lunes, 26 de octubre de 2026

DOMINGO XXXI – CICLO A (01 de noviembre de 2026)

 DOMINGO XXXI – CICLO A (01 de noviembre de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo: 5,1-12:

5,1 Jesus, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron.

5,2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

5,3 “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

5,4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

5,5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

5,6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

5,7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

5,8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

5,9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

5,10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

5,11 Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

5,12 Alégrense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a Uds. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados hermanos en el Señor paz y bien.

“Uds. serán felices si cumplen lo que yo les enseño” (Jn 13,17);  “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos, uds. son mis amigos si cumplen lo que yo les enseño; ya no les llamo siervos, porque el siervo no sabe la  que hace su amo, a uds los llamo amigos porque os enseñe todo cuanto aprendí de mi padre” (Jn 5,13-15). Hoy Jesús nos habla sobre la felicidad eterna, ¿Quién no quiere ser feliz? Todos anhelamos la felicidad, pero a menudo no sabemos que es la felicidad. Ahora nos lo dice el Señor que es esa felicidad verdadera y no la felicidad falsa. La felicidad verdadera pasa a menudo por el dolor, llanto, persecución, hambre, injusticia etc. Pero dichos sufrimientos nos llevan a la purificación en este mundo para luego ser santificados para gozar de la felicidad eterna.

¿Y si las bienaventuranzas no fueran simplemente una lista de virtudes que debemos practicar para llegar a ser santos, sino la revelación de cómo es Dios, de cómo vive Jesucristo y de cómo está llamado a vivir el ser humano que participa de su vida?

Esta perspectiva puede transformar profundamente el sentido de la solemnidad de Todos los Santos: no celebramos únicamente a quienes alcanzaron la santidad, sino la obra de Dios que hace posible que la humanidad participe de su propia santidad.

Las bienaventuranzas (Mt 5,1-12) constituyen la síntesis cristológica, teológica y escatológica de toda la vocación bíblica a la santidad: expresan la llamada de Dios a participar de su santidad, revelan en Jesucristo la forma concreta de esa participación y muestran el destino definitivo del ser humano en la comunión eterna con Dios.

Criterios que orientarán la reflexión

  1. Tesis bíblico-teológica: las bienaventuranzas como síntesis de la vocación bíblica a la santidad, desde el Levítico hasta el Nuevo Testamento.
  2. Método integrado: análisis histórico-crítico, literario, narrativo, canónico, teológico y espiritual.
  3. Perspectiva escatológica: articulación de la Iglesia peregrinante, purgante y gloriosa, en la comunión de los santos.
  4. Fundamento eclesial: Sagrada Escritura, Catecismo de la Iglesia Católica, Lumen gentium 39-42 y Gaudete et exsultate.
  5. Finalidad: homilía desarrollada de aproximadamente 20 minutos para la solemnidad de Todos los Santos.

La Iglesia peregrinante camina hacia la santidad; la Iglesia purgante se purifica para la plenitud de esa comunión; y la Iglesia gloriosa contempla y participa ya plenamente de la gloria de Dios. Las tres no son tres iglesias, sino la única Iglesia de Cristo en diferentes condiciones de existencia.

«Las bienaventuranzas: la vocación a la santidad, el camino de la felicidad verdadera y la plenitud de la vida eterna».

La solemnidad de Todos los Santos nos permitirá contemplar tres dimensiones inseparables:

  • Iglesia peregrinante: quienes vivimos todavía en camino y estamos llamados a encarnar las bienaventuranzas.
  • Iglesia purgante: quienes, habiendo muerto en la gracia de Dios, necesitan la purificación final para entrar en la plenitud de la comunión divina.
  • Iglesia gloriosa: quienes contemplan a Dios y participan plenamente de su gloria.

No son tres iglesias distintas, sino la única Iglesia de Cristo en tres condiciones de existencia.

LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Título: «Las bienaventuranzas: la vocación a la santidad y la plenitud de la felicidad en Dios»

Las bienaventuranzas constituyen la síntesis de toda la vocación bíblica a la santidad porque recogen, llevan a su plenitud cristológica y proyectan hacia su consumación escatológica la llamada de Dios a que el ser humano participe de su santidad.

No son simplemente un conjunto de normas morales, ni una lista de virtudes para alcanzar el cielo. Son la revelación del modo de vivir de Jesucristo, el rostro de la santidad de Dios manifestado en la humanidad de su Hijo y el camino de transformación al que estamos llamados.

Idea que articulará toda la homilía:

  • El Padre nos llama a ser santos: Levítico.
  • Jesucristo nos revela cómo vivir la santidad: las bienaventuranzas.
  • El amor nos permite reconocer si estamos viviendo esa santidad: Lucas, Juan y las cartas apostólicas.
  • La vida eterna constituye la plenitud de esa vocación: la comunión de los santos.

I. Fundamentación bíblico-teológica para proclamar la Palabra

Antes de desarrollar la homilía, es importante establecer tres niveles de interpretación para mantener el rigor exegético.

1. Lo que afirma expresamente la Escritura

A. El Antiguo Testamento: la santidad nace de la iniciativa de Dios

En Lv 19,2 encontramos la afirmación fundamental: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo». La santidad de Israel no nace de una conquista autónoma del ser humano. Su fundamento es Dios mismo. Israel está llamado a vivir de acuerdo con la identidad de su Dios.

Lv 11,44-45 y 20,7-8 reiteran esta vocación. La santidad debe manifestarse en la conducta y en la fidelidad a los mandamientos del Señor. Hay una distinción importante: en el contexto del Levítico, la santidad comprende dimensiones cultuales, comunitarias y éticas. No debemos reducirla a una disposición interior.

B. El Nuevo Testamento: Jesucristo manifiesta la forma de la santidad

En Mt 5,1-12 Jesús proclama las bienaventuranzas: Pobres de espíritu. Los que lloran. Los mansos. Los que tienen hambre y sed de justicia. Los misericordiosos. Los limpios de corazón. Los que trabajan por la paz. Los perseguidos por causa de la justicia.

Jesús no presenta una felicidad basada en el poder, la riqueza, el prestigio o la ausencia de sufrimiento. Proclama bienaventurados a quienes viven abiertos a Dios y permanecen fieles a su Reino.

En Lc 10,27-28, el amor a Dios y al prójimo aparece como camino de vida.

En Mt 22,36-40, Jesús identifica el amor a Dios y al prójimo como los dos mandamientos de los que dependen la Ley y los Profetas.

En Mt 19,16-21, la pregunta sobre la vida eterna conduce a Jesús a llamar al seguimiento, a la renuncia a las seguridades materiales y a la entrega de la propia vida.

En Jn 13,34, Jesús introduce la novedad decisiva: «Que se am unos a otros; como yo los he amado». La medida del amor ya no queda expresada solamente por el amor al prójimo como a uno mismo: ahora es el mismo Cristo quien se convierte en medida y modelo.

Finalmente, 1 Pe 1,15-16 retoma expresamente la llamada del Levítico: ensed santos porque Dios es santo. Y 1 Jn 4,20 establece una afirmación radical: no se puede afirmar que se ama a Dios mientras se odia al hermano.

2. La inferencia teológica fundada: las bienaventuranzas como síntesis de la santidad

La conexión entre estos textos permite formular una conclusión teológica:

El Levítico presenta la vocación; Jesucristo manifiesta su plenitud; las bienaventuranzas describen su configuración existencial; el mandamiento nuevo establece su medida cristológica; y la caridad verifica su autenticidad.

Podemos expresarlo así: Esta síntesis no significa que las bienaventuranzas agoten toda la enseñanza bíblica sobre la santidad. Significa que constituyen una de sus expresiones más concentradas y privilegiadas, porque en ellas Jesús revela el rostro del discípulo que vive según el Reino.

Esta interpretación encuentra una confirmación magisterial particularmente importante en Gaudete et exsultate, 63-64. El papa Francisco presenta las bienaventuranzas como la identidad del cristiano y como el retrato del rostro de Cristo que debemos transparentar en nuestra vida.

3. La dimensión escatológica: la santidad no termina con la muerte

Aquí se encuentra una de las claves más importantes para la solemnidad de Todos los Santos. La santidad es una vocación que comienza en nuestra existencia terrena, atraviesa la muerte y encuentra su plenitud en Dios. Las bienaventuranzas contienen una tensión escatológica:

  • Algunas promesas están formuladas en presente: «de ellos es el Reino de los cielos».
  • Otras están formuladas en futuro: «serán consolados», «heredarán la tierra», «verán a Dios».

Esto permite reconocer la tensión entre el Reino ya inaugurado por Cristo y su consumación definitiva. La Iglesia peregrinante vive las bienaventuranzas en la historia; los fieles difuntos que se purifican esperan la plenitud de la comunión; los santos glorificados participan ya de la visión de Dios. La Iglesia no se divide por ello en tres comunidades independientes. Es una sola Iglesia, unida en Cristo.

Profundizacion:

1. Introducción: ¿Qué significa realmente ser santo?

Hoy celebramos la solemnidad de Todos los Santos. Y quisiera comenzar con una pregunta que puede parecer sencilla, pero que compromete toda nuestra existencia:

¿Para qué estamos viviendo? ¿Cuál es el destino último de nuestra vida? ¿Estamos viviendo para tener más cosas, alcanzar reconocimiento, acumular experiencias, disfrutar de los bienes de este mundo o estamos viviendo para alcanzar la plenitud de la vida en Dios? La solemnidad de hoy nos invita a mirar más allá de lo inmediato.

Celebramos a los santos conocidos y desconocidos, canonizados y no canonizados, a quienes vivieron su existencia en fidelidad a Dios y ahora participan de su gloria. Pero hay algo todavía más importante: hoy no celebramos solamente lo que ellos consiguieron; celebramos lo que  Dios puede realizar en una vida humana cuando esta se deja transformar por su gracia.

