarnos, acompañar a una persona sola, compartir con quien necesita
ayuda o tratar con justicia a quien depende de nosotros.
Tercera: ¿de dónde sacaré
fuerzas para seguir amando cuando me canse? Volvamos a la fuente: Cristo,
que nos ama primero y se entrega por nosotros. En la Eucaristía recibimos ese
amor y aprendemos a compartirlo. No venimos a demostrar que ya somos perfectos;
venimos a dejarnos transformar.
Y recordemos que la caridad tiene
también una dimensión social. Amar al prójimo significa no acostumbrarnos al
hambre, a la humillación, a la violencia ni a la injusticia. La solidaridad
personal es indispensable, y también lo es trabajar por condiciones de vida más
dignas para todos.
8. Conclusión: que todo vuelva
al amor
Hermanos y hermanas:
Volvamos a la pregunta inicial: ¿cuál
es el mandamiento principal?
Jesús nos conduce al centro de la
vida cristiana: amar a Dios con toda nuestra existencia y amar al prójimo como
a nosotros mismos.
La oración, la Eucaristía, los
sacramentos, la formación, nuestras responsabilidades familiares y sociales,
nuestros ministerios y nuestras comunidades encuentran su orientación en este
amor.
No se trata de amar a Dios o amar
al prójimo, como si tuviéramos que escoger entre ambos. Se trata de acoger el
amor de Dios de tal manera que transforme nuestra relación con cada persona.
San Francisco nos recuerda que
siempre podemos comenzar de nuevo. No porque el amor de Dios nos haya
abandonado, sino porque todavía podemos aprender a amar con mayor generosidad.
Por eso, esta semana, elijamos
una persona y un gesto. Una persona concreta; un gesto posible. Que nuestra
decisión no se quede en una intención.
Porque al final no bastará con
haber hablado del amor, ni siquiera con haberlo defendido correctamente.
Tendremos que preguntarnos si permitimos que el amor de Cristo transformara
nuestra vida.
Oremos:
Señor Jesús, enséñanos a amarte
con todo el corazón y a reconocerte en cada hermano. Purifica nuestras
intenciones, vence nuestro egoísmo y danos la valentía de perdonar, la humildad
de pedir perdón y la generosidad de servir.
Que nuestra oración se convierta
en misericordia, nuestra fe en justicia, nuestras palabras en obras y nuestra
vida en testimonio de tu amor.
Y que, siguiendo las huellas de
san Francisco, aprendamos a encontrar en el hermano no una carga que evitar,
sino una persona cuya dignidad merece ser reconocida y amada.
Amén.
Una última recomendación
pastoral
Antes de predicarla, te sugiero
tres decisiones prácticas:
- No leas todas las citas bíblicas completas.
Proclama con claridad las dos citas centrales y alude brevemente a las
demás para mantener el ritmo.
- Haz una pausa después de la pregunta: «Si las
personas que conviven con nosotros tuvieran que describir nuestra fe por
cómo las tratamos, ¿qué dirían?». Ese silencio puede ser más eficaz que
una explicación adicional.
- Termina con una sola acción concreta. Invita a cada
persona a identificar a quién escuchará, ayudará o buscará para
reconciliarse durante la semana.
La idea que debe permanecer en la
asamblea es esta: el amor al prójimo no compite con el amor a Dios; es uno de
los lugares decisivos donde nuestra respuesta a Dios se hace visible.