domingo, 28 de junio de 2026

DOMINGO XIV - A (05 de Julio del 2026)

 DOMINGO XIV - A  (05 de Julio del 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo: 11,25-30

11,25 En aquel tiempo, Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.

11,26 Sí, Padre, porque así lo has querido.

11,27 Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

11,28 Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.

11,29 Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.

11,30 Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Mt 11,25-26). ¿Quién entiende el evangelio? ¿Los sabios, los letrados, los que han estudiado....?, ¿los curas, los teólogos? ¿Son estos los que entienden el evangelio? hay razones para dudarlo cuando se presenta a Jesús como una teoría. Sobre todo si apenas han hecho otra cosa que estudiar.

Lo primero que hace falta para comprender el evangelio es escucharlo, y lo segundo, semejante a lo primero e inseparable con lo primero, es ponerlo en práctica. Pues el que no hace lo que escucha no ha entendido nada. Por eso dice Jesús: "Dichoso el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica" (Mt 7,24). Pero, no "los sabios y entendidos": Pues la capacidad de escuchar de un hombre cualquiera depende de la necesidad de preguntar. De modo que el "sabio y el entendido", el que vive sin problemas y cree que todo lo tiene resuelto, el satisfecho, el situado en bienes y opiniones, el que se cree justo y juzga a los demás, el autosuficiente..., no pregunta, no busca, no escucha ni puede escuchar. Y menos aún escucha un mensaje como el evangelio que habla de salvación, de liberación, de perdón. Para él la mejor noticia no es la Buena Noticia, sino la ausencia de toda noticia buena.

El Evangelio nos presenta dos momentos en la vida de Jesús. 1) Jesús en diálogo u oración con el Padre (Mt 11,25-27). 2) Nos aconseja que todos nosotros comencemos a llevar una vida en Dios (Mt 11,28-30).

1) El Evangelio nos presenta a Jesús hablando con el Padre, en momentos de silencio y oración en los que Jesús desahoga su corazón hablándole de su experiencia al Padre. En este caso, el gozo y la alegría de ver cómo la Palabra de Dios que no es otra cosa que el mismo Reino de Dios va calando en el corazón de la gente sencilla y no precisamente en el corazón de aquellos que se creen superiores. Más bien, son los de abajo, los sencillos, los que significan poco para el mundo, son los más disponibles para abrir sus corazones a la voluntad y a la gracia y el amor del Padre. Ese es el gran misterio de la gracia.

2) Jesús que tiene la experiencia humana del cansancio de los caminos, nos hace una invitación a saber reposar, descansar, regalarnos un tiempo para respirar y dejar que nuestro espíritu se vacíe de tantas tensiones que hoy, elegantemente, llamamos el “estrés”. Dios no es de los que echa cargas encima de nosotros. Que a Dios no le gusta vernos derrumbados bajo el peso de las obligaciones, imposiciones y mandatos de la carne. Que Dios lo que quiere es vernos ligeros y libres en el camino y que las peores cargas ya las ha llevado Él. Que carguemos con el yugo que Él nos impone, la vida en el espíritu, porque es ligero y llevadero y no el yugo que con frecuencia nos imponemos asimismo como es el de la carne o pecados. San Pablo nos sugiere así:

¿Quién es Dios para Jesús sino el Padre, y quien es Jesús para Dios sino su Hijo?(Mt 11,27):Recordemos en el momento del bautismo: “Tú eres mi Hijo amado, yo te he engendrado hoy” (Lc 3,22). Refleja unida intima entre Padre-Hijo: “Yo y el Padre somos una sola realidad” (Jn 10,30).

¿Quién es Jesús para mí? La pregunta de Jesús es: ¿Uds quien dicen que soy? Pedro respondió y dijo: “Tu eres el Mesías, el hijo de Dios vivo” (Mt 16,15-16). Ahora Jesús nos ha dicho: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). Jesús es, aún más tajante al decir: “Todo poder se me dio en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). Y en la tercera parte: ¿A quién se dirige Jesús? (Mt 11,28-30)? Se dirige a cada uno de los pobres y pequeños, es decir a cada uno de nosotros. Nos ha dicho:  “Vengan a mí todos los que están cansados y fatigados, y yo les daré descanso. Tomen sobre Uds. mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaran descanso para sus almas” (Mt11,28-29). ¿Cuál es el yugo que mayormente pesaba sobre el pueblo de aquel tiempo? Y ahora ¿cuál es el yugo que más pesa sobre ti? ¿No es el odio, el resentimiento, envidia, orgullo etc? Y ¿Cuál es el yugo que me da descanso? ¿No es el amor, la misericordia, la caridad, el perdón, la paz? ¿Cómo pueden las palabras de Jesús ayudar a nuestra familia a ser un lugar de reposo para nuestras vidas?

Fíjense que Jesús se nos presenta como revelador y como camino al Padre. Algo que ya nos dijo: “Yo soy camino, verdad y vida, nadie va al padre sino por mi” (Jn 14,6). Ahora bien conviene otra vez preguntarnos: ¿Quién es Jesús para mí? Y ojala nos respondiéramos como Pedro que respondió: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) y ten seguridad que Jesús nos diría también lo mismo que dijo a Pedro: “Feliz de ti Pedro, porque eso que me has dicho nadie te revelo de carne y hueso, sino mi Padre del cielo. Ahora te digo Tu eres Pedro y sobres esta piedra edificare mi Iglesia” (Mt 16,17-18). Pero esta respuesta por parte nuestra tiene que implicar un compromiso de ser el mensajero de Dios; al respecto el profeta dice: “Que hermoso son los pasos y los pies del mensajero que anuncia la palabra de Dios” (Is 52,7). Pero mismo Jesús nos dice: “Al que me anuncie abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero quien me niegue entre los hombres yo también lo najaré ante mi Padre que está en el cielo” (Mt 10,32). Este trabajo implica un compromiso serio, es el trabajo misionero.

En el Evangelio de Mateo, el discurso de la Misión ocupa todo el capítulo 10. En la parte narrativa que sigue después de los capítulos 11 y 12, donde se describe cómo Jesús realiza la Misión, aparecen incomprensiones y resistencias que Jesús debe afrontar. Juan Bautista, que miraba a Jesús con una mirada del pasado, no lo comprende (Mt 11, 1-15). El pueblo, que miraba a Jesús sólo por interés, no es capaz de entenderlo (Mt 11, 16-19). Las grandes ciudades en torno al lago, que habían oído la predicación y habían visto los milagros, no quieren abrirse a su mensaje (Mt 11, 20-24). Los escribas y doctores que juzgaban todo a partir de su ciencia, no son capaces de entender la predicación de Jesús (Mt 11,25). Ni siquiera los parientes lo entienden (Mt 12,46-50) Sólo los pequeños entienden y aceptan la buena nueva del Reino (Mt 11,25-30). Los otros quieren sacrificios, pero Jesús quiere misericordia (Mt 12,8). La resistencia contra Jesús lleva a los fariseos a intentar matarlo (Mt 12,9-14). Ellos lo llaman Beelzebul (Mt 12, 22-32). Pero Jesús no cede; él continúa asumiendo la misión del Siervo, descrito por el profeta Isaías (Is 43, 1-4) y citado al completo por Mateo (Mt 12, 15-31).

El contexto de los capítulos 10-12 de Mateo sugiere que la aceptación de la buena nueva por parte de los pequeños es la realización de la profecía de Isaías 53,3. Jesús es el Mesías esperado, pero es diverso de lo que la mayoría imaginaba. No es el Mesías glorioso nacionalista, ni siquiera un juez severo, ni un Mesías rey poderoso. Sino que es el Mesías humilde y siervo que "no rompe la caña cascada, ni apagará la mecha humeante" (Mt 12,20). Él proseguirá luchando, hasta cuando la justicia y el derecho prevalezcan en el mundo (Mt 12,18. 20-21). La acogida del Reino por parte de los pequeños es la luz que brilla (Mt 5,14), es la sal que da sabor (Mt 5,13), es el grano de mostaza que (una vez convertido en árbol grande) permitirá a las aves del cielo anidar entre sus ramas (Mt 13, 31-32).

