DOMINGO XIV - A (05 de Julio del 2026)
Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo: 11,25-30
11,25 En aquel tiempo, Jesús dijo: "Te alabo, Padre,
Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a
los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
11,26 Sí, Padre, porque así lo has querido.
11,27 Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al
Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien
el Hijo se lo quiera revelar.
11,28 Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,
y yo los aliviaré.
11,29 Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque
soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
11,30 Porque mi yugo es suave y mi carga
liviana". PALABRA DEL SEÑOR.
Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.
"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por
haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a
los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Mt 11,25-26). ¿Quién
entiende el evangelio? ¿Los sabios, los letrados, los que han estudiado....?,
¿los curas, los teólogos? ¿Son estos los que entienden el evangelio? hay
razones para dudarlo cuando se presenta a Jesús como una teoría. Sobre todo si
apenas han hecho otra cosa que estudiar.
Lo primero que hace falta para comprender el evangelio es
escucharlo, y lo segundo, semejante a lo primero e inseparable con lo primero,
es ponerlo en práctica. Pues el que no hace lo que escucha no ha entendido
nada. Por eso dice Jesús: "Dichoso el que escucha la palabra de Dios y la
pone en práctica" (Mt 7,24). Pero, no "los sabios y entendidos":
Pues la capacidad de escuchar de un hombre cualquiera depende de la necesidad
de preguntar. De modo que el "sabio y el entendido", el que vive sin
problemas y cree que todo lo tiene resuelto, el satisfecho, el situado en
bienes y opiniones, el que se cree justo y juzga a los demás, el
autosuficiente..., no pregunta, no busca, no escucha ni puede escuchar. Y menos
aún escucha un mensaje como el evangelio que habla de salvación, de liberación,
de perdón. Para él la mejor noticia no es la Buena Noticia, sino la ausencia de
toda noticia buena.
El Evangelio nos presenta dos momentos en la vida de Jesús.
1) Jesús en diálogo u oración con el Padre (Mt 11,25-27). 2) Nos aconseja que
todos nosotros comencemos a llevar una vida en Dios (Mt 11,28-30).
1) El Evangelio nos presenta a Jesús hablando con el Padre, en momentos de silencio y oración en los que Jesús desahoga su corazón hablándole de su experiencia al Padre. En este caso, el gozo y la alegría de ver cómo la Palabra de Dios que no es otra cosa que el mismo Reino de Dios va calando en el corazón de la gente sencilla y no precisamente en el corazón de aquellos que se creen superiores. Más bien, son los de abajo, los sencillos, los que significan poco para el mundo, son los más disponibles para abrir sus corazones a la voluntad y a la gracia y el amor del Padre. Ese es el gran misterio de la gracia.
2) Jesús que tiene la experiencia humana del cansancio de
los caminos, nos hace una invitación a saber reposar, descansar, regalarnos un
tiempo para respirar y dejar que nuestro espíritu se vacíe de tantas tensiones
que hoy, elegantemente, llamamos el “estrés”. Dios no es de los que echa cargas
encima de nosotros. Que a Dios no le gusta vernos derrumbados bajo el peso de
las obligaciones, imposiciones y mandatos de la carne. Que Dios lo que quiere
es vernos ligeros y libres en el camino y que las peores cargas ya las ha
llevado Él. Que carguemos con el yugo que Él nos impone, la vida en el
espíritu, porque es ligero y llevadero y no el yugo que con frecuencia nos
imponemos asimismo como es el de la carne o pecados. San Pablo nos sugiere así:
¿Quién es Dios para Jesús sino el Padre, y quien es Jesús
para Dios sino su Hijo?(Mt 11,27):Recordemos en el momento del bautismo: “Tú
eres mi Hijo amado, yo te he engendrado hoy” (Lc 3,22). Refleja unida intima
entre Padre-Hijo: “Yo y el Padre somos una sola realidad” (Jn 10,30).
¿Quién es Jesús para mí? La pregunta de Jesús es: ¿Uds quien
dicen que soy? Pedro respondió y dijo: “Tu eres el Mesías, el hijo de Dios
vivo” (Mt 16,15-16). Ahora Jesús nos ha dicho: “Todo me ha sido entregado por
mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie
sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). Jesús
es, aún más tajante al decir: “Todo poder se me dio en el cielo y en la tierra”
(Mt 28,18). Y en la tercera parte: ¿A quién se dirige Jesús? (Mt 11,28-30)? Se
dirige a cada uno de los pobres y pequeños, es decir a cada uno de nosotros.
Nos ha dicho: “Vengan a mí todos los que están cansados y fatigados, y yo
les daré descanso. Tomen sobre Uds. mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y
humilde de corazón; y hallaran descanso para sus almas” (Mt11,28-29). ¿Cuál es
el yugo que mayormente pesaba sobre el pueblo de aquel tiempo? Y ahora ¿cuál es
el yugo que más pesa sobre ti? ¿No es el odio, el resentimiento, envidia, orgullo
etc? Y ¿Cuál es el yugo que me da descanso? ¿No es el amor, la misericordia, la
caridad, el perdón, la paz? ¿Cómo pueden las palabras de Jesús ayudar a nuestra
familia a ser un lugar de reposo para nuestras vidas?
