martes, 17 de marzo de 2026

V DOMINGO DE CUARESMA - A (22 de marzo del 2026)

 V DOMINGO DE CUARESMA - A (22 de marzo del 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Juan 11,1-45:

11,3 Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo".

11,4 Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".

11,5 Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro.

11,6 Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.

11,7 Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea".

11,17 Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.

11,20 Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.

11,21 Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.

11,22 Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".

11,23 Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".

11,24 Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".

11,25 Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;

11,26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?"

11,27 Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".

11,33 Jesús se conmovió y también a los judíos que la acompañaban, y turbado,

11,34 preguntó: "¿Dónde lo pusieron?" Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás".

11,35 Y Jesús lloró.

11,36 Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!"

11,37 Pero algunos decían: "Este, que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?"

11,38 Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima,

11,39 y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto".

11,40 Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?"

11,41 Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste.

11,42 Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado".

11,43 Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!"

11,44 El muerto salió con los pies y las manos atadas con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".

11,45 Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Queridos amigos en el Señor Paz y Bien.

Jesús dijo: "Quiten la piedra. Marta, le respondió: Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto" (Jn 11,39). “Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16,39). No es lo mismo resucitar al cuarto día (Lázaro) y resucitar al tercer día (Jesús). Resucitar al cuarto día, es resucitar en el mismo cuerpo, el problema es que luego volverá a morir. Resucitar al tercer día, es la resurrección en el estado glorioso, ya no vuelve a morir. Estar en estado glorioso: Jesús se transfiguró en el monte Tabor (Mt 17,2-7). Jesús se dejó ver unos segundos en el estado glorioso por sus apastles: “Pedro dijo que bien se está aquí”.

El primer domingo de la cuaresma meditamos sobre la verdadera humanidad de Jesús: las tentaciones (Mt 4,1-11). Jesús nos enseñó cómo afrontar y superar las tentaciones del enemigo. En el segundo domingo, meditamos sobre la verdadera divinidad del Señor, la transfiguración en el monte Tabor (Mt 17,1-9). En el tercer domingo meditamos sobre la gracia de Dios en su connotación del agua viva que es Cristo (Jn 4,5-42). En el cuarto domingo también meditamos sobre la gracia de Dios bajo la connotación de la luz (Jn 9,1-41). Y en este quinto domingo, para terminar la Cuaresma con el triunfo de la vida sobre la muerte.  Meditamos sobre el misterio de la vida que es un don de la gracia de Dios (Jn 11,1-45). En suma un maravilloso camino de conversión de nuestra fe: Centrada en Cristo: verdadero Hombre y verdadero Dios; gracia: Tabor, el agua, la luz y la vida.

La reflexión de este domingo centrada sobre la vida, mismo Jesús nos puede resumir en este episodio: “El que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, vive de vida eterna; ya no habrá juicio para él, porque ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24). Pero también en la misma línea lo dice el gran San Pablo: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor. Tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor. Por esta razón Cristo experimentó la muerte y la vida, para ser Señor de los muertos y de los que viven” (Rm 14,7-9).

La Cuaresma (nuestra vida terrenal) termina con el triunfo de la vida sobre la muerte que es querer y deseo de Dios. Así nos lo muestra en su Hijo Cristo Jesús: “Así como el Padre tiene vida en así también ha dado al Hijo tener vida en si” (Jn 5,26). Y claro está que Dios en su Hijo quiere salvarnos a todos, quiere que todos participemos de este triunfo sobre la muerte (ITm 2,4). Pero no todos serán parte de este triunfo porque no todos escuchan su palabra (Jn 5,24). “Los que obraron el bien resucitarán para la vida, pero los que obraron el mal irán a la condenación. Yo no puedo hacer nada por mi cuenta, sino que juzgo conforme a lo que escucho; así mi juicio es recto, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió” (Jn 5,29-30).

Jesús dice: “Quien escucha mi palabra, ya vive de la vida eterna… ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24). Pero también nos dice: “El que es de Dios escucha las palabras de Dios; si ustedes no las escuchan es porque no son de Dios” (Jn 8, 47). Es decir, quien no escucha la palabra de Dios camina en tinieblas, permanece en la tumba (Jn 11,10). Pero el que escucha la palabra de Dios ya está de día, ya salió de la tumba (Jn 11,9). Es más enfático Jesús al decir que incluso: “Sepan que viene la hora, y ya estamos en ella, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la escuchen vivirán” (Jn 5,25).  Conviene reiterar con un pero: “Los que obraron el bien resucitarán para la vida eterna, y los que obraron el mal irán a la condenación eterna. (Y está claro esto hará Jesús como juez justo porque esa disposición recibió del Padre): Yo no puedo hacer nada por mi cuenta, sino que juzgo conforme a lo que escucho; así mi juicio es recto, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me envió” (Jn 5,29-30).