Hay algo a lo que solemos dar poca importancia. Es que también nosotros leemos del Evangelio lo que nos conviene. Jesús nos dice que Él no ha venido a imponernos cargas pesadas, al contrario, ha venido a regalarnos el don de la libertad. Nos vino a liberar de las esclavitudes. La fidelidad al Evangelio no es hacer insoportables las cosas, sino hacerlas ligeras y llevaderas. Aquí todos tenemos mucho que aprender. La primera expresa la ternura de la relación de Jesús con el Padre, como en la casa la relación entre hijo y papá. Aquí es Jesús que acude a la oración lleno de gozo a contarle al Padre lo que está sucediendo con el anuncio del Reino (Mt 11,25-26). Yo no sé si alguna vez hemos hablado con Dios para contarle algún acontecimiento que hemos visto o nos ha sucedido. ¿No es nuestro Padre? ¿Por qué no tener esa libertad de espíritu y esa confianza para hablarle a Dios de las cosas que nos suceden cada día?. Por ejemplo, cuanto tenemos que aprender de los pobres como el ciego que ha sido curado por Jesús y luego le pregunto:"¿Crees en el Hijo del hombre? Él respondió: ¿Quién es, Señor, para que crea en él?. Jesús le dijo: "lo estás viendo: es el que te está hablando". Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se arrodilló y lo adoró” (Jn 9,35-38).

Hoy el Evangelio nos invita a entrar en la intimidad más profunda de Jesús. Nos encontramos ante un texto bellísimo (Mt 11, 25-30) donde el Señor levanta su mirada al Cielo y bendice al Padre. Pero para comprender la magnitud de lo que Jesús nos dice hoy, es necesario que nos hagamos, en el silencio del corazón, la pregunta fundamental que atraviesa toda la Escritura: ¿Quién es Jesús para mí?

Tiempo después de este pasaje, en Cesarea de Filipo, Jesús les lanzará a sus discípulos esa misma pregunta directa: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?». Y Pedro, inspirado por el Espíritu, responderá con valentía: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 15-16).

Hoy, en este Evangelio, es el propio Jesús quien nos revela su identidad secreta y divina. Nos dice con absoluta claridad: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27). Miren qué maravilla: Jesús no es simplemente un buen maestro, un filósofo o un profeta más. Él es el Hijo amado, el que comparte la misma vida de Dios. Su autoridad es total. Es el mismo que, antes de ascender al cielo, confirmará de forma aún más tajante: «Todo poder se me dio en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). El que nos habla hoy es el Rey del universo, el Dios omnipotente hecho carne.

¿A quién se dirige este Dios soberano?

Cualquiera pensaría que alguien con "todo el poder en el cielo y en la tierra" buscaría a los grandes sabios, a los gobernantes o a los poderosos de este mundo. Pero no. ¿A quién se dirige Jesús hoy? Se dirige a los pobres, a los pequeños, a los sencillos... es decir, se dirige a cada uno de nosotros.

Escuchemos con el alma el susurro de su voz: «Vengan a mí todos los que están cansados y fatigados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas» (Mt 11, 28-29).

En tiempos de Jesús, la gente estaba abrumada. El "yugo" que mayormente pesaba sobre el pueblo de aquel tiempo era una religiosidad rígida, cargada de leyes y preceptos humanos impuestos por los escribas y fariseos, cargas pesadas que asfixiaban la fe y hacían ver a Dios como un juez implacable en lugar de un Padre misericordioso.

Pero traigamos esa pregunta a nuestro hoy, a este domingo, a tu vida concreta: ¿Cuál es el yugo que más pesa sobre ti en este momento? A veces pensamos que son las deudas, el trabajo o la salud. Y sí, eso cansa. Pero el yugo que verdaderamente aplasta el alma, el que no nos deja dormir por las noches, es el yugo del pecado en el corazón: el odio, el resentimiento, la envidia, el orgullo, el egoísmo, el deseo de venganza. Ese es el verdadero yugo pesado que nos enferma y nos aísla.

El yugo que da descanso: Jesús no nos ofrece quitar el yugo para dejarnos vagar sin rumbo; nos ofrece cambiar de yugo. Nos dice: "Tomen mi yugo". ¿Y cuál es el yugo de Jesús? Es el amor, la misericordia, la caridad, el perdón y la paz.

El yugo del orgullo es pesado porque nos obliga a defender siempre nuestra imagen y a tener siempre la razón. El yugo del amor y del perdón es ligero, porque nos libera de la necesidad de juzgar y nos permite caminar ligeros de equipaje. Al estilo de Jesús, que es "manso y humilde de corazón", encontramos el verdadero descanso, porque dejamos de pelear contra el mundo en nuestras propias fuerzas y empezamos a descansar en los brazos del Padre.

Nuestra familia: un lugar de reposo: Finalmente, hermanos, miremos nuestros hogares. Vivimos en un mundo acelerado, lleno de tensiones y hostilidad. ¿Cómo pueden estas palabras de Jesús ayudar a nuestra familia a ser un lugar de reposo para nuestras vidas?

Nuestras casas no pueden ser una extensión del campo de batalla del mundo. Si dejamos entrar en el hogar el orgullo, los gritos, el resentimiento por los errores del pasado o la envidia, convertiremos la familia en un lugar de tortura.

Las palabras de Jesús nos invitan a fundar el hogar en la mansedumbre y la humildad. Una familia se convierte en un oasis de descanso cuando:

  • Aprendemos a pedir perdón y a decir "lo siento".
  • Dejamos de lado el orgullo y nos escuchamos con paciencia.
  • Sustituimos el reproche por la caridad y la palabra de aliento.

Que hoy, al acercarnos al altar, le entreguemos a Jesús nuestras fatigas, nuestros odios y resentimientos. Dejemos que Él los destruya con su amor y salgamos de esta Eucaristía llevando su yugo ligero: el yugo de la paz y del amor, para que nuestras vidas y nuestras familias sean, verdaderamente, un reflejo de su descanso divino.

martes, 23 de junio de 2026

DOMINGO XIII – A (28 de junio de 2026)

 DOMINGO XIII – A  (28 de junio de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según san Mateo: 10,37-42:

10,37 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

10,38 El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

10,39 El que trate de salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvarà.

10,40 El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.

10,41 El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

10,42 Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa" PALABRA DEL SEÑOR.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Paz y Bien.

¡Qué alegría encontrarnos hoy reunidos en torno al altar del Señor para celebrar el misterio de nuestra fe!

No anteponer nada a Cristo: "No anteponer ninguna persona, ni cosa alguna al amor de Cristo" se lee en el evangelio. Se trata de una expresión muy concreta del evangelio de este domingo. Cristo nos pide que lo amemos a Él por encima del amor paterno, materno o filial. Nos pide que tomemos la cruz propia y le sigamos por esa senda que no es fácil, ni amplia, pero que conduce a la salvación. Para comprender apropiadamente esta exigencia del Señor es preciso volver la mirada a la Encarnación del Verbo: En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.

En Cristo y por medio del bautismo hemos nacido a una nueva vida. Antes vivíamos en el pecado, pero ahora hemos sido trasladados a un nuevo reino, a una nueva vida. El fundamento de nuestra condición actual es Adán. Pero, el fundamento de nuestra vida futura es Cristo, porque así como Adán fue el primer hombre mortal y todos a continuación fueron mortales por su causa, así Cristo es el primer resucitado de entre los muertos, y ha donado el germen de la resurrección a aquellos que vendrían después de él. Nosotros entramos en esta vida visible con el nacimiento corporal, y por ello todos somos corruptibles. En cambio, en la vida futura todos seremos transformados por el poder del Espíritu y por ello resucitaremos incorruptibles. Y puesto que esto sólo tendrá lugar en los últimos tiempos, Cristo Nuestro Señor ha querido transferirnos a aquella vida de manera incipiente y simbólica, donándonos, con el bautismo, una nueva vida en Él. Este nacimiento espiritual es la figura presente de la resurrección y de la regeneración que deben realizarse plenamente en nosotros, cuando lleguemos a aquella vida. Por eso, al bautismo se le llama también regeneración.

La fecundidad espiritual: Se trata de un tema de gran importancia para todo cristiano llamado a dar frutos de vida eterna, pero especialmente importante para las personas consagradas, quienes habiendo renunciado a una fecundidad física, viven y anhelan una creciente fecundidad espiritual. Aquí encuentra razón de ser el tema de la paternidad y maternidad espiritual.

