domingo, 1 de noviembre de 2026

DOMINGO XXXII – A (08 de Noviembre de 2026)

DOMINGO XXXII – A (08 de Noviembre de 2026)

Proclamación del Santo evangelio según San Mateo 25,1-13:

25,1 Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo.

25,2 Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

25,3 Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite,

25,4 mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.

25,5 Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.

25,6 Pero a medianoche se oyó un grito: "Ya viene el esposo, salgan a su encuentro".

25,7 Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.

25,8 Las necias dijeron a las prudentes: "¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?"

25,9 Pero estas les respondieron: "No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado".

25,10 Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.

25,11 Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: "Señor, señor, ábrenos",

25,12 pero él respondió: "Les aseguro que no las conozco".

25,13 Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

 Las mujeres sabias o prudentes: “El Señor da la sabiduría, de su boca proceden la ciencia y la inteligencia” (Prov 2,6). “Feliz el hombre que encuentra la sabiduría, porque la sabiduría es más rentable que la plata y más precioso que el oro fino” (Prov 3,13). “La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo, se deja encontrar por los que la buscan y contemplar por los que la aman” (Sab 6,12). “Si ustedes Uds. buscan tronos y los cetros, honren a la Sabiduría y reinarán para siempre” (Sab 6,21).

 Si queremos ser como las mujeres sabias o prudentes hemos de preguntarnos: ¿Por qué tenemos que interesarnos tanto por nuestra salvación? Porque solo tenemos esa única opción aconsejable. La otra opción que es la condenación no es aconsejable (opción de las mujeres necias) y si alguien piensa que el purgatorio es otra opción; pues, el purgatorio no es un estadío. No es lo mismo que cielo, e infierno que purgatorio. El cielo es eterno por lo que el infierno es también eterno, en cambio el purgatorio es eventual. Jesús nos lo dice al respecto: "Vayan por todo el mundo, enseñen la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc 16,15). El reino de Dios tiene que ver con nuestra salvación.

 Respecto al Reino de Dios: "El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia" (Mc 1,15).  Los fariseos le preguntaron cuándo llegaría el Reino de Dios. Jesús les respondió: "El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: Está aquí o Está allí. Porque el Reino de Dios está entre ustedes" (Lc 17,20-21). Dijo Jesús: “Si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11,20). Es decir, Jesús es la manifestación y el despliegue del Reino de Dios, porque en Jesús se realiza el encuentro de Dios con la humanidad. De ahí que, Jesús dice: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Juan dice: “Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios” (Ap 21,2-3).

 Recordemos las preguntas del eje trasversal de nuestras reflexiones:“¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mc 10,17). “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Quiénes podrán salvarse?” (Mt 19,25). Y en la búsqueda de respuestas a tales inquietudes nos topamos con aquella escena: “¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?” Jesús respondió: Amar a Dios y amar al prójimo (Mt 22,36). La respuesta del amor a Dios y al prójimo, así como hacer lo que decimos siendo hermanos (Mt 23,3-8); es la estrategia eficaz para revestirnos con traje de fiesta (santidad) y ser parte del banquete de boda del cordero como fiesta de los salvos o salvados (Mt 22,12). Hoy, en la parábola de las diez doncellas se nos describe el momento preciso del inicio de dicha fiesta: “Llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta” (Mt 25,10).

 Cabe hacernos preguntas como: ¿Quién o qué significa que el esposo ya llega? ¿Qué significa la sala nupcial? ¿Quiénes si y quienes no entran a la sala nupcial? Y sobre todo ¿Qué significa, la puerta se cerró? Y ¿Estén preparados? Estas preguntas tienen que ser precedidas por preguntas más de fondo: ¿Serán pocos los que se salven? (Lc 13,23). ¿Qué cosas buenas tengo que hacer para heredar la vida eterna? (Mc 10,17). ¿Quién podrá salvarse? (Mt 19,25).

 ¿Quién o qué significa que el esposo (Mt 24,44) ya llega? (Mt 25,6). El esposo es sin duda Cristo Jesús, el Hijo de Dios. Y la esposa ¿Quién es? La Iglesia es la esposa: “Sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (Mt 16,18). Respecto al matrimonio dice Jesús: “Ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre" (Mt 19,6). Jesús explica a Nicodemo y dice: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). Y ¿Cómo nos salvó? Jesús lo manifiesta: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Añadió: "Así estaba escrito, el Mesías sufrirá y resucitará de entre los muertos al tercer día” (Lc 24,46). Todo este misterio de la redención ya se describe en el A.T: “Yo te desposaré conmigo para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor” (Os 2,21-22). La figura de la Iglesia celestial desposada se describe así: “Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios” (Ap 21,2-3).

 ¿Quiénes si y quienes no entran a la sala nupcial? “Cuando llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta” (Mt 25,10). La sala nupcial tiene connotación de cielo. Y entran al cielo: “las que estaban preparadas”, las que tenían las lámparas encendidas. En este punto recordemos las enseñanzas de Jesús: “Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,14-16). “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en las tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

 Se puede tener una lámpara nueva y fina pero si no alumbra, de nada sirve. La lámpara requiere del aceite. Así, nosotros  somos bautizados (Mt 28,19-20). Pero, si no ejercemos los dones del bautizo como la fe, por ende no brilla nuestra luz, equivale no tener obras: “La fe sin obras está muerta” (Stg 2,17). Al creyente se le conoce por sus frutos: “Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconocerán. Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos” (Mt 7,15-17). Así pues, siendo malos no pretendamos tener lámparas encendidas, o siendo buenos tener lámparas apagadas. No busquemos sorprender con engaños: "Ustedes aparentan ser buenos ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones. Porque lo que es estimable a los ojos de los hombres, resulta despreciable para Dios” (Lc 16,15). “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos" (Mt 15,8-9).

 Por tanto: las doncellas preparadas que entraron con el esposo a la sala nupcial (Mt 25,10) son los que entran al cielo, y son parte de los salvados, porque tuvieron encendidas la lámpara, ejercieron su fe, viviendo lo que el señor nos enseña (Lc 11,28). Llegar al cielo para estar con Dios no es de mera ilusión, ni de bonitas palabras sobre Dios (Mt 7,21), sino escuchando la palabra de Dios y poniendo en práctica las enseñanzas del Evangelio (Mt 7,24). Y vivir el mensaje del evangelio equivale ser de la postura de las mujeres prevenidas con las lámparas encendidas (Mt 25,10).

 ¿Qué significa, que la puerta se cerró? (Mt 25,10). Que cada quien tendrá que ocupar el lugar que le corresponde. Quien o quienes están preparadas(os) tendrán que ocupar un lugar en el cielo. Quienes no estaban preparadas(os), tendrán que quedar excluidas(os) de la sala nupcial (cielo) y ocupar las tinieblas (infierno=ausencia de Dios). ¿Qué, no es que Dios es misericordioso? (Lc 6,37), si Dios es muy misericordioso, pero la misericordia de Dios tiene su límite. La justicia divina s el límite de la misericordia: “La puerta está cerrada” (Mt 25,10). Al respecto conviene recordar aquella escena:

 “El pobre (Lázaro) murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico (Epulón) también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces (Epulón) exclamó: "Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan. Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo (cielo), y tú, el tormento (infierno). Además, entre ustedes (infierno) y nosotros (cielo) se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí (cielo) hasta allí (infierno) no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí" (Lc 16,22-26). De modo que la escena nos confirma que “la puerta cerrada” es el límite de la misericordia,  es decir la justicia divina. Y como el cielo (sala nupcial=fiesta) es eterna; el infierno (los excluidos=sin fiesta) es también eterno. Y al respecto se nos dice: “Después vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él. Ante su presencia, el cielo y la tierra desaparecieron sin dejar rastros. Y vi a los que habían muerto: grandes y pequeños, de pie delante del trono. Fueron abiertos los libros, y también fue abierto el Libro de la Vida; y los que habían muerto fueron juzgados de acuerdo con el contenido de los libros; cada uno según sus obras. El mar devolvió a los muertos que guardaba: la Muerte y el Abismo hicieron lo mismo, y cada uno fue juzgado según sus obras. Entonces la Muerte y el Abismo fueron arrojados al estanque de fuego, que es la segunda muerte. Y los que no estaban inscritos en el Libro de la Vida fueron arrojados al mar de fuego” (Ap 20,11-15).

 Por las razones ya citadas, Dios salvador nuestro quiere que todos nos salvemos llegando al conocimiento de la verdad (I Tm 2,4) y nos reitera: “No se inquieten entonces, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos? Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,31-33). Así, pues, si para revestirnos con traje de fiesta (Mt 22,12) hace falta sabernos amar unos a otros como Dios nos ha amado (Jn 13,34); con el tema del amor, resaltamos otro elemento importante de la estrategia para ser santos (Lv 11,45). 

 Cumpliendo con eficiencia la misión encomendada: “Id al mundo entero y enseñar el Evangelio a toda la creación, quien crea y se bautice se  salvara, quien se resiste en creer será condenado” (Mc 16,15). Es decir, depende cuan eficientes somos en la misión para que mucho o pocos se salven, depende de este trabajo también nuestra salvación. En este contexto de misión nos preguntamos ¿Qué tipo de catequesis hacemos? ¿Somos como nuestro maestro Jesús o somos como los falsos maestros (fariseos)? (Mt 23,3). ¿Cuál es la diferencia entre el maestro verdadero y maestro falso? ¿Qué diferencia hay entre el creyente autentico y el creyente falso? (Mt 23,3). Hacer buen trabajo evangelizador que es tare de todo bautizado (Mt 28,19-20) equivale ser prevenidos y tener la fe o la lámpara encendida (Mt 25,10). Por lo que, no es suficiente estar en vela sino cumpliendo la misión, que a su vez equivale tener lámpara encendida (Mt 25,10).

PARTE I : TODAS ESTÁN INVITADAS A LA BODA.

Queridos hermanos y hermanas: imaginemos una boda en nuestro pueblo, de noche, por las calles de Lima. Las diez jóvenes salen con sus antorchas —no lámparas pequeñas, sino antorchas que iluminan el camino— para recibir al esposo. Las diez tienen lámpara (bautismo). Las diez salen. Las diez esperan. Las diez se duermen. No hay diferencia al principio. Todas forman parte del grupo; todas son invitadas.

Esto nos dice algo consolador y, a la vez, serio: pertenecer a la Iglesia, llevar el nombre de cristiano, participar en la Misa, no basta. Las diez vírgenes eran cristianas en potencia; todas esperaban. Pero la diferencia no está en el inicio, sino en lo que llevaban dentro, en el corazón.

