DOMINGO IV T.O. – A (Domingo 01 de febrero de 2026).
Proclamación del Santo evangelio según San Mateo: 5,1-12:
5,1 Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus
discípulos se le acercaron.
5,2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
5,3 “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos
es el Reino de los Cielos.
5,4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en
herencia la tierra.
5,5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán
consolados.
5,6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la
justicia, porque ellos serán saciados.
5,7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia.
5,8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos
verán a Dios.
5,9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque
ellos serán llamados hijos de Dios.
5,10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la
justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
5,11 Bienaventurados cuando los injurien, y los persigan y
digan con mentira toda clase de mal contra uds. por mi causa.
5,12 Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será
grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas
anteriores a uds. PALABRA DEL SEÑOR.
Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.
Las bienaventuranzas (Felices) no son diferentes caminos
para llegar al Reino de Dios, de manera que cada uno pueda elegir el que mejor
le cuadre. No, Jesús ofrece desde perspectivas distintas el único camino (Jn
14,6). En primer lugar se señala una actitud inicial básica que se convierte en
exigencia para llegar al Reino de Dios. El que adopta esa actitud es ya
"dichoso o feliz", pues hay para él una promesa. En la primera y en
la última bienaventuranza la promesa es expresamente el Reino de los Cielos, en
las otras se trata de la misma realidad considerada bajo diversos aspectos.
Las bienaventuranzas son una recapitulación anunciada en el
A.T. e invitación a ser parte del Reino de Dios y que bien se puede resumir
así: “Feliz el que cumple lo que enseña, porque será grande en el Reino de los
Cielos” (Mt 5,19). Y que se complementa con esta cita: "Los escribas y
fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos
les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan
pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos
no quieren moverlas ni siquiera con el dedo” (Mt 23,2-4). Al Reino de Dios no
se puede entrar con bonitas ideas o apariencias. Sino en base a esfuerzo y
sacrificio. Incluso hoy nos ha dicho: “Felices ustedes, cuando sean insultados
y perseguidos, y cuando los calumnien en toda forma a causa de mí” (Mt 5,11).
En lugar de estar tristes, “alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes
tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los
profetas que los precedieron” (Mt 5,12).
El Evangelio de Mateo, presenta a Jesús como el nuevo
Moisés, el nuevo legislador. En el AT la Ley de Moisés fue codificada en cinco
libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Imitando el modelo
antiguo, Mateo presenta la Nueva Ley en cinco grandes Sermones dispersos en el
evangelio: a) el Sermón del Monte (Mt 5,1 a 7,29); b) el Sermón de la Misión
(Mt 10,1-42); c) El Sermón de las Parábolas (Mt 13,1-52); d) el Sermón de la
Comunidad (Mt 18,1-35); e) El Sermón del Futuro del Reino (Mt 24,1 a 25,46).
Las partes narrativas, intercaladas entre los cinco Sermones, describen la
práctica de Jesús y muestran como él observaba la nueva Ley y la encarnaba en
su vida.
Mateo 5,1-2: El solemne anuncio de la Nueva Ley. De acuerdo
con el contexto del evangelio de Mateo, en el momento en que Jesús pronunció el
Sermón del Monte, había apenas cuatro discípulos con él (Mt 4,18-22). Poca
gente. Pero una multitud inmensa le seguía (Mt 4,25). En el AT, Moisés subió al
Monte Sinaí para recibir la Ley de Dios. Al igual que Moisés, Jesús sube al
Monte y, mirando a la multitud, proclama la Nueva Ley. Es significativo: Es
significativa la manera solemne como Mateo introduce la proclamación de la
Nueva Ley: “Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos
se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados
los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.” Las ocho
Bienaventuranzas forman una solemne apertura del “Sermón de la Montaña”. En
ellas Jesús define quien puede ser considerado bienaventurado, quien puede
entrar en el Reino. Son ochos categorías de personas, ocho puertas para entrar
en el Reino, para la Comunidad. ¡No hay otras entradas! Quien quiere entrar en
el Reino tendrá que identificarse por lo menos con una de estas categorías.
