DOMINGO XVII - A (26 de Julio del 2026)
Proclamación del santo evangelio según Mateo 13,44-52:
13,44 El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido
en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría,
vende todo lo que posee y compra el campo.
13,45 El Reino de los Cielos se parece también a un
negociante que se dedicaba a buscar perlas finas;
13,46 y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo
que tenía y la compró.
13,47 El Reino de los Cielos se parece también a una red que
se echa al mar y recoge toda clase de peces.
13,48 Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla
y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
13,49 Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y
separarán a los malos de entre los justos,
13,50 para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá
llanto y rechinar de dientes.
13,51 ¿Comprendieron todo esto?" "Sí", le
respondieron.
13,52 Entonces agregó: "Todo escriba convertido en
discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus
reservas lo nuevo y lo viejo". PALABRA DEL SEÑOR.
REFLEXIÓN:
Estimados amigos en el Señor y Paz y Bien.
“Déjenlos crecer juntos (Trigo y cizaña) hasta la cosecha, y
entonces diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y échenlo al fuego,
y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30). “Así como se arranca
la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del
mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino
todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno
ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos
resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que
oiga!” (Mt 13,40-43). Hoy se nos reitera de otro modo: “Los pescadores sacan la
red a la orilla y, sentándose, recogen los buenos peces en canastas y tiran lo
que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a
los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá
llanto y rechinar de dientes” (Mt 13,48-50).
La primera lectura de hoy nos habla del rey Salomón: es hijo
de David y vivió en pleno siglo X a. de JC. Aprovechó la obra realizada por su
padre y supo mantener con gran esplendor a su pueblo sin ninguna guerra. En
cambio, creó una red de relaciones internacionales muy enriquecedoras con los
reinos vecinos.
El relato que hoy hemos leído nos transporta al día de su
entronización. Es un testimonio que nos puede estimular. En aquel primer día de
su reinado, supo pedir el regalo más valioso: "Pídeme lo que
quieras", le dice el Señor. Entonces, consciente de su responsabilidad
como gobernante, Salomón comprende que Israel no es una propiedad particular
suya, sino que es el pueblo de Dios y sabe que tendrá que responder ante Dios
sobre su administración. Por eso le responde: "Da a tu siervo un corazón
dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el bien del mal".
Salomón elige la sabiduría. Para él, este es el mejor regalo
que puede recibir del Señor. No le pide riqueza, ni muchos años de vida, ni victorias
sobre los enemigos. Le pide sabiduría. El rey conseguirá la gracia que pide, y
muchas más.
Jesús, en el evangelio, nos habla de un hombre que encontró
un tesoro en un campo. Sabía que aquello le resolvería los problemas para
siempre. El campo era muy caro. Pero él lo quería. Recogió todo lo que tenía,
todas las demás propiedades, y las vendió. Se quedó sin nada para poder
adquirir aquel campo y hacerse con el tesoro.
En cierto modo es como Salomón. Lo olvida todo para
conseguir la sabiduría. Para Salomón, la sabiduría es el tesoro escondido.
Nosotros no somos reyes, ni tenemos día de entronización,
pero sí tenemos una vida, una vida que necesitamos vivir con plenitud. El mundo
nos presenta muchos valores que deslumbran: dinero, fama, poder... Muchos valores
también que van cambiando según las modas. Vemos a las personas que se mueven
entusiasmadas, ahora con esto, ahora con aquello y, a menudo, después, las
encontramos desencantadas, desorientadas, como si volasen sin norte. La vida
necesita una razón que coordine todas nuestras actividades, que las impulse,
que las ilumine. Necesita un tesoro. Pero muchas veces este tesoro está
escondido.
El tesoro del cristiano. Si no queremos hablar en términos
jurídicos, podemos decir que el cristiano no es cualquier persona que haya sido
bautizada. Cristiana es la persona que ha encontrado el tesoro auténtico, la
persona que ha encontrado a JC. "Tanto ha amado Dios al mundo que le ha
dado a su Hijo único" (Jn 3,16). Aquello que hace que seamos cristianos es
habernos encontrado con JC.
No se trata solamente de ser seguidores. Se trata ante todo
de ser descubridores. Un descubrimiento que siempre es un don de Dios, aunque
normalmente sólo se nos da después de la oración humilde y confiada, después
del servicio generoso a los hermanos. Pero es un descubrimiento que, de una vez
por todas, ilumina todos los rincones de la existencia y comienza una marcha
definitiva, cargada de luz y de amor. Encontrar a JC es ir a lo más profundo,
es poner los cimientos para edificar una nueva vida.
Encontrar a JC, también es, una vez bien sujeto a Él,
dejarte proyectar por Él a una lucha generosa y solidaria en favor de los
demás, de manera que todos los intereses personales quedan revitalizados. El
tesoro es Él y todo aquello que Él comporta.
