domingo, 19 de julio de 2026

DOMINGO XVII - A (26 de Julio del 2026)

 DOMINGO XVII - A (26 de Julio del 2026)

Proclamación del santo evangelio según Mateo 13,44-52:

13,44 El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

13,45 El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas;

13,46 y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

13,47 El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces.

13,48 Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.

13,49 Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos,

13,50 para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

13,51 ¿Comprendieron todo esto?" "Sí", le respondieron.

13,52 Entonces agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo". PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Estimados amigos en el Señor y Paz y Bien.

“Déjenlos crecer juntos (Trigo y cizaña) hasta la cosecha, y entonces diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y échenlo al fuego, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30). “Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt 13,40-43). Hoy se nos reitera de otro modo: “Los pescadores sacan la red a la orilla y, sentándose, recogen los buenos peces en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 13,48-50).

La primera lectura de hoy nos habla del rey Salomón: es hijo de David y vivió en pleno siglo X a. de JC. Aprovechó la obra realizada por su padre y supo mantener con gran esplendor a su pueblo sin ninguna guerra. En cambio, creó una red de relaciones internacionales muy enriquecedoras con los reinos vecinos.

El relato que hoy hemos leído nos transporta al día de su entronización. Es un testimonio que nos puede estimular. En aquel primer día de su reinado, supo pedir el regalo más valioso: "Pídeme lo que quieras", le dice el Señor. Entonces, consciente de su responsabilidad como gobernante, Salomón comprende que Israel no es una propiedad particular suya, sino que es el pueblo de Dios y sabe que tendrá que responder ante Dios sobre su administración. Por eso le responde: "Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el bien del mal".

Salomón elige la sabiduría. Para él, este es el mejor regalo que puede recibir del Señor. No le pide riqueza, ni muchos años de vida, ni victorias sobre los enemigos. Le pide sabiduría. El rey conseguirá la gracia que pide, y muchas más.

Jesús, en el evangelio, nos habla de un hombre que encontró un tesoro en un campo. Sabía que aquello le resolvería los problemas para siempre. El campo era muy caro. Pero él lo quería. Recogió todo lo que tenía, todas las demás propiedades, y las vendió. Se quedó sin nada para poder adquirir aquel campo y hacerse con el tesoro.

En cierto modo es como Salomón. Lo olvida todo para conseguir la sabiduría. Para Salomón, la sabiduría es el tesoro escondido.

Nosotros no somos reyes, ni tenemos día de entronización, pero sí tenemos una vida, una vida que necesitamos vivir con plenitud. El mundo nos presenta muchos valores que deslumbran: dinero, fama, poder... Muchos valores también que van cambiando según las modas. Vemos a las personas que se mueven entusiasmadas, ahora con esto, ahora con aquello y, a menudo, después, las encontramos desencantadas, desorientadas, como si volasen sin norte. La vida necesita una razón que coordine todas nuestras actividades, que las impulse, que las ilumine. Necesita un tesoro. Pero muchas veces este tesoro está escondido.

El tesoro del cristiano. Si no queremos hablar en términos jurídicos, podemos decir que el cristiano no es cualquier persona que haya sido bautizada. Cristiana es la persona que ha encontrado el tesoro auténtico, la persona que ha encontrado a JC. "Tanto ha amado Dios al mundo que le ha dado a su Hijo único" (Jn 3,16). Aquello que hace que seamos cristianos es habernos encontrado con JC.

No se trata solamente de ser seguidores. Se trata ante todo de ser descubridores. Un descubrimiento que siempre es un don de Dios, aunque normalmente sólo se nos da después de la oración humilde y confiada, después del servicio generoso a los hermanos. Pero es un descubrimiento que, de una vez por todas, ilumina todos los rincones de la existencia y comienza una marcha definitiva, cargada de luz y de amor. Encontrar a JC es ir a lo más profundo, es poner los cimientos para edificar una nueva vida.

Encontrar a JC, también es, una vez bien sujeto a Él, dejarte proyectar por Él a una lucha generosa y solidaria en favor de los demás, de manera que todos los intereses personales quedan revitalizados. El tesoro es Él y todo aquello que Él comporta.

Nos ayuda a desprendernos de todos los demás valores, a ponerlos al servicio de la causa más importante. Por esto, quien ha encontrado el auténtico tesoro que es JC no puede dejarse ganar por nadie cuando se trata de hacer un mundo más justo y más fraternal.

