DOMINGO XXXI – CICLO A (01 de noviembre de 2026)
Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo: 5,1-12:
5,1 Jesus, viendo la
muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron.
5,2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
5,3 “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos
es el Reino de los Cielos.
5,4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en
herencia la tierra.
5,5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán
consolados.
5,6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la
justicia, porque ellos serán saciados.
5,7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia.
5,8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios.
5,9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque
ellos serán llamados hijos de Dios.
5,10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la
justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
5,11 Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os
persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
5,12 Alégrense, porque su recompensa será
grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas
anteriores a Uds. PALABRA DEL SEÑOR.
Estimados hermanos en el Señor paz y bien.
“Uds. serán felices si cumplen lo que yo les enseño” (Jn
13,17); “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos,
uds. son mis amigos si cumplen lo que yo les enseño; ya no les llamo siervos,
porque el siervo no sabe la que hace su amo, a uds los llamo amigos
porque os enseñe todo cuanto aprendí de mi padre” (Jn 5,13-15). Hoy Jesús nos
habla sobre la felicidad eterna, ¿Quién no quiere ser feliz? Todos anhelamos la
felicidad, pero a menudo no sabemos que es la felicidad. Ahora nos lo dice el
Señor que es esa felicidad verdadera y no la felicidad falsa. La felicidad
verdadera pasa a menudo por el dolor, llanto, persecución, hambre, injusticia
etc. Pero dichos sufrimientos nos llevan a la purificación en este mundo para
luego ser santificados para gozar de la felicidad eterna.
1. Estrategia bíblica: la tierra como causa, el cielo
como efecto
La homilía recorre Mt 5,7-9 como una escalera: cada
bienaventuranza nombra una conducta terrenal (causa) y una promesa celestial
(efecto), y las citas complementarias sirven de peldaños entre ambas.
Una aclaración sobre la cita "Lv 44,11": el
Levítico tiene 27 capítulos, así que esa referencia no existe. Casi seguro se
trata de Lv 11,44 ("sed santos, porque yo soy santo"), que se
repite en Lv 19,2: La santidad nace de Dios: el pueblo es santo porque Dios es
santo, no por sus méritos: Lv 11,44 (y 19,2). El joven pregunta qué hacer de bueno
para tener vida eterna: lo celestial se pregunta desde lo terrenal: Mt 19,16. Amar
a Dios y al prójimo; "haz esto y vivirás": la vida eterna como efecto
del amar: Lc 10,27-28. El buen samaritano, analogía bíblica de la misericordia
hecha gesto: Lc 10,25-37. La misericordia concreta como criterio del juicio: Mt
25,31-46. Quién sube al monte del Señor: manos limpias y corazón puro: Sal
24,3-4. Quien no ama al hermano que ve no puede amar a Dios que no ve: ver al
prójimo es el ensayo de ver a Dios: 1 Jn 4,20. La multitud inmensa de los
santos: Ap 7,9-14.
Hilo conductor: lo que se siembra aquí se cosecha
allá (Mc 4,26-29; Jn 12,24). El cielo no es un premio ajeno a la tierra, sino
su semilla llevada a plenitud.
2. Mapa de la homilía: "El cielo se cose en la
tierra"
Tesis única: los santos no son gente que saltó la
tierra para llegar al cielo; son quienes dejaron que el cielo empezara en sus
manos, sus ojos y sus puentes. Cada bienaventuranza de hoy es una conducta de
la tierra con una promesa del cielo.
3. Apertura: la pregunta del joven
Gesto inicial: Queridos niños, jóvenes, padres, abuelos:
antes de empezar, una pregunta para los más pequeños. ¿Quién me dice cómo es un
santo? (Recoger dos o tres respuestas: "el que reza", "el de la
estampa", "el que está en el altar".) Gracias. Casi siempre
imaginamos a un santo con una luz detrás de la cabeza y mirando al techo. Hoy
el Evangelio nos va a corregir la foto.
