lunes, 25 de diciembre de 2017

SAGRADA FAMILIA - B (31 de diciembre del 2017)

SAGRADA FAMILIA - B (31 de diciembre del 2017)

Proclamamos el Evangelio según San Lucas 2,22 – 40:

2:22 Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,
2:23 como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor.
2:24 También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, Levítico 12, 6 como ordena la Ley del Señor.
2:25 Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él
2:26 y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.
2:27 Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,
2:28 Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
2:29 "Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido,
2:30 porque mis ojos han visto a tu salvador
2:31 que preparaste delante de todos los pueblos:
2:32 luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel".
2:33 Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.
2:34 Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: "Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,
2:35 y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos".
2:36 Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.
2:37 Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.
2:38 Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
2:39 Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, Mateo 2, 23 en Galilea.
2:40 El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor paz y bien.

El hombre siempre tiene que recordar tres cosas respecto a Dios: 1) Que Él es nuestro Creador (Gen 1,26). 2). Dios nos ha sacado de Egipto de la esclavitud, para ser nuestro Dios. Nos manda que seamos santos porque Él es santo” (Lv 11,15). 3)  Dios se desposará para siempre con la humanidad en el amor, justicia, derecho, fidelidad, misericordia” (Os 2,21).

Porque Dios es amor (I Jn 4,8) y nos ama a todos. Por eso en su enseñanza Jesús respecto al matrimonio nos dice: “Ya no son dos, sino una sola carne, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre” (Mt 19,6). “Felices los que han sido invitados al banquete de bodas del Cordero" (Ap 19,9) Luego se nos dice: “Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén (Iglesia celestial), que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: "Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios” (Ap 21,2-3).

Ya en el Antiguo Testamento: Dios mando a Moisés, diciendo: "Conságrame todo primogénito, porque todo lo que abre el seno materno entre los israelitas, tanto de hombres o animales, míos son todos” (Ex 13,2). Y toda mujer que dé a luz sea niño o niña, se purificará ofreciendo a Dios una res menor o dos tórtolas o dos pichones” (Lv 12,6-8).

Hoy el evangelio (Lc 2, 22-40) nos ilustra el misterio de la sagrada familia y que tiene diferentes escenas: La presentación del Niño Jesús en el templo (Lc 2,22-24); el cántico de Simeón (Lc 2,25-32); la profecía de Simeón (Lc 2,33-35); la profecía de Ana (Lc 2,36-38); la infancia de Jesús en el cuidado de María y José (L2,39-40). Como vemos, en el centro del relato está la sagrada familia y por la sencilla razón: el Ángel anunció a los pastores: “Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2,11-12). Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: "Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado" (Lc 2,15). Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre” (Lc 2,16).

Fue querer de Dios Padre, (I Divina Persona) quien en su libertad quiso que su Hijo, Jesús (II Divina Persona) viniera a este mundo para “que el mundo se salve por él” (Jn 3,17) y quiso que viniera de una familia: San José y la Virgen María (Lc 2,16).

La familia en el plan de Dios: Simeón antes de morir tiene que ver al Mesías del Señor” (Lc 2,26). Luego de ver al Mesías dice “mis ojos han visto a tu salvador” (Lc 2,30). Este misterio de la salvación (Misión del Hijo) es la nueva alianza, del que el Profeta ya decía: “Esta es la Alianza que estableceré con el pueblo de Israel, después de aquellos días —oráculo del Señor—: pondré mi Ley en su mente, y la escribiré en su corazón; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo” (Jer 31,33). Es decir Dios se desposa con la humanidad. Ya no somos dos, sino uno solo: Dios y el hombre, El novio (Hijo) y la novia, (la Iglesia), y porque Dios está con nosotros, el Enmanuel (Mt 1,23).

Respecto a la familia, el catecismo de la Iglesia nos dice que es la comunidad conyugal que está establecida sobre el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de una familia relaciones personales y responsabilidades primordiales. Un hombre y una mujer unidos en matrimonio forman con sus hijos una familia. Esta disposición es anterior a todo reconocimiento por la autoridad pública; se impone a ella. Se la considerará como la referencia normal en función de la cual deben ser apreciadas las diversas formas de parentesco (NCI 2202).

Al crear al hombre y a la mujer (Gen 1,26), Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental. Sus miembros son personas iguales en dignidad. Para el bien común de sus miembros y de la sociedad, la familia implica una diversidad de responsabilidades, de derechos y de deberes. La familia no es sino el efecto de una causal, la cual es el matrimonio. Y Jesús instituyó el matrimonio cuando dijo: “Ya no son dos sino una sola carme. Por eso lo que Dios ha unido que no solo separe el hombre” (Mt 19,6).

La familia, hoy por hoy es signo de muchos gozos y “tropiezo” por sus problemas y dificultades. La misma sagrada familia no está exenta de dificultades. El Evangelio nos presenta hoy a la familia de Jesús en el templo de Jerusalén cumpliendo con el ritual de la ley, sometida a la ley (Lc 2,22-24). Además nos relata este encuentro tan simple y tan maravilloso de María y José con el viejo Simeón, quien tiene la dicha de ser el único de quien se dice que “tomó en sus brazos” al Niño Jesús (Lc 2, 28). Para él fue como poder ver la aurora o el amanecer de las promesas de Dios cumplidas y realizadas. Pero también Simeón se convierte en el profeta que anuncia desde el primer momento que el futuro del niño y de la madre no será nada fácil: Jesús será puesto para caída elevación de muchos en Israel, pero también como signo de contradicción (Lc 2,34), que el alma de su madre será atravesada por una espada (Lc 2,35). En el fondo el anuncio de la Pasión del Hijo y la Pasión de la madre (Jn 19,26).

La familia no es una instancia exenta de la vida social y cultural. Por eso no pretendamos que hoy que nuestras familias vivan al margen de la cultura del momento, que vivan al margen de las realidades sociales y económicas. Maridos sin trabajo, esposas sin trabajo, hijos sin trabajo. Familias que tienen que vivir en casas muy poco dignas de las personas que las habitan. Es ahí donde las familias necesitan contar con otra fuerza que las haga más fuertes y más estables. Necesitan de la gracia del sacramento. Necesitan de la gracia de la oración. Necesitan de la Palabra de Dios. No porque todo esto les solucione los problemas, pero sí les ayudará a ser más que sus problemas. No les dará trabajo porque Dios no tiene agencias de empleos, pero sí tendrán fuerza para seguir luchando y buscando. Pero, muchas familias se han apartado de Dios y una familia sin fe es una familia en ruinas o recordemos lo que dijo el Señor: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer” (Jn 15,5).

