lunes, 1 de octubre de 2018

DOMINGO XXVII - B (07 de octubre del 2018)


DOMINGO XXVII - B (07 de octubre del 2018)

Proclamamos el Evangelio según San Marcos 10, 2-12:

10:2 Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: "¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?"
10:3 El les respondió: "¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?"
10:4 Ellos dijeron: "Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella".
10:5 Entonces Jesús les respondió: "Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes.
10:6 Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer.
10:7 Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer,
10:8 y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne.
10:9 Que el hombre no separe lo que Dios ha unido".
10:10 Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto.
10:11 Él les dijo: "El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella;
10:12 y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

El creyente previo al matrimonio, recibe los sacramentos de iniciación cristiana (Bautismo, comunión y confirmación). ¿Por qué y para que los sacramentos? Dos citas nos pueden dar pautas del sentido de los sacramentos: “Yo soy Dios, el que los ha liberado de los egipcios, para ser su Dios. Sean, pues, santos porque yo soy santo” (Lv 11,45); Hoy tomo por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra: yo he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes, con tal que ames al Señor, tu Dios, escuches su voz y uniéndote a Él” (Dt 30,19-20).Así pues, los sacramentos nos santifican y nos une a Dios.

El sacramento del matrimonio es medio de santificación para los cónyuges y permiten amándose mutuamente y desde la familia asegurar la santificación por ende la salvación cuando Jesús hoy nos dice: “Ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre" (Mc 10,8-9).

El nuevo catecismo nos dice que: “Dios ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,2), que es Amor (1 Jn 4,8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (Gn 1,31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. Dios los bendijo diciendo: "Sean fecundos y multiplíquense, y llenen la tierra y sométanla" (Gn 1,28). NC 1604. 

Lo que hace uno a los cónyuges es el amor y con razón Jesús insiste mucho en el amor, traemos a colación por ejemplo la cita: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como loe he amado” (Jn 13,34). “Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15,10).

La Sagrada escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gn 2, 18). La mujer, "carne de su carne" (Gn 2, 23), su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como una "auxilio" (Gn 2, 18), representando así a Dios que es nuestro "auxilio" (Sal 121,2). "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (Gn 2,18-25). Que esto significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra recordando cuál fue "en el principio", el plan del Creador (Mt 19, 4): "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6). NC 1605.

El matrimonio es una sabia institución del Creador para realizar su designio de amor en la humanidad. Por medio de él, los esposos se perfeccionan y crecen mutuamente y colaboran con Dios en la procreación de nuevas vidas. El matrimonio para los bautizados es un sacramento que va unido al amor de Cristo su Iglesia, lo que lo rige es el modelo del amor que Jesucristo le tiene a su Iglesia. Sólo hay verdadero matrimonio entre bautizados cuando se contrae el sacramento. El matrimonio se define como la alianza por la cual, - el hombre y la mujer - se unen libremente para toda la vida con el fin de ayudarse mutuamente, procrear y educar a los hijos. Esta unión - basada en el amor – que implica un consentimiento interior y exterior, estando bendecida por Dios, al ser sacramental hace que el vínculo conyugal sea para toda la vida. Nadie puede romper este vínculo. (CIC can. 1055).

En lo que se refiere a su esencia, los teólogos hacen distinción entre el casarse y el estar casado. El casarse es el contrato matrimonial y el estar casado es el vínculo matrimonial indisoluble. El matrimonio posee todos los elementos de un contrato. Los contrayentes que son el hombre y la mujer. El objeto que es la donación recíproca de los cuerpos para llevar una vida marital. El consentimiento que ambos contrayentes expresan. Unos fines que son la ayuda mutua, la procreación y educación de los hijos soy los dones y propiedades del matrimonio.

Cristo lo elevó a la dignidad de sacramento esta institución natural deseada por el Creador. No se conoce el momento preciso en que lo eleva a la dignidad de sacramento, pero se refería a él en su predicación. Jesucristo explica a sus discípulos el origen divino del matrimonio. “No han leído, como Él que creó al hombre al principio, lo hizo varón y mujer? Y dijo: por ello dejará a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne”. (Mt. 19, 4-5). Cristo en el inicio de su vida pública realiza su primer milagro – a petición de su Madre – en las Bodas de Caná. (Jn. 2, 1-11). Esta presencia de Él en un matrimonio es muy significativa para la Iglesia, pues significa el signo de que - desde ese momento - la presencia de Cristo será eficaz en el matrimonio. Durante su predicación enseñó el sentido original de esta institución. “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”. (Mt. 19, 6). Para un cristiano la unión entre el matrimonio – como institución natural – y el sacramento es total. Por lo tanto, las leyes que rigen al matrimonio no pueden ser cambiadas arbitrariamente por los hombres.
Las propiedades del matrimonio son el amor y la ayuda mutua, la procreación de los hijos y la educación de estos. (CIC 1055).

El hombre y la mujer se atraen mutuamente, buscando complementarse. Cada uno necesita del otro para llegar al desarrollo pleno - como personas - expresando y viviendo profunda y totalmente su necesidad de amar, de entrega total. Esta necesidad lo lleva a unirse en matrimonio, y así construir una nueva comunidad de fecunda de amor, que implica el compromiso de ayudar al otro en su crecimiento y a alcanzar la salvación. Esta ayuda mutua se debe hacer aportando lo que cada uno tiene y apoyándose el uno al otro. Esto significa que no se debe de imponer el criterio o la manera de ser al otro, que no surjan conflictos por no tener los mismos objetivos en un momento dado. Cada uno se debe aceptar al otro como es y cumplir con las responsabilidades propias de cada quien. El amor que lleva a un hombre y a una mujer a casarse es un reflejo del amor de Dios y debe de ser fecundo (GS n. 50)

Si hablamos del matrimonio como institución natural, nos damos cuenta que el hombre o la mujer son seres sexuados, lo que implica una atracción a unirse en cuerpo y alma. A esta unión la llamamos “acto conyugal” (Gn 2,24). Este acto es el que hace posible la continuación de la especie humana. Entonces, podemos deducir que el hombre y la mujer están llamados a dar vida a nuevos seres humanos, que deben desarrollarse en el seno de una familia que tiene su origen en el matrimonio. Esto es algo que la pareja debe aceptar desde el momento que decidieron casarse. Cuando uno escoge un trabajo – sin ser obligado a ello - tiene el compromiso de cumplir con él. Lo mismo pasa en el matrimonio, cuando la pareja – libremente – elige casarse, se compromete a cumplir con todas las obligaciones que este conlleva. No solamente se cumple teniendo hijos, sino que hay que educarlos con responsabilidad.

