domingo, 22 de marzo de 2026

DOMINGO DE RAMOS – A (29 de marzo del 2026)

 DOMINGO DE RAMOS – A (29 de marzo del 2026)

Anuncio del Evangelio de San Mateo: 26,14-27,54.

26,14 Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes

26,15 y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?" Y resolvieron darle treinta monedas de plata.

26,16 Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.

26,17 El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: "¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?"

26,18 Él respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: "El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos"".

26,19 Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.

26,20 Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce

26,21 y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará".

26,22 Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré yo, Señor?"

26,23 Él respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.

26,24 El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!"

26,25 Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?" "Tú lo has dicho", le respondió Jesús.

26,26 Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".

26,27 Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos de ella,

26,28 porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados.

26,29 Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre"…

27,31 Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar.

27,32 Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz.

27,33 Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa "lugar del Cráneo",

27,34 le dieron de beber vino con hiel. Él lo probó, pero no quiso tomarlo.

27,35 Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron;

27,36 y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.

27,37 Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: "Este es Jesús, el rey de los judíos".

27,38 Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos bandidos, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

27,39 Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,

27,40 decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!"

27,41 De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo:

27,42 "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.

27,43 Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo soy Hijo de Dios"".

27,44 También lo insultaban los bandidos crucificados con él.

27,45 Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.

27,46 Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: "Elí, Elí, lemá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

27,47 Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías".

27,48 En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.

27,49 Pero los otros le decían: "Espera, veamos si Elías viene a salvarlo".

27,50 Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.

27,51 Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron

27,52 y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron

27,53 y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.

27,54 El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "¡Verdaderamente, este era Hijo de Dios!" PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXION:

Estimados amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

Como Dios es amor (I Jn 4,8), dice por el profeta: "Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 33,11). ¿Cómo cumplió su promesa Dios? San Pablo dice: “La prueba que Dios nos ama es que siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,8). “Jesucristo no hizo alarde su categoría de Dios; sino que, se abajó hasta someterse incluso a la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,8). “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvaras” (Rm 10,9). La muerte no es el final; pues, viene la resurrección. Por eso dijo Jesús: "Levántense, no tengan miedo…  y no hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos"(Mt 17,7-9). “El hijo del hombre tiene sobre la tierra poder para perdonar los pecados” (Lc 5,24). Con su muerte pago nuestras deudas o pecados.

Jesús es verdaderamente hombre y verdaderamente Dios. Para la homilía del domingo de ramos según Mt 26,14-27,66: La mejor prueba de su humanidad de Jesús es su pasión y muerte y la mejor prueba de su divinidad es su resurrección: Filipenses 2, 6-11: Hermosa síntesis Cristológica: Antítesis luminosa entre los dos estados de Cristo: 1) El estado «glorioso» que le correspondía en su calidad de Hijo de Dios (Flp 2,6) y 2) El que escoge al tomar la naturaleza humana de humillación (Kenosis), despojo (Tapeinosis) y obediencia: En condición humana, sin privilegio alguno y con todas las humanas limitaciones y miserias (excepto la del pecado Heb 4, 15). «Anonadado» (Flp 2,7), «Siervo Obediente», acepta el plan del Padre; se sujeta a la muerte; a muerte de cruz. Al trasluz de este cuadro se nos transparenta la contraposición entre el Adán viejo (AT) y el Adán Nuevo (NT). Adán quiso usurpar los derechos divinos (Gn 3,1-8): Ser como Dios; y, desobediente, se rebeló. Cristo, (Adán Nuevo), renuncia sus derechos divinos; se hace en todo como nosotros menos en el pecado; se somete en total obediencia al Padre. Con esto Cristo repara la obra nefasta de Adán. Nos salva. Con su obediencia, el Siervo expía todas las desobediencias humanas; y merece para Sí mismo, para su humana naturaleza, la suprema exaltación a la diestra del Padre (Flp 2,9. 10). Jesús es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29); No hay amor mas grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13); “la prueba que Dios nos ama es que siendo pecadores, l dio su vida por nosotros” (Rm 5,8).

Esta es una base teológica profunda y conmovedora para una homilía de Domingo de Ramos. Para predicar sobre el misterio de la Unión Hipostática (Jesús como verdadero Dios y verdadero hombre) basándonos en el relato de la Pasión según San Mateo y el himno de Filipenses, podemos estructurar la reflexión en tres momentos clave:

1. La Humanidad: El abismo de la Kenosis (Mt 26, 14 – 27, 66)

La Pasión no es una representación teatral; es el momento donde la humanidad de Jesús brilla en su máxima fragilidad. San Mateo nos muestra a un Jesús que siente la angustia en Getsemaní, el dolor de la traición y el abandono.

  • La prueba definitiva: Su muerte. Solo quien es verdaderamente hombre puede morir. Al asumir la naturaleza humana, Jesús no pidió privilegios.
  • La debilidad asumida: Como dice Hebreos 4, 15, Él se hizo semejante a nosotros en todo, experimentando el hambre, el cansancio y el dolor físico y emocional, para poder compadecerse de nuestras miserias.
  • El "Anonadamiento" (Kenosis): En la cruz, Jesús llega al fondo de la condición humana. No hay "escudo divino" que le reste dolor a los clavos; hay una entrega total de su voluntad.

2. La Divinidad: El triunfo de la obediencia y la Exaltación

Si la Pasión demuestra que es hombre, la forma en que la vive y su posterior Resurrección demuestran que es Dios. Filipenses 2, 6-11 nos regala la antítesis luminosa:

  • Estado Glorioso vs. Estado de Siervo: Siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Su divinidad no se manifiesta en el poder que domina, sino en el amor que se entrega.
  • El Nuevo Adán: Mientras el primer Adán intentó "ser como Dios" mediante la desobediencia y el orgullo (Génesis 3), Cristo, el Nuevo Adán, siendo Dios, se hace hombre para restaurar la alianza.
    • Adán Viejo: Usurpación, soberbia, caída.
    • Adán Nuevo (Cristo): Renuncia, obediencia, salvación.

"Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo..." (Flp 2, 8-9).

3. El Propósito: Una reparación por amor

¿Por qué Dios se hizo hombre para sufrir? La respuesta está en la Expiación.

  • El Cordero de Dios (Jn 1,29): Jesús toma el lugar de la humanidad pecadora. Su obediencia perfecta repara la desobediencia de todos nosotros.
  • La prueba del amor (Rm 5,8): No esperamos a ser "buenos" para ser salvados. Él dio su vida cuando aún éramos pecadores. Es el amor más grande (Jn 15,13).
  • El Adan viejo: Buscó ser como Dios por cuenta propia. Adan nuevo, Jesus: Siendo Dios, se hizo hombre por nosotros. Aquel trajo la muerte al mundo. Este venció a la muerte con su propia muerte.

Al contemplar la Pasión este domingo, no veamos solo a un mártir o a una víctima del sistema político de su época. Veamos al Hijo de Dios que, por amor, decidió "vaciarse" de su gloria para llenarnos a nosotros de su vida. Su humanidad lo hace nuestro hermano; su divinidad lo hace nuestro Salvador.

Es una excelente idea profundizar en estos dos juicios, ya que representan el nudo teológico de la Pasión: en el juicio religioso se cuestiona su Divinidad y en el juicio político se cuestiona su Realeza (que es la forma humana de su señorío).