La santidad no es un privilegio reservado a unos cuantos elegidos, ni una vocación exclusiva de sacerdotes, religiosos o religiosas.

La santidad es la vocación de todo bautizado, de todo cristiano, de todo ser humano llamado por Dios a participar de su vida.

San Pablo lo expresa en Efesios 1,4: Dios nos eligió en Cristo para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor. Y el Concilio Vaticano II, en Lumen gentium, 39-40, enseña que todos los fieles, cualquiera que sea su condición o estado, están llamados a la plenitud de  la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Por eso, la pregunta de hoy no es simplemente: ¿Cuántos santos conocemos?

La pregunta es: ¿Estamos respondiendo a la llamada de Dios a ser santos?

Y el Evangelio de Mateo nos ofrece una respuesta extraordinaria: las bienaventuranzas.

2. De la santidad de Dios a la santidad del ser humano: el proyecto comienza en el Padre

La primera lectura de nuestra reflexión nos conduce al libro del Levítico. Dios dice a su pueblo: «Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2).

Detengámonos en esta afirmación. Dios no dice: sed santos porque sois mejores que los demás; tampoco dice: sed santos porque debéis demostrar vuestra superioridad moral.

Dice: «Sed santos porque yo soy santo». La santidad humana tiene su fundamento en la santidad divina. Dios llama al ser humano a participar de aquello que él mismo es: una vida de amor, fidelidad, justicia, misericordia y comunión.

Esta llamada atraviesa toda la historia de la salvación. En el Antiguo Testamento, Dios constituye un pueblo para la alianza. No lo libera de Egipto simplemente para que deje de ser esclavo del faraón, sino para que viva en comunión con él. La liberación tiene una finalidad: pertenecer a Dios y vivir según su voluntad.

Por eso, en Lv 20,7-8, la santificación está vinculada a la fidelidad a los mandamientos.

En Lv 11,44-45, la santidad también se manifiesta en una forma concreta de vivir.

Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, encontramos que esta vocación no desaparece.

Pedro escribe: «Así como el que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta» (1 Pe 1,15). Observemos algo fundamental: Pedro no inventa una nueva vocación. Retoma la llamada del Levítico y la dirige a la comunidad cristiana a la luz de Cristo.

Por tanto, la santidad no es una idea abstracta, ni una simple aspiración religiosa. La santidad consiste en dejar que la vida de Dios transforme nuestra manera de pensar, sentir, decidir,   amar y relacionarnos. Pero surge una pregunta: ¿cómo podemos conocer concretamente esa santidad? ¿Dónde encontramos su rostro? La respuesta es Jesucristo.

3. Las bienaventuranzas: Jesucristo nos revela el rostro de la santidad

En el Evangelio de hoy, Jesús sube al monte, se sienta y comienza a enseñar. No es un detalle insignificante. Mateo presenta a Jesús como el Maestro que proclama la voluntad de Dios y  enseña a vivir según el Reino. Y sus primeras palabras son sorprendentes:

 «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». ¿Por qué comienza así? Porque Jesús está transformando nuestra comprensión de la felicidad.

El mundo suele decirnos que feliz es quien tiene mucho, quien domina, quien no necesita de nadie, quien consigue imponerse y quien logra satisfacer todos sus deseos. Pero Jesús proclama felices a quienes viven de otra manera. La felicidad del Evangelio no nace de poseerlo todo, sino de vivir en comunión con Dios. Veamos cómo cada bienaventuranza expresa una dimensión de la santidad.

Primera: Bienaventurados los pobres de espíritu.

El pobre de espíritu reconoce que Dios es su fundamento y no convierte los bienes materiales, el poder o el prestigio en el centro de su existencia. No significa despreciar los bienes de la  creación, sino no permitir que estos ocupen el lugar de Dios. Una pregunta para nuestra vida: ¿Dios es verdaderamente nuestra riqueza o solamente lo buscamos cuando nos falta algo?

Segunda: Bienaventurados los que lloran.

Jesús no declara bueno el sufrimiento por sí mismo. Proclama la esperanza de quienes atraviesan el dolor y encuentran en Dios su consuelo. El santo no es una persona que nunca sufre. Es alguien que, incluso en medio del sufrimiento, no pierde la esperanza ni se vuelve indiferente al dolor ajeno.

Tercera: Bienaventurados los mansos.

La mansedumbre no es debilidad ni cobardía. Es la fortaleza de quien no necesita destruir al otro para afirmar su propia dignidad. Es la capacidad de responder sin odio, corregir sin humillar y ejercer autoridad sin dominar.

Cuarta: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.

La santidad no consiste en una religiosidad que se desentiende de la realidad. Quien busca la santidad desea que la voluntad de Dios se manifieste en la justicia, en la dignidad humana, en la verdad y en el respeto a los más vulnerables. No podemos hablar de Dios mientras permanecemos indiferentes ante el sufrimiento injusto de nuestros hermanos.

Quinta: Bienaventurados los misericordiosos.

La misericordia es una expresión privilegiada de la santidad divina. El misericordioso no se alegra del fracaso del otro, no disfruta condenándolo ni convierte sus errores en una oportunidad para humillarlo. La misericordia no niega la verdad ni la justicia; las integra en el amor que busca restaurar a la persona.

Sexta: Bienaventurados los limpios de corazón.

La limpieza de corazón significa vivir sin doblez, sin hipocresía, sin manipulación y sin una distancia entre lo que decimos creer y lo que realmente hacemos. El santo no pretende aparentar una bondad que no vive.

Busca la verdad ante Dios.

Y Jesús añade una promesa extraordinaria: «verán a Dios». La santidad tiene, por tanto, una orientación escatológica: conduce a la comunión y a la visión de Dios.

Séptima: Bienaventurados los que trabajan por la paz.

No se trata simplemente de evitar conflictos. Trabajar por la paz significa construir reconciliación, sanar divisiones, promover la justicia y reconocer al otro como hermano. La paz evangélica no es indiferencia ante el mal; es compromiso activo con la fraternidad.

Octava: Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia.

La santidad puede tener un precio. Quien permanece fiel a Cristo puede encontrar rechazo, incomprensión e incluso persecución. Pero no debemos confundir la persecución por fidelidad al Evangelio con las consecuencias de nuestros propios errores o comportamientos injustos. La bienaventuranza se refiere a sufrir por la justicia y por Cristo, no a justificar nuestras equivocaciones.

Hermanos, observemos el conjunto.

Las bienaventuranzas no describen ocho tipos de personas que no tienen nada que ver entre sí. Describen distintas dimensiones de una misma existencia transformada por Dios. El santo es pobre de espíritu, misericordioso, justo, limpio de corazón, constructor de paz y fiel a Cristo incluso en la adversidad. Aquí encontramos el vínculo entre el Levítico y el Evangelio:

El Dios santo del Antiguo Testamento nos llama a la santidad; Jesucristo nos revela cómo se vive esa santidad. Y hay algo todavía más profundo: las bienaventuranzas no solamente nos enseñan cómo debemos vivir; también nos muestran el rostro de Jesús.

Él es el pobre que confía en el Padre, el misericordioso que acoge al pecador, el justo que permanece fiel, el manso que no devuelve violencia por violencia, el perseguido que entrega su vida y el Hijo que nos conduce a la comunión con Dios. Por eso, ser santo es configurarse con Cristo.

4. El amor: la síntesis de la santidad y el criterio de su autenticidad

Ahora debemos dar un paso más. Si las bienaventuranzas describen la vida del santo, ¿cuál es el principio que las unifica? La respuesta se encuentra en el amor. En Lc 10,27-28, Jesús presenta el doble mandamiento: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la mente, y al prójimo como a uno mismo.

En Mt 22,36-40, Jesús afirma que de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas. Esto significa que la santidad no puede separarse del amor. Pero en Juan encontramos un paso decisivo.

Durante la Última Cena, Jesús dice: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado» (Jn 13,34). Aquí aparece la novedad cristiana. No basta con amar según nuestros propios criterios, nuestros intereses o nuestras preferencias. Cristo nos enseña a amar como él ama. Y ¿cómo ama Cristo? Ama entregándose, sirviendo, perdonando, acogiendo, lavando los pies de sus  discípulos y ofreciendo su vida.

Por eso, en 1 Jn 4,20 encontramos una de las afirmaciones más exigentes de toda la Escritura: Quien dice que ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso. ¡Qué palabra tan fuerte!

Podemos participar en celebraciones litúrgicas, conocer la Biblia, rezar el rosario, cumplir determinadas prácticas religiosas y hablar constantemente de Dios. Pero si despreciamos al hermano, si humillamos a los demás, si alimentamos el rencor, si somos injustos o indiferentes ante quien necesita nuestra ayuda, nuestra religiosidad está contradiciendo el Evangelio.

La santidad no se mide solamente por lo que decimos de Dios, sino también por la manera en que tratamos a sus hijos. Aquí se encuentra una conexión fundamental con las bienaventuranzas:

  • La pobreza de espíritu nos libera del egoísmo.
  • La misericordia nos enseña a perdonar.
  • La justicia nos compromete con la dignidad del otro.
  • La limpieza de corazón nos hace amar sin hipocresía.
  • La construcción de la paz nos convierte en hermanos.
  • La fidelidad nos mantiene unidos a Cristo.

Por eso, la caridad no es una bienaventuranza más: es la virtud que da unidad y autenticidad a toda la existencia cristiana. San Pablo lo expresará magníficamente en 1 Corintios 13: sin amor, incluso las manifestaciones religiosas más extraordinarias pierden su verdadero valor.

Y aquí podemos escuchar una pregunta que debe inquietarnos: ¿De qué nos serviría ganar el reconocimiento de todos, tener éxito en nuestros proyectos e incluso ser considerados personas religiosas, si no hemos aprendido a amar como Cristo? La santidad comienza a hacerse visible cuando dejamos de vivir exclusivamente para nosotros mismos y comenzamos a vivir para Dios y para los demás.

