domingo, 1 de noviembre de 2026

DOMINGO XXXII – A (08 de Noviembre de 2026)

DOMINGO XXXII – A (08 de Noviembre de 2026)

Proclamación del Santo evangelio según San Mateo 25,1-13:

25,1 Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo.

25,2 Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

25,3 Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite,

25,4 mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.

25,5 Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.

25,6 Pero a medianoche se oyó un grito: "Ya viene el esposo, salgan a su encuentro".

25,7 Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.

25,8 Las necias dijeron a las prudentes: "¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?"

25,9 Pero estas les respondieron: "No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado".

25,10 Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.

25,11 Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: "Señor, señor, ábrenos",

25,12 pero él respondió: "Les aseguro que no las conozco".

25,13 Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

 Las mujeres sabias o prudentes: “El Señor da la sabiduría, de su boca proceden la ciencia y la inteligencia” (Prov 2,6). “Feliz el hombre que encuentra la sabiduría, porque la sabiduría es más rentable que la plata y más precioso que el oro fino” (Prov 3,13). “La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo, se deja encontrar por los que la buscan y contemplar por los que la aman” (Sab 6,12). “Si ustedes Uds. buscan tronos y los cetros, honren a la Sabiduría y reinarán para siempre” (Sab 6,21).

 Si queremos ser como las mujeres sabias o prudentes hemos de preguntarnos: ¿Por qué tenemos que interesarnos tanto por nuestra salvación? Porque solo tenemos esa única opción aconsejable. La otra opción que es la condenación no es aconsejable (opción de las mujeres necias) y si alguien piensa que el purgatorio es otra opción; pues, el purgatorio no es un estadío. No es lo mismo que cielo, e infierno que purgatorio. El cielo es eterno por lo que el infierno es también eterno, en cambio el purgatorio es eventual. Jesús nos lo dice al respecto: "Vayan por todo el mundo, enseñen la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc 16,15). El reino de Dios tiene que ver con nuestra salvación.

 Respecto al Reino de Dios: "El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia" (Mc 1,15).  Los fariseos le preguntaron cuándo llegaría el Reino de Dios. Jesús les respondió: "El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: Está aquí o Está allí. Porque el Reino de Dios está entre ustedes" (Lc 17,20-21). Dijo Jesús: “Si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11,20). Es decir, Jesús es la manifestación y el despliegue del Reino de Dios, porque en Jesús se realiza el encuentro de Dios con la humanidad. De ahí que, Jesús dice: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Juan dice: “Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios” (Ap 21,2-3).

 Recordemos las preguntas del eje trasversal de nuestras reflexiones:“¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mc 10,17). “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Quiénes podrán salvarse?” (Mt 19,25). Y en la búsqueda de respuestas a tales inquietudes nos topamos con aquella escena: “¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?” Jesús respondió: Amar a Dios y amar al prójimo (Mt 22,36). La respuesta del amor a Dios y al prójimo, así como hacer lo que decimos siendo hermanos (Mt 23,3-8); es la estrategia eficaz para revestirnos con traje de fiesta (santidad) y ser parte del banquete de boda del cordero como fiesta de los salvos o salvados (Mt 22,12). Hoy, en la parábola de las diez doncellas se nos describe el momento preciso del inicio de dicha fiesta: “Llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta” (Mt 25,10).

 Cabe hacernos preguntas como: ¿Quién o qué significa que el esposo ya llega? ¿Qué significa la sala nupcial? ¿Quiénes si y quienes no entran a la sala nupcial? Y sobre todo ¿Qué significa, la puerta se cerró? Y ¿Estén preparados? Estas preguntas tienen que ser precedidas por preguntas más de fondo: ¿Serán pocos los que se salven? (Lc 13,23). ¿Qué cosas buenas tengo que hacer para heredar la vida eterna? (Mc 10,17). ¿Quién podrá salvarse? (Mt 19,25).

 ¿Quién o qué significa que el esposo (Mt 24,44) ya llega? (Mt 25,6). El esposo es sin duda Cristo Jesús, el Hijo de Dios. Y la esposa ¿Quién es? La Iglesia es la esposa: “Sobre esta piedra edificaré mi iglesia” (Mt 16,18). Respecto al matrimonio dice Jesús: “Ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre" (Mt 19,6). Jesús explica a Nicodemo y dice: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16-17). Y ¿Cómo nos salvó? Jesús lo manifiesta: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Añadió: "Así estaba escrito, el Mesías sufrirá y resucitará de entre los muertos al tercer día” (Lc 24,46). Todo este misterio de la redención ya se describe en el A.T: “Yo te desposaré conmigo para siempre, te desposaré en la justicia y el derecho, en el amor y la misericordia; te desposaré en la fidelidad, y tú conocerás al Señor” (Os 2,21-22). La figura de la Iglesia celestial desposada se describe así: “Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios” (Ap 21,2-3).

