domingo, 28 de junio de 2026

DOMINGO XIV - A (05 de Julio del 2026)

 DOMINGO XIV - A  (05 de Julio del 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo: 11,25-30

11,25 En aquel tiempo, Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.

11,26 Sí, Padre, porque así lo has querido.

11,27 Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

11,28 Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.

11,29 Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.

11,30 Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Mt 11,25-26). ¿Quién entiende el evangelio? ¿Los sabios, los letrados, los que han estudiado....?, ¿los curas, los teólogos? ¿Son estos los que entienden el evangelio? hay razones para dudarlo cuando se presenta a Jesús como una teoría. Sobre todo si apenas han hecho otra cosa que estudiar.

Lo primero que hace falta para comprender el evangelio es escucharlo, y lo segundo, semejante a lo primero e inseparable con lo primero, es ponerlo en práctica. Pues el que no hace lo que escucha no ha entendido nada. Por eso dice Jesús: "Dichoso el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica" (Mt 7,24). Pero, no "los sabios y entendidos": Pues la capacidad de escuchar de un hombre cualquiera depende de la necesidad de preguntar. De modo que el "sabio y el entendido", el que vive sin problemas y cree que todo lo tiene resuelto, el satisfecho, el situado en bienes y opiniones, el que se cree justo y juzga a los demás, el autosuficiente..., no pregunta, no busca, no escucha ni puede escuchar. Y menos aún escucha un mensaje como el evangelio que habla de salvación, de liberación, de perdón. Para él la mejor noticia no es la Buena Noticia, sino la ausencia de toda noticia buena.

El Evangelio nos presenta dos momentos en la vida de Jesús. 1) Jesús en diálogo u oración con el Padre (Mt 11,25-27). 2) Nos aconseja que todos nosotros comencemos a llevar una vida en Dios (Mt 11,28-30).

1) El Evangelio nos presenta a Jesús hablando con el Padre, en momentos de silencio y oración en los que Jesús desahoga su corazón hablándole de su experiencia al Padre. En este caso, el gozo y la alegría de ver cómo la Palabra de Dios que no es otra cosa que el mismo Reino de Dios va calando en el corazón de la gente sencilla y no precisamente en el corazón de aquellos que se creen superiores. Más bien, son los de abajo, los sencillos, los que significan poco para el mundo, son los más disponibles para abrir sus corazones a la voluntad y a la gracia y el amor del Padre. Ese es el gran misterio de la gracia.

2) Jesús que tiene la experiencia humana del cansancio de los caminos, nos hace una invitación a saber reposar, descansar, regalarnos un tiempo para respirar y dejar que nuestro espíritu se vacíe de tantas tensiones que hoy, elegantemente, llamamos el “estrés”. Dios no es de los que echa cargas encima de nosotros. Que a Dios no le gusta vernos derrumbados bajo el peso de las obligaciones, imposiciones y mandatos de la carne. Que Dios lo que quiere es vernos ligeros y libres en el camino y que las peores cargas ya las ha llevado Él. Que carguemos con el yugo que Él nos impone, la vida en el espíritu, porque es ligero y llevadero y no el yugo que con frecuencia nos imponemos asimismo como es el de la carne o pecados. San Pablo nos sugiere así:

¿Quién es Dios para Jesús sino el Padre, y quien es Jesús para Dios sino su Hijo?(Mt 11,27):Recordemos en el momento del bautismo: “Tú eres mi Hijo amado, yo te he engendrado hoy” (Lc 3,22). Refleja unida intima entre Padre-Hijo: “Yo y el Padre somos una sola realidad” (Jn 10,30).

¿Quién es Jesús para mí? La pregunta de Jesús es: ¿Uds quien dicen que soy? Pedro respondió y dijo: “Tu eres el Mesías, el hijo de Dios vivo” (Mt 16,15-16). Ahora Jesús nos ha dicho: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). Jesús es, aún más tajante al decir: “Todo poder se me dio en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). Y en la tercera parte: ¿A quién se dirige Jesús? (Mt 11,28-30)? Se dirige a cada uno de los pobres y pequeños, es decir a cada uno de nosotros. Nos ha dicho:  “Vengan a mí todos los que están cansados y fatigados, y yo les daré descanso. Tomen sobre Uds. mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaran descanso para sus almas” (Mt11,28-29). ¿Cuál es el yugo que mayormente pesaba sobre el pueblo de aquel tiempo? Y ahora ¿cuál es el yugo que más pesa sobre ti? ¿No es el odio, el resentimiento, envidia, orgullo etc? Y ¿Cuál es el yugo que me da descanso? ¿No es el amor, la misericordia, la caridad, el perdón, la paz? ¿Cómo pueden las palabras de Jesús ayudar a nuestra familia a ser un lugar de reposo para nuestras vidas?