Las relaciones familiares iluminadas y llevadas a su más alta expresión en el amor a Cristo: El evangelio de este día ilumina las relaciones familiares con su significado profundo. No se trata, en efecto, de dividir las familias en nombre de la fe, sino más bien unir a la familia y hacerle ver la misión tan estupenda que tiene a la luz del misterio de Cristo. Se trata de enseñar a los padres y madres de familia que lo más importante de su hogar es Dios, y que ellos lograrán cumplir con su función paterna si logran infundir el amor y temor de Dios en el corazón de sus hijos. Se trata de que ellos logren que sus hijos "no antepongan nada en sus vidas al amor de Cristo". Así en esta reflexión vemos como la fecundidad física -el haber generado nuevos hijos- va de la mano, y muy estrechamente, de la fecundidad espiritual. Los padres que generaron para la vida física a sus hijos, los generan para la vida espiritual con su testimonio, con su palabra, con su amor y sacrificio, con su catequesis.

No cabe duda que la primera catequesis, y quizá la más importante, es la que recibe el niño en el propio hogar las más de las veces de los labios y ejemplos de la propia madre.  

Al escuchar el Evangelio de este domingo: Mt 10,37-42 es muy posible que algunas de sus palabras nos hayan dejado una sensación de inquietud en el corazón. Cuando Jesús dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí», podríamos caer en la tentación de pensar que el Señor nos está pidiendo que nos distanciemos de nuestros seres queridos, o que la fe es una fuerza que viene a dividir y a romper los lazos más sagrados que tenemos en la tierra.

Pero nada más lejos de la realidad, hermanos. Hoy el Evangelio no viene a destruir a la familia, sino a iluminarla, a purificarla y a llevarla a su más alta y hermosa expresión. Jesús no nos pide que amemos menos a los nuestros; nos pide que lo amemos a Él primero, porque solo cuando Dios ocupa el centro de nuestras vidas, aprendemos a amar de verdad a los demás. El amor humano, por más bello que sea, es limitado; pero cuando lo sumergimos en el misterio del amor de Cristo, ese amor familiar se vuelve eterno, fuerte y luminoso.

Miremos este mensaje con ojos de fe. ¿Cuál es el verdadero sentido de este pasaje? Es recordarles a ustedes, queridos padres y madres de familia, que lo más importante y el tesoro más grande de su hogar es Dios que es amor (I Jn 4,8).

Ustedes han recibido del Señor una misión estupenda. A veces pensamos que la paternidad y la maternidad terminan cuando los hijos están alimentados, vestidos y educados para tener éxito en la vida del mundo. Esos esfuerzos son muy valiosos, por supuesto. Sin embargo, la fecundidad física —el hermoso milagro de haber generado nuevos hijos para el mundo— debe ir siempre de la mano de la fecundidad espiritual.

Los padres que generaron a sus hijos para la vida física están llamados a engendrarlos también para la vida espiritual. ¿Y cómo se hace esto? No con discursos teóricos, sino con su testimonio diario, con su palabra oportuna, con su amor generoso, con el sacrificio de cada día y con su catequesis vivida en el hogar.

No cabe duda, hermanos, de que la primera escuela de la fe, y quizás la más importante y la que deja una huella imborrable para toda la vida, es la que el niño recibe en el seno de su propio hogar. Es esa fe que muchas veces se aprende de los labios y de los ejemplos de la propia madre, en el calor de los primeros años, al rezar antes de dormir o al dar las gracias por el pan de cada día.

Su tarea como padres se cumple plenamente cuando logran infundir el amor y el santo temor de Dios en el corazón de sus hijos; cuando consiguen que ellos crezcan con la convicción profunda de no anteponer nada en sus vidas al amor de Cristo. Si un hijo aprende a amar a Dios sobre todas las cosas, será un buen hijo, será un buen hermano, será un ciudadano honesto y, sobre todo, será una persona verdaderamente feliz, porque su vida estará cimentada sobre la roca firme.

Por eso, la fe no divide a la familia. Al contrario, la une con un lazo que ni el tiempo ni las dificultades de este mundo pueden romper. Cuando Cristo reina en una casa, el perdón se vuelve más fácil, la paciencia se hace más larga y el servicio mutuo se convierte en una alegría.

Al continuar hoy con nuestra celebración eucarística, pidámosle al Señor de manera especial por todas nuestras familias. Que nuestros hogares sean verdaderas iglesias domésticas, lugares donde Dios sea el centro, donde se respire su paz y donde se engendre, día a día, la vida del espíritu. Que María y José, que supieron poner siempre a Jesús en el centro de su hogar en Nazaret, intercedan por cada uno de ustedes.

Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como una marca sobre tu frente. Escríbelas en las puertas de tu casa y en sus postes” (Dt 6,4-9).

Juan en su primera carta nos define algo importante: “Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (I Jn 4,7-8). Pero ¿nuestro amor a Dios hace más o menos a Dios? ¿Será Dios más si lo amamos? Claro que no. Recordemos aquella cita: Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: Tenemos por padre a Abraham. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham” (Mt 3,7-9). Así también Dios puede sacar de las piedras que lo amen.

San Juan nos dice también: “Nadie ha visto jamás a Dios, pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros” (I Jn 4,12).  Mismos Jesús nos dice: “Les doy un mandamiento nuevo que se amen unos otros como le he amado” (Jn 13,34). “Quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” (I Jn 4,20). ¿Cómo nos amó Dios? Bonito? Jugando? Nada de eso. Dios nos amó en su Hijo hasta dar su vida por nosotros. Por eso es que, la causa final o última del amor autentico es el amor a Dios y no solo el amor a los padres y menos amar mas a los padre e hijos que a Dios. Amando a los padres o hijos es como amamos de verdad a Dios. En saber amarnos unos a otros es como amamos en verdad a Dios.

¿Cuál debe ser la actitud de aquel quien quiere seguir a Cristo? 1) "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). 2) “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10,38).  3) “El que trate de salvar  su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvarà” (Mt 10,39). Ademas conviene agregar algo: 4) "Los apóstoles volvieron muy contentos y dijeron, Señor hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Jesús les dijo: no se alegren porque los demonios se los someten; alégrense mas bien porque su nombre estén escrito en cielo" (Lc 10,20). ¿Cómo hacer que nuestros nombres estén escritos en el cielo? Anunciando el Evangelio por todo el mundo (Mc 16,15). Y recordemos también lo que nos dice Jesús: "Quien me confiese en este mundo ante los hombres, yo también lo confesare a el ante mi Padre que esta en el cielo, pero quien me niegue, yo también lo negare ante mi Padre" (Mt 10,32). Al respecto, San Pablo, quien cumplió esto como Cristo lo exige, pudo llegar a exclamar al decir: “Ya no soy yo quien vivo, sino es Cristo Quien vive en Mí” (Gál. 2, 20).

lunes, 15 de junio de 2026

DOMINGO XII – A (21 de junio de 2026)

 DOMINGO XII – A (21 de junio de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 10,26-33

10,26 No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido.

10,27 Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

10,28 No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.

10,29 ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.

10,30 Ustedes tienen contados todos sus cabellos.

10,31 No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

10:32 Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo.

10,33 Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

“Les dije la verdad que he oído a mi Padre, por cuál de esas verdades me quieren mata?” (Jn 8,40). “Los judíos dan estas razones para matar a Jesús: porque no sólo violaba el sábado (haciendo curaciones), sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre” (Jn 5,18). ¿Quiénes son esos judíos y por qué no aceptan que Jesús es el Hijo de Dios? Juan dice: ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el Anticristo: el que niega al Padre y al Hijo” (I Jn 2,22). Jesús les dijo a los judíos: “Ustedes tienen por padre al demonio y quieren cumplir los deseos de su padre. Desde el comienzo él fue homicida y no tiene nada que ver con la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, habla conforme a lo que es, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44). La mentira se opone a la verdad por eso Jesús les dice: “A mí no me creen, porque les digo la verdad” (Jn 8,45). “ Yo soy la verdad” (Jn 14,6). Jesús dijo también a sus discípulos: “si esto hacen conmigo qué no harán con ud” (Lc 23,31). “Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). En suma el señor ha puesto las condiciones y el precio del cielo. La única forma de merecer el cielo es trabajando en la misión no obstante las duras limitaciones.