 ¿Quiénes si y quienes no entran a la sala nupcial? “Cuando llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta” (Mt 25,10). La sala nupcial tiene connotación de cielo. Y entran al cielo: “las que estaban preparadas”, las que tenían las lámparas encendidas. En este punto recordemos las enseñanzas de Jesús: “Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,14-16). “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en las tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

 Se puede tener una lámpara nueva y fina pero si no alumbra, de nada sirve. La lámpara requiere del aceite. Así, nosotros  somos bautizados (Mt 28,19-20). Pero, si no ejercemos los dones del bautizo como la fe, por ende no brilla nuestra luz, equivale no tener obras: “La fe sin obras está muerta” (Stg 2,17). Al creyente se le conoce por sus frutos: “Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconocerán. Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos” (Mt 7,15-17). Así pues, siendo malos no pretendamos tener lámparas encendidas, o siendo buenos tener lámparas apagadas. No busquemos sorprender con engaños: "Ustedes aparentan ser buenos ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones. Porque lo que es estimable a los ojos de los hombres, resulta despreciable para Dios” (Lc 16,15). “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos" (Mt 15,8-9).

 Por tanto: las doncellas preparadas que entraron con el esposo a la sala nupcial (Mt 25,10) son los que entran al cielo, y son parte de los salvados, porque tuvieron encendidas la lámpara, ejercieron su fe, viviendo lo que el señor nos enseña (Lc 11,28). Llegar al cielo para estar con Dios no es de mera ilusión, ni de bonitas palabras sobre Dios (Mt 7,21), sino escuchando la palabra de Dios y poniendo en práctica las enseñanzas del Evangelio (Mt 7,24). Y vivir el mensaje del evangelio equivale ser de la postura de las mujeres prevenidas con las lámparas encendidas (Mt 25,10).

 ¿Qué significa, que la puerta se cerró? (Mt 25,10). Que cada quien tendrá que ocupar el lugar que le corresponde. Quien o quienes están preparadas(os) tendrán que ocupar un lugar en el cielo. Quienes no estaban preparadas(os), tendrán que quedar excluidas(os) de la sala nupcial (cielo) y ocupar las tinieblas (infierno=ausencia de Dios). ¿Qué, no es que Dios es misericordioso? (Lc 6,37), si Dios es muy misericordioso, pero la misericordia de Dios tiene su límite. La justicia divina s el límite de la misericordia: “La puerta está cerrada” (Mt 25,10). Al respecto conviene recordar aquella escena:

 “El pobre (Lázaro) murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico (Epulón) también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces (Epulón) exclamó: "Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan. Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo (cielo), y tú, el tormento (infierno). Además, entre ustedes (infierno) y nosotros (cielo) se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí (cielo) hasta allí (infierno) no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí" (Lc 16,22-26). De modo que la escena nos confirma que “la puerta cerrada” es el límite de la misericordia,  es decir la justicia divina. Y como el cielo (sala nupcial=fiesta) es eterna; el infierno (los excluidos=sin fiesta) es también eterno. Y al respecto se nos dice: “Después vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él. Ante su presencia, el cielo y la tierra desaparecieron sin dejar rastros. Y vi a los que habían muerto: grandes y pequeños, de pie delante del trono. Fueron abiertos los libros, y también fue abierto el Libro de la Vida; y los que habían muerto fueron juzgados de acuerdo con el contenido de los libros; cada uno según sus obras. El mar devolvió a los muertos que guardaba: la Muerte y el Abismo hicieron lo mismo, y cada uno fue juzgado según sus obras. Entonces la Muerte y el Abismo fueron arrojados al estanque de fuego, que es la segunda muerte. Y los que no estaban inscritos en el Libro de la Vida fueron arrojados al mar de fuego” (Ap 20,11-15).

 Por las razones ya citadas, Dios salvador nuestro quiere que todos nos salvemos llegando al conocimiento de la verdad (I Tm 2,4) y nos reitera: “No se inquieten entonces, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos? Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6,31-33). Así, pues, si para revestirnos con traje de fiesta (Mt 22,12) hace falta sabernos amar unos a otros como Dios nos ha amado (Jn 13,34); con el tema del amor, resaltamos otro elemento importante de la estrategia para ser santos (Lv 11,45). 

