domingo, 12 de julio de 2026

DOMINGO XVI – A (19 de Julio del 2026)

 DOMINGO XVI – A (19 de Julio del 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 13,24-43:

13,24 Y les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo;

13,25 pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

13,26 Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.

13,27 Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: "Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?"

13,28 Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo". Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?"

13,29 "No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo.

13,30 Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero".

13,31 También les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo.

13,32 En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas".

13,33 Después les dijo esta otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa".

13,34 Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas,

13,35 para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

13,36 Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo".

13,37 Él les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;

13:38 el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno,

13,39 y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.

13,40 Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo.

13,41 El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal,

13,42 y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes.

13,43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga! PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

“Déjenlos crecer juntos (Trigo y cizaña) hasta la cosecha, y entonces diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y échenlo al fuego, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30). Como hipótesis de nuestra reflexión: Si soy trigo, entonces obtengo mi salvación (granero=cielo); y si soy cizaña, entonces obtengo mi condenación (fuego=infierno). “El hombres está situado entre la vida y la muerte: a cada uno se le dará lo que escoja” (Eclo 15,17). Dios dice a Israel: “Yo pongo ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes, con tal que ames al Señor, tu Dios, escuches su voz y le seas fiel” (Dt 30,19).

El domingo anterior, Jesús nos decía: "El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso y brotaron, pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz. Otras cayeron entre espinas y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta” (Mt 13,4-8). Y nos preguntábamos: ¿Qué tipo de terreno somos: tierra dura como del camino, tierra pedregosa, tierra de maleza o tierra fértil? Y nos decíamos que no conviene engañarnos, porque tarde o temprano todo quedará al descubierto, todo se sabrá (Mt 10,26). Y el mismo Señor nos adelantó al decirnos: “A Uds. los reconocerán por sus frutos” (Mt 7,15).

En la parábola de la cizaña distinguimos cuatro momentos: 1) La parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,24-30). Luego su explicación (Mt 13,36-43). 2) La parábola del grano de mostaza (Mt 13,31-32). 3) La parábola de la levadura (Mt 13,33). Y 4) El ¿por qué? de las enseñanzas por medio de parábolas (Mt 13,34-35). De las tres parábolas, la de la cizaña ocupa la enseñanza central de este domingo: Mt 13,24-30.36,43. El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo.  La mención a una semilla buena nos coloca a la expectativa de una buena cosecha. Pero, mientras la gente dormía, vino el enemigo, sembró cizaña entre el trigo, y se fue (Mt 13,25). Hay que estar siempre vigilantes, no podemos descuidarnos porque el enemigo siempre se encuentra al acecho, esperando el momento para sembrar la cizaña. Al respecto San Pedro nos dice: “Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo firmes en la fe” (I Pe 5,8).

El trigo y la cizaña pueden estar juntas durante mucho tiempo, claro que no es lo ideal pero asì es en realidad muchas veces (Mt 13,30), ya sea en la vida de los demás como en nosotros mismos. Por lo general, es fácil advertir en los demás, pero en nosotros, no advertimos su presencia. Y no nos damos cuenta en qué momento empezó a germinar en nuestra vida el resentimiento por ejemplo y la venganza o cualquier otro mal; pero eso sí, nos damos cuenta del mal en el otro y muy rápido, y quisiéramos que Dios intervenga con todo su poder para colocarlo al malo en su lugar (Mt 13,28). Pero el Señor nos dice: “¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Deja que te saque la paja de tu ojo, si hay una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mt 7,3-5). La cizaña es precisamente lo que nos motiva actuar como juez de los demás y ahoga en nosotros la enseñanza de Dios. Y tiene mucha razón Santiago en decirnos: “No hay más que un solo legislador y juez, aquel que tiene el poder de salvar o de condenar. ¿Quién eres tú para condenar al prójimo?” (Stg. 4,12).

Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?  Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo". Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?" (Mt 13,27-28). Vemos que aunque la semilla es de buena calidad hay cosas a su alrededor que la ahogan y quizás el rendimiento no sea igual. Ante su preocupación: "¿Quieres, que vayamos a recogerla?" (Mt 13,28) y la respuesta del amo es:  "No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquen a la vez el trigo” (Mt 13,29).  Los discípulos quedan extrañados, pero la dinámica del Reino de Dios es otra, siempre estarán buenos y malas. Nuestra vida misma pasa por días llenas de cizaña, o días de buen trigo. Al respecto dijo con mucha sabiduría San Pablo: “Para que la grandeza de las revelaciones no me envanezca, tengo una espina clavada en mi carne, un ángel de Satanás que me hiere. Tres veces pedí al Señor que me librara, pero él me respondió: "Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad. De ahí que, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (II Cor 12,7-10).

Para vivir en la senda del camino recto hemos de estar muy atentos y llevar una vida de constante discernimiento y para ello muy bien caen los consejos de Pablo: “Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren” (Gal 5,16-17). Así también, al lado de los buenos están los malos.  Esta convivencia continuará, según dice el patrón de la parábola “Dejen que ambos crezcan juntos hasta la ciega”  (Mt 13, 30).  Crecerán el trigo y la cizaña juntos, pero eso será solo hasta el tiempo de la cosecha, es decir mientras dure esta vida terrenal, pero aquí esta luego la manifestación del límite de la misericordia de Dios, es decir la Justicia divina. “Diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30). Es decir la cizaña al fuego del infierno y el trigo al granero, que es el cielo. 

Por el destino final que tiene cada una de las semillas se comprende que con las decisiones y acciones de cada persona se pone en juego el propio futuro, el destino final.  Por tanto hay que ser responsables con la vida y los dones que se nos dio porque: "Al que se le confió mucho, se le exigirá mucho más” (Lc 12,48). Junto a este sentido de responsabilidad que debe tener cada persona, esta parábola nos deja una bellísima lección sobre la paciencia: así como el patrón, Dios nos da tiempo a cada uno para que recapacitemos, y Dios está esperándonos por nuestra conversión hasta el final. Pero, también de nuestra parte, lo mismo debemos hacer con nuestros hermanos con los cuales hemos perdido la paciencia por su reticencia en el pecado; hay que insistir, darle una oportunidad, esperar por su conversión; Dios dice: “ Yo no quiero la muerte del pecador si no que se convierta y vida” (Ez 33,11).

Jesús nos invita a no escandalizarnos de los malos que hay y que viven a nuestro lado. Lo cual implica la necesidad de la conversión y también la esperanza de que los malos puedan algún día ser buenos. O incluso nos invita a pensar que muchas veces la cizaña no siempre está en los demás, sino que en el momento menos pensado, ya está en nosotros germinando y a punto de echar mucha semilla. O ¿no es cierto que sin querer ya estamos en pleitos de odio, ira, rencor, envidia? Recordemos lo que Jesús nos dice: "El fariseo, de pie, oraba en voz baja: "Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas" (Lc 18,11-12). Es decir, creemos ser buen trigo, cuando eso no es cierto.

No somos los indicados en decidir la suerte de los malos. Dios como juez supremo sabe hacer sus cosas, espera el momento. Y el momento no es ahora, sino al final. Los apóstoles preguntaron al Señor ¿Cuándo será eso? Jesús respondió: nadie lo sabe, solo el Padre, pero estén preparados” (Mt 24,44). Porque sólo Dios es quien ha de juzgar a cada uno. Muchos nos quejamos del porqué Dios permite que haya tantos malos pero no decimos ¿Por qué soy malo? Nosotros hubiésemos preferido que los elimine, pero Dios actúa de otra manera. Ese juicio no se hará en el tiempo, sino al final de los tiempos cuando se decida la suerte de unos y de otros. Mientras tanto, tendremos que crecer juntos, a lado de la cizaña (Mt 13,30); pero con mucho criterio de discernimiento para que no se meta en nuestra vida como la maleza o la cizaña (Mt 13,7). Y porque tarde o temprano llegará el tiempo de la cosecha y cada quien tendrá que ocupar el lugar que merece: "Así como se arranca la cizaña y se quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!" (Mt 13,40-43).

 Pregunta para nuestra reflexión: ¿Si soy cizaña o mala hierba, aún podre convertirme en trigo o ya será muy tarde? Recordemos cuando los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: "Entonces, ¿quién podrá salvarse? Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible" (Mt 19,25-26). Dios te puede convertir de cizaña en trigo, claro que si es posible mientras estemos en esta vida hasta la cosecha. Pero cuando llegue el tiempo de cosecha ya no será posible la conversión. Solo con la ayuda de Dios podemos pasar de cizaña a trigo como bien Jesús nos demostró con un grito y con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera! y el  muerto se levantó” (Jn 11,43). Paso Lázaro de hombre muerto a hombre con vida. El problema está cuando el hombre quiere llegar al cielo fiado por su propio medio como su riqueza, su honor, fama, etc. Olvidando lo que ya nos dijo Jesús: “No jures ni por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos” (Mt 5,36). Por qué no nos acogemos al clamor de San Pablo cuando dijo: “Todo lo puedo en Cristo que me conforta” (Flp 4,13). Pero para ello requiere llevar una vida: “En todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable tenedla por virtud y honor” (Flp 4,8).  “Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren” (Gal 5,16). “Si ustedes viven según la carne, morirán. Al contrario, si viven según el Espíritu, entonces vivirán” (Rm 8,13).