En el discurso de la montaña Jesús advirtió sobre la adversidad que implica promover el reino de los cielos al decir: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando los calumnie en toda forma por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 5,11-12). Y en el discurso sobre la misión, Jesús dice a sus apóstoles no solamente qué es lo que deben hacer (Mt 10,5-15) y cuáles son las dificultades que les aguardan (Mt 10,16-25), sino también cómo deben superar las situaciones desfavorables en la misión (Mt 10,26-33).

 

El misionero ante los peligros: Una vez que Jesús terminó las primeras instrucciones a sus apóstoles (Mateo 10,5-15), dijo: “Mirad que los envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16). Desde ese momento se capta que la misión implica peligros: juicios en los “tribunales” (Mt 10,17), “azotes” (Mt 10,17) e incluso “muerte por los de su propia familia” (Mt 10,21). Una frase de Jesús describe crudamente este ambiente de persecución y rechazo: “Serán odiados de todos por causa de mi nombre” (Mt 10,22).

Todo esto hay que entenderlo como una verificación de la estrecha comunión del discípulo con su Maestro, es decir, es parte del seguimiento: “No está el discípulo por encima del Maestro… Ya le basta al discípulo ser como el Maestro” (Mt 10,24.25).

Enfrentar los miedos: Sentimos que no podemos asegurarlo todo con nuestros propios esfuerzos. Todo lo que somos y nos pertenece nos expone a heridas y pérdidas, es objeto de amenaza, de recelos y temores. En el texto afloran cuatro “miedos” del misionero: Miedo a hablar en público (Mt 10,26-27). Miedo a que destruyan su integridad física  (Mt 10,28-31). El miedo verdadero debe estar en: Miedo a perder la comunión definitiva con Jesús (Mt 10,32-33); y miedo a perder la salvación, “muerte del alma” (Mt 10,28-31).

¿Qué es lo que deben hacer los apóstoles que, precisamente por cumplir la misión que Jesús le encomienda, son criticados y perseguidos?; ¿Dejar la misión? ¿Renunciar a su confesión de fe para sobrevivir en medio del ambiente hostil? ¿Aplazar la tarea para cuando lleguen tiempos mejores? ¿Amoldarse a la vida de la sociedad haciendo concesiones que le eviten los conflictos? ¿Quedarse callados ante lo que sucede en el mundo y permitir que todo siga como siempre?

La enseñanza de Jesús: Ante las situaciones desfavorables descritas y el dilema correspondiente, la enseñanza de Jesús a los misioneros gira en torno a una misma expresión que tres veces repite con fuerza: “¡No tengan miedo!”: 1) “No les tengan miedo. Pues nada hay encubierto que no haya de ser descubierto” (Mt 10,26). 2) “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10,28). 3) “No tengan miedo, pues, Uds valen más que muchos pajarillos” (Mt 10,31).

Jesús no niega que los misioneros pasarán por momentos amargos. Él mismo se refiere a ello varias veces y quiere que sus apóstoles no se hagan falsas ilusiones: su tarea de anunciar el Reino y su pertenencia a él en calidad de discípulos los hacen mucho más vulnerables ante el entorno social. En el centro está el Dios Padre de Jesús (Jn 17,21): Él es la realidad determinante frente al cual nada debe ser preferido, a cuya voluntad nada escapa, quien cuida a los suyos con amor paterno (I Jn 4,8).

"El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Jn 16,24-26). Buscando la salvación de los demás es como podemos asegurar nuestra salvación; ello implicará incluso dar la vida por la cusa del evangelio. Pero esta conducta tiene su recompensa: “Al final de los tiempos, el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt 16,27).

 “No Teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de su Padre. En cuanto a Uds. hasta los cabellos de su cabeza están todos contados. No teman, pues; Uds valen más que muchos pajarillos” (Mt 10,28-31). Ante el rechazo o el martirio prevalece la confianza en el Dueño de la Vida. En efecto, la exhortación a “no temer” ahora es más concreta: se trata de la eventualidad de la muerte. Por pertenecer a Jesús, el discípulo puede sufrir una muerte violenta.

Jesús nos habla también de un “temor” que sí hay que tener: el temor de Dios, que es ante todo respeto. De hecho, hay que saber distinguir entre el verdadero y el falso temor, así como lo hace el profeta Isaías: “No teman ni tiemblen de lo que el (pueblo) teme; a Dios que es santo, a Él si su temor” (Mt 8,12-13). Este pensamiento nos remite a la exhortación para el martirio que encontramos en el libro de los Macabeos. El viejo Eleazar, ya moribundo por la tremenda paliza, dice: “El Señor, que posee la ciencia santa, sabe bien que, pudiendo librarme de la muerte, soporto flagelado en mi cuerpo recios dolores, pero en mi alma los sufro con gusto por temor de él” (2 Macabeos 6,30). Claro está, a diferencia de la historia de Eleazar, esta vez la motivación proviene de Jesús y con antecedencia a la situación de peligro de muerte de un discípulo suyo.

Valoración del poder: La motivación fundamental que Jesús da para atreverse a dar el paso del martirio: la vida en última instancia depende de Dios. Para comprender mejor esto hay que hacer una valoración del poder: 1) El poder de los hombres, quienes pueden matar el cuerpo pero no matar el alma. 2) El poder de Dios, que puede mandar a la perdición el cuerpo y el alma a la gehena. (en el mundo bíblico la “gehena” es concebida como lugar de pena eterna). Jesús pide valentía también frente al daño extremo e irrevocable en el que podemos caer, esto es, frente a la muerte. El hecho que nosotros continuemos viviendo o que nuestra vida se acabe de repente, puede depender de los hombres. Con todo, Jesús nos recuerda que la muertes es solamente realidad penúltima, que la vida terrena no es el bien mayor y que la muerte no es el mal más grande, y que, a pesar de su poder para matar, los hombres no tienen ningún poder discrecional sobre la salvación o sobre la condenación. Aquí termina el poder humano y comienza el ámbito del poder exclusivo de Dios.

Jesús envía a los apóstoles a predicar el evangelio sin miedo y les reitera tres veces, que no tengan miedo. ¿Por qué habían de tener miedo?; ¿acaso predicar el evangelio es una misión peligrosa? Si lo es. Lo era entonces y lo será. Jesús fue detenido, juzgado, sentenciado a muerte por el sanedrín y ejecutado en una cruz por los romanos...., sólo por hablar y anunciar a los pobres el evangelio del reinado de Dios. Y lo mismo pasó antes con todos los profetas; por ejemplo, con Jeremías, que fue denigrado y perseguido por alzar su voz contra el templo y los señores del templo. Y así también tenía que suceder y sucedió después con los apóstoles. Por eso les dijo Jesús que no tuvieran miedo.

El evangelio no es una palabra abstracta o lejana. Ni una verdad teórica, que puede comprenderse o no pero no molesta a nadie aunque pueda aburrir a la mayoría...; sino una verdad práctica, eficaz, que obliga a tomar partido por ella o contra ella, que cambia nuestras relaciones con Dios, a quien nos enseña a llamar Padre, y con los hombres a quienes debemos tratar como hermanos. Por eso entra en diálogo, pero también en dialéctica y en lucha. Por eso levanta la contradicción y la oposición de la mentira. Porque es la luz contra las tinieblas.

La mentira que se opone al evangelio no está sólo delante de nosotros y fuera de nosotros mismos, sino también en nuestro interior. Y es preciso exorcizarla de nosotros con la palabra de Dios, recibiendo con fe el evangelio. Sabiendo que sólo podemos predicar a otros si nosotros mismos hacemos lo que predicamos. La mentira nos domina muchas veces sirviéndose del miedo, metiéndonos el miedo a confesar el evangelio, a practicarlo, a dar testimonio de él delante de Dios y de los hombres. El que lucha contra la mentira, no puede hacerlo con las armas propias de la mentira, utilizando el poder que todo lo corrompe y sólo sirve para dominar. La verdad nos hace libres, el evangelio es una fuerza de liberación. No podemos utilizar, por tanto, la fuerza, la imposición. Sólo podemos dar testimonio, dejar que la verdad desarrolle su propia fuerza.

