domingo, 18 de octubre de 2026

DOMINGO XXX - A (25 de Octubre del 2026)

 DOMINGO XXX - A (25 de Octubre del 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 22,34-40:

 22,34 Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar,

22,35 y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

22,36 "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?"

22,37 Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.  

22,38 Este es el más grande y el primer mandamiento.

22,39 El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

22,40 De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas". PALABRA DEL SEÑOR.

 REFLEXIÓN:

 Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

“Quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso” (IJn 4,20).

“¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). Hemos dicho que, se salvaran todos los que entran al banquete de boda del Cordero y para entrar al banquete de boda del Cordero previa aceptación (Bautismo= Mt 28,19-20), es requisito estar revestidos con traje de fiesta (Mt 22,12). ¿Cómo revestirnos con traje de fiesta? Sabiendo situarnos tal como somos ante cesar como ciudadanos cumpliendo con los deberes de la sociedad (Mt 22,21) y ante Dios dar testimonio de la fe como imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Y la estrategia para revestirnos con traje de fiesta es lo que hoy nos da pie responder a la pregunta: ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? Amar a Dios y al prójimo (Mt 22,36).  Con esta respuesta también respondemos a la pregunta ¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16). Haciendo o viviendo a cabalidad el bien supremo del amor. ¿Cómo? Amor a Dios amando al prójimo. Por eso, san Juan nos enfatiza: “Quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso” (IJn 4,20).

 Para obtener la salvación hace también falta: “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1). “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22).

 Cuando resaltamos el episodio: “El rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?" El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt 22,11-13). Y nos preguntamos ¿Qué significa ese traje de fiesta? Y nos respondimos con la enseñanza de San Pedro “Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo” (IPe 1,15-16; Lv 19, 2). Es decir, un día para estar en la fiesta del banquete de boda del cordero que es el en el cielo y  es eterno, hay que estar con traje de fiesta, es decir, hay que ser santo sí o sí.

 Para ningun judío era secreto que el primer mandamiento de toda la ley es el amor a Dios, pero Jesús va más lejos en su respuesta y agrega, el segundo es similar: "ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22,37-39). Que el segundo mandamiento sea igual y tan importante como el primero. Es decir, que amar al prójimo es tan importante como amar a Dios. Además añade, que toda esa gama de mandamientos y preceptos que el pueblo multiplicó de los diez mandamientos, en total más de seiscientos, todos ellos quedan reducidos a dos principios: el amor a Dios y el amor al prójimo (Mt 22,37-39), Aquí hay toda una enseñanza nueva e incluso una nueva concepción de Dios. Para nosotros tampoco hay duda en aceptar que el amar a Dios es el primer mandamiento de la ley, pero no estamos tan convencidos en poner en el mismo nivel, al amor al prójimo. Lo digo porque hoy tenemos muchos conflictos en el mundo, guerras, odios, rencores, mucha gente que muere de hambre… me van a decir que ¿si nos amáramos como Jesús nos dice hoy, habría tanta miseria en el mundo? Jesús no dio tanta importancia al primero, no porque no le importase el amor a Dios sino que el amor autentico a Dios pasa por el amor al prójimo. No en vano, a lo largo del Evangelio como enseñanza central de Jesús es esta: “Les doy un mandamiento nuevo; que se amen unos a otros como yo les he amado, en esto les reconocerán que son mis discípulos, en que Uds. saben amarse unos a otros como les amé” (Jn 13,34).”

 El amor del auténtico creyente tiene que tener su sustento en las mismas palabras y enseñanzas de Jesús. Y para dar mayores pautas del amor del que Jesús nos habla hoy, recordemos  cuando Jesús nos dice: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra… Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,38-48).

 Pero, Jesús ¿nos pide amar incluso hasta a los enemigos? Si, y Jesús nos lo ha demostrado que si es posible amar al enemigo. Desde la cruz, cuando sus enemigos lo están crucificando, la primera palabra que dijo es: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen conmigo” (Lc 23,34) y la última palabra es expresión de su amor y fidelidad al Padre: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu y dicho esto murió” (Lc 23,46). Escena que Juan los describe así: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3,16-18).

Hermanos, hoy Jesús no nos ha preguntado cuántas oraciones sabemos, cuántas veces hemos venido al templo o cuántas normas religiosas podemos recordar. Nos ha llevado al corazón de nuestra existencia: ¿amamos a Dios? ¿Y cómo se manifiesta ese amor en nuestra manera de tratar a los demás?

La primera lectura nos recuerda que Dios escucha el clamor del pobre y del indefenso. San Pablo nos enseña que el Evangelio puede transformar una comunidad hasta convertirla en testimonio. Y Jesús nos revela que amar a Dios y amar al prójimo son dos dimensiones inseparables de una misma vida de fe.

Por eso, al salir de esta Eucaristía, no nos llevemos solamente una frase bonita. Llevémonos una decisión concreta: reconciliarnos con alguien, escuchar a quien hemos ignorado, tratar justamente a quien trabaja para nosotros, acompañar a una persona sola o compartir con quien necesita ayuda.

San Francisco de Asís comprendió que el encuentro con Cristo cambia la manera de mirar al hermano. Pidamos al Señor esa gracia: que nuestra oración no nos aleje de las heridas del mundo, sino que nos haga más capaces de acercarnos a ellas con misericordia.

Porque, al final, la pregunta no será solamente cuánto hemos hablado de Dios, sino cuánto hemos permitido que su amor transforme nuestra vida.

Señor, enséñanos a amarte con todo el corazón y a reconocer en cada hermano una persona digna de amor. Que nuestras palabras se conviertan en obras, nuestras obras en testimonio y nuestra vida entera en una respuesta agradecida a tu amor.

Jesús no elige un mandamiento entre los demás: revela el centro desde el cual toda la Ley es Ley, y ese centro es un solo amor que, nacido de Dios, no puede dirigirse a Él sin pasar por el prójimo.

1. Apertura: la pregunta que nos incomoda

Hermanos y hermanas:

Si hoy les pidiera que resumieran el cristianismo en una sola frase, ¿qué dirían? Algunos dirían: «ir a misa». Otros: «cumplir los mandamientos». Otros: «ser buena persona». Y no estarían del todo equivocados, pero tampoco del todo acertados.

Hoy el Evangelio nos pone ante exactamente esa pregunta, pero formulada por un adversario: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?» (Mt 22,36). Fíjense bien: no es una pregunta inocente. Quien la hace es un doctor de la Ley, y el evangelista nos dice con claridad que lo hace «para ponerlo a prueba» (v. 35). Y sin embargo, de una pregunta hecha con mala intención, Jesús saca la respuesta más luminosa de toda la Escritura. Así trabaja Dios: puede escribir derecho con renglones torcidos.

Quiero proponerles que hagamos juntos un recorrido con una sola dirección. Primero entenderemos qué quiso decir Jesús en su mundo. Después veremos qué nos dice de Dios, luego del ser humano, y al final, qué nos pide a nosotros, aquí y ahora. Y todo girará en torno a una afirmación: Jesús no escoge un mandamiento entre otros; nos revela el centro de toda la Ley, y ese centro es un solo amor que nace de Dios y que no puede llegar a Dios sin pasar por el amor al prójimo.

2. Nivel histórico-literario: ¿qué quiso decir Jesús en su contexto?

a) El escenario. Estamos en Jerusalén, en los últimos días de Jesús. Mateo ha construido una cadena de controversias: primero los herodianos y el tributo al César (22,15-22), luego los saduceos y la resurrección (22,23-33), y ahora los fariseos y la Ley (22,34-40). Tres grupos, tres trampas. Jesús sale de las tres. Y Mateo nos dice que los fariseos, al saber que había «tapado la boca» a los saduceos, «se reunieron en grupo» (Mt 22,34): es una coalición contra él.

b) La pregunta no era tan simple como parece. Para nosotros, «mandamiento más importante» suena a ranking. Pero en el judaísmo de la época se contaban, según la tradición rabínica, 613 preceptos o mandamientos: 248 positivos y 365 negativos. Y los maestros discutían cuáles eran «ligeros» y cuáles «graves». Era un debate real, legítimo y a veces agotador. La pregunta del doctor de la Ley pertenece a ese debate. No es absurda; es una pregunta de escuela.

Y hay otro detalle, que subrayan los biblistas: en la tradición rabínica se cuenta que otros maestros, después, resumieron la Ley en un principio. Por eso Jesús no es el primero en intentar una síntesis. Lo que sí es propio de él es qué une y cómo lo une. Lo digo con cautela, porque las fuentes rabínicas que conservamos son posteriores al Nuevo Testamento y no conviene fechar de forma tajante las comparaciones.

c) La respuesta: dos textos de la Torá. Aquí está el punto decisivo. Jesús no inventa nada. Cita:

Deuteronomio 6,5: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo trae «mente»; el texto hebreo decía «con todas tus fuerzas»; la tradición griega varía el vocabulario). Este texto pertenece al Shemá, la oración que todo israelita piadoso recitaba mañana y noche. Jesús no responde con una novedad: responde con la oración diaria de su pueblo.

Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Un versículo perdido en medio del llamado «Código de Santidad», entre normas sobre la cosecha, los jornaleros y la justicia en los tribunales. En su contexto original, «prójimo» designaba ante todo al connacional, y en el mismo capítulo se extiende al extranjero residente (Lv 19,34).

d) Una precisión de método, que les pido que retengan. Jesús, en este pasaje, no cita ambos textos como «mandamientos gemelos» ya unidos en la Escritura. En el Antiguo Testamento, Dt 6,5 y Lv 19,18 están en libros distintos, sin conexión explícita. La unión es obra de Jesús en este momento, y es la decisión interpretativa que Mateo nos transmite. Lo que luego la tradición cristiana desarrollará, a saber, que ambos amores son uno solo en su raíz, es una lectura teológica posterior, que vamos a llegar a ver en Juan y en la primera carta de Juan, pero que no debemos poner en boca de Jesús en este pasaje como si él lo hubiera dicho así.

e) Y la frase que lo cambia todo. Mateo añade el versículo 22,40: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». El verbo es muy expresivo: «penden», literalmente «cuelgan». Imaginen una puerta que cuelga de sus goznes, o un cuadro de un clavo. Si quitas el clavo, todo se cae. No se trata de que los otros 611 mandamientos sobren; se trata de que sin este clavo no se sostienen. Y por eso Mateo, que cuida el tema, había escrito antes: «No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17). Jesús no desprecia la Ley. Le da su verdadero eje.

Y este eje ya había sido anunciado por los profetas. Oseas lo dijo con una frase que Mateo cita dos veces: «Misericordia quiero, y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13; 12,7). Es decir: Jesús responde dentro de la mejor tradición profética de Israel.

3. Nivel canónico: lo que la Escritura entera ayuda a ver

Ahora damos un paso. Ya sabemos qué dijo Jesús en su contexto. La Iglesia, leyendo toda la Biblia como una unidad, ha seguido meditando esta respuesta. Y aquí, hermanos, no estamos ya en el terreno de lo que Jesús dijo con estas palabras, sino de lo que el conjunto de la Escritura permite entender. Esto es legítimo y es riquísimo, pero es otro nivel.

a) Juan 13,34-35: el amor tiene ahora una medida nueva.
«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros. En esto reconocerán todos que son mis discípulos».

¿Qué es «nuevo»? No el amor al prójimo, que ya estaba en Levítico. Lo nuevo es la medida: «como yo los he amado». Antes se decía «como a ti mismo»; ahora, «como yo los he amado». La vara de medir pasa de nuestro propio yo al lavatorio de los pies y a la cruz. El contexto es claro: Juan lo dice en la Última Cena, después de lavar los pies. Y fíjense en el fin que dice Jesús: el amor es la señal de reconocimiento del discípulo. No la doctrina, no el ritual: el amor.

b) 1 Corintios 13,1-8: el amor como criterio de todo carisma.
Pablo escribe a una comunidad dividida, enamorada de sus dones espectaculares: lenguas, profecía, conocimiento, fe capaz de mover montañas. Y dice, en sustancia, que todo eso sin amor es nada. Y luego describe el amor no con definiciones abstractas, sino con verbos concretos: paciente, servicial, no envidioso, no se jacta, no se irrita, no lleva cuentas del mal. Pablo está haciendo con los corintios lo que Jesús hace con los fariseos: volver al centro. Ustedes tienen muchos dones; ¿dónde está el clavo del que todo cuelga?

c) 1 Juan 4,19-21: aquí el hilo se cierra.
«Nosotros amamos porque él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano».

Aquí sí aparece explícitamente lo que antes decía: no se puede amar a Dios sin amar al hermano. La carta lo afirma con una dureza casi incómoda: «mentiroso». Esta es la interpretación canónica más nítida del pasaje de hoy. Y noten algo importante: el versículo 19 coloca el fundamento antes del mandato: «Nosotros amamos porque él nos amó primero». El amor no es un esfuerzo nuestro por conquistar a Dios; es una respuesta a un amor que nos precede.

d) Y esto nos lleva a una conclusión que ilumina a Mateo.
Mateo 22 no dice «los dos mandamientos son lo mismo». Dice «el segundo es semejante al primero» (v. 39). Semejante, no idéntico. Y sin embargo, la tradición de Juan y de Pablo nos permite ver con más claridad por qué son semejantes: porque el Dios que nos ama primero es el mismo Dios que ama al hermano que tenemos al lado. Si yo amo a ese Dios, no puedo despreciar a quien Él ama.

Por eso insisto: la tesis de hoy no es «hay dos mandamientos». Es que hay un solo amor, que viene de Dios, y que tiene dos direcciones inseparables.

4. Lo que este pasaje revela de Dios y del ser humano

a) Acerca de Dios es la Primera revelación: Dios no es un legislador que nos pide cumplimiento; es un Dios que pide amor. Toda la Ley, con sus 613 preceptos, no es un reglamento de comportamiento, sino la forma concreta de una relación. Un Dios que solicita todo el corazón, toda el alma, toda la mente no es un Dios que busca esclavos, sino un Dios que busca comunión.

Segunda revelación: este Dios ama primero (1 Jn 4,19). El orden es decisivo. Primero el don, después la tarea. Primero somos amados, después amamos. Si invertimos el orden, la religión se convierte en un contrato: «yo cumplo, tú me recompensas». Y Jesús vino precisamente a romper ese contrato.

b) Acerca del ser humano: Aquí hay algo de enorme profundidad. El mandamiento dice «como a ti mismo». Es decir: da por supuesto que tú vales. Que tienes dignidad. Que mereces ser amado. Jesús no manda «ámate a ti mismo»; lo presupone como base. Pero lo hace sin caer en egoísmo: el amor a uno mismo no es el fin, sino el punto de partida desde el cual se puede comprender qué significa amar al otro porque el que no sabe amarse a si menos amara al otro.

Y, además, el mandamiento pone al otro en el mismo plano de dignidad que yo. El prójimo no es un instrumento, ni un competidor, ni un problema a resolver, ni un cliente: es alguien que, como yo, es amado por Dios y es capaz de amar. Aquí se funda, desde el Evangelio, la dignidad de toda persona, sin condiciones, sin distinciones de nación, de clase ni de mérito.

San Francisco, vivió esto de forma tan radical que cuando abrazó al leproso, a quien antes le provocaba horror, dijo en su Testamento que «lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulzura de alma y de cuerpo». No fue un sentimiento previo; fue un acto que transformó el sentimiento. El amor al prójimo no empieza en la simpatía; empieza en la decisión y en el gesto, y la simpatía llega después, a veces mucho después.

5. Nivel pastoral: ¿cómo debe transformar hoy nuestra vida?

Y ahora, hermanos, llegamos a donde esta homilía quería llegar. Hemos recorrido el camino: la pregunta, la respuesta de Jesús, la luz de toda la Escritura, lo que dice de Dios y del ser humano. Ahora cabe una pregunta sencilla y a la vez incómoda: ¿y mi vida?

Aquí ya no hablo de lo que Jesús dijo, ni de lo que dice la Escritura entera, sino de lo que nosotros, hoy, estamos llamados a vivir. Es una aplicación pastoral, y como tal puede decirse de muchas maneras. Les propongo tres desplazamientos concretos, que son consecuencias de la misma tesis:

Primer desplazamiento: de la religión de cumplimiento a la religión de amor.
Es fácil convertir la fe en una lista: misa, rezos, normas, devociones. Nada de eso es malo; todo eso es bueno, si cuelga del clavo. Pero si el clavo falta, se vuelve ruido, o peor, se vuelve coartada. Hay personas que no faltan nunca a la misa y que, sin embargo, no saludan al vecino, no perdonan a un familiar, o tratan con desprecio a quien trabaja para ellos. 1 Jn lo llama por su nombre: «mentiroso». No lo digo para condenar a nadie; lo digo porque ese espejo es para todos, comenzando por quien les habla.

Segundo desplazamiento: de un amor de palabras a un amor de obras concretas.
Pablo lo describió con verbos: paciente, servicial, no lleva cuentas del mal. Pregúntense, en estos días: ¿con quién necesito ser paciente? ¿A quién estoy llevando cuentas del mal? ¿A quién puedo servir esta semana de manera concreta? El prójimo no es una idea; es la persona que Dios pone en mi camino: el hijo que no me escucha, la suegra que me irrita, el compañero de trabajo que me ignora, el migrante que llega a nuestra ciudad, el pobre que no tiene voz. En el Perú, un país de tantas heridas y tantas solidaridades, la pregunta no es teórica.