5. La santidad y la eternidad: una sola Iglesia, una sola comunión en Cristo

Llegamos ahora al corazón escatológico de esta solemnidad. Hermanos, nuestra vida no termina en la muerte. La muerte no tiene la última palabra. Cristo ha resucitado y nos ha abierto el camino hacia la vida eterna.

Por eso, cuando celebramos Todos los Santos, contemplamos la vocación humana desde su destino definitivo: la comunión plena con Dios. La Iglesia nos enseña que existe una comunión profunda entre todos los que pertenecemos a Cristo, aunque nos encontremos en distintas condiciones de existencia.

El Concilio Vaticano II, en Lumen gentium, 49-51, desarrolla esta doctrina de la comunión de los santos. Podemos contemplar tres dimensiones de esa única Iglesia. Primero:

la Iglesia peregrinante.

Somos nosotros, quienes todavía caminamos en la historia. Vivimos entre dificultades, alegrías, contradicciones, tentaciones y esperanzas. Estamos llamados a vivir las bienaventuranzas aquí y ahora. No podemos esperar a morir para comenzar a ser misericordiosos, justos, humildes, pacificadores y limpios de corazón. La santidad no comienza después de la muerte: comienza cuando permitimos que Cristo transforme nuestra existencia. Por eso, cada día tenemos la oportunidad de acercarnos a la santidad:

  • Cuando perdonamos en lugar de alimentar el rencor.
  • Cuando elegimos la verdad en lugar de la mentira.
  • Cuando servimos en lugar de dominar.
  • Cuando compartimos en lugar de acumular egoístamente.
  • Cuando defendemos al débil en lugar de aprovecharnos de él.
  • Cuando buscamos la reconciliación en lugar de sembrar divisiones.

Segundo: la Iglesia purgante.

Recordamos a nuestros hermanos difuntos que han muerto en la gracia y amistad de Dios, pero necesitan todavía la purificación definitiva para alcanzar la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. El Catecismo de la Iglesia Católica, números 1030-1032, enseña la doctrina de la purificación final.

Es importante comprender que el purgatorio no es una segunda oportunidad para convertirse después de la muerte, ni una condenación temporal. Es la purificación de quienes pertenecen a Dios y están destinados a la comunión plena con él. Por eso, la Iglesia peregrinante puede orar por ellos y ofrecer sufragios, especialmente el sacrificio eucarístico. No olvidemos a nuestros familiares, amigos y hermanos difuntos. Nuestro amor no termina ante el sepulcro.

Tercero: la Iglesia gloriosa.

Son aquellos que ya participan plenamente de la gloria de Dios. Contemplan a Dios y viven en la comunión definitiva con él. Aquí encontramos la plenitud de las bienaventuranzas.

Los pobres de espíritu reciben el Reino en plenitud.

Los que lloraban son consolados definitivamente.

Los misericordiosos participan de la misericordia eterna.

Los limpios de corazón ven a Dios.

Los que trabajaron por la paz viven en la comunión perfecta.

Los perseguidos por causa de Cristo reciben la recompensa prometida.

Y comprendemos algo extraordinario: La santidad que comienza como vocación en nuestra vida terrena alcanza su plenitud como comunión eterna con Dios.

La solemnidad de Todos los Santos nos permite contemplar anticipadamente ese destino. No celebramos a los santos como personas alejadas de nuestra realidad, sino como hermanos que han llegado a la meta hacia la cual nosotros caminamos. Ellos son testimonio de que la santidad es posible por la gracia de Dios. Y nosotros seguimos caminando sostenidos por Cristo, acompañados por la comunión de los santos y alimentados por la Eucaristía.

6. Conclusión: no esperemos llegar al cielo para comenzar a vivir como santos

Hermanos y hermanas: Quisiera terminar regresando a la pregunta inicial:

¿Para qué estamos viviendo? La Palabra de Dios nos ha permitido descubrir un itinerario extraordinario. En el Levítico, el Padre nos llama: «Sed santos, porque yo soy santo». En Jesucristo, encontramos el camino concreto de esa santidad: las bienaventuranzas. En el mandamiento nuevo, descubrimos su medida: «Como yo os he amado».

Y en la promesa de la vida eterna descubrimos su destino definitivo: contemplar a Dios y vivir eternamente en su amor. Podemos resumirlo así:

La santidad nace de Dios, se manifiesta en Cristo, se encarna en las bienaventuranzas, se verifica en la caridad y alcanza su plenitud en la gloria eterna. Por eso, no debemos confundir santidad con perfeccionismo, ni felicidad con ausencia de problemas. El santo no es quien nunca cae, sino quien, sostenido por la gracia, se levanta, vuelve a Cristo y aprende a amar cada vez más.

No es quien nunca llora, sino quien no permite que el sufrimiento le robe la esperanza.

No es quien nunca experimenta dificultades, sino quien permanece fiel al Evangelio.

No es quien habla mucho de Dios, sino quien deja que Dios transforme su manera de amar.

Y hoy, contemplando a todos los santos, debemos preguntarnos:

¿Soy pobre de espíritu o estoy esclavizado por mis seguridades?

¿Soy misericordioso o disfruto juzgando a los demás?

¿Tengo hambre y sed de justicia o me he acostumbrado a la indiferencia?

¿Soy constructor de paz o alimento divisiones?

¿Tengo un corazón limpio o vivo de apariencias?

¿Amo a Dios también en mis hermanos?

Porque no podemos pretender alcanzar la comunión eterna con Dios si rechazamos vivir la comunión con nuestros hermanos aquí en la tierra. La santidad del cielo comienza a prepararse en la santidad de la vida cotidiana. Pidamos al Señor que nos conceda la gracia de vivir las bienaventuranzas. Que María, Reina de todos los santos, nos acompañe. Que los santos intercedan por nosotros. Que nuestros hermanos difuntos alcancen la plenitud de la purificación y la alegría eterna. Y que un día podamos participar todos juntos de aquella comunión definitiva en la que Dios será todo en todos. Porque hemos sido creados para Dios, llamados a su santidad y destinados a la plenitud de su amor. Amén.

III. Claves teológicas para profundizar después de la homilía

Estas precisiones permiten mantener la fidelidad doctrinal de la predicación.

1. La relación entre las bienaventuranzas y la santidad

La afirmación de que las bienaventuranzas sintetizan la vocación bíblica a la santidad es teológicamente fundada, pero conviene expresarla con precisión: No son la totalidad de la doctrina bíblica de la santidad, sino su expresión cristológica y evangélica privilegiada. El propio papa Francisco, en Gaudete et exsultate, 63-65, establece una relación explícita entre las bienaventuranzas y la santidad.

2. La relación entre felicidad, santidad y eternidad

Podemos distinguir tres momentos: Vocación: Dios nos llama a participar de su santidad. Camino: Vivimos las bienaventuranzas mediante la gracia y la caridad. Consumación: Participamos plenamente de la vida y gloria de Dios.

La felicidad cristiana no equivale a satisfacción psicológica permanente ni a bienestar material. Es una participación progresiva y finalmente plena en la comunión con Dios.

3. La comunión de los santos

Conviene fundamentar esta dimensión en los siguientes números del Catecismo:

Una precisión doctrinal: la Iglesia purgante no constituye una tercera Iglesia independiente. Es una expresión tradicional para referirse a los fieles difuntos que atraviesan la purificación final. La denominación conciliar es la de los que están en camino, los difuntos que se purifican y los que gozan de la gloria.

4. El fundamento magisterial

Recomiendo que la homilía tenga como principales referencias:

  • Lumen gentium, 39-42: universalidad de la llamada a la santidad.
  • Lumen gentium, 48-51: dimensión escatológica y comunión de los santos.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, 1716-1729: las bienaventuranzas.
  • CIC, 2012-2016: vocación a la santidad.
  • CIC, 946-962: comunión de los santos.
  • CIC, 1023-1032: bienaventuranza celestial y purificación final.
  • Gaudete et exsultate, 63-94: las bienaventuranzas como camino de santidad.
  • Gaudete et exsultate, 95-109: misericordia y criterio de la santidad.

IV. Una pregunta crítica para hacer resonar la solemnidad

Hay una cuestión que considero especialmente importante para que la homilía no se convierta en una explicación doctrinal más: ¿Podemos celebrar a Todos los Santos, venerar sus imágenes, invocar su intercesión y, al mismo tiempo, rechazar el estilo de vida que los hizo santos?

Esta pregunta nos enfrenta a una contradicción posible: admirar la santidad sin querer vivirla. Una persona podría asistir a misa, conocer las devociones, venerar a los santos y, sin embargo, vivir dominada por el orgullo, la injusticia, el resentimiento o la indiferencia. Por eso, la solemnidad debe conducirnos a la conversión.

Una reformulación que desafía nuestra perspectiva

Quizá debamos cambiar la pregunta «¿Qué tengo que hacer para llegar al cielo?» por otra más radical:

¿Estoy permitiendo que el cielo comience a transformar mi manera de vivir aquí en la tierra? Porque las bienaventuranzas no son solamente las condiciones para alcanzar la vida eterna: son también el comienzo de la vida del Reino en nosotros. Y esa es la gran esperanza de Todos los Santos: la vida que hoy vivimos por la fe, la esperanza y la caridad está llamada a alcanzar su plenitud en la visión de Dios.


domingo, 18 de octubre de 2026

DOMINGO XXX - A (25 de Octubre del 2026)

 DOMINGO XXX - A (25 de Octubre del 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 22,34-40:

 22,34 Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar,

22,35 y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

22,36 "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?"

22,37 Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.  

22,38 Este es el más grande y el primer mandamiento.

22,39 El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

22,40 De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas". PALABRA DEL SEÑOR.

 REFLEXIÓN:

 Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

“Quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso” (IJn 4,20).

“¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). Hemos dicho que, se salvaran todos los que entran al banquete de boda del Cordero y para entrar al banquete de boda del Cordero previa aceptación (Bautismo= Mt 28,19-20), es requisito estar revestidos con traje de fiesta (Mt 22,12). ¿Cómo revestirnos con traje de fiesta? Sabiendo situarnos tal como somos ante cesar como ciudadanos cumpliendo con los deberes de la sociedad (Mt 22,21) y ante Dios dar testimonio de la fe como imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Y la estrategia para revestirnos con traje de fiesta es lo que hoy nos da pie responder a la pregunta: ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? Amar a Dios y al prójimo (Mt 22,36).  Con esta respuesta también respondemos a la pregunta ¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16). Haciendo o viviendo a cabalidad el bien supremo del amor. ¿Cómo? Amor a Dios amando al prójimo. Por eso, san Juan nos enfatiza: “Quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso” (IJn 4,20).

 Para obtener la salvación hace también falta: “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1). “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22).

 Cuando resaltamos el episodio: “El rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?" El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt 22,11-13). Y nos preguntamos ¿Qué significa ese traje de fiesta? Y nos respondimos con la enseñanza de San Pedro “Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo” (IPe 1,15-16; Lv 19, 2). Es decir, un día para estar en la fiesta del banquete de boda del cordero que es el en el cielo y  es eterno, hay que estar con traje de fiesta, es decir, hay que ser santo sí o sí.

 Para ningun judío era secreto que el primer mandamiento de toda la ley es el amor a Dios, pero Jesús va más lejos en su respuesta y agrega, el segundo es similar: "ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22,37-39). Que el segundo mandamiento sea igual y tan importante como el primero. Es decir, que amar al prójimo es tan importante como amar a Dios. Además añade, que toda esa gama de mandamientos y preceptos que el pueblo multiplicó de los diez mandamientos, en total más de seiscientos, todos ellos quedan reducidos a dos principios: el amor a Dios y el amor al prójimo (Mt 22,37-39), Aquí hay toda una enseñanza nueva e incluso una nueva concepción de Dios. Para nosotros tampoco hay duda en aceptar que el amar a Dios es el primer mandamiento de la ley, pero no estamos tan convencidos en poner en el mismo nivel, al amor al prójimo. Lo digo porque hoy tenemos muchos conflictos en el mundo, guerras, odios, rencores, mucha gente que muere de hambre… me van a decir que ¿si nos amáramos como Jesús nos dice hoy, habría tanta miseria en el mundo? Jesús no dio tanta importancia al primero, no porque no le importase el amor a Dios sino que el amor autentico a Dios pasa por el amor al prójimo. No en vano, a lo largo del Evangelio como enseñanza central de Jesús es esta: “Les doy un mandamiento nuevo; que se amen unos a otros como yo les he amado, en esto les reconocerán que son mis discípulos, en que Uds. saben amarse unos a otros como les amé” (Jn 13,34).”

 El amor del auténtico creyente tiene que tener su sustento en las mismas palabras y enseñanzas de Jesús. Y para dar mayores pautas del amor del que Jesús nos habla hoy, recordemos  cuando Jesús nos dice: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra… Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,38-48).

 Pero, Jesús ¿nos pide amar incluso hasta a los enemigos? Si, y Jesús nos lo ha demostrado que si es posible amar al enemigo. Desde la cruz, cuando sus enemigos lo están crucificando, la primera palabra que dijo es: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen conmigo” (Lc 23,34) y la última palabra es expresión de su amor y fidelidad al Padre: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu y dicho esto murió” (Lc 23,46). Escena que Juan los describe así: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3,16-18).

Hermanos, hoy Jesús no nos ha preguntado cuántas oraciones sabemos, cuántas veces hemos venido al templo o cuántas normas religiosas podemos recordar. Nos ha llevado al corazón de nuestra existencia: ¿amamos a Dios? ¿Y cómo se manifiesta ese amor en nuestra manera de tratar a los demás?

La primera lectura nos recuerda que Dios escucha el clamor del pobre y del indefenso. San Pablo nos enseña que el Evangelio puede transformar una comunidad hasta convertirla en testimonio. Y Jesús nos revela que amar a Dios y amar al prójimo son dos dimensiones inseparables de una misma vida de fe.

Por eso, al salir de esta Eucaristía, no nos llevemos solamente una frase bonita. Llevémonos una decisión concreta: reconciliarnos con alguien, escuchar a quien hemos ignorado, tratar justamente a quien trabaja para nosotros, acompañar a una persona sola o compartir con quien necesita ayuda.

San Francisco de Asís comprendió que el encuentro con Cristo cambia la manera de mirar al hermano. Pidamos al Señor esa gracia: que nuestra oración no nos aleje de las heridas del mundo, sino que nos haga más capaces de acercarnos a ellas con misericordia.

Porque, al final, la pregunta no será solamente cuánto hemos hablado de Dios, sino cuánto hemos permitido que su amor transforme nuestra vida.

Señor, enséñanos a amarte con todo el corazón y a reconocer en cada hermano una persona digna de amor. Que nuestras palabras se conviertan en obras, nuestras obras en testimonio y nuestra vida entera en una respuesta agradecida a tu amor.

Jesús no elige un mandamiento entre los demás: revela el centro desde el cual toda la Ley es Ley, y ese centro es un solo amor que, nacido de Dios, no puede dirigirse a Él sin pasar por el prójimo.

1. Apertura: la pregunta que nos incomoda

Hermanos y hermanas:

Si hoy les pidiera que resumieran el cristianismo en una sola frase, ¿qué dirían? Algunos dirían: «ir a misa». Otros: «cumplir los mandamientos». Otros: «ser buena persona». Y no estarían del todo equivocados, pero tampoco del todo acertados.

Hoy el Evangelio nos pone ante exactamente esa pregunta, pero formulada por un adversario: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?» (Mt 22,36). Fíjense bien: no es una pregunta inocente. Quien la hace es un doctor de la Ley, y el evangelista nos dice con claridad que lo hace «para ponerlo a prueba» (v. 35). Y sin embargo, de una pregunta hecha con mala intención, Jesús saca la respuesta más luminosa de toda la Escritura. Así trabaja Dios: puede escribir derecho con renglones torcidos.

Quiero proponerles que hagamos juntos un recorrido con una sola dirección. Primero entenderemos qué quiso decir Jesús en su mundo. Después veremos qué nos dice de Dios, luego del ser humano, y al final, qué nos pide a nosotros, aquí y ahora. Y todo girará en torno a una afirmación: Jesús no escoge un mandamiento entre otros; nos revela el centro de toda la Ley, y ese centro es un solo amor que nace de Dios y que no puede llegar a Dios sin pasar por el amor al prójimo.

2. Nivel histórico-literario: ¿qué quiso decir Jesús en su contexto?

a) El escenario. Estamos en Jerusalén, en los últimos días de Jesús. Mateo ha construido una cadena de controversias: primero los herodianos y el tributo al César (22,15-22), luego los saduceos y la resurrección (22,23-33), y ahora los fariseos y la Ley (22,34-40). Tres grupos, tres trampas. Jesús sale de las tres. Y Mateo nos dice que los fariseos, al saber que había «tapado la boca» a los saduceos, «se reunieron en grupo» (Mt 22,34): es una coalición contra él.

b) La pregunta no era tan simple como parece. Para nosotros, «mandamiento más importante» suena a ranking. Pero en el judaísmo de la época se contaban, según la tradición rabínica, 613 preceptos o mandamientos: 248 positivos y 365 negativos. Y los maestros discutían cuáles eran «ligeros» y cuáles «graves». Era un debate real, legítimo y a veces agotador. La pregunta del doctor de la Ley pertenece a ese debate. No es absurda; es una pregunta de escuela.

Y hay otro detalle, que subrayan los biblistas: en la tradición rabínica se cuenta que otros maestros, después, resumieron la Ley en un principio. Por eso Jesús no es el primero en intentar una síntesis. Lo que sí es propio de él es qué une y cómo lo une. Lo digo con cautela, porque las fuentes rabínicas que conservamos son posteriores al Nuevo Testamento y no conviene fechar de forma tajante las comparaciones.

c) La respuesta: dos textos de la Torá. Aquí está el punto decisivo. Jesús no inventa nada. Cita:

Deuteronomio 6,5: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo trae «mente»; el texto hebreo decía «con todas tus fuerzas»; la tradición griega varía el vocabulario). Este texto pertenece al Shemá, la oración que todo israelita piadoso recitaba mañana y noche. Jesús no responde con una novedad: responde con la oración diaria de su pueblo.

Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Un versículo perdido en medio del llamado «Código de Santidad», entre normas sobre la cosecha, los jornaleros y la justicia en los tribunales. En su contexto original, «prójimo» designaba ante todo al connacional, y en el mismo capítulo se extiende al extranjero residente (Lv 19,34).

d) Una precisión de método, que les pido que retengan. Jesús, en este pasaje, no cita ambos textos como «mandamientos gemelos» ya unidos en la Escritura. En el Antiguo Testamento, Dt 6,5 y Lv 19,18 están en libros distintos, sin conexión explícita. La unión es obra de Jesús en este momento, y es la decisión interpretativa que Mateo nos transmite. Lo que luego la tradición cristiana desarrollará, a saber, que ambos amores son uno solo en su raíz, es una lectura teológica posterior, que vamos a llegar a ver en Juan y en la primera carta de Juan, pero que no debemos poner en boca de Jesús en este pasaje como si él lo hubiera dicho así.

e) Y la frase que lo cambia todo. Mateo añade el versículo 22,40: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». El verbo es muy expresivo: «penden», literalmente «cuelgan». Imaginen una puerta que cuelga de sus goznes, o un cuadro de un clavo. Si quitas el clavo, todo se cae. No se trata de que los otros 611 mandamientos sobren; se trata de que sin este clavo no se sostienen. Y por eso Mateo, que cuida el tema, había escrito antes: «No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17). Jesús no desprecia la Ley. Le da su verdadero eje.