 “Al regresar a la ciudad, muy de mañana, Jesús sintió hambre. Divisando una higuera cerca del camino, se acercó, pero no encontró más que hojas. Entonces dijo a la higuera: «¡Nunca jamás volverás a dar fruto!» Y al instante la higuera se secó. Al ver esto, los discípulos se maravillaron: «¿Cómo pudo secarse la higuera, y tan rápido?” (Mt 21,18-20). Jesús también es capaz de sacarnos de la muerte a la vida: Jesús ordenó: «Quiten la piedra.» Marta, hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya tiene mal olor, pues lleva cuatro días enterrado.» Jesús le respondió: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Y quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos al cielo y exclamó: «Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas; pero lo he dicho por esta gente, para que crean que tú me has enviado.» Al decir esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!» Y salió el muerto. Tenía las manos y los pies atados con vendas y la cabeza cubierta con un velo. Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo caminar.” (Jn 11,39-44).

En tercer lugar, es una manera de dar gloria a Dios todos los sucesos de la vida como las sanciones, la muerte o resurrección: Así por ejemplo: Jesús, dijo: «Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que es para gloria de Dios, y el Hijo del Hombre será glorificado por ella” (Jn 11,4). En otro momento sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado para que esté ciego: él o sus padres?» Jesús respondió: «Esta cosa no es por haber pecado él o sus padres, sino para que nació así para que la gloria de Dios se manifieste en él, y en forma clarísima” (Jn 9,2-3). La misma muerte es una gran prueba para que se manifieste la gloria de Dios: “Lázaro está dormido le voy a despertar” (Jn 11,11)

Jesús no estaba cuando su amigo Lázaro murió, que tarda y no camina según nuestra lógica. Pero que, al final, nos regala el don de la vida triunfando sobre la muerte. Claro que las hermanas de Lázaro no lo entienden y, hasta cierto punto, le hacen culpable de la muerte del hermano: “Si hubieses estado aquí no hubiese muerto mi hermano.” (Jn 11,21) Es cierto, pero tampoco hubiésemos visto el poder de Jesús sobre la muerte.  Hay cosas que nos cuesta entender; sin embargo, como dice el mismo Jesús “si crees verás la gloria de Dios” (Jn 11,40). A veces pensamos que todo se acabó; sin embargo, ahí comienza el poder de Dios. A veces pensamos que Dios es el responsable de nuestras desgracias (Jn 11,21); sin embargo, ahí mismo Dios manifiesta que la fe y la gracia van más allá de nuestras penas.

Jesús nos ha dicho: “La carne no sirve de nada, es el Espíritu quien da la vida. Y las palabras que le he dicho son espíritu y vida” (Jn 6,63). Dios es vida, en Él está la fuente de vida: “Yo soy la vida” (Jn 14,6). Pero, eso sí, siempre exige de nosotros la fe (Lc 17,5). Dios no puede hacer nada en nosotros si no tenemos fe. Cuando la fe es viva, todo se hace vida, incluso la misma muerte se convierte en vida. Lázaro no murió por causa de Jesús, ni Jesús quiso que Lázaro muriese. Lo que Jesús quiere es manifestar que quien puede impedir que alguien muera, también es capaz de que vuelva a florecer la vida: Le dijo Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. El que vive, el que cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Marta contestó: «Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11,25-27).

Dios no nos da siempre lo que pedimos, a veces incluso calla. Pero nos da mucho más de lo que le pedimos. Y por eso como Marta y María nos quejamos: “Si hubieras estado aquí mi hermano no hubiera muerte” (Jn 11,21.32) Pero Jesús no interviene en nuestra plegaria porque no cree oportuno que tal o cual pedido nuestro sea oportuno: “El Señor ya sabe de tus necesidades antes que se lo pidas” (Mt 6,8). En el reclamo de Marta (Jn 11,21): ¿Qué es más importante, sanar a un enfermo o devolverlo a la vida cuando ha muerto?  ¿Qué es más importante, que Dios sane a un ser querido o que lo resucite y lo lleve consigo al cielo? No conviene ser egoístas al aferrarnos a lo suyo.  Jesús les regaló el milagro de sacarlo del sepulcro donde ya estaba en putrefacción y se los devolvió vivo. La muerte de Jesús está cercana, pero antes quiere anticipar que su muerte terminará en resurrección. Dios, Jesús no estuvo a tiempo para que Lázaro no muriese, pero llegó a tiempo para devolverle la vida, por más que ya llevase cuatro días y ya olía mal.