"El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;… el diablo es quien siembra la cizaña” (Mt 13,37-38). “Por culpa de un solo hombre entro el pecado en el mundo y con el pecado la muerte y la muerte afecto a todos porque todos pecaron” (Rm 5,12).

“Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30). El mundo es el campo de la parábola. Y en el mundo, como en aquel campo, observamos la presencia simultánea del bien y del mal. Una presencia no sólo simultánea, sino tan entrelazada y entretejida, que resulta es difícil distinguir el bien y el mal. En el campo no crece el trigo en un lado y la cizaña enfrente. Trigo y cizaña se encuentran mezclados. Crecen tan juntos que no se podría arrancar uno sin arrancar la otra. Más aún, cuando nacen -antes del tiempo de la siega, antes del final- tienen las mismas apariencias y no cualquiera podría distinguirlos. Ello hace que sea obligada su convivencia: hay que tolerar el crecimiento de la cizaña, hay que tolerar la presencia del mal. El mal se hace así una especie de "mal necesario".

Hoy nos reunimos no solo para mirar al cielo, sino para mirar dentro de nosotros mismos y comprender el suelo que pisamos. Las lecturas de hoy nos enfrentan a una de las realidades más complejas de la existencia humana, una que analizamos tanto en el confesionario como en la consulta terapéutica: la convivencia íntima del bien y del mal.

El Evangelio de Mateo nos regala una metáfora agrícola que es, en el fondo, una radiografía perfecta de nuestra mente y de nuestra sociedad: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre... y el diablo es quien siembra la cizaña". Y san Pablo, en su carta a los Romanos, le pone un marco histórico y existencial a este drama: "Por culpa de un solo hombre entró el pecado en el mundo y con el pecado la muerte...".

El campo es el mundo, sí, pero el campo también es tu propia vida, tu matrimonio, tu historia familiar y tu psique.

La paradoja del campo mezclado: Un análisis humano y espiritual

Como sacerdote, veo a menudo el sufrimiento de las almas que se escandalizan al ver el mal en el mundo. Desde la parte humana, atiendo a personas que se hunden en la culpa porque descubren en su propio interior pensamientos, heridas o impulsos oscuros que conviven con sus mejores deseos de ser buenos.

La parábola es sabia y realista. El trigo y la cizaña no crecen en parcelas separadas. No hay una línea fronteriza clara en el campo que diga: "A la derecha los santos, a la izquierda los pecadores". Están entretejidos. Sus raíces se abrazan bajo la tierra.

Es más, al principio de su crecimiento, el trigo y la cizaña son idénticos a la vista. Esta similitud nos deja una gran lección:

  • A nivel humana: Muchas veces nuestras mayores virtudes están pegadas a nuestras mayores debilidades. Una persona con una enorme capacidad de liderazgo y rectitud (trigo) puede caer fácilmente en la trampa de la rigidez y el control obsesivo (cizaña). Alguien profundamente empático y bondadoso puede camuflar un miedo neurótico al rechazo o una falta de límites.
  • A nivel espiritual: El mal raramente se presenta con aspecto monstruoso; se disfraza de bien, de atajo, de justificación. Por eso el discernimiento es tan difícil.

El peligro de la intolerancia y el "impulso de arrancar"

¿Cuál es la primera reacción de los siervos en la parábola? "¿Quieres que vayamos a arrancarla?". Es una reacción muy humana: la intolerancia a la frustración, el deseo de una pureza utópica e inmediata. Queremos extirpar el mal ya.

Sin embargo, el Amo responde con una paciencia que roza el escándalo: "No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha".

¡Qué sabiduría y espiritual hay en estas palabras! Cuántas veces, en el afán obsesivo de destruir nuestros defectos de un plumazo (un trauma, una adicción, un rasgo de carácter difícil), terminamos destruyendo nuestra propia salud mental, nuestra autoestima o la compasión hacia nosotros mismos. Quien no tolera su propia sombra termina proyectándola en los demás, volviéndose un juez implacable de sus hermanos. El perfeccionismo neurótico es el enemigo de la santidad evangélica.

El mal se convierte aquí en una suerte de "mal necesario", no porque Dios lo quiera —Él solo siembra buena semilla—, sino porque en nuestra condición herida por el pecado original (esa fractura de la que habla Romanos), el mal es el escenario donde el bien es probado, madura y se elige libremente. Sin la presencia de la cizaña, el trigo no tendría que esforzarse en buscar la luz.

La pedagogía de la paciencia divina

Dios nos pide tolerancia, no complicidad. Tolerar la cizaña no significa llamarle "buena" a la cizaña. Significa aceptar con humildad que somos seres en proceso, inacabados. Significa abrazar nuestra vulnerabilidad.

La maduración requiere tiempo. El trigo se define por su fruto, no por su apariencia inicial. Al final, en la cosecha, el trigo pesará por el grano dorado de sus obras de amor, mientras que la cizaña se revelará vacía.

Queridos hermanos, el Reino de Dios no es un club de personas perfectas libres de conflicto; es la comunidad de los que, sabiéndose limitados, heridos y mezclados, confían en la paciencia del Sembrador. No te desesperes si hoy sientes que la cizaña gana terreno en tu corazón o en tu casa. Sigue alimentando la raíz del trigo. Sigue orando, sigue asistiendo a terapia si lo necesitas, sigue buscando los sacramentos.

Deja que Dios sea el juez del final de los tiempos. Tu tarea hoy no es limpiar el campo a la fuerza, sino asegurarte de que tu trigo crezca tan alto y tan fuerte que, cuando llegue el momento de la siega, tu vida sea un alimento digno del granero celestial.

Deja que Dios sea el juez del final de los tiempos. Tu tarea hoy no es limpiar el campo a la fuerza, sino asegurarte de que tu trigo crezca tan alto y tan fuerte que, cuando llegue el momento de la siega, tu vida sea un alimento digno del granero celestial. Que el buen árbol se conoce por el fruto (Mt 7,17). Quien permanece unido a mi es el que da fruto ( Jn 15,5) el fruto es la vida de santidad y la felicidad. Imaginar que San Francisco de Asís sea santo y no feliz.

Tomemos esa frase que resuena con tanta fuerza y profundicemos en ella desde esa doble mirada del espíritu y de la mente humana: nuestra tarea no es ser los exterminadores de la cizaña, sino los cultivadores del trigo.

Cuando el Evangelio nos dice que "el buen árbol se conoce por su fruto" (Mt 7,17) y Jesús nos advierte que "el que permanece unido a mí es el que da fruto" (Jn 15,5), nos está cambiando por completo el foco de atención. El perfeccionismo moralista se enfoca obsesivamente en no tener fallos (en arrancar la cizaña); la santidad evangélica y la salud psicológica se enfocan en dar fruto (en nutrir la vida).

Y aquí llegamos a la gran verdad que a menudo olvidamos: el fruto maduro de esa unión con Dios es la santidad, y el sabor de esa santidad es la felicidad.

La trampa de separar la santidad de la alegría

Durante siglos, una espiritualidad mal entendida nos pintó a los santos como seres taciturnos, tristes, de caras largas y vidas sumidas en una amargura estricta. ¡Qué gran error psicológico y teológico! Un santo amargado sería un contrasentido, un árbol marchito que pretende dar frutos dulces.

Hagamos el ejercicio mental: Imaginemos por un segundo a San Francisco de Asís siendo santo, pero infeliz.

Es sencillamente imposible. No se sostiene.

  • Si Francisco hubiera sido un hombre infeliz, frustrado y carcomido por el resentimiento hacia el mundo o hacia su propio cuerpo, el Cántico de las Criaturas jamás habría brotado de su boca.
  • Un Francisco infeliz no habría abrazado al leproso; lo habría evitado o lo habría atendido por pura obligación moral, transmitiéndole lástima en lugar de dignidad.
  • Un Francisco infeliz no habría llamado "hermano" al sol, ni "hermana" a la luna, ni habría conversado con el lobo de Gubbio. Habría visto el mundo como un campo de batalla hostil, no como el jardín del Creador.

La santidad de Francisco no consistía en que no tuviera cizaña a su alrededor (vivió en una época de guerras, corrupción eclesial y enfermedades) o en su interior (luchó contra sus propias tentaciones y crisis de fe). Su santidad radicó en su capacidad de permanecer unido a la Vid. Al vaciarse de su ego, de su necesidad de control y de sus riquezas materiales, se llenó de la savia divina. ¿Y cuál fue el resultado psicológico de ese vacío? Una libertad absoluta. Y donde hay libertad, hay una alegría desbordante, incorruptible.

Psicología del fruto: Permanecer para florecer

Desde la psicología, sabemos que una persona es feliz no cuando vive en un entorno perfecto y libre de problemas, sino cuando tiene sentido de propósito y conexión profunda. Eso es, exactamente, lo que Jesús llama "permanecer en mí".

Cuando intentamos "limpiar el campo a la fuerza" (juzgar a los demás, machacarnos por nuestros errores, obsesionarnos con el mal del mundo), gastamos una energía psíquica descomunal. Nos agotamos en una guerra estéril. El resultado de vivir enfocados en la cizaña es la ansiedad, la rigidez mental y la neurosis.