1. El Juicio ante Caifás: La Verdad sobre su Divinidad

(Mt 26, 57-66) En este escenario, Jesús es juzgado por la ley judía. El Sumo Sacerdote va directo a l grano: "Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios".

  • La Afirmación Rotunda: Jesús no solo dice "Tú lo has dicho", sino que cita a Daniel y los Salmos: "Veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder". Aquí, Jesús afirma su preexistencia y su gloria eterna (Flp 2, 6).
  • La Acusación de Blasfemia: Para el Sanedrín, que un hombre se haga igual a Dios es el mayor pecado. La ironía trágica es que lo condenan por decir la verdad.
  • Meditación para el fiel: ¿Cuántas veces "condenamos" a Dios en nuestra vida cuando sus planes no encajan con nuestras normas o expectativas religiosas? Jesús acepta ser llamado blasfemo para que nosotros podamos ser llamados hijos de Dios.

2. El Juicio ante Pilato: La Verdad sobre su Humanidad y Realeza

(Mt 27, 11-26): Aquí el escenario cambia al poder imperial. La pregunta de Pilato es política: "¿Eres tú el rey de los judíos?".

  • Un Rey sin Privilegios: Jesús está allí despojado, atado y golpeado. Su realeza no es de este mundo; no tiene ejércitos que lo defiendan. Es la culminación de la Kenosis (Flp 2, 7): el Rey del Universo se somete a un gobernador provincial.
  • El Intercambio (Barrabás): Pilato ofrece una opción entre la Vida y la muerte. El pueblo elige al violento (Barrabás) y entrega al Inocente. Jesús acepta este intercambio: Él muere como un criminal para que el criminal (nosotros) quede en libertad.
  • Meditación para el fiel: Pilato se lava las manos por comodidad. ¿En qué áreas de mi vida prefiero la "paz social" o el quedar bien con el mundo antes que defender la soberanía de Cristo en mi corazón?

3. Guía de Meditación: "El Camino de la Humildad"

Proponga a los fieles estos tres pasos para su reflexión durante la Semana Santa:

I. Contemplar el Rostro (Silencio)

Dedica un momento a mirar la imagen del Crucificado. No veas solo dolor; ve la obediencia. Mira al que es "Verdadero Dios" permitiendo que criaturas de barro lo juzguen.

  • Pregunta: ¿Qué parte de mi orgullo me cuesta más "anonadar" ante Dios?

II. Escuchar la Palabra (Filipenses 2, 5)

"Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús". La Pasión no es solo un evento para observar, es un estilo de vida para imitar.

  • Pregunta: ¿Soy capaz de obedecer al Padre incluso cuando el camino pasa por la "cruz" de la incomprensión o el sacrificio personal?

III. Responder al Amor (Acción de Gracias)

Jesús es el Adán Nuevo que repara mi desobediencia. Mi salvación no es barata; costó la sangre del Cordero de Dios (Jn 1, 29).

  • Oración: "Señor, gracias porque en tu juicio ante Caifás confirmaste que eres mi Dios, y en tu juicio ante Pilato demostraste que eres mi Rey humilde".

"El Trono de la Obediencia "La Síntesis de la Fe en el Calvario

En el Domingo de Ramos, entramos en la ciudad santa con aclamaciones, pero el relato de la Pasión (Mt 26-27) nos conduce rápidamente al silencio del Gólgota. Allí, suspendido entre el cielo y la tierra, contemplamos la "Antítesis Luminosa" que san Pablo describe en Filipenses 2: el que es verdaderamente Dios se manifiesta en el que es verdaderamente Hombre.

En el Juicio ante Caifás, Jesús afirma su divinidad: "Veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder". Es el Rey eterno. Pero en el Juicio ante Pilato, acepta la fragilidad humana, el despojo y la burla. El Nuevo Adán no arrebata la igualdad con Dios como el primero, sino que la "vacía" (Kenosis) para llenarnos a nosotros de gracia.

Las Siete Palabras no son solo frases de un moribundo; son el cumplimiento de la reparación. En ellas, el Cordero de Dios quita el pecado del mundo a través de una obediencia que vence a la muerte. Al decir "Todo está cumplido", Jesús sella la victoria del Amor sobre el abismo de la caída humana.


Oración de los Fieles: Las Siete Palabras del Dios-Hombre

Sacerdote: Dirijamos nuestra oración al Padre, contemplando a Cristo Jesús, quien siendo de condición divina, se humilló por nosotros hasta la muerte de cruz.

Respuesta: Por tu Pasión y Cruz, sálvanos, Señor.

  1. "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" Por la Iglesia; para que, a imagen de Cristo, sea instrumento de misericordia y perdón en un mundo dividido, reconociendo que solo el amor divino puede reparar la desobediencia humana. Roguemos al Señor.
  2. "Hoy estarás conmigo en el paraíso" Por los que sufren, los agonizantes y los que han perdido la esperanza; para que en la realeza humilde de Jesús encuentren la promesa de la vida eterna que Él, como Dios, nos ha merecido. Roguemos al Señor.
  3. "Mujer, ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre" Por todas las familias y por aquellos que se sienten solos; para que, bajo el amparo de María, vivamos la fraternidad que Cristo fundó al pie de la cruz. Roguemos al Señor.
  4. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Por quienes atraviesan el "silencio de Dios" y las pruebas de la fe; para que recuerden que Jesús asumió nuestras limitaciones y angustias más profundas para que nunca estemos solos. Roguemos al Señor.
  5. "Tengo sed" Por los pobres, los marginados y los que carecen de lo necesario; para que sepamos reconocer en su sed humana la sed que Dios tiene de nuestro amor y compromiso. Roguemos al Señor.
  6. "Todo está cumplido" Por nuestra comunidad parroquial; para que, imitando la obediencia del Nuevo Adán, busquemos siempre cumplir la voluntad del Padre en nuestras labores cotidianas. Roguemos al Señor.
  7. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" Por todos nosotros; para que al final de nuestra jornada terrenal, podamos entregarnos con confianza al Padre, sabiendo que la muerte ha sido vencida por la Resurrección de Cristo. Roguemos al Señor.

Exhortación para la Bendición de las Palmas

"El Camino de la Humildad: De los Ramos a la Cruz"

Queridos hermanos y hermanas:

Al comenzar hoy la celebración de la Pasión del Señor, nos hemos reunido para iniciar, con toda la Iglesia, la celebración del misterio pascual. Hoy acompañamos a Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén. Las palmas que sostenemos en nuestras manos son signo de victoria, pero de una victoria que no se logra por la fuerza de las armas, sino por la fuerza de la obediencia.

Al levantar estos ramos, reconozcamos que Jesús es nuestro Dios y nuestro Rey. Pero no un rey según los criterios de este mundo. Como nos recordará san Pablo en su carta a los Filipenses, Él, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se "anonadó" a sí mismo.

Por eso, al bendecir estas palmas, hagamos un compromiso en nuestro corazón:

  • No seamos como el "Viejo Adán", que buscó su propia gloria y desobedeció a Dios.
  • Seamos como el "Nuevo Adán", que entra hoy en Jerusalén aceptando el camino de la humillación (Tapeinosis) y el despojo por amor a nosotros.