Fíjense que Jesús se nos presenta como revelador y como camino al Padre. Algo que ya nos dijo: “Yo soy camino, verdad y vida, nadie va al padre sino por mi” (Jn 14,6). Ahora bien conviene otra vez preguntarnos: ¿Quién es Jesús para mí? Y ojala nos respondiéramos como Pedro que respondió: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) y ten seguridad que Jesús nos diría también lo mismo que dijo a Pedro: “Feliz de ti Pedro, porque eso que me has dicho nadie te revelo de carne y hueso, sino mi Padre del cielo. Ahora te digo Tu eres Pedro y sobres esta piedra edificare mi Iglesia” (Mt 16,17-18). Pero esta respuesta por parte nuestra tiene que implicar un compromiso de ser el mensajero de Dios; al respecto el profeta dice: “Que hermoso son los pasos y los pies del mensajero que anuncia la palabra de Dios” (Is 52,7). Pero mismo Jesús nos dice: “Al que me anuncie abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero quien me niegue entre los hombres yo también lo najaré ante mi Padre que está en el cielo” (Mt 10,32). Este trabajo implica un compromiso serio, es el trabajo misionero.

En el Evangelio de Mateo, el discurso de la Misión ocupa todo el capítulo 10. En la parte narrativa que sigue después de los capítulos 11 y 12, donde se describe cómo Jesús realiza la Misión, aparecen incomprensiones y resistencias que Jesús debe afrontar. Juan Bautista, que miraba a Jesús con una mirada del pasado, no lo comprende (Mt 11, 1-15). El pueblo, que miraba a Jesús sólo por interés, no es capaz de entenderlo (Mt 11, 16-19). Las grandes ciudades en torno al lago, que habían oído la predicación y habían visto los milagros, no quieren abrirse a su mensaje (Mt 11, 20-24). Los escribas y doctores que juzgaban todo a partir de su ciencia, no son capaces de entender la predicación de Jesús (Mt 11,25). Ni siquiera los parientes lo entienden (Mt 12,46-50) Sólo los pequeños entienden y aceptan la buena nueva del Reino (Mt 11,25-30). Los otros quieren sacrificios, pero Jesús quiere misericordia (Mt 12,8). La resistencia contra Jesús lleva a los fariseos a intentar matarlo (Mt 12,9-14). Ellos lo llaman Beelzebul (Mt 12, 22-32). Pero Jesús no cede; él continúa asumiendo la misión del Siervo, descrito por el profeta Isaías (Is 43, 1-4) y citado al completo por Mateo (Mt 12, 15-31).

El contexto de los capítulos 10-12 de Mateo sugiere que la aceptación de la buena nueva por parte de los pequeños es la realización de la profecía de Isaías 53,3. Jesús es el Mesías esperado, pero es diverso de lo que la mayoría imaginaba. No es el Mesías glorioso nacionalista, ni siquiera un juez severo, ni un Mesías rey poderoso. Sino que es el Mesías humilde y siervo que "no rompe la caña cascada, ni apagará la mecha humeante" (Mt 12,20). Él proseguirá luchando, hasta cuando la justicia y el derecho prevalezcan en el mundo (Mt 12,18. 20-21). La acogida del Reino por parte de los pequeños es la luz que brilla (Mt 5,14), es la sal que da sabor (Mt 5,13), es el grano de mostaza que (una vez convertido en árbol grande) permitirá a las aves del cielo anidar entre sus ramas (Mt 13, 31-32).

Hay algo a lo que solemos dar poca importancia. Es que también nosotros leemos del Evangelio lo que nos conviene. Jesús nos dice que Él no ha venido a imponernos cargas pesadas, al contrario, ha venido a regalarnos el don de la libertad. Nos vino a liberar de las esclavitudes. La fidelidad al Evangelio no es hacer insoportables las cosas, sino hacerlas ligeras y llevaderas. Aquí todos tenemos mucho que aprender. La primera expresa la ternura de la relación de Jesús con el Padre, como en la casa la relación entre hijo y papá. Aquí es Jesús que acude a la oración lleno de gozo a contarle al Padre lo que está sucediendo con el anuncio del Reino (Mt 11,25-26). Yo no sé si alguna vez hemos hablado con Dios para contarle algún acontecimiento que hemos visto o nos ha sucedido. ¿No es nuestro Padre? ¿Por qué no tener esa libertad de espíritu y esa confianza para hablarle a Dios de las cosas que nos suceden cada día?. Por ejemplo, cuanto tenemos que aprender de los pobres como el ciego que ha sido curado por Jesús y luego le pregunto:"¿Crees en el Hijo del hombre? Él respondió: ¿Quién es, Señor, para que crea en él?. Jesús le dijo: "lo estás viendo: es el que te está hablando". Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se arrodilló y lo adoró” (Jn 9,35-38).

