martes, 29 de septiembre de 2026

DOMINGO XXVII – A (04 de Octubre del 2026)

 DOMINGO XXVII – A (04 de Octubre del 2026)

 Proclamación del Santo evangelio según San Mateo: 21,33-43

 21,33 Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

21,34 Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos.

21,35 Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon.

21,36 El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

21,37 Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo".

21,38 Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia".

21,39 Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

21,40 Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?"

21,41 Le respondieron: "Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo".

21,42 Jesús agregó: "¿No han leído nunca en las Escrituras:

La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?

21,43 Por eso les digo que el Reino de Dios se les quitará a ustedes, para dárselo a un pueblo que dé frutos a su tiempo para el reino de Dios". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados hermanos en el Señor Paz y Bien.

1. La puerta de entrada: «Sacaste una vid de Egipto»: El salmo responsorial dice: «Sacaste, Señor, una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles y la trasplantaste» (Sal 80). La imagen es extraordinariamente rica. Israel no comienza como una realidad que se da a sí misma la existencia. Dios toma una vid y la planta. Detrás de la imagen está el Éxodo:

Egipto → liberación → desierto → alianza → tierra prometida → pueblo de Dios.

Éx 3,7-8 expresa el origen de todo: «He visto la opresión de mi pueblo... he bajado para librarlo». Por tanto, la historia de Israel comienza como historia de una gracia recibida. Israel no puede decir: «Somos el pueblo de Dios porque nosotros lo conseguimos».

La lógica bíblica es otra: Dios libera → Dios planta → Dios cuida → Dios espera fruto.

Y aquí aparece una primera clave para la homilía: Todo lo que somos delante de Dios comienza como un don.

2. La viña no es solamente una propiedad: es un pueblo: En Mt 21,33 Jesús habla de: «un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y construyó una torre». Jesús está evocando deliberadamente Is 5,1-7, el famoso «canto de la viña». Isaías interpreta explícitamente la imagen: «La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel» (Is 5,7). Por tanto: viña = Israel. Pero hay algo todavía más importante. El propietario hace todo lo necesario para que la viña produzca fruto. La cerca protege. El lagar espera la cosecha. La torre vigila. Todo está preparado. Dios no abandona su viña.

3. La pregunta decisiva: ¿qué fruto esperaba Dios?: Aquí está el centro teológico de la parábola. Isaías dice: «Esperó que diese uvas, pero dio uvas amargas» (Is 5,2). Y después explica cuáles eran las uvas que Dios esperaba: «Esperaba derecho, y ahí tienen: asesinatos; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos» (Is 5,7). Esto es fundamental. El fruto no es simplemente actividad religiosa. El fruto que Dios busca es:

justicia + derecho + misericordia + fidelidad + amor. Por eso, la parábola no está atacando la religión como tal. Está denunciando una religión que ha perdido su finalidad. Se puede tener templo, culto, sacrificios, tradición, cargos, autoridad y lenguaje religioso... y, sin embargo, no producir el fruto que Dios espera.

4. Los viñadores: cuando el administrador se convierte en propietario: El propietario entrega la viña a unos labradores. Aquí aparece el drama: la viña pertenece al dueño, pero los viñadores comienzan a comportarse como si fuera suya. Esta es una de las grandes tentaciones religiosas: convertir el don de Dios en propiedad personal. Dios confía. El ser humano administra. Pero el administrador puede terminar diciendo: «Esto es mío». La autoridad religiosa deja entonces de ser servicio y se transforma en dominio. La elección deja de ser misión y se transforma en privilegio. La religión deja de producir fruto y empieza a defenderse a sí misma.

5. El propietario envía a sus servidores: Dice Jesús: «Envió a sus criados para percibir sus frutos». La historia de Israel aparece aquí condensada. Dios envía repetidamente a sus profetas. Amós denuncia la injusticia. Isaías reclama fidelidad. Jeremías denuncia una religión vacía. Ezequiel llama a la conversión. Oseas anuncia que Dios quiere misericordia. Los profetas son, en cierto sentido, los mensajeros que vienen a recordar a la viña para quién existe. Pero la reacción es terrible. Unos son golpeados. Otros apedreados. Otros asesinados. La parábola interpreta así toda una historia:

Dios habla → el pueblo escucha o rechaza → Dios vuelve a hablar. La paciencia divina es extraordinaria.

6. El último enviado: «Finalmente les envió a su hijo»: Aquí ocurre el salto decisivo. El propietario dice: «A mi hijo lo respetarán». Y Jesús introduce una diferencia fundamental. Los profetas son servidores enviados. Jesús es el Hijo. Por eso la parábola comienza a revelar quién es Jesús. No estamos simplemente ante otro profeta. El Hijo posee una relación única con el Padre. Y los viñadores dicen: «Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». La frase contiene la lógica del pecado: «Si eliminamos al Hijo, la viña será nuestra».