Tercer desplazamiento: de un amor que depende de mi estado de ánimo a un amor que nace de haber sido amado.
Muchos nos agotamos de amar porque creemos que el amor depende de nuestras fuerzas. Pero 1 Jn 4,19 nos libera: «Amamos porque él nos amó primero». Cuando el amor se me agota, no tengo que fabricarlo de nuevo; tengo que volver a la fuente. Y esa fuente tiene un lugar concreto: esta Eucaristía. Aquí recibimos el amor que después se nos pide dar. Aquí el Señor, que lavó los pies de sus discípulos, se nos entrega. No salimos de misa «a cumplir un deber»; salimos a repartir lo que hemos recibido.

6. Cierre: volver al centro

Hermanos y hermanas, volvamos a la pregunta con la que empezamos. ¿Cuál es el mandamiento más importante?

Jesús podría haber dado una respuesta técnica, una jerarquía de normas. En cambio, nos dio una persona: Dios que nos ama primero, y un prójimo al que Dios también ama. Y nos dijo: de ahí cuelga todo.

La Ley, los Profetas, nuestras liturgias, nuestras devociones, nuestros ministerios, nuestras universidades, nuestras parroquias, todo es válido y bello en la medida en que cuelga de este clavo. Y cuando nos desviemos, cuando nos enredemos en discusiones, en normas, en rivalidades, en cansancios, el Evangelio de hoy nos dice con ternura: vuelvan al centro.

San Francisco, al final de su vida, enfermo y casi ciego, dijo a sus hermanos: «Hermanos, comencemos, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho». No lo dijo por desánimo, sino por hambre de amar más. Que esa sea nuestra oración esta semana: Señor, que no me contente con haber cumplido. Enséñame a amar.

Y que cuando alguien nos observe, no pregunte «¿a qué grupo pertenecen?», sino que pueda decir, como quería Jesús en Juan 13,34: «En esto reconocerán que son mis discípulos: en que se aman unos a otros».

Pregunta que no podemos esquivar: Si alguien nos preguntara hoy: «¿Qué significa ser cristiano?», ¿qué responderíamos? Quizá diríamos: ir a misa, rezar, cumplir los mandamientos, recibir los sacramentos o ayudar a los pobres. Todo eso es importante. Pero el Evangelio de hoy nos obliga a ir más al fondo: ¿qué es lo que da unidad, sentido y autenticidad a todo lo que creemos y practicamos?

Un doctor de la Ley se acerca a Jesús y le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» (Mt 22,36). Mateo nos advierte que la pregunta pretende ponerlo a prueba. Sin embargo, Jesús convierte aquella controversia en una de las enseñanzas más decisivas de todo el Evangelio.

Su respuesta es clara: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; y amar al prójimo como a uno mismo.

Pero atención: Jesús no nos entrega simplemente dos mandamientos para añadirlos a nuestra lista de obligaciones. Nos revela el centro desde el cual toda la vida de fe debe ser comprendida y vivida.

La tesis de esta homilía es sencilla, pero exigente: el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. No podemos vivir auténticamente el primero mientras despreciamos al segundo.

2. El clavo del que cuelga toda nuestra fe

Jesús concluye su respuesta con una expresión que merece nuestra atención: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40).

Imaginemos un cuadro hermoso, con un marco valioso y una pintura extraordinaria. Todo parece perfecto. Pero hay una pregunta decisiva: ¿de qué cuelga ese cuadro? Si el soporte falla, termina en el suelo.

Algo semejante sucede con nuestra vida cristiana. Podemos conocer muchas oraciones, participar en celebraciones, estudiar teología, ejercer ministerios y defender nuestras convicciones religiosas. Pero ¿de qué cuelga todo eso? ¿Qué sostiene nuestras prácticas y les da su verdadero sentido?

Jesús responde: el amor.

No está diciendo que los demás mandamientos sean inútiles. Está enseñando que todos deben orientarse hacia el amor a Dios y al prójimo. La oración, la liturgia, las normas morales y las devociones no son fines aislados: están llamadas a ayudarnos a vivir en comunión con Dios y a construir relaciones más justas, fraternas y misericordiosas.

El primer mandamiento procede de Deuteronomio 6,5 y pertenece al Shemá, la confesión de fe que Israel recitaba diariamente: amar a Dios con toda la existencia. El segundo procede de Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Jesús une ambos textos y los coloca en el centro de la interpretación de la Ley.

Por eso, la pregunta cristiana no puede limitarse a: «¿He cumplido?». Debe incluir otra, mucho más personal: «¿Me está conduciendo lo que hago a amar más a Dios y a tratar mejor a las personas?»

Podemos tener los labios llenos de oraciones y el corazón lleno de resentimiento. Podemos conocer el horario de la Eucaristía y desconocer el sufrimiento de quien vive a nuestro lado. Podemos defender con firmeza la verdad y, al mismo tiempo, olvidar la caridad con la que debemos comunicarla.

El Evangelio no nos pide abandonar nuestras prácticas religiosas. Nos pide algo más profundo: dejar que el amor transforme nuestra manera de vivirlas.

3. Amar a Dios: mucho más que decir que creemos

Jesús nos pide amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Esto significa que Dios no puede ocupar únicamente un pequeño espacio de nuestra existencia, reservado para los domingos o para los momentos difíciles.

Amar a Dios compromete nuestra inteligencia, nuestros afectos, nuestra voluntad, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Significa buscar su voluntad, no solamente cuando coincide con nuestros deseos, sino también cuando nos invita a cambiar, a renunciar al orgullo, a reconocer nuestros errores o a reparar el daño que hemos causado.

Sin embargo, aquí debemos recordar algo fundamental: no comenzamos amando a Dios para conseguir que Él nos ame. Comenzamos porque Dios nos ha amado primero.

San Juan lo expresa con claridad: «Nosotros amamos porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

Esta es la lógica de la gracia: primero recibimos el amor de Dios; después, sostenidos por ese amor, aprendemos a responder. La vida cristiana no consiste en acumular méritos para obligar a Dios a querernos, sino en acoger su amor y permitir que transforme nuestra existencia.

Pero entonces surge una pregunta inevitable: si Dios es invisible, ¿cómo podemos comprobar que nuestro amor hacia Él es auténtico?

San Juan nos ofrece una respuesta incómoda y luminosa: quien afirma amar a Dios y odia a su hermano contradice su propia confesión (1 Jn 4,20).

Aquí se encuentra el punto decisivo de nuestra reflexión.

4. Amar al prójimo: donde la fe se vuelve visible

Amar a la humanidad en abstracto puede resultar relativamente sencillo. La dificultad comienza cuando el amor tiene un rostro concreto.

El prójimo puede ser el familiar que nos irrita, la persona que piensa de manera diferente, el compañero que nos ha ofendido, el estudiante que necesita más paciencia, el trabajador al que debemos tratar justamente o la persona vulnerable cuya presencia interrumpe nuestra comodidad.

Es fácil decir: «Yo amo a todos». Lo difícil es preguntarnos: ¿cómo trato a la persona que tengo delante?

Por eso, Jesús no separa el amor a Dios del amor al prójimo. Y la primera carta de Juan nos obliga a reconocer la contradicción de una religiosidad que habla de Dios, pero desprecia al hermano.

San Pablo profundiza esta enseñanza en 1 Corintios 13. Una persona puede tener grandes conocimientos, hablar con elocuencia, poseer dones extraordinarios e incluso realizar obras admirables. Pero, si carece de amor, todo pierde su valor más profundo.

Pablo no describe el amor mediante ideas abstractas. Lo hace mediante actitudes concretas: es paciente, servicial, no es envidioso, no se engríe y no lleva cuentas del mal.

Por tanto, hagámonos una pregunta: si las personas que conviven con nosotros tuvieran que describir nuestra fe no por lo que decimos, sino por cómo las tratamos, ¿qué dirían?

¿Que nuestra fe las ayuda a sentirse escuchadas, respetadas y acompañadas? ¿O que conocemos muchas verdades, pero todavía nos cuesta pedir perdón, escuchar con paciencia y reconocer nuestros errores?

No respondamos demasiado rápido. Permitamos que la Palabra de Dios examine nuestro corazón.

5. La medida del amor cristiano: como Cristo nos ha amado

En el Evangelio de Juan, Jesús declara: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros» (Jn 13,34).

La novedad no consiste en que Israel desconociera el amor al prójimo. Lo nuevo es la medida: amar como Cristo nos ha amado.

¿Y cómo nos ha amado Cristo?

En la Última Cena se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos. No utiliza su autoridad para ser servido, sino para servir. Después, en la cruz, lleva su entrega hasta el extremo.

Cristo nos enseña que amar no significa simplemente sentir simpatía, aprobar todas las conductas o evitar cualquier conflicto. Amar es buscar el verdadero bien del otro, defender su dignidad y actuar con misericordia y justicia.

A veces amar significará perdonar. Otras veces, pedir perdón. En determinadas circunstancias, significará corregir fraternalmente; en otras, establecer límites necesarios para proteger a quien sufre una injusticia.