San Gregorio Magno enseñaba: «Las diez vírgenes representan a la Iglesia; la mitad prudentes, la mitad necias, porque en la Iglesia se mezclan los elegidos y los reprobados». La lámpara es la fe profesada —dice Santo Tomás—; el aceite es la fe que actúa por la caridad. Como dice el apóstol Pablo: «Lo que vale es la fe que obra por el amor» (Gálatas 5,6).

Pregunta para todos desde ahora: ¿Tengo yo solo la lámpara —la apariencia— o llevo también el aceite —la vida de gracia—?

PARTE II — EL ACEITE QUE NO SE COMPRA A ÚLTIMA HORA

Las necias piden aceite prestado. Las prudentes responden: «No, no alcanzará para todas; vayan a comprar Uds. mismas». A primera vista parece egoísmo. No lo es. San Agustín lo explica con claridad: el amor no se puede heredar, ni pedir prestado, ni comprar en el último instante. Cada uno debe producirlo en su propia vida.

El aceite, hermanos, somos nosotros quienes lo preparamos día tras día:

  • En la oración que no se abandona aunque no sintamos nada
  • En el perdón que damos a quien nos ofendió
  • En el pan compartido con quien no tiene —los ancianos solos, los jóvenes sin esperanza, los niños que pasan necesidad
  • En cumplir el deber con rectitud, aunque cueste
  • En los sacramentos vividos con fe, no por costumbre

El Catecismo nos recuerda: «La gracia es el auxilio gratuito de Dios, pero exige nuestra cooperación libre y cotidiana» (CIC 1996). Como enseña el papa Francisco: «No se puede improvisar la fidelidad; se construye poco a poco, en el amor de cada día».

Las necias pensaron: «ya pediremos ayuda». Pero la hora llega y nadie puede sustituirnos ante el Señor. Cada uno entrará con su propio amor, o no entrará.

Analogía bíblica: Como el trigo y la cizaña (Mt 13,24-30), crecen juntos hasta la cosecha; la diferencia se revela en el momento decisivo. Como el juicio sobre el buen y mal siervo (Mt 24,45-51), la prueba está en la constancia.

PARTE III — LLEGA EL ESPOSO: NO SABEMOS NI EL DÍA NI LA HORA

«A medianoche se oyó una voz: ¡Llega el esposo, salid a recibirlo!» (Mt 25,6). La hora desconocida. Puede ser de noche, cuando menos lo esperamos. Puede ser la enfermedad, la vejez, un instante imprevisto. Jesús lo repite con fuerza: «Estad preparados, porque a la hora que no pensáis viene el Hijo del Hombre» (Lucas 12,40).

Las prudentes no estaban despiertas; también dormían. No se trata de no dormir, de vivir en angustia. Se trata de haber preparado antes. No es el miedo, es el amor previsor. Como dice San Francisco de Asís: «Nadie puede estar preparado para el Señor a menos que lo ame ahora».

Cuando llegan las necias tras comprar el aceite —demasiado tarde—, llaman a la puerta: «Señor, Señor, ábrenos». Y la respuesta es dura: «No os conozco» (Mt 25,12). No es que Dios sea cruel; es que no hay relación viva. No se conocieron en el trato cotidiano; no se reconocen ahora. Como advierte Jesús: «No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el Reino» (Mt 7,21). La puerta se cierra porque el tiempo de elección libre ha concluido. Benedicto XVI en Spe Salvi nos enseña: el juicio no es sobre un veredicto externo, sino sobre lo que hemos construido en nosotros mismos.

PARTE IV — SER MUJER SABIA: ENTRAR EN EL BANQUETE

Las cinco prudentes entran con el Esposo al banquete. La imagen es espléndida: el banquete del Reino, la comunión eterna con Dios y con todos los santos (Ap 19,9). ¿Qué tenían ellas que las hacía aptas? No eran perfectas —también durmieron—, pero tenían:

  1. Previsión: supieron que la espera podría ser larga y se prepararon. No vivieron al día sin proyecto de eternidad.
  2. Autenticidad: su fe no era apariencia; ardía por dentro. No se conformaron con lo externo.
  3. Fidelidad paciente: mantuvieron el amor vivo aunque el Señor tardaba. No se desanimaron.
  4. Responsabilidad: confiaron en la gracia y en su propia entrega; no depositaron su salvación en la de otros.
  5. Respuesta personal: cuando llegó la hora, estaban listas para reconocerlo y salir a su encuentro.

«Velad, pues». No es una amenaza; es una invitación llena de ternura. Jesús nos dice: «Prepara tu corazón cada día, porque yo vengo y quiero encontrarte con la lámpara encendida». Y el aceite se consigue hoy: en la Misa, en la oración, en el servicio a los pobres, en la familia, en el perdón. Nadie te lo puede dar, pero nadie te lo puede quitar si lo guardas en el corazón.

PARA PROFUNDIZAR QUE SOLO LAS MUJERES SABIAS SON APTAS PARA EL CIELO

  1. ¿Qué aceite estoy acumulando hoy? — Las prudentes llevaban aceite consigo: ¿en qué obras de amor, en qué oración fiel, en qué sacramentos vividos, estoy construyendo mi relación con Dios, para que arda cuando Él venga?
  2. ¿Mi fe es lámpara de apariencia o llama interior? — Las necias tenían lámpara pero no aceite: ¿hay en mí costumbre sin conversión, participación sin entrega, palabras sin obras? ¿Qué debo reavivar ahora mismo?
  3. ¿Sé esperar sin desanimarme? — Todas durmieron; la tardanza prueba la constancia: ¿sigo amando, orando y sirviendo aunque el Señor parezca tardar, aunque la vida sea monótona, aunque no vea frutos? Esa fidelidad es el aceite más preciado.
  4. ¿Me conoce el Señor? — «No os conozco» fue la respuesta terrible: ¿nos encontramos con Él cada día, en la oración, en la Palabra, en los hermanos? ¿Somos conocidos por Él no solo por el nombre, sino por el amor que ponemos en todo cuanto hacemos? Ese conocimiento mutuo es la lluvia que abre la puerta del banquete eterno.

«Que el Señor, que viene, nos encuentre con la lámpara encendida y el corazón lleno de amor, para que entremos con Él en la alegría eterna.»

LAS CUATRO PREGUNTAS: EL ACEITE QUE HACE APTAS PARA EL CIELO

Cada pregunta desvela una dimensión del aceite que las mujeres sabias llevaban en sus vasijas: no es algo externo, sino lo que Dios construye en nosotras y nosotros, y que nosotros cuidamos con libertad.

1. El aceite de la GRACIA: ¿Acoges y custodias el don de Dios cada día?

«Llevamos este tesoro en vasijas de barro» (2 Corintios 4,7)

CIC 1996: «La gracia es, por excelencia, el don que el Padre nos hace por su Hijo en el Espíritu Santo»

Pregunta: Si el aceite representa ante todo la gracia —la vida misma de Dios que gratuitamente recibes en el Bautismo, la Penitencia, la Eucaristía—, ¿la acojo como un regalo inmerecido que debo custodiar, avivar y no desperdiciar? ¿Vivo mis sacramentos como encuentros vivos con Él, o como costumbre? ¿Rechazo o apago la gracia cuando elijo el egoísmo, la queja, el rencor en lugar del perdón?

Clave para ser sabia/o: Las prudentes sabían que el aceite no se fabricaba por su sola fuerza: venía de Dios, pero debía ser guardado y alimentado. La gracia no se impone; se deja entrar o se cierra la puerta. Como enseña Santo Tomás: La gracia presupone la naturaleza y la perfecciona, pero exige que nosotros digamos «sí» cada mañana.

2. El aceite del AMOR: ¿Es mi fe un amor que se hace obra visible?

«Lo que vale es la fe que actúa por el amor» (Gálatas 5,6)

1 Juan 3,18: «No amemos de palabra ni de lengua, sino con obras y en verdad»

CIC 1822: «La caridad es la virtud por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo por amor a Él»

Pregunta: Si el aceite es el amor hecho vida, sin el cual la lámpara —aunque tenga la forma de fe— se apaga, ¿mi relación con Dios se traduce en servicio concreto a quienes me rodean? ¿Comparto con el anciano solo, con el joven sin esperanza, con quien me ofendió, con quien tiene menos que yo en esta Lima nuestra? ¿Mi fe brilla solo en la iglesia, o ilumina también el trabajo, la familia, la calle?

Clave para ser sabia/o: Las necias tenían lámpara, pero les faltaba lo que la hace arder: el amor operante. Como explicaba San Agustín: La fe sin la caridad no es fe, sino solo apariencia. El aceite del amor no se guarda encerrado: se consume al darlo, y es precisamente entonces cuando más resplandece.

3. El aceite de la FE VIVA: ¿Conozco al Señor, o solo sé cosas sobre Él?

«No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos» (Mateo 7,21)

Apocalipsis 3,20: «Estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa»

Pregunta: Si el aceite es también la fe viva, esa relación personal que hace que el Señor te conozca y tú lo conozcas, ¿lo encuentro cada día en la oración silenciosa, en su Palabra, en la Eucaristía? ¿Lo reconozco en los acontecimientos alegres y difíciles de mi vida? ¿Me conformo con saber de Él, o procuro tratarlo como a quien amo y espero? Porque cuando diga «Señor, Señor», no bastará llamarlo: habrá que ser conocido por Él.

Clave para ser sabia/o: La respuesta terrible a las necias —«No os conozco»— no es un rechazo repentino, sino la constatación de que nunca construyeron esa amistad. Las prudentes no eran famosas ni perfectas: conocían al Esposo y Él las conocía, y eso es lo que las hacía aptas para entrar.

4. El aceite de la PERSEVERANCIA: ¿Sigo fiel aunque la espera sea larga?

«Si tardare, espéralo; porque ciertamente vendrá» (Habacuc 2,3)

Lucas 12,35-36: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas, y sed semejantes a los que esperan a su señor»

CIC 677: «La venida de Cristo glorioso puede ser esperada en cada momento»; Francisco, Ángelus 12 nov. 2017: «La fidelidad cotidiana es la verdadera sabiduría»

Pregunta: Si el aceite requiere constancia, día tras día, sin prisa y sin desánimo, ¿sigo fiel cuando el Señor parece tardar, cuando la vida se hace monótona, cuando no veo frutos de mi entrega? ¿Me canso de orar, de perdonar, de hacer el bien? ¿Comprendo que la tardanza no es olvido, sino el tiempo en que el Señor purifica y hace crecer mi amor? Esa fidelidad paciente es el aceite más precioso y difícil de conseguir, y el único que arde hasta el final.

