domingo, 11 de octubre de 2026

DOMINGO XXIX - A (18 de octubre del 2026)

 DOMINGO XXIX - A (18 de octubre del 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 22, 15-21:

 22,15 Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones.

22,16 Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie.

22,17 Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?"

22,18 Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa?

22,19 Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario.

22,20 Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?"

22,21 Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios". PALABRA DEL SEÑOR.

 Reflexión

 Estimados(as) hermanos(as) en el Señor Paz y Bien.

“La raíz de todos los males en el mundo es el amor al dinero, y al dejarse llevar por ella, algunos perdieron la fe y se ocasionaron innumerables sufrimientos” (I Tm 6,10). “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). El domingo anterior hemos dicho que, se salvaran todos los que entran al banquete de boda del Cordero.  Previa aceptación de la invitación que se nos hace (Mt 22,10) “¿Quién podrá salvarse?” (Mt 19,25). Los que están revestidos con traje de fiesta (Mt 22,12) “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16). Llevando grabado en mi ser la Imagen de Dios mi creador. Como criatura de Dios me corresponde obedecer el mandato: Solo puedo comer de los árboles que me ha sido permitido (Gn 2,16). Y no me está permitido hacer lo que se me antoje. No podré llegar jamás al cielo haciendo lo que mi capricho me dice, sino obedeciendo y cumpliendo los mandatos de Dios.

 Para obtener la salvación hace también falta: “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1). “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1).

Ambos adagios son complementarios, pero el «dad a Dios lo que es de Dios» es primero y de él dimana la obligación y el fundamento del segundo: «dad al César lo que es del César». Para Jesús ningún César puede ocupar el lugar que Dios debe tener en la vida. Jesús, antes de dar su famosa respuesta, pregunta ¿quién es el que está representado en una moneda, de quién es esa imagen? En este contexto se sitúa la respuesta de Jesús: «La imagen de la moneda pertenece al César, pero los hombres no han de olvidar que llevan en sí mismos la imagen de Dios (Gn 1,27) y, por lo tanto, sólo le pertenecen a El». Jesús nos quiere decir: «den al césar lo que le pertenece a él, pero no olviden que Uds. mismos pertenecen a Dios». ¿Hay algo en el mundo que no sea de Dios? Son de Dios los hombres y las cosas, el presente y el futuro, los gobernantes de todo tipo. Todos somos de Dios, llevamos la imagen y la inscripción de Dios en nuestro ser profundo (alma). Imagen que puede desdibujarse, pero nunca borrarse del todo mientras vivamos. Y porque somos de Dios, cada uno de nosotros vale más que cualquier autoridad civil o religiosa de la tierra. Ninguna autoridad puede arrogarse atributos totalitarios y absolutos; ninguna autoridad es dueña del hombre y de su conciencia. Ser de Dios nos obliga a realizarnos como personas responsables y solidarias, a llevar a plenitud el plan que Dios se propuso realizar en nosotros, como individuos y como humanidad, antes de crear el mundo (Ef 1,4-5). Resaltando una explicación bíblica teológica y espiritual.

«Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,15-22)

Jesús no se limita a establecer una distinción entre las obligaciones políticas y las religiosas; cuestiona toda pretensión humana de ocupar el lugar de Dios. La moneda lleva la imagen del César, pero el ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Por eso, la cuestión decisiva no es solamente qué debemos al poder político, sino a quién pertenecemos en lo más profundo de nuestro ser y qué autoridad puede reclamar nuestra conciencia.

Una precisión inicial: la cita correcta es Mateo 22,15-22. El relato no enseña que toda obligación civil sea ilegítima, ni que la frase de Jesús sea una invitación a desentenderse de la sociedad. Su respuesta impide tanto absolutizar al poder político como utilizar la religión para eludir las responsabilidades sociales.

1. El contexto histórico: una pregunta para atrapar a Jesús

El episodio comienza con una conspiración. Los fariseos envían a sus discípulos junto con los herodianos para preguntarle a Jesús si es lícito pagar el impuesto al César (Mt 22,15-17).

La alianza entre estos grupos es significativa: aunque tenían intereses distintos, coinciden en buscar una respuesta que comprometa a Jesús.