 Cumpliendo con eficiencia la misión encomendada: “Id al mundo entero y enseñar el Evangelio a toda la creación, quien crea y se bautice se  salvara, quien se resiste en creer será condenado” (Mc 16,15). Es decir, depende cuan eficientes somos en la misión para que mucho o pocos se salven, depende de este trabajo también nuestra salvación. En este contexto de misión nos preguntamos ¿Qué tipo de catequesis hacemos? ¿Somos como nuestro maestro Jesús o somos como los falsos maestros (fariseos)? (Mt 23,3). ¿Cuál es la diferencia entre el maestro verdadero y maestro falso? ¿Qué diferencia hay entre el creyente autentico y el creyente falso? (Mt 23,3). Hacer buen trabajo evangelizador que es tare de todo bautizado (Mt 28,19-20) equivale ser prevenidos y tener la fe o la lámpara encendida (Mt 25,10). Por lo que, no es suficiente estar en vela sino cumpliendo la misión, que a su vez equivale tener lámpara encendida (Mt 25,10).

PARTE I : TODAS ESTÁN INVITADAS A LA BODA.

Queridos hermanos y hermanas: imaginemos una boda en nuestro pueblo, de noche, por las calles de Lima. Las diez jóvenes salen con sus antorchas —no lámparas pequeñas, sino antorchas que iluminan el camino— para recibir al esposo. Las diez tienen lámpara (bautismo). Las diez salen. Las diez esperan. Las diez se duermen. No hay diferencia al principio. Todas forman parte del grupo; todas son invitadas.

Esto nos dice algo consolador y, a la vez, serio: pertenecer a la Iglesia, llevar el nombre de cristiano, participar en la Misa, no basta. Las diez vírgenes eran cristianas en potencia; todas esperaban. Pero la diferencia no está en el inicio, sino en lo que llevaban dentro, en el corazón.

San Gregorio Magno enseñaba: «Las diez vírgenes representan a la Iglesia; la mitad prudentes, la mitad necias, porque en la Iglesia se mezclan los elegidos y los reprobados». La lámpara es la fe profesada —dice Santo Tomás—; el aceite es la fe que actúa por la caridad. Como dice el apóstol Pablo: «Lo que vale es la fe que obra por el amor» (Gálatas 5,6).

Pregunta para todos desde ahora: ¿Tengo yo solo la lámpara —la apariencia— o llevo también el aceite —la vida de gracia—?

PARTE II — EL ACEITE QUE NO SE COMPRA A ÚLTIMA HORA

Las necias piden aceite prestado. Las prudentes responden: «No, no alcanzará para todas; vayan a comprar Uds. mismas». A primera vista parece egoísmo. No lo es. San Agustín lo explica con claridad: el amor no se puede heredar, ni pedir prestado, ni comprar en el último instante. Cada uno debe producirlo en su propia vida.

El aceite, hermanos, somos nosotros quienes lo preparamos día tras día:

  • En la oración que no se abandona aunque no sintamos nada
  • En el perdón que damos a quien nos ofendió
  • En el pan compartido con quien no tiene —los ancianos solos, los jóvenes sin esperanza, los niños que pasan necesidad
  • En cumplir el deber con rectitud, aunque cueste
  • En los sacramentos vividos con fe, no por costumbre

El Catecismo nos recuerda: «La gracia es el auxilio gratuito de Dios, pero exige nuestra cooperación libre y cotidiana» (CIC 1996). Como enseña el papa Francisco: «No se puede improvisar la fidelidad; se construye poco a poco, en el amor de cada día».

Las necias pensaron: «ya pediremos ayuda». Pero la hora llega y nadie puede sustituirnos ante el Señor. Cada uno entrará con su propio amor, o no entrará.

Analogía bíblica: Como el trigo y la cizaña (Mt 13,24-30), crecen juntos hasta la cosecha; la diferencia se revela en el momento decisivo. Como el juicio sobre el buen y mal siervo (Mt 24,45-51), la prueba está en la constancia.

PARTE III — LLEGA EL ESPOSO: NO SABEMOS NI EL DÍA NI LA HORA

«A medianoche se oyó una voz: ¡Llega el esposo, salid a recibirlo!» (Mt 25,6). La hora desconocida. Puede ser de noche, cuando menos lo esperamos. Puede ser la enfermedad, la vejez, un instante imprevisto. Jesús lo repite con fuerza: «Estad preparados, porque a la hora que no pensáis viene el Hijo del Hombre» (Lucas 12,40).

