lunes, 26 de octubre de 2026

DOMINGO XXXI – CICLO A (01 de noviembre de 2026)

 DOMINGO XXXI – CICLO A (01 de noviembre de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo: 5,1-12:

5,1 Jesus, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron.

5,2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

5,3 “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

5,4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

5,5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

5,6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

5,7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

5,8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

5,9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

5,10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

5,11 Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

5,12 Alégrense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a Uds. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados hermanos en el Señor paz y bien.

“Uds. serán felices si cumplen lo que yo les enseño” (Jn 13,17);  “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos, uds. son mis amigos si cumplen lo que yo les enseño; ya no les llamo siervos, porque el siervo no sabe la  que hace su amo, a uds los llamo amigos porque os enseñe todo cuanto aprendí de mi padre” (Jn 5,13-15). Hoy Jesús nos habla sobre la felicidad eterna, ¿Quién no quiere ser feliz? Todos anhelamos la felicidad, pero a menudo no sabemos que es la felicidad. Ahora nos lo dice el Señor que es esa felicidad verdadera y no la felicidad falsa. La felicidad verdadera pasa a menudo por el dolor, llanto, persecución, hambre, injusticia etc. Pero dichos sufrimientos nos llevan a la purificación en este mundo para luego ser santificados para gozar de la felicidad eterna.

1. Estrategia bíblica: la tierra como causa, el cielo como efecto

La homilía recorre Mt 5,7-9 como una escalera: cada bienaventuranza nombra una conducta terrenal (causa) y una promesa celestial (efecto), y las citas complementarias sirven de peldaños entre ambas.

Una aclaración sobre la cita "Lv 44,11": el Levítico tiene 27 capítulos, así que esa referencia no existe. Casi seguro se trata de Lv 11,44 ("sed santos, porque yo soy santo"), que se repite en Lv 19,2: La santidad nace de Dios: el pueblo es santo porque Dios es santo, no por sus méritos: Lv 11,44 (y 19,2). El joven pregunta qué hacer de bueno para tener vida eterna: lo celestial se pregunta desde lo terrenal: Mt 19,16. Amar a Dios y al prójimo; "haz esto y vivirás": la vida eterna como efecto del amar: Lc 10,27-28. El buen samaritano, analogía bíblica de la misericordia hecha gesto: Lc 10,25-37. La misericordia concreta como criterio del juicio: Mt 25,31-46. Quién sube al monte del Señor: manos limpias y corazón puro: Sal 24,3-4. Quien no ama al hermano que ve no puede amar a Dios que no ve: ver al prójimo es el ensayo de ver a Dios: 1 Jn 4,20. La multitud inmensa de los santos: Ap 7,9-14.

Hilo conductor: lo que se siembra aquí se cosecha allá (Mc 4,26-29; Jn 12,24). El cielo no es un premio ajeno a la tierra, sino su semilla llevada a plenitud.

2. Mapa de la homilía: "El cielo se cose en la tierra"

Tesis única: los santos no son gente que saltó la tierra para llegar al cielo; son quienes dejaron que el cielo empezara en sus manos, sus ojos y sus puentes. Cada bienaventuranza de hoy es una conducta de la tierra con una promesa del cielo.

3. Apertura: la pregunta del joven

Gesto inicial: Queridos niños, jóvenes, padres, abuelos: antes de empezar, una pregunta para los más pequeños. ¿Quién me dice cómo es un santo? (Recoger dos o tres respuestas: "el que reza", "el de la estampa", "el que está en el altar".) Gracias. Casi siempre imaginamos a un santo con una luz detrás de la cabeza y mirando al techo. Hoy el Evangelio nos va a corregir la foto.

Un joven se acercó un día a Jesús con la pregunta más honesta que hay: "Maestro, ¿qué haré de bueno para conseguir la vida eterna?" (Mt 19,16). Fíjense en la pregunta. Habla de la vida eterna, que es cosa del cielo, pero pregunta por lo que debe hacer, que es cosa de la tierra. Y Jesús no le responde con una teoría sobre el cielo. Le habla de mandamientos, de personas, de pobres.

Esa es la clave de la fiesta de hoy. El cielo se pregunta desde la tierra. La Biblia lo dice desde muy antiguo. En el Levítico, Dios le dice a su pueblo: "Sean santos, porque yo soy santo" (Lv 11,44). Noten el orden. No dice "sean santos para que yo los quiera". Dice "sean santos porque yo soy santo". La santidad empieza en Dios, es regalo suyo, y nosotros la dejamos entrar en lo cotidiano: en la cocina, en el trabajo, en el micro, en la cola del banco.