  • Si Jesús responde que sí, puede ser presentado como alguien que acepta la dominación romana y pierde credibilidad ante quienes rechazan el tributo.
  • Si responde que no, podrían denunciarlo ante las autoridades romanas como agitador político.

Jesús no acepta el falso dilema. En lugar de dejarse encerrar en las alternativas de sus adversarios, los conduce hacia una cuestión más radical: ¿qué significa realmente pertenecer a Dios y qué lugar debe ocupar el poder humano?

Primera enseñanza: cuando una pregunta está mal planteada, la sabiduría no consiste siempre en escoger una de las opciones ofrecidas, sino en descubrir la verdad que ambas están ocultando.

2. «¿Por qué me tientan, hipócritas?» (Mt 22,18)

Jesús descubre la intención de sus interlocutores. Ellos no buscan sinceramente la verdad; quieren encontrar una acusación contra él.

Aquí aparece una primera dimensión espiritual: se puede utilizar una pregunta religiosa sin tener una auténtica disposición para escuchar a Dios.

La hipocresía consiste, en este contexto, en presentar como búsqueda de justicia lo que en realidad es una estrategia de acusación.

La escena nos obliga a examinar nuestras intenciones: ¿Buscamos la verdad o solamente argumentos para defender nuestra posición? ¿Acudimos a Dios para dejarnos transformar o para justificar decisiones ya tomadas? ¿Utilizamos la religión para servir a los demás o para obtener poder sobre ellos? La enseñanza es exigente: no basta con formular preguntas acerca de Dios; es necesario permitir que Dios cuestione nuestras intenciones.

3. «Muéstrenme la moneda del impuesto» (Mt 22,19)

Jesús pide que le muestren la moneda con la que se paga el tributo. Le presentan un denario. El gesto es sencillo, pero narrativamente decisivo. Jesús no comienza con una larga exposición teórica acerca del Estado, la economía o la religión. Parte de un objeto concreto de la vida cotidiana. El denario romano estaba vinculado al poder imperial. Según la moneda concreta, podía llevar la imagen del emperador y una inscripción que expresaba sus títulos. En tiempos de Jesús, el emperador era Tiberio.

La moneda hacía visible la autoridad política y económica de Roma. Sin embargo, hay una ironía en la escena: quienes quieren comprometer a Jesús son capaces de mostrar la moneda del poder imperial, y él utiliza precisamente esa moneda para revelar los límites de ese poder.

El César puede imprimir su imagen en una moneda, pero eso no lo convierte en dueño absoluto de las personas que la utilizan. Desde una perspectiva espiritual, el dinero puede llevar la marca de un sistema económico y expresar relaciones de poder, pero no determina el valor último de una persona. El ser humano no vale lo que posee, produce, compra o paga.

4. «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» (Mt 22,20)

Esta pregunta constituye el centro pedagógico del relato. Jesús pide a sus interlocutores que observen la moneda y reconozcan lo que está representado en ella.

La respuesta es evidente: «Del César». Jesús no necesita negar la existencia del poder político. Reconoce que existe una autoridad civil y que esta tiene determinadas competencias. Pero, al mismo tiempo, evita convertir esa autoridad en una realidad absoluta.

Aquí conviene distinguir dos afirmaciones:

  1. La moneda lleva la imagen del César: pertenece al ámbito económico y político del imperio.
  2. El ser humano ha sido creado a imagen de Dios: su dignidad no procede del emperador, del Estado, del mercado ni de ninguna autoridad humana.

La segunda afirmación no aparece expresamente en la respuesta de Jesús, pero constituye una lectura teológica especialmente fecunda a la luz del conjunto de la Biblia.

En efecto, Jesús no cita Génesis 1,27 en este pasaje. Es el lector quien, al relacionar ambos textos, descubre una profundidad adicional en su respuesta. Y esta relación nos conduce al fundamento de toda antropología bíblica.

5. Génesis 1,27: el ser humano lleva la imagen de Dios

«Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Gn 1,27). Este versículo introduce una afirmación decisiva: la dignidad humana tiene su fundamento último en Dios. El ser humano no es una propiedad del emperador. Tampoco es un instrumento al servicio de la economía, una pieza reemplazable del Estado o un objeto que una autoridad religiosa pueda dominar arbitrariamente. Es criatura de Dios, portadora de una dignidad que exige respeto.

