DOMINGO XXVIII - A (11 de Octubre del 2026)
Proclamación del Santo Evangelio según San Mt 22,1-14:
22,1 Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo:
22,2 "El Reino de los Cielos se parece a un rey que
celebraba las bodas de su hijo.
22,3 Envió entonces a sus servidores para avisar a los
invitados, pero estos se negaron a ir.
22,4 De nuevo envió a otros servidores con el encargo de
decir a los invitados: "Mi banquete está preparado; ya han sido matados
mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las
bodas".
22,5 Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se
fueron, uno a su campo, otro a su negocio;
22,6 y los demás se apoderaron de los servidores, los
maltrataron y los mataron.
22,7 Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas
para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.
22,8 Luego dijo a sus servidores: "El banquete nupcial
está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.
22,9 Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos
los que encuentren".
22,10 Los servidores salieron a los caminos y reunieron a
todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de
convidados.
22,11 Cuando el rey entró para ver a los comensales,
encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
22,12 "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el
traje de fiesta?" El otro permaneció en silencio.
22,13 Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de
pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar
de dientes".
22,14 Porque muchos son llamados, pero pocos son
elegidos" PALABRA DEL SEÑOR.
REFLEXIÓN:
Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.
Todas las parábolas se refieren al Reino de los Cielos. ¿Por
qué Jesús se preocupa en hablarnos muchas y muchas veces sobre el Reino de los
Cielos? Por dos motivos: 1) “Si cuando les hablo sobre las cosas de la tierra,
no me creen, ¿cómo van a creer y entender cuando les hable sobre las cosas del
cielo?” (Jn 3,12). Para hacernos entender sobre las cosas del cielo es como nos
habla usando muchos ejemplos o parábolas. 2) “Dios salvador nuestro quiere que
todos los hombres se salven llegando al conocimiento de la verdad” (ITm 2,4).
“Ante los hombres esta: la vida y la muerte, lo que
prefiera cada cual, se le dará” (Eclo 15,17). Dios nos dice: “Escoge la vida,
para que vivas, tú y tu descendencia” (Dt 30,19). Escoger la vida es optar por
la salvación y no por la condenación. De ahí es conveniente interesarnos y
preguntarnos: “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Quién podrá
salvarse?” (Mt 19,25). “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la
salvación eterna?” (Mt 19,16).
“Muchos son los llamados, pocos los escogidos” (Mt 22,14).
El mensaje es que Dios no nos obliga, no nos mete a empellones al Reino de los
Cielo; sino que, más bien nos deja a la libre decisión y espera nuestra
respuesta muy pacientemente. Es así como: Los hijos son invitados a trabajar en
la viña del padre. A los viñadores se les recuerda que deben entregar los
frutos que le corresponden al patrón. Los invitados son llamados a participar
en el banquete de la boda del Hijo del Rey. Y conviene recordar que solo
tenemos dos opciones: Si o no (Mt 5,37). Y cada una de estas opciones tienen
connotaciones muy distintas como efecto: El cielo o el infierno (Lc 16.19-31).
Jesús otra vez habló en parábolas (Mt 13,34) y les dijo:
"El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su
hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos
se negaron a ir… no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su
campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los
apaliaron y los mataron” (Mt 22,2-6). En efecto, Dios nos ha enviado un montón
de tarjetas de invitación a la boda de su Hijo y los que recibieron estas
invitaciones no quisieron participar de la boda. Todos estaban demasiado
ocupados, sus ocupaciones eran más importantes que la boda de Jesús con el
hombre (Lc 9,57-62). Nunca comprendieron o comprendimos lo que se nos dice:
“Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero" (Ap
19,9).