Es derecho –únicamente - de los esposos decidir el número de hijos que van a procrear. No se puede olvidar que la paternidad y la maternidad es un don de Dios conferido para colaborar con Él en la obra creadora y redentora. Por ello, antes de tomar la decisión sobre el número de hijos a tener, hay que ponerse en presencia de Dios –haciendo oración – con una actitud de disponibilidad y con toda honestidad tomar la decisión de cuántos tener y cómo educarlos. La procreación es un don supremo de la vida de una persona, cerrarse a ella implica cerrarse al amor, a un bien. Cada hijo es una bendición, por lo tanto se deben de aceptar con amor.

Podemos decir que el matrimonio es verdadero sacramento porque en él se encuentran los elementos necesarios. Es decir, el signo sensible, que en este caso es el contrato, la gracia santificante y sacramental, por último que fue instituido por Cristo. La Iglesia es la única que puede juzgar y determinar sobre todo lo referente al matrimonio. Esto se debe a que es justamente un sacramento de lo que estamos hablando. La autoridad civil sólo puede actuar en los aspectos meramente civiles del matrimonio (Nos. 1059 y 1672).

El sacramento del matrimonio origina un vínculo para toda la vida. Al dar el consentimiento – libremente – los esposos se dan y se reciben mutuamente y esto queda sellado por Dios. (Cfr. Mc. 10, 9). Por lo tanto, al ser el mismo Dios quien establece este vínculo – el matrimonio celebrado y consumado - no puede ser disuelto jamás. La Iglesia no puede ir en contra de la sabiduría divina. (Cfr. Catec. nos. 1114; 1640)

Este sacramento aumenta la gracia santificante. Mejor dicho, el matrimonio es el camino de santificación. Se recibe la gracia sacramental propia que permite a los esposos perfeccionar su amor y fortalecer su unidad indisoluble. Está gracia – fuente de Cristo – ayuda a vivir los fines del matrimonio, da la capacidad para que exista un amor sobrenatural y fecundo. Después de varios años de casados, la vida en común puede que se haga más difícil, hay que recurrir a esta gracia para recobrar fuerzas y salir adelante (NC. 1641).

El apóstol Pablo habla sobre el matrimonio y da a entender diciendo: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla" (Ef 5,25-26), y añadiendo enseguida: «"Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne". Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5,31-32). Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (Ef 5,26-27) que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza.

La virginidad por el Reino de Dios es una connotación particular del matrimonio. Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales (Mc 10,28-31). Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya (Ap 14,4), para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle (1 Co 7,32), para ir al encuentro del Esposo que viene (Mt 25,6). Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que Él es el modelo: “Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda” (Mt 19,12). La virginidad por el Reino de los cielos es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo (Mc 12,25)

lunes, 24 de septiembre de 2018

DOMINGO XXVI - B (30 de setiembre del 2018)

DOMINGO XXVI - B (30 de setiembre del 2018)

Proclamación del Santo Evangelio según San Marcos 9,38-43.45.47-48:

9:38 Juan le dijo: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros".
9:39 Pero Jesús les dijo: "No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí.
9:40 Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.
9:41 Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo.
9:42 Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.
9:43 Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible.
9:45 Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies a la Gehena.
9:47 Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al infierno,
9:48 donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) hermanos(as) en el Señor paz y bien:

Uno corrió hacia Jesús y, arrodillándose, le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna? (Mc 10,17). Esta pregunta tiene que también interesarnos mucho  porque, de lo contrario no nos queda si no lo otro, la condenación eterna.

Si nos interesa la salvación, Dios nos salva como Él quiere y no como nosotros quisiéramos, las reglas de salvación las pone Dios. Jesús nos dio cuatros consejos para obtener la salvación: Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mc  8,34). "El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos" (Mc 9,35).

Los cuatro consejos para nuestra salvación: Negarse si mismo, cargar con su cruz, ser el último, y servidor de todos; hoy senos complemente con un consejo importante. Tener cuidado con el pecado: “Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar” (Mc 9,42). Inclusos nos dice: “… si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga” (Mc 9,47-48).

El Señor permite misericordiosamente que por nuestro ego o capricho convivamos entre el bien y el mal, pero no siempre será así, pues dijo: “Dejen que crezcan juntos el trigo y cizaña hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30); “Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal,  y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt 13,41-43). Es decir al final prevalecerá la justicia de Dios.

Juan le dijo: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y se hemos prohibido porque no es de los nuestros"(Mc 9,38). Este episodio de algún modo complementa aquello en que  Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para que acabe con ellos? Pero Jesús se dio vuelta y los reprendió” (Lc 9,54-55). Y aquella escena, cuando por primera vez Jesús anunció que será entregado en manos de los hombres y que lo crucificaran. Pedro reprendió a Jesús y le dijo: "Dios no lo permita, Señor, eso no te sucederá". Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: ¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tú piensas como los hombre y no como Dios" (Mt 16,21-23). Como es de ver, son escenas en las que los discípulos buscan tener autoridad sobre Jesús.

"Hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y se hemos prohibido porque no es de los nuestros"(Mc 9,38). El Señor nunca prohibió echar demonios; más bien les dijo: “Echarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán" (Mc 16,17-18).

Estas actitudes opuestas a la voluntad de Dios o un seguimiento con peros o caprichos, son precisamente vestigios del tentáculo del demonio metido en la Iglesia.  Cuando uno se cree dueño de la voluntad de Dios y de lo que Dios quiere hoy para su Iglesia. Eso es negar que el Espíritu Santo hable a todos y que todos tenemos algo que aprender y todos tenemos mucho que decir. ¡Qué difícil nos resulta a todos reconocer que otros puedan hacer lo que nosotros hacemos! Diera la impresión de que cada uno tenemos la exclusiva de Dios, la exclusiva de la santidad, la exclusiva de la salvación. A poco hemos privatizado a Dios.

Y no nos sorprendamos de esta actitud de Juan: Se lo hemos prohibido echar demonios porque no es de nuestro grupo (Mc 9,38). De una u otra manera, todos vivimos el principio de la exclusión de los demás. Nosotros somos los dueños de la patente de Jesús, o mejor dicho nosotros lo hemos descubierto antes y nos pertenece. Todos nos sentimos dueños de la verdad y nos cerramos a la verdad de los demás. En el fondo, somos unos intransigentes y queremos sentirnos los únicos. A los demás los excluimos, sencillamente, “porque no son de nuestra cultura, no son de nuestra Iglesia, no piensan como nosotros, no tienen nuestros gustos”. Es decir, “no son de los nuestros”.

En segundo lugar, el evangelio de hoy, nos presenta la imagen de los niños como modelos de nuestra propia identidad y nos dice que escandalizar a un niño es como renunciar a pertenecer al Reino de Dios: “Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar” (Mc 9,42).