La misericordia no es complicidad con el mal, y el perdón no obliga a tolerar el abuso. La caridad cristiana no renuncia a la verdad ni a la justicia: busca que el mal no tenga la última palabra.

Jesús llega incluso a pedir que amemos a nuestros enemigos y oremos por quienes nos persiguen (Mt 5,44). No nos pide que llamemos bueno a lo malo. Nos pide que no permitamos que el odio transforme nuestro corazón a imagen de aquello que combatimos.

En la cruz, Jesús ora por quienes lo crucifican (Lc 23,34). Su entrega revela que el amor de Dios no es una teoría: es una fuerza que permanece fiel al bien incluso en medio del sufrimiento.

Y ese amor se nos ofrece para que podamos vivir de una manera nueva.

6. San Francisco de Asís: cuando el amor transforma nuestra mirada

San Francisco comprendió esta verdad no solamente mediante la reflexión, sino a través de una experiencia que transformó su vida.

En su Testamento recuerda que, cuando todavía vivía en el horizonte de sus antiguos criterios, el encuentro con los leprosos le resultaba amargo. Pero aquello que antes le parecía amargo se convirtió para él en dulzura de alma y cuerpo.

Detengámonos en esta experiencia.

Francisco no se limitó a formular una teoría sobre la dignidad humana. Se acercó a personas que antes le provocaban rechazo. Su conversión modificó su relación con Cristo y, por eso mismo, transformó su manera de mirar al hermano.

Aquí encontramos una lección profundamente franciscana: no siempre esperamos a sentir simpatía para comenzar a amar; a veces damos el primer paso de misericordia y, en ese encuentro, nuestro corazón empieza a cambiar.

El hermano deja de ser un obstáculo para nuestra espiritualidad y se convierte en un lugar privilegiado de encuentro con el Señor.

Por eso, una oración auténtica no nos encierra en nosotros mismos. Nos vuelve más atentos a las heridas del mundo. La contemplación no nos aleja de las personas: nos enseña a reconocer su dignidad y a servirlas con humildad.

En clave franciscana, amar a Dios significa aprender a mirar la creación, a los pobres y a cada hermano desde la gratuidad del amor recibido. No porque todo sea perfecto ni porque desaparezcan los conflictos, sino porque nada de ello nos autoriza a negar la dignidad de la persona.

7. La Palabra de hoy nos pide una conversión concreta

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, recuerda la responsabilidad de no oprimir al extranjero, a la viuda y al huérfano, y de no aprovecharse de la necesidad del pobre (Ex 22,20-26). El amor se expresa también en la justicia y en la protección de quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad.

San Pablo, por su parte, reconoce en la comunidad de Tesalónica un testimonio de fe que se hace visible y se difunde más allá de sus propias fronteras (1 Tes 1,5c-10).

Las lecturas convergen en una convicción: la fe no queda encerrada en la conciencia individual. Se hace visible en la vida de una comunidad y en su manera de tratar a las personas.

Por eso, al terminar esta celebración, no nos llevemos solamente una frase bonita. Llevémonos tres preguntas:

Primera: ¿a quién necesito mirar de otra manera? Tal vez a alguien de mi familia, a un compañero, a una persona que me ha herido o a alguien cuya situación prefiero no ver.

Segunda: ¿qué gesto concreto de amor puedo realizar esta semana? Escuchar sin interrumpir, pedir perdón sin justificarnos, acompañar a una persona sola, compartir con quien necesita ayuda o tratar con justicia a quien depende de nosotros.

Tercera: ¿de dónde sacaré fuerzas para seguir amando cuando me canse? Volvamos a la fuente: Cristo, que nos ama primero y se entrega por nosotros. En la Eucaristía recibimos ese amor y aprendemos a compartirlo. No venimos a demostrar que ya somos perfectos; venimos a dejarnos transformar.

Y recordemos que la caridad tiene también una dimensión social. Amar al prójimo significa no acostumbrarnos al hambre, a la humillación, a la violencia ni a la injusticia. La solidaridad personal es indispensable, y también lo es trabajar por condiciones de vida más dignas para todos.

8. Conclusión: que todo vuelva al amor

Hermanos y hermanas:

Volvamos a la pregunta inicial: ¿cuál es el mandamiento principal?

Jesús nos conduce al centro de la vida cristiana: amar a Dios con toda nuestra existencia y amar al prójimo como a nosotros mismos.

La oración, la Eucaristía, los sacramentos, la formación, nuestras responsabilidades familiares y sociales, nuestros ministerios y nuestras comunidades encuentran su orientación en este amor.

No se trata de amar a Dios o amar al prójimo, como si tuviéramos que escoger entre ambos. Se trata de acoger el amor de Dios de tal manera que transforme nuestra relación con cada persona.

San Francisco nos recuerda que siempre podemos comenzar de nuevo. No porque el amor de Dios nos haya abandonado, sino porque todavía podemos aprender a amar con mayor generosidad.

Por eso, esta semana, elijamos una persona y un gesto. Una persona concreta; un gesto posible. Que nuestra decisión no se quede en una intención.

Porque al final no bastará con haber hablado del amor, ni siquiera con haberlo defendido correctamente. Tendremos que preguntarnos si permitimos que el amor de Cristo transformara nuestra vida.

Oremos:

Señor Jesús, enséñanos a amarte con todo el corazón y a reconocerte en cada hermano. Purifica nuestras intenciones, vence nuestro egoísmo y danos la valentía de perdonar, la humildad de pedir perdón y la generosidad de servir.

Que nuestra oración se convierta en misericordia, nuestra fe en justicia, nuestras palabras en obras y nuestra vida en testimonio de tu amor.

Y que, siguiendo las huellas de san Francisco, aprendamos a encontrar en el hermano no una carga que evitar, sino una persona cuya dignidad merece ser reconocida y amada.

Amén.

Una última recomendación pastoral

Antes de predicarla, te sugiero tres decisiones prácticas:

  1. No leas todas las citas bíblicas completas. Proclama con claridad las dos citas centrales y alude brevemente a las demás para mantener el ritmo.
  2. Haz una pausa después de la pregunta: «Si las personas que conviven con nosotros tuvieran que describir nuestra fe por cómo las tratamos, ¿qué dirían?». Ese silencio puede ser más eficaz que una explicación adicional.
  3. Termina con una sola acción concreta. Invita a cada persona a identificar a quién escuchará, ayudará o buscará para reconciliarse durante la semana.

La idea que debe permanecer en la asamblea es esta: el amor al prójimo no compite con el amor a Dios; es uno de los lugares decisivos donde nuestra respuesta a Dios se hace visible.


domingo, 11 de octubre de 2026

DOMINGO XXIX - A (18 de octubre del 2026)

 DOMINGO XXIX - A (18 de octubre del 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 22, 15-21:

 22,15 Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones.

22,16 Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie.

22,17 Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?"

22,18 Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa?

22,19 Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario.

22,20 Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?"

22,21 Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios". PALABRA DEL SEÑOR.

 Reflexión

 Estimados(as) hermanos(as) en el Señor Paz y Bien.

“La raíz de todos los males en el mundo es el amor al dinero, y al dejarse llevar por ella, algunos perdieron la fe y se ocasionaron innumerables sufrimientos” (I Tm 6,10). “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). El domingo anterior hemos dicho que, se salvaran todos los que entran al banquete de boda del Cordero.  Previa aceptación de la invitación que se nos hace (Mt 22,10) “¿Quién podrá salvarse?” (Mt 19,25). Los que están revestidos con traje de fiesta (Mt 22,12) “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16). Llevando grabado en mi ser la Imagen de Dios mi creador. Como criatura de Dios me corresponde obedecer el mandato: Solo puedo comer de los árboles que me ha sido permitido (Gn 2,16). Y no me está permitido hacer lo que se me antoje. No podré llegar jamás al cielo haciendo lo que mi capricho me dice, sino obedeciendo y cumpliendo los mandatos de Dios.

 Para obtener la salvación hace también falta: “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1). “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1).

Ambos adagios son complementarios, pero el «dad a Dios lo que es de Dios» es primero y de él dimana la obligación y el fundamento del segundo: «dad al César lo que es del César». Para Jesús ningún César puede ocupar el lugar que Dios debe tener en la vida. Jesús, antes de dar su famosa respuesta, pregunta ¿quién es el que está representado en una moneda, de quién es esa imagen? En este contexto se sitúa la respuesta de Jesús: «La imagen de la moneda pertenece al César, pero los hombres no han de olvidar que llevan en sí mismos la imagen de Dios (Gn 1,27) y, por lo tanto, sólo le pertenecen a El». Jesús nos quiere decir: «den al césar lo que le pertenece a él, pero no olviden que Uds. mismos pertenecen a Dios». ¿Hay algo en el mundo que no sea de Dios? Son de Dios los hombres y las cosas, el presente y el futuro, los gobernantes de todo tipo. Todos somos de Dios, llevamos la imagen y la inscripción de Dios en nuestro ser profundo (alma). Imagen que puede desdibujarse, pero nunca borrarse del todo mientras vivamos. Y porque somos de Dios, cada uno de nosotros vale más que cualquier autoridad civil o religiosa de la tierra. Ninguna autoridad puede arrogarse atributos totalitarios y absolutos; ninguna autoridad es dueña del hombre y de su conciencia. Ser de Dios nos obliga a realizarnos como personas responsables y solidarias, a llevar a plenitud el plan que Dios se propuso realizar en nosotros, como individuos y como humanidad, antes de crear el mundo (Ef 1,4-5). Resaltando una explicación bíblica teológica y espiritual.

«Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,15-22)

Jesús no se limita a establecer una distinción entre las obligaciones políticas y las religiosas; cuestiona toda pretensión humana de ocupar el lugar de Dios. La moneda lleva la imagen del César, pero el ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Por eso, la cuestión decisiva no es solamente qué debemos al poder político, sino a quién pertenecemos en lo más profundo de nuestro ser y qué autoridad puede reclamar nuestra conciencia.

Una precisión inicial: la cita correcta es Mateo 22,15-22. El relato no enseña que toda obligación civil sea ilegítima, ni que la frase de Jesús sea una invitación a desentenderse de la sociedad. Su respuesta impide tanto absolutizar al poder político como utilizar la religión para eludir las responsabilidades sociales.

1. El contexto histórico: una pregunta para atrapar a Jesús

El episodio comienza con una conspiración. Los fariseos envían a sus discípulos junto con los herodianos para preguntarle a Jesús si es lícito pagar el impuesto al César (Mt 22,15-17).

La alianza entre estos grupos es significativa: aunque tenían intereses distintos, coinciden en buscar una respuesta que comprometa a Jesús.

  • Si Jesús responde que sí, puede ser presentado como alguien que acepta la dominación romana y pierde credibilidad ante quienes rechazan el tributo.
  • Si responde que no, podrían denunciarlo ante las autoridades romanas como agitador político.

Jesús no acepta el falso dilema. En lugar de dejarse encerrar en las alternativas de sus adversarios, los conduce hacia una cuestión más radical: ¿qué significa realmente pertenecer a Dios y qué lugar debe ocupar el poder humano?

Primera enseñanza: cuando una pregunta está mal planteada, la sabiduría no consiste siempre en escoger una de las opciones ofrecidas, sino en descubrir la verdad que ambas están ocultando.

2. «¿Por qué me tientan, hipócritas?» (Mt 22,18)

Jesús descubre la intención de sus interlocutores. Ellos no buscan sinceramente la verdad; quieren encontrar una acusación contra él.

Aquí aparece una primera dimensión espiritual: se puede utilizar una pregunta religiosa sin tener una auténtica disposición para escuchar a Dios.

La hipocresía consiste, en este contexto, en presentar como búsqueda de justicia lo que en realidad es una estrategia de acusación.

La escena nos obliga a examinar nuestras intenciones: ¿Buscamos la verdad o solamente argumentos para defender nuestra posición? ¿Acudimos a Dios para dejarnos transformar o para justificar decisiones ya tomadas? ¿Utilizamos la religión para servir a los demás o para obtener poder sobre ellos? La enseñanza es exigente: no basta con formular preguntas acerca de Dios; es necesario permitir que Dios cuestione nuestras intenciones.

3. «Muéstrenme la moneda del impuesto» (Mt 22,19)

Jesús pide que le muestren la moneda con la que se paga el tributo. Le presentan un denario. El gesto es sencillo, pero narrativamente decisivo. Jesús no comienza con una larga exposición teórica acerca del Estado, la economía o la religión. Parte de un objeto concreto de la vida cotidiana. El denario romano estaba vinculado al poder imperial. Según la moneda concreta, podía llevar la imagen del emperador y una inscripción que expresaba sus títulos. En tiempos de Jesús, el emperador era Tiberio.

La moneda hacía visible la autoridad política y económica de Roma. Sin embargo, hay una ironía en la escena: quienes quieren comprometer a Jesús son capaces de mostrar la moneda del poder imperial, y él utiliza precisamente esa moneda para revelar los límites de ese poder.

El César puede imprimir su imagen en una moneda, pero eso no lo convierte en dueño absoluto de las personas que la utilizan. Desde una perspectiva espiritual, el dinero puede llevar la marca de un sistema económico y expresar relaciones de poder, pero no determina el valor último de una persona. El ser humano no vale lo que posee, produce, compra o paga.

4. «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» (Mt 22,20)

Esta pregunta constituye el centro pedagógico del relato. Jesús pide a sus interlocutores que observen la moneda y reconozcan lo que está representado en ella.

La respuesta es evidente: «Del César». Jesús no necesita negar la existencia del poder político. Reconoce que existe una autoridad civil y que esta tiene determinadas competencias. Pero, al mismo tiempo, evita convertir esa autoridad en una realidad absoluta.

Aquí conviene distinguir dos afirmaciones:

  1. La moneda lleva la imagen del César: pertenece al ámbito económico y político del imperio.
  2. El ser humano ha sido creado a imagen de Dios: su dignidad no procede del emperador, del Estado, del mercado ni de ninguna autoridad humana.

La segunda afirmación no aparece expresamente en la respuesta de Jesús, pero constituye una lectura teológica especialmente fecunda a la luz del conjunto de la Biblia.

En efecto, Jesús no cita Génesis 1,27 en este pasaje. Es el lector quien, al relacionar ambos textos, descubre una profundidad adicional en su respuesta. Y esta relación nos conduce al fundamento de toda antropología bíblica.

5. Génesis 1,27: el ser humano lleva la imagen de Dios

«Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Gn 1,27). Este versículo introduce una afirmación decisiva: la dignidad humana tiene su fundamento último en Dios. El ser humano no es una propiedad del emperador. Tampoco es un instrumento al servicio de la economía, una pieza reemplazable del Estado o un objeto que una autoridad religiosa pueda dominar arbitrariamente. Es criatura de Dios, portadora de una dignidad que exige respeto.

La comparación teológica fundamental

La moneda: Mt 22,19-21. Lleva la imagen del César. Representa una relación con el orden económico y político. El ser humano: Gn 1,26-27. Lleva la imagen de Dios. Su dignidad no puede reducirse a su utilidad, riqueza, posición social o sometimiento político.

La analogía es poderosa, pero debemos precisar su alcance: Génesis no afirma que el alma sea literalmente una moneda en la que Dios haya grabado una inscripción material. La imagen divina expresa la singular relación del ser humano con Dios y su vocación a representarlo responsablemente en la creación.

Además, Génesis 1,27 atribuye esta dignidad tanto al varón como a la mujer. No es privilegio de una clase, una nación, una cultura o una posición religiosa. Por eso, el pobre y el rico, el gobernante y el gobernado, el creyente y quien no comparte nuestra fe poseen una dignidad que no depende de nuestra aprobación.

La autoridad puede reconocer la dignidad humana, protegerla o violarla; no puede crearla a su antojo ni convertirse en su fundamento último.

6. «Dad al César lo que es del César» (Mt 22,21a)

Esta primera parte del dicho reconoce que existe un ámbito de responsabilidad civil. Vivir en sociedad implica obligaciones: contribuir al bien común, respetar las leyes justas, cuidar los bienes públicos, cumplir los deberes ciudadanos y participar responsablemente en la vida política.

Jesús no enseña aquí una independencia absoluta respecto de toda autoridad humana. Tampoco establece que los cristianos deban rechazar automáticamente los impuestos o las instituciones políticas.

Sin embargo, reconocer la legitimidad de una autoridad no significa concederle un poder ilimitado. La tradición bíblica ofrece criterios para discernir esa legitimidad:

  • Romanos 13,1-7: Pablo reconoce la función de la autoridad civil en el mantenimiento del orden y en el servicio al bien común.
  • Hechos 5,29: cuando existe un conflicto radical entre una orden humana y la obediencia debida a Dios, los apóstoles declaran que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
  • Miqueas 6,8: Dios pide practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con él.
  • Marcos 10,42-45: Jesús contrapone el dominio ejercido sobre los demás al servicio que debe caracterizar a sus discípulos.

Estos textos deben leerse conjuntamente. Romanos 13 no convierte toda decisión gubernamental en justa, del mismo modo que Hechos 5,29 no autoriza a rechazar cualquier norma que nos resulte incómoda.

La obediencia civil tiene sentido cuando se orienta a la justicia y al bien común. Cuando el poder exige algo contrario a la dignidad humana o a la voluntad de Dios, aparece la obligación de discernir, resistir responsablemente y defender el bien.

El cristiano no está llamado a despreciar la política, sino a impedir que la política se convierta en un absoluto.

7. «Y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21b)

Esta segunda parte proporciona la profundidad teológica del dicho. En el enfoque propuesto, el mandato de devolver a Dios lo que le pertenece constituye el fundamento de la limitación de toda autoridad humana. La imagen del César puede reclamar un reconocimiento limitado; la dignidad del ser humano remite a su Creador.

