domingo, 26 de febrero de 2023

II DOMINGO DE CUARESMA - A (05 de marzo del 2023)

 II DOMINGO DE CUARESMA - A (05 de marzo del 2023)

Proclamación del Evangelio San Mateo 17,1-9:

17:1 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.

17:2 Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

17:3 De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

17:4 Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".

17:5 Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".

17:6 Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.

17:7 Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo".

17:8 Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.

17:9 Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN

Estimados amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

“Cristo Jesús  es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles” (Col 1,15.16). Luego: “La palabra de Dios se hizo carne y habito entre nosotros (Jn 1,14). “Nada es imposible para Dios” (Lc 1,37). Si Dios se deja ver en su hijo. También ahora Dios se deja ver en su Hijo en estado glorioso (Transfigurado).

Jesús exclamo: “¡Padre, glorifica tu Nombre! Entonces se oyó una voz del cielo: Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar" (Jn 12,28). La glorificación de Dios es la manifestación de Dios en el Hijo. Por eso dijo Jesús: “Padre así como tu estas en mí y yo en ti” (Jn 17,21). Luego: “Donde yo esté, estén también ustedes” (Jn 14,3) Con estas premisas podemos decir que la transfiguración es una escena en la que Jesús se deja ver un momento en el cielo que es el estado glorioso. Para estar donde esta Jesús hemos de ser santos: “Uds. sean santos porque yo soy santo” (Lc 11,45).

La transfiguración en el lenguaje bíblico del N. T. es el cambio del estado Humano al estado Divino que se operó en Jesús mientras estaba en el monte orando (Mt 17,1-13; Mc 9,2-13; Lc 9,28-34).


Mateo, en su Evangelio (Mt 9,1-17), mantiene el esquema primitivo de un relato apocalíptico: aplica a Jesús lo que se dice del ángel revelador y de Yahwéh; es Jesús el que «toca» y «levanta» a los discípulos postrados; éstos le llaman Kirios en lugar de Maestro como Mc y Lc; Pedro propone: «Si tú quieres»; se carga el acento en la divinidad de Cristo, presentando la T. como una cristofanía. Al principio del Evangelio, en una alta montaña, Cristo había rechazado el poder que le proponía Satanás (Mt 4,10), ahora el cielo responde proclamando a Cristo Hijo de Dios, lleno de gloria. El camino de la glorificación de Cristo no tiene principio de poderío humano, sino que el poder le viene de Dios a través de la Cruz. Esta soberanía que Cristo ha recibido solamente de Dios la podrá delegar en los suyos en el momento de partir, sobre el monte de la Ascensión (Mt 28,18-20). La Iglesia podrá ejercer ese poder en nombre de Jesús, que le ha prometido estar presente hasta su vuelta gloriosa, si en seguimiento de Él no se deja apartar por Satanás del camino de la cruz hacia la gloria.

El Evangelio de Lucas (Lc 9,28-36) dispone de una fuente más rica que Mc y Mt. Pone el relato en función del designio salvífico de Dios, relacionando íntimamente la t. con la humillación de Getsemaní. Según Lc Jesús va a la montaña a orar (Lc 9,28). La escena se desarrolla probablemente de noche, dado el sueño de los discípulos (9,32); Moisés y Elías hablan con Cristo del éxodos, palabra que en perspectiva lucana no designa sólo la muerte sino también la gloria (cfr. 24,7.26.46). El principio de que hay que pasar por la cruz para llegar a la gloria se transparenta en Cristo transfigurado, que sin dejar la tierra está pletórico de cielo; en este momento se conjugan misteriosamente la humillación de la condición mortal y la gloria de la existencia divina.

Los tres relatos están colocados en un momento crucial de la vida de Jesús: se inicia el camino hacia Jerusalén, en el contexto próximo tenemos los dos primeros anuncios de la muerte y Resurrección en Jerusalén (Mt 16,21; 17,22; Mc 8,31-33; 9,30-31; Lc 9,22; 9,44-45). La confesión de Pedro en Cesarea ha confirmado la división provocada por Jesús: por una parte los dirigentes del pueblo que le rechazan, por otra el grupo de los Apóstoles que le aclama como el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16); a ellos se les va a revelar progresivamente el misterio de su persona, los planes de Dios; no entienden y reaccionan violentamente (Mt 16,22; 17,23; 20,20 y paralelos), sin comprender las predicciones fatídico-gloriosas de Jesús. Pero el Maestro sigue inalterable su camino hacia Jerusalén, y los discípulos acaban siguiéndole, dispuestos “a morir con Él” (Jn 11,16). Ante esta perspectiva extraña que van tomando los acontecimientos los discípulos necesitaban un apoyo para su fe puesta a prueba. La T. surge precisamente cuando Jesús se dirige generoso hacia el lugar de su inmolación. Es verdad que ellos no entenderán nada hasta que venga la luz del Espíritu (Jn 20,22), pero aquello fue suficiente para animarles en su seguimiento.