Y este eje ya había sido anunciado por los profetas. Oseas lo dijo con una frase que Mateo cita dos veces: «Misericordia quiero, y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13; 12,7). Es decir: Jesús responde dentro de la mejor tradición profética de Israel.

3. Nivel canónico: lo que la Escritura entera ayuda a ver

Ahora damos un paso. Ya sabemos qué dijo Jesús en su contexto. La Iglesia, leyendo toda la Biblia como una unidad, ha seguido meditando esta respuesta. Y aquí, hermanos, no estamos ya en el terreno de lo que Jesús dijo con estas palabras, sino de lo que el conjunto de la Escritura permite entender. Esto es legítimo y es riquísimo, pero es otro nivel.

a) Juan 13,34-35: el amor tiene ahora una medida nueva.
«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros. En esto reconocerán todos que son mis discípulos».

¿Qué es «nuevo»? No el amor al prójimo, que ya estaba en Levítico. Lo nuevo es la medida: «como yo los he amado». Antes se decía «como a ti mismo»; ahora, «como yo los he amado». La vara de medir pasa de nuestro propio yo al lavatorio de los pies y a la cruz. El contexto es claro: Juan lo dice en la Última Cena, después de lavar los pies. Y fíjense en el fin que dice Jesús: el amor es la señal de reconocimiento del discípulo. No la doctrina, no el ritual: el amor.

b) 1 Corintios 13,1-8: el amor como criterio de todo carisma.
Pablo escribe a una comunidad dividida, enamorada de sus dones espectaculares: lenguas, profecía, conocimiento, fe capaz de mover montañas. Y dice, en sustancia, que todo eso sin amor es nada. Y luego describe el amor no con definiciones abstractas, sino con verbos concretos: paciente, servicial, no envidioso, no se jacta, no se irrita, no lleva cuentas del mal. Pablo está haciendo con los corintios lo que Jesús hace con los fariseos: volver al centro. Ustedes tienen muchos dones; ¿dónde está el clavo del que todo cuelga?

c) 1 Juan 4,19-21: aquí el hilo se cierra.
«Nosotros amamos porque él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano».

Aquí sí aparece explícitamente lo que antes decía: no se puede amar a Dios sin amar al hermano. La carta lo afirma con una dureza casi incómoda: «mentiroso». Esta es la interpretación canónica más nítida del pasaje de hoy. Y noten algo importante: el versículo 19 coloca el fundamento antes del mandato: «Nosotros amamos porque él nos amó primero». El amor no es un esfuerzo nuestro por conquistar a Dios; es una respuesta a un amor que nos precede.

d) Y esto nos lleva a una conclusión que ilumina a Mateo.
Mateo 22 no dice «los dos mandamientos son lo mismo». Dice «el segundo es semejante al primero» (v. 39). Semejante, no idéntico. Y sin embargo, la tradición de Juan y de Pablo nos permite ver con más claridad por qué son semejantes: porque el Dios que nos ama primero es el mismo Dios que ama al hermano que tenemos al lado. Si yo amo a ese Dios, no puedo despreciar a quien Él ama.

Por eso insisto: la tesis de hoy no es «hay dos mandamientos». Es que hay un solo amor, que viene de Dios, y que tiene dos direcciones inseparables.

4. Lo que este pasaje revela de Dios y del ser humano

a) Acerca de Dios es la Primera revelación: Dios no es un legislador que nos pide cumplimiento; es un Dios que pide amor. Toda la Ley, con sus 613 preceptos, no es un reglamento de comportamiento, sino la forma concreta de una relación. Un Dios que solicita todo el corazón, toda el alma, toda la mente no es un Dios que busca esclavos, sino un Dios que busca comunión.

Segunda revelación: este Dios ama primero (1 Jn 4,19). El orden es decisivo. Primero el don, después la tarea. Primero somos amados, después amamos. Si invertimos el orden, la religión se convierte en un contrato: «yo cumplo, tú me recompensas». Y Jesús vino precisamente a romper ese contrato.

b) Acerca del ser humano: Aquí hay algo de enorme profundidad. El mandamiento dice «como a ti mismo». Es decir: da por supuesto que tú vales. Que tienes dignidad. Que mereces ser amado. Jesús no manda «ámate a ti mismo»; lo presupone como base. Pero lo hace sin caer en egoísmo: el amor a uno mismo no es el fin, sino el punto de partida desde el cual se puede comprender qué significa amar al otro porque el que no sabe amarse a si menos amara al otro.

Y, además, el mandamiento pone al otro en el mismo plano de dignidad que yo. El prójimo no es un instrumento, ni un competidor, ni un problema a resolver, ni un cliente: es alguien que, como yo, es amado por Dios y es capaz de amar. Aquí se funda, desde el Evangelio, la dignidad de toda persona, sin condiciones, sin distinciones de nación, de clase ni de mérito.

San Francisco, vivió esto de forma tan radical que cuando abrazó al leproso, a quien antes le provocaba horror, dijo en su Testamento que «lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulzura de alma y de cuerpo». No fue un sentimiento previo; fue un acto que transformó el sentimiento. El amor al prójimo no empieza en la simpatía; empieza en la decisión y en el gesto, y la simpatía llega después, a veces mucho después.

5. Nivel pastoral: ¿cómo debe transformar hoy nuestra vida?

Y ahora, hermanos, llegamos a donde esta homilía quería llegar. Hemos recorrido el camino: la pregunta, la respuesta de Jesús, la luz de toda la Escritura, lo que dice de Dios y del ser humano. Ahora cabe una pregunta sencilla y a la vez incómoda: ¿y mi vida?

Aquí ya no hablo de lo que Jesús dijo, ni de lo que dice la Escritura entera, sino de lo que nosotros, hoy, estamos llamados a vivir. Es una aplicación pastoral, y como tal puede decirse de muchas maneras. Les propongo tres desplazamientos concretos, que son consecuencias de la misma tesis:

Primer desplazamiento: de la religión de cumplimiento a la religión de amor.
Es fácil convertir la fe en una lista: misa, rezos, normas, devociones. Nada de eso es malo; todo eso es bueno, si cuelga del clavo. Pero si el clavo falta, se vuelve ruido, o peor, se vuelve coartada. Hay personas que no faltan nunca a la misa y que, sin embargo, no saludan al vecino, no perdonan a un familiar, o tratan con desprecio a quien trabaja para ellos. 1 Jn lo llama por su nombre: «mentiroso». No lo digo para condenar a nadie; lo digo porque ese espejo es para todos, comenzando por quien les habla.

Segundo desplazamiento: de un amor de palabras a un amor de obras concretas.
Pablo lo describió con verbos: paciente, servicial, no lleva cuentas del mal. Pregúntense, en estos días: ¿con quién necesito ser paciente? ¿A quién estoy llevando cuentas del mal? ¿A quién puedo servir esta semana de manera concreta? El prójimo no es una idea; es la persona que Dios pone en mi camino: el hijo que no me escucha, la suegra que me irrita, el compañero de trabajo que me ignora, el migrante que llega a nuestra ciudad, el pobre que no tiene voz. En el Perú, un país de tantas heridas y tantas solidaridades, la pregunta no es teórica.

Tercer desplazamiento: de un amor que depende de mi estado de ánimo a un amor que nace de haber sido amado.
Muchos nos agotamos de amar porque creemos que el amor depende de nuestras fuerzas. Pero 1 Jn 4,19 nos libera: «Amamos porque él nos amó primero». Cuando el amor se me agota, no tengo que fabricarlo de nuevo; tengo que volver a la fuente. Y esa fuente tiene un lugar concreto: esta Eucaristía. Aquí recibimos el amor que después se nos pide dar. Aquí el Señor, que lavó los pies de sus discípulos, se nos entrega. No salimos de misa «a cumplir un deber»; salimos a repartir lo que hemos recibido.

6. Cierre: volver al centro

Hermanos y hermanas, volvamos a la pregunta con la que empezamos. ¿Cuál es el mandamiento más importante?

Jesús podría haber dado una respuesta técnica, una jerarquía de normas. En cambio, nos dio una persona: Dios que nos ama primero, y un prójimo al que Dios también ama. Y nos dijo: de ahí cuelga todo.

La Ley, los Profetas, nuestras liturgias, nuestras devociones, nuestros ministerios, nuestras universidades, nuestras parroquias, todo es válido y bello en la medida en que cuelga de este clavo. Y cuando nos desviemos, cuando nos enredemos en discusiones, en normas, en rivalidades, en cansancios, el Evangelio de hoy nos dice con ternura: vuelvan al centro.

San Francisco, al final de su vida, enfermo y casi ciego, dijo a sus hermanos: «Hermanos, comencemos, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho». No lo dijo por desánimo, sino por hambre de amar más. Que esa sea nuestra oración esta semana: Señor, que no me contente con haber cumplido. Enséñame a amar.

Y que cuando alguien nos observe, no pregunte «¿a qué grupo pertenecen?», sino que pueda decir, como quería Jesús en Juan 13,34: «En esto reconocerán que son mis discípulos: en que se aman unos a otros».

Pregunta que no podemos esquivar: Si alguien nos preguntara hoy: «¿Qué significa ser cristiano?», ¿qué responderíamos? Quizá diríamos: ir a misa, rezar, cumplir los mandamientos, recibir los sacramentos o ayudar a los pobres. Todo eso es importante. Pero el Evangelio de hoy nos obliga a ir más al fondo: ¿qué es lo que da unidad, sentido y autenticidad a todo lo que creemos y practicamos?

Un doctor de la Ley se acerca a Jesús y le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» (Mt 22,36). Mateo nos advierte que la pregunta pretende ponerlo a prueba. Sin embargo, Jesús convierte aquella controversia en una de las enseñanzas más decisivas de todo el Evangelio.

