domingo, 13 de septiembre de 2026

DOMINGO XXV – A (20 de setiembre de 2026)

 DOMINGO XXV – A (20 de setiembre de 2026)

 Proclamación del santo evangelio según San Mateo 20,1-16:

 20,1 Porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña.

20,2 Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.

20,3 Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza,

20,4 les dijo: "Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo".

20,5 Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.

20,6 Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: "¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?"

20,7 Ellos le respondieron: "Nadie nos ha contratado". Entonces les dijo: "Vayan también ustedes a mi viña".

20,8 Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: "Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros".

20,9 Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.

20,10 Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario.

20,11 Y al recibirlo, protestaban contra el propietario,

20,12 diciendo: "Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada".

20,13 El propietario respondió a uno de ellos: "Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?

20,14 Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti.

20,15 ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?"

20,16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos".  PALABRA DEL SEÑOR.

 Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

Existen cristianos que creen que la religión consiste en lo que ellos dan a Dios. Y no, la religión consiste en lo que Dios hace por nosotros.

Mentalidad de mercenarios. Incapacidad congénita para considerarse «siervos inútiles». No entienden que es peligroso exigir a Dios «lo que es justo».

El verdadero obrero, según el corazón del Señor, es el que se desinteresa del salario. El que encuentra la propia alegría en poder trabajar por el Reino.

Pero el punto central de la parábola está especificado en esa constatación amarga: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno? «Envidia», «envidioso» se puede traducir, literalmente, por «ojo malo».

En el fondo la parábola nos dice que podemos ser unos trabajadores extraordinarios, pero al mismo tiempo estar enfermos de «ojo malo». Y, consiguientemente, no sabemos estar en la viña como se debe.

Digamos la verdad. Es más fácil aceptar la severidad de Dios, que su misericordia. Y, sin embargo, la prueba fundamental a que está sometido el cristiano es ésta: ¿eres capaz de aceptar la bondad del Señor, de no refunfuñar cuando perdona, cuando compadece, cuando olvida las ofensas, cuando es paciente, generoso hacia el que se ha equivocado? ¿Eres capaz de perdonar a Dios su «injusticia»? (/Lc/15/11-32) ¿Resistes a la tentación de enseñar a Dios el... oficio de Dios? El hermano obedientísimo del hijo pródigo, ese trabajador ejemplar, ese empleado modelo, se ha revelado incapaz de comprender y aceptar la liberalidad del padre, su acogida festiva al hijo calavera que volvía a casa después de haber dilapidado el patrimonio en juergas y con mujerzuelas. Se ha sentido ofendido por la fiesta organizada con ocasión de su vuelta. Esa alegría le ha parecido una injuria, una injusticia a su fidelidad.

Nuestra desgracia es la envidia. (El ojo malo). La mezquindad.

No estamos dispuestos a hacer fiesta cuando Dios hace fiesta a quien no se la merece. Apuesto que, si hubiésemos estado presentes bajo la cruz, habríamos considerado «inadmisible» la pretensión del ladrón de entrar en el Reino de Cristo a ese precio. Y habríamos encontrado motivo para criticar aquella canonización inmediata de un pícaro, que no tenía para exhibir ninguna de esas virtudes nuestras «probadas», sino sólo maldades.

La infinita misericordia de Dios sólo tiene un enemigo: el ojo malo.

Pero quien tiene el ojo malo, y no intenta curarse, es también enemigo de sí mismo. Porque corre el peligro de echar a perder la eternidad. Si esperamos la vida eterna como justa recompensa a nuestros méritos, nos cerramos la posibilidad de sorprendernos, como los trabajadores de la hora undécima, frente a la generosidad del amo. Pasaremos la eternidad contabilizando nuestros méritos. Confrontándolos con los de los demás. Corrigiendo las operaciones de Dios. Una condenación...

Mt 20,1-16 no enseña que el salario o la recompensa sean malos, ni que el cristiano deba trabajar por el Reino sin esperar la vida eterna. El problema es convertir la relación con Dios en una contabilidad de méritos que nos permita exigirle a Dios un trato proporcional al nuestro.