Si Dios nos ofrece la posibilidad de ser santos, pensamos que eso no es para nosotros. Si Dios nos pide que nos convirtamos del pecado y seamos libres de verdad, lo vemos como un Dios enemigo de las satisfacciones humanas. Si Dios nos ofrece el don de su gracia que nos hace santos, decimos que eso es un excesivo espiritualismo, que la vida tiene que ser más realista. Los que son diferentes a nuestro grupo. Los que no son de nuestro Partido. Los que no son de nuestra clase social. Dentro de nuestro corazón, muchos de nosotros llevamos ese grito de “no es de los nuestros”. Pienso que se trata de un Evangelio que hoy tiene infinitas versiones:

Padre, “hemos visto a una mujer y a un caballero, repartiendo la comunión en la Iglesia”. Yo me he cambiado de fila para que recibir de manos del Sacerdote. Padre, “qué escándalo, hemos visto por TV a unas niñas haciendo de monaguillos. Nosotros no aceptamos eso porque no son “varones”. Padre, hemos visto a una pareja de divorciados, haciendo catequesis. Esos no son de los nuestros, tendríamos que prohibirles. Padre hemos visto a unos laicos llevando la comunión a los enfermos. Esos no son de los nuestros, no son sacerdotes, etc. No es de nuestra línea. No es de nuestra espiritualidad. No es de nuestra teología. “No es de los nuestros”. Tenemos que prohibirles.

¿Qué diría hoy Jesús de estas nuestras exclusiones? ¿No nos respondería también hoy a nosotros: “No se lo impidan. El que no está contra nosotros está a favor nuestro? (Mc 9,38). No tendríamos, más bien que decir: “Señor, hemos visto ahí a un pobre que huele que apesta y lo hemos recogido, porque también él puede ser de los nuestros. Señor, hemos visto a uno que dice que no cree en nada, y nosotros nos hemos acercado a él, y le hemos hablado de ti, porque también él, algún día puede ser de los nuestros. Señor, hemos visto a uno no es creyente, no tiene ninguna religión, pero es tipo que se desvive por la justicia en su barrio, y le hemos aplaudido. Este sí parece de los tuyos. Señor, hemos visto a uno que tuvo un malísimo matrimonio, y debió separarse y ahora está formando una linda familia, nosotros fuimos a su casa, almorzamos con él, y le hemos dado unas palabras de aliento. Señor ¿Tú qué hubieses hecho? Nosotros lo hemos considerado de los nuestros.” Jesús nos diría entonces: “El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos. Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5,19-20).

Para, finalmente, terminar con una serie de imágenes un tanto escandalosas para decirnos que lo importante en la vida es nuestra salvación (Mc 9,43). Al fin y al cabo, nacemos para llegar a la plenitud en Dios. Jesús mismo se encarna para que tengamos fe y nos salvemos. Las imágenes no pueden ser tomadas literalmente, pero sí nos las propone como una provocación para hacernos sentir que todo se relativiza cuando se pone en juego nuestra salvación. Lo que Jesús nos plante es que de poco nos valen las manos, los pies, los ojos, las orejas y la misma cabeza, si los usamos mal y nos condenamos por ellos. Al fin y al cabo, si me salvo allí me darán unas manos nuevas, unos pies nuevos, unos ojos nuevos y una cabeza nueva. En el cielo no hay ni cojos, ni mancos, ni ciegos, ni descabezados. Todo el cuerpo será nuevo. Lo cual tiene que hacernos pensar si nuestras manos, nuestros pies, nuestros ojos, nuestra cabeza nos están ayudando a salvarnos. Fíjate qué haces con ellos.

martes, 18 de septiembre de 2018

DOMINGO XXV – B (Domingo 23 de setiembre de 2018)

DOMINGO XXV – B (Domingo 23 de setiembre de 2018)
Proclamación del santo evangelio según San Marcos: 9,31-37:
9:31 Jesús les decía: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará".
9:32 Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.
9:33 Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: "¿De qué hablaban en el camino?"
9:34 Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
9:35 Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: "El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos".
9:36 Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:
9:37 "El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados hermanos Paz y Bien en el Señor.

¿Cómo ser grande a los ojos de Dios y no a los ojos del mundo?  “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo; así como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud" (Mt 20,26-28; Mc 9,35). La pregunta recurrente que nos hacemos es: ¿Qué he de hacer para heredar la salvación eterna? (Mc 10,17). El domingo pasados hemos dicho que la salvación es tema fundamental en nuestra vida, pero no hemos de obtener la salvación como quisiéramos nosotros (Mt 16,32). Dios nos salvara como Él quiere (Cruz) y no como deseamos, salvación, es decir salvación sin cruz. Hoy nos agrega Jesús otro aspecto importante para nuestra salvación: El servicio con amor es opción estratégica para obtener nuestra salvación.

El servicio por amor al prójimo por ende a Dios nos pone en el cielo.  Pero, cuidado; donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males, nos advierte Santiago en su carta, no nos encamina a la salvación. Esto puede aplicarse a un grupo, a una familia, o a una comunidad reunida en torno al altar. La envidia todo lo envenena, las relaciones familiares, las relaciones sociales; la envidia arruina la confianza mutua y falsifica y amarga las expresiones de religiosidad. Con razón dice Santiago que con ella entran en el corazón humano “toda clase de males”. Lo contrario de la envidia es la caridad, y si la primera es fuente de conflictos, la segunda lo es de reconciliación. Aquel que ha erradicado de su corazón la envidia “es amante de la paz”, y por eso “los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia”. Porque no puede haber paz verdadera que no se asiente sobre la justicia, de modo que si no hay justicia no puede haber paz.

Dice el Evangelio que Jesús “instruía a sus discípulos”. Los discípulos somos nosotros que, como todos los domingos, nos reunimos para escuchar su Palabra y celebrar la Eucaristía. ¿Cuál es la enseñanza que el Señor quiere transmitirnos hoy? Desde luego no se trata de una doctrina puramente teórica, sino que habla de la vida, del fatal desenlace de la vida de Jesús: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará”. Este es el segundo anuncio de la Pasión que hace Jesús a sus discípulos y en él destaca la responsabilidad de los hombres en la muerte del Señor. No se habla aquí de los ‘judíos’ o de los ‘romanos’ como autores materiales de la muerte de Jesús, sino de los ‘hombres’, para indicar que cada uno ha contribuido con sus pecados a la pasión de Cristo. No vale decir que ‘aquellos’ lo mataron, como si yo tuviera las manos completamente limpias de culpa. El Hijo del hombre fue rechazado por los hombres, y aquí estamos incluidos todos, porque también nosotros, a veces, con nuestra forma de pensar y actuar, le rechazamos prácticamente, cuando no le permitimos que él sea ‘Señor’ de nuestras vidas, cuando no aceptamos su invitación a convertirnos para entrar en el Reino, cuando rehusamos o no estimamos el don de su gracia y de su perdón. Como esto resulta duro de admitir, preferimos no darnos por enterados, preferimos discutir de otras cosas. También a nosotros, como a los apóstoles, nos da miedo preguntarle por su pasión, por las causas que le condujeron a ella y por nuestra parte de responsabilidad en su muerte.