La Sagrada Familia se hizo fuerte por la fe de María y José y la presencia del Niño Jesús. En ningún momento vemos la desesperación de Jesús, sino siempre obediente a las palabras del Ángel que le iba marcando el camino. La Sagrada Familia fue grande por la experiencia de la fe en la Palabra de Dios, pero siguió siendo una familia normal y con los problemas, a veces mayores, como el resto de familias. ¿Qué haríamos nosotros si la madre tiene que dar a luz nada menos que al Hijo de Dios en un pesebre? Nació en una familia sin casa, mejor dicho, en un corral en compañía de los animales (Lc 2,6).  ¿Ninguno de nosotros nació en un corral verdad? ¿Qué haríamos si se nos dice que alguien quiere matar a nuestro hijo recién nacido? San José está en este apuro ahora: “El Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo" (Mt 2,13) ¿Tendría siempre trabajo José en su carpintería? No la mistifiquemos para que nuestras familias encuentren un modelo de familia. Hemos de convencernos de algo, los problemas de la familia no se solucionan abriendo el camino fácil del divorcio, los problemas de la familia se solucionan ayudando a la familia a ser cada día más fuerte en sí misma.

Como en toda familia, en la sagrada familia hay problemas pero también hay mucha ternura de los padres hacia el niño Jesús y como hoy se menciona en el evangelio al abuelo: “Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel" (Lc 2,28-32). El símbolo de los viejos abuelos con sus nietos, es el encuentro entre el ayer y el presente en un mismo abrazo. ¿Hay algo más bello que ver cómo los viejos reciben con gozo en sus brazos a lo nuevo? Aquí los viejos se sienten felices de ver retoñar lo nuevo.

Si quieres tener una familia feliz, una familia como primera escuela de valores entonces cumple con los deberes familiares como san Pablo dice: “Mujeres, sean dóciles a su marido, como corresponde a los discípulos del Señor. Maridos, amen a su mujer, y no le amarguen la vida. Hijos, obedezcan siempre a sus padres, porque esto es agradable al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, para que ellos no se desanimen” (Col 3,18-21).

1.- El amor y el respeto a los padres (Mc 10,19): En esta fiesta de la Sagrada Familia, la Iglesia nos invita a contemplar la vida doméstica de Jesús, María y José. Dios hecho hombre quiso nacer, vivir y ser educado en una familia. La familia es el primer ámbito educativo y de integración en la sociedad. El “Enmanuel, Dios con nosotros” (Is 7,14) quiso también vivir la experiencia de la vida familiar. La primera lectura, del Eclesiástico, es un bello comentario al cuarto mandamiento: «honrarás a tu padre y a tu madre». Dios bendice al que honra a sus padres, y escucha sus oraciones. El libro del Eclesiástico nos dice cómo Dios bendice al que honra y respeta a su padre y a su madre. Sin este respeto no es posible la educación. Con la autoridad que Dios les ha confiado, los padres deben asumir su grave responsabilidad educativa. A veces deberán contradecir los caprichos de sus hijos para que aprendan el sacrificio, la renuncia, el dominio propio, el respeto. Sin valores como estos, la convivencia familiar y social se deteriora gravemente. En cambio, como dice el Salmo, quien teme al Señor será bendecido con la prosperidad.

2.- Las virtudes domésticas (Col 3,14): San Pablo habla de las virtudes domésticas y de la unión en el amor que deben caracterizar la vida de la familia cristiana: misericordia, bondad, humildad, dulzura, comprensión. El amor mutuo es el que debe presidir todas las relaciones familiares. Nos habla también de la oración de la familia, invitándonos a cantar a Dios, darle gracias de corazón con salmos y cantos. San Pablo retoma el tema del cuarto mandamiento, «honrarás a tu padre y a tu madre», como fundamento de las relaciones familiares: “Maridos, amad a vuestras mujeres… Hijos, obedeced a vuestros padres en todo»( Col 3,18-19). De este amor y respeto mutuo brotan las bellas relaciones que san Pablo enumera: la humildad, la comprensión, la dulzura, el perdón.

3.- Anticipo de la misión de Jesús. (Lc 2,34): En el Evangelio se narra la Presentación del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén. El interés del relato no está ni en el rescate del Hijo Primogénito ni en el rito de purificación de María, sino en la Plegaria-Himno y en las Palabras Proféticas del Anciano Simeón y también las palabras elogiosas de la Profetisa Ana. El anciano Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, reconoce en el Niño Jesús al "Mesías del Señor", al "Salvador", "Gloria de Israel" y "Luz, para iluminar a todas las naciones" (Lc 2,28-32). Al narrar los episodios en tomo a la Infancia de Jesús a San Lucas le interesa sobre todo anticiparnos lo que iremos comprobando a lo largo del relato evangélico: lo que el Señor hará, y le pasará, en su Ministerio Mesiánico. Las palabras proféticas de Simeón sobre el Niño Jesús recuerdan aquellas otras del Señor: "No he venido a traer paz, sino división" (Lc 12,51-53). La actividad mesiánica de Jesús, marcada por el signo de la Cruz, afectará a María su madre: "A ti una espada te traspasará el alma" (Lc 2,35).


4.- Es difícil, más que nunca la educación de los hijos, pero hay que predicar con el ejemplo (Mt 7,16). Es una tarea hermosa, pero de una gran responsabilidad. Ante todo, los padres son los primeros educadores de sus hijos y deben ir con el ejemplo por delante. Es muy importante transmitir valores positivos. Esto lo que nos dice esta reflexión: Los niños aprenden lo que viven. Si los niños viven con crítica, aprenden a condenar. Si los niños viven con hostilidad, aprenden a pelear. Si los niños viven con miedo, aprenden a ser aprensivos. Pero, si los niños viven en un hogar lleno de ternura, amor, estímulo, aprenden a ser amoroso, tiernos llenos de confianza. Y más aún, si los niños tienen padres que viven en honestidad, sinceridad, respeto, transparencia, justicia entonces los niños aprenden serán sinceros, transparentes y justos.

sábado, 23 de diciembre de 2017

IV DOMINGO DE ADVIENTO – B (24 DE DICIEMBRE DE 2018)

IV DOMINGO DE ADVIENTO – B (24 DE DICIEMBRE DE 2018)

Proclamación del Santo evangelio según San Lucas 1,26-38

1:26 En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
1:27 a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
1:28 El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo".
1:29 Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
1:30 Pero el Ángel le dijo: "No temas, María, porque Dios te ha favorecido.
1:31 Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;
1:32 él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre,
1:33 reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin".
1:34 María dijo al Ángel: "¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?"
1:35 El Ángel le respondió: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.
1:36 También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes,
1:37 porque no hay nada imposible para Dios".
1:38 María dijo entonces: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho". Y el Ángel se alejó. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

"¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo".(Lc 1,28). “Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,31). "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el Santo que nacerá de ti será llamara Hijo de Dios” (Lc 1,35). Estas citas resumen el evangelio de hoy, y es conveniente contextualizar en la historia de la salvación.