Por eso hoy no celebramos solo a los santos de los altares. El papa Francisco habla de los santos de la puerta de al lado (Gaudete et exsultate 7): la mamá que se levanta a las cinco, el vecino que cuida a su padre enfermo, el abuelo que perdona sin que se lo pidan. Hoy los tres textos que nos regala el Evangelio, misericordia, corazón limpio y paz, describen a esos santos. Y los vamos a mirar así: lo que se hace aquí en la tierra y lo que Dios promete allá en el cielo. Primero la causa, después el efecto y la causa nunca poder menos que el efecto.

4. Parte 1 "Manos que se ensucian" (Mt 5,7)

Causa en la tierra: ser misericordioso. Efecto en el cielo: alcanzar misericordia.

Miren sus manos. Cada una tiene una historia. Estas manos han cargado hijos, han firmado papeles, han contado billetes, han cerrado puños. Jesús dice hoy: "Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7).

La palabra misericordia es muy bonita en hebreo. Viene de rahamim, que significa "entrañas", el seno de una madre. Ser misericordioso es sentir al otro en las entrañas, como la madre siente al hijo. No es lástima de lejos. Es dejar que el dolor del otro me toque el cuerpo.

Y Jesús lo mostró con una historia. Un hombre baja de Jerusalén a Jericó y lo asaltan, lo dejan medio muerto (Lc 10,25-37). Pasa un sacerdote y da un rodeo. Pasa un levita y también. Y pasa un samaritano, un extranjero, alguien despreciado. La Biblia dice que se conmovió, y ahí vienen los verbos de las manos: se acercó, vendó, echó aceite y vino, lo montó en su propia cabalgadura, pagó la posada y prometió volver. Misericordia es un puñado de verbos. Para hacerlos hay que ensuciarse: la sangre, el polvo, el bolsillo.

Antes de esa parábola alguien preguntó lo mismo que el joven: ¿qué hago para heredar la vida eterna? Y Jesús le devolvió la pregunta: "¿Qué dice la Ley?" El hombre respondió: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. Y Jesús le dijo: "Haz eso y vivirás" (Lc 10,27-28). Ahí está la causa y el efecto de toda la fiesta. Haz eso, que es de la tierra, y vivirás, que es del cielo.

San Francisco lo supo por experiencia. En su Testamento cuenta que, cuando vivía en pecado, le resultaba amargo ver a los leprosos. Un día el Señor lo llevó entre ellos y usó con ellos misericordia. Y aquello que le parecía amargo se le cambió en dulzura del alma y del cuerpo. Fíjense: no fue el pensamiento el que lo cambió, fueron las manos. Se bajó del caballo, abrazó al leproso, y ahí el cielo le tocó el corazón.

¿Y el cielo qué promete? "Alcanzarán misericordia". Es una frase pasiva, y en la Biblia la voz pasiva suele ser el modo discreto de nombrar a Dios: Dios los tratará con misericordia. El Evangelio de Mateo ya lo había dicho en el Padrenuestro: perdónanos como nosotros perdonamos (Mt 6,12). Y Jesús lo cuenta en la parábola del siervo sin entrañas (Mt 18,23-35): quien recibió un perdón enorme y no perdonó una deuda pequeña terminó atrapado en su propia dureza.

Permítanme una advertencia, sobre todo para los más jóvenes que sienten que "tienen que ganarse" el cielo. No es un negocio. Dios no nos ama porque somos misericordiosos. Somos misericordiosos porque ya fuimos amados (1 Jn 4,19). La misericordia que damos es el eco de la que ya recibimos. Y la que recibimos al final es la plenitud de ese mismo río.

Gesto: invitar a girar las palmas hacia afuera, hacia el pasillo y hacia los otros. Esta semana, ¿a quién le puede llegar la misericordia de Dios a través de estas manos? Piensen en una persona concreta: la señora que vende en la esquina, el hijo con el que no hablan, el vecino enfermo. Una llamada, una visita, un plato de comida. No esperen a ser santos para empezar. Empezando se hacen santos.

Para los niños: "las manos de Jesús hoy son las tuyas: ¿a quién vas a ayudar esta semana?"

5. Parte 2: "Un corazón con ventanas" (Mt 5,8)

Causa en la tierra: un corazón limpio. Efecto en el cielo: ver a Dios.

Dinámica: pedir que miren a la persona de al lado, a los ojos, en silencio.

Lo que acaban de hacer, mirarse a los ojos unos segundos, es más difícil de lo que parece. Casi siempre miramos de pasada. Y hoy Jesús habla justamente de la mirada: "Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8).