Esquema Analítico: Mateo 10, 26-33

El Envío a Predicar sin Miedo

1. La Realidad del Miedo: ¿Por qué una misión peligrosa?

Jesús reitera tres veces "no tengan miedo" porque la predicación del Evangelio no es un acto neutral, sino una misión de alto riesgo histórico y existencial.

El destino de los profetas (Pasado):

    • Ejemplo de Jeremías: Denigrado y perseguido.
    • Causa: Alzar la voz contra las estructuras de poder (el Templo y sus señores).

El destino de Jesús (Presente del relato):

    • Sufrió la detención, el juicio y la sentencia de muerte por el Sanedrín.
    • Sufrió la ejecución en la cruz por el Imperio Romano.
    • Causa: Anunciar el Reinado de Dios a los pobres.

El destino de los Apóstoles y la Iglesia (Futuro):

    • Continuidad del mismo rechazo histórico.
    • La persecución como consecuencia lógica de la fidelidad al mensaje.

2. La Naturaleza del Evangelio: Verdad Teórica vs. Verdad Práctica

El peligro de la misión radica en la esencia misma de lo que se anuncia. El Evangelio no es inofensivo porque obliga tomar partido a favor o en contra.

Dinámica del mensaje: Entra en diálogo, pero inevitablemente genera dialéctica, lucha y contradicción.

Conflicto cósmico/existencial: Es el choque inevitable de la Luz contra las tinieblas.

3. El Doble Frente de la Mentira

La oposición al Evangelio no es solo un enemigo externo; es un combate en dos frentes simultáneos:

Frente Externo: Delante y fuera de nosotros (estructuras, persecución, rechazo social).

Frente Interno: En nuestro propio interior.

    • El mecanismo del miedo: La mentira utiliza el miedo como herramienta de dominación para evitar que confesemos, practiquemos y demos testimonio del Evangelio.
    • El antídoto: Exorcizar la mentira interior mediante la Palabra de Dios y la fe, bajo el principio de la coherencia: solo se puede predicar lo que se vive.

4. Las Armas de la Verdad frente a la Mentira

El texto establece una frontera ética infranqueable respecto a los medios que se deben utilizar para la misión.

Armas prohibidas (Las armas de la mentira):

    • El poder corruptor.
    • La dominación, la fuerza y la imposición.

Armas legítimas (Las armas del Evangelio):

El Testimonio: Mostrar con la vida la coherencia del mensaje.

La Libertad: Dejar que la verdad desarrolle su propia fuerza interna, ya que el Evangelio es, por definición, una fuerza de liberación ("La verdad nos hace libres").

Eje Central del Texto: El miedo se vence cuando se comprende que el Evangelio no se impone con el poder del mundo, sino que se testimonia desde la libertad de la verdad, asumiendo las consecuencias conflictivas que esto genera en la historia.

Cuando Jesús insiste tres veces en ese pasaje con el "No tengan miedo" (Mt 10, 26.28.31), lo hace precisamente porque el panorama que les acaba de pintar en los versículos anteriores es aterrador.

Profundicemos en los motivos históricos y teológicos de ese miedo, y por qué la predicación del Evangelio era —y es— una de las tareas más subversivas y peligrosas del mundo.

1. ¿Por qué tenían motivos reales para el miedo?

Jesús no les oculta la verdad. En el mismo capítulo 10 de Mateo, antes de decirles que no teman, les advierte explícitamente:

"Los entregarán a los tribunales y los azotarán en sus sinagogas" (v. 17).

"Serán llevados ante gobernadores y reyes por mi causa" (v. 18).

"El hermano entregará a la muerte al hermano... y serán odiados por todos por causa de mi nombre" (v. 21-22).

El miedo radicaba en la pérdida de las tres redes de seguridad más grandes que tiene un ser humano: la familia (que los traicionaría), la religión oficial (las sinagogas que los azotarían) y el Estado (los gobernadores romanos que los juzgarían). Iban a quedar completamente desamparados a los ojos del mundo.

2. El Evangelio como peligro político y religioso

Como bien señalas con el ejemplo de Jesús y del profeta Jeremías, la predicación del Reinado de Dios no era un mensaje espiritual desencarnado o una simple invitación a "ser buenos". Era un mensaje profundamente perturbador para el statu quo:

Para las autoridades religiosas (el Sanedrín): Anunciar que Dios reinaba implicaba que las estructuras de poder del Templo ya no eran las mediadoras exclusivas de la salvación. Decir que Dios estaba del lado de los marginados, los pobres y los pecadores rompía el sistema de control basado en la pureza ritual.

Para el Imperio Romano: Decir que "Jesús es el Señor" era un desafío directo al culto imperial. En Roma solo había un Kyrios (Señor), y ese era el César. Anunciar otro reino, aunque no fuera militar, sembraba la sospecha de sedición.

3. El sentido de las tres llamadas a "no tener miedo"

En Mt 10, 26-33, cada vez que Jesús dice "no teman", ofrece un antídoto teológico específico para desmontar el miedo de los apóstoles:

Primer "No teman" (v. 26): La advertencia: El miedo a la calumnia, a que el mensaje sea distorsionado o acallado en secreto. El antídoto de Jesús: La verdad prevalecerá: "No hay nada oculto que no deba ser descubierto". La historia y Dios les darán la razón.

Segundo "No teman" (v. 28). La advertencia: El miedo a la tortura y a la muerte física (los azotes, la cruz). El antídoto de Jesús: El límite del poder humano: Los perseguidores solo pueden matar el cuerpo, no el alma. Hay una justicia eterna que escapa a los tribunales de la tierra.

Tercer "No teman" (v. 31). La advertencia: El miedo al abandono, a sentirse solos e insignificantes en medio de la persecución. El antídoto de Jesús: La Providencia amorosa: Si Dios cuida de los pajaritos y tiene contados los cabellos de su cabeza, ¿cómo los va a olvidar a ellos en el momento de la prueba?

Conclusión: La paradoja del envío.

La gran paradoja que Jesús les plantea es que la única forma de vencer el miedo al mundo es teniendo un "temor" (respeto, reverencia y fidelidad) mucho mayor hacia Dios.

Al final del pasaje, Jesús vincula el no tener miedo con el testimonio público: "Al que me reconozca abierto ante los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre" (v. 32). El miedo paraliza y silencia; el amor y la confianza en la Providencia ponen a los discípulos en camino, sabiendo que el destino del siervo no es diferente al del Maestro. Lo que pasó con Jeremías, con Jesús y con los apóstoles demostró que el Evangelio, cuando se predica en su verdad radical, siempre genera conflicto porque cuestiona los poderes de este mundo.

lunes, 8 de junio de 2026

DOMINGO XI – CICLO A (14 de Junio de 2026)

  DOMINGO XI – CICLO A (14 de Junio de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según san Mateo 9:36--10:8

9,36 Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor.

9,37 Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos.

9,38 Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.»

10,1Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia.

10,2 Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan;

10,3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo;

10,4 Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.

10,5 A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No tomen camino de gentiles ni entren en ciudad de samaritanos;

10,6 diríjanse más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

10,7 Vayan proclamando que el Reino de los Cielos está cerca.

10,8 Curen enfermos, resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados hermanos en el Señor Paz y Bien.

“Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca". Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios» (Mt 10,7-8).

Dios salva por su Hijo (Jn 3,17): El primer paso en la historia de Israel es el "éxodo" o salida de la esclavitud de Egipto (Lv 11,45). Por tanto, un paso hacia la libertad. Israel interpreta su historia como un proceso de liberación en el que Dios lleva la iniciativa. Israel confiesa que Dios le ha sacado de Egipto. El primer paso de la nueva vida es el paso hacia la libertad de los hijos de Dios, una salida de la esclavitud del pecado.