Su respuesta es clara: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; y amar al prójimo como a uno mismo.

Pero atención: Jesús no nos entrega simplemente dos mandamientos para añadirlos a nuestra lista de obligaciones. Nos revela el centro desde el cual toda la vida de fe debe ser comprendida y vivida.

La tesis de esta homilía es sencilla, pero exigente: el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. No podemos vivir auténticamente el primero mientras despreciamos al segundo.

2. El clavo del que cuelga toda nuestra fe

Jesús concluye su respuesta con una expresión que merece nuestra atención: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40).

Imaginemos un cuadro hermoso, con un marco valioso y una pintura extraordinaria. Todo parece perfecto. Pero hay una pregunta decisiva: ¿de qué cuelga ese cuadro? Si el soporte falla, termina en el suelo.

Algo semejante sucede con nuestra vida cristiana. Podemos conocer muchas oraciones, participar en celebraciones, estudiar teología, ejercer ministerios y defender nuestras convicciones religiosas. Pero ¿de qué cuelga todo eso? ¿Qué sostiene nuestras prácticas y les da su verdadero sentido?

Jesús responde: el amor.

No está diciendo que los demás mandamientos sean inútiles. Está enseñando que todos deben orientarse hacia el amor a Dios y al prójimo. La oración, la liturgia, las normas morales y las devociones no son fines aislados: están llamadas a ayudarnos a vivir en comunión con Dios y a construir relaciones más justas, fraternas y misericordiosas.

El primer mandamiento procede de Deuteronomio 6,5 y pertenece al Shemá, la confesión de fe que Israel recitaba diariamente: amar a Dios con toda la existencia. El segundo procede de Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Jesús une ambos textos y los coloca en el centro de la interpretación de la Ley.

Por eso, la pregunta cristiana no puede limitarse a: «¿He cumplido?». Debe incluir otra, mucho más personal: «¿Me está conduciendo lo que hago a amar más a Dios y a tratar mejor a las personas?»

Podemos tener los labios llenos de oraciones y el corazón lleno de resentimiento. Podemos conocer el horario de la Eucaristía y desconocer el sufrimiento de quien vive a nuestro lado. Podemos defender con firmeza la verdad y, al mismo tiempo, olvidar la caridad con la que debemos comunicarla.

El Evangelio no nos pide abandonar nuestras prácticas religiosas. Nos pide algo más profundo: dejar que el amor transforme nuestra manera de vivirlas.

3. Amar a Dios: mucho más que decir que creemos

Jesús nos pide amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Esto significa que Dios no puede ocupar únicamente un pequeño espacio de nuestra existencia, reservado para los domingos o para los momentos difíciles.

Amar a Dios compromete nuestra inteligencia, nuestros afectos, nuestra voluntad, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Significa buscar su voluntad, no solamente cuando coincide con nuestros deseos, sino también cuando nos invita a cambiar, a renunciar al orgullo, a reconocer nuestros errores o a reparar el daño que hemos causado.

Sin embargo, aquí debemos recordar algo fundamental: no comenzamos amando a Dios para conseguir que Él nos ame. Comenzamos porque Dios nos ha amado primero.

San Juan lo expresa con claridad: «Nosotros amamos porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

Esta es la lógica de la gracia: primero recibimos el amor de Dios; después, sostenidos por ese amor, aprendemos a responder. La vida cristiana no consiste en acumular méritos para obligar a Dios a querernos, sino en acoger su amor y permitir que transforme nuestra existencia.

Pero entonces surge una pregunta inevitable: si Dios es invisible, ¿cómo podemos comprobar que nuestro amor hacia Él es auténtico?

San Juan nos ofrece una respuesta incómoda y luminosa: quien afirma amar a Dios y odia a su hermano contradice su propia confesión (1 Jn 4,20).

Aquí se encuentra el punto decisivo de nuestra reflexión.

4. Amar al prójimo: donde la fe se vuelve visible

Amar a la humanidad en abstracto puede resultar relativamente sencillo. La dificultad comienza cuando el amor tiene un rostro concreto.

El prójimo puede ser el familiar que nos irrita, la persona que piensa de manera diferente, el compañero que nos ha ofendido, el estudiante que necesita más paciencia, el trabajador al que debemos tratar justamente o la persona vulnerable cuya presencia interrumpe nuestra comodidad.

Es fácil decir: «Yo amo a todos». Lo difícil es preguntarnos: ¿cómo trato a la persona que tengo delante?

Por eso, Jesús no separa el amor a Dios del amor al prójimo. Y la primera carta de Juan nos obliga a reconocer la contradicción de una religiosidad que habla de Dios, pero desprecia al hermano.

San Pablo profundiza esta enseñanza en 1 Corintios 13. Una persona puede tener grandes conocimientos, hablar con elocuencia, poseer dones extraordinarios e incluso realizar obras admirables. Pero, si carece de amor, todo pierde su valor más profundo.

Pablo no describe el amor mediante ideas abstractas. Lo hace mediante actitudes concretas: es paciente, servicial, no es envidioso, no se engríe y no lleva cuentas del mal.

Por tanto, hagámonos una pregunta: si las personas que conviven con nosotros tuvieran que describir nuestra fe no por lo que decimos, sino por cómo las tratamos, ¿qué dirían?

¿Que nuestra fe las ayuda a sentirse escuchadas, respetadas y acompañadas? ¿O que conocemos muchas verdades, pero todavía nos cuesta pedir perdón, escuchar con paciencia y reconocer nuestros errores?

No respondamos demasiado rápido. Permitamos que la Palabra de Dios examine nuestro corazón.

5. La medida del amor cristiano: como Cristo nos ha amado

En el Evangelio de Juan, Jesús declara: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros» (Jn 13,34).

La novedad no consiste en que Israel desconociera el amor al prójimo. Lo nuevo es la medida: amar como Cristo nos ha amado.

¿Y cómo nos ha amado Cristo?

En la Última Cena se arrodilla para lavar los pies de sus discípulos. No utiliza su autoridad para ser servido, sino para servir. Después, en la cruz, lleva su entrega hasta el extremo.

Cristo nos enseña que amar no significa simplemente sentir simpatía, aprobar todas las conductas o evitar cualquier conflicto. Amar es buscar el verdadero bien del otro, defender su dignidad y actuar con misericordia y justicia.

A veces amar significará perdonar. Otras veces, pedir perdón. En determinadas circunstancias, significará corregir fraternalmente; en otras, establecer límites necesarios para proteger a quien sufre una injusticia.

La misericordia no es complicidad con el mal, y el perdón no obliga a tolerar el abuso. La caridad cristiana no renuncia a la verdad ni a la justicia: busca que el mal no tenga la última palabra.

Jesús llega incluso a pedir que amemos a nuestros enemigos y oremos por quienes nos persiguen (Mt 5,44). No nos pide que llamemos bueno a lo malo. Nos pide que no permitamos que el odio transforme nuestro corazón a imagen de aquello que combatimos.

En la cruz, Jesús ora por quienes lo crucifican (Lc 23,34). Su entrega revela que el amor de Dios no es una teoría: es una fuerza que permanece fiel al bien incluso en medio del sufrimiento.

Y ese amor se nos ofrece para que podamos vivir de una manera nueva.

6. San Francisco de Asís: cuando el amor transforma nuestra mirada

San Francisco comprendió esta verdad no solamente mediante la reflexión, sino a través de una experiencia que transformó su vida.

En su Testamento recuerda que, cuando todavía vivía en el horizonte de sus antiguos criterios, el encuentro con los leprosos le resultaba amargo. Pero aquello que antes le parecía amargo se convirtió para él en dulzura de alma y cuerpo.

Detengámonos en esta experiencia.

Francisco no se limitó a formular una teoría sobre la dignidad humana. Se acercó a personas que antes le provocaban rechazo. Su conversión modificó su relación con Cristo y, por eso mismo, transformó su manera de mirar al hermano.

Aquí encontramos una lección profundamente franciscana: no siempre esperamos a sentir simpatía para comenzar a amar; a veces damos el primer paso de misericordia y, en ese encuentro, nuestro corazón empieza a cambiar.

El hermano deja de ser un obstáculo para nuestra espiritualidad y se convierte en un lugar privilegiado de encuentro con el Señor.

Por eso, una oración auténtica no nos encierra en nosotros mismos. Nos vuelve más atentos a las heridas del mundo. La contemplación no nos aleja de las personas: nos enseña a reconocer su dignidad y a servirlas con humildad.

En clave franciscana, amar a Dios significa aprender a mirar la creación, a los pobres y a cada hermano desde la gratuidad del amor recibido. No porque todo sea perfecto ni porque desaparezcan los conflictos, sino porque nada de ello nos autoriza a negar la dignidad de la persona.

7. La Palabra de hoy nos pide una conversión concreta

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, recuerda la responsabilidad de no oprimir al extranjero, a la viuda y al huérfano, y de no aprovecharse de la necesidad del pobre (Ex 22,20-26). El amor se expresa también en la justicia y en la protección de quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad.

San Pablo, por su parte, reconoce en la comunidad de Tesalónica un testimonio de fe que se hace visible y se difunde más allá de sus propias fronteras (1 Tes 1,5c-10).

Las lecturas convergen en una convicción: la fe no queda encerrada en la conciencia individual. Se hace visible en la vida de una comunidad y en su manera de tratar a las personas.

Por eso, al terminar esta celebración, no nos llevemos solamente una frase bonita. Llevémonos tres preguntas:

Primera: ¿a quién necesito mirar de otra manera? Tal vez a alguien de mi familia, a un compañero, a una persona que me ha herido o a alguien cuya situación prefiero no ver.

Segunda: ¿qué gesto concreto de amor puedo realizar esta semana? Escuchar sin interrumpir, pedir perdón sin justificarnos, acompañar a una persona sola, compartir con quien necesita ayuda o tratar con justicia a quien depende de nosotros.

