viernes, 11 de marzo de 2022

DOMINGO II DE CUARESMA – C (13 de Marzo de 2022)

 DOMINGO II DE CUARESMA – C (13 de Marzo de 2022)

Proclamación del Evangelio San Lucas 9,28-36:

9:28 Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.  

9:29 Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.

9:30 Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías,

9:31 que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.

9:32 Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.

9:33 Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Él no sabía lo que decía.

9:34 Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor.

9:35 Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: "Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo".

9:36 Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto. PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN

Estimados amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

Dios dice: “Pongo ante ti cielo e infierno; vida y muerte; bendición y maldición. Escoge la vida, amando a tu Dios, escuchando su palabra y uniéndote a Él” (Dt 30,19).  

1) Pedro dijo: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías… en eso, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella… se oyó una voz que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escúchenlo" (Lc 9,33-35). Este lugar es el cielo.

2) "Murió el pobre Lázaro y fue llevado por los ángeles al cielo junto a Abraham. También murió el rico, y lo sepultaron: Estando en el infierno…  Clamó: Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas. Abraham respondió: Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consolación, en cambio tu, padeces tormentos de fuego” (Lc 16,22-25). Este lugar es el infierno.

"Dios al crear al hombre, lo dejó en manos de su propia conciencia el optar por: 1) La vida, que es el cielo y 2) la muerte que es el infierno.  A cada uno se le dará lo que ha elegido” (Eclo 15,14-17). Dios quiere que escojamos el cielo (Dt 30,19) para decir como Pedro: “Que bien se está aquí” (Lc 9,33); y evitar el infierno para no sufrir los tormentos de fuego como el rico (Lc 16,25).

Para entrar en el cielo hay normas y leyes que cumplir. No es que uno entre al cielo como quiere. Las normas y leyes para entrar al cielo los pone Dios. Un día preguntaron al Señor: “¿Qué haré para entrar en el cielo? Jesús respondió, si quieres entrar en el cielo cumple los mandamientos” (Mt 19,16): Los diez mandamientos (Ex 20,3-17). Permiten cumplir los requisitos para entrar en el cielo: 1) Pureza (Mt 5,8); 2) Santidad (Lv 20,26). Ejemplo:

1)El III mandamiento dice: “Santificaras las fiestas” (Ex 20,8). ¿Cuándo y cuáles son esas fiestas? Cada domingo es fiesta y ¿por qué es fiesta cada domingo?: Jesús les dijo: “Todo esto se lo había dicho que, tenía cumplirse todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos referente a mí. Entonces les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día” (Lc 24,44-46). Y efectivamente: Jesús resucito al III día (Domingo de pascua). Por eso cada domingo es fiesta porque es la celebración del triunfo de Jesús sobre la muerte y por eso lo santificamos participando de la santa misa. ¿Tu, vas a la misa cada domingo? Si vas a la misa cada domingo estas obedeciendo a Dios pero si no vas a la misa, etas desobedeciendo a Dios y eso se llama pecado. Y el pecado quita la pureza del alma y los impuros no podrán entrar en el cielo (Ap 21,27; Mt 5,8).
Ahora, es conveniente también preguntarnos: ¿Solo es necesario cumplir con el III mandamiento y ya estamos en el cielo? No. Es bueno ir a la misa cada domingo, pero se nos dice: “Si uno cumple toda la Ley, pero falla en un solo punto, es como si faltara en todo. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, dijo también: No matarás. Si no cometes adulterio, pero matas, ya has violado la Ley. (Stg 2,10-11). Para entrar en el cielo es requisito cumplir con toda la ley y no solo con un precepto. Cumpliendo los mandamientos es como nos mantenemos puros, sin pecado.
2) La santidad: es otro de los requisitos para entrar en el cielo. ¿Cómo podríamos santificarnos? Dice Dios: “santifíquense observando mis leyes y poniéndolos en práctica mis preceptos o mandamientos” (Lv 20,7); “La ley se nos dio por medio de Moisés, pero la verdad y la gracia nos llego por medio de Jesucristo” (Jn,1,17). Si incumplimos algún mandato de Dios por ejemplo no ir a misa en el domingo, pasamos de lo puro a lo impuro. ¿Cómo podríamos purificarnos? Por los sacramentos.  En los sacramentos se nos distribuye la gracia de Dios. Ejemplo: Nos confesamos del pecado cometido contra el III mandamiento (Jn 20,21-23). Y recuperamos la pureza y por ende la santidad.

Para evitar más pecados es necesario la oración: “Oren para no caer en la tentación, porque el espíritu es fuerte pero la carne es débil” (Mt 26,41). Y la oración nos debe acerca más y más a Dios. Ejemplo: “Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante” (Lc 9,29). Pero la oración mayor es la Santa misa: “Tomen y coman que esto es mi cuerpo; tomen y beban que este es el cáliz de mi sangre” (Mt 26,26). En cada misa el ante nuestros ojos el Señor se transfigura; el pan se convierte en su carne y el vino en su sangre.

También en los demás sacramentos como el bautizo nos santificamos. Jesús cuando se bautizó, el Espíritu Santo descendió sobre él como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección" (Lc 3,22). Luego dice Jesús en el inicio de su ministerio: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19). Y al final de su ministerio Jesús recibe esta nuevo mensaje de parte del Padre: "Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo" (Lc 9,35).