Nos ayuda a desprendernos de todos los demás valores, a
ponerlos al servicio de la causa más importante. Por esto, quien ha encontrado
el auténtico tesoro que es JC no puede dejarse ganar por nadie cuando se trata
de hacer un mundo más justo y más fraternal.
En la Eucaristía hoy el Padre nos dice como a Salomón:
"Pídeme lo que quieras". Quien encuentra a Jesús se siente libre y
experimenta una gran alegría. Se siente acogido por el Amor y libre para amar,
libre para dar vida, para darse del todo.
"Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para
el bien", nos ha dicho san Pablo.
En la Eucaristía, hoy, JC se nos da una vez más para ser el
motor, la luz, la alegría, la vida de nuestra vida. Así se va realizando el
proyecto de Aquel que nos predestinó a ser imagen de su Hijo".
Por tanto: La Paradoja del Reino (Mt 13,44-46), el Evangelio
de hoy nos sitúa ante el núcleo del misterio divino a través de dos parábolas
breves pero de una potencia existencial transformadora: el tesoro escondido y
la perla de gran valor.
El Vuelco del Corazón (El Tesoro y la Perla): Cuando esa
semilla germina, el discípulo experimenta una sacudida existencial. Es lo que
describen las dos parábolas del valor supremo.
El tesoro escondido (Mt 13,44) y el mercader de perlas finas
(Mt 13,45-46): En ambos casos hay un hallazgo, pero con dos matices hermosos
para la predicación. El del campo tropieza con el tesoro de repente; el
mercader lo busca activamente. Dios sale al encuentro tanto del que camina
distraído como del que busca la verdad con ansia.
Pero fíjemonos en la reacción: ambos coinciden en una acción
radical. Venden todo lo que tienen y compran el campo y la perla.
La paradoja del Reino: No se trata de un sacrificio doloroso
o moralista. El texto dice explícitamente que el hombre va «lleno de alegría» a
venderlo todo. Cuando descubres a Cristo, dejar lo antiguo no cuesta, porque lo
que ganas es infinitamente superior. El Reino no es una carga legislativa; es
una fascinación amorosa.
En la primera escena, el Reino irrumpe como gracia pura e
inesperada. Un hombre trabaja la tierra —el campo ordinario de la vida diaria—
y, sin buscarlo, tropieza con lo absoluto. La ley de la época exigía adquirir
el terreno para poseer legítimamente lo hallado. Por eso, desbordado por una alegría
radical, va, vende todo lo que tiene y compra el campo. El desapego no nace del
esfuerzo moralista o del sacrificio doloroso, sino del deslumbramiento ante la
riqueza encontrada. Jesús no se detiene a explicar los detalles; apela a
nuestra audacia espiritual: «El que tenga oídos, que oiga» (Mt 13,9.43). Nos
invita a descifrar la parábola en nuestra propia historia.
1.Dimensión Bíblica y Pastoral: Aquí radica una pregunta
pastoral urgente para cada uno de nosotros: ¿Qué estamos buscando realmente? El
campo es nuestra existencia cotidiana. Allí, en la sencillez de los días,
habita un tesoro que supera con creces los valores efímeros del mundo. Jesús nos
lo advirtió con claridad meridiana en el Sermón de la Montaña: «No acumulen
tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen... Acumulen,
en cambio, tesoros en el cielo... Porque allí donde esté tu tesoro, estará
también tu corazón» (Mt 6,19-21).
Si gastamos la vida persiguiendo lo que se marchita,
terminaremos con las manos vacías. A veces nuestra búsqueda fracasa porque
lanzamos las redes con nuestras solas fuerzas humanas. Recordemos la
experiencia de Pedro y los suyos en el lago de Genesaret (Lc 5,4-11): tras una
noche entera de fracaso y redes vacías, la palabra de Jesús: rema mar adentro
lo cambia todo. Al fiarse de Él, la abundancia es tal que las redes amenazan
con romperse. Al final, no retienen los peces; descubren que el verdadero
tesoro es el mismo Cristo. Dejándolo todo, lo siguieron. Encontrar el tesoro
exige el valor de soltar las amarras de lo viejo.
2. La Dinámica de la Búsqueda: Gracia y Fidelidad: La
segunda parábola da un giro teológico sutil pero fundamental. El Reino ya no se
compara con la perla en sí, sino con la actitud activa del mercader que busca
perlas finas.
El tesoro nos habla de la gratuidad de Dios que sale a
nuestro encuentro por pura iniciativa divina.
La perla nos habla del discernimiento y el esfuerzo santo
del ser humano que no descansa hasta hallar la Verdad.
Ambas dimensiones son inseparables en la vida cristiana. El
Reino es, a la vez, el don gratuito que nos envuelve y la respuesta fiel que
nos moviliza. El encuentro verdadero con Dios siempre produce el mismo efecto:
la gozosa renuncia a todo lo que nos ata para ganar lo único necesario.