1. La parábola no trata primariamente del salario, sino de la lógica del Reino

Evangelio de Mateo 20,1-16 comienza con una fórmula decisiva:

«El Reino de los cielos se parece a un propietario que salió de madrugada a contratar jornaleros para su viña».

La viña representa el ámbito donde Dios reúne, llama y hace participar al ser humano en su obra. Lo sorprendente es que el propietario sale repetidamente: al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y finalmente casi al caer la tarde.

Esto significa que Dios no deja de llamar.

Hay personas que entran en la viña desde muy temprano; otras llegan casi al final. Y aquí aparece el escándalo: Dios no distribuye su bondad según nuestro sistema de proporcionalidad.

El trabajador de primera hora piensa: «Yo trabajé más → debo recibir más».

El propietario responde: «¿No habíamos acordado un denario?»

La cuestión no es que Dios sea injusto. La parábola introduce deliberadamente una distinción entre justicia y gratuidad. El amo no les quita nada a los primeros. Les da lo convenido. Lo que los irrita es que los últimos reciban también un denario. Ahí aparece el verdadero problema.

2. El «ojo malo o envidia»: la enfermedad espiritual que transforma la gracia del otro en una injusticia contra mí

La expresión griega de Mt 20,15 es particularmente fuerte: «¿Es malo tu ojo porque yo soy bueno?»

La imagen del ojo malo no describe simplemente una mirada desagradable. En el contexto bíblico, puede expresar una mirada envidiosa, mezquina, avara, incapaz de alegrarse ante el bien recibido por otro.

Y aquí aparece la paradoja espiritual: puedo estar dentro de la viña y tener el corazón fuera de la lógica de la viña.

Puedo trabajar para Dios y, sin embargo, no amar verdaderamente la lógica de Dios. Puedo rezar, estudiar teología, servir, evangelizar, enseñar, cumplir normas, ser fiel durante décadas... y todavía preguntarme: «¿Y él qué ha hecho para recibir tanto?»

Entonces mi servicio deja de ser amor y se convierte, poco a poco, en una cuenta corriente delante de Dios.

3. El trabajador de primera hora puede estar trabajando para Dios... pero también para sí mismo

Esta es quizá la parte más incómoda de la parábola. El trabajador de primera hora no necesariamente es un hipócrita. Trabajó realmente. Su problema aparece cuando descubre que Dios es bueno con quien, según sus cálculos, merece menos.

Entonces emerge algo escondido: «Yo no solamente quería servir; quería que mi servicio me colocara por encima de los demás». Y esto puede ocurrir también en la vida religiosa, sacerdotal, pastoral, académica o educativa.

Podemos llegar a pensar: «Yo llevo muchos años sirviendo». «Yo fui fiel cuando otros abandonaron». «Yo cumplí cuando otros fallaron». «Yo me sacrifiqué». «Yo estudié». «Yo obedecí». «Yo permanecí».

Y todo eso puede ser verdadero. Pero aparece la pregunta terrible:

¿Mi fidelidad me ha hecho más misericordioso o más exigente con los que no fueron fieles como yo? Porque existe una fidelidad que nos acerca a Dios y otra que, paradójicamente, nos hace sentir propietarios de Dios.

4. El verdadero obrero no trabaja para comprar el Reino

No diría simplemente: «El verdadero obrero es el que se desinteresa del salario». Teológicamente sería más preciso decir: El verdadero obrero no trabaja para convertir el salario en una deuda que Dios tenga que pagarle. La vida eterna sigue siendo un don prometido por Cristo.

San Pablo lo expresa radicalmente: «La paga del pecado es la muerte; pero el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús» (Rm 6,23). La diferencia es enorme.

Salario entendido como derecho absoluto: «Dios me debe esto porque hice aquello».

Don recibido en la alianza: «Todo lo que tengo, incluso mi capacidad de trabajar en tu viña, ya es gracia» Por eso el cristiano puede desear la vida eterna sin convertirla en una remuneración contractual.

La pregunta cambia: No «¿cuánto me dará Dios por lo que hice?», sino «¿cómo podría no alegrarme de haber podido trabajar en su viña?»

