DOMINGO DE PENTECOSTÉS – A (24 de mayo de 2026).
Proclamación del Evangelio según San Juan 20,19-23:
20,19 Al atardecer de ese mismo día, el primero de la
semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los
discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos,
les dijo: "¡La paz esté con ustedes!"
20,20 Mientras decía esto, les mostró sus manos y su
costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
20,21 Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con
ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".
20,22 Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:
"Reciban el Espíritu Santo.
20,23 Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los
perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan". PALABRA
DEL SEÑOR.
REFLEXIÓN:
Estimados amigos(as) en el Señor que derramó su Espíritu Paz
y Bien.
El Soplo del Resucitado: De Discípulos a Apóstoles en el
Espíritu
Pentecostés no es solo el recuerdo de un hecho pasado;
es el misterio de nuestra propia transformación. El camino que Jesús traza para
nosotros a través de su Palabra es un itinerario de recreación y envío: “Yo hago
nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).
1. La Llamada que Transforma
“Los llamó a su lado a los que Él quiso” (Mc 3,13). Todo
comienza con una elección de amor. Al aceptar su llamada, nos convertimos en discípulos:
hombres y mujeres que se sientan a los pies del Maestro para aprender a vivir.
Pero el Resucitado no nos deja igual; sale a nuestro encuentro con el regalo
pascual por excelencia: “¡La paz esté con ustedes!” (Jn 20,21). Esta paz no es
la ausencia de conflictos, sino la reconciliación total. Al estar en paz con
Dios, nos convertimos en los primeros redimidos.
2. El Nuevo Soplo de la Creación
“Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: 'Reciban el
Espíritu Santo'” (Jn 20,22). Así como en el Génesis (Gn 2,7) Dios sopló sobre
la arcilla para dar vida al primer hombre, en el nacimiento de la Iglesia Univesal,
Jesús vuelve a soplar. Es una Nueva Creación. Nos reviste con la fuerza
de lo alto (Hch 1,8) y nos hace hombres nuevos (Gál 3,27).
Jesús, que inició su ministerio diciendo “El Espíritu de
Dios está sobre mí” (Lc 4,18), ahora transmite ese mismo Espíritu a su Iglesia.
Ya no somos solo seguidores; el soplo del Resucitado nos convierte en Apóstoles:
portadores de su misma vida y de su misma esencia, porque “Dios es Espíritu”
(Jn 4,24).
3. Una Misión sin Fronteras
“Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a
ustedes” (Jn 20,21). El Espíritu Santo no se nos da para que lo guardemos. Nos
reviste de su fuerza para encomendarnos la misión más grande de la historia.
¿Para qué nos envía? “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt 28,19-20).
Fuimos elegidos para hacer discípulos, para sumergir
al mundo en el amor del Dios Trino y para enseñar, con la vida, el mandamiento
del amor y del perdón. En esta fiesta de Pentecostés, el Señor nos recuerda que
la tarea puede parecer humana, pero la fuerza es divina. No caminamos solos y
con manos vacías en la misión de transformar el mundo sino revestidos del espíritu
de Dios: “Y yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt
28,20).
Nos reiteró cuatro veces el adjetivo TODO: “Todo poder se me
dio, todos los pueblos seas mis discípulos, enseñen a cumplir todo lo que
les encargo, estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Anterior
a este encargo ya nos dijo: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y
yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con
ustedes: el Espíritu de la Verdad” (Jn 14,15-17). Para cumplir con esta ardua
tarea y hacer que todos sean consagrados al Señor por el bautismo; nos ha
prometido estar con nosotros y lo hará por el don de su Espíritu que el Padre
enviará en su nombre (Rm 5,5). Esta efusión de su Espíritu es lo que hoy
celebramos en la fiesta de Pentecostés. De este modo empieza un nuevo tiempo
para la comunidad universal que es la Iglesia Católica, y San Pablo nos
recomiendo así: “Que el mismo Dios de la paz los consagre totalmente y que todo
su ser, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la Parusía de nuestro
Señor Jesucristo. (1Ts 5, 23). Porque el mismo Señor nos ha dicho: “No los
dejaré huérfanos, volveré a ustedes” (Jn 14,18).