La resurrección de Lázaro, que de una parte precipita los acontecimientos y la muerte de Cristo que tenía que suceder, anticipa de otra la victoria definitiva de la vida sobre la muerte. Porque si Lázaro resucitó para volver a morir, Cristo resucitará de una vez para siempre y, con él, nuestra auténtica esperanza. Porque él es la resurrección y la vida, y cuantos creen en él, aunque mueran, vivirán. De modo que el camino de Jesús, por la cruz a la luz o por la muerte a la vida, es en adelante el camino de todos los creyentes.

¿Creemos esto?: La pregunta que dirige Jesús a María, la hermana de Lázaro, es también la que dirige a cada uno de nosotros: "¿Crees esto?" El evangelio no es sólo un mensaje o una buena noticia, porque es al mismo tiempo una pregunta que no podemos eludir, que reclama nuestra responsabilidad. Más aún, no es mensaje ni buena noticia para el que no está dispuesto a responder con su fe a esa pregunta.

Con frecuencia los hombres escuchamos únicamente aquello que nos cuadra: es decir, aquello que responde a nuestros intereses y encaja en nuestra racionalidad, armonizando con nuestras ideas, convicciones y prejuicios. En consecuencia corremos el riesgo de querer arrimar la palabra de Dios a la sardina de nuestras conveniencias y coherencias, usando y abusando de ella como si se tratara de un repertorio de respuestas y argumentos. Pero la palabra de Dios, porque es de Dios y nunca del hombre, no se deja manejar tan fácilmente. De ahí su carácter de pregunta y de interpelación: "¿Crees esto?" Esto y no otra cosa. Esto: que Jesús es la resurrección y la vida y que todos los que creen en él, aunque hayan muerto, vivirán.

Los filósofos de Atenas ni siquiera quisieron oír hablar de la resurrección de los muertos, les parecía un absurdo. Pero Pablo, fiel al evangelio, insiste una y otra vez que si los muertos no resucitan vana es nuestra esperanza. ¿Queremos escuchar nosotros este mensaje?, ¿creemos en el evangelio? La experiencia de la nueva vida, la experiencia de la resurrección, sólo es posible en la respuesta y desde la respuesta a la pregunta que Jesús nos hace. Sólo es posible desde la fe y en la fe.

"Si crees, verás la gloria de Dios”: La muerte no es sólo lo que sucede al fin, sino lo que pone fin a la vida desde el principio, reprimiendo uno a uno todos nuestros mejores proyectos, todas nuestras ansias y deseos de liberación individual y colectiva. La instrumentalización de la muerte y del miedo a la muerte constituye la estrategia fundamental de todos los poderes que mortifican y esclavizan al hombre. Los hombres, por miedo a perder la vida, se resignan a vivir como muertos. En cambio, los que creen en la vida eterna, los que aceptan la muerte como el desfiladero de la vida, los que comprenden que vivir es dar la vida, salen ya de los sepulcros y comienzan a vivir como resucitados. Nada ni nadie puede acabar con su esperanza, con la esperanza contra toda esperanza, con la esperanza que Jesús ha puesto en pie contra la muerte.

El evangelio de Juan siempre tiene sus dificultades a la hora de comentarlo, pues ya es bien sabido que hay que leerlo con unas claves interpretativas muy específicas. Esto es especialmente cierto en el pasaje de la resurrección de Lázaro, texto que nos trae la liturgia de hoy. Por eso hoy trataremos de dar unas verdaderas notas para nuestra reflexión.

1. El de hoy no es, en absoluto, un relato más de una curación de Jesús (una señal más), sino una señal con un rico trasfondo. Es mucho más (cualitativa y cuantitativamente) lo que "quiere decir" Juan que lo que "dice" expresamente.

2. En primer lugar se nos presenta un grupo de discípulos de Jesús, una comunidad de hermanos y hermanas en la que rigen relaciones afectivas activas (las hermanas mandan aviso a Jesús; a Jesús le dicen que su amigo está enfermo...). El afecto que reina entre los miembros de la comunidad (en la que Jesús se presenta como uno más (vamos a Judea; vamos a verlo; Lázaro, nuestro amigo) es de tal categoría que el miedo no impide marchar en ayuda del necesitado.