Tercera: ¿de dónde sacaré fuerzas para seguir amando cuando me canse? Volvamos a la fuente: Cristo, que nos ama primero y se entrega por nosotros. En la Eucaristía recibimos ese amor y aprendemos a compartirlo. No venimos a demostrar que ya somos perfectos; venimos a dejarnos transformar.

Y recordemos que la caridad tiene también una dimensión social. Amar al prójimo significa no acostumbrarnos al hambre, a la humillación, a la violencia ni a la injusticia. La solidaridad personal es indispensable, y también lo es trabajar por condiciones de vida más dignas para todos.

8. Conclusión: que todo vuelva al amor

Hermanos y hermanas:

Volvamos a la pregunta inicial: ¿cuál es el mandamiento principal?

Jesús nos conduce al centro de la vida cristiana: amar a Dios con toda nuestra existencia y amar al prójimo como a nosotros mismos.

La oración, la Eucaristía, los sacramentos, la formación, nuestras responsabilidades familiares y sociales, nuestros ministerios y nuestras comunidades encuentran su orientación en este amor.

No se trata de amar a Dios o amar al prójimo, como si tuviéramos que escoger entre ambos. Se trata de acoger el amor de Dios de tal manera que transforme nuestra relación con cada persona.

San Francisco nos recuerda que siempre podemos comenzar de nuevo. No porque el amor de Dios nos haya abandonado, sino porque todavía podemos aprender a amar con mayor generosidad.

Por eso, esta semana, elijamos una persona y un gesto. Una persona concreta; un gesto posible. Que nuestra decisión no se quede en una intención.

Porque al final no bastará con haber hablado del amor, ni siquiera con haberlo defendido correctamente. Tendremos que preguntarnos si permitimos que el amor de Cristo transformara nuestra vida.

Oremos:

Señor Jesús, enséñanos a amarte con todo el corazón y a reconocerte en cada hermano. Purifica nuestras intenciones, vence nuestro egoísmo y danos la valentía de perdonar, la humildad de pedir perdón y la generosidad de servir.

Que nuestra oración se convierta en misericordia, nuestra fe en justicia, nuestras palabras en obras y nuestra vida en testimonio de tu amor.

Y que, siguiendo las huellas de san Francisco, aprendamos a encontrar en el hermano no una carga que evitar, sino una persona cuya dignidad merece ser reconocida y amada.

Amén.

Una última recomendación pastoral

Antes de predicarla, te sugiero tres decisiones prácticas:

  1. No leas todas las citas bíblicas completas. Proclama con claridad las dos citas centrales y alude brevemente a las demás para mantener el ritmo.
  2. Haz una pausa después de la pregunta: «Si las personas que conviven con nosotros tuvieran que describir nuestra fe por cómo las tratamos, ¿qué dirían?». Ese silencio puede ser más eficaz que una explicación adicional.
  3. Termina con una sola acción concreta. Invita a cada persona a identificar a quién escuchará, ayudará o buscará para reconciliarse durante la semana.

La idea que debe permanecer en la asamblea es esta: el amor al prójimo no compite con el amor a Dios; es uno de los lugares decisivos donde nuestra respuesta a Dios se hace visible.


domingo, 11 de octubre de 2026

DOMINGO XXIX - A (18 de octubre del 2026)

 DOMINGO XXIX - A (18 de octubre del 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 22, 15-21:

 22,15 Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones.

22,16 Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie.

22,17 Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?"

22,18 Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa?

22,19 Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario.

22,20 Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?"

22,21 Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios". PALABRA DEL SEÑOR.

 Reflexión

 Estimados(as) hermanos(as) en el Señor Paz y Bien.

“La raíz de todos los males en el mundo es el amor al dinero, y al dejarse llevar por ella, algunos perdieron la fe y se ocasionaron innumerables sufrimientos” (I Tm 6,10). “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). El domingo anterior hemos dicho que, se salvaran todos los que entran al banquete de boda del Cordero.  Previa aceptación de la invitación que se nos hace (Mt 22,10) “¿Quién podrá salvarse?” (Mt 19,25). Los que están revestidos con traje de fiesta (Mt 22,12) “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16). Llevando grabado en mi ser la Imagen de Dios mi creador. Como criatura de Dios me corresponde obedecer el mandato: Solo puedo comer de los árboles que me ha sido permitido (Gn 2,16). Y no me está permitido hacer lo que se me antoje. No podré llegar jamás al cielo haciendo lo que mi capricho me dice, sino obedeciendo y cumpliendo los mandatos de Dios.

 Para obtener la salvación hace también falta: “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1). “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1).

Ambos adagios son complementarios, pero el «dad a Dios lo que es de Dios» es primero y de él dimana la obligación y el fundamento del segundo: «dad al César lo que es del César». Para Jesús ningún César puede ocupar el lugar que Dios debe tener en la vida. Jesús, antes de dar su famosa respuesta, pregunta ¿quién es el que está representado en una moneda, de quién es esa imagen? En este contexto se sitúa la respuesta de Jesús: «La imagen de la moneda pertenece al César, pero los hombres no han de olvidar que llevan en sí mismos la imagen de Dios (Gn 1,27) y, por lo tanto, sólo le pertenecen a El». Jesús nos quiere decir: «den al césar lo que le pertenece a él, pero no olviden que Uds. mismos pertenecen a Dios». ¿Hay algo en el mundo que no sea de Dios? Son de Dios los hombres y las cosas, el presente y el futuro, los gobernantes de todo tipo. Todos somos de Dios, llevamos la imagen y la inscripción de Dios en nuestro ser profundo (alma). Imagen que puede desdibujarse, pero nunca borrarse del todo mientras vivamos. Y porque somos de Dios, cada uno de nosotros vale más que cualquier autoridad civil o religiosa de la tierra. Ninguna autoridad puede arrogarse atributos totalitarios y absolutos; ninguna autoridad es dueña del hombre y de su conciencia. Ser de Dios nos obliga a realizarnos como personas responsables y solidarias, a llevar a plenitud el plan que Dios se propuso realizar en nosotros, como individuos y como humanidad, antes de crear el mundo (Ef 1,4-5). Resaltando una explicación bíblica teológica y espiritual.

«Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,15-22)

Jesús no se limita a establecer una distinción entre las obligaciones políticas y las religiosas; cuestiona toda pretensión humana de ocupar el lugar de Dios. La moneda lleva la imagen del César, pero el ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Por eso, la cuestión decisiva no es solamente qué debemos al poder político, sino a quién pertenecemos en lo más profundo de nuestro ser y qué autoridad puede reclamar nuestra conciencia.

Una precisión inicial: la cita correcta es Mateo 22,15-22. El relato no enseña que toda obligación civil sea ilegítima, ni que la frase de Jesús sea una invitación a desentenderse de la sociedad. Su respuesta impide tanto absolutizar al poder político como utilizar la religión para eludir las responsabilidades sociales.

1. El contexto histórico: una pregunta para atrapar a Jesús

El episodio comienza con una conspiración. Los fariseos envían a sus discípulos junto con los herodianos para preguntarle a Jesús si es lícito pagar el impuesto al César (Mt 22,15-17).

La alianza entre estos grupos es significativa: aunque tenían intereses distintos, coinciden en buscar una respuesta que comprometa a Jesús.

  • Si Jesús responde que sí, puede ser presentado como alguien que acepta la dominación romana y pierde credibilidad ante quienes rechazan el tributo.
  • Si responde que no, podrían denunciarlo ante las autoridades romanas como agitador político.

Jesús no acepta el falso dilema. En lugar de dejarse encerrar en las alternativas de sus adversarios, los conduce hacia una cuestión más radical: ¿qué significa realmente pertenecer a Dios y qué lugar debe ocupar el poder humano?

Primera enseñanza: cuando una pregunta está mal planteada, la sabiduría no consiste siempre en escoger una de las opciones ofrecidas, sino en descubrir la verdad que ambas están ocultando.

2. «¿Por qué me tientan, hipócritas?» (Mt 22,18)

Jesús descubre la intención de sus interlocutores. Ellos no buscan sinceramente la verdad; quieren encontrar una acusación contra él.

Aquí aparece una primera dimensión espiritual: se puede utilizar una pregunta religiosa sin tener una auténtica disposición para escuchar a Dios.

La hipocresía consiste, en este contexto, en presentar como búsqueda de justicia lo que en realidad es una estrategia de acusación.

La escena nos obliga a examinar nuestras intenciones: ¿Buscamos la verdad o solamente argumentos para defender nuestra posición? ¿Acudimos a Dios para dejarnos transformar o para justificar decisiones ya tomadas? ¿Utilizamos la religión para servir a los demás o para obtener poder sobre ellos? La enseñanza es exigente: no basta con formular preguntas acerca de Dios; es necesario permitir que Dios cuestione nuestras intenciones.

3. «Muéstrenme la moneda del impuesto» (Mt 22,19)

Jesús pide que le muestren la moneda con la que se paga el tributo. Le presentan un denario. El gesto es sencillo, pero narrativamente decisivo. Jesús no comienza con una larga exposición teórica acerca del Estado, la economía o la religión. Parte de un objeto concreto de la vida cotidiana. El denario romano estaba vinculado al poder imperial. Según la moneda concreta, podía llevar la imagen del emperador y una inscripción que expresaba sus títulos. En tiempos de Jesús, el emperador era Tiberio.

La moneda hacía visible la autoridad política y económica de Roma. Sin embargo, hay una ironía en la escena: quienes quieren comprometer a Jesús son capaces de mostrar la moneda del poder imperial, y él utiliza precisamente esa moneda para revelar los límites de ese poder.