Fíjense que Jesús se nos presenta como revelador y como
camino al Padre. Algo que ya nos dijo: “Yo soy camino, verdad y vida, nadie va
al padre sino por mi” (Jn 14,6). Ahora bien conviene otra vez preguntarnos:
¿Quién es Jesús para mí? Y ojala nos respondiéramos como Pedro que respondió:
“Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) y ten seguridad que Jesús
nos diría también lo mismo que dijo a Pedro: “Feliz de ti Pedro, porque eso que
me has dicho nadie te revelo de carne y hueso, sino mi Padre del cielo. Ahora
te digo Tu eres Pedro y sobres esta piedra edificare mi Iglesia” (Mt 16,17-18).
Pero esta respuesta por parte nuestra tiene que implicar un compromiso de ser
el mensajero de Dios; al respecto el profeta dice: “Que hermoso son los pasos y
los pies del mensajero que anuncia la palabra de Dios” (Is 52,7). Pero mismo
Jesús nos dice: “Al que me anuncie abiertamente ante los hombres, yo lo
reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero quien me niegue entre los
hombres yo también lo najaré ante mi Padre que está en el cielo” (Mt 10,32).
Este trabajo implica un compromiso serio, es el trabajo misionero.
En el Evangelio de Mateo, el discurso de la Misión ocupa
todo el capítulo 10. En la parte narrativa que sigue después de los capítulos
11 y 12, donde se describe cómo Jesús realiza la Misión, aparecen
incomprensiones y resistencias que Jesús debe afrontar. Juan Bautista, que
miraba a Jesús con una mirada del pasado, no lo comprende (Mt 11, 1-15). El
pueblo, que miraba a Jesús sólo por interés, no es capaz de entenderlo (Mt 11,
16-19). Las grandes ciudades en torno al lago, que habían oído la predicación y
habían visto los milagros, no quieren abrirse a su mensaje (Mt 11, 20-24). Los
escribas y doctores que juzgaban todo a partir de su ciencia, no son capaces de
entender la predicación de Jesús (Mt 11,25). Ni siquiera los parientes lo
entienden (Mt 12,46-50) Sólo los pequeños entienden y aceptan la buena nueva
del Reino (Mt 11,25-30). Los otros quieren sacrificios, pero Jesús quiere
misericordia (Mt 12,8). La resistencia contra Jesús lleva a los fariseos a
intentar matarlo (Mt 12,9-14). Ellos lo llaman Beelzebul (Mt 12, 22-32). Pero
Jesús no cede; él continúa asumiendo la misión del Siervo, descrito por el
profeta Isaías (Is 43, 1-4) y citado al completo por Mateo (Mt 12, 15-31).
El contexto de los capítulos 10-12 de Mateo sugiere que la
aceptación de la buena nueva por parte de los pequeños es la realización de la
profecía de Isaías 53,3. Jesús es el Mesías esperado, pero es diverso de lo que
la mayoría imaginaba. No es el Mesías glorioso nacionalista, ni siquiera un
juez severo, ni un Mesías rey poderoso. Sino que es el Mesías humilde y siervo
que "no rompe la caña cascada, ni apagará la mecha humeante" (Mt
12,20). Él proseguirá luchando, hasta cuando la justicia y el derecho
prevalezcan en el mundo (Mt 12,18. 20-21). La acogida del Reino por parte de
los pequeños es la luz que brilla (Mt 5,14), es la sal que da sabor (Mt 5,13),
es el grano de mostaza que (una vez convertido en árbol grande) permitirá a las
aves del cielo anidar entre sus ramas (Mt 13, 31-32).
Hay algo a lo que solemos dar poca importancia. Es que
también nosotros leemos del Evangelio lo que nos conviene. Jesús nos dice que
Él no ha venido a imponernos cargas pesadas, al contrario, ha venido a
regalarnos el don de la libertad. Nos vino a liberar de las esclavitudes. La
fidelidad al Evangelio no es hacer insoportables las cosas, sino hacerlas
ligeras y llevaderas. Aquí todos tenemos mucho que aprender. La primera expresa
la ternura de la relación de Jesús con el Padre, como en la casa la relación
entre hijo y papá. Aquí es Jesús que acude a la oración lleno de gozo a
contarle al Padre lo que está sucediendo con el anuncio del Reino (Mt
11,25-26). Yo no sé si alguna vez hemos hablado con Dios para contarle algún
acontecimiento que hemos visto o nos ha sucedido. ¿No es nuestro Padre? ¿Por
qué no tener esa libertad de espíritu y esa confianza para hablarle a Dios de
las cosas que nos suceden cada día?. Por ejemplo, cuanto tenemos que aprender
de los pobres como el ciego que ha sido curado por Jesús y luego le
pregunto:"¿Crees en el Hijo del hombre? Él respondió: ¿Quién es, Señor,
para que crea en él?. Jesús le dijo: "lo estás viendo: es el que te está
hablando". Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se arrodilló y
lo adoró” (Jn 9,35-38).