El caso es que, mientras Jesús intentaba hacerles comprender el significado de su pasión y de su entrega a la muerte por todos, los discípulos se entretenían en discutir sobre “quién era el más importante”. Es difícil encontrar en el Evangelio una incomprensión mayor: Jesús habla de su entrega, de su humillación hasta la muerte, y a los discípulos les preocupa el ascenso social, la promoción a los primeros puestos. Da la impresión de que no han entendido una palabra del mensaje del Señor. Lo que Jesús es, dice y hace no ha penetrado todavía en el corazón de los discípulos. Por eso, “se sentó, llamó a los Doce y les dijo: ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Esta es la lógica del Reino de Dios, que nada tiene que ver con el juego de poder de este mundo. Aquí, en la óptica de los criterios y valores mundanos, lo que se cotiza son los primeros puestos, es el hacerse servir y obedecer; los últimos, los pequeños, los humildes, los no ambiciosos... están perdidos, no tienen nada que hacer. En el mundo de los intereses, del rendimiento y de la productividad, los desinteresados, los voluntarios, los serviciales por amor y en gratuidad, son incomprendidos, resultan incómodos. Su reacción es como la de los malvados del libro de la Sabiduría: “Acechemos al justo que se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados... es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente”.

El servidor: Jesús, como el primer servidor de todos, nos invita a los discípulos a tener una actitud semejante a la suya. El se hizo nuestro servidor, él se puso en nuestras manos, él se entregó a nosotros. Por eso difícilmente puede llamarse discípulo de Cristo aquel que oprime a prójimo o se aprovecha de él o lo explota de cualquier forma. Desde su propio ejemplo, Jesús nos invita a ser serviciales, siempre dispuestos a echar una mano cada uno en la medida de sus posibilidades. No creo que sea exagerado decir que en nuestras iglesias y comunidades parroquiales a veces se ven demasiados ‘señores’ y pocos ‘servidores’; muchos exigen que todo funcione bien pero pocos son los dispuestos a arrimar el hombro. Y, sin embargo, el discípulo de Jesús ha de caracterizarse, si quiere ser fiel a su Maestro, por su disponibilidad para el servicio y la ayuda a los demás. Porque servir a los necesitados es servir a Cristo mismo. Es lo que él quiso decirnos al abrazar a aquel niño como símbolo de todos los necesitados, desamparados y oprimidos de este mundo: “El que acoge a un niño como éste en ni nombre, me acoge a mí” y, en última instancia, acoge al Padre que me ha enviado. Esta es, pues, la enseñanza de Jesús a nosotros, sus discípulos: él se entrega por nosotros, para que nosotros sigamos sus pasos y así participemos de su mismo destino de gloria en la resurrección.
En la oración de entrada de esta Misa hemos recordado que Dios ha puesto la plenitud de la ley en el amor a Dios y al prójimo (I Jn 4,20), y hemos pedido cumplir este precepto divino “para llegar así a la vida eterna”. En la Eucaristía Dios nos da la fuerza necesaria para vencer las insidias del mal y acoger al Señor en la persona de los más débiles.


lunes, 10 de septiembre de 2018

DOMINGO XXIV – B (16 de setiembre de 2018)


DOMINGO XXIV – B (16 de setiembre de 2018)

Proclamación del santo evangelio según San Marcos 8,27-35:

8:31 Jesús  comenzó a enseñarles: El Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días;
8:32 y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo.
8:33 Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".
8:34 Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
8:35 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

“Dios es amor” (I Jn 4,8). “Nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo. El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él” (I Jn 4,14-15). Si Dios es amor; nadie ama lo que no conoce. Si no conocemos a Dios en vamos decimos que conocemos a Dios. “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Pedro respondió: "Tú eres el Mesías" (Mc 8,29). La respuesta es correcta, pero ¿Qué entiende Pedro por Mesías? Entiende como todo judío: Un mesías que les salvara de la esclavitud de los romanos que somete a los judíos desde el año 63 A.C. los librara mediante la fuerza (guerra). Los judíos esperan un Mesías héroe, guerrillero. Por eso cuando Jesús  comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo (Mc 8,31-32).

El domingo anterior, recordemos que en la parte final del evangelio la gente hizo una profesión colectiva y publica y decían: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos" (Mc 7,37). Hoy siguiendo en la misma línea de profesión de fe constamos también la profesión de fe de los apóstoles pero con un matiz muy diverso y sorpresivo. Y para su mejor comprensión podemos resaltar tres escenas:

1) La profesión de fe de Pedro (Mc 8,27-30). 2) El primer anuncio de la Pasión (Mc 8,31-33). 3) Condiciones para seguir a Jesús (Mc 8,34-35).

En el preámbulo de nuestra reflexión, traemos a colación dos pasajes de la sagrada escritura que bien nos puede dar luces en su entendido: 1) “Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él” (I Jn 4,15). 2) “Nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no está impulsado por el Espíritu Santo” (I Cor 12,3).

1) Profesión de la fe de Pedro: Jesús les pregunto: ¿Quién dicen que soy yo?... Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Pedro respondió: "Tú eres el Mesías" (Mc 8,28-29). Dos preguntas que amerita sinceridad para con nosotros mismos y para con Dios. Qué piensa de Él el mundo hoy y qué pensamos cada uno de nosotros. O ¿quién es Jesús para el mundo y quién es Jesús hoy para mí? Una pregunta que, en primer lugar, no nos la hace la gente, nos la hace Jesús mismo: “¿Qué soy yo para ti?” (Mc 8-29) A la vez, una pregunta que, bajo muchos aspectos, puede clarificar o modificar el sentido de nuestra fe porque, de ordinario, cuando se trata de fe, todos pensamos en el Credo. Y el Credo puede ser importante, pero no basta recitarlo para decir que somos verdaderamente creyentes. Jesús no nos dejó un libro de doctrinas que podemos entender o que sólo lograrían entender los sabios, los teólogos. La fe es para todos. La fe no es creer en “algo”, no es creer “en ideas o doctrinas”, sino hacer de Jesús el centro de nuestras vidas, en enamorarnos de Jesús. No se trata de cuánto sabemos de Él, sino cuánto lo amamos y lo sentimos.