Partimos de dos premisas. 1) Dios se dice: “Yo salvare a mi pueblo de sus enemigos. Haré que vuelvan a Jerusalén. Ellos serán mi Pueblo, y yo seré para ellos su Dios, fiel y salvador” (Zac 8,7). 2) “Dios es amor” (I Jn 4,8).

Como Dios es amor, se propone en salvar a su pueblo y ¿Salvar de qué?
Una vez que Dios creo al hombre (Gen 1,26). Dios le dio este mandamiento: “Puedes comer de cualquier árbol del jardín, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás sin remedio" (Gen 2,16). En efecto, “Dios creo al hombre en el principio y lo dejó librado a su propio albedrío” (Eclo 15,14). El hombre tiene en sus manos la decisión de optar: Por la vida o por la muerte, lo que escoja se le dará lo que dará” (Eclo 15,17). Para discernir entre el bien el mal Dios mismo da el saber: “El Señor da la sabiduría, de su boca proceden saber e inteligencia” (Prov 2,6). Quien opte por la vida, está llamado a ser santo: “Santifíquense y sean santos; cumpliendo mis mandamientos y poniéndolos en práctica porque yo soy, vuestro Dios el que los santifico” (Lv 20,7).

El proyecto de vida que Dios propone al hombre se truncó ¿Por qué?: Instigada por la serpiente: “La mujer vio que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió” (Gen 3,6). Es decir opto por la muerte: “Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron” (Rm 5,12).

Dios que es amor (IJn 4,8) se propone y dice por el profeta: "Juro por mi vida, que yo no deseo la muerte del pecador, sino que se convierta de su mala conducta y viva” (Ez 33,11). Para ello se propone y dice: “Yo salvare a mi pueblo de sus enemigos. Los haré volver y habitarán en medio de Jerusalén. Ellos serán mi Pueblo, y yo seré su Dios, fidelidad y salvador” (Zac 8,7). Esto se resume en un nuevo pacto de alianza: “Estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño —oráculo del Señor—. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días —oráculo del Señor—: pondré mi Ley en su mente, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo” (Jer 31,31-33). Es el pacto de amor, se reafirma lo que ya hemos dicho: “Dios e amor”(IJn 4,8).

El despliegue de esta nueva alianza  se inicia así: El Ángel anunció a María y dijo: "Alégrate, llena de Gracia el Señor está contigo" (Lc 1,28). Ella turbada por dicho saludo, recibe el anuncio de que ha sido elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo Unigénito. Y a pesar de estar ya comprometida con San José, dando muestra de una fe, humildad, valentía y abandono en las manos de Dios, pronuncia las palabras más importantes en la historia de la humanidad: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Permitiendo en ese instante el prodigio de la Encarnación (Jn 1,14).

Dios se hace hombre en el seno purísimo de María, en las entrañas de una mujer de nuestra raza, Dios se humanizo, Dios se hizo lo que nosotros somos, para ser lo que Él es. Comparte desde entonces nuestra humanidad. Porque María supo decir Si a la voluntad de Dios, dio comienzo el embarazo más glorioso de la historia y la Redención de la humanidad se hizo posible. En el saludo del Arcángel a la Virgen María, descubrimos nada menos que su inmaculada Concepción. En efecto al llamarla "LLENA DE GRACIA" (Lc 1,28), el Ángel declara que la Virgen María está llena de favores de Dios, ha gozado de la plenitud del Espíritu Santo, lo que excluye automáticamente el pecado original, ya que si en algún momento María hubiera estado en pecado, aunque no hubiera sido más que por un instante, ya no sería la llena de Gracia. Es por este texto principalmente, que la Iglesia declaró el Dogma de la inmaculada concepción, que siempre habíamos creído, en 1854 y que Ella misma ratificó en Lourdes, Francia, en 1858, al definirse ante Santa Bernardita como "Yo soy la inmaculada Concepción".

Las Bodas de Caná (Jn 2,3): Los Evangelios nos relatan cómo en el pueblecito de Caná de Galilea, la Virgen Santísima asistió invitada a una boda, y también llegaron Jesús y sus discípulos. María es la mujer atenta, servicial, la gran ama de casa que se da cuenta de que el vino de la fiesta se ha terminado. "Hijo, no tienen vino" (Jn.2,3) ¿Por qué la Virgen acudió a su Hijo?, ¿Qué esperaba que él hiciera?, ¿Por qué confió tanto en él? No lo sabemos, pero el hecho es que su intercesión provocó el primer milagro de Jesucristo "y sus discípulos creyeron en él". En este pasaje se revela que el poder es de él, la intercesión de Ella. Con la confianza de ser escuchada por su Hijo, dice a los criados: "Haced lo que él os diga", así pués, cuando acudamos a la Virgen Santísima en alguna necesidad, estemos dispuestos a cumplir en todo la voluntad de Dios.

María Al pie de la Cruz (Jn 19,26). Durante la vida pública del Señor, la Virgen María permanece prudentemente en la sombra, confundida entre la muchedumbre, relativamente cerca de su Hijo, meditando sus palabras en su corazón, como la primera discípula de Cristo.

Desde la presentación en el Templo, cuando Jesús tenía 40 días de nacido, María había recibido del anciano Simeón una premonición angustiante: "Mira, este niño está destinado a ser la caída y el resurgimiento de muchos en Israel como signo de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma" (Lc.2,34-35)

Más tarde, el relato del testigo presencial de lo que sucedió en el Calvario, San Juan, es sumamente conmovedor. María, la que pasaba desapercibida en los triunfos de Jesús, aparece en un primer plano en el momento del dolor. "Junto a la Cruz de Jesús, estaban su Madre, María mujer de Cleofás, y María Magdalena" (Jn.19,25).

Es la Virgen Dolorosa con siete puñales clavados en su Corazón Inmaculado. Y a continuación San Juan nos relata lo que pasó: "Jesús viendo a su Madre y junto a Ella al discípulo que amaba, dice a su Madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo; luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa". (Jn. 1 9,26-27)

Escena llena de misterio; ciertamente Jesús se preocupa por el futuro de su Madre. Habiendo ya muerto San José (no aparece ni una sola vez en la vida pública de Jesucristo) y no teniendo el Señor hermanos carnales, quedaba María desamparada. San Juan es el único de los apóstoles presente en la muerte de Cristo, es el Apóstol virginal que recibe en herencia nada menos que a la Madre de Dios; Jesús en San Juan nos la hereda por Madre a la Madre del Salvador, a la Siempre Virgen María: “Mujer ahí a tu hijo, hijo ahí a tu madre”.