5. «Es más fácil aceptar la severidad de Dios que su misericordia»

Aquí tocamos una de las dimensiones más profundas del texto. Nosotros comprendemos fácilmente un Dios que funciona según: premio → mérito → recompensa.

Porque ese Dios es previsible. Podemos calcularlo. Podemos compararnos. Podemos sentirnos mejores. Podemos incluso sentirnos seguros delante de él. Pero el Dios misericordioso nos desarma. Porque si Dios puede amar gratuitamente al último: ¿qué queda de mi superioridad?

Si Dios puede perdonar al pecador: ¿qué hago yo con mis méritos?

Si Dios puede recibir al que regresó después de haberlo perdido todo: ¿qué hago con mis años de fidelidad?

La misericordia de Dios resulta escandalosa porque no solamente salva al pecador: también amenaza la imagen de superioridad del justo.

6. Por eso Mt 20 debe leerse junto con Lc 15

Aquí tu conexión con el hermano mayor del hijo pródigo es teológicamente fecunda. En Lc 15, el hermano mayor no dice: «Padre, me alegra que mi hermano haya vuelto».

Dice, en esencia: «Yo te he servido todos estos años...» Su vocabulario revela una relación deteriorada. No se experimenta como hijo, sino como trabajador que presenta méritos.

Y ahí está la tragedia: está dentro de la casa, pero no participa de la alegría del padre.

Lo mismo ocurre en Mt 20.

Los primeros trabajadores están dentro de la viña, pero no consiguen entrar en la alegría del propietario. Ese puede ser el drama de una vida cristiana entera: trabajar para Dios sin haber aprendido a alegrarse con Dios.

7. «Perdonarle a Dios su injusticia»: una paradoja que debe entenderse correctamente

La expresión es provocadora y espiritualmente poderosa, pero necesita una precisión: Dios no es injusto. La parábola no relativiza la justicia divina.

Lo que pone en crisis es nuestra definición de justicia cuando queremos utilizarla para limitar la misericordia de Dios.

El hombre dice: «No es justo que él reciba tanto». Dios responde: «¿No puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O tienes tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,15).

Por tanto, el problema no es la injusticia de Dios.

El problema es que mi idea de justicia puede convertirse en una cárcel que intento imponerle a la misericordia divina.

8. El ladrón en la cruz revela hasta dónde llega nuestro «ojo malo»

Aquí la conexión con Lc 23,39-43 es impresionante. El buen ladrón no presenta curriculum espiritual. No exhibe años de servicio. No presenta obras. No puede reparar su pasado. No puede devolver lo robado. No puede realizar grandes obras después de su conversión.

Simplemente reconoce: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a tu Reino».

Y Jesús responde: «Hoy estarás conmigo en el paraíso».

El «trabajador de primera hora» podría protestar: «¡Eso no puede ser! ¿Cómo puede entrar él?» Pero precisamente ahí está el escándalo cristiano: la salvación no es el premio que Dios entrega a quienes lograron hacerse suficientemente buenos; es el don de un Dios que, en Cristo, sale al encuentro del ser humano para salvarlo.

La gracia no destruye la responsabilidad humana. Pero sí destruye la pretensión de apropiarnos de la salvación como propiedad privada.

9. El ojo malo no solamente perjudica al otro: destruye mi propia capacidad de recibir gracia

Esta es, a mi juicio, la parte más peligrosa. El envidioso no puede disfrutar del bien que posee porque está mirando constantemente el bien del otro. Entonces vive así:

«¿Por qué él?» Y deja de escuchar: «Gracias, Señor, porque yo también estoy en tu viña».

El ojo malo transforma: la gracia en competencia; la vocación en privilegio; el servicio en mérito; la fidelidad en superioridad; la Iglesia en ranking; la santidad en comparación;
y el Reino en una tabla de posiciones. Y entonces ocurre algo terrible: ya no vivo delante de Dios; vivo comparándome delante de los demás.

10. La frase más peligrosa no es «yo no he recibido»

Es: «Él no debería haber recibido». Ahí aparece el corazón del «ojo malo».

Porque puedo sufrir por no recibir algo. Pero cuando me duele que otro reciba gratuitamente lo que yo considero que no merece, mi problema ya no es mi carencia: es la bondad de Dios hacia el otro. Y entonces la misericordia divina se convierte, para mí, en una ofensa.