Clave para ser sabia/o: Todas durmieron —las prudentes también—, pero ellas habían preparado antes. No se trataba de estar despiertas con angustia, sino de haber vivido con fidelidad. Como enseñaba San Francisco de Asís: Bienaventurado el que permanece fiel hasta el fin, porque el Señor lo recompensará. La perseverancia no es un esfuerzo sobrehumano: es volver a decir «sí» cada mañana, una y otra vez.

EN RESUMEN: El aceite que nos hace aptas/os para el Cielo. Las cinco mujeres sabias no entraron porque fueran perfectas, sino porque llevaban en su interior lo que el Esposo buscaba: una relación viva, construida con gracia acogida, amor entregado, fe profunda y fidelidad constante. Ese aceite nadie te lo puede dar a última hora, pero nadie te lo puede quitar si lo guardas en el corazón. Y cuando llegue la voz de medianoche, tu lámpara seguirá encendida, y Él te dirá: «Ven, amiga mía, entra en la alegría de tu Señor».

lunes, 26 de octubre de 2026

DOMINGO XXXI – CICLO A (01 de noviembre de 2026)

 DOMINGO XXXI – CICLO A (01 de noviembre de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo: 5,1-12:

5,1 Jesus, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron.

5,2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

5,3 “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

5,4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

5,5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

5,6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

5,7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

5,8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

5,9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

5,10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

5,11 Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

5,12 Alégrense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a Uds. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados hermanos en el Señor paz y bien.

“Uds. serán felices si cumplen lo que yo les enseño” (Jn 13,17);  “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos, uds. son mis amigos si cumplen lo que yo les enseño; ya no les llamo siervos, porque el siervo no sabe la  que hace su amo, a uds los llamo amigos porque os enseñe todo cuanto aprendí de mi padre” (Jn 5,13-15). Hoy Jesús nos habla sobre la felicidad eterna, ¿Quién no quiere ser feliz? Todos anhelamos la felicidad, pero a menudo no sabemos que es la felicidad. Ahora nos lo dice el Señor que es esa felicidad verdadera y no la felicidad falsa. La felicidad verdadera pasa a menudo por el dolor, llanto, persecución, hambre, injusticia etc. Pero dichos sufrimientos nos llevan a la purificación en este mundo para luego ser santificados para gozar de la felicidad eterna.

¿Y si las bienaventuranzas no fueran simplemente una lista de virtudes que debemos practicar para llegar a ser santos, sino la revelación de cómo es Dios, de cómo vive Jesucristo y de cómo está llamado a vivir el ser humano que participa de su vida?

Esta perspectiva puede transformar profundamente el sentido de la solemnidad de Todos los Santos: no celebramos únicamente a quienes alcanzaron la santidad, sino la obra de Dios que hace posible que la humanidad participe de su propia santidad.

Las bienaventuranzas (Mt 5,1-12) constituyen la síntesis cristológica, teológica y escatológica de toda la vocación bíblica a la santidad: expresan la llamada de Dios a participar de su santidad, revelan en Jesucristo la forma concreta de esa participación y muestran el destino definitivo del ser humano en la comunión eterna con Dios.

Criterios que orientarán la reflexión

  1. Tesis bíblico-teológica: las bienaventuranzas como síntesis de la vocación bíblica a la santidad, desde el Levítico hasta el Nuevo Testamento.
  2. Método integrado: análisis histórico-crítico, literario, narrativo, canónico, teológico y espiritual.
  3. Perspectiva escatológica: articulación de la Iglesia peregrinante, purgante y gloriosa, en la comunión de los santos.
  4. Fundamento eclesial: Sagrada Escritura, Catecismo de la Iglesia Católica, Lumen gentium 39-42 y Gaudete et exsultate.
  5. Finalidad: homilía desarrollada de aproximadamente 20 minutos para la solemnidad de Todos los Santos.

La Iglesia peregrinante camina hacia la santidad; la Iglesia purgante se purifica para la plenitud de esa comunión; y la Iglesia gloriosa contempla y participa ya plenamente de la gloria de Dios. Las tres no son tres iglesias, sino la única Iglesia de Cristo en diferentes condiciones de existencia.

«Las bienaventuranzas: la vocación a la santidad, el camino de la felicidad verdadera y la plenitud de la vida eterna».

La solemnidad de Todos los Santos nos permitirá contemplar tres dimensiones inseparables:

  • Iglesia peregrinante: quienes vivimos todavía en camino y estamos llamados a encarnar las bienaventuranzas.
  • Iglesia purgante: quienes, habiendo muerto en la gracia de Dios, necesitan la purificación final para entrar en la plenitud de la comunión divina.
  • Iglesia gloriosa: quienes contemplan a Dios y participan plenamente de su gloria.

No son tres iglesias distintas, sino la única Iglesia de Cristo en tres condiciones de existencia.

LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Título: «Las bienaventuranzas: la vocación a la santidad y la plenitud de la felicidad en Dios»

Las bienaventuranzas constituyen la síntesis de toda la vocación bíblica a la santidad porque recogen, llevan a su plenitud cristológica y proyectan hacia su consumación escatológica la llamada de Dios a que el ser humano participe de su santidad.

No son simplemente un conjunto de normas morales, ni una lista de virtudes para alcanzar el cielo. Son la revelación del modo de vivir de Jesucristo, el rostro de la santidad de Dios manifestado en la humanidad de su Hijo y el camino de transformación al que estamos llamados.

Idea que articulará toda la homilía:

  • El Padre nos llama a ser santos: Levítico.
  • Jesucristo nos revela cómo vivir la santidad: las bienaventuranzas.
  • El amor nos permite reconocer si estamos viviendo esa santidad: Lucas, Juan y las cartas apostólicas.
  • La vida eterna constituye la plenitud de esa vocación: la comunión de los santos.

I. Fundamentación bíblico-teológica para proclamar la Palabra

Antes de desarrollar la homilía, es importante establecer tres niveles de interpretación para mantener el rigor exegético.

1. Lo que afirma expresamente la Escritura

A. El Antiguo Testamento: la santidad nace de la iniciativa de Dios

En Lv 19,2 encontramos la afirmación fundamental: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo». La santidad de Israel no nace de una conquista autónoma del ser humano. Su fundamento es Dios mismo. Israel está llamado a vivir de acuerdo con la identidad de su Dios.

Lv 11,44-45 y 20,7-8 reiteran esta vocación. La santidad debe manifestarse en la conducta y en la fidelidad a los mandamientos del Señor. Hay una distinción importante: en el contexto del Levítico, la santidad comprende dimensiones cultuales, comunitarias y éticas. No debemos reducirla a una disposición interior.

B. El Nuevo Testamento: Jesucristo manifiesta la forma de la santidad

En Mt 5,1-12 Jesús proclama las bienaventuranzas: Pobres de espíritu. Los que lloran. Los mansos. Los que tienen hambre y sed de justicia. Los misericordiosos. Los limpios de corazón. Los que trabajan por la paz. Los perseguidos por causa de la justicia.

Jesús no presenta una felicidad basada en el poder, la riqueza, el prestigio o la ausencia de sufrimiento. Proclama bienaventurados a quienes viven abiertos a Dios y permanecen fieles a su Reino.

En Lc 10,27-28, el amor a Dios y al prójimo aparece como camino de vida.

En Mt 22,36-40, Jesús identifica el amor a Dios y al prójimo como los dos mandamientos de los que dependen la Ley y los Profetas.

En Mt 19,16-21, la pregunta sobre la vida eterna conduce a Jesús a llamar al seguimiento, a la renuncia a las seguridades materiales y a la entrega de la propia vida.

En Jn 13,34, Jesús introduce la novedad decisiva: «Que se am unos a otros; como yo los he amado». La medida del amor ya no queda expresada solamente por el amor al prójimo como a uno mismo: ahora es el mismo Cristo quien se convierte en medida y modelo.

Finalmente, 1 Pe 1,15-16 retoma expresamente la llamada del Levítico: ensed santos porque Dios es santo. Y 1 Jn 4,20 establece una afirmación radical: no se puede afirmar que se ama a Dios mientras se odia al hermano.

2. La inferencia teológica fundada: las bienaventuranzas como síntesis de la santidad

La conexión entre estos textos permite formular una conclusión teológica:

El Levítico presenta la vocación; Jesucristo manifiesta su plenitud; las bienaventuranzas describen su configuración existencial; el mandamiento nuevo establece su medida cristológica; y la caridad verifica su autenticidad.

Podemos expresarlo así: Esta síntesis no significa que las bienaventuranzas agoten toda la enseñanza bíblica sobre la santidad. Significa que constituyen una de sus expresiones más concentradas y privilegiadas, porque en ellas Jesús revela el rostro del discípulo que vive según el Reino.

Esta interpretación encuentra una confirmación magisterial particularmente importante en Gaudete et exsultate, 63-64. El papa Francisco presenta las bienaventuranzas como la identidad del cristiano y como el retrato del rostro de Cristo que debemos transparentar en nuestra vida.

3. La dimensión escatológica: la santidad no termina con la muerte

Aquí se encuentra una de las claves más importantes para la solemnidad de Todos los Santos. La santidad es una vocación que comienza en nuestra existencia terrena, atraviesa la muerte y encuentra su plenitud en Dios. Las bienaventuranzas contienen una tensión escatológica:

  • Algunas promesas están formuladas en presente: «de ellos es el Reino de los cielos».
  • Otras están formuladas en futuro: «serán consolados», «heredarán la tierra», «verán a Dios».

Esto permite reconocer la tensión entre el Reino ya inaugurado por Cristo y su consumación definitiva. La Iglesia peregrinante vive las bienaventuranzas en la historia; los fieles difuntos que se purifican esperan la plenitud de la comunión; los santos glorificados participan ya de la visión de Dios. La Iglesia no se divide por ello en tres comunidades independientes. Es una sola Iglesia, unida en Cristo.

Profundizacion:

1. Introducción: ¿Qué significa realmente ser santo?

Hoy celebramos la solemnidad de Todos los Santos. Y quisiera comenzar con una pregunta que puede parecer sencilla, pero que compromete toda nuestra existencia:

¿Para qué estamos viviendo? ¿Cuál es el destino último de nuestra vida? ¿Estamos viviendo para tener más cosas, alcanzar reconocimiento, acumular experiencias, disfrutar de los bienes de este mundo o estamos viviendo para alcanzar la plenitud de la vida en Dios? La solemnidad de hoy nos invita a mirar más allá de lo inmediato.