La solemnidad de Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo que
hoy celebramos tiene connotaciones muy particulares: "¡La paz esté con
ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al
decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los
pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a
los que ustedes se los retengan" (Jn 20,21-23).
El simbolismo de las lenguas de fuego: “Al llegar el día de
Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del
cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la
casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego,
que descendieron por separado sobre cada uno de ellos” (Hch 2,2-3). Como se ve,
el Espíritu está en el simbolismo del fuego. El Espíritu Santo es como el
fuego. Y quién no sabe cuáles son los efectos del fuego. El fuego quema. El
fuego suscita energía y fuerza que transforma o purifica todo. Este poder del
Espíritu santo es la que se derrama en los sacramentos, haciendo del neófito un
soldado de Cristo. “Así como hay un crisol para purificar la plata y un horno
para el oro; así también Dios purificará el corazón de cada uno” (Prov 17,3).
“El fundamento ya está puesto es Jesucristo y nadie puede poner otro. Sobre él
se puede edificar con oro, plata, piedras preciosas, madera o paja: La obra de
cada uno se probara el día del juicio; el fuego revelará y pondrá de manifiesto
lo que es. El fuego probará la calidad de la obra de cada uno. Si la obra
construida sobre el fundamento resiste al fuego recibirá la recompensa de la
vida; pero si la obra es consumida, se perderá la vida” (I Cor 3,11-15).
El don del espíritu Santo ¿No saben que ustedes son templo
de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el
templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y
ustedes son ese templo” (I Cor 3,16-17).
Juan Bautista dice a los judíos: “Yo los bautizo con agua
para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que
yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en
el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su
era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego
inextinguible" (Mt 3,11-12). En el bautismo se nos da el don del Espíritu
y en su plenitud en el sacramento de la confirmación, sacramentos que hacen de quien
lo recibe hombre nuevo: “Todos ustedes, por la fe, son hijos de Dios en Cristo
Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido
revestidos de Cristo. Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni
hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo
Jesús. Y si ustedes pertenecen a Cristo, entonces son descendientes de Abraham,
herederos en virtud de la promesa” (Gal 3,26-29).
Esa fuerza del Espíritu como la del fuego tiene aún mayores
connotaciones en los sacramentos. Y así, el fuego del amor destruye todo lo
que nos impide amar de verdad. Destruye y quema todo aquello que nos impide
crecer y madurar. Destruye y quema los egoísmos, los orgullos, las ansias de
poder. Con frecuencia necesitamos quemar la maleza de los campos y también la
maleza de nuestros corazones. El fuego da calor y tiende a expandirse. Pues el
Espíritu Santo es el fuego que nos da fuerza interior para afrontar las
dificultades, los problemas y ser capaces de ver lo imposible como posible. El
profeta nos lo dice: “Cada vez que hablo, es para gritar, para clamar:
¡Violencia, devastación! Porque la palabra del Señor es para mí oprobio y
afrenta todo el día. Por eso me dije: No hablare más en su nombre. Pero
había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos que,
por más que me esforzaba por contenerlo, no podía” (Jer 20,8-9). La fuerza del
espíritu Santo transforma: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y
comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía
expresarse… Con gran admiración y estupor decían: "¿Acaso estos hombres
que hablan no son todos galileos?” (Hch 2,4.7). Ahora el fuego suscita nueva
fuerza, esa fuerza es el nuevo lenguaje universal de la Iglesia que es amor en
el que todos nos entenderemos como hijos de un solo Padre, porque lo somos.
Jesús esta en este ámbito del poder del espíritu santo, por
eso es capaz de perdonar a sus enemigos porque los ama (Lc 23,34). Por eso nos
ha reiterado tantas veces “Ámense unos a otros como les he amado” (Jn 13,34). Y
cuando un buen día preguntan a Jesús: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento
más grande de la Ley?" Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más
grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu
prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los
Profetas" (Mt 22,36-40).