En el ser del Hijo está el mismo ser Padre: “Yo y el Padre somos una sola realidad” (Jn 10,30). Dios se deja ver en su Hijo; en el domingo anterior en la parte humana, hoy en la parte divina. Es decir, Jesús en la transfiguración se deja ver un momento en el cielo.

La II Divina Persona, Jesús es la manifestación del amor de Dios a favor de toda la humanidad, pues así manifiesta Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para que el mundo se condene, sino que el que cree en Él se salve. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3,16-18). Completando la idea, mismo Jesús dice: “Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre» (Jn 16,28). El voy al padre o estar con el Padre es estar en el mismo cielo pero para estar en este estado requiere la purificación y de eso se trata el tiempo de la cuaresma: En el camino de la cuaresma entramos una nueva escena “alta” en la vida de Jesús: la transfiguración. Se puede decir que éste es el momento culminante de la revelación de Jesús en el cual se manifiesta a sus discípulos en su identidad plena de “Hijo”. Ellos ahora no sólo comprenden la relación de Jesús con los hombres, para los cuales es el “Cristo” (Mesías), sino su secreto más profundo: su relación con Dios, del cual es “el Hijo” (Mc 1,11). Entremos en el relato con el mismo respeto con que lo hicieron los discípulos de Jesús al subir a la montaña y tratemos de recorrer también nosotros el itinerario interno de esta deslumbrante revelación con sabor a pascua.

En el domingo anterior, Primer Domingo de Cuaresma El Señor nos enseñó con su ejemplo cómo debemos afrontar las tentaciones del demonio (Mt 4,1-11) Lo que claramente nos indica que el Hijo Único de Dios es hombre de verdad, que sintió hambre, pero que el enemigo  quiso aprovecharse de esta carencia para someterlo y nunca pudo. El Hijo de Dios no solo se rebajó para ser uno como nosotros: “El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor” (Flp 2,6-11). En todo igual a nosotros, menos en el pecado (Heb 4,15). Y en el credo confesamos esta verdad: “Descendió al infierno y al tercer día resucito de entre los muerto  y subió al cielo…”

Pues, fíjense que estas enseñanzas divinas se nos ilustra en dos partea: el domingo pasado en la parte humana del Hijo de Dios (Lc 41-13). Hoy  en el II domingo de cuaresma la manifestación de la parte Divina: Jesús tomó consigo a Santiago, Pedro y Juan… mientras estaban en oración se transfiguro… “ (Lc 9,28-36). Ya no es el Jesús tentado y con hambre, sino el Jesús transfigurado y glorificado, como un sol brillante en la cima del Tabor que es el cielo.

¿Cuál es el mensaje que acuña el evangelio de Hoy? Que este tiempo de cuaresma, tiempo de conversión, ayuno y oración, que es tiempo de ascensión al monte tabor (cielo); que en este tiempo de oración terminemos en la sima del tabor contemplando el rostro de Jesús transfigurado, y glorificado (Mt 17,1-9). Esta es la mayor riqueza de la vida espiritual de los hijos de Dios. Y así nos lo reitera mismo Juan: “Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. El que tiene esta esperanza en él, sea santo, así como él es santo” (I Jn 3,2-3).

Qué maravilla saber que  la riqueza espiritual que llevamos dentro del cuerpo mortal, un día tengamos que, como premio experimentar y contemplar a Jesús transfigurado, que no es sino el mismo cielo. Pero para eso hace falta despojarnos de lo terrenal y subir a orar, como Jesús esta vez acompañado de los tres discípulos preferidos: Pedro, Santiago y Juan. Lo maravilloso del Tabor es verlo iluminado con la belleza interior de Jesús. Allí se transfiguró, dejó que toda la belleza de su corazón traspasase la espesura del cuerpo y todo Él se hiciese luz ante el asombro de los tres discípulos y como Pedro exclamar: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantará aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».” (Mt 17,4)

Toda oración bien hecha nos encamina al encuentro con el Padre, la oración debe transformarnos. La oración nos debe hacer transparentes. Transparentes a nosotros mismos, transparentes ante los demás, trasparentes ante Dios. En la oración debemos vivimos nuestra real y verdad dimensión humana y divina por la gracia de Dios (Mt 5,23).

La transfiguración del Señor nos debe situar ante la verdad que viene de Dios: «Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos, entonces conocerán la verdad y la verdad los hará libres» (Jn 8,31). Libres de las tinieblas, que es el infierno (Lc 16,19-31).

En la Transfiguración del Señor, Dios nos habla de que algo nuevo comienza, que lo viejo ha llegado a su fin: “A vino nuevo, odres nuevos” (Mc 2,22). Ahora en la transfiguración apareció el Antiguo Testamento: Moisés y Elías. Ellos son los testigos de que lo antiguo termina y de que ahora comienza una nueva historia. Ya no se dirá “escuchen a Moisés”, sino “éste es mi hijo el amado, mi predilecto: escúchenlo”(Mt 7,5). Ello aplicado a la Cuaresma bien pudiéramos decir que es una invitación a la oración como encuentro con Dios, al encuentro con nosotros mismos, además de un abrirnos a la nueva revelación de Jesús.

“Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él” (Lc 9,32). En este tiempo de cuaresma es importante mantenernos despiertos y en oración, pue así nos exhorta el mismo Señor: “Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: ¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil" (Mt 26,40-41).