Celebramos a los santos conocidos y desconocidos, canonizados y no canonizados, a quienes vivieron su existencia en fidelidad a Dios y ahora participan de su gloria. Pero hay algo todavía más importante: hoy no celebramos solamente lo que ellos consiguieron; celebramos lo que  Dios puede realizar en una vida humana cuando esta se deja transformar por su gracia.

La santidad no es un privilegio reservado a unos cuantos elegidos, ni una vocación exclusiva de sacerdotes, religiosos o religiosas.

La santidad es la vocación de todo bautizado, de todo cristiano, de todo ser humano llamado por Dios a participar de su vida.

San Pablo lo expresa en Efesios 1,4: Dios nos eligió en Cristo para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor. Y el Concilio Vaticano II, en Lumen gentium, 39-40, enseña que todos los fieles, cualquiera que sea su condición o estado, están llamados a la plenitud de  la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Por eso, la pregunta de hoy no es simplemente: ¿Cuántos santos conocemos?

La pregunta es: ¿Estamos respondiendo a la llamada de Dios a ser santos?

Y el Evangelio de Mateo nos ofrece una respuesta extraordinaria: las bienaventuranzas.

2. De la santidad de Dios a la santidad del ser humano: el proyecto comienza en el Padre

La primera lectura de nuestra reflexión nos conduce al libro del Levítico. Dios dice a su pueblo: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2).

Detengámonos en esta afirmación. Dios no dice: sed santos porque sois mejores que los demás; tampoco dice: sed santos porque debéis demostrar vuestra superioridad moral.

Dice: «Sed santos porque yo soy santo». La santidad humana tiene su fundamento en la santidad divina. Dios llama al ser humano a participar de aquello que él mismo es: una vida de amor, fidelidad, justicia, misericordia y comunión.

Esta llamada atraviesa toda la historia de la salvación. En el Antiguo Testamento, Dios constituye un pueblo para la alianza. No lo libera de Egipto simplemente para que deje de ser esclavo del faraón, sino para que viva en comunión con él. La liberación tiene una finalidad: pertenecer a Dios y vivir según su voluntad.

Por eso, en Lv 20,7-8, la santificación está vinculada a la fidelidad a los mandamientos.

En Lv 11,44-45, la santidad también se manifiesta en una forma concreta de vivir.

Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, encontramos que esta vocación no desaparece.

Pedro escribe: «Así como el que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta» (1 Pe 1,15). Observemos algo fundamental: Pedro no inventa una nueva vocación. Retoma la llamada del Levítico y la dirige a la comunidad cristiana a la luz de Cristo.

Por tanto, la santidad no es una idea abstracta, ni una simple aspiración religiosa. La santidad consiste en dejar que la vida de Dios transforme nuestra manera de pensar, sentir, decidir,   amar y relacionarnos. Pero surge una pregunta: ¿cómo podemos conocer concretamente esa santidad? ¿Dónde encontramos su rostro? La respuesta es Jesucristo.

3. Las bienaventuranzas: Jesucristo nos revela el rostro de la santidad

En el Evangelio de hoy, Jesús sube al monte, se sienta y comienza a enseñar. No es un detalle insignificante. Mateo presenta a Jesús como el Maestro que proclama la voluntad de Dios y  enseña a vivir según el Reino. Y sus primeras palabras son sorprendentes:

 «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». ¿Por qué comienza así? Porque Jesús está transformando nuestra comprensión de la felicidad.

El mundo suele decirnos que feliz es quien tiene mucho, quien domina, quien no necesita de nadie, quien consigue imponerse y quien logra satisfacer todos sus deseos. Pero Jesús proclama felices a quienes viven de otra manera. La felicidad del Evangelio no nace de poseerlo todo, sino de vivir en comunión con Dios. Veamos cómo cada bienaventuranza expresa una dimensión de la santidad.

Primera: Bienaventurados los pobres de espíritu.

El pobre de espíritu reconoce que Dios es su fundamento y no convierte los bienes materiales, el poder o el prestigio en el centro de su existencia. No significa despreciar los bienes de la  creación, sino no permitir que estos ocupen el lugar de Dios. Una pregunta para nuestra vida: ¿Dios es verdaderamente nuestra riqueza o solamente lo buscamos cuando nos falta algo?

Segunda: Bienaventurados los que lloran.

Jesús no declara bueno el sufrimiento por sí mismo. Proclama la esperanza de quienes atraviesan el dolor y encuentran en Dios su consuelo. El santo no es una persona que nunca sufre. Es alguien que, incluso en medio del sufrimiento, no pierde la esperanza ni se vuelve indiferente al dolor ajeno.

Tercera: Bienaventurados los mansos.

La mansedumbre no es debilidad ni cobardía. Es la fortaleza de quien no necesita destruir al otro para afirmar su propia dignidad. Es la capacidad de responder sin odio, corregir sin humillar y ejercer autoridad sin dominar.

Cuarta: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.

La santidad no consiste en una religiosidad que se desentiende de la realidad. Quien busca la santidad desea que la voluntad de Dios se manifieste en la justicia, en la dignidad humana, en la verdad y en el respeto a los más vulnerables. No podemos hablar de Dios mientras permanecemos indiferentes ante el sufrimiento injusto de nuestros hermanos.

Quinta: Bienaventurados los misericordiosos.

La misericordia es una expresión privilegiada de la santidad divina. El misericordioso no se alegra del fracaso del otro, no disfruta condenándolo ni convierte sus errores en una oportunidad para humillarlo. La misericordia no niega la verdad ni la justicia; las integra en el amor que busca restaurar a la persona.

Sexta: Bienaventurados los limpios de corazón.

La limpieza de corazón significa vivir sin doblez, sin hipocresía, sin manipulación y sin una distancia entre lo que decimos creer y lo que realmente hacemos. El santo no pretende aparentar una bondad que no vive.

Busca la verdad ante Dios.

Y Jesús añade una promesa extraordinaria: «verán a Dios». La santidad tiene, por tanto, una orientación escatológica: conduce a la comunión y a la visión de Dios.

Séptima: Bienaventurados los que trabajan por la paz.

No se trata simplemente de evitar conflictos. Trabajar por la paz significa construir reconciliación, sanar divisiones, promover la justicia y reconocer al otro como hermano. La paz evangélica no es indiferencia ante el mal; es compromiso activo con la fraternidad.

Octava: Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia.

La santidad puede tener un precio. Quien permanece fiel a Cristo puede encontrar rechazo, incomprensión e incluso persecución. Pero no debemos confundir la persecución por fidelidad al Evangelio con las consecuencias de nuestros propios errores o comportamientos injustos. La bienaventuranza se refiere a sufrir por la justicia y por Cristo, no a justificar nuestras equivocaciones.

Hermanos, observemos el conjunto.

Las bienaventuranzas no describen ocho tipos de personas que no tienen nada que ver entre sí. Describen distintas dimensiones de una misma existencia transformada por Dios. El santo es pobre de espíritu, misericordioso, justo, limpio de corazón, constructor de paz y fiel a Cristo incluso en la adversidad. Aquí encontramos el vínculo entre el Levítico y el Evangelio:

El Dios santo del Antiguo Testamento nos llama a la santidad; Jesucristo nos revela cómo se vive esa santidad. Y hay algo todavía más profundo: las bienaventuranzas no solamente nos enseñan cómo debemos vivir; también nos muestran el rostro de Jesús.

Él es el pobre que confía en el Padre, el misericordioso que acoge al pecador, el justo que permanece fiel, el manso que no devuelve violencia por violencia, el perseguido que entrega su vida y el Hijo que nos conduce a la comunión con Dios. Por eso, ser santo es configurarse con Cristo.

4. El amor: la síntesis de la santidad y el criterio de su autenticidad

Ahora debemos dar un paso más. Si las bienaventuranzas describen la vida del santo, ¿cuál es el principio que las unifica? La respuesta se encuentra en el amor. En Lc 10,27-28, Jesús presenta el doble mandamiento: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo.

En Mt 22,36-40, Jesús afirma que de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas. Esto significa que la santidad no puede separarse del amor. Pero en Juan encontramos un paso decisivo.

Durante la Última Cena, Jesús dice: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado» (Jn 13,34). Aquí aparece la novedad cristiana. No basta con amar según nuestros propios criterios, nuestros intereses o nuestras preferencias. Cristo nos enseña a amar como él ama. Y ¿cómo ama Cristo? Ama entregándose, sirviendo, perdonando, acogiendo, lavando los pies de sus  discípulos y ofreciendo su vida.

Por eso, en 1 Jn 4,20 encontramos una de las afirmaciones más exigentes de toda la Escritura: Quien dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso. ¡Qué palabra tan fuerte!

Podemos participar en celebraciones litúrgicas, conocer la Biblia, rezar el rosario, cumplir determinadas prácticas religiosas y hablar constantemente de Dios. Pero si despreciamos al hermano, si humillamos a los demás, si alimentamos el rencor, si somos injustos o indiferentes ante quien necesita nuestra ayuda, nuestra religiosidad está contradiciendo el Evangelio.

La santidad no se mide solamente por lo que decimos de Dios, sino también por la manera en que tratamos a sus hijos. Aquí se encuentra una conexión fundamental con las bienaventuranzas:

  • La pobreza de espíritu nos libera del egoísmo.
  • La misericordia nos enseña a perdonar.
  • La justicia nos compromete con la dignidad del otro.
  • La limpieza de corazón nos hace amar sin hipocresía.
  • La construcción de la paz nos convierte en hermanos.
  • La fidelidad nos mantiene unidos a Cristo.

Por eso, la caridad no es una bienaventuranza más: es la virtud que da unidad y autenticidad a toda la existencia cristiana. San Pablo lo expresará magníficamente en 1 Corintios 13: sin amor, incluso las manifestaciones religiosas más extraordinarias pierden su verdadero valor.

Y aquí podemos escuchar una pregunta que debe inquietarnos: ¿De qué nos serviría ganar el reconocimiento de todos, tener éxito en nuestros proyectos e incluso ser considerados personas religiosas, si no hemos aprendido a amar como Cristo? La santidad comienza a hacerse visible cuando dejamos de vivir exclusivamente para nosotros mismos y comenzamos a vivir para Dios y para los demás.

5. La santidad y la eternidad: una sola Iglesia, una sola comunión en Cristo

Llegamos ahora al corazón escatológico de esta solemnidad. Hermanos, nuestra vida no termina en la muerte. La muerte no tiene la última palabra. Cristo ha resucitado y nos ha abierto el camino hacia la vida eterna.