Es necesario, no obstante, distinguir entre el sentido histórico inmediato y la interpretación teológica. En el contexto histórico, Jesús responde a una pregunta sobre el tributo imperial. El relato no explica expresamente que «dar a Dios» signifique devolverle al Creador la humanidad entera por haber sido creada a su imagen. Esa interpretación surge de la lectura conjunta de Mateo 22, Génesis 1 y el resto de la revelación bíblica.

Esta lectura permite formular una conclusión central: El César puede reclamar una moneda, pero no puede reclamar para sí la pertenencia absoluta que corresponde a Dios. ¿Qué significa, entonces, dar a Dios lo que es de Dios?

  • Reconocerlo como Creador y fundamento último de la existencia (Gn 1,1.26-27).
  • Amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (Dt 6,4-5; Mt 22,37).
  • Vivir según su voluntad, practicando la justicia y la misericordia (Mt 23,23).
  • No convertir el dinero, el prestigio, la ideología, el Estado ni el poder religioso en ídolos (Mt 6,24).
  • Reconocer que la vida recibida de Dios se realiza mediante el amor, el servicio y la responsabilidad por los demás (Mt 25,31-46).

No se trata de entregar a Dios una parte de la vida y reservar el resto para nosotros. Se trata de vivir todas las dimensiones de la existencia bajo el horizonte de la verdad, el amor y el bien.

Y esto incluye la responsabilidad política, la economía, la educación, la familia y el cuidado de la creación.

8. ¿Hay algo que no sea de Dios?

La pregunta nos lleva desde la moneda hasta una visión integral de la creación. Desde la fe bíblica, Dios es el Creador de cuanto existe (Gn 1,1; Sal 24,1). La tierra y cuanto la llena le pertenecen. La vida humana no se explica únicamente por sí misma: es recibida y está llamada a realizarse en relación con su Creador.

Ahora bien, debemos evitar una conclusión equivocada: si todo procede de Dios, eso no significa que todas las acciones humanas sean queridas o aprobadas por él. El abuso de poder, la injusticia, la explotación y la violencia son acciones humanas que deben ser juzgadas moralmente. No se vuelven buenas por el hecho de ocurrir dentro de una creación que pertenece a Dios.

Dios es creador de la libertad humana, pero no es autor del mal moral en cuanto mal. La distinción es fundamental:

  • Todo cuanto existe depende de Dios en su ser.
  • Las decisiones humanas deben responder moralmente por el uso de la libertad.
  • Ninguna autoridad puede convertir su voluntad particular en medida absoluta del bien y del mal.

Por eso, decir que todos somos de Dios no significa eliminar nuestra libertad, sino comprenderla como una libertad responsable. La imagen divina puede ser oscurecida, pero no debe utilizarse para excluir a nadie

La afirmación de que el pecado puede desfigurar nuestra vida moral es compatible con la tradición cristiana. El egoísmo, el odio y la injusticia contradicen nuestra vocación a reflejar el bien de Dios. Sin embargo, conviene expresarlo con precisión: el pecado no elimina la dignidad fundamental de la persona creada a imagen de Dios. Una persona culpable de una injusticia sigue siendo humana y no pierde por ello todos sus derechos fundamentales.

Esta convicción impide dos errores opuestos: justificar el mal y deshumanizar a quien lo comete. La conversión cristiana busca que la imagen de Dios resplandezca en una existencia reconciliada, justa y capaz de amar (Col 3,9-10; Ef 4,22-24).

9. Efesios 1,4-5: pertenecemos a Dios y estamos llamados a una plenitud

Pablo escribe que Dios nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor, y nos destinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo (Ef 1,4-5). Este pasaje permite profundizar en la vocación humana desde tres dimensiones.

Primera: el origen. Nuestra existencia es recibida. No somos el fundamento último de nosotros mismos ni podemos comprender plenamente nuestra vida si la aislamos de nuestra relación con Dios.

Segunda: la finalidad. Dios nos llama a la santidad. No se trata simplemente de cumplir normas religiosas, sino de vivir en comunión con él y de permitir que su amor transforme nuestras decisiones.

Tercera: la configuración con Cristo. La elección divina se realiza en Cristo. Por eso, la plenitud humana no consiste en ejercer dominio absoluto sobre los demás, sino en aprender a amar, servir, perdonar y entregar la propia vida por el bien ajeno.

Es importante no interpretar Efesios 1,4-5 como si describiera un plan detallado que anulase nuestra libertad o determinase mecánicamente cada acontecimiento individual. Pablo proclama el designio salvífico de Dios en Cristo: estamos llamados a la filiación divina y a una vida santa.

Aquí aparece una consecuencia para Mateo 22,21: si nuestra vocación última es vivir como hijos de Dios, ninguna institución temporal puede convertirse en el fin absoluto de nuestra existencia. La sociedad política es importante, pero no es nuestra salvación definitiva. El dinero es necesario para muchas dimensiones de la vida, pero no puede otorgarnos la plenitud. El reconocimiento social puede ser valioso, pero no determina nuestro valor último. Nuestra dignidad procede de Dios; nuestra vocación es la santidad; nuestra plenitud se realiza en el amor.

domingo, 4 de octubre de 2026

DOMINGO XXVIII - A (11 de Octubre del 2026)

 DOMINGO XXVIII - A (11 de Octubre del 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mt 22,1-14:

 22,1 Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo:

22,2 "El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.

22,3 Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.

22,4 De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: "Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas".

22,5 Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio;

22,6 y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

22,7 Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.

22,8 Luego dijo a sus servidores: "El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.

22,9 Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren".

22,10 Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

22,11 Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.

22,12 "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?" El otro permaneció en silencio.

22,13 Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes".

22,14 Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos" PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

Todas las parábolas se refieren al Reino de los Cielos. ¿Por qué Jesús se preocupa en hablarnos muchas y muchas veces sobre el Reino de los Cielos? Por dos motivos: 1) “Si cuando les hablo sobre las cosas de la tierra, no me creen, ¿cómo van a creer y entender cuando les hable sobre las cosas del cielo?” (Jn 3,12). Para hacernos entender sobre las cosas del cielo es como nos habla usando muchos ejemplos o parábolas. 2) “Dios salvador nuestro quiere que todos los hombres se salven llegando al conocimiento de la verdad” (ITm 2,4).

 “Ante los hombres esta: la vida y la muerte, lo que prefiera cada cual, se le dará” (Eclo 15,17). Dios nos dice: “Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia” (Dt 30,19). Escoger la vida es optar por la salvación y no por la condenación. De ahí es conveniente interesarnos y preguntarnos: “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Quién podrá salvarse?” (Mt 19,25). “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16).

“Muchos son los llamados, pocos los escogidos” (Mt 22,14). El mensaje es que Dios no nos obliga, no nos mete a empellones al Reino de los Cielo; sino que, más bien nos deja a la libre decisión y espera nuestra respuesta muy pacientemente. Es así como: Los hijos son invitados a trabajar en la viña del padre. A los viñadores se les recuerda que deben entregar los frutos que le corresponden al patrón. Los invitados son llamados a participar en el banquete de la boda del Hijo del Rey. Y conviene recordar que solo tenemos dos opciones: Si o no (Mt 5,37). Y cada una de estas opciones tienen connotaciones muy distintas como efecto: El cielo o el infierno (Lc 16.19-31).

Jesús otra vez habló en parábolas (Mt 13,34) y les dijo: "El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir… no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los apaliaron y los mataron” (Mt 22,2-6). En efecto, Dios nos ha enviado un montón de tarjetas de invitación a la boda de su Hijo y los que recibieron estas invitaciones no quisieron participar de la boda. Todos estaban demasiado ocupados, sus ocupaciones eran más importantes que la boda de Jesús con el hombre (Lc 9,57-62). Nunca comprendieron o comprendimos lo que se nos dice: “Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero" (Ap 19,9).

La relación de Dios con el hombre se describe en la Biblia como alianza: “Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días —oráculo del Señor—: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo” (Jer 31,33).  Mismo Jesús se declaró en algún momento como el novio: "¿Acaso los amigos del novio pueden estar tristes mientras el novio está con ellos? Llegará el momento en que el novio les será quitado, y entonces ayunarán. (Mt 9,15). La Iglesia presentada como la novia: “Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo” (Ap 21,2). ¿En qué momento es el desposorio entre el novio y la novia si no es el momentos del sacrificio de la redención?: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). ¿Se imaginan la muerte de Jesús como una boda? ¿Y se imaginan que, nosotros a veces nos neguemos a participar de la boda de Dios con nosotros en cada Santa Misa festiva o dominical?