Mateo 5,3: Bienaventurados los pobres de espíritu. Jesús
reconoce la riqueza y el valor de los pobres (Mt 11,25-26). Define su propia
misión como la de “anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lc 4,18). El mismo,
vive como pobre. No posee nada para sí, ni siquiera una piedra donde reclinar
la cabeza (Mt 8,20). Y a quien quiere seguirle manda escoger:¡o Dios, o el
dinero! (Mt 6,24). En el evangelio de Lucas se dice: “¡Bienaventurados los
pobres!” (Lc 6,20). Entonces, ¿quién es “pobre de espíritu”? Es el pobre que
tiene el mismo espíritu que animó a Jesús. No es el rico. Ni es el pobre como
mentalidad de rico. Es el pobre que, como Jesús, piensa en los pobres y
reconoce su valor. Es el pobre que dice: “Pienso que el mundo será mejor cuando
el menor que padece piensa en el menor”.
Mateo 5,4-9: El nuevo proyecto de vida. Cada vez que en la
Biblia se intenta renovar la Alianza, se empieza estableciendo el derecho de
los pobres y de los excluidos. Sin esto, ¡la Alianza no se rehace! Así hacían
los profetas, así hace Jesús. En las bienaventuranzas, anuncia al pueblo el
nuevo proyecto de Dios que acoge a los pobres y a los excluidos. Denuncia el
sistema que ha excluido a los pobres y que persigue a los que luchan por la
justicia. La primera categoría de los “pobres en espíritu” y la última
categoría de los “perseguidos por causa de la justicia” reciben la misma
promesa del Reino de los Cielos. Y la reciben desde ahora, en el presente, pues
Jesús dice “¡de ellos es el Reino!” El Reino ya está presente en su vida. Entre
la primera y la última categoría, hay tres otras categorías de personas que
reciben la promesa del Reino. En estos tres dúos transpare el nuevo proyecto de
vida que quiere reconstruirla en su totalidad a través de un nuevo tipo de
relaciones: con los bienes materiales (1er dúo); con las personas entre sí (2º
dúo); con Dios (3er dúo). La comunidad cristiana debe ser una muestra de este
Reino, un lugar donde el Reino empieza a tomar forma desde ahora.
Los tres: Primera dúo: los mansos y los que lloran: Los
mansos son los pobres de los que habla el salmo 37. Se les quitó su tierra y la
van a heredar de nuevo (Sal 37,11; Sal 37.22.29.34). Los afligidos son los que
lloran ante la injusticia en el mundo y entre la gente (Sl 119,136; Ez 9,4; Tob
13,16; 2Pd 2,7). Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la relación con
los bienes materiales: la posesión de la tierra y el mundo reconciliado.
Segundo dúo: los que tienen hambre y sed de justicia y los
misericordiosos. Lo que tienen hambre y sed de justicia son los que desean
renovar la convivencia humana, para que esté de nuevo de acuerdo con las
exigencias de la justicia. Los misericordiosos son los que tienen el corazón en
la miseria de los otros porque quieren eliminar las desigualdades entre los
hermanos y las hermanas. Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la
relación entre las personas mediante la práctica de la justicia y de la
solidaridad.
Tercer dúo: los puros de corazón y los pacíficos: Los puros
de corazón son los que tienen una mirada contemplativa que les permite percibir
la presencia de Dios en todo. Los que promueven la paz serán llamados hijos de
Dios, porque se esfuerzan para que la nueva experiencia de Dios pueda penetrar
en todo y realice la integración de todo. Estas dos bienaventuranzas quieren
reconstruir la relación con Dios: ver la presencia actuante de Dios en todo y
ser llamado hijo e hija de Dios.
Mateo 5,10-12: Los perseguidos por causa de la justicia y
del evangelio. Las bienaventuranzas dicen exactamente lo contrario de lo que
dice la sociedad en la que vivimos. En ésta, el perseguido por la justicia es
considerado como un infeliz. El pobre es un infeliz. Feliz es el que tiene
dinero y puede ir al supermercado y gastar según su voluntad. Los infelices son
los pobres, los que lloran.