Naturalmente, dentro de la Liturgia y tradición de la Iglesia, aparece paulatinamente, la memoria de la Santísima Virgen en festividades que conmemoran los principales acontecimientos y verdades que sobre Ella se han aceptado siempre, algunas de las cuales ha sido necesario declarar dogmas de fe, a saber:

Que es la Madre de Dios. (1º de enero) Dogma declarado por el Concilio de Efeso en el año 431 e incorporado a las oraciones oficiales de la Iglesia. Y la virginidad: “María dijo al Ángel ¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre? El Ángel le respondió: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios" (Lc 1,34-35).

La inmaculada Concepción. (8 de diciembre) Es el Dogma declarado por el Papa Pío IX en 1854, acerca de que la Santísima Virgen María fué concebida sin pecado original.

La Asunción de la Virgen María a los Cielos. (15 de agosto) Dogma declarado por el Papa Pío XII en 1950, acerca de que la Santísima Virgen fué llevada al Cielo en cuerpo y alma.


La Anunciación, la Navidad, la Presentación y la Asunción. Además de estas solemnes festividades, hay otras muchas a lo largo del Año Litúrgico, en las que celebramos, no solamente aquellos hechos que surgen de la palabra de Dios, sino también los emanados de otras fuentes como son las principales apariciones de la Santísima Virgen María, reconocidas por la Iglesia, a saber: Tepeyac (1531), Lourdes (1858), Fátima (1917) y otras devociones populares.

sábado, 16 de diciembre de 2017

DOMINGO III DE ADVIENTO - B (17 de diciembre del 2017)

           III DOMINGO DE ADVIENTO - B (17 de diciembre del 2017)

Proclamamos el Evangelio de Jesucristo según San  Juan 1,6-8. 19-28:

1:6 Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
1:7 Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
1:8 Él no era la luz, sino el testigo de la luz.
1:19 Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: "¿Quién eres tú?"
1:20 Él confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: "Yo no soy el Mesías".
1:21 "¿Quién eres, entonces?", le preguntaron: "¿Eres Elías?" Juan dijo: "No". "¿Eres el Profeta?" "Tampoco", respondió.
1:22 Ellos insistieron: "¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?"
1:23 Y él les dijo: "Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor,  como dijo el profeta Isaías".
1:24 Algunos de los enviados eran fariseos,
1:25 y volvieron a preguntarle: "¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?"
1:26 Juan respondió: "Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen:
1:27 él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia".
1:28 Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba. PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna? (Mc 10,17). Siendo testigo de la luz (Jn 1,8).

Estamos ya celebrando el III domingo del tiempo de adviento. En el I domingo se nos ha dicho: “Estén despiertos y vigilantes porque Uds. no saben cuándo será el día y la hora en que llegue el dueño de casa” (Mc 13,33). En el II domingo: “Yo soy la voz que clama en el desierto, preparen el camino del Señor” (Is 40,3; Mc 1,3). Hoy, Juan Bautista dice: “Yo no soy la luz, sino testigo de la luz” (Jn 1,8). Nosotros también estamos llamados a esta sagrada misión: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Mt 28, 11-20).

“Yo soy testigo de la luz” (Jn 1,8). Esta  afirmación contundente se complementa con esta cita: Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo” (Jn 1,29). Además agrega Juan y dice: “Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre el que veas descender el Espíritu, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios" (Jn 1,33-34). Luego Jesús mismo nos dice: “Yo soy la luz del mundo quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). No es lo mismo caminar en tiniebla que en la luz, como no es lo mismo estar en día que de noche.

“El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él" (Jn 11,9-10). Hay distinción clara entre el que está en la luz y en tinieblas. ¿Quién es el que está en la luz y en tinieblas? El que ha nacido en el espíritu: "El que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu” (Jn 3,5-6). San Pablo dice: “Los que han sido bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo” (Gal 3,27). “Despójense del hombre viejo, y renuévense en la mente y espíritu para revestirse del hombre nuevo encaminados a ser santos” (Ef 4,22-24). Así pues, el que se ha convertido al evangelio (Mc 1,15) es hombre nuevo. San Pablo exclama de gozo al comprender este gran misterio: “Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2,20). Quien se convierte al evangelio, es sin duda el hombre testigo de la luz (Jn 1,8).

Juan Baustista exhorta tajantemente al advertir que algunos quieren bautizarse sin dejar las tinieblas: “Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan frutos de una sincera conversión, y no se contenten con decir: Tenemos por padre a Abraham. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. (Mt 3,7-10; Mt 7, 19). Ser bautizados nos purifica de todos los pecados, pero ejerciendo el don del bautismo en nuestra vida es como nos santificamos (Lv 11,45). Si estamos bautizados, pero no ejercemos el don de nuestra fe, seguimos siendo hombre de tinieblas no por la ineficacia del sacramento del bautismo sino por no dejarnos transformar por la fuerza del espíritu. En este sentido, Jesús mismo hace referencia al hombre que finge ser bautizado, el hombre envuelto en tinieblas (fariseos) y dice: “Son ciegos que guían a otros ciegos. Pero si un ciego guía a otro, los dos ciegos caerán en un pozo" (Mt 15,14).

El hombre convertido al evangelio (Mc 1,15) está comprometido con esta consigna: “Enseñen el evangelio a toda la creación, quien crea y se bautice se salvara y quien se resiste en creer será condenado” (Mc 16,15). ¿Cómo enseñar el evangelio? Siendo testimonio de la luz: “Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en la cima de una montaña y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así alumbre ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y por ella glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 15,14-16). En suma, Jesús nos recomienda ser testigo de la luz (Jn 1,8) para asegurar nuestra salvación (Mc 16,15).  

La Iglesia se conforma por cada uno de los bautizados (Gal 3,27). Y todos los bautizados seguimos al Señor quien con mucha razón nos dice: “Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá luz y vida” (Jn 8,12). Pero los que no conocen a Dios son los hijos de las tinieblas (Ef 5,5). Felizmente vivimos unos momentos en los que la Iglesia tiene mejores testigos de la luz. ¿Quién negará, por ejemplo que el Papa Francisco no está siendo el gran testigo de la luz para el mundo? ¿Qué decir de los santos que brillaron y brillan por siempre por su santidad? (Mt 22,12): San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, Santa Clara; santa Rosa de Lima, San Martin de Porres, San Francisco Solano etc.

