domingo, 6 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV – A (13 de setiembre de 2026)

 DOMINGO XXIV – A (13 de setiembre de 2026)

Proclamación del santo evangelio según San Mateo 18,21-35

18,21 Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?"

18,22 Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

18,23 Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.

18,24 Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.

18,25 Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.

18,26 El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".

18,27 El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

18,28 Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: "Págame lo que me debes".

18,29 El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: "Dame un plazo y te pagaré la deuda".

18,30 Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

18,31 Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.

18,32 Este lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.

18,33 ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?"

18,34 E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

18,35 Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos" PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

San Pablo dice: “No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien” (Rom 12,21). “Perdona a tu prójimo el agravio, y, en cuanto lo pidas, te serán perdonados tus pecados. El hombre que guarda rencor contra su prójimo, ¿cómo pide del Señor que le Perdone?” (Eclo 28,2-3). “Quien no practico misericordia tendrá un juicio sin misericordia” (Stg 2,13).

 La única estrategia efectiva para llegar al cielo es el amor, por eso la enseñanza central del evangelio es aquello que Jesús nos ha dicho: “Les doy un mandamiento nuevo, ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros". (Jn 13,34-35; Juan 15, 12; Juan 15, 17; 1 Juan 3, 11; 1 Juan 3, 23). Pero, preguntar cuántas veces he de perdonar a mi hermano, como ya se ha dicho, es ponerle límites al amor. ¿Qué sucedería si también le preguntamos a Dios cuántas veces está dispuesto a perdonarnos? San Pablo lo entendió mejor que Pedro y por eso dice: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá. El amor no pasará jamás” (I Cor 13,4-8).

 Cuando nosotros solemos decir “a la tercera va la vencida”. Es decir, que después de tres veces ya no me vengas con cuentos. Que no es lo mismo que decir que te perdono solo hasta siete veces y no más. En cambio y felizmente para Dios ni a la tercer ni a la octava va la vencida porque Dios nos ama siempre y por eso nos perdona siempre. Incluso ya nos dijo: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Jesús dio su vida por nosotros, de este modo nos testificó que Dios nos ama como un amigo fiel hasta la muerte. Con mucha razón nos había dicho al inicio de su misión:  “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.  Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17).

 Tenemos que reconocer que nos cuesta aceptar que estamos llamados en amar como Dios nos ama. Nos imaginamos que el corazón de Dios es como el nuestro, un corazón que pone numero al amor. Nosotros nos parecemos al siervo de la parábola que pide se le perdone su enorme deuda o al menos que tengan paciencia con él, pero luego él es incapaz de ser considerado con el compañero que le debe una minucia. Por eso es linda la conclusión que saca Jesús: “Perdonar de corazón cada uno a su hermano” (Mt 18,35).

 ¿Sabes cuántas veces has cometido pecado y por tanto cuántas veces te ha perdonado ya Dios? ¿Cuántas veces hemos perdonado nosotros? ¿Cuántas veces se han perdonado los esposos? ¿Cuántas veces se han perdonado los hermanos? ¿Cuántas veces hemos perdonado al vecino? ¿No te parece lindo que los esposos pudieran decirse el uno al otro: aunque me falles siempre te perdonaré? Ya sé que más de uno estará pensando: ¿Y no es eso dejarle vía libre para hacer lo que le viene en ganas? El amor y el perdón claro que dejan vía libre, pero también son una exigencia para cambiar y vivir en la verdad del amor. Si quieres que Dios te perdone, comienza por perdonar. Si no eres capaz de perdonar por siempre, luego no pidas que Dios te perdone siempre. No por gusto nos dijo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes"(Lc 6,36-38). Es decir, en la capacidad de perdón se juega la edificación o la destrucción de la comunidad que busca la salvación.