En la Eucaristía hoy el Padre nos dice como a Salomón: "Pídeme lo que quieras". Quien encuentra a Jesús se siente libre y experimenta una gran alegría. Se siente acogido por el Amor y libre para amar, libre para dar vida, para darse del todo.

"Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien", nos ha dicho san Pablo.

En la Eucaristía, hoy, JC se nos da una vez más para ser el motor, la luz, la alegría, la vida de nuestra vida. Así se va realizando el proyecto de Aquel que nos predestinó a ser imagen de su Hijo".

Por tanto: La Paradoja del Reino (Mt 13,44-46), el Evangelio de hoy nos sitúa ante el núcleo del misterio divino a través de dos parábolas breves pero de una potencia existencial transformadora: el tesoro escondido y la perla de gran valor.

El Vuelco del Corazón (El Tesoro y la Perla): Cuando esa semilla germina, el discípulo experimenta una sacudida existencial. Es lo que describen las dos parábolas del valor supremo.

El tesoro escondido (Mt 13,44) y el mercader de perlas finas (Mt 13,45-46): En ambos casos hay un hallazgo, pero con dos matices hermosos para la predicación. El del campo tropieza con el tesoro de repente; el mercader lo busca activamente. Dios sale al encuentro tanto del que camina distraído como del que busca la verdad con ansia.

Pero fíjemonos en la reacción: ambos coinciden en una acción radical. Venden todo lo que tienen y compran el campo y la perla.

La paradoja del Reino: No se trata de un sacrificio doloroso o moralista. El texto dice explícitamente que el hombre va «lleno de alegría» a venderlo todo. Cuando descubres a Cristo, dejar lo antiguo no cuesta, porque lo que ganas es infinitamente superior. El Reino no es una carga legislativa; es una fascinación amorosa.

En la primera escena, el Reino irrumpe como gracia pura e inesperada. Un hombre trabaja la tierra —el campo ordinario de la vida diaria— y, sin buscarlo, tropieza con lo absoluto. La ley de la época exigía adquirir el terreno para poseer legítimamente lo hallado. Por eso, desbordado por una alegría radical, va, vende todo lo que tiene y compra el campo. El desapego no nace del esfuerzo moralista o del sacrificio doloroso, sino del deslumbramiento ante la riqueza encontrada. Jesús no se detiene a explicar los detalles; apela a nuestra audacia espiritual: «El que tenga oídos, que oiga» (Mt 13,9.43). Nos invita a descifrar la parábola en nuestra propia historia.

1.Dimensión Bíblica y Pastoral: Aquí radica una pregunta pastoral urgente para cada uno de nosotros: ¿Qué estamos buscando realmente? El campo es nuestra existencia cotidiana. Allí, en la sencillez de los días, habita un tesoro que supera con creces los valores efímeros del mundo. Jesús nos lo advirtió con claridad meridiana en el Sermón de la Montaña: «No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen... Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo... Porque allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón» (Mt 6,19-21).

Si gastamos la vida persiguiendo lo que se marchita, terminaremos con las manos vacías. A veces nuestra búsqueda fracasa porque lanzamos las redes con nuestras solas fuerzas humanas. Recordemos la experiencia de Pedro y los suyos en el lago de Genesaret (Lc 5,4-11): tras una noche entera de fracaso y redes vacías, la palabra de Jesús: rema mar adentro lo cambia todo. Al fiarse de Él, la abundancia es tal que las redes amenazan con romperse. Al final, no retienen los peces; descubren que el verdadero tesoro es el mismo Cristo. Dejándolo todo, lo siguieron. Encontrar el tesoro exige el valor de soltar las amarras de lo viejo.

2. La Dinámica de la Búsqueda: Gracia y Fidelidad: La segunda parábola da un giro teológico sutil pero fundamental. El Reino ya no se compara con la perla en sí, sino con la actitud activa del mercader que busca perlas finas.

El tesoro nos habla de la gratuidad de Dios que sale a nuestro encuentro por pura iniciativa divina.

La perla nos habla del discernimiento y el esfuerzo santo del ser humano que no descansa hasta hallar la Verdad.

Ambas dimensiones son inseparables en la vida cristiana. El Reino es, a la vez, el don gratuito que nos envuelve y la respuesta fiel que nos moviliza. El encuentro verdadero con Dios siempre produce el mismo efecto: la gozosa renuncia a todo lo que nos ata para ganar lo único necesario.