Dijo Jesús: “Yo soy la luz del mundo” (Mt 8,12). Y Juan lo reconoce: la luz es Él, yo soy simple testigo de la luz (Jn 1,7). Esa es también la misión de cada cristiano. No es él la luz, pero él vive iluminado por la luz de Jesús y del Evangelio y nos convertimos también nosotros en “testigos de la luz” (Jn 1,8): Somos testigos de la luz, cuando vivimos iluminados por Jesús, cuando vivimos en la verdad del Evangelio, cuando vemos a los demás como hermanos, cuando defendemos la dignidad de los hermanos, cuando amamos a los demás como a nosotros mismos y como Dios los ama (Mt 22,36). Somos testigos de la luz, cuando somos sensibles a las necesidades de los demás, cuando los demás pueden reconocer a Dios en nuestras vidas, cuando los demás se sienten iluminados en su camino. Seamos la lámpara en la que arde la mecha del Evangelio y de Jesús (Mt 5,14). Seamos testigos de la luz dejando que nuestra vida sea una Navidad. Un principio de esperanza para sí y los demás.

El Evangelio de hoy nos plantea una pregunta directa y personal a la que, de ordinario, no queremos responder. “¿Quién eres tú?” “¿Qué dices de ti mismo?”(Jn 1,19). Todos sabemos muy bien quiénes son los demás, todos sabemos muchas cosas de los otros, lo difícil es cuando alguien nos pregunta: ¿Y tú quién eres? ¿Qué dices de ti mismo? Es una pregunta que muy pocos son capaces de hacerse porque es preguntarse por su propia identidad, por su propio ser y ¿Quién se conoce realmente a sí mismo?

Respecto a la identidad, Hay Varios pasajes o citas en las que se hace referencia al tema, así tenemos por ejemplo: Los judíos lo rodearon a Jesús y le preguntaron: "¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente. Jesús les respondió: Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen” (Jn 10,24-27). Los discípulos de Juan el Bautista preguntaron a Jesús ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió: Digan a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!” (Lc 7,20-23). Pero la inquietud más importante de la identidad es:

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es? Ellos le respondieron: Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas. Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy? Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Y Jesús le dijo: Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella” (Mt 16,13-18;  Mc 8, 29; Lc 9, 20; Jn 6, 68-69). Y la afirmación contundente de la nueva identidad lo trae san Pablo al afirmar: “En virtud de la Ley, he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. La vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,19-20).

Así pues, nosotros mismos, cuando un día tengamos que presentarnos en el cielo, nos pedirá nuestra identidad, el Justo Juez que es Cristo Jesús (Hch 10,42): ¿Usted quién es? Si le decimos, mire yo soy el ingeniero... Él nos dirá: Yo no le he preguntado por el oficio, sino quién es. Yo ayudé a construir muchas Iglesia. Yo no le preguntado qué ha construido sino quién es usted. Soy un padre de familia. Por favor, Señor, yo no le he preguntado si tiene hijos, sino quién es. No se enfade, Señor, pero a decir verdad es lo único que sé de mí mismo.


Esto es lo que le pasó a Juan cuando los interlocutores le preguntaron: “¿Quién eres, que dices de ti mismo?” (Jn 1,19). Juan dijo: Yo no soy Elías, ni soy el profeta, yo no soy el Mesías. Pero, ¿quién demonios es usted? Yo soy el que bautiza y abre caminos al que está por venir porque en medio de vosotros hay uno a quien no conocen y al que no soy digno de desatarle la corre de sus sandalias (Jn 1,25-27). Yo no soy yo, sino que soy en relación al otro. ¿Quién soy yo? La respuesta nos la da Pablo: “Ya no soy yo, sino Cristo que vive en mí.” (Gal 2,20) Eso es ser cristianos comprometidos con la misión de anunciar el evangelio (I Cor 9,16).

martes, 5 de diciembre de 2017

DOMINGO II DE ADVIENTO – B (10 de Diciembre del 2017)

        DOMINGO II DE ADVIENTO – B (10 de Diciembre del 2017)

Proclamación del Santo Evangelio según San Marcos 1,1-8:

1:1 Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.
1:2 Como está escrito en el libro del profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino.
1:3 Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos,
1:4 así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
1:5 Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
1:6 Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:
1:7 Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias.
1:8 Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo". PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien en el Señor.

“La Ley y los Profetas llegan hasta Juan. Desde entonces se proclama el Reino de Dios, y todos tienen que esforzarse para entrar en él” (Lc 16,16). Y para entrar o ser parte del Reino de Dios es indispensable el bautismo. Jesús dijo a Nicodemo: "Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. (Jn 3,5). Además, se nos dijo: "Que todos los pueblos sean mis discípulos bautizándolos en el nombre del padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).

El Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo, elementos constitutivos de la misión (trabajo evangelizador de la Iglesia)  y una misión efectiva suscita la salvación tal como Jesús mismo nos indica al decir: "Id por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará y quien se resiste en creer será condenado" (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Rm 4, 25), a fin de que "vivamos también una vida nueva" (Rm 6, 4). En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la pecado original, sea de cualquier otra cometida u omitida por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas. 

La eficacia del Bautismo nos encamina a la santidad (Lv 11,45). Pero hay que tener en cuenta que no nos libra de las debilidades de nuestra naturaleza humana que tenemos que afrontar después del bautismo. Nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de incitarnos al mal" (NC Nº 977-978). Al respecto San Pablo dice: “No entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que no quiero” (Gal 5, 17). “Sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí” (Rm 7,18-19).

El Señor delego a la Iglesia en sus ministros consagrados la misión de administrar los sacramentos como el bautismo y la reconciliación al decir: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo". (Mt 16,18-19). Por medio del sacramento del bautismo la Penitencia, el bautizado configura con Jesús y se reconcilia con Dios y con la Iglesia

Hoy, segundo domingo de adviento: “Juan el Bautista se presentó en el desierto, proclamando el bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Mc 1,4). Luego recalca: “Detrás de mí viene el que es más poderoso que yo, ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo" (Mc 1,7-8). Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo” (Jn 1,29-30). “Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, él me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu  y que permanece sobre él, este es el que bautiza con el Espíritu Santo” (Jn 1:33). “Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios" (Jn 1,34).