Que estos ramos no sean solo un adorno en nuestras casas, sino un recordatorio de que aclamamos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Sigamos sus pasos con humildad, sabiendo que el camino que hoy empieza entre vítores, pasa necesariamente por la Cruz para llegar a la gloria de la Resurrección.

1. Gesto para la Paz: "La Paz del Siervo"

(Sugerencia para el momento del Rito de la Paz)

Monición al gesto: Hermanos, la paz que Cristo nos da no es la paz del mundo, que se basa en el equilibrio de poderes. La paz de Cristo nace de su humillación y obediencia (Flp 2, 8). Él, siendo Dios, se hizo siervo para reconciliarnos con el Padre.

Hoy, al dar la paz, no lo hagamos como un simple saludo social. Hagámoslo como el Nuevo Adán: renunciando a nuestro derecho de tener la razón, perdonando las ofensas y "anonadando" nuestro orgullo frente al hermano. Que este abrazo sea un signo de que estamos dispuestos a servirnos unos a otros, como el Cordero que quita el pecado del mundo.

2. Monición Final: "Hacia el Silencio de la Kenosis"

(Para decir antes de la bendición final o el envío)

Hermanos: Hoy hemos aclamado a Jesús como Rey, pero también hemos escuchado el relato de su Pasión. Nos llevamos a casa las palmas benditas como signo de nuestra fe en el Hijo de Dios.

Pero la Semana Santa no termina aquí. Al salir de este templo, entramos en los días del "silencio de Dios". Del lunes al miércoles santo, la Iglesia nos invita a contemplar el misterio de la Kenosis: cómo el Creador se hace criatura, cómo el Eterno se sujeta al tiempo y cómo el Inocente se entrega por el pecador.

Les invito a que, al llegar a sus hogares:

  • Coloquen sus palmas junto a un crucifijo.
  • Busquen momentos de silencio interior para agradecer que "no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).
  • Mediten en que cada una de nuestras desobediencias ha sido reparada por la obediencia total de Cristo.

Vayamos a vivir estos días no como espectadores de un drama antiguo, sino como discípulos que acompañan al Maestro en su camino de despojo para participar, luego, de su gloriosa Resurrección.

Guía de Examen de Conciencia: "Del Viejo al Nuevo Adán"

Preparándonos para la Confesión Pascual

“Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos” (Rm 5, 19).

1. La Tentación de la Divinidad (Soberbia vs. Kenosis)

  • El Viejo Adán: Quiso "ser como Dios" por sus propias fuerzas (Gn 3, 5).
    • Examen: ¿He intentado dirigir mi vida al margen de Dios, creyendo que yo soy el dueño absoluto de mi destino? ¿Me dejo llevar por la soberbia, creyéndome superior a los demás por mis conocimientos, posición o supuesta "bondad"?
  • El Nuevo Adán: Siendo Dios, no hizo alarde de su categoría, sino que se anonadó (Flp 2, 6-7).
    • Examen: ¿Soy capaz de humillarme y reconocer mis errores ante los demás? ¿Sirvo a mi prójimo sin buscar reconocimiento o aplausos?

2. La Escucha y la Verdad (Engaño vs. Testimonio)

  • El Viejo Adán: Prestó oído a la voz de la serpiente y dudó de la bondad del Padre.
    • Examen: ¿Dudo de la providencia de Dios cuando llegan las dificultades? ¿He dejado que ideologías o voces mundanas guíen mis criterios morales en lugar del Evangelio?
  • El Nuevo Adán: Ante Caifás y Pilato, dio testimonio de la Verdad, aunque esto le costara la vida.
    • Examen: ¿He mentido para evitar las consecuencias de mis actos? ¿Me avergüenzo de mi fe o de actuar como cristiano frente a mis amigos o compañeros de trabajo?

3. La Fraternidad Herida (Acusación vs. Intercesión)

  • El Viejo Adán: Culpó a la mujer y a Dios mismo de su propia caída ("La mujer que me diste...").
    • Examen: ¿Suelo culpar a los demás de mis problemas o de mi mal carácter? ¿Guardo rencor y me justifico a mí mismo mientras señalo los pecados ajenos?
  • El Nuevo Adán: Cargó con nuestras culpas y pidió perdón por sus verdugos ("Padre, perdónalos...").
    • Examen: ¿Perdono de corazón a quienes me han ofendido? ¿He buscado la reconciliación o prefiero mantener la distancia por orgullo?

4. El Uso de los Bienes (Usurpación vs. Entrega)

  • El Viejo Adán: Tomó del fruto prohibido, queriendo poseer lo que no le correspondía.
    • Examen: ¿He tomado algo que no es mío? ¿Soy egoísta con mis bienes, mi tiempo o mis talentos, negándolos a los necesitados?
  • El Nuevo Adán: Se despojó de todo, incluso de su ropa y su vida en la cruz.
    • Examen: ¿Vivo con sencillez? ¿Es mi vida una "entrega" para los demás o una búsqueda constante de mi comodidad personal?

Oración del Penitente

"Señor Jesús, Nuevo Adán, reconozco que en mí todavía vive el deseo de independencia y orgullo del primer Adán. Me arrepiento de mis desobediencias y quiero sumergirme en tu obediencia perfecta. Lávame con tu sangre, repara mi naturaleza herida y ayúdame a resucitar contigo en esta Pascua. Amén."

Una propuesta basada en la culminación del himno de Filipenses (Flp 2, 9-11), diseñada para ser rezada en la quietud del sagrario tras recibir la absolución:

Acción de Gracias: "Jesucristo es el Señor"

(Para después de la Confesión)

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señor Jesús, Vengo ante ti después de haber depositado mis miserias en tu misericordia. Tú, que te anonadaste tomando mi condición humana, hoy me has levantado de mi caída.

"Por eso Dios lo exaltó sobre todo..." Te doy gracias, Padre, porque al perdonarme, me haces participar de la exaltación de tu Hijo. Él bajó hasta mi pecado para que yo pudiera subir hasta tu gracia. Gracias porque su obediencia en la Cruz ha borrado mi desobediencia.

"Y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre..." Jesús, grabo hoy tu Nombre en mi corazón. Que este Nombre sea mi escudo contra la tentación, mi consuelo en la tristeza y mi guía en la duda. Tú eres el Cordero que quita el pecado del mundo, el que dio la vida por mí siendo yo todavía pecador.

"Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble..." Dobló hoy la rodilla de mi orgullo y de mi voluntad propia. Me rindo ante tu amor, que es más fuerte que mi pecado. Reconozco que sin Ti nada puedo, pero contigo todo lo alcanzo.

"Y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es el Señor!" Proclamo con alegría que Tú eres el Dueño de mi vida, el Rey de mi familia y el Señor de mis días. Ayúdame a vivir esta Pascua como una criatura nueva, lejos de las sombras del viejo Adán y caminando en tu luz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Las Siete Palabras: El Diálogo entre el Cielo y la Tierra

1. "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34)

  • La Humanidad: Jesús experimenta el culmen de la injusticia humana. Como hombre, siente el rechazo y la crueldad.
  • La Divinidad: Solo Dios puede perdonar mientras es ejecutado. Aquí, Cristo actúa como el Sumo Sacerdote que intercede por el "Adán pecador". Su primera palabra es un acto de reparación: donde hubo desobediencia y acusación, Él pone intercesión y misericordia.