3. La Red y el Esjaton: La Misericordia que Madura en Justicia (Mt 13,47-50)

Jesús cierra este bloque con la parábola de la red echada al mar, una imagen entrañable para una comunidad de pescadores. La red (sagene) barre el fondo del agua y recoge peces de toda clase, sin distinción. En el misterio de la Iglesia y del mundo, el trigo y la cizaña, los peces buenos y los malos, coexisten bajo la mirada paciente de Dios. El pescador no interrumpe la faena a mitad del día; aguarda a que la red esté llena en la playa.

Esta parábola nos recuerda que la infinita misericordia del Señor no anula su justicia divina; la consuma. El tiempo de la pesca es el tiempo de la gracia y de la conversión, pero tiene un límite: el final de los tiempos. Dios respeta de tal manera la libertad humana que permite que cada uno elija su destino eterno.

La dramática parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (Lc 16,19-26) ilustra este abismo definitivo: el egoísmo endurecido en la tierra se convierte en una separación eterna en la otra vida. La advertencia evangélica sobre el «llanto y rechinar de dientes» no busca infundir un temor servil, sino despertarnos de la indiferencia pastoral. Es una llamada a la responsabilidad con el momento presente.

4. Conclusión: Lo Nuevo y lo Viejo (Mt 13,51-52): Al terminar el discurso, Jesús interroga a sus discípulos: «¿Han comprendido todo esto. Ante la respuesta afirmativa, define la identidad del evangelizador: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».

El auténtico discípulo no desecha la Ley Antigua (las promesas), sino que la ve plenamente iluminada por la Novedad del Evangelio (el cumplimiento). Como nos enseña el Maestro en Marcos 2,22, a vino nuevo le corresponden odres nuevos. El encuentro con el Tesoro nos transforma en hombres nuevos (Ef 4,23), capaces de vivir con una alegría desbordante.

Esta ha sido la gran constante de los santos: Los Apóstoles abandonaron las barcas fascinados por su presencia (Lc 5,11). San Pablo, deslumbrado en el camino de Damasco, exclamó: «Para mí, Cristo lo es todo» (Col 3,11) y «Todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,8).

Hermanos, quien encuentra a Cristo no vive desde la renuncia amargada, sino desde el gozo de la plenitud. Que nuestra eucaristía de hoy sea el campo donde volvamos a abrazar el Tesoro, para poder caminar por el mundo testificando con la vida la exhortación del Apóstol: «Estén siempre alegres en el Señor; se los repito: ¡estén alegres!» (Flp 4,4).

El Hombre Nuevo y las Cosas Nuevas: El que encuentra el Reino ya no puede vivir de "rentas espirituales" del pasado. El escriba que se hace discípulo (Mt 13,52) sabe que lo antiguo (la ley, los sacrificios, la vieja vida de pecado, las heridas del pasado) queda asumido y sanado por lo nuevo (la gracia, el mandamiento del amor, la vida en el Espíritu).

Encontrar el tesoro nos induce a una metamorfosis. Ya no somos los mismos. Somos "hombres nuevos", portadores de un "vino nuevo" que necesita odres nuevos. Quien ha tocado la belleza de la perla fina ya no se conforma con las baratijas del egoísmo, del rencor o del materialismo.

Si hoy Jesús te preguntara, como a los apóstoles: "¿Has entendido todo esto?", ¿qué respondería tu vida? ¿Qué es lo que te falta "vender" para quedarte con la Perla?

Las parábolas: “Las cosas nuevas y las cosas antiguas (Mt 13,52), semillas arrojadas en el campo (Mt 13,4-8), el grano de mostaza (Mt 13,31-32), la levadura (Mt 13,33), el tesoro escondido en el campo (Mt 13,44) el mercader de perlas finas (Mt 13,45-46), la red echada en el mar (Mt 13, 47-48). Nos induce hacia la búsqueda del tesoro escondido que es el reino de Dios y el que lo encuentra es hombre nuevo, vino nuevo.

Si has hallado tu tesoro que es Cristo Jesús o que es lo mismo el reino de Dios, disfruta de ese tesoro hallado  siendo o actuado como hombre nuevo (Ef 4,23). Los santos han hallado su tesoros en Cristo, el Señor por eso han sido las personas más felices y contentos. Los apóstoles han hallado el tesoro y dejándolo todo lo siguieron (Lc 5,11). San Pablo halló su tesoro y dijo: “Para mi Cristo lo es todo” (Col. 3,11). “A causa del Señor, nada tiene valor para mí en este mundo. Todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3,8). Por eso, quien supo hallar el tesoro en su vida tiene que estar alegre, como nos recomienda San Pablo: “Estén alegres en el Señor, os lo repito estén alegres” (Flp 4,4).