¿Quién dicen que soy yo?... Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Pedro respondió: "Tú eres el Mesías" (Mc 8,28-29). Ni la gente ni los discípulos tienen una idea clara sobre Jesús, y digo ello porque la bonita respuesta de Pedro: “Tu eres el Mesías” (Mc 8,29) no tiene convicción y eso se constata en seguida: Cuando Jesús lo reprende al decir: "Retírate, ve detrás de mí, Satanás Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres" (Mc 8,33). Si nos fijamos en la respuesta, todos saben muy bien lo que piensa la gente. “Ellos contestaron en coro. Mientras que cuando la pregunta es personal, todos callan y sólo habla Pedro. Pero esa palabra por no tener raíz se la lleva el viento. De todos modos, la respuesta que dan parece bien real y puede ser también la respuesta que damos hoy. No cabe duda de que la persona de Jesús tenía que ser ambigua para ellos, pero hay tantas imágenes o respuestas sobre Él también hoy. Para muchos alguien del pasado. Para otros una fantasía. Para otros, sencillamente no significa nada. Sin embargo, para muchísimos otros es alguien fundamental en sus vidas.

¿Es o será importante para el cristiano saber lo que hoy piensa el mundo sobre Jesús? Si es importante. Para mí no me puede ser indiferente lo que tú pienses o no pienses de Él. Además, si queremos anunciar de verdad a Jesús hoy a los hombres, tenemos que saber lo que piensan. Es preciso presentar un Jesús que les diga algo a sus inquietudes y preocupaciones. Además la respuesta de los demás expresa cuánto de trabajo evangelizador serio yo estoy haciendo. Si hice buen trabajo, la gente estará preparada para dar una respuesta correcta.

El Señor constató que la gente y los mismos discípulos no tienen una concepción clara sobre El Mesías en el querer de Dios, sino un Mesías en el criterio humano. Buscan un Dios a la medida de sus criterios. La corrección que hizo el Señor de la idea equivocada del Mesías triunfador temporal, fue especialmente severa para con Pedro, pero fue para todos los discípulos, pues nos dice el texto que “Jesús se volvió y, mirando a los discípulos, reprendió a Pedro”.   Le dijo sin ninguna suavidad: “¡Apártate de mí, Satanás!  Porque tú no piensas según Dios, sino según los hombres” (Mc 8,33).

San Pablo tiene razón: “Nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no está impulsado por el Espíritu Santo” (I Cor 12,3). La respuesta desatinada tiene que tener algún motivo serio.  Pedro estaba siendo tentado por el Demonio y a ésta actitud Jesús le responde igual que cuando en el desierto quiso también tentarlo con el poder temporal. Por la severa respuesta de Jesús, resulta evidente que, para sus seguidores, rechazar el sufrimiento no es una opción.  Todo intento de rechazo de la cruz y del sufrimiento, todo intento de buscarnos un cristianismo sin cruz y sufrimiento, es una tentación y, como vemos, no va de acuerdo con lo que Jesús continúa diciéndonos en este pasaje. Hoy, es una gran tentación buscar un camino fácil para llegar al cielo o sin cruz. Dice el texto que, luego de reprender a Pedro, se dirigió entonces a la multitud y también a los discípulos, para explicar un poco más el sentido del sufrimiento: el suyo y el nuestro.

2) Anuncio de la pasión: Jesús comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días” (Mc 8,31). En otro pasaje ya nos dijo Jesús: “No piensen que vine a abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una letra, ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se cumpla. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos” (Mt 5,17-19). Resalta el enseñar y cumplir, profesar la fe y vivir. Pedro profesó bien la fe al decir “Tu eres el Mesías” (Mc 8,29).Pero le faltó reafirmar su profesión con la actitud de seguir al Señor sin poner peros, de ahí que se hago la llamada de atención.

3) Condiciones para seguir: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga” (Mc 8, 34). Más claro no podía ser: el cristianismo implica renuncia y sufrimiento. Seguir a Cristo es seguirlo también en la cruz, en la cruz de cada día.  Y para ahondar un poco más en el asunto, agrega una explicación adicional: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,35).

Pero... ¿qué significa eso querer salvar nuestra vida?  Significa querer aferrarnos a todo lo que consideramos que es “vida” sin realmente serlo.  Es aferrarnos a lo material, a lo perecedero, a lo temporal, a lo que nos da placer, a lo que nos da poder, a lo ilícito, etc. Y a veces, inclusive, a lo que consideramos lícito y hasta un derecho. Si pretendemos salvar todo esto, lo vamos a perder todo.  Y, como si fuera poco, perderemos la verdadera “Vida”.   Pero si nos desprendemos de todas estas cosas, salvaremos nuestra Vida, la verdadera, porque obtendremos, como Cristo, el triunfo final: la resurrección y la Vida Eterna. San Pablo nos dice: “No tengamos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno” (II Cor 4,18).

En la Segunda Lectura (St. 2, 14-18) el Apóstol Santiago nos habla de que la fe sin obras es cosa muerta.  Relacionando esto con el sentido del sufrimiento humano, podríamos decir que si el cristiano no testimonia su fe en Cristo, aceptando llevar con El su cruz, esa fe es vana. No se llega al cielo sin fe, como no hay Iglesia sin Jesús. El fin de nuestra fe no es la Iglesia, sino Jesús. La misión de la Iglesia no es ella misma, sino llevarnos a todos a la fe y al encuentro y al seguimiento de Jesús.

martes, 4 de septiembre de 2018

DOMINGO XXIII – B (09 de setiembre del 2018)


DOMINGO XXIII – B (09 de setiembre del 2018)

Proclamación del Santo evangelio según San Marcos 7,31-37:

7:31 Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.
7:32 Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos.
7:33 Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua.
7:34 Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Efatá", que significa: "Ábrete".
7:35 Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.
7:36 Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban
7:37 y, en el colmo de la admiración, decían: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos". PALABRA DEL SEÑOR.

Queridos(as) hermanos(as) en el Señor Paz y Bien.
Dijo Jesús: "He venido a este mundo para un juicio. Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven". Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?" Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado” (Jn 9,39-41). El pecado está en que, ven y no creen en lo que ven. Preguntan a Jesús: "Juan el Bautista nos envía, Señor: "¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? En esa ocasión, Jesús curó a mucha gente de sus enfermedades, de sus dolencias y de los malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos. Entonces respondió a los enviados: "Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (Lc 7,19-22).

Los discípulos preguntaron a Jesús: ¿Quién ha pecado, él o sus padres, para que este naciera ciego? Jesús respondió: Ni él ni sus padres han pecado para que naciera ciego, sino que este ha nacido ciego para que se manifieste en él, la gloria de Dios” (Jn 9,2-3).