La relación de Dios con el hombre se describe en la Biblia
como alianza: “Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel,
después de aquellos días —oráculo del Señor—: pondré mi Ley dentro de ellos, y
la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo” (Jer
31,33). Mismo Jesús se declaró en algún momento como el novio:
"¿Acaso los amigos del novio pueden estar tristes mientras el novio está
con ellos? Llegará el momento en que el novio les será quitado, y entonces
ayunarán. (Mt 9,15). La Iglesia presentada como la novia: “Vi la Ciudad santa,
la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una
novia preparada para recibir a su esposo” (Ap 21,2). ¿En qué momento es el
desposorio entre el novio y la novia si no es el momentos del sacrificio de la
redención?: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). ¿Se
imaginan la muerte de Jesús como una boda? ¿Y se imaginan que, nosotros a veces
nos neguemos a participar de la boda de Dios con nosotros en cada Santa Misa
festiva o dominical?
Los primeros invitados, los que han tenido preferencia
y se negaron a asistir, serán suplidos por otros, por aquellos a quienes nadie
invita. Salgan, dice, al cruce de los caminos e inviten a todos los que
encuentren bueno y malos. No se fijen si son de los que la gente excluye y
margina. Desde ahora, quiero que todos sean invitados del novio y participen de
la boda de mi Hijo (Mt 22,9). La parábola de los invitados a la boda, puede ser
un bello modelo de cómo quiere Jesús que sea su Iglesia. Si Jesús es el novio,
la Iglesia es la novia, y el Padre es quien organiza la fiesta de bodas. Y
¿dónde entramos a tallar nosotros si no es en la iglesia por el bautismo? (Jn
3,5). Pero no todos tienen vocación de fiesta. Abundan los que siempre tienen
alguna excusa para no asistir y, claro, siempre son los mismos. Los que han
comprado campos. Los que tienen que probar la nueva máquina. Pero aquí un
detalle. Dios no se da por rendido. Por eso dice: “Salgan al cruce de caminos,
y a todos los que encuentren, invítenlos a la boda.” Los criados salieron y
reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos.” Entonces la sala se
llenó de comensales (Mt 22,9).
Pero antes del inicio de la fiesta de boda, hay un
detalle importante. El Rey entró a saludar a todos los comensales y advirtió
que uno, no llevaba traje de fiesta, era un intruso y le dijo: "Amigo,
¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta? El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo
afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt
22,12-13). Es necesario revestirnos con traje de fiesta. Claro que hemos sido
invitados a la boda no por ser buenos, sino incluso por ser malos, pero al
entrar en la fiesta, en la misma puerta debemos despojarnos del traje de luto,
dolor, resentimientos, rencores, etc. Quien pretende participar de la fiesta ceñida
de falsedad o hipocresía, no está revestido con traje de fiesta, y será echado
a las tinieblas, que es el infierno: “Epulón exclamó: Padre Abraham, ten piedad
de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque
mi lengua, porque estas llamas me atormentan" (Lc 16,24).
El traje de fiesta es la santidad. Si deseamos estar en el banquete de bodas del hijo, debemos si o si revestirnos con traje de santidad. Jesús oró al padre: “Hazlos santos mediante la verdad. Tu palabra es verdad” (Jn 17,17). San Pedro dice: “Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, (IPe 1,15) de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo, (Lev 9, 2).
La Parábola: el llamado y la exigencia: Jesús cuenta
la parábola de un rey que preparó el banquete de bodas de su hijo. Envía
primero a sus siervos a llamar a los invitados, pero no quisieron venir; unos a
sus campos, otros a sus negocios, y otros maltrataron a los mensajeros.
Entonces el rey, indignado, manda salir a los caminos e invitar a todos, buenos
y malos, y la sala se llenó de comensales.
Pero llega el momento decisivo: entra el rey para ver a los
invitados y descubre a un hombre sin vestido de boda. Le dice: «Amigo, ¿cómo
entraste aquí sin vestido de boda?». Y el hombre enmudeció —no tenía excusa.
Entonces el rey manda echarlo a las tinieblas, y cierra con la frase: «Muchos
son llamados, pero pocos escogidos» (Mt 22,14).
El traje de fiesta = vida de santidad: En la cultura
judía del tiempo de Jesús, el anfitrión proveía el vestido de boda a todos los
invitados. No era algo que cada uno debía llevar de su casa: era un don del rey,
una gracia ofrecida gratuitamente. Por eso el hombre no tiene excusa: no le
faltó oportunidad, sino no quiso revestirse con lo que se le daba.