2. "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23, 43)

  • La Humanidad: Un moribundo consuela a otro. Jesús comparte el destino de los marginados, crucificado entre ladrones, cumpliendo su Kenosis hasta el extremo.
  • La Divinidad: Jesús habla con autoridad divina. No dice "rezaré por ti", sino "estarás conmigo". Él es el dueño del Paraíso, el Dios que abre las puertas que el primer Adán cerró.

3. "Mujer, ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 26-27)

  • La Humanidad: El hijo que, antes de morir, se preocupa por el desamparo de su madre. Es el afecto humano más puro.
  • La Divinidad: Es un acto de Nueva Creación. Como Dios, está fundando la Iglesia. María es la "Nueva Eva" al pie del árbol de la Cruz, y Jesús, el Nuevo Adán, nos da una nueva familia sobrenatural.

4. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46)

  • La Humanidad: Es la prueba más grande de su naturaleza humana. Jesús entra en el abismo de la soledad y el silencio de Dios, identificándose con todo hombre que se siente perdido.
  • La Divinidad: Al citar el Salmo 22, Jesús está declarando que Él es el Mesías sufriente. Aunque el sentimiento es de abandono, su voluntad sigue unida al Padre en una obediencia perfecta que repara la rebelión de la humanidad.

5. "Tengo sed" (Jn 19, 28)

  • La Humanidad: La sed física real de un cuerpo que se desangra. Es la prueba irrefutable de que no es un fantasma, sino verdadero hombre.
  • La Divinidad: Es la sed de Dios por el hombre. San Agustín decía: "Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él". Es el Creador mendigando el amor de su criatura para poder salvarla.

6. "Todo está cumplido" (Jn 19, 30)

  • La Humanidad: El suspiro de quien ha terminado una tarea agotadora. La misión humana ha llegado a su fin.
  • La Divinidad: Es un grito de victoria litúrgica. La palabra griega Tetelestai significa "la deuda ha sido pagada". El sacrificio del Cordero de Dios ha sido perfecto; la obra de la redención que el Padre le confió está terminada.

7. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46)

  • La Humanidad: La muerte real. El espíritu se separa del cuerpo. Jesús muere en total abandono filial.
  • La Divinidad: Jesús entrega su vida voluntariamente: "Nadie me la quita, yo la doy" (Jn 10, 18). Entra en la muerte como vencedor para dinamitarla desde dentro. Es el último acto de obediencia que precede a la suprema exaltación de Filipenses 2, 9.

martes, 17 de marzo de 2026

V DOMINGO DE CUARESMA - A (22 de marzo del 2026)

 V DOMINGO DE CUARESMA - A (22 de marzo del 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Juan 11,1-45:

11,3 Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo".

11,4 Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".

11,5 Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro.

11,6 Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.

11,7 Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea".

11,17 Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.

11,20 Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.

11,21 Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.

11,22 Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".

11,23 Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".

11,24 Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".

11,25 Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;

11,26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?"

11,27 Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".

11,33 Jesús se conmovió y también a los judíos que la acompañaban, y turbado,

11,34 preguntó: "¿Dónde lo pusieron?" Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás".

11,35 Y Jesús lloró.

11,36 Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!"

11,37 Pero algunos decían: "Este, que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?"

11,38 Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima,

11,39 y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto".

11,40 Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?"

11,41 Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste.

11,42 Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado".

11,43 Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!"

11,44 El muerto salió con los pies y las manos atadas con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".

11,45 Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Queridos amigos en el Señor Paz y Bien.

Jesús dijo: "Quiten la piedra. Marta, le respondió: Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto" (Jn 11,39). “Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16,39). No es lo mismo resucitar al cuarto día (Lázaro) y resucitar al tercer día (Jesús). Resucitar al cuarto día, es resucitar en el mismo cuerpo, el problema es que luego volverá a morir. Resucitar al tercer día, es la resurrección en el estado glorioso, ya no vuelve a morir. Estar en estado glorioso: Jesús se transfiguró en el monte Tabor (Mt 17,2-7). Jesús se dejó ver unos segundos en el estado glorioso por sus apastles: “Pedro dijo que bien se está aquí”.

El primer domingo de la cuaresma meditamos sobre la verdadera humanidad de Jesús: las tentaciones (Mt 4,1-11). Jesús nos enseñó cómo afrontar y superar las tentaciones del enemigo. En el segundo domingo, meditamos sobre la verdadera divinidad del Señor, la transfiguración en el monte Tabor (Mt 17,1-9). En el tercer domingo meditamos sobre la gracia de Dios en su connotación del agua viva que es Cristo (Jn 4,5-42). En el cuarto domingo también meditamos sobre la gracia de Dios bajo la connotación de la luz (Jn 9,1-41). Y en este quinto domingo, para terminar la Cuaresma con el triunfo de la vida sobre la muerte.  Meditamos sobre el misterio de la vida que es un don de la gracia de Dios (Jn 11,1-45). En suma un maravilloso camino de conversión de nuestra fe: Centrada en Cristo: verdadero Hombre y verdadero Dios; gracia: Tabor, el agua, la luz y la vida.

La reflexión de este domingo centrada sobre la vida, mismo Jesús nos puede resumir en este episodio: “El que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, vive de vida eterna; ya no habrá juicio para él, porque ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24). Pero también en la misma línea lo dice el gran San Pablo: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor. Tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor. Por esta razón Cristo experimentó la muerte y la vida, para ser Señor de los muertos y de los que viven” (Rm 14,7-9).

La Cuaresma (nuestra vida terrenal) termina con el triunfo de la vida sobre la muerte que es querer y deseo de Dios. Así nos lo muestra en su Hijo Cristo Jesús: “Así como el Padre tiene vida en así también ha dado al Hijo tener vida en si” (Jn 5,26). Y claro está que Dios en su Hijo quiere salvarnos a todos, quiere que todos participemos de este triunfo sobre la muerte (ITm 2,4). Pero no todos serán parte de este triunfo porque no todos escuchan su palabra (Jn 5,24). “Los que obraron el bien resucitarán para la vida, pero los que obraron el mal irán a la condenación. Yo no puedo hacer nada por mi cuenta, sino que juzgo conforme a lo que escucho; así mi juicio es recto, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió” (Jn 5,29-30).

Jesús dice: “Quien escucha mi palabra, ya vive de la vida eterna… ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24). Pero también nos dice: “El que es de Dios escucha las palabras de Dios; si ustedes no las escuchan es porque no son de Dios” (Jn 8, 47). Es decir, quien no escucha la palabra de Dios camina en tinieblas, permanece en la tumba (Jn 11,10). Pero el que escucha la palabra de Dios ya está de día, ya salió de la tumba (Jn 11,9). Es más enfático Jesús al decir que incluso: “Sepan que viene la hora, y ya estamos en ella, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la escuchen vivirán” (Jn 5,25).  Conviene reiterar con un pero: “Los que obraron el bien resucitarán para la vida eterna, y los que obraron el mal irán a la condenación eterna. (Y está claro esto hará Jesús como juez justo porque esa disposición recibió del Padre): Yo no puedo hacer nada por mi cuenta, sino que juzgo conforme a lo que escucho; así mi juicio es recto, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió” (Jn 5,29-30).