En el evangelio leído hoy se puede notar tres momentos: 1) La descripción (Mc 7,31-32). 2) Los signos y gestos (Mc 7,33-34). 3) Los efectos (Mc 7,35-37).

1. La descripción: “Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él” (Mc 7,31-32).

El evangelista Marcos ve la necesidad de dar detalles precisos sobre el sufrimiento del sordo y mudo. En el versículo (Mc 7,32) hace dos afirmaciones concretas sobre la situación del sordomudo. Primero lo describe como un sordo que además hablaba con dificultad. Se trata de una persona que no oye y que se expresa con unos sonidos confusos, guturales de los cuales no se consigue captar el sentido. Pero en segundo lugar él especifica que le ruegan a Jesús que imponga la mano sobre él. Se nota también que este hombre no sabe siquiera qué es lo que quiere puesto que es necesario que otros lo lleven hasta donde Jesús. El caso en sí es bien desesperado.

2. Los signos y gestos: “El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «Effatá», que quiere decir: ¡Ábrete! Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente” (Mc 7,33-35). Jesús, apartándose de la gente a solas con este enfermo de incomunicación lo lleva de un espacio de bullicio a otro espacio de silencio que supera el silencio absurdo al que ha sido sometido este hombre por su enfermedad. Jesús lo lleva a un nuevo silencio, un silencio que brota de la comunión íntima entre los dos. Esta toma de distancia de la multitud lleva al sordomudo a una nueva experiencia, a abrir también los oídos a un nuevo conocimiento de Dios que se revela a través del interés, de la delicadeza que Jesús muestra amablemente por él.1) Le introduce los dedos en las orejas para volver a abrirle los canales de la comunicación. 2) Le unge la lengua con saliva para transmitirle su misma fluidez comunicativa en la que expresa toda la riqueza que lleva dentro. Jesús le da su propia comunicación, su capacidad de hablar desde el fondo del misterio.

¿Cómo describir la intensa identificación entre Jesús y el sordomudo? La increíble manera que Jesús tiene de entrar en la vida de una persona encerrada en su propio mundo, en su inercia para sacarla de allí, no de una manera superficial sino para hacer que se exprese de una manera clara como lo hacía el mismo Jesús que se relacionaba con Dios, con los pecadores, con los enemigos, con los niños, con los grandes sin ninguna dificultad. Y ¿Cómo expresarle amor a quien se ha bloqueado, a quien se ha encerrado en sí mismo sino con gestos físicos concretos? Jesús comienza con la sanación de la escucha y luego como consecuencia la sanación de la lengua. Primero saber oír para después poder hablar. La comunicación no es solamente física sino una comunicación profunda de corazón en la que Jesús capta lo hondo del corazón de este enfermo y le da voz en su propia oración. Este suspiro de Jesús indica la plenitud interior del Espíritu Santo en Jesús.

Effatá. Esta misma orden fue desde muy antiguo pronunciado en la liturgia del bautismo en el rito de iniciación cristiana de adultos. E inmediatamente después del imperativo, el evangelista nos describe el relato sin perder la finura. El milagro se describe en tres pasos: en primer lugar como una apertura: se le abrieron sus oídos. Se describe como una soltura de la lengua, como un nudo complicado que después se desata. Apertura, soltura de la lengua y capacidad de expresión correcta. Esto es lo que sucede en este hombre.

3. Efectos: “Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,36-37). La capacidad de expresión del sordomudo de repente se vuelve contagiosa. Todo el mundo se vuelve comunicativo. Se caen las barreras de la comunicación, la palabra se expande como el agua que ha roto las barreras de un dique. La gente queda tremendamente maravillada: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,37).

En resumen: concluimos con dos citas: “Los discípulos de Juan el Bautista preguntaron a Jesús: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?... Jesús respondió a los enviados: "Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (Lc 7,20-22). Y finalmente Jesús respondió: “Si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios (sano a los enfermos), quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11,20).

lunes, 27 de agosto de 2018

DOMINGO XXII – B (02 de setiembre del 2018)


DOMINGO XXII – B (02 de setiembre del 2018)


Lectura del santo evangelio según san Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

7:1 Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús,
7:2 y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar.
7:3 Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados;
7:4 y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.
7:5 Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: "¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?"
7:6 Él les respondió: "¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Isaías 29, 13 Mateo 15, 8-9
7:7 En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Isaías 29, 13 Mateo 15, 8
7:8 Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres".
7:14 Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: "Escúchenme todos y entiéndanlo bien.
7:15 Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre.
7:21 Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios,
7:22 los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino.
7: 23 Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre" PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados hermano Paz y Bien.

Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre" (Mc 7,15-23). “Haz una obra de caridad con amor de lo que tienes y todo será puro” (Lc 11,41).

Las lecturas de hoy nos hablan de la Ley de Dios y de los legalismos y anexos que se le habían ido haciendo a esa Ley divina a lo largo del tiempo, hasta que Jesús decide desglosar de todo lo que los hombres le habían ido agregando. Dios entregó a Moisés su Ley para el cumplimiento estricto de todos: del viejo pueblo de Israel y del nuevo pueblo de Israel, que es hoy la Iglesia de Cristo.  Más aún, es una Ley tan sabia, tan prudente y tan necesaria que es indispensable seguirla, tanto para el bien personal y como para el bien de los grupos, pequeños o grandes, y hasta para el bien mundial.

Por eso, aparte de estar esa Ley escrita en las piedras que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí, está también inscrita en el corazón de los seres humanos.  Y cuando nos apartamos de esa Ley, porque creemos encontrar la felicidad fuera de ella, nos hacemos daño a nosotros mismos y hacemos daño a los demás.

Y la Palabra de Dios, en la cual está contenida esa Ley, ha sido sembrada en nosotros para nuestra salvación, como nos lo recuerda el Apóstol Santiago en la Segunda Lectura (St. 1, 17-18.21-22.27): “ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos”.   Es por ello que nos recomienda ponerla en práctica y no simplemente escucharla y hablar de ella.

Moisés, quien había recibido las instrucciones directamente de Dios, había instruido al pueblo así: “No añadirán nada ni quitarán nada a lo que les mando”.
Pero sucedió que, a lo largo del tiempo, se fueron anexando a la Ley una serie de detalles minuciosos prácticamente imposibles de cumplir, además de interpretaciones legalistas y absurdas que hacían perder de vista el verdadero espíritu de la Ley.