La universalidad de la Iglesia por el Evangelio que es
Cristo Jesús: “Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las
naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de
asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua” (Hch 2,5-6). Dios
se propuso hacer de la humanidad una sola familia y lo dice por el Profeta: “Yo
los sacaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los
llevaré a su propio nación. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán
purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les
daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de
su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi
espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen
mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes
serán mi Pueblo y yo seré su Dios” (Ez 36,24-28). Y mismo Jesús nos había
reiterado en el domingo anterior: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean
mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con
ustedes hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20). En este principio es como
se fundamenta nuestra Iglesia Universal, la Iglesia Católica. Pues, recordemos
que Jesús mismo dijo a Pedro: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá contra ella. Yo te daré las
llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en
el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo"
(Mt 16,18).
Una de las funciones más importantes del Espíritu Santo: la
unidad en la diversidad: “Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la
Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en
Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma,
judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras
lenguas las maravillas de Dios" (Hch 2,9-11).
¿Cómo entender esta unidad en la diversidad gracias al don
del Espíritu? San Pablo haciendo referencia a los dones del espíritu nos
sustenta en qué consiste la unidad en la diversidad, característica especial de
nuestra Iglesia: “Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del
mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor… En cada uno,
el Espíritu se manifiesta para el bien común. El Espíritu da a uno la sabiduría
para hablar; a otro, la ciencia para enseñar, según el mismo Espíritu; a otro,
la fe, también en el mismo Espíritu. A este se le da el don de curar, siempre
en ese único Espíritu; a aquel, el don de hacer milagros; a uno, el don de
profecía; a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a
este, el don de lenguas; a aquel, el don de interpretarlas. Pero en todo esto,
es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno
en particular como él quiere” (I Cor 12,3-11).
En Pentecostés, la Iglesia hace su estreno “hace su
presentación en la sociedad”. Por eso, en la primera oración de la Misa, le
pedimos: “Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia,
extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos
los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus
fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la
predicación evangélica.”
El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el
comienzo de la historia de la salvación hasta su consumación, pero es en los
últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación del Hijo en las entrañas de la
Virgen María, (Lc 1,26-38) cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando
es reconocido y acogido como persona. El Hijo nos lo presenta y se refiere a Él
no como una potencia impersonal, sino como una Persona diferente, con un obrar
propio y un carácter personal. Como el Hijo es la sabiduría del Padre, así el
Espíritu es el entendimiento del Hijo y del Padre; por el Don del Espíritu
entendemos el misterio del Hijo y por el Hijo entendemos el misterio de Dios
Padre.
Cristo prometió que este Espíritu de Verdad va a venir y
morar entre de nosotros. "Yo rogaré al Padre y les dará otro Intercesor
que permanecerá siempre con ustedes. Este es el Espíritu de Verdad que el mundo
no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes saben que él
permanece con ustedes, y estará en ustedes" (Jn 14, 15-17). El Espíritu
Santo vino el día de Pentecostés (Hch 2,2-12) y nunca se ausentará. Cincuenta
días después de la Pascua, el Domingo de Pentecostés, los Apóstoles fueron
transformados de hombres débiles y tímidos en valientes proclamadores de la fe;
los necesitaba Cristo para difundir su Evangelio por el mundo. “En adelante, el
Paráclito, el intérprete que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y
les recordará lo que les he dicho” (Jn 14,26). De modo que, el Espíritu Santo
está presente de modo especial en la Iglesia. Ayuda a su iglesia a que continúe
la obra de Cristo en el mundo. Su presencia da gracia (fuerza) a los fieles
para unirse más a Dios y entre sí en amor sincero, cumpliendo sus deberes con
Dios y los demás.
El Espíritu Santo guía al Magisterio (infalible en fe
y costumbre/enseñar las verdades sin error) de la Iglesia que lo conforma Papa
Francisco, a los obispos y a los presbíteros de la Iglesia en su tarea de enseñar
el Evangelio y la doctrina cristiana (Jn 8,31-32), dirigir almas y dar al
pueblo la gracia de Dios por medio de los Sacramentos. Orienta toda la obra de
Cristo en la Iglesia: solicitud por los enfermos, enseñar a los niños,
preparación de la juventud, consolar a los afligidos, socorrer a los
necesitados.