Un joven se acercó un día a Jesús con la pregunta más
honesta que hay: "Maestro, ¿qué haré de bueno para conseguir la vida
eterna?" (Mt 19,16). Fíjense en la pregunta. Habla de la vida eterna, que
es cosa del cielo, pero pregunta por lo que debe hacer, que es cosa de
la tierra. Y Jesús no le responde con una teoría sobre el cielo. Le habla de
mandamientos, de personas, de pobres.
Esa es la clave de la fiesta de hoy. El cielo se pregunta
desde la tierra. La Biblia lo dice desde muy antiguo. En el Levítico, Dios le
dice a su pueblo: "Sean santos, porque yo soy santo" (Lv 11,44).
Noten el orden. No dice "sean santos para que yo los quiera". Dice
"sean santos porque yo soy santo". La santidad empieza en
Dios, es regalo suyo, y nosotros la dejamos entrar en lo cotidiano: en la
cocina, en el trabajo, en el micro, en la cola del banco.
Por eso hoy no celebramos solo a los santos de los altares. El
papa Francisco habla de los santos de la puerta de al lado (Gaudete et
exsultate 7): la mamá que se levanta a las cinco, el vecino que cuida a su
padre enfermo, el abuelo que perdona sin que se lo pidan. Hoy los tres textos
que nos regala el Evangelio, misericordia, corazón limpio y paz, describen a
esos santos. Y los vamos a mirar así: lo que se hace aquí en la tierra y lo que
Dios promete allá en el cielo. Primero la causa, después el efecto y la causa nunca
poder menos que el efecto.
4. Parte 1 "Manos que se ensucian" (Mt 5,7)
Causa en la tierra: ser misericordioso. Efecto en
el cielo: alcanzar misericordia.
Miren sus manos. Cada una tiene una historia. Estas manos
han cargado hijos, han firmado papeles, han contado billetes, han cerrado
puños. Jesús dice hoy: "Dichosos los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia" (Mt 5,7).
La palabra misericordia es muy bonita en hebreo. Viene de rahamim,
que significa "entrañas", el seno de una madre. Ser misericordioso es
sentir al otro en las entrañas, como la madre siente al hijo. No es lástima de
lejos. Es dejar que el dolor del otro me toque el cuerpo.
Y Jesús lo mostró con una historia. Un hombre baja de
Jerusalén a Jericó y lo asaltan, lo dejan medio muerto (Lc 10,25-37). Pasa un
sacerdote y da un rodeo. Pasa un levita y también. Y pasa un samaritano, un
extranjero, alguien despreciado. La Biblia dice que se conmovió, y ahí
vienen los verbos de las manos: se acercó, vendó, echó aceite y vino, lo montó
en su propia cabalgadura, pagó la posada y prometió volver. Misericordia es un
puñado de verbos. Para hacerlos hay que ensuciarse: la sangre, el polvo, el
bolsillo.
Antes de esa parábola alguien preguntó lo mismo que el joven:
¿qué hago para heredar la vida eterna? Y Jesús le devolvió la pregunta: "¿Qué
dice la Ley?" El hombre respondió: amar a Dios con todo el corazón y
al prójimo como a uno mismo. Y Jesús le dijo: "Haz eso y vivirás"
(Lc 10,27-28). Ahí está la causa y el efecto de toda la fiesta. Haz eso, que es
de la tierra, y vivirás, que es del cielo.
San Francisco lo supo por experiencia. En su Testamento
cuenta que, cuando vivía en pecado, le resultaba amargo ver a los leprosos. Un
día el Señor lo llevó entre ellos y usó con ellos misericordia. Y aquello que
le parecía amargo se le cambió en dulzura del alma y del cuerpo. Fíjense: no
fue el pensamiento el que lo cambió, fueron las manos. Se bajó del caballo,
abrazó al leproso, y ahí el cielo le tocó el corazón.