Por todo esto Cristo tuvo que aclarar bien lo que era la Ley y lo que eran los anexos y legalismos.  Y tuvo que ser sumamente severo contra los Fariseos, que regían la vida religiosa de los judíos, y contra los Escribas, que eran los que fungían de intérpretes de la Ley. (Mt. 23, 1-34 y Lc. 11, 37-47) Tal es el caso que nos narra San Marcos en el Evangelio de hoy (Mc. 7, 1-8.14-15.21-23):  en una ocasión los discípulos de Jesús no cumplieron las normas de purificación de manos y recipientes, según se exigía de acuerdo a estos anexos y legalismos.

Ante el reclamo de unos Escribas y Fariseos, el Señor les responde algo bien fuerte: “¡Qué bien profetizó de ustedes Isaías! ¡hipócritas!  cuando escribió:  Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí ... Ustedes dejan de un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

A juzgar por la respuesta de Jesús, definitivamente se habían agregado cosas humanas a la Ley divina.  No habían cumplido lo que Moisés, por orden de Dios, había instruido:  no quitar ni agregar nada a la Ley.  Y por eso habían puesto cargas tan pesadas que ni ellos mismos cumplían.  Y cada vez que le reclamaban a Jesús el incumplimiento de estas cargas absurdas, con gran severidad les iba tumbando todos los legalismos y anexos que habían ido agregando a la Ley de Dios.

En otra oportunidad fue Jesús mismo quien se sentó a la mesa, precisamente casa de un Fariseo, sin la rigurosa purificación exigida.  Al anfitrión reclamarle, Jesús no se midió en su respuesta, ni siquiera por ser el invitado: “Eso son ustedes, fariseos.  Purifican el exterior de copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades.  ¡Estúpidos! ... Según ustedes, basta dar limosna sin reformar lo interior y todo está limpio” (Lc. 11, 37-41).   Ver también Mt. 23, 1-37.

Por eso Jesús les insiste en este Evangelio que lo importante no es lo exterior sino lo interior.  Lo importante no son los detalles que se habían inventado, sino el corazón del hombre.  Es hipocresía lavarse muy bien las manos y tener el corazón lleno de vicios y malos deseos.  Es hipocresía aparentar por fuera y estar podrido por dentro.  Lo que hay que purificar es el interior, lo que el ser humano lleva por dentro:  en su pensamiento, en sus deseos.  Los pecados brotan del interior, no del exterior...

Por eso, para corregir el legalismo absurdo, dice Jesús: “Escúchenme todos y entiéndanme.  Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro, porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad.  Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.  Son todas cosas que nos ensucian y que debemos expulsar de nuestro interior para no estar manchados.

Nosotros tal vez no tengamos legalismos agregados, pero sí podríamos revisar nuestro interior a ver si tenemos cosas de esas que nos ensucian.  Y entonces limpiarnos con el arrepentimiento y la confesión.

La Segunda Lectura de la Carta del Apóstol Santiago (Stgo. 1, 17-18; 21-22.27) nos recuerda la importancia de “aceptar dócilmente la palabra que ha sido sembrada” en nosotros, y que no basta escucharla, sino que hay que ponerla en práctica, sobre todo en obras de justicia, caridad y santidad: “visitar a huérfanos y viudas en sus tribulaciones, y guardarse de este mundo corrompido”.

“Este mandamiento que hoy te prescribo no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance. No está en el cielo, para que digas: "¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo traerá hasta aquí, (Romanos 10, 6-7) de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?" Ni tampoco está más allá del mar, para que digas: "¿Quién cruzará por nosotros a la otra orilla y lo traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica?". No, la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques” (Dt 30,11-13).

martes, 21 de agosto de 2018

DOMINGO XXI - B (26 de agosto del 2018)


DOMINGO XXI - B  (26 de agosto del 2018)

Proclamación del Santo Evangelio según San Juan 6, 60 - 69:

6:60 Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?"
6:61 Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: "¿Esto los escandaliza?
6:62 ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?
6:63 El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.
6:64 Pero hay entre ustedes algunos que no creen". En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.
6:65 Y agregó: "Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede".
6:66 Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo.
6:67 Jesús preguntó entonces a los Doce: "¿También ustedes quieren irse?"
6:68 Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna.
6:69 Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

Les dijo Jesús: “Las palabras que les he dicho son Espíritu y Vida” (Jn 6,63) ¿Qué dijo Jesús en sus enseñanzas?: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54), y “El que me envió esta en la verdad y lo que El me enseño, eso es lo que yo enseño” (Jn 8,26). Pedro dijo a Jesús: ”A quien  iremos, tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6,68).

Cuando sucedió que alguno o muchos se retiraron, Jesús tuvo que llevarse una gran desilusión. Ver que toda aquella gente que decía seguirlo, de pronto se echa atrás y lo abandona. Jesús tuvo una gran desilusión, y no lo siente tanto por Él y sus enseñanzas cuanto por la gente misma. ¿Por qué por la gente misma? Porque no acepta el mensaje porque el precio del cielo es muy alto y se cierra a la buena noticia del Reino. Comenzaron el nuevo camino y se desalentaron. Comienzan a buscar excusas. “Esta palabra es dura. ¿Quién puede escucharle?” (Jn 6,60). ¿Qué Palabra del Maestro fue muy dura para la gente que se marchó? Jesús les dijo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo". ¿Cómo reaccionaron los judíos? Se escandalizaron y discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?" (Jn 6,51-52). Estas afirmaciones de Jesús como “el pan que tenemos que comer”, tenían sin duda que sonarles a algo bien extraño.

Mientras Jesús nos habla del pan material o de la mesa, todo va bien. Recordemos aquella advertencia que Jesús  ya había hecho a la gente: "Les aseguro que ustedes no me buscan, porque entendieron el signo que les mostré sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento que dura un día, sino por el pan que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello" (Jn 6,26-27). Como vemos, ya Jesús advierte a la gente que los que lo siguen lo hacen por interés de saciar el estómago y no porque buscan saciar el espíritu. Al respecto san Pablo nos aclara que: “El reino de Dios no es cuestión de comida o bebida, sino alegría y vida en el espíritu” (Rm 14,17).

Pues, ahora bien, cuando nos hablan de un nuevo pan: “Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente" (Jn 6,58). Simplemente ya no entendieron ni entendemos nada. Lo mismo le sucedió a Nicodemo cuando Jesús le dice que tiene que “nacer de nuevo” (Jn 3,3-5) y él no entiende otro nacimiento que el regresar al vientre de su madre.