 “Al regresar a la ciudad, muy de mañana, Jesús sintió hambre. Divisando una higuera cerca del camino, se acercó, pero no encontró más que hojas. Entonces dijo a la higuera: «¡Nunca jamás volverás a dar fruto!» Y al instante la higuera se secó. Al ver esto, los discípulos se maravillaron: «¿Cómo pudo secarse la higuera, y tan rápido?” (Mt 21,18-20). Jesús también es capaz de sacarnos de la muerte a la vida: Jesús ordenó: «Quiten la piedra.» Marta, hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya tiene mal olor, pues lleva cuatro días enterrado.» Jesús le respondió: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Y quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos al cielo y exclamó: «Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas; pero lo he dicho por esta gente, para que crean que tú me has enviado.» Al decir esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!» Y salió el muerto. Tenía las manos y los pies atados con vendas y la cabeza cubierta con un velo. Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo caminar.” (Jn 11,39-44).

En tercer lugar, es una manera de dar gloria a Dios todos los sucesos de la vida como las sanciones, la muerte o resurrección: Así por ejemplo: Jesús, dijo: «Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que es para gloria de Dios, y el Hijo del Hombre será glorificado por ella” (Jn 11,4). En otro momento sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado para que esté ciego: él o sus padres?» Jesús respondió: «Esta cosa no es por haber pecado él o sus padres, sino para que nació así para que la gloria de Dios se manifieste en él, y en forma clarísima” (Jn 9,2-3). La misma muerte es una gran prueba para que se manifieste la gloria de Dios: “Lázaro está dormido le voy a despertar” (Jn 11,11)

Jesús no estaba cuando su amigo Lázaro murió, que tarda y no camina según nuestra lógica. Pero que, al final, nos regala el don de la vida triunfando sobre la muerte. Claro que las hermanas de Lázaro no lo entienden y, hasta cierto punto, le hacen culpable de la muerte del hermano: “Si hubieses estado aquí no hubiese muerto mi hermano.” (Jn 11,21) Es cierto, pero tampoco hubiésemos visto el poder de Jesús sobre la muerte.  Hay cosas que nos cuesta entender; sin embargo, como dice el mismo Jesús “si crees verás la gloria de Dios” (Jn 11,40). A veces pensamos que todo se acabó; sin embargo, ahí comienza el poder de Dios. A veces pensamos que Dios es el responsable de nuestras desgracias (Jn 11,21); sin embargo, ahí mismo Dios manifiesta que la fe y la gracia van más allá de nuestras penas.

Jesús nos ha dicho: “La carne no sirve de nada, es el Espíritu quien da la vida. Y las palabras que le he dicho son espíritu y vida” (Jn 6,63). Dios es vida, en Él está la fuente de vida: “Yo soy la vida” (Jn 14,6). Pero, eso sí, siempre exige de nosotros la fe (Lc 17,5). Dios no puede hacer nada en nosotros si no tenemos fe. Cuando la fe es viva, todo se hace vida, incluso la misma muerte se convierte en vida. Lázaro no murió por causa de Jesús, ni Jesús quiso que Lázaro muriese. Lo que Jesús quiere es manifestar que quien puede impedir que alguien muera, también es capaz de que vuelva a florecer la vida: Le dijo Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. El que vive, el que cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Marta contestó: «Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11,25-27).

Dios no nos da siempre lo que pedimos, a veces incluso calla. Pero nos da mucho más de lo que le pedimos. Y por eso como Marta y María nos quejamos: “Si hubieras estado aquí mi hermano no hubiera muerte” (Jn 11,21.32) Pero Jesús no interviene en nuestra plegaria porque no cree oportuno que tal o cual pedido nuestro sea oportuno: “El Señor ya sabe de tus necesidades antes que se lo pidas” (Mt 6,8). En el reclamo de Marta (Jn 11,21): ¿Qué es más importante, sanar a un enfermo o devolverlo a la vida cuando ha muerto?  ¿Qué es más importante, que Dios sane a un ser querido o que lo resucite y lo lleve consigo al cielo? No conviene ser egoístas al aferrarnos a lo suyo.  Jesús les regaló el milagro de sacarlo del sepulcro donde ya estaba en putrefacción y se los devolvió vivo. La muerte de Jesús está cercana, pero antes quiere anticipar que su muerte terminará en resurrección. Dios, Jesús no estuvo a tiempo para que Lázaro no muriese, pero llegó a tiempo para devolverle la vida, por más que ya llevase cuatro días y ya olía mal.

La resurrección de Lázaro, que de una parte precipita los acontecimientos y la muerte de Cristo que tenía que suceder, anticipa de otra la victoria definitiva de la vida sobre la muerte. Porque si Lázaro resucitó para volver a morir, Cristo resucitará de una vez para siempre y, con él, nuestra auténtica esperanza. Porque él es la resurrección y la vida, y cuantos creen en él, aunque mueran, vivirán. De modo que el camino de Jesús, por la cruz a la luz o por la muerte a la vida, es en adelante el camino de todos los creyentes.

¿Creemos esto?: La pregunta que dirige Jesús a María, la hermana de Lázaro, es también la que dirige a cada uno de nosotros: "¿Crees esto?" El evangelio no es sólo un mensaje o una buena noticia, porque es al mismo tiempo una pregunta que no podemos eludir, que reclama nuestra responsabilidad. Más aún, no es mensaje ni buena noticia para el que no está dispuesto a responder con su fe a esa pregunta.

Con frecuencia los hombres escuchamos únicamente aquello que nos cuadra: es decir, aquello que responde a nuestros intereses y encaja en nuestra racionalidad, armonizando con nuestras ideas, convicciones y prejuicios. En consecuencia corremos el riesgo de querer arrimar la palabra de Dios a la sardina de nuestras conveniencias y coherencias, usando y abusando de ella como si se tratara de un repertorio de respuestas y argumentos. Pero la palabra de Dios, porque es de Dios y nunca del hombre, no se deja manejar tan fácilmente. De ahí su carácter de pregunta y de interpelación: "¿Crees esto?" Esto y no otra cosa. Esto: que Jesús es la resurrección y la vida y que todos los que creen en él, aunque hayan muerto, vivirán.

Los filósofos de Atenas ni siquiera quisieron oír hablar de la resurrección de los muertos, les parecía un absurdo. Pero Pablo, fiel al evangelio, insiste una y otra vez que si los muertos no resucitan vana es nuestra esperanza. ¿Queremos escuchar nosotros este mensaje?, ¿creemos en el evangelio? La experiencia de la nueva vida, la experiencia de la resurrección, sólo es posible en la respuesta y desde la respuesta a la pregunta que Jesús nos hace. Sólo es posible desde la fe y en la fe.

"Si crees, verás la gloria de Dios”: La muerte no es sólo lo que sucede al fin, sino lo que pone fin a la vida desde el principio, reprimiendo uno a uno todos nuestros mejores proyectos, todas nuestras ansias y deseos de liberación individual y colectiva. La instrumentalización de la muerte y del miedo a la muerte constituye la estrategia fundamental de todos los poderes que mortifican y esclavizan al hombre. Los hombres, por miedo a perder la vida, se resignan a vivir como muertos. En cambio, los que creen en la vida eterna, los que aceptan la muerte como el desfiladero de la vida, los que comprenden que vivir es dar la vida, salen ya de los sepulcros y comienzan a vivir como resucitados. Nada ni nadie puede acabar con su esperanza, con la esperanza contra toda esperanza, con la esperanza que Jesús ha puesto en pie contra la muerte.

