domingo, 25 de enero de 2026

DOMINGO IV T.O. – A (Domingo 01 de febrero de 2026).

 DOMINGO IV T.O. – A (Domingo 01 de febrero de 2026).

Proclamación del Santo evangelio según San Mateo: 5,1-12:

5,1 Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron.

5,2 Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

5,3 “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

5,4 Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

5,5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

5,6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

5,7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

5,8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

5,9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

5,10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

5,11 Bienaventurados cuando los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra uds. por mi causa.

5,12 Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a uds. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.

Las bienaventuranzas (Felices) no son diferentes caminos para llegar al Reino de Dios, de manera que cada uno pueda elegir el que mejor le cuadre. No, Jesús ofrece desde perspectivas distintas el único camino (Jn 14,6). En primer lugar se señala una actitud inicial básica que se convierte en exigencia para llegar al Reino de Dios. El que adopta esa actitud es ya "dichoso o feliz", pues hay para él una promesa. En la primera y en la última bienaventuranza la promesa es expresamente el Reino de los Cielos, en las otras se trata de la misma realidad considerada bajo diversos aspectos.

Las bienaventuranzas son una recapitulación anunciada en el A.T. e invitación a ser parte del Reino de Dios y que bien se puede resumir así: “Feliz el que cumple lo que enseña, porque será grande en el Reino de los Cielos” (Mt 5,19). Y que se complementa con esta cita: "Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo” (Mt 23,2-4). Al Reino de Dios no se puede entrar con bonitas ideas o apariencias. Sino en base a esfuerzo y sacrificio. Incluso hoy nos ha dicho: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando los calumnien en toda forma a causa de mí” (Mt 5,11). En lugar de estar tristes, “alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 5,12).

El Evangelio de Mateo, presenta a Jesús como el nuevo Moisés, el nuevo legislador. En el AT la Ley de Moisés fue codificada en cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Imitando el modelo antiguo, Mateo presenta la Nueva Ley en cinco grandes Sermones dispersos en el evangelio: a) el Sermón del Monte (Mt 5,1 a 7,29); b) el Sermón de la Misión (Mt 10,1-42); c) El Sermón de las Parábolas (Mt 13,1-52); d) el Sermón de la Comunidad (Mt 18,1-35); e) El Sermón del Futuro del Reino (Mt 24,1 a 25,46). Las partes narrativas, intercaladas entre los cinco Sermones, describen la práctica de Jesús y muestran como él observaba la nueva Ley y la encarnaba en su vida.

Mateo 5,1-2: El solemne anuncio de la Nueva Ley. De acuerdo con el contexto del evangelio de Mateo, en el momento en que Jesús pronunció el Sermón del Monte, había apenas cuatro discípulos con él (Mt 4,18-22). Poca gente. Pero una multitud inmensa le seguía (Mt 4,25). En el AT, Moisés subió al Monte Sinaí para recibir la Ley de Dios. Al igual que Moisés, Jesús sube al Monte y, mirando a la multitud, proclama la Nueva Ley. Es significativo: Es significativa la manera solemne como Mateo introduce la proclamación de la Nueva Ley: “Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.” Las ocho Bienaventuranzas forman una solemne apertura del “Sermón de la Montaña”. En ellas Jesús define quien puede ser considerado bienaventurado, quien puede entrar en el Reino. Son ochos categorías de personas, ocho puertas para entrar en el Reino, para la Comunidad. ¡No hay otras entradas! Quien quiere entrar en el Reino tendrá que identificarse por lo menos con una de estas categorías.

Mateo 5,3: Bienaventurados los pobres de espíritu. Jesús reconoce la riqueza y el valor de los pobres (Mt 11,25-26). Define su propia misión como la de “anunciar la Buena Nueva a los pobres” (Lc 4,18). El mismo, vive como pobre. No posee nada para sí, ni siquiera una piedra donde reclinar la cabeza (Mt 8,20). Y a quien quiere seguirle manda escoger:¡o Dios, o el dinero! (Mt 6,24). En el evangelio de Lucas se dice: “¡Bienaventurados los pobres!” (Lc 6,20). Entonces, ¿quién es “pobre de espíritu”? Es el pobre que tiene el mismo espíritu que animó a Jesús. No es el rico. Ni es el pobre como mentalidad de rico. Es el pobre que, como Jesús, piensa en los pobres y reconoce su valor. Es el pobre que dice: “Pienso que el mundo será mejor cuando el menor que padece piensa en el menor”.

Mateo 5,4-9: El nuevo proyecto de vida. Cada vez que en la Biblia se intenta renovar la Alianza, se empieza estableciendo el derecho de los pobres y de los excluidos. Sin esto, ¡la Alianza no se rehace! Así hacían los profetas, así hace Jesús. En las bienaventuranzas, anuncia al pueblo el nuevo proyecto de Dios que acoge a los pobres y a los excluidos. Denuncia el sistema que ha excluido a los pobres y que persigue a los que luchan por la justicia. La primera categoría de los “pobres en espíritu” y la última categoría de los “perseguidos por causa de la justicia” reciben la misma promesa del Reino de los Cielos. Y la reciben desde ahora, en el presente, pues Jesús dice “¡de ellos es el Reino!” El Reino ya está presente en su vida. Entre la primera y la última categoría, hay tres otras categorías de personas que reciben la promesa del Reino. En estos tres dúos transpare el nuevo proyecto de vida que quiere reconstruirla en su totalidad a través de un nuevo tipo de relaciones: con los bienes materiales (1er dúo); con las personas entre sí (2º dúo); con Dios (3er dúo). La comunidad cristiana debe ser una muestra de este Reino, un lugar donde el Reino empieza a tomar forma desde ahora.