La Tradición de la Iglesia, desde los Padres —San Jerónimo,
San Agustín, San Gregorio— enseña con claridad:
«El vestido de boda es la caridad y la santidad de vida. Una
vida pura y santa es como un manto limpio tejido de virtudes y buenas obras».
El traje no es algo externo ni meramente legal: es Cristo
mismo, la gracia bautismal que nos transforma interiormente. San Pablo lo
expresa así: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo os
revestisteis» (Gál 3,27). No basta con estar presente en la Iglesia, con haber
recibido la invitación; hay que dejar que la gracia nos transforme. La
invitación es gratuita, pero exige conversión, coherencia, vida nueva.
¿Santificación = solo cumplir los mandamientos? Aquí la
clave: Surge entonces la pregunta: ¿basta con no cometer pecados, con
guardar la ley externamente? ¿Es la santidad solo un catálogo de reglas? Aquí
brilla la luz de Mateo 19,26: «Para los hombres esto es imposible; mas
para Dios todo es posible».
Recordemos el contexto: el joven rico dice que ha guardado
todos los mandamientos desde su juventud, y Jesús le responde que todavía le
falta algo (Mt 19,20-21). Esto nos revela una verdad fundamental:
Los mandamientos son el camino, no la meta. Son el cimiento,
no el edificio entero. Nos muestran lo que no debemos hacer, pero la santidad
es mucho más: es amar, entregarse, transformarse por dentro.
Cumplir la ley por sí solo no santifica, porque la ley
ordena, pero no da la fuerza para amar plenamente. Como dice el concilio y los
santos: la ley señala el blanco, pero la gracia da el poder de alcanzarlo.
«Para los hombres es imposible»: ninguna persona puede, por
su sola fuerza, llegar a la plenitud de la santidad. Necesitamos que Dios actúe
en nosotros. La santificación no es un esfuerzo solitario: es colaboración con
la gracia —Dios obra en nosotros «el querer y el hacer» (Fil 2,13).
¿Cómo santificarse, entonces? La santidad no es un
esfuerzo agotador de cumplir reglas sin descanso, ni tampoco desprecia los
mandamientos —los asume y los supera. He aquí los caminos que la Palabra y la
Tradición nos señalan:
1. Recibir la gracia que Dios ofrece
El traje de boda se recibe, no se fabrica con nuestras
manos. En el Bautismo se nos reviste de Cristo; en la Confesión se renueva la
gracia; en la Eucaristía, el alimento divino nos transforma. Sin esta fuente,
todo esfuerzo se agota.
2. Vivir los mandamientos, pero desde el amor, no solo desde
el deber
Jesús resume toda la ley en el amor a Dios y al prójimo (Mt
22,37-40). Los mandamientos se convierten en expresión de amor, no en una carga.
Quien ama de verdad, no solo evita el mal: hace el bien, se entrega, sirve,
perdona.
3. Dejar que Dios transforme el corazón
La santidad es obra del Espíritu Santo en lo profundo: «Santifícalos
en tu verdad» (Jn 17,17). Se ora, se escucha la Palabra, se obedece, pero
con la confianza de que es Dios quien nos purifica por dentro, no solo quien
nos regula por fuera.
4. Entregar la vida, no solo ajustar conductas
Al joven rico Jesús no le pide «haz más reglas», sino: «Vende
lo que tienes… y sígueme» (Mt 19,21). La santidad es seguir a Cristo,
conformarse con Él, hacer suya la misma entrega filial al Padre y el mismo amor
a los hermanos.
5. Perseverar sabiendo que lo imposible para nosotros es
posible para Él
No te desanimes si sientes que no llegas: la santidad es camino,
caída y levantamiento, sostenido siempre por la gracia. Como dice San Agustín: «Nosotros
cooperamos, pero es la gracia de Dios quien hace la obra».
Conclusión: El banquete del Reino está abierto para todos:
nadie ha merecido entrar, todos somos invitados por pura misericordia. Pero no
entramos como somos: entramos revestidos del traje que el Rey nos da —la
santidad que es don y tarea a la vez.