Las prudentes no estaban despiertas; también dormían. No se trata de no dormir, de vivir en angustia. Se trata de haber preparado antes. No es el miedo, es el amor previsor. Como dice San Francisco de Asís: «Nadie puede estar preparado para el Señor a menos que lo ame ahora».

Cuando llegan las necias tras comprar el aceite —demasiado tarde—, llaman a la puerta: «Señor, Señor, ábrenos». Y la respuesta es dura: «No os conozco» (Mt 25,12). No es que Dios sea cruel; es que no hay relación viva. No se conocieron en el trato cotidiano; no se reconocen ahora. Como advierte Jesús: «No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el Reino» (Mt 7,21). La puerta se cierra porque el tiempo de elección libre ha concluido. Benedicto XVI en Spe Salvi nos enseña: el juicio no es sobre un veredicto externo, sino sobre lo que hemos construido en nosotros mismos.

PARTE IV — SER MUJER SABIA: ENTRAR EN EL BANQUETE

Las cinco prudentes entran con el Esposo al banquete. La imagen es espléndida: el banquete del Reino, la comunión eterna con Dios y con todos los santos (Ap 19,9). ¿Qué tenían ellas que las hacía aptas? No eran perfectas —también durmieron—, pero tenían:

  1. Previsión: supieron que la espera podría ser larga y se prepararon. No vivieron al día sin proyecto de eternidad.
  2. Autenticidad: su fe no era apariencia; ardía por dentro. No se conformaron con lo externo.
  3. Fidelidad paciente: mantuvieron el amor vivo aunque el Señor tardaba. No se desanimaron.
  4. Responsabilidad: confiaron en la gracia y en su propia entrega; no depositaron su salvación en la de otros.
  5. Respuesta personal: cuando llegó la hora, estaban listas para reconocerlo y salir a su encuentro.

«Velad, pues». No es una amenaza; es una invitación llena de ternura. Jesús nos dice: «Prepara tu corazón cada día, porque yo vengo y quiero encontrarte con la lámpara encendida». Y el aceite se consigue hoy: en la Misa, en la oración, en el servicio a los pobres, en la familia, en el perdón. Nadie te lo puede dar, pero nadie te lo puede quitar si lo guardas en el corazón.

PARA PROFUNDIZAR QUE SOLO LAS MUJERES SABIAS SON APTAS PARA EL CIELO

  1. ¿Qué aceite estoy acumulando hoy? — Las prudentes llevaban aceite consigo: ¿en qué obras de amor, en qué oración fiel, en qué sacramentos vividos, estoy construyendo mi relación con Dios, para que arda cuando Él venga?
  2. ¿Mi fe es lámpara de apariencia o llama interior? — Las necias tenían lámpara pero no aceite: ¿hay en mí costumbre sin conversión, participación sin entrega, palabras sin obras? ¿Qué debo reavivar ahora mismo?
  3. ¿Sé esperar sin desanimarme? — Todas durmieron; la tardanza prueba la constancia: ¿sigo amando, orando y sirviendo aunque el Señor parezca tardar, aunque la vida sea monótona, aunque no vea frutos? Esa fidelidad es el aceite más preciado.
  4. ¿Me conoce el Señor? — «No os conozco» fue la respuesta terrible: ¿nos encontramos con Él cada día, en la oración, en la Palabra, en los hermanos? ¿Somos conocidos por Él no solo por el nombre, sino por el amor que ponemos en todo cuanto hacemos? Ese conocimiento mutuo es la lluvia que abre la puerta del banquete eterno.

«Que el Señor, que viene, nos encuentre con la lámpara encendida y el corazón lleno de amor, para que entremos con Él en la alegría eterna.»

LAS CUATRO PREGUNTAS: EL ACEITE QUE HACE APTAS PARA EL CIELO

Cada pregunta desvela una dimensión del aceite que las mujeres sabias llevaban en sus vasijas: no es algo externo, sino lo que Dios construye en nosotras y nosotros, y que nosotros cuidamos con libertad.

1. El aceite de la GRACIA: ¿Acoges y custodias el don de Dios cada día?

«Llevamos este tesoro en vasijas de barro» (2 Corintios 4,7)

CIC 1996: «La gracia es, por excelencia, el don que el Padre nos hace por su Hijo en el Espíritu Santo»

Pregunta: Si el aceite representa ante todo la gracia —la vida misma de Dios que gratuitamente recibes en el Bautismo, la Penitencia, la Eucaristía—, ¿la acojo como un regalo inmerecido que debo custodiar, avivar y no desperdiciar? ¿Vivo mis sacramentos como encuentros vivos con Él, o como costumbre? ¿Rechazo o apago la gracia cuando elijo el egoísmo, la queja, el rencor en lugar del perdón?