En ese discurso y enseñanza respecto al pan y el reino del cielo, se produce el conflicto del seguimiento y consiguientemente el requerimiento y decisión del hombre respecto a Jesús. Es una decisión libre y responsable de los hombres, como veremos, pero Jesús reitera que la iniciativa es totalmente de Dios. El primer paso es tener en cuenta cuando dijo: “Quien quiera venirse conmigo, que se niegue a si miso, que cargue con su cruz de cada día y me siga” (Mt 16,24). El siguiente paso es entender el consejo: “Lo que Dios espera de Uds. es que crean en el que Él envió. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae. Por esto les he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre” (Jn 6,29.37.44.65). Es una decisión radical y no a medias, así nos advierte cuando nos dice: “Quien pone mano al arado y mira atrás no es digno del reino celestial” (Lc 9,62). Es decir, optar por Dios, no es cuestión de mera ilusión o de bonitas palabras, así por ejemplo aclara al joven inquieto que le dijo te seguiré a donde quiera que vayas: “Las zorras tienen madrigueras, las aves su nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9,57).

Hasta ahora la decisión de la mayoría, incluidos de algunos discípulos, ha sido rechazar sus palabras y abandonarlo. Los únicos que no se han pronunciado aún son los Doce. Pero Jesús también va a urgir una decisión personal libre de ellos: “¿También Uds. quieren marcharse?” (Jn 6,67). La respuesta de Pedro es libre y representa a los Doce, y también a todos los que creemos en Cristo: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna”(Jn 6,68). Pero, según la afirmación de Jesús, ellos y nosotros respondemos así porque somos de aquellos a quienes “el Padre ha atraído”(Jn 6,65). Por eso nosotros seguimos diciendo con Pedro: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68). Y, sin embargo, “uno de los Doce” (Jn 6,70) lo iba a entregar. Ante esto no podemos más que exclamar: ¡Que insondable misterio el de la libertad humana! (Slm 8,5).

En resumen: Dios ya nos advierte en el A.T. por el profeta. “Este mandamiento que hoy te prescribo no es superior a tus fuerzas ni está fuera de tu alcance. No está en el cielo, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo y lo traerá hasta aquí para que lo cumplamos? Ni tampoco está más allá del mar, para que digas: "¿Quién cruzará por nosotros a la otra orilla y lo traerá hasta aquí, de manera que podamos escucharlo y ponerlo en práctica? No, la palabra está muy cerca de ti, está en tu corazón y en tu boca, solo hace falta que la practiques” (Dt 30,11-14). Esa palabra que es la palabra de Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14). Y con justa razón nos dice Jesús: “Yo soy camino, verdad y vida; nadie va al Padre sino por mi” (Jn 6,14). De modo que, Jesús pone el precio del cielo y nadie puede pedir rebajitas porque no ha venido a baratear o regalar el cielo a nadie. Por eso nos dijo también: “Yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad de aquel que me envió” (Jn 6,38). Además Dios no pide nada al hombre aquello que este fuera del alcance del hombre. Dios no suele jugar con trampas. Por eso exige de cada uno de nosotros que digamos si cuando es si y no cuando es no y todo lo que está fuera de ella viene del maligno (Mt 5,37). Pero eso sí, cada una de esas respuestas tiene consecuencias por eso es ahora cuando hemos de decir sí o no, el si es optar por tu salvación y el no por tu condenación (Mc 16,16).

a) “Este lenguaje es difícil, ¿Quién podrá seguirlo?” (Jn 6,60) Las exigencias de Dios siempre nos resultan difíciles porque rompen nuestros esquemas mentales y nuestros planes y proyectos. Y en eso nos escudamos para no creer. O para hacer y trazar otro camino (falso), el camino más fácil para llegar al “Cielo” y para eso habrá que inventar otro Dios, otro cielo y otra iglesia. Y para llevar adeptos a esa iglesia, lo peor como hoy sucede habrá que embarrar y decir que esa Iglesia es tradicional y anticuada. Ya saben a qué grupos me refiero: Las sectas.

b) “Algunos no creían en Jesús” (Jn 6,64). Es curioso que algunos quieran aparentar y simular seguir al Señor, se puede estar en la Iglesia, ser incluso bautizado, llamarse cristiano y, sin embargo, no tener fe. Más que seguirle nos sentimos llevados por la razón. Hasta somos capaces de disimular nuestra falta de fe. Con razón dijo el Señor: “No todo el que me dice Señor, Señor entrará en el Reino de los cielos” (Mt 7,21). O aquello nos dijo: "Ustedes aparentan ser rectos ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones. Porque lo que es estimable a los ojos de los hombres, resulta despreciable para Dios” (Lc 16,15).

c) “Jesús sabía quién de ellos le iba a entregar” (Jn 6,64b). El Señor sabe que en el grupo está el traidor (Jn 6,70); sin embargo, no lo echa, no lo excluye. Prefiere darle todas las oportunidades para que la gracia toque su corazón. Es posible que nosotros le hubiésemos echado de una vez por todas. Con razón nos explicó esa parábola del trigo y la cizaña: “Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla en el horno encendido, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30). El Señor es misericordioso hasta el último, pero el límite de esa misericordia es la justicia de Dios que un día se cumplirá.

d) “Muchos se volvieron atrás y no le siguieron más.” (Jn 6,66). Dios es siempre respetuoso de la libertad del hombre. Le duele verlos marchar, pero no los retiene por la fuerza. La fe tiene que ser una decisión libre y no impuesta. El parámetro de la respuesta a Dios es el amor y no la fuerza. Dios ya nos había dicho: “Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes” (Ez 36,26). Porque como Juan nos dice: “Dios es amor” (IJn 4,8). Solo quien se siente amado por Dios sabrá decir si al Señor.

e) “¿También Uds. quieren marcharse?” (Jn 6,67). En la Iglesia no se retiene a nadie forzado y obligado. Si alguien no se siente a gusto tiene las puertas abiertas. ¿Alguna vez nos hemos visto ante situaciones en las hemos tenido que tomar opciones radicales? Y es que no toda la vida podemos estar entre el sí y el no. Quizá algunos discípulos hubieran deseado responder al Señor: “Pero si nos vamos también nosotros, ¿Con quién te quedaras? ¿Quién te acompañara?”. Jesús no ha venido a ser condescendiente con nadie y menos a complacer a un grupo ni a una cultura. Recordemos cuando dijo: Si ellos se callan las piedras gritaran” (Lc 19,40). El hombre no es indispensable para Dios, por tanto no hace falta que Dios se ponga de rodillas ante el hombre para suplicarle a que lo siga. Por eso, si tú crees que con Dios estás perdiendo tiempo y crees que tienes cosas más importantes en tu vida que hacer, pues es bueno que te dediques a eso, pero también recuerda lo que ya nos dijo: “El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt 16,27). Nuestro consejo es unirnos a Pedro y reiterar cada día: A quien vamos a ir tu tienes palabras de vida eterna (Jn 6,67).