Es Dios el que lleva siempre la iniciativa, pues todos necesitamos de la gracia de Dios. Y estando nosotros todavía sin fuerzas, cuando éramos pecadores, Cristo murió por nosotros y por todos los hombres (Rm 5,8). La iniciativa de Dios en favor de los hombres es la prueba de que nos ama y nos ama gratuitamente. ¿Acaso se puede amar de otra manera? No, si es Dios el que ama. Tampoco, si nosotros nos amamos mutuamente como hemos sido amados por Dios en Jesucristo. El amor auténtico que viene de Dios, el amor gratuito, libera, salva, vivifica...; pero hay amores que matan y esclavizan, amores que son un torpe disfraz del egoísmo.

Los doce apóstoles en este momento exacto del envío (Mateo 10:1-4) nos revela que el grupo elegido por Jesús no era un bloque homogéneo de santos perfectos e intelectuales, sino un reflejo providencial de la complejidad humana y social de su época: “Llamo a los que el quiso” (Mc 3,13).

(Mt 16,18) Jesús no funda su Iglesia sobre un ejército de eruditos, sino sobre la diversidad de lo cotidiano. Veamos el significado teológico e histórico de sus nombres y de cómo estaban agrupados:

1. El número "Doce": Una refundación espiritual: Antes de los nombres individuales, el número en sí mismo es un mensaje potentísimo. Doce eran las tribus de Israel. Al elegir a Doce, Jesús está declarando visualmente la restauración y la refundación del Pueblo de Dios. La Iglesia nace con la misión de reunir lo que estaba disperso.

2. Los cuatro primeros: Los pescadores (La base del grupo): El texto los nombra en parejas, reflejando que la misión nunca se hace en solitario:

Simón, llamado Pedro: Simón significa "el que escucha", pero Jesús le añade el sobrenombre de Pedro (Cefas, Roca). Es la paradoja andante: un hombre de carácter inestable, impulsivo, que llega a negar a Jesús, pero que por pura gracia es transformado en el cimiento del grupo.

Andrés: Su nombre es de origen griego y significa "varonil" o "valiente". Es el hermano de Pedro, el que siempre tiende puentes y pasa desapercibido, uniendo a la gente con Jesús sin buscar el protagonismo.

Santiago (Jacobo) y Juan, los hijos de Zebedeo: Jesús los llamará más tarde Boanerges ("Hijos del trueno") por su temperamento explosivo y ambicioso. Santiago será el primer apóstol en morir mártir; Juan, el teólogo del amor. Curiosamente, el amor y el ímpetu radical van de la mano en la misión.

3. Los del trasfondo cultural y la periferia

Felipe: Su nombre también es griego ("el que ama los caballos"). Proviene de Betsaida, una zona fronteriza y muy helenizada. Representa la apertura de la Iglesia a la cultura exterior.

Bartolomé: Tradicionalmente identificado como Natanael. Su nombre es un patronímico arameo (Bar-Tolmay: "Hijo de Tolomeo"). Jesús lo definió como "un verdadero israelita en quien no hay doblez". Representa la búsqueda sincera y honesta de la verdad.

Tomás: Significa "gemelo" (Dídimo). Ha pasado a la historia como el incrédulo, pero su nombre nos recuerda el "gemelo" que todos llevamos dentro: esa dualidad humana entre la fe profunda y la duda honesta que también tiene espacio en la misión.

4. La paradoja política: El opresor y el revolucionario

La convivencia de estos dos nombres en el mismo grupo es el mayor milagro social de Jesús, algo que debió generar tensiones humanas brutales al principio:

Mateo, el recaudador de impuestos: Llamado también Leví. Era considerado un traidor a la patria, un colaborador corrupto del Imperio Romano que se enriquecía a costa de sus hermanos.

Simón el Zelote (o el Cananeo): Los zelotes eran una facción política radical, nacionalista y armada que buscaba derrocar a los romanos mediante la violencia y el asesinato.

El milagro del Reino: Jesús sentó a la misma mesa al colaborador del invasor (Mateo) y al guerrillero ultra-nacionalista (Simón). En el Reino de los Cielos, la vieja polarización política e ideológica queda disuelta por una lealtad mayor: el amor a Cristo.

5. Los últimos de la lista

Santiago, hijo de Alfeo: Conocido como "el Menor" para distinguirlo del hijo de Zebedeo. Representa a los miles de obreros de la Iglesia que hacen su labor en el más absoluto anonimato histórico, esenciales pero discretos.

Tadeo (o Judas, hijo de Santiago): Su nombre significa "magnánimo" o "pecho robusto" (valiente). San Jerónimo lo llamaba "el hombre de los tres nombres" (Mateo lo llama Tadeo, Lucas lo llama Judas de Santiago).

Judas Iscariote: El drama del grupo. Iscariote probablemente significa "hombre de Queriot" (una aldea del sur, lo que lo convertía en el único no-galileo del grupo). Mateo añade con dolor: "el que lo entregó". Su inclusión demuestra que Jesús arriesga e invierte su amor incluso sabiendo el misterio de la libertad humana y de la traición.

El significado para la Misión de la Iglesia

La lista de los nombres en el momento del envío nos deja una lección profunda: Jesús no eligió a los que ya estaban preparados, sino que preparó a los que eligió.

La sagrada misión de la Iglesia no se le confía a seres angélicos, sino a una comunidad de pecadores perdonados, donde conviven el traidor, el violento, el cobarde, el intelectual y el sencillo. Si Dios pudo reconciliar a este grupo y encender el mundo a través de ellos, hay esperanza para nuestra Iglesia y nuestras comunidades hoy.

El pasaje de Mateo 9:36-10:8 es fundamental en el Nuevo Testamento porque marca la transición de la misión individual de Jesús a la misión comunitaria de la Iglesia. Aquí, Jesús no solo define qué debe hacer la Iglesia, sino desde dónde y con qué espíritu debe hacerlo.

Ahondar en este texto nos permite descubrir los cuatro pilares que constituyen la sagrada misión de la comunidad creyente:

1. El motor de la misión: La compasión visceral de Cristo

«Al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36).

La misión de la Iglesia no nace de una estrategia de marketing, de una necesidad de auto-perpetuarse o de una ideología. Nace de la compasión. La palabra griega utilizada aquí (esplanjnísthe) hace referencia a una conmoción en las entrañas; es un dolor físico ante el sufrimiento ajeno.

El diagnóstico: Jesús ve a la humanidad «angustiada y abatida» (en otras traducciones, "extenuadas y desamparadas"). La Iglesia está llamada a mirar el mundo con los ojos de Jesús, no para juzgarlo ni condenarlo, sino para dejarse conmover por sus heridas, su desorientación y su falta de referentes auténticos ("ovejas sin pastor").

2. El método de la misión: La oración y la corresponsabilidad

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos» (Mt 9,37-38).

Antes de enviar a los discípulos a hacer cualquier cosa, Jesús les pide rezar. La misión es de Dios (Él es el "dueño de la mies"), no de los hombres.

Esto quita a la Iglesia la presión de creerse la "salvadora" autónoma del mundo y la sitúa en una postura de humilde colaboración.

Inmediatamente después de pedir oración, Jesús llama a los doce por su nombre y los envía. Hay una paradoja hermosa: los que rezan por trabajadores se convierten en los trabajadores. La oración transforma al intercesor en misionero.

3. El contenido de la misión: El Reino de los Cielos y la restauración integral

“Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca". Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios» (Mt 10,7-8).

La misión es una unidad indisoluble entre la palabra que anuncia y la acción que transforma. La Iglesia no solo ofrece un discurso bonito, sino una fuerza liberadora que toca los cuerpos y las realidades concretas.

El anuncio: Comunicar que Dios está interviniendo a favor de la humanidad, que el desamparo se terminó.

Los signos: Sanar, resucitar, limpiar y liberar. Estos cuatro imperativos representan la victoria del Reino sobre el sufrimiento físico (la enfermedad), el destino fatal (la muerte), la exclusión social y religiosa (la lepra) y la opresión del mal (los demonios). La sagrada misión de la Iglesia es, por tanto, devolver la vida plena.

4. El estilo de la misión: La gratuidad absoluta

«Gratis lo recibieron, denlo gratis» (Mt 10,8).

Este es el sello de autenticidad de la Iglesia. El amor del Padre es gratuito; por lo tanto, sus administradores no pueden cobrar por él, ni económicamente ni exigiendo cuotas de poder, prestigio o control moral.

El término original evoca "dar de balde", como un regalo puro.