Clave para ser sabia/o: Las prudentes sabían que el aceite no se fabricaba por su sola fuerza: venía de Dios, pero debía ser guardado y alimentado. La gracia no se impone; se deja entrar o se cierra la puerta. Como enseña Santo Tomás: La gracia presupone la naturaleza y la perfecciona, pero exige que nosotros digamos «sí» cada mañana.

2. El aceite del AMOR: ¿Es mi fe un amor que se hace obra visible?

«Lo que vale es la fe que actúa por el amor» (Gálatas 5,6)

1 Juan 3,18: «No amemos de palabra ni de lengua, sino con obras y en verdad»

CIC 1822: «La caridad es la virtud por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo por amor a Él»

Pregunta: Si el aceite es el amor hecho vida, sin el cual la lámpara —aunque tenga la forma de fe— se apaga, ¿mi relación con Dios se traduce en servicio concreto a quienes me rodean? ¿Comparto con el anciano solo, con el joven sin esperanza, con quien me ofendió, con quien tiene menos que yo en esta Lima nuestra? ¿Mi fe brilla solo en la iglesia, o ilumina también el trabajo, la familia, la calle?

Clave para ser sabia/o: Las necias tenían lámpara, pero les faltaba lo que la hace arder: el amor operante. Como explicaba San Agustín: La fe sin la caridad no es fe, sino solo apariencia. El aceite del amor no se guarda encerrado: se consume al darlo, y es precisamente entonces cuando más resplandece.

3. El aceite de la FE VIVA: ¿Conozco al Señor, o solo sé cosas sobre Él?

«No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos» (Mateo 7,21)

Apocalipsis 3,20: «Estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa»

Pregunta: Si el aceite es también la fe viva, esa relación personal que hace que el Señor te conozca y tú lo conozcas, ¿lo encuentro cada día en la oración silenciosa, en su Palabra, en la Eucaristía? ¿Lo reconozco en los acontecimientos alegres y difíciles de mi vida? ¿Me conformo con saber de Él, o procuro tratarlo como a quien amo y espero? Porque cuando diga «Señor, Señor», no bastará llamarlo: habrá que ser conocido por Él.

Clave para ser sabia/o: La respuesta terrible a las necias —«No os conozco»— no es un rechazo repentino, sino la constatación de que nunca construyeron esa amistad. Las prudentes no eran famosas ni perfectas: conocían al Esposo y Él las conocía, y eso es lo que las hacía aptas para entrar.

4. El aceite de la PERSEVERANCIA: ¿Sigo fiel aunque la espera sea larga?

«Si tardare, espéralo; porque ciertamente vendrá» (Habacuc 2,3)

Lucas 12,35-36: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas, y sed semejantes a los que esperan a su señor»

CIC 677: «La venida de Cristo glorioso puede ser esperada en cada momento»; Francisco, Ángelus 12 nov. 2017: «La fidelidad cotidiana es la verdadera sabiduría»

Pregunta: Si el aceite requiere constancia, día tras día, sin prisa y sin desánimo, ¿sigo fiel cuando el Señor parece tardar, cuando la vida se hace monótona, cuando no veo frutos de mi entrega? ¿Me canso de orar, de perdonar, de hacer el bien? ¿Comprendo que la tardanza no es olvido, sino el tiempo en que el Señor purifica y hace crecer mi amor? Esa fidelidad paciente es el aceite más precioso y difícil de conseguir, y el único que arde hasta el final.

Clave para ser sabia/o: Todas durmieron —las prudentes también—, pero ellas habían preparado antes. No se trataba de estar despiertas con angustia, sino de haber vivido con fidelidad. Como enseñaba San Francisco de Asís: Bienaventurado el que permanece fiel hasta el fin, porque el Señor lo recompensará. La perseverancia no es un esfuerzo sobrehumano: es volver a decir «sí» cada mañana, una y otra vez.

EN RESUMEN: El aceite que nos hace aptas/os para el Cielo. Las cinco mujeres sabias no entraron porque fueran perfectas, sino porque llevaban en su interior lo que el Esposo buscaba: una relación viva, construida con gracia acogida, amor entregado, fe profunda y fidelidad constante. Ese aceite nadie te lo puede dar a última hora, pero nadie te lo puede quitar si lo guardas en el corazón. Y cuando llegue la voz de medianoche, tu lámpara seguirá encendida, y Él te dirá: «Ven, amiga mía, entra en la alegría de tu Señor».