 Los primeros invitados, los que han tenido preferencia y se negaron a asistir, serán suplidos por otros, por aquellos a quienes nadie invita. Salgan, dice, al cruce de los caminos e inviten a todos los que encuentren bueno y malos. No se fijen si son de los que la gente excluye y margina. Desde ahora, quiero que todos sean invitados del novio y participen de la boda de mi Hijo (Mt 22,9). La parábola de los invitados a la boda, puede ser un bello modelo de cómo quiere Jesús que sea su Iglesia. Si Jesús es el novio, la Iglesia es la novia, y el Padre es quien organiza la fiesta de bodas. Y ¿dónde entramos a tallar nosotros si no es en la iglesia por el bautismo? (Jn 3,5). Pero no todos tienen vocación de fiesta. Abundan los que siempre tienen alguna excusa para no asistir y, claro, siempre son los mismos. Los que han comprado campos. Los que tienen que probar la nueva máquina.  Pero aquí un detalle. Dios no se da por rendido. Por eso dice: “Salgan al cruce de caminos, y a todos los que encuentren, invítenlos a la boda.” Los criados salieron y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos.” Entonces la sala se llenó de comensales (Mt 22,9).

 Pero antes del inicio de la fiesta de boda, hay un detalle importante. El Rey entró a saludar a todos los comensales y advirtió que uno, no llevaba traje de fiesta, era un intruso y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta? El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt 22,12-13). Es necesario revestirnos con traje de fiesta. Claro que hemos sido invitados a la boda no por ser buenos, sino incluso por ser malos, pero al entrar en la fiesta, en la misma puerta debemos despojarnos del traje de luto, dolor, resentimientos, rencores, etc. Quien pretende participar de la fiesta ceñida de falsedad o hipocresía, no está revestido con traje de fiesta, y será echado a las tinieblas, que es el infierno: “Epulón exclamó: Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan" (Lc 16,24).

 El traje de fiesta es la santidad. Si deseamos estar en el banquete de bodas del hijo, debemos si o si revestirnos con traje de santidad. Jesús oró al padre: “Hazlos santos mediante la verdad. Tu palabra es verdad” (Jn 17,17). San  Pedro dice: “Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, (IPe 1,15) de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo, (Lev 9, 2).                                                          

La Parábola: el llamado y la exigencia: Jesús cuenta la parábola de un rey que preparó el banquete de bodas de su hijo. Envía primero a sus siervos a llamar a los invitados, pero no quisieron venir; unos a sus campos, otros a sus negocios, y otros maltrataron a los mensajeros. Entonces el rey, indignado, manda salir a los caminos e invitar a todos, buenos y malos, y la sala se llenó de comensales.

Pero llega el momento decisivo: entra el rey para ver a los invitados y descubre a un hombre sin vestido de boda. Le dice: «Amigo, ¿cómo entraste aquí sin vestido de boda?». Y el hombre enmudeció —no tenía excusa. Entonces el rey manda echarlo a las tinieblas, y cierra con la frase: «Muchos son llamados, pero pocos escogidos» (Mt 22,14).

El traje de fiesta = vida de santidad: En la cultura judía del tiempo de Jesús, el anfitrión proveía el vestido de boda a todos los invitados. No era algo que cada uno debía llevar de su casa: era un don del rey, una gracia ofrecida gratuitamente. Por eso el hombre no tiene excusa: no le faltó oportunidad, sino no quiso revestirse con lo que se le daba.

La Tradición de la Iglesia, desde los Padres —San Jerónimo, San Agustín, San Gregorio— enseña con claridad:

«El vestido de boda es la caridad y la santidad de vida. Una vida pura y santa es como un manto limpio tejido de virtudes y buenas obras».

El traje no es algo externo ni meramente legal: es Cristo mismo, la gracia bautismal que nos transforma interiormente. San Pablo lo expresa así: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo os revestisteis» (Gál 3,27). No basta con estar presente en la Iglesia, con haber recibido la invitación; hay que dejar que la gracia nos transforme. La invitación es gratuita, pero exige conversión, coherencia, vida nueva.

¿Santificación = solo cumplir los mandamientos? Aquí la clave: Surge entonces la pregunta: ¿basta con no cometer pecados, con guardar la ley externamente? ¿Es la santidad solo un catálogo de reglas? Aquí brilla la luz de Mateo 19,26: «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible».

Recordemos el contexto: el joven rico dice que ha guardado todos los mandamientos desde su juventud, y Jesús le responde que todavía le falta algo (Mt 19,20-21). Esto nos revela una verdad fundamental:

Los mandamientos son el camino, no la meta. Son el cimiento, no el edificio entero. Nos muestran lo que no debemos hacer, pero la santidad es mucho más: es amar, entregarse, transformarse por dentro.

Cumplir la ley por sí solo no santifica, porque la ley ordena, pero no da la fuerza para amar plenamente. Como dice el concilio y los santos: la ley señala el blanco, pero la gracia da el poder de alcanzarlo.

«Para los hombres es imposible»: ninguna persona puede, por su sola fuerza, llegar a la plenitud de la santidad. Necesitamos que Dios actúe en nosotros. La santificación no es un esfuerzo solitario: es colaboración con la gracia —Dios obra en nosotros «el querer y el hacer» (Fil 2,13).

¿Cómo santificarse, entonces? La santidad no es un esfuerzo agotador de cumplir reglas sin descanso, ni tampoco desprecia los mandamientos —los asume y los supera. He aquí los caminos que la Palabra y la Tradición nos señalan:

1. Recibir la gracia que Dios ofrece

El traje de boda se recibe, no se fabrica con nuestras manos. En el Bautismo se nos reviste de Cristo; en la Confesión se renueva la gracia; en la Eucaristía, el alimento divino nos transforma. Sin esta fuente, todo esfuerzo se agota.

2. Vivir los mandamientos, pero desde el amor, no solo desde el deber

Jesús resume toda la ley en el amor a Dios y al prójimo (Mt 22,37-40). Los mandamientos se convierten en expresión de amor, no en una carga. Quien ama de verdad, no solo evita el mal: hace el bien, se entrega, sirve, perdona.

3. Dejar que Dios transforme el corazón

La santidad es obra del Espíritu Santo en lo profundo: «Santifícalos en tu verdad» (Jn 17,17). Se ora, se escucha la Palabra, se obedece, pero con la confianza de que es Dios quien nos purifica por dentro, no solo quien nos regula por fuera.

4. Entregar la vida, no solo ajustar conductas

Al joven rico Jesús no le pide «haz más reglas», sino: «Vende lo que tienes… y sígueme» (Mt 19,21). La santidad es seguir a Cristo, conformarse con Él, hacer suya la misma entrega filial al Padre y el mismo amor a los hermanos.

5. Perseverar sabiendo que lo imposible para nosotros es posible para Él

No te desanimes si sientes que no llegas: la santidad es camino, caída y levantamiento, sostenido siempre por la gracia. Como dice San Agustín: «Nosotros cooperamos, pero es la gracia de Dios quien hace la obra».

Conclusión: El banquete del Reino está abierto para todos: nadie ha merecido entrar, todos somos invitados por pura misericordia. Pero no entramos como somos: entramos revestidos del traje que el Rey nos da —la santidad que es don y tarea a la vez.

Los mandamientos son el camino seguro, pero la santidad es el amor que el Espíritu derrama en nuestros corazones (Rm 5,5). No es lo que logras por ti mismo, sino lo que Dios realiza en ti cuando te abres a Él. «Para los hombres es imposible —mas para Dios todo es posible» (Mt 19,26).

Muchos son llamados —tú también lo eres—; pocos son escogidos, es decir, pocos aceptan vestirse con la gracia, transformarse, amar de verdad. Que el Señor te dé la gracia de decirle hoy: «Señor, aquí estoy: revísteme de tu santidad».

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Aquí tienes el artículo homilético completo, estructurado con claridad, con oraciones para la predicación y profundizando en los puntos que pides: el banquete como cielo, el traje de fiesta como santidad, y el destino de quien no lo lleva.

Profundicemos: La Palabra de Dios hoy nos presenta una imagen llena de luz y de gravedad: un banquete de bodas preparado por un rey para su hijo. Es la imagen más hermosa que el Señor nos da del cielo: comunión eterna, alegría sin fin, plenitud de vida en la casa del Padre. Nadie se gana ese banquete por mérito propio: es pura gracia, es invitación gratuita. El Rey llama, envía mensajeros, sale Él mismo a buscar a los caminos para que su sala se llene. Así actúa Dios con cada uno de nosotros: nos llama por puro amor, sin que hayamos hecho nada para merecerlo.

Pero aquí viene la verdad que debemos escuchar con temor y temblor: la invitación es libre, pero la entrada tiene una condición. No basta con acudir; hay que entrar vestido como corresponde. El Rey provee el vestido, sí —lo ofrece gratuitamente—, pero hay que aceptarlo y ponérselo. Quien entra sin él, será arrojado a las tinieblas, donde habrá llanto y rechinar de dientes.

Oremos juntos: Señor Jesús, que nos has revelado el misterio del Reino, abre nuestros oídos y nuestros corazones. Que no seamos de los que escuchan y olvidan, sino de los que reciben tu gracia y se revisten de ella. Enséñanos el valor de la santidad y ayúdanos a no despreciar el don que nos ofreces. Amén.