En cambio, cuando permanecemos unidos a la Vid a través de la oración, el autoconocimiento y el amor al prójimo:

  1. Dejamos de ser jueces: Le devolvemos a Dios el mazo del tribunal. Nos quitamos el peso insoportable de tener que salvar al mundo a base de decretos y condenas.
  2. Nos enfocamos en el crecimiento: Toda nuestra energía se dirige a dar lo mejor de nosotros mismos. A que nuestro trigo crezca alto.
  3. El fruto cae por su propio peso: La santidad no es el resultado de un esfuerzo titánico por cumplir normas; es el resultado orgánico de amar mucho. Y el subproducto inevitable de ese amor es la felicidad, esa paz interior que el mundo no puede dar ni quitar.

El granero celestial se llena de amor, no de perfección

Queridos hermanos, al final de los tiempos, el Sembrador no nos preguntará: "¿Lograste exterminar toda la cizaña que te rodeaba?". Nos preguntará: "¿Cuánto trigo diste? ¿Cuánto amaste? ¿Fuiste capaz de irradiar mi alegría en medio de la prueba?".

Miremos a San Francisco. Su vida no fue perfecta, estuvo llena de dolores físicos y traiciones de sus propios hermanos de orden al final de sus días; pero fue plena. Fue un árbol bendito que dio sombra a miles.

No gastemos el día de hoy maldiciendo la maleza. Asegurémonos de que nuestras raíces beban de la Fuente correcta. Dejemos que el trigo crezca tan fuerte que la cizaña.

domingo, 5 de julio de 2026

DOMINGO XV - A (12 de Julio del 2026)

 DOMINGO XV - A (12 de Julio del 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 13,1-23:

13,1 Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.

13,2 Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.

13,3 Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar.

13,4 Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.

13,5 Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;

13,6 pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.

13:7 Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.

13,8 Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.

13,9 ¡El que tenga oídos, que oiga!"

13,10 Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?"

13,11 Él les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.

13,12 Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.

13,13 Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.

13,14 Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán.

13,15 Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.

13,16 Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen.

13,17 Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

13,18 Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.

13,19 Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.

13,20 El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría,

13,21 pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

13,22 El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

13,23 Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz Y Bien.

Con este episodio de Mt 13,1-23 Jesús, comienza una nueva sección. Se trata del tercer gran discurso formativo para con sus discípulos. Los dos primeros: el Sermón de la Montaña (Mt 5-7) y el Manual de la Misión (Mt 10), constituyen dos elementos en el camino de maduración de la fe los discípulos que bien se puede resumir así: “Ustedes serán felices si, practican lo que les enseño” (Jn 13,17); o “El que cumple lo que  enseñe, será grande en el Reino de los Cielos” (Mt 5,19). Así pues, haciendo eco de las enseñanzas de Jesús sobre el reino de los cielos es como encontramos la respuesta a las preguntas: “¿quién podrá salvarse?" (Mt 19,25).  ¿Qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?" (Mt 19,16). “Serán poco los que se salven?” (Lc 13,23).

El Evangelio de este domingo nos introduce en un momento bellísimo y crucial del Evangelio de Mateo. El capítulo 13 es conocido como el "Discurso de las Parábolas". En total, Jesús nos regala siete parábolas perfectamente ordenadas para explicarnos cómo funciona el Reino de Dios. Comienza hoy con el Sembrador, pasará por el trigo y la cizaña, el grano de mostaza, la levadura, el tesoro escondido, la perla preciosa y, finalmente, la red que atrapa toda clase de peces, para cerrar con una hermosa conclusión sobre las cosas nuevas y viejas.

Pero hoy, la Iglesia nos invita a detenernos en la primera y quizás la más entrañable de todas: La parábola del sembrador.

Al leerla con atención, hay algo que nos puede desconcertar. Si miramos bien el texto, casi toda la semilla cae en terreno baldío. Cuatro de los seis versículos que describen la siembra hablan del aparente fracaso de la semilla. Hay pájaros que se la comen, el sol que la quema por falta de raíz entre las piedras, y espinas que la asfixian. Imagínense la escena en tiempos de Jesús. Sus enemigos se reían de Él, los fariseos lo criticaban y la gente, que esperaba un Mesías espectacular y político, empezaba a decepcionarse. ¿Todo el esfuerzo de Jesús iba a ser un fracaso? Ante esa duda y ese desánimo, Jesús sale al paso con esta parábola.

Jesús nos confronta con una realidad dura pero cierta, usando las palabras del profeta Isaías: “Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos”. El peligro de endurecer el corazón, de vivir con el alma "asfaltada" por las preocupaciones, los ruidos del mundo y el egoísmo, está siempre latente. El elemento destructor —los pájaros, el sol, las piedras, las espinas— no es más que el reflejo de nuestras propias resistencias a la gracia de Dios.

Sin embargo, hermanos, esta no es una parábola de fracaso; es una parábola de esperanza desbordante. Porque Jesús nos dice: “Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen”. Dios no se cansa de sembrar. El Sembrador es generoso, "derrochador", tira la semilla en todos lados porque no pierde la fe en la tierra, no pierde la fe en nosotros.

Y cuando la semilla encuentra, por fin, una pequeña porción de tierra buena, receptiva y dispuesta, los resultados superan todo lo inesperado. Lo normal en una cosecha de Palestina en aquella época era recibir el ocho o el diez por uno. ¡Pero Jesús habla de producir el ciento, el sesenta o el treinta por uno! Es un fruto sobreabundante, un fruto de ilusión que no depende de nuestras fuerzas humanas, sino del poder divino que actúa en nosotros para nuestra santificación y salvación.

La enseñanza de Jesús se despliega a lo largo de siete parábolas bien ordenadas. Después de una breve introducción (Mt 13,1-2), comienzan las parábolas: 1) El sembrador (Mt 13,1-9). 2) El trigo y la cizaña (Mt 13,24-30). 3) El grano de mostaza (Mt 13,31-32). 4) La levadura (Mt 13,33). 5) El tesoro escondido en el campo (Mt 13,44). 6) La perla del mercader (Mt 13,45-46). 7) La pesca en la red que atrapa todo (13,47-50). Finalmente encontramos conclusión igualmente breve (Mt 13,51-52).

Las cuatro primeras parábolas, se basan en trabajos del campo, educan en el discernimiento propiamente dicho; las otras tres están dichas para motivar el paso, la decisión, ya que es posible tener claro lo que hay que hacer pero nunca llegar a hacer. La última parábola confirma que éstas están presentadas en clave de discernimiento: es como el pescador que cada día se sienta a la orilla del mar a recoger de la red lo que le sirve y devolver al mar lo que no sirve o todavía no está maduro. Así la vida del discípulo todos los días y en este esfuerzo continuo debe perseverar para conducir una vida según la voluntad del Dios del Reino.

Hoy, Jesús empieza sus enseñanzas con la parábola del sembrador: Sale de la casa en la que estaba y se va a la orilla del mar (Mt 13,1). Y como mucha gente se le juntó, se subió a una barca, la gente sentada a la orilla. En este bello escenario comienza con su enseñanza (Mt 13,3b-9), la primera en resaltarse, son los diversos tipos de terreno en los cuales caen las semillas arrojadas por el sembrador, destacando al final un terreno que es apto para la inmensa producción de que es capaz una simple semilla.

Diversos tipos de terreno: Unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron (Mt 13,4). Al caer en el camino donde no hay cuidado, cae de superficialmente; así somos muchas personas que escuchamos la palabra, pero no llega al corazón, no se arraiga no tiene raíz y el maligno la arranca. Por eso dice Jesús: “No todos los que me dicen: Señor, Señor, entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?.  Entonces yo les manifestaré: Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal. Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande" (Mt 7,21-27).

Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron (Mt 13,5). La semilla que cae en un terreno rocoso donde no puede hacer raíz y con el sol inclemente se seca, es el hombre que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría, pero no admite, la raíz es superficial, es incoherente en su actuar y por tanto no germina. Otras cayeron entre abrojos es decir entre espinos; crecieron los abrojos y las ahogaron (Mt 13,7). Aunque el suelo es bastante profundo para hacer raíz se encuentra con hierba, compara con el que oye la palabra, pero las preocupaciones personales y del mundo sofocan la palabra y no da frutos. ¿Quién sembró es mala hierba? Jesús en otro episodio explica: “El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él? Él les respondió: Esto lo ha hecho algún enemigo. Los peones replicaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos echen al fuego, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,24-30).

Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta (Mt 13,8). La semilla sembrada en la tierra es buena, en suelo profundo, no tiene maleza, es la persona que abre su corazón, escucha la palabra  y da diferentes frutos. Al respecto, en otro pasaje Jesús decía: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán (Jn 15,1-7).

El sembrador que es un profesional en la materia, ciertamente parece extraño cuando deja caer algunas semillas en terreno impropio para el cultivo.  Sin embargo, esto corresponde a la realidad del evangelio: antes que la calidad de la tierra, lo que vale es la calidad de la semilla. Así obraba Jesús: arrojaba su semilla en corazones sobre los cuales los fariseos ya habían dado su dictamen negativo y consideraban excluidas de la salvación. Entonces la imagen de un sembrador arrojando las semillas en los tres primeros terrenos es un retrato de la obra de Jesús quien no ha venido “a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,13). Ante todo se proclama la bondad de Dios, quien no tiene límites para ofrecer sus bendiciones (Mt 6,45), pero esto implica de parte de cada hombre el hacerse a sí mismo “buena tierra” para que la semilla de la Palabra pueda crecer. La Palabra de Dios se  nos da como un don, él no cuenta con la respuesta del hombre, la semilla cae en diferentes corazones pero a pesar de ello tendrá éxito en la mayor parte.  Es un relato que nos lleva a la esperanza.