La comparación teológica fundamental

La moneda: Mt 22,19-21. Lleva la imagen del César. Representa una relación con el orden económico y político. El ser humano: Gn 1,26-27. Lleva la imagen de Dios. Su dignidad no puede reducirse a su utilidad, riqueza, posición social o sometimiento político.

La analogía es poderosa, pero debemos precisar su alcance: Génesis no afirma que el alma sea literalmente una moneda en la que Dios haya grabado una inscripción material. La imagen divina expresa la singular relación del ser humano con Dios y su vocación a representarlo responsablemente en la creación.

Además, Génesis 1,27 atribuye esta dignidad tanto al varón como a la mujer. No es privilegio de una clase, una nación, una cultura o una posición religiosa. Por eso, el pobre y el rico, el gobernante y el gobernado, el creyente y quien no comparte nuestra fe poseen una dignidad que no depende de nuestra aprobación.

La autoridad puede reconocer la dignidad humana, protegerla o violarla; no puede crearla a su antojo ni convertirse en su fundamento último.

6. «Dad al César lo que es del César» (Mt 22,21a)

Esta primera parte del dicho reconoce que existe un ámbito de responsabilidad civil. Vivir en sociedad implica obligaciones: contribuir al bien común, respetar las leyes justas, cuidar los bienes públicos, cumplir los deberes ciudadanos y participar responsablemente en la vida política.

Jesús no enseña aquí una independencia absoluta respecto de toda autoridad humana. Tampoco establece que los cristianos deban rechazar automáticamente los impuestos o las instituciones políticas.

Sin embargo, reconocer la legitimidad de una autoridad no significa concederle un poder ilimitado. La tradición bíblica ofrece criterios para discernir esa legitimidad:

  • Romanos 13,1-7: Pablo reconoce la función de la autoridad civil en el mantenimiento del orden y en el servicio al bien común.
  • Hechos 5,29: cuando existe un conflicto radical entre una orden humana y la obediencia debida a Dios, los apóstoles declaran que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
  • Miqueas 6,8: Dios pide practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con él.
  • Marcos 10,42-45: Jesús contrapone el dominio ejercido sobre los demás al servicio que debe caracterizar a sus discípulos.

Estos textos deben leerse conjuntamente. Romanos 13 no convierte toda decisión gubernamental en justa, del mismo modo que Hechos 5,29 no autoriza a rechazar cualquier norma que nos resulte incómoda.

La obediencia civil tiene sentido cuando se orienta a la justicia y al bien común. Cuando el poder exige algo contrario a la dignidad humana o a la voluntad de Dios, aparece la obligación de discernir, resistir responsablemente y defender el bien.

El cristiano no está llamado a despreciar la política, sino a impedir que la política se convierta en un absoluto.

7. «Y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21b)

Esta segunda parte proporciona la profundidad teológica del dicho. En el enfoque propuesto, el mandato de devolver a Dios lo que le pertenece constituye el fundamento de la limitación de toda autoridad humana. La imagen del César puede reclamar un reconocimiento limitado; la dignidad del ser humano remite a su Creador.

Es necesario, no obstante, distinguir entre el sentido histórico inmediato y la interpretación teológica. En el contexto histórico, Jesús responde a una pregunta sobre el tributo imperial. El relato no explica expresamente que «dar a Dios» signifique devolverle al Creador la humanidad entera por haber sido creada a su imagen. Esa interpretación surge de la lectura conjunta de Mateo 22, Génesis 1 y el resto de la revelación bíblica.

Esta lectura permite formular una conclusión central: El César puede reclamar una moneda, pero no puede reclamar para sí la pertenencia absoluta que corresponde a Dios. ¿Qué significa, entonces, dar a Dios lo que es de Dios?

  • Reconocerlo como Creador y fundamento último de la existencia (Gn 1,1.26-27).
  • Amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (Dt 6,4-5; Mt 22,37).
  • Vivir según su voluntad, practicando la justicia y la misericordia (Mt 23,23).
  • No convertir el dinero, el prestigio, la ideología, el Estado ni el poder religioso en ídolos (Mt 6,24).
  • Reconocer que la vida recibida de Dios se realiza mediante el amor, el servicio y la responsabilidad por los demás (Mt 25,31-46).