Para comprensión mejor el evangelio de hoy, recordemos aquella cita donde Jesús nos dice: “Salí del Padre y viene al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre” (Jn 16,28). En la primera venida el Hijo de Dios viene como cualquiera de nosotros: De las entrañas de una mujer: (Lc 1,26-38). Este misterio de la encarnación del Hijo de Dios (Jn 1,14) celebraremos en la navidad y para ello nos preparamos en este tiempo de adviento, tiempo de espera. ¿Para qué vino el Hijo de Dios? Para invitarnos al reino de Dios, es la misión del Hijo, por eso al inicio de su vida pública nos dice: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios está cerca conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Pero, también más luego a la pregunta de los fariseos ¿Cuándo llegaría el Reino de Dios. Jesús respondió: El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: Está aquí o Está allí. Porque el Reino de Dios está entre ustedes" (Lc 17,20-21). Además Jesús agrega: “Si yo expulso a los demonios con el poder de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11,20). Jesús es el despliegue del Reino de Dios y entrar o estar en el reino de Dios es estar Con Dios: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que traducido significa: "Dios con nosotros" (Mt 1,23).

A diferencia del domingo anterior en el que hemos resaltado la actitud de espera a la segunda venida del Hijo en su estado glorioso (Mc 13,33.35.37), que será para premiarnos (Mt  16,27). Hoy resaltamos su primera venida en su naturaleza humana (Jn 1,14), que será para invitarnos al Reino de Dios, para eso tenemos que bautizarnos: “Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a Juan Bautista, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados” (Mc 1,5). Pero el bautismo tiene elementos como requisitos que cumplir, así por ejemplo se nos dice: Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: "Raza de víboras,  ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca?  Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: Tenemos por padre a Abraham. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham” (Mt 3,7-9).

El año pasado tuvimos como hilo conductor en nuestras reflexiones la cita: “Un hombre preguntó al Señor: ¿Qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?” (Mt 19,16). Este año también reiteramos esta inquietud: “Un hombre corrió hacia Jesús y, arrodillándose, le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?" (Mc 10,17). Como es de ver, el tema recurrente es la salvación. En el inicio del adviento y durante el año iremos preguntándonos ¿Qué he de hacer o hemos de hacer para obtener la vida eterna? El domingo anterior se nos ha dicho que: “Tengan cuidado y estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13,33). Hoy nos dice que para obtener nuestra salvación debemos entrar o ser parte del Reino de Dios. ¿Cómo se es parte del reino de Dios? Bautizándonos y para  el bautismo hace falta nuestra sincera conversión (Mt 3,7). Y este tiempo de adviento es tiempo propicio para renovar nuestro bautismo mediante el sacramento de la reconciliación.

Hay que tener en cuenta sobre aquella cita: “Las necias dijeron a las prudentes: ¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan? Pero estas les respondieron: No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: "Señor, señor, ábrenos, pero él respondió: Les aseguro que no las conozco. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora” (Mt 25,8-13). Debemos estar bautizados todos, eso es importante, pero luego debemos ejercer el don del bautismo en nuestra vida. Si no  somos creyentes comprometidos con nuestra fe en la Iglesia, seremos como las mujeres necias que tenemos lámparas pero las tenemos apagadas. Y si tenemos apagadas la luz de la fe, no podremos entrar en el banquete de boda del cordero (cielo). Pero, ¿no basta ser bautizados? El bautismo es importante, pero luego hay que practicar o ejercer la fe. Las mujeres necias tienen lámparas pero no tiene aceite y no alumbra.

"Quien se bautice se salvara" (Mc 16,15). El primer  efecto del bautismo es la destrucción del pecado y el hombre arrancado del pecado y acompañado de sus obras de caridad tiene a su favor la salvación. Se ve claramente ya en el A.T. y en numerosos textos bíblicos donde se afirma que los pecados son borrados, quitados, lavados, purificados: “Yo soy, yo mismo soy el que borro tus iniquidades... y no me acordaré de tus pecados” (Is 43,25); “Hagan, penitencia y conviértanse, para que sean borrados sus pecados (He 3,19). La justificación misma que no es sólo remisión de los pecados;  sino que la justificación arranca al hombre del pecado".

El segundo efecto del bautismo es la conversión "pone" algo en el alma. La Sagrada Escritura lo afirma diciendo que se trata de una renovación interior del hombre: “Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo. Arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios. Los salvaré de todas sus impurezas” (Ez 36,26-29).

En dos ocasiones emplea san Pablo la imagen del cambio de vestidura para referirse a la conversión (transformación) que actúa el Espíritu Santo en el hombre: “Han sido encaminados conforme a la verdad de Jesús a despojarse, en cuanto a su vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de su mente, y a revestirse del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4,20-24; Col 3,9-10).

El Apóstol toma de la escatología judía este tema del hombre viejo y el hombre nuevo para expresar la transformación que supone en el hombre la nueva vida en Cristo. El «hombre nuevo» es como el prototipo de una nueva humanidad recreada por Dios en Cristo (Ef 2,15). Constituye el centro de la nueva creación (2 Co 5,17; Ga 6,15) que Cristo ha obtenido restaurando con su sangre todas las cosas desordenadas por el pecado (Col 1,15-20). Si el hombre viejo representa a la humanidad creada a imagen de Dios pero condenada después por desobediencia a la esclavitud del pecado y de la muerte (Rm 5,12), el hombre nuevo es el hombre recreado en Cristo, que ha recuperado la imagen de su Creador (Col 3,10).

Tanto esta contraposición como la anterior describen dos órdenes existenciales e históricos: «El hombre viejo o deteriorado por el pecado es el que procede de Adán, creado por Dios del barro de la tierra, e inclinado al barro tras el pecado. El hombre nuevo es el recreado por la acción del Espíritu a imagen de Cristo. Un linaje viene por la carne y trae consigo las limitaciones de la carne; está realmente sometido a la concupiscencia, al dolor y a la muerte. El otro linaje viene por el Espíritu y trae consigo la Fuerza del Espíritu. El orden de la carne o puramente animal es realmente terreno y mortal; el del Espíritu lleva un principio real y eficaz de resurrección». Nos encontramos ante dos linajes o dos modos de vida: el de la carne y el del espíritu; el del hombre viejo y el hombre nuevo.

San Pablo dice: “Uds. aprendieron de Jesús que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo dejándose arrastrar por los deseos engañosos, para renovarse en lo más íntimo de su espíritu y revestirse del hombre nuevo, en la justicia y en la verdadera santidad” (Ef 4,22-24). El tema del hombre viejo y hombre nuevo proviene de la escatología judía; y  el del hombre exterior e interior es de origen griego. Esta segunda contraposición completa la primera haciendo referencia más concretamente a la pugna que existe dentro del mismo hombre que recibe al Espíritu. Ese combate entre el cuerpo pasible y mortal y la parte racional del hombre, es una ley de experiencia que el mismo Apóstol sufre (Rm 7,21-23).