Como vemos, la estrategia pedagógica que Jesús usó como buen maestro para enseñar era las parábolas que como dice las escrituras: “Todo esto lo enseña Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas, desde la creación del mundo” (Mt 13,34-35). Hoy, Jesús usó la parábola del sembrador para explicarnos la importancia que tiene el escuchar la Palabra de Dios y vivirla como experiencia de vida (Mt 7,21-26). Porque es por ella como somos parte del reino de los cielos.

Jesús, el maestro supremo, no nos quiere dar una lección de agricultura, sino una lección de cómo están nuestros corazones para aceptar las semillas del Reino. El Reino de Dios se nos da en semillas. Dios todo lo da en semillas. Por tanto, hay que trabajarla. Pero la suerte del Reino y de la Palabra de Dios depende de cada uno de nosotros. Donde, Él es el sembrador, su Palabra es la semilla, nosotros somos la tierra donde se derrama la semilla. Como tal tenemos reacciones distintas frente a su Palabra. Unos somos tierra muy dura como los del camino, otros, tierras pedregosas, otro, tierras llenas de espinos o maleza, pero otros somos buena tierra que dará buen fruto, unos cien, otros setenta, otros treinta por uno.

El problema no está ni en la semilla ni en Dios que la siembra. El problema lo llevamos todos en el corazón porque hay que decir, y creo que todos tenemos nuestra propia experiencia, que hay corazones más duros que el asfalto de nuestras carreteras y también hay corazones con muy buena voluntad, tan llenos de enredos, tan lleno de cosas y de superficialidades que la palabra recibida brota por un momento, pero el fervor se nos apaga como un fósforo encendido. Aunque también tenemos que reconocer que hay corazones generosos, tierra fértil donde la palabra de Dios puede crecer en abundancia de frutos.

Lo extraño, y también lo bueno, es cómo Dios puede sembrar su palabra en corazones que sabe no van a responder y cómo Dios se expone al fracaso de muchas de sus semillas: Dios ama a todos por igual y a todos quiere darnos las mismas oportunidades. Su amor por nosotros es tal que no le importa se pierdan muchas semillas de gracia porque, al fin y al cabo, la respuesta de esos corazones grandes y generosos compensa con mucho lo que se ha perdido entre la maleza del campo. ¿No te parece interesante un Dios, que se atreve a correr el riesgo de su Palabra y de su Reino en nuestras debilidades? Pues, así es el amor de Dios (Jn 3,16).

Jesús es la palabra hecha carne entre nosotros (Jn 1,14). El Padre, Dios es el que siembra la Palabra, que era una semilla capaz de cambiar el mundo, pero no siempre encontraba tierra adecuada. Somos muchos los que cada día, o al menos cada domingo, escuchamos la Palabra de Dios. Para muchos es palabra perdida, para otros es toda una posibilidad. Aunque, a decir verdad, la Palabra de Dios no produce lo mismo en todos. En unos, sesenta, en otros treinta, en otros cien. Si lo pensamos bien, cada domingo Dios siembra infinidad de su Palabra. ¡Cuánta Palabra anunciada dominicalmente! El problema está cuánta de esa Palabra da fruto y cuánta se pierde en el aburrimiento y desinterés de la gente y también en lo mal que la sembramos. Jesús era buen sembrador, pero entre nosotros hay de todo. Hay quienes siembran de verdad y quienes simplemente decimos palabras que no tienen futuro alguno.

Dios no deja de hablarnos en su Hijo. Dios es Palabra hecha carne entre nosotros (Jn 1,14). Una palabra capaz de cambiarnos y dar frutos del Evangelio (Jn 15,5). El problema es cómo la anunciamos y también cómo la recibe la gente. ¿Se imaginan que cada domingo la Palabra de Dios diese el fruto del ciento por uno? ¿Y aunque no sea el sesenta? El éxito de la voluntad de Dios depende de tu voluntad y de tu cooperación. El querer de Dios depende de tu querer. Dios no es de los que utiliza su poder para imponernos las cosas. El amor no se impone, el amor se ofrece (Mt 11,28). Ese el gran misterio de Dios en el hombre. Dios quiere que todos nos salvemos (I Tm 2,4); sin embargo, muchos no tienen mayor interés en su salvación o incluso ni creen en eso de la salvación. ¿Cuáles son las condiciones para que la Palabra de Dios no se pierda inútilmente y pueda dar fruto abundante en nuestros corazones y en el mundo? Jesús nos propone varias. En primer lugar nos propone ser tierra fértil para dar frutos al cien, setenta o treinta; pero ello, requiere ser prevenidos, es decir no tener un corazón endurecido e impenetrable (Slm 94), sino un corazón sincero, noble, abierto siempre a las posibilidades de Dios en él. En segundo lugar, un corazón libre de ataduras que le impiden decir sí a Dios, que sea tierra sin piedras y maleza.

¿Qué tipo de tierra somos? ¿Tierra dura como del camino? ¿Tierra pedregosa? ¿Tierra con maleza? ¿Tierra fértil? Ojala que seamos tierra fértil, entonces la semilla derramada, que es la palabra de Dios dará el fruto del ciento por uno (Mt 13,8). luego la Palabra de Dios, Cristo Jesús no habrá venido en vano sino como el profeta dice: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé” (Is 55,10-11). Dios nos anuncia por medio del Profeta Isaías que su Palabra no quedará sin resultado, sino que ella cumplirá su misión, la cual es el cumplimiento de la voluntad divina.  Y esto lo dice con el mismo paisaje campestre del Evangelio y del Salmo, es decir,  la siembra, la lluvia, la semilla, la germinación. El Salmo 64  que hemos rezado nos habla de la tierra y del agua que la riega, de pastos y de flores, de rebaños y trigales.  Y nos habla de la preparación de la tierra.  Y ¿quién prepara la tierra?  ¿Quién prepara nuestra alma para recibir la semilla y poder dar fruto?  La prepara el mismo Señor, el Sembrador.

En resumen: Dijo Jesús a sus discipulados: "Si no entienden  y creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo entenderán y creerán cuando les hable de las cosas del cielo?” (Jn 3,12). El reino de Dios amerita mucha atención y discernimiento y por eso Jesús acude a las parábolas. Dios sabe que el hombre a menudo tiene corazón duro como tierra del camino: “Escúchenme, hombres de corazón duro, Uds. que están lejos de la justicia, pero yo hago que se acerque a mi justicia y mi salvación no tardará” (Is 46,12). Para ablandar el corazón del hombre Dios se propone: “Arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis mandamientos. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios” (Ez 36,26). Luego Dios se propone: “Yo la volveré conquistar, la llevaré al desierto y le hablaré a su corazón” (Os 2,16). “Yo te desposaré conmigo para siempre, en justicia, derecho, amor, misericordia; fidelidad, y tú conocerás al Señor” (Os 2,21).Y lo hace en su Hijo Cristo Jesús, quien nos lo dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana" (Mt 11,28). Dios nos  enamora en su Hijo para ello, reitero busca diversos modos de hacernos entender sobre el reino de los cielos, por ejemplo por las parábolas. 

Jesús termina sus enseñanzas sobre el reino de Dios con esta sentencia: “Así sucederá al fin del mundo. Vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes” Mt 13,49-50).

domingo, 28 de junio de 2026

DOMINGO XIV - A (05 de Julio del 2026)

 DOMINGO XIV - A  (05 de Julio del 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo: 11,25-30

11,25 En aquel tiempo, Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.

11,26 Sí, Padre, porque así lo has querido.

11,27 Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

11,28 Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.

11,29 Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.

11,30 Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Mt 11,25-26). ¿Quién entiende el evangelio? ¿Los sabios, los letrados, los que han estudiado....?, ¿los curas, los teólogos? ¿Son estos los que entienden el evangelio? hay razones para dudarlo cuando se presenta a Jesús como una teoría. Sobre todo si apenas han hecho otra cosa que estudiar.

Lo primero que hace falta para comprender el evangelio es escucharlo, y lo segundo, semejante a lo primero e inseparable con lo primero, es ponerlo en práctica. Pues el que no hace lo que escucha no ha entendido nada. Por eso dice Jesús: "Dichoso el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica" (Mt 7,24). Pero, no "los sabios y entendidos": Pues la capacidad de escuchar de un hombre cualquiera depende de la necesidad de preguntar. De modo que el "sabio y el entendido", el que vive sin problemas y cree que todo lo tiene resuelto, el satisfecho, el situado en bienes y opiniones, el que se cree justo y juzga a los demás, el autosuficiente..., no pregunta, no busca, no escucha ni puede escuchar. Y menos aún escucha un mensaje como el evangelio que habla de salvación, de liberación, de perdón. Para él la mejor noticia no es la Buena Noticia, sino la ausencia de toda noticia buena.

El Evangelio nos presenta dos momentos en la vida de Jesús. 1) Jesús en diálogo u oración con el Padre (Mt 11,25-27). 2) Nos aconseja que todos nosotros comencemos a llevar una vida en Dios (Mt 11,28-30).