En la Biblia el corazón no es el lugar de los sentimientos, como en una canción. Es el centro de la persona: donde se decide, donde se piensa, donde se quiere. Y limpio no quiere decir sin errores. Quiere decir sin doblez, sin segundas intenciones, sin careta. El Catecismo lo explica así: la pureza de corazón es la que nos permite ver según Dios, ver al otro como prójimo y no como objeto (CEC 2517-2519).

Un corazón limpio es como una ventana limpia. Una ventana sucia deja pasar luz, pero la deforma. Y las nuestras se ensucian con cosas de la tierra: la envidia que mira al vecino para compararlo, la sospecha que ve en cada persona un peligro, la prisa que nunca ve a nadie, la pantalla del celular que nos tiene mirando abajo mientras la vida pasa al frente a veces tenemos la pantalla tan limpia y el corazón tan empañado.

El salmo 24 pregunta lo mismo que el joven del Evangelio: ¿quién subirá al monte del Señor? Y responde: el de manos limpias y corazón puro (Sal 24,3-4). Manos y corazón. Lo que hicimos en la Parte 1 y lo que hacemos ahora. No se pueden separar.

Ahora viene una frase de San Juan que tiene que doler un poco, porque es verdad: "Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve" (1 Jn 4,20). Es la misma lógica de Mt 5,8, pero al revés. Queremos ver a Dios en el cielo, y San Juan responde: entrena aquí la mirada con quien tienes al lado. El hermano que se sienta en la banca, el que atiende la caja, el que pide en la esquina, es el lugar donde se ensaya la visión de Dios. Si no puedo ver a quien tengo a un metro, ¿cómo voy a ver a quien no se ve?

Moisés recibió la respuesta más dura: "nadie puede ver mi rostro y seguir vivo" (Ex 33,20). Pero Jesús dijo a Felipe: "Quien me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14,9). Y en Mateo 25, ese rostro está en el hambriento, el forastero, el preso. Dios se dejó ver, y se sigue dejando ver, en la cara humana.

Y el efecto celestial es enorme: verán a Dios. San Juan lo dice con una ternura que conmueve: "Seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es" (1 Jn 3,2). El Catecismo lo llama visión beatífica y dice que es el sentido último de nuestra vida (CEC 1028). Ver a Dios no es mirar un cuadro. Es quedar transformado por la mirada.

San Francisco, que amaba la creación, tenía esto muy claro. En sus Admoniciones (XVI) dice que son verdaderamente limpios de corazón los que desprecian las cosas terrenas, buscan las celestiales y no dejan de adorar y contemplar al Señor con corazón limpio. Ese "desprecio" no es odio al mundo, porque el mismo Francisco cantó al Hermano Sol y a la Hermana Agua; es no dejarse atar por lo que pasa. Limpiar la ventana no es arrancar la casa. Es dejar entrar la luz.

Gesto: En silencio, piensen en algo que hoy empaña su mirada: un rencor, un juicio, una mala costumbre. Díganle a Dios: "limpia mi ventana".

Para los niños: "cuando miras a tu hermano o a tu compañero con cariño, estás empezando a ver a Dios".

6. Parte 3: "Constructores de puentes" (Mt 5,9)

Causa en la tierra: obrar la paz. Efecto en el cielo: ser llamados hijos de Dios.

Hemos hablado de manos y de ojos. Ahora hablamos de pies, de los pies que cruzan un puente. Jesús dice: "Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5,9).

Fíjense en el verbo. Jesús no dice "los pacíficos", los que se quedan tranquilos en su sillón. Dice los que hacen la paz. La paz bíblica, el shalom, no es silencio ni ausencia de ruido. Es que las cosas estén en su sitio: que haya pan en la mesa, justicia en el trabajo, abrazo entre hermanos. El Catecismo, citando a San Agustín, la llama "la tranquilidad del orden" y añade que es obra de la justicia y fruto de la caridad (CEC 2304-2305).

Y la paz casi nunca cuesta poco. La Biblia tiene un ejemplo conmovedor: José y sus hermanos. Lo vendieron por veinte monedas, terminó esclavo y preso en Egipto. Años después, siendo el hombre más poderoso del reino, los tiene delante de él, temblando. Podía vengarse. ¿Qué hace? Se quiebra en llanto, y les dice: "Yo soy José, su hermano" (Gn 45,4). Y más adelante: "Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien" (Gn 50,20). José no negó la herida, pero decidió construir un puente donde antes había un muro. Eso es hacer la paz.