 La comunidad de Jesús no puede sostenerse sin el perdón dado y recibido siempre y porque esta comunidad (Iglesia) es de Hermanos (Mt 23,8). Y el distintito de la comunidad es el amor mutuo: Recordemos aquel mandato enfático que dio Jesús a la comunidad: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto los reconocerán que ustedes son mis discípulos en el amor que se tengan los unos a los otros" (Jn 13,34-35). Así pues, el que ama no permitirá que su hermano peque  y se pierda (Mt 18,15); No perdonará solo siete veces sino por siempre (Mt 18,21). Porque ama por siempre.

 La actitud contraria  al amor nos recuerda aquella primera escena de odio: “Caín, dijo a su hermano Abel Vamos al campo. Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín contra su hermano Abel y lo mató. El Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: "No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?" Replicó el Señor: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo” (Gn4,8-10). Esta escena nos sitúa en la segunda parte de la enseñanza del evangelio de hoy: “El Siervo despiadado” (Mt 18,23-34). “Por eso el Reino de los cielos es semejante a…”. Es importante esta mención del “Reino”: el concederle el perdón al hermano es condición para ser admitido en el “Reino de los cielos”, es en este punto que debe verificarse un cambio radical en la vida de un discípulo (Mt 18,3).

 El perdón desde el corazón o con misericordia como mensaje central de la enseñanza (Mt 18,35): “Lo mismo hará con Uds mi Padre celestial, si no perdonan de corazón cada uno a su hermano”. La parábola ha terminado con una verdadera consagración de la “misericordia” con la cual se descarta definitivamente la “ley del talión” (Mt 5, 38-39). La conexión con las bienaventuranzas es evidente: “Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7); esta es, incluso, una de sus mejores catequesis. Igualmente nos conecta con el epílogo del Padre-Nuestro:

 “Que si Uds. perdonan a los hombres sus ofensas, les perdonará también a Uds. su Padre celestial;  pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas” (Mt 6, 14-15).

 La novedad, con relación a los textos anteriores, es que Jesús agrega que ese perdón debe ser concedido “de corazón” y no solo de boca o meras palabras. Por lo que, será nuestra actitud la que determinará finalmente el juicio de Dios sobre nuestras salvación. El apóstol Santiago nos dice: “El que no practicó misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg 2,13).

 A menudo solemos actuar equivocadamente; en lugar de ser misericordiosos, actuar como jueces, al respecto el Señor nos lo dice también: “¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Deja que te saque la paja de tu ojo, si hay una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mt 7,3-5).  Y el Apóstol Santiago: “Uno solo es el legislador y juez, aquel que tiene el poder de salvar o de condenar. ¿Quién eres tú para condenar al prójimo?” (Stg 4,12). Y San Pablo agrega: “La única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley” (Rm 13,8). Así pues, el que vive en el amor, no vive con tanto cuantas veces perdono a mi prójimo si no siempre perdonando: “El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá” (I Cor 13,7-8).

El pánico de la eterna reprobación relampaguea tras las palabras que nos indican el castigo: La primera enseñanza de la parábola es la advertencia contra la dureza de corazón. Si los hermanos no se perdonan mutuamente, está en peligro su eterno destino.

(Lc 6,36-38): La medida con que Dios nos mide es la misma con que nosotros debemos medir. La relación con los demás hermanos se regula con nuestra relación con Dios. De aquí nace la orden de estar dispuestos sin restricciones a reconciliarnos. Solamente así se mantiene la perspectiva de ser salvado al rendir cuentas en el juicio. De este modo se ha elevado a un nuevo plano la relación de los hermanos entre sí. Todos ellos están relacionados como personas que viven de la misericordia del mismo Señor. Lo que se les ha encargado es obsequiarse también entre sí con esta misericordia, que se les ha concedido con exceso. En la historia se revela la conducta de Dios con el hombre con la misma profundidad que la conducta de los hombres entre sí. El que no busca su propia gloria, sino que constantemente se da poca importancia y perdona desinteresadamente, éste es el mayor en el reino de los cielos.