Los mandamientos son el camino seguro, pero la santidad es el
amor que el Espíritu derrama en nuestros corazones (Rm 5,5). No es lo que
logras por ti mismo, sino lo que Dios realiza en ti cuando te abres a Él. «Para
los hombres es imposible —mas para Dios todo es posible» (Mt 19,26).
Muchos son llamados —tú también lo eres—; pocos son
escogidos, es decir, pocos aceptan vestirse con la gracia, transformarse, amar
de verdad. Que el Señor te dé la gracia de decirle hoy: «Señor, aquí estoy:
revísteme de tu santidad».
¿Te gustaría que prepare un esquema homilético estructurado
con puntos claros y oraciones para predicar este mensaje, o que profundicemos
en algún aspecto concreto?
Te gustaría que prepare un artículo homilético estructurado
con puntos claros y oraciones para predicar este mensaje, y que profundicemos
en que: el banquete de boda es el cielo y requiere traje de fiesta, quien no
lleva traje de fiesta será echado a las tinieblas que es el infierno donde hay
llanto y rechinar de dientes.
Aquí tienes el artículo homilético completo, estructurado
con claridad, con oraciones para la predicación y profundizando en los puntos
que pides: el banquete como cielo, el traje de fiesta como santidad, y el
destino de quien no lo lleva.
Profundicemos: La Palabra de Dios hoy nos presenta una
imagen llena de luz y de gravedad: un banquete de bodas preparado por un rey
para su hijo. Es la imagen más hermosa que el Señor nos da del cielo: comunión
eterna, alegría sin fin, plenitud de vida en la casa del Padre. Nadie se gana
ese banquete por mérito propio: es pura gracia, es invitación gratuita. El Rey
llama, envía mensajeros, sale Él mismo a buscar a los caminos para que su sala
se llene. Así actúa Dios con cada uno de nosotros: nos llama por puro amor, sin
que hayamos hecho nada para merecerlo.
Pero aquí viene la verdad que debemos escuchar con temor y
temblor: la invitación es libre, pero la entrada tiene una condición. No basta
con acudir; hay que entrar vestido como corresponde. El Rey provee el vestido,
sí —lo ofrece gratuitamente—, pero hay que aceptarlo y ponérselo. Quien entra
sin él, será arrojado a las tinieblas, donde habrá llanto y rechinar de
dientes.
Oremos juntos: Señor Jesús, que nos has revelado el misterio
del Reino, abre nuestros oídos y nuestros corazones. Que no seamos de los que
escuchan y olvidan, sino de los que reciben tu gracia y se revisten de ella.
Enséñanos el valor de la santidad y ayúdanos a no despreciar el don que nos
ofreces. Amén.
EL BANQUETE DE BODAS: EL CIELO, NUESTRA DESTINACIÓN
La parábola no habla de un festín pasajero, de una comida
que se acaba. El banquete es el cielo. Es la unión eterna entre Cristo, el
Esposo, y la Iglesia, su Esposa. En el cielo no hay hambre ni sed, no hay
llanto ni despedida: es la plenitud del amor, la alegría de ver a Dios cara a
cara, la comunión con todos los santos y con quienes amamos.
- El
Rey es Dios Padre.
- El
Hijo es Jesucristo, el Esposo divino.
- La
invitación es la gracia que nos llama a la fe, a la Iglesia, a la vida
eterna.
- Los
primeros invitados que no quisieron venir representan a quienes rechazan
el llamado de Dios por aferrarse a sus bienes, sus planes, sus pecados.
- Los
que vienen de los caminos, de todas partes, buenos y malos, somos nosotros:
llamados no por nuestra perfección, sino por la misericordia de Dios.
El cielo, hermanos, está preparado para todos, pero no todos
entran. ¿Por qué? Porque no todos aceptan transformarse para poder estar allí.
«Vengo, Señor, a tu banquete, no porque sea digno, sino
porque Tú me llamas. No me apartes de tu mesa, sino purifícame para que pueda
sentarme entre tus elegidos».