3. Pero los discípulos aún no han descubierto el calibre real de la vida que transmite Jesús; para ellos, la muerte aún es la interrupción de la vida; la muerte aún es el final del camino; la muerte aún es el término irreversible e ineludible de toda existencia; en definitiva: aún no han alcanzado la madurez de la fe porque aún no han descubierto que, si bien ciertamente Jesús no elimina la muerte física, sí que la transforma en un sueño (nuestro amigo Lázaro duerme), que no supone ninguna interrupción en la vida del hombre. En la vida del hombre que ha recibido su vida de Jesús.

4. En este contexto de muerte (cuatro días); ya huele mal...) se presenta Jesús como la resurrección, como portador de la vida, porque el plan de Dios no es hacer un ser-para-la-muerte sino para la vida plena y definitiva, un ser-para-vivir-la-misma-vida-de-Dios. Para quien recibe el Espíritu de Dios, para los que ya pertenecen a Jesús, en la vida ya no hay solución de continuidad aunque sí haya un punto de inflexión que es la muerte (el que cree en mí, aunque muera, vivirá).

5. Pero la comunidad de los discípulos de Jesús aún no han descubierto esta realidad (Señor, si hubieras estado, mi hermano no habría muerto). Por eso Jesús hará una llamada a salir de la desesperanza, a salir del duelo, de la antigua concepción de la vida y de la muerte, a salir del grupo de los que no conocen la vida y por eso ven la muerte como un fin definitivo y sin-sentido.

6. Jesús ha venido, sobre todo, para comunicar a los hombres el plan de Dios para con ellos (todo lo que he oído al Padre os lo he dicho...). Y uno de los puntos más importante (¿por qué no decir el principal?) es devolverles la vida definitiva, hacerles superar la muerte. Es el cúlmen de la obra creadora. Y Jesús no hace sino invitar a la comunidad en esa realidad del amor de Dios y descubrir todo su alcance (¿no te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Yo soy la resurrección y la vida..., el que vive y cree en mí no morirá nunca). Jesús está llamando con urgencia a aquel grupo de hermanos a fiarse de su palabra (quiten la losa; desatenlo...), a superar las antiguas concepciones de la vida y la muerte que esclavizaban al hombre reduciéndolo a un llegar-a-ser-cadáver como toda meta.

7. La muerte, en definitiva, no es sino la culminación de todas las pequeñas muertes diarias (miedos, limitaciones, ignorancias, humillaciones, esclavitudes, sufrimientos, angustias...). Y el miedo a la muerte es lo que hace al hombre impotente para luchar contra todo tipo de opresión y esclavitud: ¿para qué? Y en este miedo radica la fuerza de los opresores (comamos y bebamos y oprimamos, que mañana moriremos). Jesús libera al hombre de la muerte, le salva de su miedo y lo hace capaz de resistir, ya, toda opresión. Por eso Jesús será un peligro potencial -y real-, una "re-vo-lución" peligrosa que atentará contra la seguridad y continuidad de los poderes establecidos y que éstos, por tanto, tratarán de eliminar por todos los medios (sería interesante leer los vv. 47-53 de este mismo capítulo de Juan donde se ve la reacción "oficial" ante Jesús de los sumos sacerdotes y fariseos, termina así: "Aquel día acordaron matarlo" -v. 53-; la liturgia del día nos hace un flaco favor recortando tan descaradamente un texto que va tan unido).

8. Jesús, por tanto, hace al hombre radicalmente libre -y así, radicalmente peligroso-; a partir de ahora, a partir de esta convicción en la pervivencia después del "sueño de la muerte", ya no hay problema en arriesgar la propia vida por luchar en favor del hermano. La vida es indestructible y ya no se puede perder aunque se muera. Esta certeza es la que hará decir a Jesús: "No hay mayor amor que dar la vida por los amigos": y esta certeza es la que lleva a Jesús a despreciar el peligro de acercarse por Betania -a sólo 3 kilómetros de Jerusalén, donde le esperan los que quieren cogerle- y poner en peligro su vida por ayudar a un amigo. Al final será apresado y llevado a la cruz. Pero no importa; ayudar a un amigo es más importante que conservar la propia vida; porque, en definitiva la propia vida no se pierde nunca.