Por eso, cuando celebramos Todos los Santos, contemplamos la vocación humana desde su destino definitivo: la comunión plena con Dios. La Iglesia nos enseña que existe una comunión profunda entre todos los que pertenecemos a Cristo, aunque nos encontremos en distintas condiciones de existencia.

El Concilio Vaticano II, en Lumen gentium, 49-51, desarrolla esta doctrina de la comunión de los santos. Podemos contemplar tres dimensiones de esa única Iglesia. Primero:

la Iglesia peregrinante.

Somos nosotros, quienes todavía caminamos en la historia. Vivimos entre dificultades, alegrías, contradicciones, tentaciones y esperanzas. Estamos llamados a vivir las bienaventuranzas aquí y ahora. No podemos esperar a morir para comenzar a ser misericordiosos, justos, humildes, pacificadores y limpios de corazón. La santidad no comienza después de la muerte: comienza cuando permitimos que Cristo transforme nuestra existencia. Por eso, cada día tenemos la oportunidad de acercarnos a la santidad:

  • Cuando perdonamos en lugar de alimentar el rencor.
  • Cuando elegimos la verdad en lugar de la mentira.
  • Cuando servimos en lugar de dominar.
  • Cuando compartimos en lugar de acumular egoístamente.
  • Cuando defendemos al débil en lugar de aprovecharnos de él.
  • Cuando buscamos la reconciliación en lugar de sembrar divisiones.

Segundo: la Iglesia purgante.

Recordamos a nuestros hermanos difuntos que han muerto en la gracia y amistad de Dios, pero necesitan todavía la purificación definitiva para alcanzar la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. El Catecismo de la Iglesia Católica, números 1030-1032, enseña la doctrina de la purificación final.

Es importante comprender que el purgatorio no es una segunda oportunidad para convertirse después de la muerte, ni una condenación temporal. Es la purificación de quienes pertenecen a Dios y están destinados a la comunión plena con él. Por eso, la Iglesia peregrinante puede orar por ellos y ofrecer sufragios, especialmente el sacrificio eucarístico. No olvidemos a nuestros familiares, amigos y hermanos difuntos. Nuestro amor no termina ante el sepulcro.

Tercero: la Iglesia gloriosa.

Son aquellos que ya participan plenamente de la gloria de Dios. Contemplan a Dios y viven en la comunión definitiva con él. Aquí encontramos la plenitud de las bienaventuranzas.

Los pobres de espíritu reciben el Reino en plenitud.

Los que lloraban son consolados definitivamente.

Los misericordiosos participan de la misericordia eterna.

Los limpios de corazón ven a Dios.

Los que trabajaron por la paz viven en la comunión perfecta.

Los perseguidos por causa de Cristo reciben la recompensa prometida.

Y comprendemos algo extraordinario: La santidad que comienza como vocación en nuestra vida terrena alcanza su plenitud como comunión eterna con Dios.

La solemnidad de Todos los Santos nos permite contemplar anticipadamente ese destino. No celebramos a los santos como personas alejadas de nuestra realidad, sino como hermanos que han llegado a la meta hacia la cual nosotros caminamos. Ellos son testimonio de que la santidad es posible por la gracia de Dios. Y nosotros seguimos caminando sostenidos por Cristo, acompañados por la comunión de los santos y alimentados por la Eucaristía.

6. Conclusión: no esperemos llegar al cielo para comenzar a vivir como santos

Hermanos y hermanas: Quisiera terminar regresando a la pregunta inicial:

¿Para qué estamos viviendo? La Palabra de Dios nos ha permitido descubrir un itinerario extraordinario. En el Levítico, el Padre nos llama: «Sed santos, porque yo soy santo». En Jesucristo, encontramos el camino concreto de esa santidad: las bienaventuranzas. En el mandamiento nuevo, descubrimos su medida: «Como yo os he amado».

Y en la promesa de la vida eterna descubrimos su destino definitivo: contemplar a Dios y vivir eternamente en su amor. Podemos resumirlo así:

La santidad nace de Dios, se manifiesta en Cristo, se encarna en las bienaventuranzas, se verifica en la caridad y alcanza su plenitud en la gloria eterna. Por eso, no debemos confundir santidad con perfeccionismo, ni felicidad con ausencia de problemas. El santo no es quien nunca cae, sino quien, sostenido por la gracia, se levanta, vuelve a Cristo y aprende a amar cada vez más.

No es quien nunca llora, sino quien no permite que el sufrimiento le robe la esperanza.

No es quien nunca experimenta dificultades, sino quien permanece fiel al Evangelio.

No es quien habla mucho de Dios, sino quien deja que Dios transforme su manera de amar.

Y hoy, contemplando a todos los santos, debemos preguntarnos:

¿Soy pobre de espíritu o estoy esclavizado por mis seguridades?

¿Soy misericordioso o disfruto juzgando a los demás?

¿Tengo hambre y sed de justicia o me he acostumbrado a la indiferencia?

¿Soy constructor de paz o alimento divisiones?

¿Tengo un corazón limpio o vivo de apariencias?

¿Amo a Dios también en mis hermanos?

Porque no podemos pretender alcanzar la comunión eterna con Dios si rechazamos vivir la comunión con nuestros hermanos aquí en la tierra. La santidad del cielo comienza a prepararse en la santidad de la vida cotidiana. Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de vivir las bienaventuranzas. Que María, Reina de todos los santos, nos acompañe. Que los santos intercedan por nosotros. Que nuestros hermanos difuntos alcancen la plenitud de la purificación y la alegría eterna. Y que un día podamos participar todos juntos de aquella comunión definitiva en la que Dios será todo en todos. Porque hemos sido creados para Dios, llamados a su santidad y destinados a la plenitud de su amor. Amén.

III. Claves teológicas para profundizar después de la homilía

Estas precisiones permiten mantener la fidelidad doctrinal de la predicación.

1. La relación entre las bienaventuranzas y la santidad

La afirmación de que las bienaventuranzas sintetizan la vocación bíblica a la santidad es teológicamente fundada, pero conviene expresarla con precisión: No son la totalidad de la doctrina bíblica de la santidad, sino su expresión cristológica y evangélica privilegiada. El propio papa Francisco, en Gaudete et exsultate, 63-65, establece una relación explícita entre las bienaventuranzas y la santidad.

2. La relación entre felicidad, santidad y eternidad

Podemos distinguir tres momentos: Vocación: Dios nos llama a participar de su santidad. Camino: Vivimos las bienaventuranzas mediante la gracia y la caridad. Consumación: Participamos plenamente de la vida y gloria de Dios.

La felicidad cristiana no equivale a satisfacción psicológica permanente ni a bienestar material. Es una participación progresiva y finalmente plena en la comunión con Dios.

3. La comunión de los santos

Conviene fundamentar esta dimensión en los siguientes números del Catecismo:

Una precisión doctrinal: la Iglesia purgante no constituye una tercera Iglesia independiente. Es una expresión tradicional para referirse a los fieles difuntos que atraviesan la purificación final. La denominación conciliar es la de los que están en camino, los difuntos que se purifican y los que gozan de la gloria.

4. El fundamento magisterial

Recomiendo que la homilía tenga como principales referencias:

  • Lumen gentium, 39-42: universalidad de la llamada a la santidad.
  • Lumen gentium, 48-51: dimensión escatológica y comunión de los santos.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, 1716-1729: las bienaventuranzas.
  • CIC, 2012-2016: vocación a la santidad.
  • CIC, 946-962: comunión de los santos.
  • CIC, 1023-1032: bienaventuranza celestial y purificación final.
  • Gaudete et exsultate, 63-94: las bienaventuranzas como camino de santidad.
  • Gaudete et exsultate, 95-109: misericordia y criterio de la santidad.

IV. Una pregunta crítica para hacer resonar la solemnidad

Hay una cuestión que considero especialmente importante para que la homilía no se convierta en una explicación doctrinal más: ¿Podemos celebrar a Todos los Santos, venerar sus imágenes, invocar su intercesión y, al mismo tiempo, rechazar el estilo de vida que los hizo santos?

Esta pregunta nos enfrenta a una contradicción posible: admirar la santidad sin querer vivirla. Una persona podría asistir a misa, conocer las devociones, venerar a los santos y, sin embargo, vivir dominada por el orgullo, la injusticia, el resentimiento o la indiferencia. Por eso, la solemnidad debe conducirnos a la conversión.

Una reformulación que desafía nuestra perspectiva

Quizá debamos cambiar la pregunta «¿Qué tengo que hacer para llegar al cielo?» por otra más radical:

¿Estoy permitiendo que el cielo comience a transformar mi manera de vivir aquí en la tierra? Porque las bienaventuranzas no son solamente las condiciones para alcanzar la vida eterna: son también el comienzo de la vida del Reino en nosotros. Y esa es la gran esperanza de Todos los Santos: la vida que hoy vivimos por la fe, la esperanza y la caridad está llamada a alcanzar su plenitud en la visión de Dios.


domingo, 18 de octubre de 2026

DOMINGO XXX - A (25 de Octubre del 2026)

 DOMINGO XXX - A (25 de Octubre del 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 22,34-40:

 22,34 Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar,

22,35 y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

22,36 "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?"

22,37 Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.  

22,38 Este es el más grande y el primer mandamiento.

22,39 El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

22,40 De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas". PALABRA DEL SEÑOR.

 REFLEXIÓN:

 Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

“Quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso” (IJn 4,20).

“¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). Hemos dicho que, se salvaran todos los que entran al banquete de boda del Cordero y para entrar al banquete de boda del Cordero previa aceptación (Bautismo= Mt 28,19-20), es requisito estar revestidos con traje de fiesta (Mt 22,12). ¿Cómo revestirnos con traje de fiesta? Sabiendo situarnos tal como somos ante cesar como ciudadanos cumpliendo con los deberes de la sociedad (Mt 22,21) y ante Dios dar testimonio de la fe como imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Y la estrategia para revestirnos con traje de fiesta es lo que hoy nos da pie responder a la pregunta: ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? Amar a Dios y al prójimo (Mt 22,36).  Con esta respuesta también respondemos a la pregunta ¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16). Haciendo o viviendo a cabalidad el bien supremo del amor. ¿Cómo? Amor a Dios amando al prójimo. Por eso, san Juan nos enfatiza: “Quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso” (IJn 4,20).

 Para obtener la salvación hace también falta: “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1). “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22).