El evangelio de Juan siempre tiene sus dificultades a la hora de comentarlo, pues ya es bien sabido que hay que leerlo con unas claves interpretativas muy específicas. Esto es especialmente cierto en el pasaje de la resurrección de Lázaro, texto que nos trae la liturgia de hoy. Por eso hoy trataremos de dar unas verdaderas notas para nuestra reflexión.

1. El de hoy no es, en absoluto, un relato más de una curación de Jesús (una señal más), sino una señal con un rico trasfondo. Es mucho más (cualitativa y cuantitativamente) lo que "quiere decir" Juan que lo que "dice" expresamente.

2. En primer lugar se nos presenta un grupo de discípulos de Jesús, una comunidad de hermanos y hermanas en la que rigen relaciones afectivas activas (las hermanas mandan aviso a Jesús; a Jesús le dicen que su amigo está enfermo...). El afecto que reina entre los miembros de la comunidad (en la que Jesús se presenta como uno más (vamos a Judea; vamos a verlo; Lázaro, nuestro amigo) es de tal categoría que el miedo no impide marchar en ayuda del necesitado.

3. Pero los discípulos aún no han descubierto el calibre real de la vida que transmite Jesús; para ellos, la muerte aún es la interrupción de la vida; la muerte aún es el final del camino; la muerte aún es el término irreversible e ineludible de toda existencia; en definitiva: aún no han alcanzado la madurez de la fe porque aún no han descubierto que, si bien ciertamente Jesús no elimina la muerte física, sí que la transforma en un sueño (nuestro amigo Lázaro duerme), que no supone ninguna interrupción en la vida del hombre. En la vida del hombre que ha recibido su vida de Jesús.

4. En este contexto de muerte (cuatro días); ya huele mal...) se presenta Jesús como la resurrección, como portador de la vida, porque el plan de Dios no es hacer un ser-para-la-muerte sino para la vida plena y definitiva, un ser-para-vivir-la-misma-vida-de-Dios. Para quien recibe el Espíritu de Dios, para los que ya pertenecen a Jesús, en la vida ya no hay solución de continuidad aunque sí haya un punto de inflexión que es la muerte (el que cree en mí, aunque muera, vivirá).

5. Pero la comunidad de los discípulos de Jesús aún no han descubierto esta realidad (Señor, si hubieras estado, mi hermano no habría muerto). Por eso Jesús hará una llamada a salir de la desesperanza, a salir del duelo, de la antigua concepción de la vida y de la muerte, a salir del grupo de los que no conocen la vida y por eso ven la muerte como un fin definitivo y sin-sentido.

6. Jesús ha venido, sobre todo, para comunicar a los hombres el plan de Dios para con ellos (todo lo que he oído al Padre os lo he dicho...). Y uno de los puntos más importante (¿por qué no decir el principal?) es devolverles la vida definitiva, hacerles superar la muerte. Es el cúlmen de la obra creadora. Y Jesús no hace sino invitar a la comunidad en esa realidad del amor de Dios y descubrir todo su alcance (¿no te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Yo soy la resurrección y la vida..., el que vive y cree en mí no morirá nunca). Jesús está llamando con urgencia a aquel grupo de hermanos a fiarse de su palabra (quiten la losa; desatenlo...), a superar las antiguas concepciones de la vida y la muerte que esclavizaban al hombre reduciéndolo a un llegar-a-ser-cadáver como toda meta.

7. La muerte, en definitiva, no es sino la culminación de todas las pequeñas muertes diarias (miedos, limitaciones, ignorancias, humillaciones, esclavitudes, sufrimientos, angustias...). Y el miedo a la muerte es lo que hace al hombre impotente para luchar contra todo tipo de opresión y esclavitud: ¿para qué? Y en este miedo radica la fuerza de los opresores (comamos y bebamos y oprimamos, que mañana moriremos). Jesús libera al hombre de la muerte, le salva de su miedo y lo hace capaz de resistir, ya, toda opresión. Por eso Jesús será un peligro potencial -y real-, una "re-vo-lución" peligrosa que atentará contra la seguridad y continuidad de los poderes establecidos y que éstos, por tanto, tratarán de eliminar por todos los medios (sería interesante leer los vv. 47-53 de este mismo capítulo de Juan donde se ve la reacción "oficial" ante Jesús de los sumos sacerdotes y fariseos, termina así: "Aquel día acordaron matarlo" -v. 53-; la liturgia del día nos hace un flaco favor recortando tan descaradamente un texto que va tan unido).

8. Jesús, por tanto, hace al hombre radicalmente libre -y así, radicalmente peligroso-; a partir de ahora, a partir de esta convicción en la pervivencia después del "sueño de la muerte", ya no hay problema en arriesgar la propia vida por luchar en favor del hermano. La vida es indestructible y ya no se puede perder aunque se muera. Esta certeza es la que hará decir a Jesús: "No hay mayor amor que dar la vida por los amigos": y esta certeza es la que lleva a Jesús a despreciar el peligro de acercarse por Betania -a sólo 3 kilómetros de Jerusalén, donde le esperan los que quieren cogerle- y poner en peligro su vida por ayudar a un amigo. Al final será apresado y llevado a la cruz. Pero no importa; ayudar a un amigo es más importante que conservar la propia vida; porque, en definitiva la propia vida no se pierde nunca.

domingo, 8 de marzo de 2026

IV DOMINGO DE CUARESMA - A (15 de Marzo del 2026)

 IV DOMINGO DE CUARESMA - A (15 de Marzo del 2026)

PROCLAMACIÓN DEL EVANGELIO Según San Juan 9,1-41:

9:1 Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

9:2 Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?"

9:3 "Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

9:4 Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.

9:5 Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo".

9:6 Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego,

9:7 diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

9:8 Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?"

9:9 Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". Él decía: "Soy realmente yo".

9:10 Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?"

9:11 Él respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: "Ve a lavarte a Siloé". Yo fui, me lavé y vi".

9:12 Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". Él respondió: "No lo sé".

9:13 El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos.

9:14 Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos.

9:15 Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo".

9:16 Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?" Y se produjo una división entre ellos.

9:17 Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?" El hombre respondió: "Es un profeta".

9:18 Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres

9:19 y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?"

9:20 Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego,

9:21 pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta".

9:22 Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías.

9:23 Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él".

9:24 Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador".

9:25 "Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo".

9:26 Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?"

9:27 Él les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?"

9:28 Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés!

9:29 Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es este".

9:30 El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos.

9:31 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad.

9:32 Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.

9:33 Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada".

9:34 Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?" Y lo echaron.

9:35 Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?"

9:36 Él respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?"

9:37 Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando".

9:38 Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él.

9:39 Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven".

9:40 Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?"

9:41 Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: "Vemos", su pecado permanece". PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Querido amigos(as) Paz y Bien en el Señor.

La enseñanza de este domingo se puede resumir: “Quien cree en el Hijo, no será condenado (porque paso de las tinieblas a la luz); pero el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios (porque sigue en tinieblas). En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3,18-19).

El domingo anterior, Jesús dice a la samaritana: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna». La samaritana le dice: dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla» (Jn 4,13-15). La mujer samaritana paso de las tinieblas a la luz porque descubrió a Jesús. Luego nos dice: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida» (Jn 8,12).