No se trata de entregar a Dios una parte de la vida y reservar el resto para nosotros. Se trata de vivir todas las dimensiones de la existencia bajo el horizonte de la verdad, el amor y el bien.

Y esto incluye la responsabilidad política, la economía, la educación, la familia y el cuidado de la creación.

8. ¿Hay algo que no sea de Dios?

La pregunta nos lleva desde la moneda hasta una visión integral de la creación. Desde la fe bíblica, Dios es el Creador de cuanto existe (Gn 1,1; Sal 24,1). La tierra y cuanto la llena le pertenecen. La vida humana no se explica únicamente por sí misma: es recibida y está llamada a realizarse en relación con su Creador.

Ahora bien, debemos evitar una conclusión equivocada: si todo procede de Dios, eso no significa que todas las acciones humanas sean queridas o aprobadas por él. El abuso de poder, la injusticia, la explotación y la violencia son acciones humanas que deben ser juzgadas moralmente. No se vuelven buenas por el hecho de ocurrir dentro de una creación que pertenece a Dios.

Dios es creador de la libertad humana, pero no es autor del mal moral en cuanto mal. La distinción es fundamental:

  • Todo cuanto existe depende de Dios en su ser.
  • Las decisiones humanas deben responder moralmente por el uso de la libertad.
  • Ninguna autoridad puede convertir su voluntad particular en medida absoluta del bien y del mal.

Por eso, decir que todos somos de Dios no significa eliminar nuestra libertad, sino comprenderla como una libertad responsable. La imagen divina puede ser oscurecida, pero no debe utilizarse para excluir a nadie

La afirmación de que el pecado puede desfigurar nuestra vida moral es compatible con la tradición cristiana. El egoísmo, el odio y la injusticia contradicen nuestra vocación a reflejar el bien de Dios. Sin embargo, conviene expresarlo con precisión: el pecado no elimina la dignidad fundamental de la persona creada a imagen de Dios. Una persona culpable de una injusticia sigue siendo humana y no pierde por ello todos sus derechos fundamentales.

Esta convicción impide dos errores opuestos: justificar el mal y deshumanizar a quien lo comete. La conversión cristiana busca que la imagen de Dios resplandezca en una existencia reconciliada, justa y capaz de amar (Col 3,9-10; Ef 4,22-24).

9. Efesios 1,4-5: pertenecemos a Dios y estamos llamados a una plenitud

Pablo escribe que Dios nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor, y nos destinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo (Ef 1,4-5). Este pasaje permite profundizar en la vocación humana desde tres dimensiones.

Primera: el origen. Nuestra existencia es recibida. No somos el fundamento último de nosotros mismos ni podemos comprender plenamente nuestra vida si la aislamos de nuestra relación con Dios.

Segunda: la finalidad. Dios nos llama a la santidad. No se trata simplemente de cumplir normas religiosas, sino de vivir en comunión con él y de permitir que su amor transforme nuestras decisiones.

Tercera: la configuración con Cristo. La elección divina se realiza en Cristo. Por eso, la plenitud humana no consiste en ejercer dominio absoluto sobre los demás, sino en aprender a amar, servir, perdonar y entregar la propia vida por el bien ajeno.

Es importante no interpretar Efesios 1,4-5 como si describiera un plan detallado que anulase nuestra libertad o determinase mecánicamente cada acontecimiento individual. Pablo proclama el designio salvífico de Dios en Cristo: estamos llamados a la filiación divina y a una vida santa.

Aquí aparece una consecuencia para Mateo 22,21: si nuestra vocación última es vivir como hijos de Dios, ninguna institución temporal puede convertirse en el fin absoluto de nuestra existencia. La sociedad política es importante, pero no es nuestra salvación definitiva. El dinero es necesario para muchas dimensiones de la vida, pero no puede otorgarnos la plenitud. El reconocimiento social puede ser valioso, pero no determina nuestro valor último. Nuestra dignidad procede de Dios; nuestra vocación es la santidad; nuestra plenitud se realiza en el amor.

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