Felices dice el Señor, ¿y quién son los felices?. En el
Antiguo Testamento, se definen felices a los viven las indicaciones de la
Sabiduría (Eclo 25,7-10), también dice. “Guarda los preceptos y los
mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz”, (Deuteronomio 4),
“Yahveh tu Dios te bendecirá en todas tus cosechas y en todas tus obras, y
serás plenamente feliz.” (Deuteronomio 16), también en los Salmos se reza que
es “feliz” quien ama al Señor, y feliz el hombre que no sigue el consejo de los
impíos, ni en la senda de los pecadores (Salmos 1,1).
La bienaventuranza del sermón de la montaña prometida nos
coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón
de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña
que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la
gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las
ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios,
fuente de todo bien y de todo amor.
El Sermón de la Montaña, específicamente las
Bienaventuranzas (Mt 5,1-12), no es simplemente un poema de consuelo, sino
un manifiesto radical que redefine el éxito, la felicidad y el
propósito humano. A continuación, exploramos cómo este pasaje nos sitúa frente
a una transformación profunda del corazón y la voluntad.
1. Una Opción Moral Decisiva: Las Bienaventuranzas
funcionan como un espejo que nos obliga a elegir. No son sugerencias
opcionales, sino que presentan un cambio de paradigma. Cada
"Dichoso..." es una invitación a decidir si queremos construir
nuestra vida sobre los valores del mundo o sobre la lógica del Reino de Dios.
El contraste: Mientras el mundo premia la
autosuficiencia y la fuerza, Jesús bendice al "pobre de espíritu" y
al "sufrido".
La decisión: Seguir este camino implica la
renuncia deliberada al egoísmo para abrazar una ética basada en la confianza
absoluta en Dios.
2. La Purificación del Corazón: Jesús enfatiza que la
verdadera moralidad no es solo externa (cumplir leyes), sino interna. La
promesa de "ver a Dios" está reservada para los limpios de
corazón. Contra los instintos: Nos invita a identificar y purificar esos
impulsos de dominio, envidia o rencor que anidan en el interior. El Amor como
prioridad: Purificar el corazón significa vaciarlo de ídolos para que el
amor de Dios sea el motor de cada acción. Como dice el texto, se trata de
buscar a Dios por encima de todo.
3. ¿Dónde reside la verdadera dicha? El sermón es una
advertencia directa contra las falsas seguridades. Jesús desplaza el concepto
de "felicidad" de lo material y lo humano hacia lo divino. La
verdadera paz viene de la justicia y la confianza en la providencia. La
grandeza se halla en la humildad y en trabajar por la paz. Ciencia, Técnica y
Artes: Son útiles, pero incapaces de saciar el hambre de eternidad del hombre. Las
Criaturas: Son reflejos de Dios, pero no son la Fuente; solo Dios es el fin
último.
4. Dios es fuente Única de Bien y Amor: La enseñanza
central es que ninguna obra humana, por más noble o útil que sea (como los
avances científicos o las expresiones artísticas), puede sustituir la comunión
con el Creador. La bienaventuranza es, en esencia, participar de la
naturaleza de Dios. Él es el único capaz de llenar el vacío del corazón humano
porque Él es la fuente de donde emana todo amor auténtico. Al final, las
Bienaventuranzas nos dicen que ser felices es, sencillamente, parecerse a
Dios porque el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27).
Felices los que tienen corazón limpio, verán a Dios (Mt 5,8);
felices los que trabajan por la paz, serán hijos de Dios" (Mt 5,9). Estas
dos bienaventuranzas son piezas clave para entender la ética cristiana, ya que
conectan la integridad interior (corazón limpio) con la acción
exterior (trabajar por la paz). En un mundo lleno de polarización y ruido
digital, estas promesas se convierten en un desafío moral directo.
1. "Felices los que tienen corazón limpio, porque
verán a Dios": Tener un "corazón limpio" no significa ser
perfecto o carecer de errores, sino tener un corazón no dividido. Es la
rectitud de intención: que lo que dices, lo que piensas y lo que haces estén en
sintonía con el amor de Dios.