Cuando la Iglesia olvida la gratuidad y se vuelve transaccional o busca su propio beneficio, desfigura el rostro de Dios y el mensaje del Reino pierde toda su fuerza transformadora.

En síntesis: Según este mandato evangélico, la Iglesia no es una aduana espiritual ni una ONG asistencialista. Su sagrada misión consiste en ser una extensión de las entrañas compasivas de Jesús en la historia, enviada a sanar las heridas del mundo con la misma gratuidad absoluta con la que ella misma ha sido amada y salvada.

Profundizar esta frase teniendo en cuenta las ideas siguientes: «Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca» (Mt 10,7). Porque en esta frase estaba sintetizada todo. Lo absoluto que es el reino de Dios: la presencia misteriosa de Dios en medio de los hombres.

Jesús quiere que los suyos introduzcan en el mundo la experiencia y el mensaje de su amor. No irán a los abandonados para compadecerlos, sino para comunicarles que hay alguien que los ama gratuitamente: el Padre del cielo. Esta expresión podemos traducirla así: Anuncien que Dios está interviniendo en favor de los hombres; como Salvador. Miren que comienza un tiempo nuevo para Uds. Porque ya no son los abandonados de Dios y de los hombres... Son amados, y mira cómo… La breve frase de Jesús fue el catecismo de aquel pequeño grupo que suscito el germen del reino de Dios.

En necesario profundizar este mandato de Jesús: «Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca» (Mt 10,7) nos revela que no se trata de una simple directriz histórica, sino de la columna vertebral del cristianismo original. Es un vuelco absoluto a la forma en que entendemos la religión, la sociedad y el sufrimiento humano.

A continuación, desglosamos las ideas clave para profundizar en su peso teológico y existencial:

1. El Reino de Dios como lo Único Absoluto

Cuando la frase dice que "en esta frase estaba sintetizado todo", sitúa al Reino como la prioridad periférica de la vida. El Reino no es un territorio geográfico ni un sistema político; es la presencia misteriosa y activa de Dios en medio de la historia humana.

Al definirlo como lo "absoluto", todo lo demás (las estructuras, las leyes e incluso las instituciones religiosas) pasa a ser secundario o instrumental.

Lo importante no es la supervivencia del grupo de discípulos, sino que el mundo se entere de que Dios ha acortado la distancia.

2. De la Lástima Social al Amor Gratuito

Una de las intuiciones más profundas del texto es la distinción entre la compasión asistencialista y la revelación del amor del Padre: "No irán a los abandonados para compadecerlos, sino para comunicarles que hay alguien que los ama gratuitamente".

La lástima o la mera conmiseración horizontal a veces puede mantener la distancia entre el que "está bien" y el "desgraciado". Jesús rompe esa lógica.

El discípulo no va a ofrecer una limosna emocional, sino a restituir la dignidad del otro. El mensaje es subversivo: el marginado, el abandonado por los hombres, descubre que es el predilecto de Dios. Su valor no depende de su utilidad social, sino de un amor previo, gratuito e incondicional (el Padre del cielo).

3. Dios como Salvador Activo e Histórico

Traducir la cercanía del Reino como "Dios está interviniendo en favor de los hombres; como Salvador" quita a la fe cualquier tinte de pasividad o de alienación para el "más allá".

El Reino está cerca porque Dios ya se ha puesto en marcha. Es un Dios que se ensucia las manos con la realidad humana.

Esta intervención no es un juicio condenatorio, sino una acción liberadora. Dios interviene para rescatar, para sanar lo que estaba roto y para hacer justicia a los que no la tienen.

4. La Ruptura del Tiempo: El Comienzo de una Nueva Era

"Miren que comienza un tiempo nuevo para Uds." comporta una dimensión kairótica (un tiempo de gracia). La proclamación del Reino actúa como una frontera en la historia personal y colectiva:

Antes: El abandono, la intemperie espiritual, el peso del destino o de la exclusión social.

Ahora: La certeza de la filiación. Al saberse amados ("y mira cómo…", reflejado en la entrega misma de Jesús), cambia la autopercepción del ser humano. El desamparado ya no se define por su desamparo, sino por su condición de hijo y ciudadano del Reino.

5. El "Catecismo" de la Semilla: El Germen del Cambio

Finalmente, el texto define esta breve frase como el catecismo de aquel pequeño grupo. Un catecismo concentra lo esencial que se debe aprender y practicar. Lo fascinante es que este mínimo contenido doctrinal bastó para suscitar el germen del Reino de Dios.

No necesitaron grandes manuales de teología ni pesadas estructuras jurídicas. Les bastó una convicción y un estilo de vida errante y ligero de equipaje (como describe el resto de Mateo 10).

Como un germen o una semilla de mostaza, la potencia de esa síntesis radical modificó las estructuras del Imperio Romano y de la historia, demostrando que la experiencia del amor de Dios compartida desde la vulnerabilidad es la fuerza transformadora más grande del mundo.

En conclusión: Profundizar en Mt 10,7 nos exige pasar de una fe de "creencias" a una fe de "presencia". El mandato sigue vigente: introducir en las grietas de nuestro mundo actual —tan lleno de nuevos abandonados— la certeza de que la última palabra de la historia no la tienen la soledad ni la injusticia, sino un Dios que salva y ama gratuitamente.

domingo, 31 de mayo de 2026

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI – A (07 de Junio del 2026)

 SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI – A (07 de Junio del 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Juan: 6,51-58:

6,51 Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".

6,52 Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?"

6,53 Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.

6,54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

6,55 Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

6,56 El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

6,57 Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

6,58 Este es el pan bajado del cielo; no como el pan que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

“Toman y coman todos de él porque esto es mi cuerpo…”(Mt 26,26); “…Hagan esto en conmemoración mía” (Lc 22,19). “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn 6,51). "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Jn 6,53). Así como yo, he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que come mi carne vivirá por mí” (Jn 6,57). Como vemos, Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (NC 1323). Así, pues, por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (1 Co 15,28).

La Santa Eucaristía es el Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también Santo Sacrificio de la Misa, "sacrificio de alabanza" (Hch 13,15; Sal 116), sacrificio espiritual (1 Pe 2,5), sacrificio puro (Ml 1,11) y santo, puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza (Jer 33,31-33).

En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Éxodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El "cáliz de bendición" (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz (NC 1334).

Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía (Mt 14,13-21; 15, 32-29). El signo del agua convertida en vino en Caná (Jn 2,11) anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo (Mc 14,25) convertido en Sangre de Cristo. Los tres evangelios sinópticos y san Pablo nos han transmitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, san Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (Jn 6,51).

Jesús al ver que mucha gente lo buscaba les dijo: "Ustedes me buscan, no porque entendieron el signo, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello" (Jn 6,26-27). Aquí, el Señor nos distingue dos tipos de alimento: el alimento del pan material que perece, y el alimento que perdura hasta la vida eterna y el pan celestial, el pan de la vida espiritual (Eucaristía).

En el evangelio de Juan todo el capítulo 6 nos habla sobre el sentido y el valor real de la eucaristía, así por ejemplo nos dice: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, quien come de esta pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Inmediatamente la gente se pregunta: “¿Cómo puede éste hombre darnos a comer su carne?” (Jn 6,52). La gente no entendió, y hasta hoy todavía hay muchos que no quieren entender aquella palabra que el Ángel dijo a María: “Nada es imposible para Dios” (Lc 1,37) Jesús mismo nos ha dicho: “Todo es posible para Dios” (Mt 19,26). Y así un día convirtió el agua en vino (Jn 2,3ss). Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él. (Jn 27-11). Así pues, la omnipotencia de Dios hizo posible que su Palabra se hiciera carne (Jn 1,14), que esa Palabra que es su Hijo, tiene el poder de convertir el agua en vino, hoy convierte ante nuestros ojos el Pan en su cuerpo y el vino en su sangre al decir: "Tomen y coman que esto es mi Cuerpo". Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Tomen y beban todos de él, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza que será derramada por Uds para el perdón de los pecados, y hagan esto en conmemoración mía” (Mc 14,22).