EL BANQUETE DE BODAS: EL CIELO, NUESTRA DESTINACIÓN

La parábola no habla de un festín pasajero, de una comida que se acaba. El banquete es el cielo. Es la unión eterna entre Cristo, el Esposo, y la Iglesia, su Esposa. En el cielo no hay hambre ni sed, no hay llanto ni despedida: es la plenitud del amor, la alegría de ver a Dios cara a cara, la comunión con todos los santos y con quienes amamos.

  • El Rey es Dios Padre.
  • El Hijo es Jesucristo, el Esposo divino.
  • La invitación es la gracia que nos llama a la fe, a la Iglesia, a la vida eterna.
  • Los primeros invitados que no quisieron venir representan a quienes rechazan el llamado de Dios por aferrarse a sus bienes, sus planes, sus pecados.
  • Los que vienen de los caminos, de todas partes, buenos y malos, somos nosotros: llamados no por nuestra perfección, sino por la misericordia de Dios.

El cielo, hermanos, está preparado para todos, pero no todos entran. ¿Por qué? Porque no todos aceptan transformarse para poder estar allí.

«Vengo, Señor, a tu banquete, no porque sea digno, sino porque Tú me llamas. No me apartes de tu mesa, sino purifícame para que pueda sentarme entre tus elegidos».

EL TRAJE DE FIESTA: SANTIDAD, NO SOLO CUMPLIMIENTO

Aquí está el centro de nuestro mensaje: el vestido de boda es la vida de santidad. En el tiempo de Jesús, el anfitrión entregaba el vestido a cada invitado al entrar. Nadie lo traía de su casa. Así también, la santidad no es invención nuestra ni conquista de nuestro esfuerzo solos: es don de Dios, recibida primero en el Bautismo, renovada en la Confesión, alimentada en la Eucaristía.

¿Qué es, entonces, este traje?

  • No es apariencia externa: no basta con ir a la Iglesia, con decir oraciones, con parecer buenos ante los demás.
  • No es solo cumplir los mandamientos por deber: los mandamientos son la base, el camino, pero la meta es mayor. Nos dicen lo que debemos evitar; la santidad nos impulsa a amar de verdad.
  • Es Cristo mismo en nosotros: como dice San Pablo: «Os revestisteis de Cristo» (Gál 3,27). El traje es la caridad vivida, el corazón limpio, las obras de misericordia, la fidelidad, la paciencia, el perdón. Es vivir como Jesús.

¿Y los mandamientos?: Jesús nos recuerda en Mateo 19,26: «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible». El joven rico dijo haber cumplido todo, y sin embargo le faltaba algo. ¿Por qué? Porque la ley nos señala el camino, pero solo la gracia nos da la fuerza de recorrerlo hasta el final. Cumplir los mandamientos es el cimiento, no el edificio entero. La santidad es vivir la ley con amor, transformada en entrega.

«Señor, Tú que eres el santo, revísteme de tu santidad. Que no me conforme con no hacer el mal, sino que me esfuerce en hacer el bien con todo mi corazón. Lo que es imposible para mí, hazlo Tú en mí».

SIN TRAJE: LA OSCURIDAD ETERNA

Llegamos al momento más solemne del relato. El Rey entra y ve a un hombre sin vestido de boda. Y le dice: «Amigo, ¿cómo entraste aquí sin vestido de boda?». Él calla. No tiene excusa. No es que no se lo hayan dado: es que no quiso ponérselo. Prefirió entrar con su propia ropa —sus pecados, su egoísmo, su indiferencia— en lugar de aceptar la gracia que se le ofrecía.

Entonces el Rey manda: «Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes».

Las tinieblas: el infierno ¿Qué significa esto?

  • Las tinieblas: no es solo un lugar sin luz; es la ausencia eterna de Dios, la separación definitiva de Aquel que es la Luz. Quien en vida elige vivir sin Dios, al final se queda sin Dios para siempre.
  • El llanto: el arrepentimiento que ya no sirve, la tristeza de haber perdido el bien mayor, la alegría que se vio cerca y se rechazó.
  • El rechinar de dientes: la rabia y la amargura de reconocer que se perdió por propia voluntad, por no haber querido cambiar.

No es Dios quien lo expulsa con violencia: es quien rechazó el vestido de la gracia quien no soporta la luz del banquete. Como dice el Señor: «Muchos son llamados, pero pocos escogidos». Llamados son todos; escogidos son quienes responden, se dejan transformar y perseveran en el amor.

«Señor, no permitas que desprecie tu gracia. No dejes que me acostumbre al pecado ni que posponga mi conversión. Hoy, ahora, me decido por Ti. Lávame, revísteme, sálvame».

CÓMO VESTIRSE DE SANTIDAD: CAMINO DE GRACIA

Preguntémonos: ¿cómo llevo mi vida? ¿Estoy dejando que Dios me vista de santidad? Aquí tienes el camino claro:

  1. Recibe el don con humildad: la santidad empieza por decir «sí» a Dios. En el Bautismo ya te dio el vestido; si lo has manchado, acude a la Confesión: el Rey te lo limpia de nuevo, gratis, por misericordia.
  2. Vive los mandamientos desde el amor, no desde el miedo: no mientes, no robas, no odias… porque amando a Dios y al prójimo no quieres herirlos. La ley se convierte en expresión de cariño.
  3. Aliméntate en la Eucaristía: es el Pan del banquete que nos transforma. Quien recibe a Jesús con corazón limpio, va asemejándose a Él.
  4. Ora cada día: la oración nos mantiene unidos a la Fuente. Sin hablar con Dios, sin escuchar su Palabra, el traje se ensucia, se enfría.
  5. Confía en que Dios hace lo imposible: si sientes que no puedes, que caes una y otra vez, no te rindas. «Para Dios todo es posible». Él te levanta, te purifica, te sostiene. La santidad no es no caer nunca; es dejar que Dios te levante siempre.

«Padre celestial, aquí estoy. Toma mi vida, purifícala, transfórmala. Lo que yo no puedo, Tú lo puedes. Revísteme de tu santidad, para que un día pueda entrar con alegría al banquete eterno de tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Amén.»

La invitación llega hoy para ti. No esperes a mañana: mañana puede ser tarde. El Rey te ofrece el vestido de fiesta: la gracia, el perdón, la vida nueva. No entres con la ropa vieja del pecado, del rencor, de la indiferencia. Ábrele el corazón, déjate vestir por Él, vive como quien ya tiene la certeza de su destino.

Que nadie diga: «no puedo». Escucha de nuevo la voz de Jesús: «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible». Confía, responde, persevera. Y que un día, junto a todos los santos, podamos entrar y sentarnos en el banquete eterno, donde ya no habrá llanto ni muerte, sino alegría sin fin.

Queridos hermanos: El banquete del que nos habla Jesús es el cielo, la alegría eterna junto a Dios. El Rey nos invita a todos, sin merecerlo, por pura misericordia. Pero hay una cosa que no podemos olvidar: para entrar hay que llevar el vestido de fiesta.

Ese vestido no es nuestra apariencia, ni solo cumplir reglas: es la santidad, es Cristo mismo que nos reviste por gracia. En la antigüedad, era el anfitrión quien lo entregaba: así también Dios te lo ofrece gratis, en el Bautismo, en la Confesión, en la Eucaristía. Lo único que pide es que lo aceptes y lo lleves puesto.

Mirad a San Francisco de Asís: en su juventud vivía para sí, buscaba riquezas y aplausos, llevaba su propia ropa de vanidad. Pero cuando escuchó la voz del Señor, no dijo «ya cumplo todo, basta así». Dijo: «Señor, ¿qué quieres que haga?». Dejó sus planes, sus bienes, su orgullo, y se dejó revestir de la gracia: vivió el amor hasta el extremo, sirvió a los pobres, perdonó, se hizo pequeño. No fue él quien se fabricó la santidad: fue quien abrió la puerta para que Dios lo transformara.

Nosotros podemos decir: «Señor, ya no miento, no robo… ¿no es suficiente?» Jesús nos responde lo mismo que al joven rico: aún te falta amor. Los mandamientos son el camino, pero la meta es vivir como Jesús, amar de verdad. Y si sientes que no puedes, escucha: «Para los hombres es imposible, mas para Dios todo es posible» (Mt 19,26). Él te da la fuerza.

Quien rechaza este vestido, quien prefiere quedarse con su egoísmo y su pecado sin convertirse, no entra: es echado a las tinieblas, donde hay llanto y rechinar de dientes, la separación eterna de Dios. No es que Él te cierre la puerta: eres tú quien no puede soportar la luz del banquete si no llevas el vestido de su gracia.

Hermanos, la invitación es para ti, hoy. No esperes. Deja que el Señor te limpie, te vista, te transforme. No confíes en tus fuerzas: confía en Él. Que un día todos podamos entrar, revestidos de santidad, a la alegría eterna del cielo.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.