¿Y el cielo qué promete? "Alcanzarán misericordia".
Es una frase pasiva, y en la Biblia la voz pasiva suele ser el modo discreto de
nombrar a Dios: Dios los tratará con misericordia. El Evangelio de Mateo ya lo
había dicho en el Padrenuestro: perdónanos como nosotros perdonamos (Mt
6,12). Y Jesús lo cuenta en la parábola del siervo sin entrañas (Mt 18,23-35):
quien recibió un perdón enorme y no perdonó una deuda pequeña terminó atrapado
en su propia dureza.
Permítanme una advertencia, sobre todo para los más jóvenes
que sienten que "tienen que ganarse" el cielo. No es un negocio. Dios
no nos ama porque somos misericordiosos. Somos misericordiosos porque ya fuimos
amados (1 Jn 4,19). La misericordia que damos es el eco de la que ya recibimos.
Y la que recibimos al final es la plenitud de ese mismo río.
Gesto: invitar a girar las palmas hacia afuera, hacia el
pasillo y hacia los otros. Esta semana, ¿a quién le puede llegar la
misericordia de Dios a través de estas manos? Piensen en una persona concreta:
la señora que vende en la esquina, el hijo con el que no hablan, el vecino
enfermo. Una llamada, una visita, un plato de comida. No esperen a ser santos
para empezar. Empezando se hacen santos.
Para los niños: "las manos de Jesús hoy son las tuyas:
¿a quién vas a ayudar esta semana?"
5. Parte 2: "Un corazón con ventanas" (Mt 5,8)
Causa en la tierra: un corazón limpio. Efecto en
el cielo: ver a Dios.
Dinámica: pedir que miren a la persona de al lado, a los
ojos, en silencio.
Lo que acaban de hacer, mirarse a los ojos unos segundos, es
más difícil de lo que parece. Casi siempre miramos de pasada. Y hoy Jesús habla
justamente de la mirada: "Dichosos los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios" (Mt 5,8).
En la Biblia el corazón no es el lugar de los sentimientos,
como en una canción. Es el centro de la persona: donde se decide, donde se
piensa, donde se quiere. Y limpio no quiere decir sin errores. Quiere decir sin
doblez, sin segundas intenciones, sin careta. El Catecismo lo explica así: la
pureza de corazón es la que nos permite ver según Dios, ver al otro como
prójimo y no como objeto (CEC 2517-2519).
Un corazón limpio es como una ventana limpia. Una ventana
sucia deja pasar luz, pero la deforma. Y las nuestras se ensucian con cosas de
la tierra: la envidia que mira al vecino para compararlo, la sospecha que ve en
cada persona un peligro, la prisa que nunca ve a nadie, la pantalla del celular
que nos tiene mirando abajo mientras la vida pasa al frente a veces tenemos la
pantalla tan limpia y el corazón tan empañado.
El salmo 24 pregunta lo mismo que el joven del Evangelio: ¿quién
subirá al monte del Señor? Y responde: el de manos limpias y corazón puro (Sal
24,3-4). Manos y corazón. Lo que hicimos en la Parte 1 y lo que hacemos ahora.
No se pueden separar.
Ahora viene una frase de San Juan que tiene que doler un
poco, porque es verdad: "Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede
amar a Dios, a quien no ve" (1 Jn 4,20). Es la misma lógica de Mt 5,8,
pero al revés. Queremos ver a Dios en el cielo, y San Juan responde: entrena
aquí la mirada con quien tienes al lado. El hermano que se sienta en la banca,
el que atiende la caja, el que pide en la esquina, es el lugar donde se ensaya
la visión de Dios. Si no puedo ver a quien tengo a un metro, ¿cómo voy a ver a
quien no se ve?
Moisés recibió la respuesta más dura: "nadie puede ver
mi rostro y seguir vivo" (Ex 33,20). Pero Jesús dijo a Felipe: "Quien
me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14,9). Y en Mateo 25, ese rostro
está en el hambriento, el forastero, el preso. Dios se dejó ver, y se sigue
dejando ver, en la cara humana.