 Cuando resaltamos el episodio: “El rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?" El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt 22,11-13). Y nos preguntamos ¿Qué significa ese traje de fiesta? Y nos respondimos con la enseñanza de San Pedro “Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo” (IPe 1,15-16; Lv 19, 2). Es decir, un día para estar en la fiesta del banquete de boda del cordero que es el en el cielo y  es eterno, hay que estar con traje de fiesta, es decir, hay que ser santo sí o sí.

 Para ningun judío era secreto que el primer mandamiento de toda la ley es el amor a Dios, pero Jesús va más lejos en su respuesta y agrega, el segundo es similar: "ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22,37-39). Que el segundo mandamiento sea igual y tan importante como el primero. Es decir, que amar al prójimo es tan importante como amar a Dios. Además añade, que toda esa gama de mandamientos y preceptos que el pueblo multiplicó de los diez mandamientos, en total más de seiscientos, todos ellos quedan reducidos a dos principios: el amor a Dios y el amor al prójimo (Mt 22,37-39), Aquí hay toda una enseñanza nueva e incluso una nueva concepción de Dios. Para nosotros tampoco hay duda en aceptar que el amar a Dios es el primer mandamiento de la ley, pero no estamos tan convencidos en poner en el mismo nivel, al amor al prójimo. Lo digo porque hoy tenemos muchos conflictos en el mundo, guerras, odios, rencores, mucha gente que muere de hambre… me van a decir que ¿si nos amáramos como Jesús nos dice hoy, habría tanta miseria en el mundo? Jesús no dio tanta importancia al primero, no porque no le importase el amor a Dios sino que el amor autentico a Dios pasa por el amor al prójimo. No en vano, a lo largo del Evangelio como enseñanza central de Jesús es esta: “Les doy un mandamiento nuevo; que se amen unos a otros como yo les he amado, en esto les reconocerán que son mis discípulos, en que Uds. saben amarse unos a otros como les amé” (Jn 13,34).”

 El amor del auténtico creyente tiene que tener su sustento en las mismas palabras y enseñanzas de Jesús. Y para dar mayores pautas del amor del que Jesús nos habla hoy, recordemos  cuando Jesús nos dice: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra… Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,38-48).

 Pero, Jesús ¿nos pide amar incluso hasta a los enemigos? Si, y Jesús nos lo ha demostrado que si es posible amar al enemigo. Desde la cruz, cuando sus enemigos lo están crucificando, la primera palabra que dijo es: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen conmigo” (Lc 23,34) y la última palabra es expresión de su amor y fidelidad al Padre: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu y dicho esto murió” (Lc 23,46). Escena que Juan los describe así: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3,16-18).

Hermanos, hoy Jesús no nos ha preguntado cuántas oraciones sabemos, cuántas veces hemos venido al templo o cuántas normas religiosas podemos recordar. Nos ha llevado al corazón de nuestra existencia: ¿amamos a Dios? ¿Y cómo se manifiesta ese amor en nuestra manera de tratar a los demás?

La primera lectura nos recuerda que Dios escucha el clamor del pobre y del indefenso. San Pablo nos enseña que el Evangelio puede transformar una comunidad hasta convertirla en testimonio. Y Jesús nos revela que amar a Dios y amar al prójimo son dos dimensiones inseparables de una misma vida de fe.

Por eso, al salir de esta Eucaristía, no nos llevemos solamente una frase bonita. Llevémonos una decisión concreta: reconciliarnos con alguien, escuchar a quien hemos ignorado, tratar justamente a quien trabaja para nosotros, acompañar a una persona sola o compartir con quien necesita ayuda.

San Francisco de Asís comprendió que el encuentro con Cristo cambia la manera de mirar al hermano. Pidamos al Señor esa gracia: que nuestra oración no nos aleje de las heridas del mundo, sino que nos haga más capaces de acercarnos a ellas con misericordia.

Porque, al final, la pregunta no será solamente cuánto hemos hablado de Dios, sino cuánto hemos permitido que su amor transforme nuestra vida.

Señor, enséñanos a amarte con todo el corazón y a reconocer en cada hermano una persona digna de amor. Que nuestras palabras se conviertan en obras, nuestras obras en testimonio y nuestra vida entera en una respuesta agradecida a tu amor.

Jesús no elige un mandamiento entre los demás: revela el centro desde el cual toda la Ley es Ley, y ese centro es un solo amor que, nacido de Dios, no puede dirigirse a Él sin pasar por el prójimo.

1. Apertura: la pregunta que nos incomoda

Hermanos y hermanas:

Si hoy les pidiera que resumieran el cristianismo en una sola frase, ¿qué dirían? Algunos dirían: «ir a misa». Otros: «cumplir los mandamientos». Otros: «ser buena persona». Y no estarían del todo equivocados, pero tampoco del todo acertados.

Hoy el Evangelio nos pone ante exactamente esa pregunta, pero formulada por un adversario: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?» (Mt 22,36). Fíjense bien: no es una pregunta inocente. Quien la hace es un doctor de la Ley, y el evangelista nos dice con claridad que lo hace «para ponerlo a prueba» (v. 35). Y sin embargo, de una pregunta hecha con mala intención, Jesús saca la respuesta más luminosa de toda la Escritura. Así trabaja Dios: puede escribir derecho con renglones torcidos.

Quiero proponerles que hagamos juntos un recorrido con una sola dirección. Primero entenderemos qué quiso decir Jesús en su mundo. Después veremos qué nos dice de Dios, luego del ser humano, y al final, qué nos pide a nosotros, aquí y ahora. Y todo girará en torno a una afirmación: Jesús no escoge un mandamiento entre otros; nos revela el centro de toda la Ley, y ese centro es un solo amor que nace de Dios y que no puede llegar a Dios sin pasar por el amor al prójimo.

2. Nivel histórico-literario: ¿qué quiso decir Jesús en su contexto?

a) El escenario. Estamos en Jerusalén, en los últimos días de Jesús. Mateo ha construido una cadena de controversias: primero los herodianos y el tributo al César (22,15-22), luego los saduceos y la resurrección (22,23-33), y ahora los fariseos y la Ley (22,34-40). Tres grupos, tres trampas. Jesús sale de las tres. Y Mateo nos dice que los fariseos, al saber que había «tapado la boca» a los saduceos, «se reunieron en grupo» (Mt 22,34): es una coalición contra él.

b) La pregunta no era tan simple como parece. Para nosotros, «mandamiento más importante» suena a ranking. Pero en el judaísmo de la época se contaban, según la tradición rabínica, 613 preceptos o mandamientos: 248 positivos y 365 negativos. Y los maestros discutían cuáles eran «ligeros» y cuáles «graves». Era un debate real, legítimo y a veces agotador. La pregunta del doctor de la Ley pertenece a ese debate. No es absurda; es una pregunta de escuela.

Y hay otro detalle, que subrayan los biblistas: en la tradición rabínica se cuenta que otros maestros, después, resumieron la Ley en un principio. Por eso Jesús no es el primero en intentar una síntesis. Lo que sí es propio de él es qué une y cómo lo une. Lo digo con cautela, porque las fuentes rabínicas que conservamos son posteriores al Nuevo Testamento y no conviene fechar de forma tajante las comparaciones.

c) La respuesta: dos textos de la Torá. Aquí está el punto decisivo. Jesús no inventa nada. Cita:

Deuteronomio 6,5: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo trae «mente»; el texto hebreo decía «con todas tus fuerzas»; la tradición griega varía el vocabulario). Este texto pertenece al Shemá, la oración que todo israelita piadoso recitaba mañana y noche. Jesús no responde con una novedad: responde con la oración diaria de su pueblo.

Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Un versículo perdido en medio del llamado «Código de Santidad», entre normas sobre la cosecha, los jornaleros y la justicia en los tribunales. En su contexto original, «prójimo» designaba ante todo al connacional, y en el mismo capítulo se extiende al extranjero residente (Lv 19,34).

d) Una precisión de método, que les pido que retengan. Jesús, en este pasaje, no cita ambos textos como «mandamientos gemelos» ya unidos en la Escritura. En el Antiguo Testamento, Dt 6,5 y Lv 19,18 están en libros distintos, sin conexión explícita. La unión es obra de Jesús en este momento, y es la decisión interpretativa que Mateo nos transmite. Lo que luego la tradición cristiana desarrollará, a saber, que ambos amores son uno solo en su raíz, es una lectura teológica posterior, que vamos a llegar a ver en Juan y en la primera carta de Juan, pero que no debemos poner en boca de Jesús en este pasaje como si él lo hubiera dicho así.

e) Y la frase que lo cambia todo. Mateo añade el versículo 22,40: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». El verbo es muy expresivo: «penden», literalmente «cuelgan». Imaginen una puerta que cuelga de sus goznes, o un cuadro de un clavo. Si quitas el clavo, todo se cae. No se trata de que los otros 611 mandamientos sobren; se trata de que sin este clavo no se sostienen. Y por eso Mateo, que cuida el tema, había escrito antes: «No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17). Jesús no desprecia la Ley. Le da su verdadero eje.

Y este eje ya había sido anunciado por los profetas. Oseas lo dijo con una frase que Mateo cita dos veces: «Misericordia quiero, y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13; 12,7). Es decir: Jesús responde dentro de la mejor tradición profética de Israel.

3. Nivel canónico: lo que la Escritura entera ayuda a ver

Ahora damos un paso. Ya sabemos qué dijo Jesús en su contexto. La Iglesia, leyendo toda la Biblia como una unidad, ha seguido meditando esta respuesta. Y aquí, hermanos, no estamos ya en el terreno de lo que Jesús dijo con estas palabras, sino de lo que el conjunto de la Escritura permite entender. Esto es legítimo y es riquísimo, pero es otro nivel.

a) Juan 13,34-35: el amor tiene ahora una medida nueva.
«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros. En esto reconocerán todos que son mis discípulos».

¿Qué es «nuevo»? No el amor al prójimo, que ya estaba en Levítico. Lo nuevo es la medida: «como yo los he amado». Antes se decía «como a ti mismo»; ahora, «como yo los he amado». La vara de medir pasa de nuestro propio yo al lavatorio de los pies y a la cruz. El contexto es claro: Juan lo dice en la Última Cena, después de lavar los pies. Y fíjense en el fin que dice Jesús: el amor es la señal de reconocimiento del discípulo. No la doctrina, no el ritual: el amor.

b) 1 Corintios 13,1-8: el amor como criterio de todo carisma.
Pablo escribe a una comunidad dividida, enamorada de sus dones espectaculares: lenguas, profecía, conocimiento, fe capaz de mover montañas. Y dice, en sustancia, que todo eso sin amor es nada. Y luego describe el amor no con definiciones abstractas, sino con verbos concretos: paciente, servicial, no envidioso, no se jacta, no se irrita, no lleva cuentas del mal. Pablo está haciendo con los corintios lo que Jesús hace con los fariseos: volver al centro. Ustedes tienen muchos dones; ¿dónde está el clavo del que todo cuelga?

c) 1 Juan 4,19-21: aquí el hilo se cierra.
«Nosotros amamos porque él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano».