El César puede imprimir su imagen en una moneda, pero eso no lo convierte en dueño absoluto de las personas que la utilizan. Desde una perspectiva espiritual, el dinero puede llevar la marca de un sistema económico y expresar relaciones de poder, pero no determina el valor último de una persona. El ser humano no vale lo que posee, produce, compra o paga.

4. «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» (Mt 22,20)

Esta pregunta constituye el centro pedagógico del relato. Jesús pide a sus interlocutores que observen la moneda y reconozcan lo que está representado en ella.

La respuesta es evidente: «Del César». Jesús no necesita negar la existencia del poder político. Reconoce que existe una autoridad civil y que esta tiene determinadas competencias. Pero, al mismo tiempo, evita convertir esa autoridad en una realidad absoluta.

Aquí conviene distinguir dos afirmaciones:

  1. La moneda lleva la imagen del César: pertenece al ámbito económico y político del imperio.
  2. El ser humano ha sido creado a imagen de Dios: su dignidad no procede del emperador, del Estado, del mercado ni de ninguna autoridad humana.

La segunda afirmación no aparece expresamente en la respuesta de Jesús, pero constituye una lectura teológica especialmente fecunda a la luz del conjunto de la Biblia.

En efecto, Jesús no cita Génesis 1,27 en este pasaje. Es el lector quien, al relacionar ambos textos, descubre una profundidad adicional en su respuesta. Y esta relación nos conduce al fundamento de toda antropología bíblica.

5. Génesis 1,27: el ser humano lleva la imagen de Dios

«Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Gn 1,27). Este versículo introduce una afirmación decisiva: la dignidad humana tiene su fundamento último en Dios. El ser humano no es una propiedad del emperador. Tampoco es un instrumento al servicio de la economía, una pieza reemplazable del Estado o un objeto que una autoridad religiosa pueda dominar arbitrariamente. Es criatura de Dios, portadora de una dignidad que exige respeto.

La comparación teológica fundamental

La moneda: Mt 22,19-21. Lleva la imagen del César. Representa una relación con el orden económico y político. El ser humano: Gn 1,26-27. Lleva la imagen de Dios. Su dignidad no puede reducirse a su utilidad, riqueza, posición social o sometimiento político.

La analogía es poderosa, pero debemos precisar su alcance: Génesis no afirma que el alma sea literalmente una moneda en la que Dios haya grabado una inscripción material. La imagen divina expresa la singular relación del ser humano con Dios y su vocación a representarlo responsablemente en la creación.

Además, Génesis 1,27 atribuye esta dignidad tanto al varón como a la mujer. No es privilegio de una clase, una nación, una cultura o una posición religiosa. Por eso, el pobre y el rico, el gobernante y el gobernado, el creyente y quien no comparte nuestra fe poseen una dignidad que no depende de nuestra aprobación.

La autoridad puede reconocer la dignidad humana, protegerla o violarla; no puede crearla a su antojo ni convertirse en su fundamento último.

6. «Dad al César lo que es del César» (Mt 22,21a)

Esta primera parte del dicho reconoce que existe un ámbito de responsabilidad civil. Vivir en sociedad implica obligaciones: contribuir al bien común, respetar las leyes justas, cuidar los bienes públicos, cumplir los deberes ciudadanos y participar responsablemente en la vida política.

Jesús no enseña aquí una independencia absoluta respecto de toda autoridad humana. Tampoco establece que los cristianos deban rechazar automáticamente los impuestos o las instituciones políticas.

Sin embargo, reconocer la legitimidad de una autoridad no significa concederle un poder ilimitado. La tradición bíblica ofrece criterios para discernir esa legitimidad:

  • Romanos 13,1-7: Pablo reconoce la función de la autoridad civil en el mantenimiento del orden y en el servicio al bien común.
  • Hechos 5,29: cuando existe un conflicto radical entre una orden humana y la obediencia debida a Dios, los apóstoles declaran que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
  • Miqueas 6,8: Dios pide practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con él.
  • Marcos 10,42-45: Jesús contrapone el dominio ejercido sobre los demás al servicio que debe caracterizar a sus discípulos.

Estos textos deben leerse conjuntamente. Romanos 13 no convierte toda decisión gubernamental en justa, del mismo modo que Hechos 5,29 no autoriza a rechazar cualquier norma que nos resulte incómoda.

La obediencia civil tiene sentido cuando se orienta a la justicia y al bien común. Cuando el poder exige algo contrario a la dignidad humana o a la voluntad de Dios, aparece la obligación de discernir, resistir responsablemente y defender el bien.

El cristiano no está llamado a despreciar la política, sino a impedir que la política se convierta en un absoluto.

7. «Y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21b)

Esta segunda parte proporciona la profundidad teológica del dicho. En el enfoque propuesto, el mandato de devolver a Dios lo que le pertenece constituye el fundamento de la limitación de toda autoridad humana. La imagen del César puede reclamar un reconocimiento limitado; la dignidad del ser humano remite a su Creador.

Es necesario, no obstante, distinguir entre el sentido histórico inmediato y la interpretación teológica. En el contexto histórico, Jesús responde a una pregunta sobre el tributo imperial. El relato no explica expresamente que «dar a Dios» signifique devolverle al Creador la humanidad entera por haber sido creada a su imagen. Esa interpretación surge de la lectura conjunta de Mateo 22, Génesis 1 y el resto de la revelación bíblica.

Esta lectura permite formular una conclusión central: El César puede reclamar una moneda, pero no puede reclamar para sí la pertenencia absoluta que corresponde a Dios. ¿Qué significa, entonces, dar a Dios lo que es de Dios?

  • Reconocerlo como Creador y fundamento último de la existencia (Gn 1,1.26-27).
  • Amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (Dt 6,4-5; Mt 22,37).
  • Vivir según su voluntad, practicando la justicia y la misericordia (Mt 23,23).
  • No convertir el dinero, el prestigio, la ideología, el Estado ni el poder religioso en ídolos (Mt 6,24).
  • Reconocer que la vida recibida de Dios se realiza mediante el amor, el servicio y la responsabilidad por los demás (Mt 25,31-46).

No se trata de entregar a Dios una parte de la vida y reservar el resto para nosotros. Se trata de vivir todas las dimensiones de la existencia bajo el horizonte de la verdad, el amor y el bien.

Y esto incluye la responsabilidad política, la economía, la educación, la familia y el cuidado de la creación.

8. ¿Hay algo que no sea de Dios?

La pregunta nos lleva desde la moneda hasta una visión integral de la creación. Desde la fe bíblica, Dios es el Creador de cuanto existe (Gn 1,1; Sal 24,1). La tierra y cuanto la llena le pertenecen. La vida humana no se explica únicamente por sí misma: es recibida y está llamada a realizarse en relación con su Creador.

Ahora bien, debemos evitar una conclusión equivocada: si todo procede de Dios, eso no significa que todas las acciones humanas sean queridas o aprobadas por él. El abuso de poder, la injusticia, la explotación y la violencia son acciones humanas que deben ser juzgadas moralmente. No se vuelven buenas por el hecho de ocurrir dentro de una creación que pertenece a Dios.

Dios es creador de la libertad humana, pero no es autor del mal moral en cuanto mal. La distinción es fundamental:

  • Todo cuanto existe depende de Dios en su ser.
  • Las decisiones humanas deben responder moralmente por el uso de la libertad.
  • Ninguna autoridad puede convertir su voluntad particular en medida absoluta del bien y del mal.

Por eso, decir que todos somos de Dios no significa eliminar nuestra libertad, sino comprenderla como una libertad responsable. La imagen divina puede ser oscurecida, pero no debe utilizarse para excluir a nadie

La afirmación de que el pecado puede desfigurar nuestra vida moral es compatible con la tradición cristiana. El egoísmo, el odio y la injusticia contradicen nuestra vocación a reflejar el bien de Dios. Sin embargo, conviene expresarlo con precisión: el pecado no elimina la dignidad fundamental de la persona creada a imagen de Dios. Una persona culpable de una injusticia sigue siendo humana y no pierde por ello todos sus derechos fundamentales.

Esta convicción impide dos errores opuestos: justificar el mal y deshumanizar a quien lo comete. La conversión cristiana busca que la imagen de Dios resplandezca en una existencia reconciliada, justa y capaz de amar (Col 3,9-10; Ef 4,22-24).

9. Efesios 1,4-5: pertenecemos a Dios y estamos llamados a una plenitud

Pablo escribe que Dios nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor, y nos destinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo (Ef 1,4-5). Este pasaje permite profundizar en la vocación humana desde tres dimensiones.

Primera: el origen. Nuestra existencia es recibida. No somos el fundamento último de nosotros mismos ni podemos comprender plenamente nuestra vida si la aislamos de nuestra relación con Dios.

Segunda: la finalidad. Dios nos llama a la santidad. No se trata simplemente de cumplir normas religiosas, sino de vivir en comunión con él y de permitir que su amor transforme nuestras decisiones.

Tercera: la configuración con Cristo. La elección divina se realiza en Cristo. Por eso, la plenitud humana no consiste en ejercer dominio absoluto sobre los demás, sino en aprender a amar, servir, perdonar y entregar la propia vida por el bien ajeno.

Es importante no interpretar Efesios 1,4-5 como si describiera un plan detallado que anulase nuestra libertad o determinase mecánicamente cada acontecimiento individual. Pablo proclama el designio salvífico de Dios en Cristo: estamos llamados a la filiación divina y a una vida santa.

Aquí aparece una consecuencia para Mateo 22,21: si nuestra vocación última es vivir como hijos de Dios, ninguna institución temporal puede convertirse en el fin absoluto de nuestra existencia. La sociedad política es importante, pero no es nuestra salvación definitiva. El dinero es necesario para muchas dimensiones de la vida, pero no puede otorgarnos la plenitud. El reconocimiento social puede ser valioso, pero no determina nuestro valor último. Nuestra dignidad procede de Dios; nuestra vocación es la santidad; nuestra plenitud se realiza en el amor.