7. La parábola conduce directamente a la cruz: Los viñadores: «Lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron». Mateo está anticipando la pasión. Jesús será rechazado, sacado fuera de la ciudad y crucificado. Por eso la parábola no es solamente una historia sobre Israel. Es también una profecía cristológica de la Pascua. Podemos contemplar aquí:

El Padre envía → el Hijo viene → el Hijo es rechazado → el Hijo muere → Dios reivindica al Hijo.

La parábola, por tanto, apunta hacia la muerte y resurrección de Cristo.

8. «La piedra que desecharon los constructores»: Jesús cita el Salmo 118: «La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular» (Mt 21,42). Aquí aparece una de las grandes paradojas del Evangelio: el rechazado se convierte en fundamento. Los hombres juzgan que Jesús no sirve. Dios manifiesta que precisamente Él es la piedra fundamental. La cruz parece fracaso. La resurrección manifiesta la acción definitiva del Padre. Por eso: rechazo → cruz → resurrección → fundamento de un nuevo pueblo.

9. ¿Qué significa entonces «se os quitará el Reino»?: Esta frase necesita mucha delicadeza en una homilía. Jesús dice: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos» (Mt 21,43). No debe interpretarse como: «Dios rechazó para siempre al pueblo judío». Eso sería teológicamente incorrecto. Jesús mismo pertenece al pueblo de Israel. María pertenece a Israel. Los apóstoles pertenecen a Israel. La primera comunidad cristiana pertenece a Israel. La Iglesia nace en continuidad con la historia de la promesa. El punto de Jesús es otro: la elección no puede convertirse en privilegio sin responsabilidad. La pertenencia al pueblo de Dios tiene una finalidad: dar fruto.

10. La elección se convierte en misión: Aquí está una de las ideas más importantes para tu homilía: Ser elegido no significa ser privilegiado; significa ser enviado. Abraham es elegido: «Por ti se bendecirán todos los pueblos» (Gn 12,3). Israel es elegido para ser pueblo sacerdotal: «Seran para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,6). La elección tiene siempre una orientación universal. Dios elige a algunos para bendecir a muchos. Por eso la Iglesia tampoco existe para sí misma. La Iglesia recibe el Evangelio para anunciarlo. Recibe la Eucaristía para convertirse en comunión. Recibe el perdón para perdonar. Recibe la Palabra para vivirla. Recibe el amor para comunicarlo.

11. ¿Cuál es entonces el «fruto» cristiano?: Aquí podemos pasar del Antiguo Testamento al Evangelio. Jesús ya había dicho: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). Y Pablo presenta los frutos del Espíritu: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí» (Ga 5,22-23). Jesús mismo ofrece el criterio: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35). Por tanto, el fruto cristiano no consiste solamente en: saber mucha doctrina; asistir a Misa; pertenecer a una comunidad; llevar signos religiosos; ocupar responsabilidades; hablar de Dios. Todo eso puede ser valioso. Pero la pregunta última permanece: ¿Qué está produciendo mi fe en mi vida?

12. Una religión externa puede convertirse en una «cáscara vacía»: Aquí tu intuición es muy potente, pero conviene formularla bíblicamente. La Biblia no condena el culto verdadero. Condena el culto separado de la justicia. Isaías lo expresa con enorme fuerza: «¿De qué me sirve la multitud de vuestros sacrificios?» (Is 1,11). Y después: «Aprended a hacer el bien, buscad la justicia» (Is 1,17). Amós es todavía más radical: «Que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne» (Am 5,24). La cuestión no es: ¿Religión sí o religión no? La cuestión es: ¿Qué clase de religión? Una religión que produce justicia, misericordia y amor. O una religión utilizada para tranquilizar la conciencia mientras la vida permanece sin conversión.

13. El peligro de la Iglesia también es nuestro peligro: Aquí la homilía debe girar hacia nosotros. Porque sería muy fácil escuchar esta parábola pensando: «Esto se refiere a aquellos malos dirigentes de Israel». Pero entonces perderíamos el Evangelio. La pregunta de Jesús ahora se dirige a nosotros: ¿Somos nosotros una viña que está dando fruto? La Iglesia no queda automáticamente fuera de la parábola. Tampoco el sacerdote. Tampoco el religioso. Tampoco el catequista. Tampoco el profesor. Tampoco el padre o la madre de familia. Tampoco quien lleva muchos años practicando. La pregunta es personal: ¿Qué fruto está produciendo mi fe?

14. «Nosotros nos hemos apuntado al nuevo pueblo»: Esta frase puede convertirse en un excelente momento homilético. Podemos decir: Hemos recibido el bautismo. Pertenecemos a la Iglesia. Escuchamos la Palabra. Participamos en la Eucaristía. Nos llamamos cristianos. Pero Jesús pregunta: ¿Y el fruto? Porque uno puede estar inscrito en la Iglesia sin permitir que el Evangelio transforme su corazón. Uno puede estar cerca de las cosas de Dios y permanecer lejos del Dios de las cosas. Uno puede hablar mucho de Cristo y parecerse poco a Cristo.