El dilema actual: La cultura de la apariencia y la doble
vida. Vivimos en la era de la "curaduría de imagen" en redes
sociales, donde a menudo proyectamos una virtud que no practicamos en privado.
El dilema moral aquí es la hipocresía o la fragmentación del yo.
La opción moral: Purificar el corazón implica renunciar
a los "malvados instintos" de la vanidad y el engaño. Solo quien es
transparente consigo mismo y con los demás puede desarrollar la sensibilidad
espiritual necesaria para "ver" la presencia de Dios en el prójimo y
en la creación.
2. "Felices los que trabajan por la paz, porque
serán llamados hijos de Dios": Jesús no dice "felices los que son
pacíficos" (una actitud pasiva), sino los que trabajan (hacedores
de paz"). Es una labor activa, a veces incómoda y costosa. El
dilema actual: La polarización y el "cancelamiento". Ante un
conflicto social o político, la tendencia instintiva es tomar bandos, atacar al
"enemigo" y alimentar la división. El dilema es: ¿Busco tener la
razón y aplastar al otro, o busco la reconciliación aunque me cueste el
orgullo? La opción moral: Trabajar por la paz nos obliga a buscar el bien
común por encima de los intereses particulares o ideológicos. Ser "hijo de
Dios" implica imitar al Padre, que ama a todos por igual, convirtiéndonos
en puentes en lugar de muros.
Aplicación práctica: El cruce de ambas Bienaventuranzas: Cuando
unimos estas dos, obtenemos una hoja de ruta para decisiones difíciles: Pregunta
del Corazón Limpio: "¿Estoy haciendo esto por justicia real o para
alimentar mi ego y quedar bien ante los demás?" Pregunta del Constructor
de Paz: "¿Mi respuesta ante esta ofensa genera más odio o abre una
puerta al diálogo?"
Nota: Estas bienaventuranzas nos enseñan que la paz no
es la ausencia de conflicto, sino la presencia de una justicia que nace de un
corazón que ya no busca poseer ni dominar, sino servir.
Vamos a centrar la reflexión ahora en el entorno social
y digital, que es donde hoy más se pone a prueba nuestra integridad y nuestra
capacidad de construir paz. Esta guía no busca juzgar acciones externas, sino
las opciones morales decisivas que nacen del interior, contrastando
nuestros instintos con la invitación de las Bienaventuranzas.
I. La Limpieza de Corazón (Integridad y Rectitud para "Ver
a Dios").
¿Busco la verdad o la conveniencia? En mis
conversaciones o publicaciones, ¿busco la verdad objetiva o solo aquello que
refuerza mi ideología y alimenta mi orgullo?
La transparencia de intención: Cuando ayudo a
alguien o defiendo una causa, ¿lo hago por amor genuino o para obtener
reconocimiento, "likes" o una imagen de superioridad moral?
La purificación de la mirada: ¿Veo en los demás
(especialmente en los que piensan distinto) a personas con dignidad sagrada, o
los he convertido en "objetos" de mi ira o indiferencia?
II. El Trabajo por la Paz (Acción Reconciliadora). La
promesa: "Serán llamados hijos de Dios".
¿Soy puente o muro? Ante una discusión o
conflicto social, ¿mis palabras buscan calmar las aguas y encontrar puntos de
unión, o disfruto echando leña al fuego de la discordia?
La renuncia al poder: ¿Estoy dispuesto a ceder
en mi derecho de "tener la última palabra" con tal de preservar la
caridad y la armonía?
Justicia sin violencia: Al buscar lo que es
justo, ¿lo hago con el corazón limpio de odio? ¿Entiendo que la verdadera paz
solo nace del amor de Dios y no de la imposición técnica o el poder humano?
Reflexión Final: La verdadera dicha no es un estado
de bienestar emocional pasivo. Es la seguridad de saber que, al elegir la limpieza
de corazón, eliminamos los obstáculos que nos impiden ver a Dios en el día a
día. Al elegir trabajar por la paz, dejamos de ser esclavos de nuestros
impulsos violentos para convertirnos en instrumentos de Su amor.