EL TRAJE DE FIESTA: SANTIDAD, NO SOLO CUMPLIMIENTO
Aquí está el centro de nuestro mensaje: el vestido de boda
es la vida de santidad. En el tiempo de Jesús, el anfitrión entregaba el
vestido a cada invitado al entrar. Nadie lo traía de su casa. Así también, la
santidad no es invención nuestra ni conquista de nuestro esfuerzo solos: es don
de Dios, recibida primero en el Bautismo, renovada en la Confesión, alimentada
en la Eucaristía.
¿Qué es, entonces, este traje?
- No
es apariencia externa: no basta con ir a la Iglesia, con decir oraciones,
con parecer buenos ante los demás.
- No
es solo cumplir los mandamientos por deber: los mandamientos son la base,
el camino, pero la meta es mayor. Nos dicen lo que debemos evitar; la
santidad nos impulsa a amar de verdad.
- Es
Cristo mismo en nosotros: como dice San Pablo: «Os revestisteis de Cristo»
(Gál 3,27). El traje es la caridad vivida, el corazón limpio, las obras de
misericordia, la fidelidad, la paciencia, el perdón. Es vivir como Jesús.
¿Y los mandamientos?: Jesús nos recuerda en Mateo 19,26: «Para
los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible». El joven rico
dijo haber cumplido todo, y sin embargo le faltaba algo. ¿Por qué? Porque la
ley nos señala el camino, pero solo la gracia nos da la fuerza de recorrerlo
hasta el final. Cumplir los mandamientos es el cimiento, no el edificio entero.
La santidad es vivir la ley con amor, transformada en entrega.
«Señor, Tú que eres el santo, revísteme de tu santidad. Que
no me conforme con no hacer el mal, sino que me esfuerce en hacer el bien con
todo mi corazón. Lo que es imposible para mí, hazlo Tú en mí».
SIN TRAJE: LA OSCURIDAD ETERNA
Llegamos al momento más solemne del relato. El Rey entra y
ve a un hombre sin vestido de boda. Y le dice: «Amigo, ¿cómo entraste aquí sin
vestido de boda?». Él calla. No tiene excusa. No es que no se lo hayan dado: es
que no quiso ponérselo. Prefirió entrar con su propia ropa —sus pecados, su
egoísmo, su indiferencia— en lugar de aceptar la gracia que se le ofrecía.
Entonces el Rey manda: «Atadlo de pies y manos y echadlo a
las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes».
Las tinieblas: el infierno ¿Qué significa esto?
- Las
tinieblas: no es solo un lugar sin luz; es la ausencia eterna de Dios, la
separación definitiva de Aquel que es la Luz. Quien en vida elige vivir
sin Dios, al final se queda sin Dios para siempre.
- El
llanto: el arrepentimiento que ya no sirve, la tristeza de haber perdido
el bien mayor, la alegría que se vio cerca y se rechazó.
- El
rechinar de dientes: la rabia y la amargura de reconocer que se perdió por
propia voluntad, por no haber querido cambiar.
No es Dios quien lo expulsa con violencia: es quien rechazó
el vestido de la gracia quien no soporta la luz del banquete. Como dice el
Señor: «Muchos son llamados, pero pocos escogidos». Llamados son todos;
escogidos son quienes responden, se dejan transformar y perseveran en el amor.
«Señor, no permitas que desprecie tu gracia. No dejes que me
acostumbre al pecado ni que posponga mi conversión. Hoy, ahora, me decido por
Ti. Lávame, revísteme, sálvame».
CÓMO VESTIRSE DE SANTIDAD: CAMINO DE GRACIA
Preguntémonos: ¿cómo llevo mi vida? ¿Estoy dejando que Dios
me vista de santidad? Aquí tienes el camino claro:
- Recibe
el don con humildad: la santidad empieza por decir «sí» a Dios. En el
Bautismo ya te dio el vestido; si lo has manchado, acude a la Confesión: el
Rey te lo limpia de nuevo, gratis, por misericordia.