Y el efecto celestial es enorme: verán a Dios. San
Juan lo dice con una ternura que conmueve: "Seremos semejantes a Él,
porque lo veremos tal cual es" (1 Jn 3,2). El Catecismo lo llama visión
beatífica y dice que es el sentido último de nuestra vida (CEC 1028). Ver a
Dios no es mirar un cuadro. Es quedar transformado por la mirada.
San Francisco, que amaba la creación, tenía esto muy claro.
En sus Admoniciones (XVI) dice que son verdaderamente limpios de corazón los
que desprecian las cosas terrenas, buscan las celestiales y no dejan de adorar
y contemplar al Señor con corazón limpio. Ese "desprecio" no es odio
al mundo, porque el mismo Francisco cantó al Hermano Sol y a la Hermana Agua;
es no dejarse atar por lo que pasa. Limpiar la ventana no es arrancar la casa.
Es dejar entrar la luz.
Gesto: En silencio, piensen en algo que hoy empaña su
mirada: un rencor, un juicio, una mala costumbre. Díganle a Dios: "limpia
mi ventana".
Para los niños: "cuando miras a tu hermano o a
tu compañero con cariño, estás empezando a ver a Dios".
6. Parte 3: "Constructores de puentes" (Mt 5,9)
Causa en la tierra: obrar la paz. Efecto en el
cielo: ser llamados hijos de Dios.
Hemos hablado de manos y de ojos. Ahora hablamos de pies, de
los pies que cruzan un puente. Jesús dice: "Dichosos los que trabajan por
la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5,9).
Fíjense en el verbo. Jesús no dice "los
pacíficos", los que se quedan tranquilos en su sillón. Dice los que hacen
la paz. La paz bíblica, el shalom, no es silencio ni ausencia de ruido.
Es que las cosas estén en su sitio: que haya pan en la mesa, justicia en el
trabajo, abrazo entre hermanos. El Catecismo, citando a San Agustín, la llama
"la tranquilidad del orden" y añade que es obra de la justicia y
fruto de la caridad (CEC 2304-2305).
Y la paz casi nunca cuesta poco. La Biblia tiene un ejemplo
conmovedor: José y sus hermanos. Lo vendieron por veinte monedas, terminó
esclavo y preso en Egipto. Años después, siendo el hombre más poderoso del
reino, los tiene delante de él, temblando. Podía vengarse. ¿Qué hace? Se
quiebra en llanto, y les dice: "Yo soy José, su hermano" (Gn 45,4). Y
más adelante: "Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en
bien" (Gn 50,20). José no negó la herida, pero decidió construir un puente
donde antes había un muro. Eso es hacer la paz.
San Pablo dice que Cristo es nuestra paz, que derribó el
muro que separaba (Ef 2,14-16). El método de Jesús fue ese: ponerse en medio,
con los brazos abiertos, en la cruz, a un lado el cielo y al otro la tierra, y
que el golpe lo reciba su cuerpo.
San Francisco también construyó puentes, y uno famoso. En la
ciudad de Gubbio, un lobo aterrorizaba a la gente. Los vecinos vivían
encerrados. Francisco salió a buscar al lobo, se le puso delante, lo llamó
"hermano lobo" y lo reconcilió con el pueblo: la gente le daría de
comer, y el lobo no haría más daño. Más que un cuento de animales, es una
historia sobre una ciudad con miedo. A veces el lobo es una persona, una deuda,
un rencor de familia, un grupo de WhatsApp que envenena. Francisco no mató al
lobo ni lo ignoró. Fue a hablarle.
Aquí en la misa hay un lugar donde esto se vuelve concreto.
Jesús lo dijo en este mismo sermón: "Si vas a presentar tu ofrenda ante el
altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu
ofrenda y ve primero a reconciliarte" (Mt 5,23-24). Dentro de unos minutos
nos daremos la paz. Que no sea un saludo de cortesía. Que sea un puente.