Juan Bautista nos dice: “Detrás de mí viene el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo” (Mc 1,7-8). La actuación del Espíritu se inicia en el interior del hombre y transforma por completo el ser del hombre. El hombre interior se relaciona con lo íntimo del hombre transformado por el Espíritu Santo: es el hombre nuevo en Cristo; en contraste con él aparece el hombre exterior, lo que queda del hombre viejo caduco y mortal, con la concupiscencia inclinada hacia las cosas de este mundo. Mientras el hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se renueva día tras día (2 Co 4,16), anticipando la completa realización de la nueva humanidad en camino hacia la santidad.


Si ya estamos convertidos, San Pablo nos exhorta: “Déjense conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren” (Gal 5,16-17). Quien vive guiado por el espíritu no da lugar a la apetencia de la carne, y el que vive según la carne vive en: fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios” (Gal 5,19-21). Pero si vivimos guiados por e espíritu, entonces viviremos en: “Amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está de más, porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos” (Gal 5,22-24). Quienes vivimos en estos principios ya somos hombre nuevos y hemos entrado a ser parte del Reino de Dios porque llevando la vida de santidad somos como san Pablo bien nos dice: “Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2,20).

Para ser perseventes en la vida de santidad no olvidemos el consejo del Señor: “Estén despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está fuerte, pero la carne es débil" (Mt 26,41). El tiempo adviento es tiempo de renovar nuestro compromiso, tiempo de oración, penitencia y reconciliación. Es tiempo de reabastecernos de aceite y tener encendida las lámparas, tiempo nuevo o tiempo de conversión.

martes, 28 de noviembre de 2017

DOMINGO I DE ADVIENTO – B (03 de Diciembre del 2017)

DOMINGO I DE ADVIENTO – B (03 de Diciembre del 2017)

Proclamación del Santo Evangelio según San Marcos 13,28-37:

13:28 Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
13:29 Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.
13:30 Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.
13:31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
13:32 En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.
13:33 Tengan cuidado y estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el momento.
13:34 Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.
13:35 Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana.
13:36 No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.
13:37 Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén vigilantes!" PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien en el Señor.


"Estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana" (Mc 13,35). 

“Después de la tribulación, el sol se apagará, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se tambalearán. Y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes, con poder y gloria. Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales” (Mc 13,24-27). ¿A qué vendrá el Hijo del Hombre con gloria y poder?  “El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt 16,27). Pero antes someterá a la humanidad entera al juicio final.

¿Cómo será ese juicio final? El domingo anterior se nos dijo: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber…” (Mt 25,31-35).  Porque les aseguro que cada vez que lo hicieron con los pobres, mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt 25,40). A los de su izquierda: "Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber… Estos, a su vez, le preguntarán: " ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo…  no te hemos socorrido?" Él les responderá: "Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con los pobres, mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo". Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna" (Mt 25,41-46). ¿Cuándo será eso? De ese momento crucial que, está por venir, nos habla hoy el evangelio: (Mc 13,33-37): “Estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana” (Mc 13,35).

Con este primer domingo de adviento comenzamos el año nuevo litúrgico, ciclo B ya que el año que pasó el ciclo A hemos leído el Evangelio de San Mateo, el evangelio más amplio de todos (28 capítulos), en este año nuevo litúrgico (2018) que es el ciclo B, leeremos y reflexionaremos el evangelio de san Marcos (16 capítulos). El pasaje escogido para este primer domingo de Adviento es la conclusión del discurso final de Jesús, en el cual los discípulos son invitados a la perseverancia en la espera de la venida del Hijo: “Tengan cuidado y estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13,33). ¿Esperar vigilante el momento de qué?: Tres citas nos sitúan en la respuesta: “Salí del Padre, vine al mundo; dejo el mundo y vuelvo al Pare” (Jn 16,28).  “Cuando vaya y les preparado un lugar en la casa de mi Padre, volveré por Uds. y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes” (Jn 14,3). “El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt 16,27). ¿En qué consiste el pago? En estar con Dios. Y para estar con Dios hay que estar en vigilia, con las lámparas encendidas (Mt 25,10). Ejercer la fe poniendo en práctica las enseñanzas del Señor (Mt 7,24).

El año pasado tuvimos como hilo conductor de nuestras reflexiones esta cita: “Un hombre preguntó al Señor: "¿Qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?” (Mt 19,16). Este año también reiteramos esta inquietud: “Un hombre corrió hacia Jesús y, arrodillándose, le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?" (Mc 10,17). Como es de ver, el tema recurrente es la salvación. En el inicio del adviento y durante el año iremos preguntándonos ¿Qué he de hacer o hemos de hacer para obtener la vida eterna? Ahora se nos ha dicho que: “Tengan cuidado y estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13,33).

“Salí del Padre y viene al mundo” (Jn 16,28). Recordemos que, en la primera venida el Hijo Dios viene como cualquiera de nosotros: De las entrañas de una mujer: (Lc 1,26-38). Este misterio de la encarnación del Hijo de Dios (Jn 1,14) celebraremos en la navidad y para ello nos preparamos en este tiempo de adviento, tiempo de espera. 

¿Para qué vino el Hijo de Dios? Para invitarnos al reino de Dios, es la misión del Hijo, por eso al inicio de su vida pública nos dice: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios está cerca conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Pero, también más luego a la pregunta de los fariseos ¿Cuándo llegaría el Reino de Dios. Jesús respondió: El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: Está aquí o Está allí. Porque el Reino de Dios está entre ustedes" (Lc 17,20-21). Además Jesús agrega: “Si yo expulso a los demonios con el poder de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11,20). Jesús es el despliegue del Reino de Dios y entrar o estar en el reino de Dios es estar Con Dios: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que traducido significa: "Dios con nosotros" (Mt 1,23).

Después de la misión (“Ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre”: Jn 16,28). Jesús vuelve al Padre después de cumplir su misión (Jn 19,30), dando su vida en la Cruz (Lc 23,46). Resucita al tercer día (Lc 24,46). Se despide y dice: “No se pongan tristes. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes” (Jn 14,1-3). Nos dice: “Volveré por Uds.” Nos anuncia su segunda venida. Pero la segunda venida ya no será como en la primera venida. Al respecto dice el Señor:   “El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y pagará a cada uno de acuerdo con su trabajo” (Mt 16,27). ¿En qué consiste la paga? Estar con Dios para siempre:

“Mientras las mujeres necias fueron a buscar aceite, llegó el esposo a media noche: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: Señor, señor, ábrenos, pero él respondió: Les aseguro que no las conozco. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora” (Mt 25,10-13). Ahora nos reiteró: “Tengan cuidado y estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13,33). Como vemos; este domingo en el inicio del tiempo de adviento el evangelio nos sugiere preguntarnos ¿Cómo esperar la venida o llegada del Señor? A esta inquietud es lo que responde el evangelio de hoy Mc 13,33-37.