El perdón según: Mt 18,21-35: ¿TIENE LIMITES EL PERDÓN? Pero esa pregunta casuística, que intenta fijar la cantidad y límites del perdón cuando el hermano te ofende, parece sacar el perdón de su contexto -el Reino del Padre- para devolverlo a la ley. La parábola del empleado inicuo quiere devolver el problema al único horizonte en que puede ser resuelto: Si Dios perdona graciosamente las mayores deudas, nadie puede aducir razones válidas para negar el perdón a otro. reformula esto de forma que cambie o desafie la forma que veo este problema.

Mt 18,21-35: Jesús no está enseñando una técnica para calcular cuántas veces debemos perdonar; está desmontando la mentalidad que convierte el perdón en una deuda contabilizable.

Pedro pregunta: «Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces?». La pregunta parece piadosa, pero todavía funciona con lógica jurídica: ¿cuál es el límite de mi obligación? Jesús responde con una lógica completamente distinta: «No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete». Es decir, el discípulo no debe vivir preguntándose «¿cuántas veces tengo que perdonar?», sino «¿cómo puedo yo, que he sido alcanzado por la misericordia de Dios, negársela a mi hermano?».

1. Pedro pregunta por el límite; Jesús responde desde el Reino

Pedro quiere establecer una frontera. Jesús elimina la frontera.

Esto es importante porque el perdón cristiano no nace primeramente de una norma moral, sino de una experiencia de gracia. Por eso la parábola comienza con el Reino: «El Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores».

El centro no es el siervo que perdona. El centro es el rey que perdona primero.

La enorme deuda del servidor es una imagen de una deuda que él jamás podría saldar. Y, sin embargo, el rey no solamente reduce la deuda: la cancela.

Ahí está la inversión radical del Evangelio:

El cristiano no perdona para que Dios lo perdone; perdona porque ya ha sido alcanzado por un Dios que perdona.

2. El problema del segundo siervo

Aquí aparece la tragedia espiritual de la parábola.

El primer servidor acaba de experimentar misericordia, pero inmediatamente después encuentra a un compañero que le debe mucho menos. Y entonces hace exactamente lo contrario de aquello que acaba de recibir.

Su problema no es simplemente que no sabe perdonar. Su problema es más profundo: ha recibido misericordia, pero no ha permitido que la misericordia lo transforme.

Puede haber experimentado el perdón de Dios sacramentalmente, litúrgicamente, doctrinalmente, incluso emocionalmente, y continuar viviendo con una lógica completamente distinta: «A mí me deben; yo cobro. A mí me hicieron daño; yo exijo. Yo tengo razón; el otro tiene que pagar».

Por eso la parábola es terriblemente actual.

3. El pecado más profundo no es haber sido herido, sino convertir la herida en una deuda eterna

Aquí podemos desafiar nuestra manera habitual de entender el perdón.

A veces pensamos: «Yo perdono cuando el otro lo merece». Pero el Evangelio pregunta algo más incómodo: «¿Acaso tú recibiste la misericordia de Dios porque la merecías?»

A veces decimos: «Perdonaré cuando me pida perdón». Pero Jesús coloca delante de nosotros una misericordia que precede al mérito.

Y a veces pensamos: «Si perdono, significa que lo que hizo estuvo bien». No. Perdonar no significa declarar bueno el mal. Significa negarse a permitir que el mal tenga la última palabra sobre el propio corazón.

El perdón cristiano no borra la verdad, no elimina la justicia, no necesariamente restaura inmediatamente la confianza y tampoco obliga a permanecer en situaciones de abuso. Pero sí rompe una cadena interior:

ofensa → resentimiento → deseo de devolver el daño → nueva ofensa.

El perdón introduce otra posibilidad:

ofensa → verdad → misericordia → libertad.