En la oración del Padre Nuestro pedimos: “Danos hoy nuestro pan de cada día” (Mt. 6, 11),. Sin embargo, ese alimento diario, que pedimos y que Dios nos proporciona a través de su Divina Providencia, no es sólo el pan material, sino también -muy especialmente- el Pan Espiritual, el Pan de Vida. No podemos estar pendientes solamente del alimento material. El pan material es necesario para la vida del cuerpo, pero el Pan Espiritual es indispensable para la vida del alma. Dios nos provee ambos.

Jesucristo murió, resucitó (Lc 24,6) y subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre (Credo). Pero también permanece en la Hostia Consagrada (Mt 26,26), en todos los sagrarios del mundo. Y allí está vivo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios, para ser ese alimento que nuestra vida espiritual requiere. Es este gran misterio lo que conmemoramos en la Fiesta de Corpus Christi. El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte.

Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido esta festividad en esta época en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés (Jn 20,21-22).

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Lo mismo: “No les dejare huérfanos” (Jn 14,18). Y saben por qué; porque como Juan dice: Dios es amor (IJn 4,8). “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único, para todo el que cree en Él tenga vida eterna” (Jn 3,16).  Jesús mismo nos ha dicho: “Si alguien me ama, guardará mis palabras y mi padre lo amara y vendremos y haremos morada en él” (Jn 14,23). Por eso, pienso que fue la mejor definición que dio de sí el Hijo al decirnos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, quien come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Al menos en su relación con nosotros es Jesús quien se dona en la Eucaristía.

Los judíos que escuchaban a Jesús se escandalizaron y disputaban entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? (Jn 6,52). Dios siempre ha sido escandaloso para los hombres porque es tan creativo que hace cosas que ni se nos ocurre pensarlas. Esa es la Eucaristía. Algo tan sencillo como es comulgar y algo tan misterioso que es comernos a Dios entero. Algo tan misterioso que Dios en su loco amor por nosotros se hace vida en nuestra vida. Por eso, no cabe duda que, la Eucaristía es uno de los mayores milagros del amor de Dios. Por tanto, debiera ser también una de las experiencias más maravillosas de los hombres. Sin embargo, uno siente cierta sensación de insatisfacción. ¿No la habremos devaluado demasiado? Y no porque no comulguemos, sino porque es posible que no le demos el verdadero sentido a la Comunión que es comunión con el mismo Hijo que nació de las entrañas de María la virgen (Lc 1,31) y con el mismo Jesús crucificado y resucitado(Lc 24,39). Es comunión con el Padre glorificado en el Hijo (Jn 14,20).

Dios buscó el camino fácil y lo más sencillo posible para nuestro encuentro (Jn 14,6). Y a nosotros pareciera que lo fácil no nos va, como que preferimos lo complicado y difícil. Una de las maneras de deformar la Eucaristía es no vivir lo que en realidad significa. En la segunda lectura, Pablo nos dice: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (I Cor 10,16). En efecto, somos muchos y somos diferentes. Somos muchos y pensamos distinto (I Cor 10,17).. Sin embargo, todos juntos formamos un solo cuerpo, una sola comunidad, una sola Iglesia, una sola familia. ¿Por qué? Sencillamente porque “todos comemos del mismo pan”. Por tanto, comulgar significa unidad, sentirnos un mismo cuerpo, una misma familia. De modo que no podemos comulgar “del mismo pan” y salir luego de la Iglesia tan divididos como entramos.

La sagrada comunión nos une con Dios en el Hijo, Jesús sacramentado.  Para que tenga efecto positivo en el que comulga, hay requisitos que cumplir, por eso cualquiera no comulga sino el que está en gracia de Dios. Así es como lo describe San Pablo: “Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía". De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza  que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía". Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva. Por eso, el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación” (I Cor 11,23-29). 

En cada celebración eucarística, el Señor nos dirige una invitación personal y urgente a recibirle: "En verdad, en verdad los digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en Uds." (Jn 6,53). “Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida” (Jn 6,55). Y porque, el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56). Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo, como ya mencionamos, nos exhorta a un examen de conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación" ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar (NC 1385).

“El pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo. Ellos le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan. Jesús les respondió: Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed” (Jn 6,33-35). Jesús Dijo a la samaritana: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú misma me  pedirías, y yo te daría agua viva"(Jn 4,10). Jesús estando a la mesa: “Tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24,30-32):

Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme"(Mt 8,8). Tomás exclamó: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!" (Jn 20,28-29).

1. El Hambre y la Sed del Alma: De la Necesidad Humana al Don Divino

(Jn 6, 33-35 y Jn 4, 10)

Existe un paralelismo hermoso entre el diálogo con los judíos en Cafarnaúm (el Discurso del Pan de Vida) y el diálogo con la Samaritana junto al pozo. En ambos casos, el ser humano se acerca a Jesús buscando saciar necesidades físicas y temporales: pan que se digiere y agua que vuelve a dar sed.

El Don de Dios: Jesús eleva la mirada de sus interlocutores. Les hace ver que el verdadero vacío del corazón humano es de infinito, y lo infinito no se llena con lo caduco.

"Yo soy": Al decir "Yo soy el pan de Vida", Jesús no está ofreciendo algo que Él tiene, sino que se ofrece a Sí mismo. La Eucaristía es el cumplimiento de esa promesa: comer su carne y beber su sangre es asimilar su propia vida divina, una vida que vence a la muerte y al desierto espiritual.

2. El Reconocimiento en la Fracción del Pan: Palabra y Sacramento

(Lc 24, 30-32)

El pasaje de los discípulos de Emaús es, en esencia, la estructura de cada Santa Misa. Nos enseña cómo se abre el entendimiento y se enciende el corazón para percibir la presencia real de Cristo.

La Liturgia de la Palabra: Mientras caminan, Jesús les explica las Escrituras y el corazón empieza a arder. La Palabra prepara el terreno, quita la ceguera y enciende la fe.

La Liturgia Eucarística: Es en el gesto de tomar, bendecir, partir y dar el pan cuando se les abren los ojos. Jesús desaparece de su vista física porque ahora está presente de una forma nueva: en el Pan partido. Ya no necesitan verlo afuera, porque ahora lo contienen dentro. La Eucaristía es el misterio de un Dios que se oculta a los sentidos para revelarse al corazón.

3. La Humildad y la Sanación: La Disposición del Corazón

(Mt 8, 8)

Frente a la inmensidad de un Dios que se hace comida, la respuesta humana no puede ser el orgullo, sino la santa reverencia del Centurión, palabras que la Iglesia nos hace repetir textualmente antes de comulgar: "Señor, no soy digno..."

No es un premio, es un remedio: El Centurión reconoce su distancia frente a la santidad de Jesús, pero confía plenamente en la autoridad de su Palabra sanadora.

La Comunión que sana: Acercarse a la Eucaristía requiere la humildad de reconocernos necesitados de salvación. No comulgamos porque seamos perfectos, sino porque somos débiles y necesitamos que su "Palabra" (que es el Verbo encarnado en la Hostia) sane nuestra alma, limpie nuestras heridas y nos transforme.

4. La Fe que Va Más Allá de los Sentidos: El Misterio Pascual

(Jn 20, 28-29)

La confesión de fe de Santo Tomás es el punto culminante de la madurez espiritual, y se traslada perfectamente al misterio eucarístico.

Ver con los ojos de la fe: Tomás necesitó tocar las llagas para exclamar "¡Señor mío y Dios mío!". En la Eucaristía, sin embargo, el milagro es aún mayor. Como dice el himno Adoro Te Devote: "En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad". Los sentidos ven pan y vino, pero la fe ve al Rey de la Gloria.

La bienaventuranza del comulgante: Al comulgar, entramos en ese grupo de "los que creen sin haber visto". No vemos las llagas físicas de Jesús, pero lo recibimos resucitado, vivo y palpitante. Nuestra fe no se apoya en la evidencia física, sino en la fidelidad de su promesa: "Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo".

En Conclusión: Uniendo todos tus puntos, la Santa Eucaristía es el Agua Viva que calma la sed de la Samaritana, el Pan de Vida que sacia el hambre del desierto, el Fuego de Emaús que enciende los corazones apagados, la Palabra que sana al siervo del Centurión y la presencia del Señor Resucitado ante el cual, como Tomás, solo nos queda postrarnos en adoración diciendo: ¡Señor mío y Dios mío!