Aquí sí aparece explícitamente lo que antes decía: no se puede amar a Dios sin amar al hermano. La carta lo afirma con una dureza casi incómoda: «mentiroso». Esta es la interpretación canónica más nítida del pasaje de hoy. Y noten algo importante: el versículo 19 coloca el fundamento antes del mandato: «Nosotros amamos porque él nos amó primero». El amor no es un esfuerzo nuestro por conquistar a Dios; es una respuesta a un amor que nos precede.

d) Y esto nos lleva a una conclusión que ilumina a Mateo.
Mateo 22 no dice «los dos mandamientos son lo mismo». Dice «el segundo es semejante al primero» (v. 39). Semejante, no idéntico. Y sin embargo, la tradición de Juan y de Pablo nos permite ver con más claridad por qué son semejantes: porque el Dios que nos ama primero es el mismo Dios que ama al hermano que tenemos al lado. Si yo amo a ese Dios, no puedo despreciar a quien Él ama.

Por eso insisto: la tesis de hoy no es «hay dos mandamientos». Es que hay un solo amor, que viene de Dios, y que tiene dos direcciones inseparables.

4. Lo que este pasaje revela de Dios y del ser humano

a) Acerca de Dios es la Primera revelación: Dios no es un legislador que nos pide cumplimiento; es un Dios que pide amor. Toda la Ley, con sus 613 preceptos, no es un reglamento de comportamiento, sino la forma concreta de una relación. Un Dios que solicita todo el corazón, toda el alma, toda la mente no es un Dios que busca esclavos, sino un Dios que busca comunión.

Segunda revelación: este Dios ama primero (1 Jn 4,19). El orden es decisivo. Primero el don, después la tarea. Primero somos amados, después amamos. Si invertimos el orden, la religión se convierte en un contrato: «yo cumplo, tú me recompensas». Y Jesús vino precisamente a romper ese contrato.

b) Acerca del ser humano: Aquí hay algo de enorme profundidad. El mandamiento dice «como a ti mismo». Es decir: da por supuesto que tú vales. Que tienes dignidad. Que mereces ser amado. Jesús no manda «ámate a ti mismo»; lo presupone como base. Pero lo hace sin caer en egoísmo: el amor a uno mismo no es el fin, sino el punto de partida desde el cual se puede comprender qué significa amar al otro porque el que no sabe amarse a si menos amara al otro.

Y, además, el mandamiento pone al otro en el mismo plano de dignidad que yo. El prójimo no es un instrumento, ni un competidor, ni un problema a resolver, ni un cliente: es alguien que, como yo, es amado por Dios y es capaz de amar. Aquí se funda, desde el Evangelio, la dignidad de toda persona, sin condiciones, sin distinciones de nación, de clase ni de mérito.

San Francisco, vivió esto de forma tan radical que cuando abrazó al leproso, a quien antes le provocaba horror, dijo en su Testamento que «lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulzura de alma y de cuerpo». No fue un sentimiento previo; fue un acto que transformó el sentimiento. El amor al prójimo no empieza en la simpatía; empieza en la decisión y en el gesto, y la simpatía llega después, a veces mucho después.

5. Nivel pastoral: ¿cómo debe transformar hoy nuestra vida?

Y ahora, hermanos, llegamos a donde esta homilía quería llegar. Hemos recorrido el camino: la pregunta, la respuesta de Jesús, la luz de toda la Escritura, lo que dice de Dios y del ser humano. Ahora cabe una pregunta sencilla y a la vez incómoda: ¿y mi vida?

Aquí ya no hablo de lo que Jesús dijo, ni de lo que dice la Escritura entera, sino de lo que nosotros, hoy, estamos llamados a vivir. Es una aplicación pastoral, y como tal puede decirse de muchas maneras. Les propongo tres desplazamientos concretos, que son consecuencias de la misma tesis:

Primer desplazamiento: de la religión de cumplimiento a la religión de amor.
Es fácil convertir la fe en una lista: misa, rezos, normas, devociones. Nada de eso es malo; todo eso es bueno, si cuelga del clavo. Pero si el clavo falta, se vuelve ruido, o peor, se vuelve coartada. Hay personas que no faltan nunca a la misa y que, sin embargo, no saludan al vecino, no perdonan a un familiar, o tratan con desprecio a quien trabaja para ellos. 1 Jn lo llama por su nombre: «mentiroso». No lo digo para condenar a nadie; lo digo porque ese espejo es para todos, comenzando por quien les habla.

Segundo desplazamiento: de un amor de palabras a un amor de obras concretas.
Pablo lo describió con verbos: paciente, servicial, no lleva cuentas del mal. Pregúntense, en estos días: ¿con quién necesito ser paciente? ¿A quién estoy llevando cuentas del mal? ¿A quién puedo servir esta semana de manera concreta? El prójimo no es una idea; es la persona que Dios pone en mi camino: el hijo que no me escucha, la suegra que me irrita, el compañero de trabajo que me ignora, el migrante que llega a nuestra ciudad, el pobre que no tiene voz. En el Perú, un país de tantas heridas y tantas solidaridades, la pregunta no es teórica.

Tercer desplazamiento: de un amor que depende de mi estado de ánimo a un amor que nace de haber sido amado.
Muchos nos agotamos de amar porque creemos que el amor depende de nuestras fuerzas. Pero 1 Jn 4,19 nos libera: «Amamos porque él nos amó primero». Cuando el amor se me agota, no tengo que fabricarlo de nuevo; tengo que volver a la fuente. Y esa fuente tiene un lugar concreto: esta Eucaristía. Aquí recibimos el amor que después se nos pide dar. Aquí el Señor, que lavó los pies de sus discípulos, se nos entrega. No salimos de misa «a cumplir un deber»; salimos a repartir lo que hemos recibido.

6. Cierre: volver al centro

Hermanos y hermanas, volvamos a la pregunta con la que empezamos. ¿Cuál es el mandamiento más importante?

Jesús podría haber dado una respuesta técnica, una jerarquía de normas. En cambio, nos dio una persona: Dios que nos ama primero, y un prójimo al que Dios también ama. Y nos dijo: de ahí cuelga todo.

La Ley, los Profetas, nuestras liturgias, nuestras devociones, nuestros ministerios, nuestras universidades, nuestras parroquias, todo es válido y bello en la medida en que cuelga de este clavo. Y cuando nos desviemos, cuando nos enredemos en discusiones, en normas, en rivalidades, en cansancios, el Evangelio de hoy nos dice con ternura: vuelvan al centro.

San Francisco, al final de su vida, enfermo y casi ciego, dijo a sus hermanos: «Hermanos, comencemos, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho». No lo dijo por desánimo, sino por hambre de amar más. Que esa sea nuestra oración esta semana: Señor, que no me contente con haber cumplido. Enséñame a amar.

Y que cuando alguien nos observe, no pregunte «¿a qué grupo pertenecen?», sino que pueda decir, como quería Jesús en Juan 13,34: «En esto reconocerán que son mis discípulos: en que se aman unos a otros».

Pregunta que no podemos esquivar: Si alguien nos preguntara hoy: «¿Qué significa ser cristiano?», ¿qué responderíamos? Quizá diríamos: ir a misa, rezar, cumplir los mandamientos, recibir los sacramentos o ayudar a los pobres. Todo eso es importante. Pero el Evangelio de hoy nos obliga a ir más al fondo: ¿qué es lo que da unidad, sentido y autenticidad a todo lo que creemos y practicamos?

Un doctor de la Ley se acerca a Jesús y le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» (Mt 22,36). Mateo nos advierte que la pregunta pretende ponerlo a prueba. Sin embargo, Jesús convierte aquella controversia en una de las enseñanzas más decisivas de todo el Evangelio.

Su respuesta es clara: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; y amar al prójimo como a uno mismo.

Pero atención: Jesús no nos entrega simplemente dos mandamientos para añadirlos a nuestra lista de obligaciones. Nos revela el centro desde el cual toda la vida de fe debe ser comprendida y vivida.

La tesis de esta homilía es sencilla, pero exigente: el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. No podemos vivir auténticamente el primero mientras despreciamos al segundo.

2. El clavo del que cuelga toda nuestra fe

Jesús concluye su respuesta con una expresión que merece nuestra atención: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40).

Imaginemos un cuadro hermoso, con un marco valioso y una pintura extraordinaria. Todo parece perfecto. Pero hay una pregunta decisiva: ¿de qué cuelga ese cuadro? Si el soporte falla, termina en el suelo.

Algo semejante sucede con nuestra vida cristiana. Podemos conocer muchas oraciones, participar en celebraciones, estudiar teología, ejercer ministerios y defender nuestras convicciones religiosas. Pero ¿de qué cuelga todo eso? ¿Qué sostiene nuestras prácticas y les da su verdadero sentido?

Jesús responde: el amor.

No está diciendo que los demás mandamientos sean inútiles. Está enseñando que todos deben orientarse hacia el amor a Dios y al prójimo. La oración, la liturgia, las normas morales y las devociones no son fines aislados: están llamadas a ayudarnos a vivir en comunión con Dios y a construir relaciones más justas, fraternas y misericordiosas.

El primer mandamiento procede de Deuteronomio 6,5 y pertenece al Shemá, la confesión de fe que Israel recitaba diariamente: amar a Dios con toda la existencia. El segundo procede de Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Jesús une ambos textos y los coloca en el centro de la interpretación de la Ley.

Por eso, la pregunta cristiana no puede limitarse a: «¿He cumplido?». Debe incluir otra, mucho más personal: «¿Me está conduciendo lo que hago a amar más a Dios y a tratar mejor a las personas?»

Podemos tener los labios llenos de oraciones y el corazón lleno de resentimiento. Podemos conocer el horario de la Eucaristía y desconocer el sufrimiento de quien vive a nuestro lado. Podemos defender con firmeza la verdad y, al mismo tiempo, olvidar la caridad con la que debemos comunicarla.

El Evangelio no nos pide abandonar nuestras prácticas religiosas. Nos pide algo más profundo: dejar que el amor transforme nuestra manera de vivirlas.