1) El Evangelio nos presenta a Jesús hablando con el Padre, en momentos de silencio y oración en los que Jesús desahoga su corazón hablándole de su experiencia al Padre. En este caso, el gozo y la alegría de ver cómo la Palabra de Dios que no es otra cosa que el mismo Reino de Dios va calando en el corazón de la gente sencilla y no precisamente en el corazón de aquellos que se creen superiores. Más bien, son los de abajo, los sencillos, los que significan poco para el mundo, son los más disponibles para abrir sus corazones a la voluntad y a la gracia y el amor del Padre. Ese es el gran misterio de la gracia.

2) Jesús que tiene la experiencia humana del cansancio de los caminos, nos hace una invitación a saber reposar, descansar, regalarnos un tiempo para respirar y dejar que nuestro espíritu se vacíe de tantas tensiones que hoy, elegantemente, llamamos el “estrés”. Dios no es de los que echa cargas encima de nosotros. Que a Dios no le gusta vernos derrumbados bajo el peso de las obligaciones, imposiciones y mandatos de la carne. Que Dios lo que quiere es vernos ligeros y libres en el camino y que las peores cargas ya las ha llevado Él. Que carguemos con el yugo que Él nos impone, la vida en el espíritu, porque es ligero y llevadero y no el yugo que con frecuencia nos imponemos asimismo como es el de la carne o pecados. San Pablo nos sugiere así:

¿Quién es Dios para Jesús sino el Padre, y quien es Jesús para Dios sino su Hijo?(Mt 11,27):Recordemos en el momento del bautismo: “Tú eres mi Hijo amado, yo te he engendrado hoy” (Lc 3,22). Refleja unida intima entre Padre-Hijo: “Yo y el Padre somos una sola realidad” (Jn 10,30).

¿Quién es Jesús para mí? La pregunta de Jesús es: ¿Uds quien dicen que soy? Pedro respondió y dijo: “Tu eres el Mesías, el hijo de Dios vivo” (Mt 16,15-16). Ahora Jesús nos ha dicho: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). Jesús es, aún más tajante al decir: “Todo poder se me dio en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). Y en la tercera parte: ¿A quién se dirige Jesús? (Mt 11,28-30)? Se dirige a cada uno de los pobres y pequeños, es decir a cada uno de nosotros. Nos ha dicho:  “Vengan a mí todos los que están cansados y fatigados, y yo les daré descanso. Tomen sobre Uds. mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaran descanso para sus almas” (Mt11,28-29). ¿Cuál es el yugo que mayormente pesaba sobre el pueblo de aquel tiempo? Y ahora ¿cuál es el yugo que más pesa sobre ti? ¿No es el odio, el resentimiento, envidia, orgullo etc? Y ¿Cuál es el yugo que me da descanso? ¿No es el amor, la misericordia, la caridad, el perdón, la paz? ¿Cómo pueden las palabras de Jesús ayudar a nuestra familia a ser un lugar de reposo para nuestras vidas?

Fíjense que Jesús se nos presenta como revelador y como camino al Padre. Algo que ya nos dijo: “Yo soy camino, verdad y vida, nadie va al padre sino por mi” (Jn 14,6). Ahora bien conviene otra vez preguntarnos: ¿Quién es Jesús para mí? Y ojala nos respondiéramos como Pedro que respondió: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) y ten seguridad que Jesús nos diría también lo mismo que dijo a Pedro: “Feliz de ti Pedro, porque eso que me has dicho nadie te revelo de carne y hueso, sino mi Padre del cielo. Ahora te digo Tu eres Pedro y sobres esta piedra edificare mi Iglesia” (Mt 16,17-18). Pero esta respuesta por parte nuestra tiene que implicar un compromiso de ser el mensajero de Dios; al respecto el profeta dice: “Que hermoso son los pasos y los pies del mensajero que anuncia la palabra de Dios” (Is 52,7). Pero mismo Jesús nos dice: “Al que me anuncie abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero quien me niegue entre los hombres yo también lo najaré ante mi Padre que está en el cielo” (Mt 10,32). Este trabajo implica un compromiso serio, es el trabajo misionero.

En el Evangelio de Mateo, el discurso de la Misión ocupa todo el capítulo 10. En la parte narrativa que sigue después de los capítulos 11 y 12, donde se describe cómo Jesús realiza la Misión, aparecen incomprensiones y resistencias que Jesús debe afrontar. Juan Bautista, que miraba a Jesús con una mirada del pasado, no lo comprende (Mt 11, 1-15). El pueblo, que miraba a Jesús sólo por interés, no es capaz de entenderlo (Mt 11, 16-19). Las grandes ciudades en torno al lago, que habían oído la predicación y habían visto los milagros, no quieren abrirse a su mensaje (Mt 11, 20-24). Los escribas y doctores que juzgaban todo a partir de su ciencia, no son capaces de entender la predicación de Jesús (Mt 11,25). Ni siquiera los parientes lo entienden (Mt 12,46-50) Sólo los pequeños entienden y aceptan la buena nueva del Reino (Mt 11,25-30). Los otros quieren sacrificios, pero Jesús quiere misericordia (Mt 12,8). La resistencia contra Jesús lleva a los fariseos a intentar matarlo (Mt 12,9-14). Ellos lo llaman Beelzebul (Mt 12, 22-32). Pero Jesús no cede; él continúa asumiendo la misión del Siervo, descrito por el profeta Isaías (Is 43, 1-4) y citado al completo por Mateo (Mt 12, 15-31).

El contexto de los capítulos 10-12 de Mateo sugiere que la aceptación de la buena nueva por parte de los pequeños es la realización de la profecía de Isaías 53,3. Jesús es el Mesías esperado, pero es diverso de lo que la mayoría imaginaba. No es el Mesías glorioso nacionalista, ni siquiera un juez severo, ni un Mesías rey poderoso. Sino que es el Mesías humilde y siervo que "no rompe la caña cascada, ni apagará la mecha humeante" (Mt 12,20). Él proseguirá luchando, hasta cuando la justicia y el derecho prevalezcan en el mundo (Mt 12,18. 20-21). La acogida del Reino por parte de los pequeños es la luz que brilla (Mt 5,14), es la sal que da sabor (Mt 5,13), es el grano de mostaza que (una vez convertido en árbol grande) permitirá a las aves del cielo anidar entre sus ramas (Mt 13, 31-32).

Hay algo a lo que solemos dar poca importancia. Es que también nosotros leemos del Evangelio lo que nos conviene. Jesús nos dice que Él no ha venido a imponernos cargas pesadas, al contrario, ha venido a regalarnos el don de la libertad. Nos vino a liberar de las esclavitudes. La fidelidad al Evangelio no es hacer insoportables las cosas, sino hacerlas ligeras y llevaderas. Aquí todos tenemos mucho que aprender. La primera expresa la ternura de la relación de Jesús con el Padre, como en la casa la relación entre hijo y papá. Aquí es Jesús que acude a la oración lleno de gozo a contarle al Padre lo que está sucediendo con el anuncio del Reino (Mt 11,25-26). Yo no sé si alguna vez hemos hablado con Dios para contarle algún acontecimiento que hemos visto o nos ha sucedido. ¿No es nuestro Padre? ¿Por qué no tener esa libertad de espíritu y esa confianza para hablarle a Dios de las cosas que nos suceden cada día?. Por ejemplo, cuanto tenemos que aprender de los pobres como el ciego que ha sido curado por Jesús y luego le pregunto:"¿Crees en el Hijo del hombre? Él respondió: ¿Quién es, Señor, para que crea en él?. Jesús le dijo: "lo estás viendo: es el que te está hablando". Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se arrodilló y lo adoró” (Jn 9,35-38).

Hoy el Evangelio nos invita a entrar en la intimidad más profunda de Jesús. Nos encontramos ante un texto bellísimo (Mt 11, 25-30) donde el Señor levanta su mirada al Cielo y bendice al Padre. Pero para comprender la magnitud de lo que Jesús nos dice hoy, es necesario que nos hagamos, en el silencio del corazón, la pregunta fundamental que atraviesa toda la Escritura: ¿Quién es Jesús para mí?

Tiempo después de este pasaje, en Cesarea de Filipo, Jesús les lanzará a sus discípulos esa misma pregunta directa: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?». Y Pedro, inspirado por el Espíritu, responderá con valentía: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 15-16).

Hoy, en este Evangelio, es el propio Jesús quien nos revela su identidad secreta y divina. Nos dice con absoluta claridad: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27). Miren qué maravilla: Jesús no es simplemente un buen maestro, un filósofo o un profeta más. Él es el Hijo amado, el que comparte la misma vida de Dios. Su autoridad es total. Es el mismo que, antes de ascender al cielo, confirmará de forma aún más tajante: «Todo poder se me dio en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). El que nos habla hoy es el Rey del universo, el Dios omnipotente hecho carne.

¿A quién se dirige este Dios soberano?

Cualquiera pensaría que alguien con "todo el poder en el cielo y en la tierra" buscaría a los grandes sabios, a los gobernantes o a los poderosos de este mundo. Pero no. ¿A quién se dirige Jesús hoy? Se dirige a los pobres, a los pequeños, a los sencillos... es decir, se dirige a cada uno de nosotros.

Escuchemos con el alma el susurro de su voz: «Vengan a mí todos los que están cansados y fatigados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas» (Mt 11, 28-29).

En tiempos de Jesús, la gente estaba abrumada. El "yugo" que mayormente pesaba sobre el pueblo de aquel tiempo era una religiosidad rígida, cargada de leyes y preceptos humanos impuestos por los escribas y fariseos, cargas pesadas que asfixiaban la fe y hacían ver a Dios como un juez implacable en lugar de un Padre misericordioso.