Hoy el Evangelio nos invita a entrar en la intimidad más profunda de Jesús. Nos encontramos ante un texto bellísimo (Mt 11, 25-30) donde el Señor levanta su mirada al Cielo y bendice al Padre. Pero para comprender la magnitud de lo que Jesús nos dice hoy, es necesario que nos hagamos, en el silencio del corazón, la pregunta fundamental que atraviesa toda la Escritura: ¿Quién es Jesús para mí?

Tiempo después de este pasaje, en Cesarea de Filipo, Jesús les lanzará a sus discípulos esa misma pregunta directa: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?». Y Pedro, inspirado por el Espíritu, responderá con valentía: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 15-16).

Hoy, en este Evangelio, es el propio Jesús quien nos revela su identidad secreta y divina. Nos dice con absoluta claridad: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27). Miren qué maravilla: Jesús no es simplemente un buen maestro, un filósofo o un profeta más. Él es el Hijo amado, el que comparte la misma vida de Dios. Su autoridad es total. Es el mismo que, antes de ascender al cielo, confirmará de forma aún más tajante: «Todo poder se me dio en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). El que nos habla hoy es el Rey del universo, el Dios omnipotente hecho carne.

¿A quién se dirige este Dios soberano?

Cualquiera pensaría que alguien con "todo el poder en el cielo y en la tierra" buscaría a los grandes sabios, a los gobernantes o a los poderosos de este mundo. Pero no. ¿A quién se dirige Jesús hoy? Se dirige a los pobres, a los pequeños, a los sencillos... es decir, se dirige a cada uno de nosotros.

Escuchemos con el alma el susurro de su voz: «Vengan a mí todos los que están cansados y fatigados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas» (Mt 11, 28-29).

En tiempos de Jesús, la gente estaba abrumada. El "yugo" que mayormente pesaba sobre el pueblo de aquel tiempo era una religiosidad rígida, cargada de leyes y preceptos humanos impuestos por los escribas y fariseos, cargas pesadas que asfixiaban la fe y hacían ver a Dios como un juez implacable en lugar de un Padre misericordioso.

Pero traigamos esa pregunta a nuestro hoy, a este domingo, a tu vida concreta: ¿Cuál es el yugo que más pesa sobre ti en este momento? A veces pensamos que son las deudas, el trabajo o la salud. Y sí, eso cansa. Pero el yugo que verdaderamente aplasta el alma, el que no nos deja dormir por las noches, es el yugo del pecado en el corazón: el odio, el resentimiento, la envidia, el orgullo, el egoísmo, el deseo de venganza. Ese es el verdadero yugo pesado que nos enferma y nos aísla.

El yugo que da descanso: Jesús no nos ofrece quitar el yugo para dejarnos vagar sin rumbo; nos ofrece cambiar de yugo. Nos dice: "Tomen mi yugo". ¿Y cuál es el yugo de Jesús? Es el amor, la misericordia, la caridad, el perdón y la paz.

El yugo del orgullo es pesado porque nos obliga a defender siempre nuestra imagen y a tener siempre la razón. El yugo del amor y del perdón es ligero, porque nos libera de la necesidad de juzgar y nos permite caminar ligeros de equipaje. Al estilo de Jesús, que es "manso y humilde de corazón", encontramos el verdadero descanso, porque dejamos de pelear contra el mundo en nuestras propias fuerzas y empezamos a descansar en los brazos del Padre.

Nuestra familia: un lugar de reposo: Finalmente, hermanos, miremos nuestros hogares. Vivimos en un mundo acelerado, lleno de tensiones y hostilidad. ¿Cómo pueden estas palabras de Jesús ayudar a nuestra familia a ser un lugar de reposo para nuestras vidas?

Nuestras casas no pueden ser una extensión del campo de batalla del mundo. Si dejamos entrar en el hogar el orgullo, los gritos, el resentimiento por los errores del pasado o la envidia, convertiremos la familia en un lugar de tortura.

Las palabras de Jesús nos invitan a fundar el hogar en la mansedumbre y la humildad. Una familia se convierte en un oasis de descanso cuando:

  • Aprendemos a pedir perdón y a decir "lo siento".
  • Dejamos de lado el orgullo y nos escuchamos con paciencia.
  • Sustituimos el reproche por la caridad y la palabra de aliento.

Que hoy, al acercarnos al altar, le entreguemos a Jesús nuestras fatigas, nuestros odios y resentimientos. Dejemos que Él los destruya con su amor y salgamos de esta Eucaristía llevando su yugo ligero: el yugo de la paz y del amor, para que nuestras vidas y nuestras familias sean, verdaderamente, un reflejo de su descanso divino.

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Paz y Bien

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