La “venida” del Señor que en griego significa “Parusía” y del que San pablo hace amplia referencia, así por ejemplo nos lo dice: “Que el Dios de la paz los santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser: espíritu, alma y cuerpo. Hasta la Parusía (Venida) de nuestro Señor Jesucristo” (I Tes 5,23). La Parusía se ve como el “retorno” del Señor. Esto se comprende bien en el pasaje de hoy, donde se habla del retorno de un dueño de casa que se ha ido de viaje después de haberle confiado a sus servidores diversos encargos (Mc 13,34). Pero hay una realidad más profunda detrás de este lenguaje simbólico. Se trata del hecho de vivir con confianza y perseverancia, apoyándose en la fidelidad de Dios, quien tiene el rostro de Jesús, el Hijo de Dios y Señor de la historia. Los cristianos no esperamos el “regreso” del Señor resucitado, sino que vivimos en la espera de su venida. Con este tema, damos el primer paso firme en nuestro itinerario del Adviento, tiempo de espera en vigilia.

El episodio Mc 13,33-37 nos ubica en la última gran lección de Jesús a sus discípulos. En el evangelio de Marcos, además de todas las enseñanzas que se encuentran dispersas por toda la obra, solamente hay dos grandes discursos de Jesús: el “discurso en parábolas” a la orilla del lago (Mc 4,3-32) y el llamado “discurso escatológico” en el monte de los Olivos (Mc 13,5-37). El pasaje de hoy, es la conclusión del último discurso. La palabra que resalta es: “¡estar vigilantes!”. Estamos, ante una enseñanza fundamental del discipulado y este es el hilo conductor del evangelio de Marcos: El discípulo que está en vela. En efecto, los discípulos deben estar vigilantes ante los peligros externos (los falsos profetas, la persecución Mt 10,19.22) y los peligros internos (perder de vista al Señor).

Al llegar a la última parte del discurso (Mc 13,28-37), Jesús cuenta dos parábolas: comienza con la parábola de la higuera (Mc 13,28-32) y termina con la parábola del patrón ausente (Mc 13,33-37). El tema de estas parábolas es la venida del Hijo del hombre. Las imágenes nos ponen ante situaciones de ausencia, pero ausencia eventual, en la expectativa del regreso: cuando se asoman las ramas tiernas de la higuera el verano todavía no ha llegado, pero se sabe que vendrá irremediablemente (Mc 13,28-32); cuando los empleados están encargados de la casa, el patrón todavía no está presente, pero a su tiempo él llegará para pedirles cuentas (Mc 13,33-37). Así se retoma la inquietud de los cuatro discípulos, Pedro, Santiago y Juan, quienes observando la belleza del Templo y ante la advertencia del Maestro de que éste llegaría a su fin, solicitaron: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál es la señal de que todas estas cosas están para cumplirse” (Mc 13,4). Jesús respondió: “De aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sólo el Padre” (Mc 13,32).

Con esta idea comienza el pasaje que vamos a considerar: no se sabe el tiempo de la “venida”. A los discípulos se les dice: “porque ignoran cuándo será el momento… porque no saben cuándo viene el dueño de la casa” (Mc 13,33.35). A la luz de esta realidad se fijan las posturas  para el discipulado: ¿cuál debe ser su actitud en el tiempo de la espera?

“Estén atentos y vigilantes, porque no saben cuándo será el momento” (Mc 13,33). Todo el discurso está atravesado por este tipo de llamadas de atención. Esta es la cuarta y última vez que Jesús lo dice: “Miren que nadie les engañe” (Mc 13,5); “Mírense Uds mismos” (Mc 13,9); “Miren que los he advertido” (Mc 13,23); “Estén atentos…” (Mc 13,33). Y la manera concreta de ejercitar la atención en medio de las convulsiones de la historia y de la expectativa de la venida del Hijo del hombre es la vigilancia: “¡Vigilen!”.  Los discípulos deben percibir con mirada lúcida y aguda la venida del Señor en este tiempo en que no saben “cuándo será el momento”. ¿Qué es lo que Jesús pide en el mandato “velen”?

Hasta que el Hijo del hombre no regrese triunfante al final de los tiempos para reunir a los elegidos, los discípulos no pueden bajar la guardia, deben estar siempre sobrios y vigilantes. En el contexto del pasaje, “velar” significa reconocer continuamente que uno es siervo y que tiene una responsabilidad con el patrón, que la vida de uno debe estar concentrada en función del encargo recibido y que hay que conducir un estilo de vida acorde con este comportamiento.

El Adviento es una gran vigilia en el que aprendemos a afrontar “la noche”: Los cristianos al esperar la venida de Jesús, el Señor resucitado, vivían con mayor intensidad esta espera, siempre estaban en tiempo de Adviento. Pero la vigilia tiene un gran valor espiritual. La “vigilia” no es un paliativo para olvidarse de los miedos o las preocupaciones de cada día. Todo lo contrario, la noche representa el tiempo de la crisis que provoca la soledad, que reaviva los temores y las angustias. La vigilia tiene aspectos y significados diversos: hay quien vela porque no consigue encontrar el equilibrio y la serenidad del sueño; también hay quien vela porque tiene una tarea urgente para el día siguiente y no cuenta con más tiempo; hay quien vela porque está en una fiesta hasta el amanecer. Hay padres de familia que velan esperando al cónyuge o al hijo fuera de casa; hay personas que velan esperando la muerte de un agonizante; hay quien vela porque está enfermo; hay quien vela trabajando por los demás.

El Señor nos aconseja: “Estén despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está fuerte, pero la carne es débil" (Mt 26,41). San Pablos nos lo dice así: “Ustedes, hermanos, no viven en las tinieblas para que ese Día los sorprenda como un ladrón: Todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día. Nosotros no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas. No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos despiertos y seamos sobrios. Los que duermen lo hacen de noche, y también los que se emborrachan. Nosotros, por el contrario, seamos sobrios, ya que pertenecemos al día: revistámonos con la coraza de la fe y del amor, y cubrámonos con el casco de la esperanza de la salvación” (I Tes 5,4-8).


La vigilancia se hace más intensa durante la noche, que es precisamente cuando se hacen más oscuros los significados y valores de la vida. Esperar la venida del Señor en vela o vigilante no significa estar con manos cruzadas y menos durmiendo sino muy activamente. San pablo nos reitera así: “Proclama la Palabra de Dios, insiste a tiempo y destiempo, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar. Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas. Tú, en cambio, vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio” (II Tm 4,2-5).