San Pablo dice que Cristo es nuestra paz, que derribó el muro que separaba (Ef 2,14-16). El método de Jesús fue ese: ponerse en medio, con los brazos abiertos, en la cruz, a un lado el cielo y al otro la tierra, y que el golpe lo reciba su cuerpo.

San Francisco también construyó puentes, y uno famoso. En la ciudad de Gubbio, un lobo aterrorizaba a la gente. Los vecinos vivían encerrados. Francisco salió a buscar al lobo, se le puso delante, lo llamó "hermano lobo" y lo reconcilió con el pueblo: la gente le daría de comer, y el lobo no haría más daño. Más que un cuento de animales, es una historia sobre una ciudad con miedo. A veces el lobo es una persona, una deuda, un rencor de familia, un grupo de WhatsApp que envenena. Francisco no mató al lobo ni lo ignoró. Fue a hablarle.

Aquí en la misa hay un lugar donde esto se vuelve concreto. Jesús lo dijo en este mismo sermón: "Si vas a presentar tu ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda y ve primero a reconciliarte" (Mt 5,23-24). Dentro de unos minutos nos daremos la paz. Que no sea un saludo de cortesía. Que sea un puente.

Y el efecto celestial es el más íntimo: "serán llamados hijos de Dios". Los que hacen paz se parecen al Padre, porque el Padre es el gran pacificador. San Juan lo celebra: "Miren qué amor nos ha dado el Padre, que nos llamemos hijos de Dios, y lo somos" (1 Jn 3,1). Y San Pablo dirá que el Espíritu nos hace clamar Abbá, Padre (Rm 8,14-17). Nadie se hace hijo de Dios construyendo puentes: ya lo somos por el bautismo. Pero los puentes hacen visible la familia.

"Piensen en una persona con la que hoy están distanciados. Pónganle nombre en el corazón. En el rito de la paz, ese abrazo lleva ese nombre. Y esta semana, un primer paso: una llamada, un mensaje, un café."

7. Parte 4 y cierre: "La mesa grande de los santos" (Ap 7,9-14; Mt 5,12)

Síntesis: las tres promesas del cielo (misericordia recibida, Dios visto, hijos de Dios) son una sola: la comunión con Dios y con todos los suyos.

Hemos recorrido tres promesas. Alcanzarán misericordia. Verán a Dios. Serán llamados hijos. Parecen tres, pero son una sola: vivir para siempre en la casa del Padre, con los hermanos.

Esa casa la vio San Juan en el Apocalipsis, que escuchamos hoy en la primera lectura: "una multitud inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7,9). Y uno de los ancianos le pregunta: ¿quiénes son estos? Y la respuesta es hermosa: son los que vienen de la gran tribulación, los que lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero (Ap 7,14). No dice "los que nunca tuvieron problemas". Dice "los que vienen de". Vienen de la tierra, con sus heridas, y el cielo los recibe.

Esos son los santos: gente de la tierra que dejó que el cielo empezara en sus manos, en sus ojos y en sus puentes. Y el Catecismo nos recuerda algo que muchas veces olvidamos: los santos no están lejos. Vivimos en comunión con ellos y con nuestros difuntos, una sola familia, la de los que peregrinamos y la de los que ya llegaron (CEC 946-962). El cielo, dice el Catecismo, es la vida perfecta con la Santísima Trinidad, comunión de vida y de amor con Dios, con la Virgen, con los ángeles y con todos los bienaventurados (CEC 1024).

Muchas familias, esta semana, irán al cementerio a visitar a sus difuntos. Es una costumbre muy nuestra y muy bella. Que esa visita nos recuerde una cosa: nuestros muertos no son un recuerdo, son parte de esta mesa. Y esa mesa tiene lugares reservados. Jesús termina las bienaventuranzas con una frase de fiesta: "Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos" (Mt 5,12). La palabra "bienaventurados" quiere decir dichosos, felices. El camino de los santos no es un camino de caras largas, sino de gente con una alegría que se le nota.

Entonces, hermanos, ¿qué hacemos al salir de aquí? Tres cosas sencillas, como tres regalos para llevar en el bolsillo:

  1. Unas manos que se ensucian por alguien esta semana (Mt 5,7).
  2. Unos ojos que se dejan limpiar para ver a Dios en el hermano (Mt 5,8; 1 Jn 4,20).
  3. Un puente hacia la persona con quien estamos distanciados (Mt 5,9).

No hace falta ser perfectos. San Francisco decía a sus hermanos, al final de su vida: "Comencemos, hermanos, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho". Eso nos dice a todos. Comencemos hoy. Y que María, la Madre de la misericordia, y todos los santos del cielo, los conocidos y los de la puerta de al lado, nos acompañen.

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