El mensaje doctrinal hay que buscarlo en la voz que suena en la nube: es signo de la presencia de Dios (Ex 16,10; 19,9; 24,15; Num 11,25; 2 Mac 2,8). En la frase «Éste es mi Hijo, el amado. Escuchadle» se da una triple manifestación: En primer lugar, se presenta a Cristo como el Hijo amado (=único de Dios), confirmando la confesión de Pedro, a la que puede referirse el dato cronológico (Mc 9,2); es una alusión clarísima al salmo 2, de tanta raigambre en la Iglesia primitiva. En segundo lugar, la expresión de Lc, «el elegido», y la de Mt «en el cual me complazco», hacen referencia clara al primer canto del Siervo de Dios (v.) del que habla Isaías (ls 42,1), figura que tanto sirvió a los primeros predicadores para explicar el escándalo de la Cruz. Cristo es el Siervo, el amado en el que se recrea Dios, el humilde y paciente, el que hará triunfar la justicia, el que será la esperanza de todas las naciones (Mt 12,18-21).

Algunos se fijan en la insistencia de Mc en la blancura de los vestidos de Cristo: «Sus vestidos se volvieron relucientes y muy blancos, como ningún batanero de la tierra podría blanquearlos» (Mc 9,3). Es un detalle que hace pensar en la blancura radiante que los santos tienen en el cielo. Los personajes que los relatos apocalípticos presentan alrededor del trono de Dios van siempre con blancas vestiduras (Dan 7,9; 10,5; Act 1,10; Apc 3,4; 4,4; 7,9), y de aquí concluyen que Cristo se presenta a los suyos como el Hijo del Hombre predicho en Dan 7,9; sin embargo, parece poco fundamento ese detalle para esta afirmación. Aparte de lo dicho hay una serie de elementos que conviene analizar por separado para ver todo el contenido doctrina] que este suceso trae consigo:

a) La presencia de Moisés y Elias: Son los dos grandes hombres de la Alianza (v.), promulgada y renovada, que en este momento asisten como testigos del nuevo legislador que promulgará la Alianza definitiva. Según algunos, ellos, como representantes de la Ley y los Profetas, atestiguan la mesianidad de Jesús. El tema de la conversación sostenida es el de la salida (éxodos) de Cristo desde Jerusalén. Según el sentido antes explicado, no sólo hablan de la muerte, sino también de la Resurrección y Ascensión. De hecho Cristo siempre que hace referencia a la muerte ignominiosa que le espera también hace referencia a su Resurrección (v.) y Ascensión (v.). Son como dos caras de una misma moneda, en Él, y en los suyos. Por eso, los tres que van a presenciar y saborear la angustia y la amargura de Getsemaní son los que preguntan y contemplan extasiados este anticipo de la glorificación definitiva.

b) La montaña: Es el lugar preferido por Jesús para retirarse a orar. Los lugares altos son considerados propicios para el retiro y la oración intensa; en la montaña es donde han tenido lugar las grandes teofanías (v.) de Yahwéli; Moisés y Elías han gozado en la soledad y en la altura de la presencia inefable de Dios. Parece ser de noche según lo que dice Lc 9,32; la noche es el momento que Jesús suele escoger para orar con más intensidad al Padre (Lc 6,12). Se ha pretendido localizar esa montaña: la tradición la sitúa en el Tabor.

c) Las tiendas: En la ocurrencia de Pedro ven algunos una señal de su hospitalidad, cosa que el texto no permite deducir sin más. Otros piensan que estarían en la fiesta de los tabernáculos (V. FIESTA II), en la que los judíos pasaban la noche bajo una tienda; tampoco hay suficiente fundamento para afirmar esto. La tienda es un signo de la venida escatológica de Dios hasta su pueblo (Os 12,10), por lo que se podría pensar que Pedro creyera que el fin de los tiempos había llegado y que la aparición había de durar para siempre. De todos modos las palabras de Pedro, que de momento no comprende la glorificación, como tampoco comprenderá la humillación, apuntan sólo a perpetuar el momento, queriendo obligar a aquellos personajes a permanecer bajo la sombra de una tienda fija.

d) La nube: Es signo de teofanías de Dios; cubre y protege, es morada de Dios (Ps 18,12). Como en la Tienda de la Reunión (Ex 40,34-35) y el Templo de Salomón (1 Reg 8,10-12), así sería en los últimos tiempos. La nube que se había alejado del Templo volvería a cubrirlo y con él a toda la reunión de los fieles de Dios (2 Mach 2,8; Ez 10,34). La presencia definitiva de Dios en su pueblo se actuaba en aquel momento, adelantando acontecimientos. La nube cubre no sólo a los personajes celestes, sino también a los tres discípulos; ellos no son sólo espectadores de aquel acontecimiento, sino partícipes activos de algo que les desborda, pero que les atañe. Ahora Cristo reúne por un momento a los suyos y les hace participar de ese gran día cuando la gloria de Dios cubra a todo su pueblo (2 Mach 2,8).

La Transfiguración tiene un gran significado en la vida de los cristianos. No sólo de aquellos que presenciaron la pasión, sino también de todos los que han de creer y vivir en su carne la locura de la cruz. Es un viejo sueño del hombre la transformación, el endiosamiento. Con Cristo se viene a realizar de una forma inesperada y maravillosa EI es el que posee la gloria como algo propio, no es un reflejo lo que hay en su rostro como sucedía con Moisés, es una emanación (Heb 1,3; 2 Cor 4,6; lo 1,7). Y de esa gloria participan todos los que con Él mueren en el Bautismo, los que «reflejando como en un espejo la gloria del Señor nos transformamos en su misma imagen resultando siempre más gloriosos...» (2 Cor 3,18). Es una transformación progresiva que se va verificando a medida en que se participa en su cruz, viniendo a ser estas transfiguraciones como el apoyo y el aliento para seguir caminando hasta la transformación definitiva (Flp 3,21).