4. La clave espiritual: «como Dios te perdonó». La parábola termina de manera estremecedora porque el rey dice: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, como yo me compadecí de ti?» La palabra decisiva es «como».

No se trata simplemente de: «Perdona porque perdonar es bueno». Se trata de:

«Perdona porque has conocido el rostro de un Dios que te ha perdonado». Por eso el perdón cristiano es esencialmente imitación de Dios.

Aquí Mt 18 se encuentra con la oración del Padre nuestro: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos» (Mt 6,12). Y también con la lógica de Cristo en la cruz: «Padre, perdónalos no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

La pregunta entonces deja de ser: «¿Hasta dónde debo perdonar?» y se convierte en:

«¿Hasta dónde ha llegado conmigo la misericordia de Dios?» Y la respuesta es aterradora y consoladora al mismo tiempo: mucho más lejos de lo que yo estaría dispuesto a llegar con los demás.

Una reformulación que desafía nuestra manera de ver el problema

¿TIENE LÍMITES EL PERDÓN? Quizá estoy haciendo la pregunta equivocada.

Cuando pregunto «¿cuántas veces tengo que perdonar?», todavía estoy pensando como quien quiere conocer el límite de su obligación: «Dime hasta dónde debo llegar y, una vez alcanzado ese límite, podré dejar de perdonar». Pero Jesús rompe esa lógica.

El Evangelio no me invita a calcular el perdón; me invita a contemplar la misericordia que primero me alcanzó a mí. Antes de preguntarme cuánto debo perdonar a mi hermano, debería atreverme a contemplar cuánto me ha perdonado Dios.

La parábola del servidor despiadado revela una contradicción terrible: un hombre puede recibir misericordia y, sin embargo, seguir viviendo como un cobrador de deudas. Puede decir que cree en un Dios misericordioso y continuar administrando su vida con resentimiento, rencor y exigencia.

Por eso el verdadero problema no es solamente que yo tenga dificultad para perdonar.

El problema puede ser que todavía no he comprendido de qué he sido perdonado.

Cuando olvido la misericordia recibida, las ofensas de los demás se vuelven enormes. Cuando recuerdo la misericordia de Dios, sin justificar el mal, comienzo a mirar de otra manera al que me ha herido.

Entonces el perdón deja de ser una cantidad y se convierte en un modo de existir.

No significa decir que el mal no ocurrió. No significa renunciar a la justicia. No significa permitir nuevamente el daño. No significa fingir que no dolió.

Significa algo mucho más profundo: me niego a convertir la herida recibida en una prisión para mi corazón. Por eso quizá la pregunta cristiana no sea:

«¿Cuántas veces tengo que perdonar?» sino:

«¿Qué tendría que suceder en mí para que la misericordia que Dios tuvo conmigo pueda comenzar a pasar a través de mí hacia quien me hirió?»

Y aquí aparece el desafío más radical de Jesús:

¿Quiero realmente un Dios misericordioso para mí, si no estoy dispuesto a permitir que esa misericordia transforme la manera en que trato a los demás?

El Reino comienza precisamente cuando dejo de llevar la contabilidad de las deudas ajenas y comienzo a vivir desde la deuda de amor que Dios ya ha cancelado en mí.

Una pregunta todavía más candente para tu taller

Si esta noche Dios me mostrara todas las veces que me ha perdonado, ¿seguiría sintiéndome con derecho a conservar indefinidamente contra mi hermano aquello que él me hizo?

Y una última inversión: Tal vez el perdón no consiste en que yo renuncie a algo que tengo derecho a conservar, sino en que finalmente permita que la misericordia de Dios tenga sobre mí más poder que la herida que recibí.

Esa es, a mi juicio, la verdadera radicalidad de Mt 18,21-35: Jesús no está intentando producir personas que perdonen más; está intentando producir personas que hayan sido tan profundamente alcanzadas por la misericordia del Padre que ya no puedan vivir tranquilamente como si la misericordia no existiera.

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