Pero traigamos esa pregunta a nuestro hoy, a este domingo, a tu vida concreta: ¿Cuál es el yugo que más pesa sobre ti en este momento? A veces pensamos que son las deudas, el trabajo o la salud. Y sí, eso cansa. Pero el yugo que verdaderamente aplasta el alma, el que no nos deja dormir por las noches, es el yugo del pecado en el corazón: el odio, el resentimiento, la envidia, el orgullo, el egoísmo, el deseo de venganza. Ese es el verdadero yugo pesado que nos enferma y nos aísla.

El yugo que da descanso: Jesús no nos ofrece quitar el yugo para dejarnos vagar sin rumbo; nos ofrece cambiar de yugo. Nos dice: "Tomen mi yugo". ¿Y cuál es el yugo de Jesús? Es el amor, la misericordia, la caridad, el perdón y la paz.

El yugo del orgullo es pesado porque nos obliga a defender siempre nuestra imagen y a tener siempre la razón. El yugo del amor y del perdón es ligero, porque nos libera de la necesidad de juzgar y nos permite caminar ligeros de equipaje. Al estilo de Jesús, que es "manso y humilde de corazón", encontramos el verdadero descanso, porque dejamos de pelear contra el mundo en nuestras propias fuerzas y empezamos a descansar en los brazos del Padre.

Nuestra familia: un lugar de reposo: Finalmente, hermanos, miremos nuestros hogares. Vivimos en un mundo acelerado, lleno de tensiones y hostilidad. ¿Cómo pueden estas palabras de Jesús ayudar a nuestra familia a ser un lugar de reposo para nuestras vidas?

Nuestras casas no pueden ser una extensión del campo de batalla del mundo. Si dejamos entrar en el hogar el orgullo, los gritos, el resentimiento por los errores del pasado o la envidia, convertiremos la familia en un lugar de tortura.

Las palabras de Jesús nos invitan a fundar el hogar en la mansedumbre y la humildad. Una familia se convierte en un oasis de descanso cuando:

  • Aprendemos a pedir perdón y a decir "lo siento".
  • Dejamos de lado el orgullo y nos escuchamos con paciencia.
  • Sustituimos el reproche por la caridad y la palabra de aliento.

Que hoy, al acercarnos al altar, le entreguemos a Jesús nuestras fatigas, nuestros odios y resentimientos. Dejemos que Él los destruya con su amor y salgamos de esta Eucaristía llevando su yugo ligero: el yugo de la paz y del amor, para que nuestras vidas y nuestras familias sean, verdaderamente, un reflejo de su descanso divino.

martes, 23 de junio de 2026

DOMINGO XIII – A (28 de junio de 2026)

 DOMINGO XIII – A  (28 de junio de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según san Mateo: 10,37-42:

10,37 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

10,38 El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

10,39 El que trate de salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvarà.

10,40 El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.

10,41 El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

10,42 Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa" PALABRA DEL SEÑOR.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Paz y Bien.

¡Qué alegría encontrarnos hoy reunidos en torno al altar del Señor para celebrar el misterio de nuestra fe!

No anteponer nada a Cristo: "No anteponer ninguna persona, ni cosa alguna al amor de Cristo" se lee en el evangelio. Se trata de una expresión muy concreta del evangelio de este domingo. Cristo nos pide que lo amemos a Él por encima del amor paterno, materno o filial. Nos pide que tomemos la cruz propia y le sigamos por esa senda que no es fácil, ni amplia, pero que conduce a la salvación. Para comprender apropiadamente esta exigencia del Señor es preciso volver la mirada a la Encarnación del Verbo: En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.

En Cristo y por medio del bautismo hemos nacido a una nueva vida. Antes vivíamos en el pecado, pero ahora hemos sido trasladados a un nuevo reino, a una nueva vida. El fundamento de nuestra condición actual es Adán. Pero, el fundamento de nuestra vida futura es Cristo, porque así como Adán fue el primer hombre mortal y todos a continuación fueron mortales por su causa, así Cristo es el primer resucitado de entre los muertos, y ha donado el germen de la resurrección a aquellos que vendrían después de él. Nosotros entramos en esta vida visible con el nacimiento corporal, y por ello todos somos corruptibles. En cambio, en la vida futura todos seremos transformados por el poder del Espíritu y por ello resucitaremos incorruptibles. Y puesto que esto sólo tendrá lugar en los últimos tiempos, Cristo Nuestro Señor ha querido transferirnos a aquella vida de manera incipiente y simbólica, donándonos, con el bautismo, una nueva vida en Él. Este nacimiento espiritual es la figura presente de la resurrección y de la regeneración que deben realizarse plenamente en nosotros, cuando lleguemos a aquella vida. Por eso, al bautismo se le llama también regeneración.

La fecundidad espiritual: Se trata de un tema de gran importancia para todo cristiano llamado a dar frutos de vida eterna, pero especialmente importante para las personas consagradas, quienes habiendo renunciado a una fecundidad física, viven y anhelan una creciente fecundidad espiritual. Aquí encuentra razón de ser el tema de la paternidad y maternidad espiritual.

Las relaciones familiares iluminadas y llevadas a su más alta expresión en el amor a Cristo: El evangelio de este día ilumina las relaciones familiares con su significado profundo. No se trata, en efecto, de dividir las familias en nombre de la fe, sino más bien unir a la familia y hacerle ver la misión tan estupenda que tiene a la luz del misterio de Cristo. Se trata de enseñar a los padres y madres de familia que lo más importante de su hogar es Dios, y que ellos lograrán cumplir con su función paterna si logran infundir el amor y temor de Dios en el corazón de sus hijos. Se trata de que ellos logren que sus hijos "no antepongan nada en sus vidas al amor de Cristo". Así en esta reflexión vemos como la fecundidad física -el haber generado nuevos hijos- va de la mano, y muy estrechamente, de la fecundidad espiritual. Los padres que generaron para la vida física a sus hijos, los generan para la vida espiritual con su testimonio, con su palabra, con su amor y sacrificio, con su catequesis.

No cabe duda que la primera catequesis, y quizá la más importante, es la que recibe el niño en el propio hogar las más de las veces de los labios y ejemplos de la propia madre.  

Al escuchar el Evangelio de este domingo: Mt 10,37-42 es muy posible que algunas de sus palabras nos hayan dejado una sensación de inquietud en el corazón. Cuando Jesús dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí», podríamos caer en la tentación de pensar que el Señor nos está pidiendo que nos distanciemos de nuestros seres queridos, o que la fe es una fuerza que viene a dividir y a romper los lazos más sagrados que tenemos en la tierra.

Pero nada más lejos de la realidad, hermanos. Hoy el Evangelio no viene a destruir a la familia, sino a iluminarla, a purificarla y a llevarla a su más alta y hermosa expresión. Jesús no nos pide que amemos menos a los nuestros; nos pide que lo amemos a Él primero, porque solo cuando Dios ocupa el centro de nuestras vidas, aprendemos a amar de verdad a los demás. El amor humano, por más bello que sea, es limitado; pero cuando lo sumergimos en el misterio del amor de Cristo, ese amor familiar se vuelve eterno, fuerte y luminoso.

Miremos este mensaje con ojos de fe. ¿Cuál es el verdadero sentido de este pasaje? Es recordarles a ustedes, queridos padres y madres de familia, que lo más importante y el tesoro más grande de su hogar es Dios que es amor (I Jn 4,8).

Ustedes han recibido del Señor una misión estupenda. A veces pensamos que la paternidad y la maternidad terminan cuando los hijos están alimentados, vestidos y educados para tener éxito en la vida del mundo. Esos esfuerzos son muy valiosos, por supuesto. Sin embargo, la fecundidad física —el hermoso milagro de haber generado nuevos hijos para el mundo— debe ir siempre de la mano de la fecundidad espiritual.

Los padres que generaron a sus hijos para la vida física están llamados a engendrarlos también para la vida espiritual. ¿Y cómo se hace esto? No con discursos teóricos, sino con su testimonio diario, con su palabra oportuna, con su amor generoso, con el sacrificio de cada día y con su catequesis vivida en el hogar.

No cabe duda, hermanos, de que la primera escuela de la fe, y quizás la más importante y la que deja una huella imborrable para toda la vida, es la que el niño recibe en el seno de su propio hogar. Es esa fe que muchas veces se aprende de los labios y de los ejemplos de la propia madre, en el calor de los primeros años, al rezar antes de dormir o al dar las gracias por el pan de cada día.

Su tarea como padres se cumple plenamente cuando logran infundir el amor y el santo temor de Dios en el corazón de sus hijos; cuando consiguen que ellos crezcan con la convicción profunda de no anteponer nada en sus vidas al amor de Cristo. Si un hijo aprende a amar a Dios sobre todas las cosas, será un buen hijo, será un buen hermano, será un ciudadano honesto y, sobre todo, será una persona verdaderamente feliz, porque su vida estará cimentada sobre la roca firme.

Por eso, la fe no divide a la familia. Al contrario, la une con un lazo que ni el tiempo ni las dificultades de este mundo pueden romper. Cuando Cristo reina en una casa, el perdón se vuelve más fácil, la paciencia se hace más larga y el servicio mutuo se convierte en una alegría.