Y el efecto celestial es el más íntimo: "serán llamados
hijos de Dios". Los que hacen paz se parecen al Padre, porque el Padre es
el gran pacificador. San Juan lo celebra: "Miren qué amor nos ha dado el
Padre, que nos llamemos hijos de Dios, y lo somos" (1 Jn 3,1). Y San Pablo
dirá que el Espíritu nos hace clamar Abbá, Padre (Rm 8,14-17). Nadie se
hace hijo de Dios construyendo puentes: ya lo somos por el bautismo. Pero los
puentes hacen visible la familia.
"Piensen en una persona con la que hoy están
distanciados. Pónganle nombre en el corazón. En el rito de la paz, ese abrazo
lleva ese nombre. Y esta semana, un primer paso: una llamada, un mensaje, un
café."
7. Parte 4 y cierre: "La mesa grande de los
santos" (Ap 7,9-14; Mt 5,12)
Síntesis: las tres promesas del cielo (misericordia
recibida, Dios visto, hijos de Dios) son una sola: la comunión con Dios y con
todos los suyos.
Hemos recorrido tres promesas. Alcanzarán misericordia.
Verán a Dios. Serán llamados hijos. Parecen tres, pero son una sola: vivir para
siempre en la casa del Padre, con los hermanos.
Esa casa la vio San Juan en el Apocalipsis, que escuchamos
hoy en la primera lectura: "una multitud inmensa, que nadie podía contar,
de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7,9). Y uno de los ancianos le
pregunta: ¿quiénes son estos? Y la respuesta es hermosa: son los que vienen de
la gran tribulación, los que lavaron sus vestiduras en la sangre del Cordero
(Ap 7,14). No dice "los que nunca tuvieron problemas". Dice "los
que vienen de". Vienen de la tierra, con sus heridas, y el cielo los
recibe.
Esos son los santos: gente de la tierra que dejó que el
cielo empezara en sus manos, en sus ojos y en sus puentes. Y el Catecismo nos
recuerda algo que muchas veces olvidamos: los santos no están lejos. Vivimos en
comunión con ellos y con nuestros difuntos, una sola familia, la de los que
peregrinamos y la de los que ya llegaron (CEC 946-962). El cielo, dice el
Catecismo, es la vida perfecta con la Santísima Trinidad, comunión de vida y de
amor con Dios, con la Virgen, con los ángeles y con todos los bienaventurados
(CEC 1024).
Muchas familias, esta semana, irán al cementerio a visitar a
sus difuntos. Es una costumbre muy nuestra y muy bella. Que esa visita nos
recuerde una cosa: nuestros muertos no son un recuerdo, son parte de esta mesa.
Y esa mesa tiene lugares reservados. Jesús termina las bienaventuranzas con una
frase de fiesta: "Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será
grande en los cielos" (Mt 5,12). La palabra "bienaventurados"
quiere decir dichosos, felices. El camino de los santos no es un camino de
caras largas, sino de gente con una alegría que se le nota.
Entonces, hermanos, ¿qué hacemos al salir de aquí? Tres
cosas sencillas, como tres regalos para llevar en el bolsillo:
- Unas
manos que se ensucian por alguien esta semana (Mt 5,7).
- Unos
ojos que se dejan limpiar para ver a Dios en el hermano (Mt 5,8; 1 Jn
4,20).
- Un
puente hacia la persona con quien estamos distanciados (Mt 5,9).
No hace falta ser perfectos. San Francisco decía a sus
hermanos, al final de su vida: "Comencemos, hermanos, porque hasta ahora
poco o nada hemos hecho". Eso nos dice a todos. Comencemos hoy. Y que
María, la Madre de la misericordia, y todos los santos del cielo, los conocidos
y los de la puerta de al lado, nos acompañen.
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Paz y Bien
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