martes, 23 de noviembre de 2021

I DOMINGO DE ADVIENTO – C (28 de Diciembre de 2021)

 I DOMINGO DE ADVIENTO – C (28 de Diciembre de 2021)

Proclamación del santo evangelio según San Lucas 21,25-28.34-36

21:25 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas,

21:26 muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas.

21:27 Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria.

21:28 Cuando empiecen a suceder estas cosas, tengan ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación.»

21:34 «Cuídense de que no se hagan pesados su corazón por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre Uds,

21:35 como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra.

21:36 Estén en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengan fuerza y escapen a todo lo que está para venir, y puedan estar en pie delante del Hijo del hombre.» PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor paz y bien.

Hoy comenzamos un nuevo tiempo litúrgico. Pasamos del Ciclo B, en el que tuvimos como eje al Evangelio de San Marcos (16 cap), al Ciclo C en el que tendremos como centro el Evangelio de San Lucas (24 cap). Por eso, el relato evangélico que hoy se nos presenta está tomado del Discurso sobre el fin de los tiempos del Evangelio de San Lucas (capítulo 21). Aquí se presentan en forma de síntesis las enseñanzas de Jesús con respecto al fin de los tiempos cuando el Reino de Dios alcance su plenitud. El tono del relato trae connotaciones del orden apocalíptico y las imágenes o escenas descritas invitan a una actitud de responsabilidad respecto a la fe y esperanza: “Verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, tengan ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación” (Lc 21,27-28). Pero tener en cuenta lo que dijo Jesús: “Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Les digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (Lc 18,7-8).

Es de fe que el Hijo del Hombre va a venir al final de los tiempos con toda su Gloria para realizar el Juicio Final: “Así como está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego le viene el juicio; así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, se aparecerá por segunda vez sin relación al pecado; sino respecto a los que esperan para su salvación” (Heb 9,27-28).

 Con respecto al Día y a la hora de dicho acontecimiento nadie lo sabe, solo Dios (Mt 24,36). Por lo tanto no es el momento para especular y calcular con respecto al “cuándo” sino que es el tiempo propicio para reflexionar en el “cómo” me preparo para el encuentro con el Señor.

El relato de hoy son muy similares a las que compartimos hace dos semanas, donde compartíamos el texto paralelo al de hoy en la versión de Marcos (13,24-32). En líneas generales lo que allí se planteaba nos sirve también para hoy. Por lo tanto es útil que volvamos a releer aquellas pistas que se nos brindaban… Pero el texto de Lucas, no pone en esta parte, ninguna reflexión en torno a que nadie sabe ni el día ni la hora en que va a venir el Hijo del Hombre como lo hacía Marcos 13,32.

Lucas agrega algunos elementos más que están presentes fundamentalmente al final del relato, en los versículos 21, 34 - 36. El Señor reflexiona directamente con respecto a la actitud que se ha de tener al estar esperando su venida. Y el cuestionamiento viene con respecto al uso del tiempo. Los que se quedan pensando en “banquetes” y “borracheras” pueden quedar atrapados como un animal en una trampa. Por eso hay que estar siempre alertas y orando sin cesar para poder estar con Jesús el Hijo del Hombre.

Dice Dios: “Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y viva. Conviértanse, de su mala conducta. ¿Por qué han de morir, casa de Israel?” (Ez 33,11). Dios como es amor (I Jn 4,8) se propone salvar al hombre que tropezón con el pecado: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3,16-18).

Jesús es la manifestación amorosa de Dios para con la humanidad. Así nos lo dice: “Nadie ha visto jamás a Dios; el que nos lo ha revelado es el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre” (Jn 1,18). “La Palabra de Dios se hizo hombre” (Jn 1,14). Pero hoy nos ha dicho: “Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación" (Lc 21,27-28). Esta manifestación está referida a su segunda venida.

¿Cómo hemos de esperar el día de la segunda manifestación del hijo? Nos lo dice: “Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre" (Lc 21,36). Es decir, este tiempo nuevo es tiempo de mayor oración y penitencia.

 El tiempo adviento es un tiempo de esperanza y a vivir motivados por esta esperanza. La esperanza es la más humilde de las virtudes, porque se esconde en la vida. La fe se ve, se siente, se sabe qué es. La caridad se hace, se sabe qué es. Pero ¿qué es la esperanza? ¿Qué es una actitud de esperanza? Para acercarnos un poco podemos decir en primer lugar que la esperanza es un riesgo, es una virtud arriesgada, es una virtud, como dice San Pablo, ‘de una ardiente expectación hacia la revelación del Hijo de Dios’. No es una ilusión”.  Tener esperanza, es “estar es tensión hacia la revelación, hacia el gozo que llenará nuestra boca de sonrisas. Los primeros cristianos, ha recordado el Papa, la “pintaban como un ancla: la esperanza es un ancla, un ancla fija en la orilla” del Más Allá. Y nuestra vida es exactamente un caminar hacia esta ancla.

El adviento despierta el deseo de contemplar a Dios que sale al encuentro del hombre en su Hijo. Así, expresa este deseo el salmista: “Como la cierva sedienta busca corrientes de agua viva, así mi alma, te busca Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿Cuándo iré a contemplar el rostro de Dios?” (Slm 42,2-3). Unos griegos le dijeron a Felipe: "Señor, queremos ver a Jesús"(Jn 12,21). Felipe dice a Jesús: muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le dijo: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mi” (Jn 14,8)

El adviento te invita a entrar en el aposento de tu alma: Quita todo de tu alma, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: "Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro". Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte. Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu búsqueda a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré, hallándote te amaré y amándote estaré en ti y tu en mi (I Jn 4,12).