La inquietud de sus discípulos: «Maestro, ¿quién ha pecado, para que naciera ciego él o sus padres?». Jesús respondió: «Ni él ni sus padres; nació así para que se manifieste en él la gloria de Dios” (Jn 9,2-3).  Y es que según la mentalidad antigua, el bienestar y la desgracia eran fruto de una conducta moral buena o mala. Los discípulos de Jesús, hijos de su tiempo son participes de esta realidad. En este caso la ceguera  es vista como efecto del pecado. Pero Jesús revierte este paradigma cuando califica: “Nació ciego para que gloria de Dios se manifieste en él”. Y ¿Cómo así se manifiesta la gloria de Dios?: “Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego” (Jn 9,6). Ahora, quienes aceptan y reconocen que en Jesús actúa el poder de Dios, como el ciego, queda con la luz y es hijo de la Luz, quienes no aceptan esta manifestación de la gloria de Dios en el Hijo quedan ciegos, pues al final dice Jesús: "He venido para un juicio. Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven" (Jn 9,39). En este caso los doctores de la ley o los fariseos quedan ciegos porque no creen en la gloria de Dios que se manifiesta en el Hijo.

Después de untarle los ojos le dice: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé, que significa Enviado. El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía” (Jn 9,7). Jesús dice a Nicodemo: "Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu” (Jn 3,5-6). Es una clara referencia al sacramento del bautismo  en el que el neófito queda iluminado con la luz de la gracia de Dios y deja de ser ciego. Luego somos invitados a ser portadores de esa luz. Jesús dijo: “Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,14-16). “Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios" (Jn 3,20-21).

En la Segunda Lectura, tomada de la Carta de San Pablo a los Efesios, podemos ver el significado espiritual de la ceguera y de la recuperación de la vista: “Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia” (Ef 5,8-11).

En otro tiempo – dice San Pablo- estaban en la oscuridad, pero ahora, unidos al Señor, son luz. En efecto, la oscuridad en que vivía el ciego representa las tinieblas del pecado, la oscuridad causada por la ausencia de la gracia de Dios. Y la luz que entra en la vista del ciego recién sanado por el Señor es la vida de Dios en nosotros; es decir, la gracia manifestada en su Hijo Cristo Jesús, que en el domingo anterior tenía connotación de agua (Jn 4, 5-42) y hoy tiene connotación de la luz (Jn 9,1-41).

Los milagros Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina. Juan fue informado de todo esto por sus discípulos y, llamando a dos de ellos, los envió a decir al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?». Cuando se presentaron ante él, le dijeron: «Juan el Bautista nos envía a preguntarte: "¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?"». En esa ocasión, Jesús curó mucha gente de sus enfermedades, de sus dolencias y de los malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos. Entonces respondió a los enviados: «Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo!». (Lc 7,17-23). Todo esto vale para decir que el Señor sabe situarse en el contexto. Es decir, él escoge el modo más adecuado para hacer su labor. Lo que sí es común a todas las curaciones hechas por Jesús es que lo más importante era la sanación que ocurría en el alma del enfermo su curación tenía una profunda consecuencia espiritual. El Señor no hace una sanación física, sin tocar profundamente el alma. Y cuando el Señor sana directamente es para que se manifieste en la persona la gloria y el poder de Dios. Y sana no sólo para que el enfermo sanado crea en Dios y cambie, sino también las personas a su alrededor.

Sabemos que, no todo enfermo es sanado. ¿Significa que la enfermedad es muy superior a la fuerza de curación del Señor? Claro que no. Todo depende cuanta fe se tiene en el Señor. Mientras dure el mundo presente, seguirán habiendo enfermedades, las cuales -ciertamente- son una de las consecuencias del pecado original de nuestros primeros progenitores (Gn 2,16). Pero Jesús, con su Pasión, Muerte y Resurrección, le dio valor redentor a las enfermedades –y también a todo tipo de sufrimiento. Es decir, el sufrimiento bien llevado, aceptado en Cristo, sirve para santificarnos y para ayudar a otros a santificarse (Lv 11,45). No es que sean fáciles de llevar las enfermedades -sobre todo algunas de ellas- pero son oportunidades para unir ese sufrimiento a los sufrimientos de Cristo y darles así valor redentor. Y ¿qué es eso de “valor redentor”? Nuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo, pueden servir para nuestra propia santificación o para la santificación de otras personas, incluyendo nuestros seres queridos.

Es por ello que después de Cristo, ya los enfermos no son considerados como personas malditas por el pecado propio o de sus padres, como sucedía antes de la venida del Señor. De allí la pregunta de los Apóstoles al encontrarse al ciego: “Quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?”, a lo que Jesús responde: “Ni él pecó ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios” (Jn 9,2-3).

Las enfermedades más graves no son las del cuerpo, sino las del alma. Por eso decíamos que la sanación fundamental es la sanación interior. Esta puede darse, habiéndose sanado el cuerpo o no. ¡Cuántos enfermos ha habido que se han santificado en su enfermedad! ¡Cuántos santos no hay que se han hecho santos a raíz de una enfermedad o durante una larga enfermedad! En el caso del ciego de nacimiento del Evangelio de hoy, vemos que este hombre fue de los que ni siquiera pidió ser sanado, sino que viéndolo Jesús pasar, se detiene y, haciendo barro con saliva y tierra del suelo, lo colocó en sus ojos, ordenándole que luego se bañara en la piscina de Siloé (Jn 9,7). Efectivamente, el hombre comienza a ver al salir del agua. Pero notemos que el cambio más importante se realiza en su alma. Y esa voluntad de obediencia con la que actúa el ciego al recibir el mandato de Jesús y obediencia no son sino actitudes auténticas de fe.

Veamos cómo se comporta al ser interrogado por los enemigos de Jesús. Sus respuestas las da con mucha convicción y con tal simplicidad e inocencia, que por la precisión y la lógica que hay en ellas, deja perplejos a quienes con mala intención tratan de hacer ver que Jesús no venía de Dios, pues lo había curado en Sábado, día en que los judíos no podían hacer ningún tipo de trabajo. Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos?». El respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: «Ve a lavarte a Siloé». Yo fui, me lavé y veo»… El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos” (Jn 9,10-14).

Resulta refrescante oír la respuesta del ciego que ya no lo es, cuando los fariseos lo obligan a decir que Jesús es un pecador. Responde el ciego, primero inocentemente: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Continúa luego con mucha “claridad” y convicción: “Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha... Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder” (Jn 9, 31.33). Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?». El hombre respondió: «Es un profeta» (Jn 9,17).

Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?». Y lo echaron. Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando». Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él”(Jn 9,34-38). El ciego echado de la sinagoga termina postrándose ante Jesús, reconociéndolo como el Hijo de Dios, en cuanto Jesús le revela Quién es El. Como decíamos, lo más importante es la gracia que acompaña a todo contacto con Cristo. El ciego, que ya no lo es, cree en Jesús y confía en El. Y cuando Jesús se le revela como el Hijo del hombre, es decir, el Mesías esperado, el ciego que ahora ve cree lo que el Señor le dice y, postrándose, lo adoró.