Al continuar hoy con nuestra celebración eucarística, pidámosle al Señor de manera especial por todas nuestras familias. Que nuestros hogares sean verdaderas iglesias domésticas, lugares donde Dios sea el centro, donde se respire su paz y donde se engendre, día a día, la vida del espíritu. Que María y José, que supieron poner siempre a Jesús en el centro de su hogar en Nazaret, intercedan por cada uno de ustedes.

Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como una marca sobre tu frente. Escríbelas en las puertas de tu casa y en sus postes” (Dt 6,4-9).

Juan en su primera carta nos define algo importante: “Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (I Jn 4,7-8). Pero ¿nuestro amor a Dios hace más o menos a Dios? ¿Será Dios más si lo amamos? Claro que no. Recordemos aquella cita: Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: Tenemos por padre a Abraham. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham” (Mt 3,7-9). Así también Dios puede sacar de las piedras que lo amen.

San Juan nos dice también: “Nadie ha visto jamás a Dios, pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros” (I Jn 4,12).  Mismos Jesús nos dice: “Les doy un mandamiento nuevo que se amen unos otros como le he amado” (Jn 13,34). “Quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” (I Jn 4,20). ¿Cómo nos amó Dios? Bonito? Jugando? Nada de eso. Dios nos amó en su Hijo hasta dar su vida por nosotros. Por eso es que, la causa final o última del amor autentico es el amor a Dios y no solo el amor a los padres y menos amar mas a los padre e hijos que a Dios. Amando a los padres o hijos es como amamos de verdad a Dios. En saber amarnos unos a otros es como amamos en verdad a Dios.

¿Cuál debe ser la actitud de aquel quien quiere seguir a Cristo? 1) "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). 2) “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10,38).  3) “El que trate de salvar  su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvarà” (Mt 10,39). Ademas conviene agregar algo: 4) "Los apóstoles volvieron muy contentos y dijeron, Señor hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Jesús les dijo: no se alegren porque los demonios se los someten; alégrense mas bien porque su nombre estén escrito en cielo" (Lc 10,20). ¿Cómo hacer que nuestros nombres estén escritos en el cielo? Anunciando el Evangelio por todo el mundo (Mc 16,15). Y recordemos también lo que nos dice Jesús: "Quien me confiese en este mundo ante los hombres, yo también lo confesare a el ante mi Padre que esta en el cielo, pero quien me niegue, yo también lo negare ante mi Padre" (Mt 10,32). Al respecto, San Pablo, quien cumplió esto como Cristo lo exige, pudo llegar a exclamar al decir: “Ya no soy yo quien vivo, sino es Cristo Quien vive en Mí” (Gál. 2, 20).

lunes, 15 de junio de 2026

DOMINGO XII – A (21 de junio de 2026)

 DOMINGO XII – A (21 de junio de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 10,26-33

10,26 No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido.

10,27 Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

10,28 No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.

10,29 ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.

10,30 Ustedes tienen contados todos sus cabellos.

10,31 No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

10:32 Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo.

10,33 Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

“Les dije la verdad que he oído a mi Padre, por cuál de esas verdades me quieren mata?” (Jn 8,40). “Los judíos dan estas razones para matar a Jesús: porque no sólo violaba el sábado (haciendo curaciones), sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre” (Jn 5,18). ¿Quiénes son esos judíos y por qué no aceptan que Jesús es el Hijo de Dios? Juan dice: ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el Anticristo: el que niega al Padre y al Hijo” (I Jn 2,22). Jesús les dijo a los judíos: “Ustedes tienen por padre al demonio y quieren cumplir los deseos de su padre. Desde el comienzo él fue homicida y no tiene nada que ver con la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44). La mentira se opone a la verdad por eso Jesús les dice: “A mí no me creen, porque les digo la verdad” (Jn 8,45). “ Yo soy la verdad” (Jn 14,6). Jesús dijo también a sus discípulos: “si esto hacen conmigo qué no harán con ud” (Lc 23,31). “Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). En suma el señor ha puesto las condiciones y el precio del cielo. La única forma de merecer el cielo es trabajando en la misión no obstante las duras limitaciones.

En el discurso de la montaña Jesús advirtió sobre la adversidad que implica promover el reino de los cielos al decir: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando los calumnie en toda forma por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 5,11-12). Y en el discurso sobre la misión, Jesús dice a sus apóstoles no solamente qué es lo que deben hacer (Mt 10,5-15) y cuáles son las dificultades que les aguardan (Mt 10,16-25), sino también cómo deben superar las situaciones desfavorables en la misión (Mt 10,26-33).

 

El misionero ante los peligros: Una vez que Jesús terminó las primeras instrucciones a sus apóstoles (Mateo 10,5-15), dijo: “Mirad que los envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16). Desde ese momento se capta que la misión implica peligros: juicios en los “tribunales” (Mt 10,17), “azotes” (Mt 10,17) e incluso “muerte por los de su propia familia” (Mt 10,21). Una frase de Jesús describe crudamente este ambiente de persecución y rechazo: “Serán odiados de todos por causa de mi nombre” (Mt 10,22).

Todo esto hay que entenderlo como una verificación de la estrecha comunión del discípulo con su Maestro, es decir, es parte del seguimiento: “No está el discípulo por encima del Maestro… Ya le basta al discípulo ser como el Maestro” (Mt 10,24.25).

Enfrentar los miedos: Sentimos que no podemos asegurarlo todo con nuestros propios esfuerzos. Todo lo que somos y nos pertenece nos expone a heridas y pérdidas, es objeto de amenaza, de recelos y temores. En el texto afloran cuatro “miedos” del misionero: Miedo a hablar en público (Mt 10,26-27). Miedo a que destruyan su integridad física  (Mt 10,28-31). El miedo verdadero debe estar en: Miedo a perder la comunión definitiva con Jesús (Mt 10,32-33); y miedo a perder la salvación, “muerte del alma” (Mt 10,28-31).

¿Qué es lo que deben hacer los apóstoles que, precisamente por cumplir la misión que Jesús le encomienda, son criticados y perseguidos?; ¿Dejar la misión? ¿Renunciar a su confesión de fe para sobrevivir en medio del ambiente hostil? ¿Aplazar la tarea para cuando lleguen tiempos mejores? ¿Amoldarse a la vida de la sociedad haciendo concesiones que le eviten los conflictos? ¿Quedarse callados ante lo que sucede en el mundo y permitir que todo siga como siempre?

La enseñanza de Jesús: Ante las situaciones desfavorables descritas y el dilema correspondiente, la enseñanza de Jesús a los misioneros gira en torno a una misma expresión que tres veces repite con fuerza: “¡No tengan miedo!”: 1) “No les tengan miedo. Pues nada hay encubierto que no haya de ser descubierto” (Mt 10,26). 2) “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10,28). 3) “No tengan miedo, pues, Uds valen más que muchos pajarillos” (Mt 10,31).

Jesús no niega que los misioneros pasarán por momentos amargos. Él mismo se refiere a ello varias veces y quiere que sus apóstoles no se hagan falsas ilusiones: su tarea de anunciar el Reino y su pertenencia a él en calidad de discípulos los hacen mucho más vulnerables ante el entorno social. En el centro está el Dios Padre de Jesús (Jn 17,21): Él es la realidad determinante frente al cual nada debe ser preferido, a cuya voluntad nada escapa, quien cuida a los suyos con amor paterno (I Jn 4,8).

"El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Jn 16,24-26). Buscando la salvación de los demás es como podemos asegurar nuestra salvación; ello implicará incluso dar la vida por la cusa del evangelio. Pero esta conducta tiene su recompensa: “Al final de los tiempos, el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt 16,27).

 “No Teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de su Padre. En cuanto a Uds. hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. No teman, pues; Uds valen más que muchos pajarillos” (Mt 10,28-31). Ante el rechazo o el martirio prevalece la confianza en el Dueño de la Vida. En efecto, la exhortación a “no temer” ahora es más concreta: se trata de la eventualidad de la muerte. Por pertenecer a Jesús, el discípulo puede sufrir una muerte violenta.

Jesús nos habla también de un “temor” que sí hay que tener: el temor de Dios, que es ante todo respeto. De hecho, hay que saber distinguir entre el verdadero y el falso temor, así como lo hace el profeta Isaías: “No teman ni tiemblen de lo que el (pueblo) teme; a Dios que es santo, a Él si su temor” (Mt 8,12-13). Este pensamiento nos remite a la exhortación para el martirio que encontramos en el libro de los Macabeos. El viejo Eleazar, ya moribundo por la tremenda paliza, dice: “El Señor, que posee la ciencia santa, sabe bien que, pudiendo librarme de la muerte, soporto flagelado en mi cuerpo recios dolores, pero en mi alma los sufro con gusto por temor de él” (2 Macabeos 6,30). Claro está, a diferencia de la historia de Eleazar, esta vez la motivación proviene de Jesús y con antecedencia a la situación de peligro de muerte de un discípulo suyo.