- Vive
los mandamientos desde el amor, no desde el miedo: no mientes, no robas,
no odias… porque amando a Dios y al prójimo no quieres herirlos. La ley se
convierte en expresión de cariño.
- Aliméntate
en la Eucaristía: es el Pan del banquete que nos transforma. Quien recibe
a Jesús con corazón limpio, va asemejándose a Él.
- Ora
cada día: la oración nos mantiene unidos a la Fuente. Sin hablar con Dios,
sin escuchar su Palabra, el traje se ensucia, se enfría.
- Confía
en que Dios hace lo imposible: si sientes que no puedes, que caes una y
otra vez, no te rindas. «Para Dios todo es posible». Él te levanta,
te purifica, te sostiene. La santidad no es no caer nunca; es dejar que
Dios te levante siempre.
«Padre celestial, aquí estoy. Toma mi vida, purifícala,
transfórmala. Lo que yo no puedo, Tú lo puedes. Revísteme de tu santidad, para
que un día pueda entrar con alegría al banquete eterno de tu Hijo, Jesucristo
nuestro Señor. Amén.»
La invitación llega hoy para ti. No esperes a mañana: mañana
puede ser tarde. El Rey te ofrece el vestido de fiesta: la gracia, el perdón,
la vida nueva. No entres con la ropa vieja del pecado, del rencor, de la
indiferencia. Ábrele el corazón, déjate vestir por Él, vive como quien ya tiene
la certeza de su destino.
Que nadie diga: «no puedo». Escucha de nuevo la voz de
Jesús: «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible».
Confía, responde, persevera. Y que un día, junto a todos los santos, podamos
entrar y sentarnos en el banquete eterno, donde ya no habrá llanto ni muerte,
sino alegría sin fin.
Queridos hermanos: El banquete del que nos habla Jesús es el
cielo, la alegría eterna junto a Dios. El Rey nos invita a todos, sin
merecerlo, por pura misericordia. Pero hay una cosa que no podemos olvidar: para
entrar hay que llevar el vestido de fiesta.
Ese vestido no es nuestra apariencia, ni solo cumplir reglas:
es la santidad, es Cristo mismo que nos reviste por gracia. En la antigüedad,
era el anfitrión quien lo entregaba: así también Dios te lo ofrece gratis, en
el Bautismo, en la Confesión, en la Eucaristía. Lo único que pide es que lo
aceptes y lo lleves puesto.
Mirad a San Francisco de Asís: en su juventud vivía para sí,
buscaba riquezas y aplausos, llevaba su propia ropa de vanidad. Pero cuando
escuchó la voz del Señor, no dijo «ya cumplo todo, basta así». Dijo: «Señor,
¿qué quieres que haga?». Dejó sus planes, sus bienes, su orgullo, y se dejó
revestir de la gracia: vivió el amor hasta el extremo, sirvió a los pobres,
perdonó, se hizo pequeño. No fue él quien se fabricó la santidad: fue quien
abrió la puerta para que Dios lo transformara.
Nosotros podemos decir: «Señor, ya no miento, no robo… ¿no
es suficiente?» Jesús nos responde lo mismo que al joven rico: aún te falta
amor. Los mandamientos son el camino, pero la meta es vivir como Jesús, amar de
verdad. Y si sientes que no puedes, escucha: «Para los hombres es imposible,
mas para Dios todo es posible» (Mt 19,26). Él te da la fuerza.
Quien rechaza este vestido, quien prefiere quedarse con su
egoísmo y su pecado sin convertirse, no entra: es echado a las tinieblas, donde
hay llanto y rechinar de dientes, la separación eterna de Dios. No es que Él te
cierre la puerta: eres tú quien no puede soportar la luz del banquete si no
llevas el vestido de su gracia.
Hermanos, la invitación es para ti, hoy. No esperes. Deja
que el Señor te limpie, te vista, te transforme. No confíes en tus fuerzas:
confía en Él. Que un día todos podamos entrar, revestidos de santidad, a la
alegría eterna del cielo.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.