3. La Red y el Esjaton: La Misericordia que Madura en
Justicia (Mt 13,47-50)
Jesús cierra este bloque con la parábola de la red echada al
mar, una imagen entrañable para una comunidad de pescadores. La red (sagene)
barre el fondo del agua y recoge peces de toda clase, sin distinción. En el
misterio de la Iglesia y del mundo, el trigo y la cizaña, los peces buenos y
los malos, coexisten bajo la mirada paciente de Dios. El pescador no interrumpe
la faena a mitad del día; aguarda a que la red esté llena en la playa.
Esta parábola nos recuerda que la infinita misericordia del
Señor no anula su justicia divina; la consuma. El tiempo de la pesca es el
tiempo de la gracia y de la conversión, pero tiene un límite: el final de los
tiempos. Dios respeta de tal manera la libertad humana que permite que cada uno
elija su destino eterno.
La dramática parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (Lc
16,19-26) ilustra este abismo definitivo: el egoísmo endurecido en la tierra se
convierte en una separación eterna en la otra vida. La advertencia evangélica
sobre el «llanto y rechinar de dientes» no busca infundir un temor servil, sino
despertarnos de la indiferencia pastoral. Es una llamada a la responsabilidad
con el momento presente.
4. Conclusión: Lo Nuevo y lo Viejo (Mt 13,51-52): Al
terminar el discurso, Jesús interroga a sus discípulos: «¿Han comprendido todo
esto?». Ante la respuesta afirmativa, define la identidad del
evangelizador: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se
parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».
El auténtico discípulo no desecha la Ley Antigua (las
promesas), sino que la ve plenamente iluminada por la Novedad del Evangelio (el
cumplimiento). Como nos enseña el Maestro en Marcos 2,22, a vino nuevo le
corresponden odres nuevos. El encuentro con el Tesoro nos transforma en hombres
nuevos (Ef 4,23), capaces de vivir con una alegría desbordante.
Esta ha sido la gran constante de los santos: Los Apóstoles
abandonaron las barcas fascinados por su presencia (Lc 5,11). San Pablo,
deslumbrado en el camino de Damasco, exclamó: «Para mí, Cristo lo es todo» (Col
3,11) y «Todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,8).
Hermanos, quien encuentra a Cristo no vive desde la renuncia
amargada, sino desde el gozo de la plenitud. Que nuestra eucaristía de hoy sea
el campo donde volvamos a abrazar el Tesoro, para poder caminar por el mundo
testificando con la vida la exhortación del Apóstol: «Estén siempre alegres en
el Señor; se los repito: ¡estén alegres!» (Flp 4,4).
El Hombre Nuevo y las Cosas Nuevas: El que encuentra el
Reino ya no puede vivir de "rentas espirituales" del pasado. El
escriba que se hace discípulo (Mt 13,52) sabe que lo antiguo (la ley, los
sacrificios, la vieja vida de pecado, las heridas del pasado) queda asumido y
sanado por lo nuevo (la gracia, el mandamiento del amor, la vida en el
Espíritu).
Encontrar el tesoro nos induce a una metamorfosis. Ya no
somos los mismos. Somos "hombres nuevos", portadores de un "vino
nuevo" que necesita odres nuevos. Quien ha tocado la belleza de la perla
fina ya no se conforma con las baratijas del egoísmo, del rencor o del
materialismo.
Si hoy Jesús te preguntara, como a los apóstoles: "¿Has
entendido todo esto?", ¿qué respondería tu vida? ¿Qué es lo que te falta
"vender" para quedarte con la Perla?
Las parábolas: “Las cosas nuevas y las cosas antiguas (Mt
13,52), semillas arrojadas en el campo (Mt 13,4-8), el grano de mostaza (Mt
13,31-32), la levadura (Mt 13,33), el tesoro escondido en el campo (Mt 13,44)
el mercader de perlas finas (Mt 13,45-46), la red echada en el mar (Mt 13,
47-48). Nos induce hacia la búsqueda del tesoro escondido que es el reino de
Dios y el que lo encuentra es hombre nuevo, vino nuevo.
Si has hallado tu tesoro que es Cristo Jesús o que es lo
mismo el reino de Dios, disfruta de ese tesoro hallado siendo o actuado como
hombre nuevo (Ef 4,23). Los santos han hallado su tesoros en Cristo, el Señor
por eso han sido las personas más felices y contentos. Los apóstoles han
hallado el tesoro y dejándolo todo lo siguieron (Lc 5,11). San Pablo halló su
tesoro y dijo: “Para mi Cristo lo es todo” (Col. 3,11). “A causa del Señor,
nada tiene valor para mí en este mundo. Todo lo considero basura con tal de
ganar a Cristo” (Flp 3,8). Por eso, quien supo hallar el tesoro en su vida
tiene que estar alegre, como nos recomienda San Pablo: “Estén alegres en el
Señor, os lo repito estén alegres” (Flp 4,4).