Valoración del poder: La motivación fundamental que Jesús da para atreverse a dar el paso del martirio: la vida en última instancia depende de Dios. Para comprender mejor esto hay que hacer una valoración del poder: 1) El poder de los hombres, quienes pueden matar el cuerpo pero no matar el alma. 2) El poder de Dios, que puede mandar a la perdición el cuerpo y el alma a la gehena. (en el mundo bíblico la “gehena” es concebida como lugar de pena eterna). Jesús pide valentía también frente al daño extremo e irrevocable en el que podemos caer, esto es, frente a la muerte. El hecho que nosotros continuemos viviendo o que nuestra vida se acabe de repente, puede depender de los hombres. Con todo, Jesús nos recuerda que la muertes es solamente realidad penúltima, que la vida terrena no es el bien mayor y que la muerte no es el mal más grande, y que, a pesar de su poder para matar, los hombres no tienen ningún poder discrecional sobre la salvación o sobre la condenación. Aquí termina el poder humano y comienza el ámbito del poder exclusivo de Dios.

Jesús envía a los apóstoles a predicar el evangelio sin miedo y les reitera tres veces, que no tengan miedo. ¿Por qué habían de tener miedo?; ¿acaso predicar el evangelio es una misión peligrosa? Si lo es. Lo era entonces y lo será. Jesús fue detenido, juzgado, sentenciado a muerte por el sanedrín y ejecutado en una cruz por los romanos...., sólo por hablar y anunciar a los pobres el evangelio del reinado de Dios. Y lo mismo pasó antes con todos los profetas; por ejemplo, con Jeremías, que fue denigrado y perseguido por alzar su voz contra el templo y los señores del templo. Y así también tenía que suceder y sucedió después con los apóstoles. Por eso les dijo Jesús que no tuvieran miedo.

El evangelio no es una palabra abstracta o lejana. Ni una verdad teórica, que puede comprenderse o no pero no molesta a nadie aunque pueda aburrir a la mayoría...; sino una verdad práctica, eficaz, que obliga a tomar partido por ella o contra ella, que cambia nuestras relaciones con Dios, a quien nos enseña a llamar Padre, y con los hombres a quienes debemos tratar como hermanos. Por eso entra en diálogo, pero también en dialéctica y en lucha. Por eso levanta la contradicción y la oposición de la mentira. Porque es la luz contra las tinieblas.

La mentira que se opone al evangelio no está sólo delante de nosotros y fuera de nosotros mismos, sino también en nuestro interior. Y es preciso exorcizarla de nosotros con la palabra de Dios, recibiendo con fe el evangelio. Sabiendo que sólo podemos predicar a otros si nosotros mismos hacemos lo que predicamos. La mentira nos domina muchas veces sirviéndose del miedo, metiéndonos el miedo a confesar el evangelio, a practicarlo, a dar testimonio de él delante de Dios y de los hombres. El que lucha contra la mentira, no puede hacerlo con las armas propias de la mentira, utilizando el poder que todo lo corrompe y sólo sirve para dominar. La verdad nos hace libres, el evangelio es una fuerza de liberación. No podemos utilizar, por tanto, la fuerza, la imposición. Sólo podemos dar testimonio, dejar que la verdad desarrolle su propia fuerza.

Esquema Analítico: Mateo 10, 26-33

El Envío a Predicar sin Miedo

1. La Realidad del Miedo: ¿Por qué una misión peligrosa?

Jesús reitera tres veces "no tengan miedo" porque la predicación del Evangelio no es un acto neutral, sino una misión de alto riesgo histórico y existencial.

El destino de los profetas (Pasado):

    • Ejemplo de Jeremías: Denigrado y perseguido.
    • Causa: Alzar la voz contra las estructuras de poder (el Templo y sus señores).

El destino de Jesús (Presente del relato):

    • Sufrió la detención, el juicio y la sentencia de muerte por el Sanedrín.
    • Sufrió la ejecución en la cruz por el Imperio Romano.
    • Causa: Anunciar el Reinado de Dios a los pobres.

El destino de los Apóstoles y la Iglesia (Futuro):

    • Continuidad del mismo rechazo histórico.
    • La persecución como consecuencia lógica de la fidelidad al mensaje.

2. La Naturaleza del Evangelio: Verdad Teórica vs. Verdad Práctica

El peligro de la misión radica en la esencia misma de lo que se anuncia. El Evangelio no es inofensivo porque obliga tomar partido a favor o en contra.

Dinámica del mensaje: Entra en diálogo, pero inevitablemente genera dialéctica, lucha y contradicción.

Conflicto cósmico/existencial: Es el choque inevitable de la Luz contra las tinieblas.

3. El Doble Frente de la Mentira

La oposición al Evangelio no es solo un enemigo externo; es un combate en dos frentes simultáneos:

Frente Externo: Delante y fuera de nosotros (estructuras, persecución, rechazo social).

Frente Interno: En nuestro propio interior.

    • El mecanismo del miedo: La mentira utiliza el miedo como herramienta de dominación para evitar que confesemos, practiquemos y demos testimonio del Evangelio.
    • El antídoto: Exorcizar la mentira interior mediante la Palabra de Dios y la fe, bajo el principio de la coherencia: solo se puede predicar lo que se vive.

4. Las Armas de la Verdad frente a la Mentira

El texto establece una frontera ética infranqueable respecto a los medios que se deben utilizar para la misión.

Armas prohibidas (Las armas de la mentira):

    • El poder corruptor.
    • La dominación, la fuerza y la imposición.

Armas legítimas (Las armas del Evangelio):

El Testimonio: Mostrar con la vida la coherencia del mensaje.

La Libertad: Dejar que la verdad desarrolle su propia fuerza interna, ya que el Evangelio es, por definición, una fuerza de liberación ("La verdad nos hace libres").

Eje Central del Texto: El miedo se vence cuando se comprende que el Evangelio no se impone con el poder del mundo, sino que se testimonia desde la libertad de la verdad, asumiendo las consecuencias conflictivas que esto genera en la historia.

Cuando Jesús insiste tres veces en ese pasaje con el "No tengan miedo" (Mt 10, 26.28.31), lo hace precisamente porque el panorama que les acaba de pintar en los versículos anteriores es aterrador.

Profundicemos en los motivos históricos y teológicos de ese miedo, y por qué la predicación del Evangelio era —y es— una de las tareas más subversivas y peligrosas del mundo.

1. ¿Por qué tenían motivos reales para el miedo?

Jesús no les oculta la verdad. En el mismo capítulo 10 de Mateo, antes de decirles que no teman, les advierte explícitamente:

"Los entregarán a los tribunales y los azotarán en sus sinagogas" (v. 17).

"Serán llevados ante gobernadores y reyes por mi causa" (v. 18).

"El hermano entregará a la muerte al hermano... y serán odiados por todos por causa de mi nombre" (v. 21-22).

El miedo radicaba en la pérdida de las tres redes de seguridad más grandes que tiene un ser humano: la familia (que los traicionaría), la religión oficial (las sinagogas que los azotarían) y el Estado (los gobernadores romanos que los juzgarían). Iban a quedar completamente desamparados a los ojos del mundo.

2. El Evangelio como peligro político y religioso

Como bien señalas con el ejemplo de Jesús y del profeta Jeremías, la predicación del Reinado de Dios no era un mensaje espiritual desencarnado o una simple invitación a "ser buenos". Era un mensaje profundamente perturbador para el statu quo:

Para las autoridades religiosas (el Sanedrín): Anunciar que Dios reinaba implicaba que las estructuras de poder del Templo ya no eran las mediadoras exclusivas de la salvación. Decir que Dios estaba del lado de los marginados, los pobres y los pecadores rompía el sistema de control basado en la pureza ritual.

Para el Imperio Romano: Decir que "Jesús es el Señor" era un desafío directo al culto imperial. En Roma solo había un Kyrios (Señor), y ese era el César. Anunciar otro reino, aunque no fuera militar, sembraba la sospecha de sedición.

3. El sentido de las tres llamadas a "no tener miedo"

En Mt 10, 26-33, cada vez que Jesús dice "no teman", ofrece un antídoto teológico específico para desmontar el miedo de los apóstoles:

Primer "No teman" (v. 26): La advertencia: El miedo a la calumnia, a que el mensaje sea distorsionado o acallado en secreto. El antídoto de Jesús: La verdad prevalecerá: "No hay nada oculto que no deba ser descubierto". La historia y Dios les darán la razón.

Segundo "No teman" (v. 28). La advertencia: El miedo a la tortura y a la muerte física (los azotes, la cruz). El antídoto de Jesús: El límite del poder humano: Los perseguidores solo pueden matar el cuerpo, no el alma. Hay una justicia eterna que escapa a los tribunales de la tierra.

Tercer "No teman" (v. 31). La advertencia: El miedo al abandono, a sentirse solos e insignificantes en medio de la persecución. El antídoto de Jesús: La Providencia amorosa: Si Dios cuida de los pajaritos y tiene contados los cabellos de su cabeza, ¿cómo los va a olvidar a ellos en el momento de la prueba?

Conclusión: La paradoja del envío.

La gran paradoja que Jesús les plantea es que la única forma de vencer el miedo al mundo es teniendo un "temor" (respeto, reverencia y fidelidad) mucho mayor hacia Dios.

Al final del pasaje, Jesús vincula el no tener miedo con el testimonio público: "Al que me reconozca abierto ante los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre" (v. 32). El miedo paraliza y silencia; el amor y la confianza en la Providencia ponen a los discípulos en camino, sabiendo que el destino del siervo no es diferente al del Maestro. Lo que pasó con Jeremías, con Jesús y con los apóstoles demostró que el Evangelio, cuando se predica en su verdad radical, siempre genera conflicto porque cuestiona los poderes de este mundo.