Concluye el Evangelio con una advertencia del Jesús para todos aquéllos que, como los Fariseos, creemos que vemos y que no necesitamos que Jesús nos cure nuestra ceguera: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Preguntaron entonces si estaban ciegos. Y Jesús les dice: “Si estuvieran ciegos” (es decir, si se dieran cuenta de su ceguera) “no tuvieran pecado. Pero como dicen que ven, siguen en su pecado” (Jn 9,39-41). El Señor habla de “definición de campos”. ¿Cuáles son esos campos? Luz y tinieblas. Dios y demonio. Gracia y pecado. Y San Pablo nos dice que, “unidos al Señor, podemos ser luz”. Y nos habla de los frutos de la Luz: “bondad, santidad, verdad”. Cristo se identifica así: “Yo soy la Luz del mundo ... El que me sigue, no camina en tinieblas” (Jn 8,12).

Seguir a Cristo es no sólo creer en El, sino actuar como El; es decir, en total acuerdo con la Voluntad del Padre. Así, haciendo sólo lo que es la Voluntad de Dios, pasaremos de la oscuridad de nuestra ceguera a la Luz de Cristo, para ser nosotros también luz en este mundo tan oscuro de las cosas de Dios y tan ciego para verlas. Las enfermedades más graves no son las del cuerpo, sino las del alma. Más aún, las enfermedades peores no son las que sufre una persona, sino las que sufre toda una población. Nuestra sociedad vive sumergida en las tinieblas y está enferma. ¡Y bien enferma! Porque vive envuelta en violencia, agresividad, maledicencia, ocultismo, esoterismo, idolatría, satanismo. Sí, eso mismo: culto al demonio -para ser más precisos. Por eso requerimos sanación. Una sanación que sólo Dios nos puede dar. Porque la sanación fundamental es la sanación interior. Y ésa es la que estamos necesitando. El ciego de nacimiento que mencionábamos termina por postrarse ante Jesús, reconociéndolo como Dios. Cuando comenzó a ver, el ciego cree lo que el Señor le dice y, postrándose, Lo adoró. (Jn 9, 38)

¿Se dan cuenta de lo que significa vivir en la oscuridad de quien no es capaz de reconocerse a si mismo, no ver nunca su verdad, y no haber descubierto nunca a Dios en su vida? ¿Lo es sentirnos a gusto sin ver más allá de nuestra propia sombra, acostumbrarnos a vivir sin la experiencia de Dios en nuestras vidas? ¿Acostumbrarnos a vivir encerrados sobre nosotros mismos, nuestros placeres e intereses personales inmediatos? Hay muchos que son ciegos de nacimiento porque nadie les ha hablado de Dios. Hay muchos que son ciegos que, aún después de haber visto, prefieren no ver, eso que alguien llamó acertadamente el “ateísmo de la insinceridad”. Muchos piensan que el Evangelio es duro. Yo diría que es exigente, sobre todo para con los necesitados. Hay algo que ha de quedar claro. Dar la vista a un ciego en un sábado es declarar al hombre más importante que el sábado mismo. El hombre es más importante que la religión misma porque Dios está más presente en el hombre que en los ritos, porque es imagen y semejanza de Dios (Gn 2,16). Pero si el hombre no se quiere dar cuenta de esa gran dignidad o si se dio cuenta pero no quiere aceptarlo, entonces seguirá siendo ciego e hijo de las tinieblas y eso es precisamente el infierno.

Este tiempo de cuaresma es propicia para que entendamos que el hombre tiene que terminar como el ciego que deja de ser ciego y luego confiesa su fe y lo pone en práctica: Jesús preguntó al que había sido ciego: “¿Crees en el Hijo del hombre? Él respondió: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Tú lo has visto: es el que te está hablando. Entonces él exclamó: Creo, Señor, y se arrodilló y lo adoró” (Jn 9,35-38).

A las personas las vemos y las tratamos tan superficialmente que las convertimos en cosas. Otras veces la persona un número o un voto. Un ser anónimo. Otras veces es un rival a vencer o un enemigo que aplastar.

Hay un ciego de nacimiento. Oscuridad total. Sólo de oídas conoce la luz. Sólo por el tacto conoce las cosas. Sólo por la palabra conoce a las personas.

«Al pasar Jesús vio a un hombre ciego». Ese paso no era casual; estaba ya preparado desde toda la eternidad. La iniciativa de la salvación parte de Jesús. El ciego no podía ver a Jesús. No es el ciego el que pide la luz. Es la luz la que se ofrece al ciego. La luz que se acerca a las tinieblas.

«Le untó en los ojos con barro». Nos pone delante de nosotros nuestros pecados. Extraña medicina. Para curar la ceguera le embarra los ojos; al que está en la tiniebla una nueva dosis de oscuridad. Dios actúa salvíficamente en el culmen de la crisis: más dolor al enfermo, más fracaso al humillado, más oscuridad al problematizado.

Cuando se llega al limite de la desesperación, ahí actúa Dios: cuando Abrahám lo da todo por perdido, cuando Magdalena llora desesperada ante el «hortelano», cuando Pablo da coces contra el aguijón, cuando Agustín se echa en tierra y se tira impotente y rabioso de los pelos, cuando alguien palpa el límite de la incapacidad, entonces Dios dice su palabra.

«Lávate en la piscina de Siloé». No es un agua cualquiera. Es el agua del Enviado. Es el agua que brotará del corazón de Cristo. Es el agua del Espíritu y la piscina es la iglesia. Lavarse en la piscina de Siloé, es sumergirse en Cristo en el seno de la comunidad. Lo que llamamos bautismo. Esta piscina (el Enviado, la piscina de la Gracia) contrasta con la de Jn 5, 2-7, la piscina de los cinco pórticos (la Torá, piscina de la Ley) donde era muy difícil obtener la curación.

En clave simbólica el autor nos dice lo siguiente: Jesús es la luz, la Ley es la oscuridad. El ciego ve porque acude a Jesús. En cambio, 38 años llevaba inválido el que acudía a la Ley y además sin esperanza de curación.

La curación del ciego es progresiva. Primero ve a los hombres, después verá a Jesús. Luego reconocerá a Jesús como profeta. A continuación lo verá como Mesías y finalmente dará testimonio de Jesús sufriendo persecución por él.

¿Este evangelio no es el relato de un milagro? No, Juan despacha el milagro en un par de versículos de los 41 que tiene el relato. Juan va narrando muy despacio el proceso de la fe. Al principio, todos ciegos. Al final, uno curado y muchos ciegos. El ciego sale de la noche: «¡Creo en ti Señor!». Los judíos se sumerjen en la noche: «Ese Jesús es un pecador». 

¡Un ciego maravilloso! Patrono de los que buscan la luz. Sube obstinadamente hacia el misterio de Jesús, sin dejarse asustar por los que «saben», y bromeando con ellos cuando los demás tiemblan. Podemos leer una y mil veces el evangelio sin ver a Jesús. Desde el comienzo, Juan no deja de repetirlo: «La luz brilla en la noche, pero la noche no capta la luz» (Jn 1, 5). Ante el ciego que lo «ve» y los fariseos que lo miran sin verlo, Jesús se siente obligado a constatar lo que ocurre cuando él aparece: «Los ciegos ven y los que ven se hacen ciegos». 

¡Pero yo sé! ¡Yo veo! No; «intentamos» ver. En cada página, día tras día. Somos ese ciego a quien Jesús da ojos para verlo. Hasta el último momento de nuestra vida, no dejemos de repetir la misma oración: «Jesús, que yo pueda verte».