Hoy el Evangelio nos invita a entrar en la intimidad más
profunda de Jesús. Nos encontramos ante un texto bellísimo (Mt 11, 25-30) donde
el Señor levanta su mirada al Cielo y bendice al Padre. Pero para comprender la
magnitud de lo que Jesús nos dice hoy, es necesario que nos hagamos, en el
silencio del corazón, la pregunta fundamental que atraviesa toda la Escritura: ¿Quién
es Jesús para mí?
Tiempo después de este pasaje, en Cesarea de Filipo, Jesús
les lanzará a sus discípulos esa misma pregunta directa: «Y ustedes, ¿quién
dicen que soy?». Y Pedro, inspirado por el Espíritu, responderá con valentía:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 15-16).
Hoy, en este Evangelio, es el propio Jesús quien nos revela
su identidad secreta y divina. Nos dice con absoluta claridad: «Todo me ha sido
entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le
conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt
11, 27). Miren qué maravilla: Jesús no es simplemente un buen maestro, un
filósofo o un profeta más. Él es el Hijo amado, el que comparte la misma vida
de Dios. Su autoridad es total. Es el mismo que, antes de ascender al cielo,
confirmará de forma aún más tajante: «Todo poder se me dio en el cielo y en la
tierra» (Mt 28, 18). El que nos habla hoy es el Rey del universo, el Dios
omnipotente hecho carne.
¿A quién se dirige este Dios soberano?
Cualquiera pensaría que alguien con "todo el poder en el
cielo y en la tierra" buscaría a los grandes sabios, a los gobernantes o a
los poderosos de este mundo. Pero no. ¿A quién se dirige Jesús hoy? Se
dirige a los pobres, a los pequeños, a los sencillos... es decir, se dirige a
cada uno de nosotros.
Escuchemos con el alma el susurro de su voz: «Vengan a mí
todos los que están cansados y fatigados, y yo les daré descanso. Tomen sobre
ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y
hallarán descanso para sus almas» (Mt 11, 28-29).
En tiempos de Jesús, la gente estaba abrumada. El
"yugo" que mayormente pesaba sobre el pueblo de aquel tiempo era una
religiosidad rígida, cargada de leyes y preceptos humanos impuestos por los
escribas y fariseos, cargas pesadas que asfixiaban la fe y hacían ver a Dios
como un juez implacable en lugar de un Padre misericordioso.
Pero traigamos esa pregunta a nuestro hoy, a este domingo, a
tu vida concreta: ¿Cuál es el yugo que más pesa sobre ti en este momento?
A veces pensamos que son las deudas, el trabajo o la salud. Y sí, eso cansa.
Pero el yugo que verdaderamente aplasta el alma, el que no nos deja dormir por
las noches, es el yugo del pecado en el corazón: el odio, el resentimiento,
la envidia, el orgullo, el egoísmo, el deseo de venganza. Ese es el verdadero
yugo pesado que nos enferma y nos aísla.
El yugo que da descanso: Jesús no nos ofrece quitar
el yugo para dejarnos vagar sin rumbo; nos ofrece cambiar de yugo. Nos dice:
"Tomen mi yugo". ¿Y cuál es el yugo de Jesús? Es el amor, la
misericordia, la caridad, el perdón y la paz.
El yugo del orgullo es pesado porque nos obliga a defender
siempre nuestra imagen y a tener siempre la razón. El yugo del amor y del
perdón es ligero, porque nos libera de la necesidad de juzgar y nos permite
caminar ligeros de equipaje. Al estilo de Jesús, que es "manso y humilde
de corazón", encontramos el verdadero descanso, porque dejamos de pelear
contra el mundo en nuestras propias fuerzas y empezamos a descansar en los
brazos del Padre.
Nuestra familia: un lugar de reposo: Finalmente,
hermanos, miremos nuestros hogares. Vivimos en un mundo acelerado, lleno de
tensiones y hostilidad. ¿Cómo pueden estas palabras de Jesús ayudar a nuestra
familia a ser un lugar de reposo para nuestras vidas?
Nuestras casas no pueden ser una extensión del campo de
batalla del mundo. Si dejamos entrar en el hogar el orgullo, los gritos, el
resentimiento por los errores del pasado o la envidia, convertiremos la familia
en un lugar de tortura.
Las palabras de Jesús nos invitan a fundar el hogar en la mansedumbre
y la humildad. Una familia se convierte en un oasis de descanso cuando:
- Aprendemos
a pedir perdón y a decir "lo siento".
- Dejamos
de lado el orgullo y nos escuchamos con paciencia.
- Sustituimos
el reproche por la caridad y la palabra de aliento.
Que hoy, al acercarnos al altar, le entreguemos a Jesús
nuestras fatigas, nuestros odios y resentimientos. Dejemos que Él los destruya
con su amor y salgamos de esta Eucaristía llevando su yugo ligero: el yugo de
la paz y del amor, para que nuestras vidas y nuestras familias sean,
verdaderamente, un reflejo de su descanso divino.
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Paz y Bien
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