11. La parábola cambia radicalmente cuando descubro que yo también soy «la hora undécima»

Aquí está la inversión más profunda. Durante mucho tiempo podemos leer Mt 20 pensando: «Yo soy uno de los trabajadores de primera hora». Pero la parábola nos invita a preguntarnos: «¿Y si delante de Dios yo también soy un trabajador de la hora undécima?» ¿Qué tengo que presentar ante Dios? ¿Mis años de servicio? ¿Mi formación? ¿Mis sacrificios? ¿Mis conocimientos? ¿Mi fidelidad? Todo eso tiene valor. Pero nada de eso convierte a Dios en mi deudor. Porque antes de que yo pudiera trabajar en la viña: Él ya me había llamado. Antes de que yo pudiera responder: Él ya me había buscado.

Antes de que pudiera ofrecer algo: Él ya me había dado todo. Entonces cambia radicalmente la espiritualidad:

No trabajo para conseguir que Dios me ame. Trabajo porque ya he sido alcanzado por su amor.

12. La «condenación» es una imagen espiritualmente muy fuerte

Si paso toda mi existencia contabilizando: «Yo hice esto». «Él hizo aquello». «Yo fui más fiel». «Él pecó más». «Yo merezco». «Él no merece». Corro el riesgo de llevar mi lógica contable hasta la eternidad. Y eso sería una ironía terrible: estar delante de la misericordia infinita y seguir haciendo cuentas.

Una persona podría llegar al Reino y continuar preguntando: «¿Por qué él está aquí?» Mientras Dios le está diciendo: «¡Mira dónde estás tú!» Ese es quizá el drama del ojo malo: tener delante la fiesta de Dios y no poder disfrutarla porque estamos demasiado ocupados comparando las invitaciones de los demás.

La reformulación que desafía radicalmente nuestra mirada

Yo reformularía todo tu planteamiento así: Quizá el problema no sea que trabajamos demasiado para Dios, sino que todavía no hemos aprendido a recibir gratuitamente a Dios.

Podemos pasar años en la viña y seguir pensando como jornaleros: «¿Cuánto me corresponde?». Podemos obedecer, servir, estudiar, enseñar, sacrificarnos y permanecer fieles, pero si nuestra fidelidad nos vuelve incapaces de alegrarnos cuando Dios tiene misericordia del otro, entonces nuestro trabajo ha producido frutos visibles mientras nuestro corazón permanece enfermo.

El ojo malo no mira el pecado del otro: mira la gracia del otro y se escandaliza. Por eso la pregunta decisiva de Mt 20 no es: «¿Cuánto has trabajado?», sino: «¿Puedes alegrarte porque Dios es bueno?» Y quizá esta sea la pregunta que más desnuda nuestra espiritualidad:

Si Dios perdonara esta noche precisamente a aquella persona cuyo pecado me cuesta más aceptar; si la abrazara, la levantara y celebrara su regreso, ¿yo entraría en la fiesta o me quedaría fuera protestando por la injusticia de su misericordia? Porque entonces descubriría algo estremecedor: quizá llevo muchos años trabajando en la viña de mi Padre sin haber aprendido todavía a tener el corazón de mi Padre.

El Reino no consiste finalmente en recibir más que los otros, sino en aprender a amar como Dios ama. Y quien no puede alegrarse por la gracia concedida al otro todavía no ha comprendido la gracia que él mismo ha recibido.

Para cerrar el taller con una pregunta realmente «candente»: Si Cristo me dijera hoy: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?», ¿a quién tendría que señalar para reconocer que todavía me molesta más su misericordia que su pecado?

Y una segunda, todavía más incómoda: ¿Estoy sirviendo al Reino porque amo al Señor, o estoy acumulando méritos delante de Dios para sentir que mi fidelidad me hace superior a los demás? La parábola, finalmente, no nos pregunta cuántas horas hemos trabajado en la viña. Nos pregunta algo mucho más peligroso: «Después de tantos años trabajando para Dios, ¿te pareces realmente a Dios y decir No vivo yo, es Cristo quien vive en mi»

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