3. Amar a Dios: mucho más que decir que creemos

Jesús nos pide amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Esto significa que Dios no puede ocupar únicamente un pequeño espacio de nuestra existencia, reservado para los domingos o para los momentos difíciles.

Amar a Dios compromete nuestra inteligencia, nuestros afectos, nuestra voluntad, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Significa buscar su voluntad, no solamente cuando coincide con nuestros deseos, sino también cuando nos invita a cambiar, a renunciar al orgullo, a reconocer nuestros errores o a reparar el daño que hemos causado.

Sin embargo, aquí debemos recordar algo fundamental: no comenzamos amando a Dios para conseguir que Él nos ame. Comenzamos porque Dios nos ha amado primero.

San Juan lo expresa con claridad: «Nosotros amamos porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

Esta es la lógica de la gracia: primero recibimos el amor de Dios; después, sostenidos por ese amor, aprendemos a responder. La vida cristiana no consiste en acumular méritos para obligar a Dios a querernos, sino en acoger su amor y permitir que transforme nuestra existencia.

Pero entonces surge una pregunta inevitable: si Dios es invisible, ¿cómo podemos comprobar que nuestro amor hacia Él es auténtico?

San Juan nos ofrece una respuesta incómoda y luminosa: quien afirma amar a Dios y odia a su hermano contradice su propia confesión (1 Jn 4,20).

Aquí se encuentra el punto decisivo de nuestra reflexión.

4. Amar al prójimo: donde la fe se vuelve visible

Amar a la humanidad en abstracto puede resultar relativamente sencillo. La dificultad comienza cuando el amor tiene un rostro concreto.

El prójimo puede ser el familiar que nos irrita, la persona que piensa de manera diferente, el compañero que nos ha ofendido, el estudiante que necesita más paciencia, el trabajador al que debemos tratar justamente o la persona vulnerable cuya presencia interrumpe nuestra comodidad.

Es fácil decir: «Yo amo a todos». Lo difícil es preguntarnos: ¿cómo trato a la persona que tengo delante?

Por eso, Jesús no separa el amor a Dios del amor al prójimo. Y la primera carta de Juan nos obliga a reconocer la contradicción de una religiosidad que habla de Dios, pero desprecia al hermano.

San Pablo profundiza esta enseñanza en 1 Corintios 13. Una persona puede tener grandes conocimientos, hablar con elocuencia, poseer dones extraordinarios e incluso realizar obras admirables. Pero, si carece de amor, todo pierde su valor más profundo.

Pablo no describe el amor mediante ideas abstractas. Lo hace mediante actitudes concretas: es paciente, servicial, no es envidioso, no se engríe y no lleva cuentas del mal.

Por tanto, hagámonos una pregunta: si las personas que conviven con nosotros tuvieran que describir nuestra fe no por lo que decimos, sino por cómo las tratamos, ¿qué dirían?

¿Que nuestra fe las ayuda a sentirse escuchadas, respetadas y acompañadas? ¿O que conocemos muchas verdades, pero todavía nos cuesta pedir perdón, escuchar con paciencia y reconocer nuestros errores?

No respondamos demasiado rápido. Permitamos que la Palabra de Dios examine nuestro corazón.

5. La medida del amor cristiano: como Cristo nos ha amado

En el Evangelio de Juan, Jesús declara: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros» (Jn 13,34).

La novedad no consiste en que Israel desconociera el amor al prójimo. Lo nuevo es la medida: amar como Cristo nos ha amado.

¿Y cómo nos ha amado Cristo?

En la Última Cena se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos. No utiliza su autoridad para ser servido, sino para servir. Después, en la cruz, lleva su entrega hasta el extremo.

Cristo nos enseña que amar no significa simplemente sentir simpatía, aprobar todas las conductas o evitar cualquier conflicto. Amar es buscar el verdadero bien del otro, defender su dignidad y actuar con misericordia y justicia.

A veces amar significará perdonar. Otras veces, pedir perdón. En determinadas circunstancias, significará corregir fraternalmente; en otras, establecer límites necesarios para proteger a quien sufre una injusticia.

La misericordia no es complicidad con el mal, y el perdón no obliga a tolerar el abuso. La caridad cristiana no renuncia a la verdad ni a la justicia: busca que el mal no tenga la última palabra.

Jesús llega incluso a pedir que amemos a nuestros enemigos y oremos por quienes nos persiguen (Mt 5,44). No nos pide que llamemos bueno a lo malo. Nos pide que no permitamos que el odio transforme nuestro corazón a imagen de aquello que combatimos.

En la cruz, Jesús ora por quienes lo crucifican (Lc 23,34). Su entrega revela que el amor de Dios no es una teoría: es una fuerza que permanece fiel al bien incluso en medio del sufrimiento.

Y ese amor se nos ofrece para que podamos vivir de una manera nueva.

6. San Francisco de Asís: cuando el amor transforma nuestra mirada

San Francisco comprendió esta verdad no solamente mediante la reflexión, sino a través de una experiencia que transformó su vida.

En su Testamento recuerda que, cuando todavía vivía en el horizonte de sus antiguos criterios, el encuentro con los leprosos le resultaba amargo. Pero aquello que antes le parecía amargo se convirtió para él en dulzura de alma y cuerpo.

Detengámonos en esta experiencia.

Francisco no se limitó a formular una teoría sobre la dignidad humana. Se acercó a personas que antes le provocaban rechazo. Su conversión modificó su relación con Cristo y, por eso mismo, transformó su manera de mirar al hermano.

Aquí encontramos una lección profundamente franciscana: no siempre esperamos a sentir simpatía para comenzar a amar; a veces damos el primer paso de misericordia y, en ese encuentro, nuestro corazón empieza a cambiar.

El hermano deja de ser un obstáculo para nuestra espiritualidad y se convierte en un lugar privilegiado de encuentro con el Señor.

Por eso, una oración auténtica no nos encierra en nosotros mismos. Nos vuelve más atentos a las heridas del mundo. La contemplación no nos aleja de las personas: nos enseña a reconocer su dignidad y a servirlas con humildad.

En clave franciscana, amar a Dios significa aprender a mirar la creación, a los pobres y a cada hermano desde la gratuidad del amor recibido. No porque todo sea perfecto ni porque desaparezcan los conflictos, sino porque nada de ello nos autoriza a negar la dignidad de la persona.

7. La Palabra de hoy nos pide una conversión concreta

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, recuerda la responsabilidad de no oprimir al extranjero, a la viuda y al huérfano, y de no aprovecharse de la necesidad del pobre (Ex 22,20-26). El amor se expresa también en la justicia y en la protección de quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad.

San Pablo, por su parte, reconoce en la comunidad de Tesalónica un testimonio de fe que se hace visible y se difunde más allá de sus propias fronteras (1 Tes 1,5c-10).

Las lecturas convergen en una convicción: la fe no queda encerrada en la conciencia individual. Se hace visible en la vida de una comunidad y en su manera de tratar a las personas.

Por eso, al terminar esta celebración, no nos llevemos solamente una frase bonita. Llevémonos tres preguntas:

Primera: ¿a quién necesito mirar de otra manera? Tal vez a alguien de mi familia, a un compañero, a una persona que me ha herido o a alguien cuya situación prefiero no ver.

Segunda: ¿qué gesto concreto de amor puedo realizar esta semana? Escuchar sin interrumpir, pedir perdón sin justificarnos, acompañar a una persona sola, compartir con quien necesita ayuda o tratar con justicia a quien depende de nosotros.

Tercera: ¿de dónde sacaré fuerzas para seguir amando cuando me canse? Volvamos a la fuente: Cristo, que nos ama primero y se entrega por nosotros. En la Eucaristía recibimos ese amor y aprendemos a compartirlo. No venimos a demostrar que ya somos perfectos; venimos a dejarnos transformar.

Y recordemos que la caridad tiene también una dimensión social. Amar al prójimo significa no acostumbrarnos al hambre, a la humillación, a la violencia ni a la injusticia. La solidaridad personal es indispensable, y también lo es trabajar por condiciones de vida más dignas para todos.

8. Conclusión: que todo vuelva al amor

Hermanos y hermanas:

Volvamos a la pregunta inicial: ¿cuál es el mandamiento principal?

Jesús nos conduce al centro de la vida cristiana: amar a Dios con toda nuestra existencia y amar al prójimo como a nosotros mismos.

La oración, la Eucaristía, los sacramentos, la formación, nuestras responsabilidades familiares y sociales, nuestros ministerios y nuestras comunidades encuentran su orientación en este amor.

No se trata de amar a Dios o amar al prójimo, como si tuviéramos que escoger entre ambos. Se trata de acoger el amor de Dios de tal manera que transforme nuestra relación con cada persona.

San Francisco nos recuerda que siempre podemos comenzar de nuevo. No porque el amor de Dios nos haya abandonado, sino porque todavía podemos aprender a amar con mayor generosidad.

Por eso, esta semana, elijamos una persona y un gesto. Una persona concreta; un gesto posible. Que nuestra decisión no se quede en una intención.

Porque al final no bastará con haber hablado del amor, ni siquiera con haberlo defendido correctamente. Tendremos que preguntarnos si permitimos que el amor de Cristo transformara nuestra vida.

Oremos:

Señor Jesús, enséñanos a amarte con todo el corazón y a reconocerte en cada hermano. Purifica nuestras intenciones, vence nuestro egoísmo y danos la valentía de perdonar, la humildad de pedir perdón y la generosidad de servir.

Que nuestra oración se convierta en misericordia, nuestra fe en justicia, nuestras palabras en obras y nuestra vida en testimonio de tu amor.

Y que, siguiendo las huellas de san Francisco, aprendamos a encontrar en el hermano no una carga que evitar, sino una persona cuya dignidad merece ser reconocida y amada.

Amén.

Una última recomendación pastoral

Antes de predicarla, te sugiero tres decisiones prácticas:

  1. No leas todas las citas bíblicas completas. Proclama con claridad las dos citas centrales y alude brevemente a las demás para mantener el ritmo.
  2. Haz una pausa después de la pregunta: «Si las personas que conviven con nosotros tuvieran que describir nuestra fe por cómo las tratamos, ¿qué dirían?». Ese silencio puede ser más eficaz que una explicación adicional.
  3. Termina con una sola acción concreta. Invita a cada persona a identificar a quién escuchará, ayudará o buscará para reconciliarse durante la semana.

La idea que debe permanecer en la asamblea es esta: el amor al prójimo no compite con el amor a Dios; es uno de los lugares decisivos donde nuestra respuesta a Dios se hace visible.