15. La parábola cambia la pregunta: Normalmente preguntamos: «¿Soy creyente?» Jesús parece llevarnos a una pregunta más profunda: «¿Qué produce mi fe?» No basta: «¿Creo?» Hay que preguntar: «¿En qué me está convirtiendo aquello que creo?» No basta: «¿Voy a Misa?» Hay que preguntar: «¿Qué sucede en mi vida porque voy a Misa?» No basta: «¿Conozco el Evangelio?» Hay que preguntar: «¿Qué fruto del Evangelio aparece en mi manera de vivir?»

16. La Eucaristía también puede convertirse en una pregunta: Esta lectura adquiere una profundidad especial en la Misa. Venimos a recibir el fruto de la Pascua de Cristo. Cristo entrega su vida. Y nosotros recibimos esa vida. Pero entonces aparece una pregunta: ¿Qué hacemos con la vida que recibimos? La Eucaristía no termina en el altar. La Eucaristía quiere prolongarse en la existencia. Recibimos a Cristo → nos configuramos con Cristo → vivimos como Cristo → damos fruto. Por eso la Misa debe producir una transformación.

17. La vid alcanza su plenitud en Cristo: Aquí podemos conectar la parábola con Juan 15. Jesús dice: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador» (Jn 15,1). Esto es impresionante. En el Antiguo Testamento: Israel = viña. En Juan: Jesús = verdadera vid. Entonces aparece una profundización cristológica: La historia de Israel encuentra su plenitud en Cristo. Y nosotros somos los sarmientos: «El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto» (Jn 15,5). Aquí encontramos la clave espiritual: el fruto no nace de nuestro esfuerzo aislado. El sarmiento da fruto porque permanece unido a la vid.

18. ¿Cuál es el secreto del fruto?: No es simplemente trabajar más. Es permanecer en Cristo. Jn 15,4: «Permaneced en mí, como yo en vosotros». Por eso podríamos establecer esta secuencia: Permanecer en Cristo, recibir su vida, dejarse transformar, amar como Él, dar fruto. El cristianismo no consiste solamente en hacer cosas para Cristo. Es, primero, dejar que Cristo viva en nosotros. Como diría Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20).

19. ¿Y qué significa «dar fruto» hoy?: Aquí puedes aterrizar la homilía en la vida concreta. Dar fruto significa: En la familia: perdonar en lugar de acumular resentimientos. En el matrimonio: amar cuando desaparece la comodidad. Con los hijos: educar con verdad y misericordia. En el trabajo: no aprovecharse del otro. En la sociedad: buscar justicia y respetar la dignidad humana. En la Iglesia: servir en lugar de buscar protagonismo. Con los pobres: ver al que otros no quieren ver. Con quien nos ha herido: romper el círculo de la venganza. En la vida interior: dejar que Dios transforme aquello que todavía no queremos entregar. Ese es el fruto.

20. La pregunta final: «¿Qué clase de viña soy?»: Aquí está el corazón de la homilía. No preguntemos solamente: «¿A qué grupo pertenezco?» Preguntemos: ¿Qué fruto encuentra Dios cuando mira mi vida? Quizá tenemos mucha hoja y poco fruto. Mucho discurso y poca misericordia. Mucha apariencia y poca conversión. Mucho conocimiento religioso y poco amor. Mucha preocupación por defender a Dios y poca preocupación por servir al hermano. Entonces la parábola se vuelve tremendamente actual.

Una síntesis para proclamar desde el ambón Podrías construir la homilía alrededor de esta cadena: DIOS PLANTA → DIOS CUIDA → DIOS ESPERA → DIOS ENVÍA → EL HOMBRE RECHAZA → EL HIJO ES ENTREGADO → EL PADRE LO RESUCITA → NACE UN PUEBLO QUE DEBE DAR FRUTO.

Y la aplicación: No basta haber sido plantados en la viña. Hay que dar fruto. No basta pertenecer al pueblo de Dios. Hay que vivir como pueblo de Dios. No basta recibir la gracia.
Hay que dejar que la gracia transforme la vida. No basta llamarse cristiano. Hay que vivir como Cristo. Y una pregunta que puede cerrar toda la homilía: Si Dios viniera hoy a buscar los frutos de mi vida, ¿qué encontraría? ¿Encontraría amor? ¿Encontraría misericordia? ¿Encontraría justicia? ¿Encontraría perdón? ¿Encontraría servicio? ¿Encontraría una vida entregada? ¿O encontraría solamente hojas?

Reformulación que puede cambiar la perspectiva Tal vez la pregunta habitual es: «¿Estoy dentro de la viña de Dios?» Pero Mt 21,33-43 nos invita a formularla de otra manera: «¿Para qué me plantó Dios en su viña?» Y la respuesta no es simplemente: para pertenecer. Es: para dar fruto. Esta puede ser la frase eje de toda la homilía: «Dios no nos llamó solamente a pertenecer a su viña; nos llamó a producir el fruto de su Reino». Y todavía más profundamente: «La verdadera señal de que pertenecemos a Cristo no es cuánto hablamos de Dios, sino cuánto de Dios se hace visible en nuestra vida».

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