Los tres: Primera dúo: los mansos y los que lloran: Los mansos son los pobres de los que habla el salmo 37. Se les quitó su tierra y la van a heredar de nuevo (Sal 37,11; Sal 37.22.29.34). Los afligidos son los que lloran ante la injusticia en el mundo y entre la gente (Sl 119,136; Ez 9,4; Tob 13,16; 2Pd 2,7). Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la relación con los bienes materiales: la posesión de la tierra y el mundo reconciliado.

Segundo dúo: los que tienen hambre y sed de justicia y los misericordiosos. Lo que tienen hambre y sed de justicia son los que desean renovar la convivencia humana, para que esté de nuevo de acuerdo con las exigencias de la justicia. Los misericordiosos son los que tienen el corazón en la miseria de los otros porque quieren eliminar las desigualdades entre los hermanos y las hermanas. Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la relación entre las personas mediante la práctica de la justicia y de la solidaridad.

Tercer dúo: los puros de corazón y los pacíficos: Los puros de corazón son los que tienen una mirada contemplativa que les permite percibir la presencia de Dios en todo. Los que promueven la paz serán llamados hijos de Dios, porque se esfuerzan para que la nueva experiencia de Dios pueda penetrar en todo y realice la integración de todo. Estas dos bienaventuranzas quieren reconstruir la relación con Dios: ver la presencia actuante de Dios en todo y ser llamado hijo e hija de Dios.

Mateo 5,10-12: Los perseguidos por causa de la justicia y del evangelio. Las bienaventuranzas dicen exactamente lo contrario de lo que dice la sociedad en la que vivimos. En ésta, el perseguido por la justicia es considerado como un infeliz. El pobre es un infeliz. Feliz es el que tiene dinero y puede ir al supermercado y gastar según su voluntad. Los infelices son los pobres, los que lloran.

Felices dice el Señor, ¿y quién son los felices?. En el Antiguo Testamento, se definen felices a los viven las indicaciones de la Sabiduría (Eclo 25,7-10), también dice. “Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz”, (Deuteronomio 4), “Yahveh tu Dios te bendecirá en todas tus cosechas y en todas tus obras, y serás plenamente feliz.” (Deuteronomio 16), también en los Salmos se reza que es “feliz” quien ama al Señor, y feliz el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores  (Salmos 1,1).

La bienaventuranza del sermón de la montaña prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor.

El Sermón de la Montaña, específicamente las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12), no es simplemente un poema de consuelo, sino un manifiesto radical que redefine el éxito, la felicidad y el propósito humano. A continuación, exploramos cómo este pasaje nos sitúa frente a una transformación profunda del corazón y la voluntad.

1. Una Opción Moral Decisiva: Las Bienaventuranzas funcionan como un espejo que nos obliga a elegir. No son sugerencias opcionales, sino que presentan un cambio de paradigma. Cada "Dichoso..." es una invitación a decidir si queremos construir nuestra vida sobre los valores del mundo o sobre la lógica del Reino de Dios.

El contraste: Mientras el mundo premia la autosuficiencia y la fuerza, Jesús bendice al "pobre de espíritu" y al "sufrido".

La decisión: Seguir este camino implica la renuncia deliberada al egoísmo para abrazar una ética basada en la confianza absoluta en Dios.

2. La Purificación del Corazón: Jesús enfatiza que la verdadera moralidad no es solo externa (cumplir leyes), sino interna. La promesa de "ver a Dios" está reservada para los limpios de corazón. Contra los instintos: Nos invita a identificar y purificar esos impulsos de dominio, envidia o rencor que anidan en el interior. El Amor como prioridad: Purificar el corazón significa vaciarlo de ídolos para que el amor de Dios sea el motor de cada acción. Como dice el texto, se trata de buscar a Dios por encima de todo.

3. ¿Dónde reside la verdadera dicha? El sermón es una advertencia directa contra las falsas seguridades. Jesús desplaza el concepto de "felicidad" de lo material y lo humano hacia lo divino. La verdadera paz viene de la justicia y la confianza en la providencia. La grandeza se halla en la humildad y en trabajar por la paz. Ciencia, Técnica y Artes: Son útiles, pero incapaces de saciar el hambre de eternidad del hombre. Las Criaturas: Son reflejos de Dios, pero no son la Fuente; solo Dios es el fin último.

4. Dios es fuente Única de Bien y Amor: La enseñanza central es que ninguna obra humana, por más noble o útil que sea (como los avances científicos o las expresiones artísticas), puede sustituir la comunión con el Creador. La bienaventuranza es, en esencia, participar de la naturaleza de Dios. Él es el único capaz de llenar el vacío del corazón humano porque Él es la fuente de donde emana todo amor auténtico. Al final, las Bienaventuranzas nos dicen que ser felices es, sencillamente, parecerse a Dios porque el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27).

Felices los que tienen corazón limpio, verán a Dios (Mt 5,8); felices los que trabajan por la paz, serán hijos de Dios" (Mt 5,9). Estas dos bienaventuranzas son piezas clave para entender la ética cristiana, ya que conectan la integridad interior (corazón limpio) con la acción exterior (trabajar por la paz). En un mundo lleno de polarización y ruido digital, estas promesas se convierten en un desafío moral directo.

1. "Felices los que tienen corazón limpio, porque verán a Dios": Tener un "corazón limpio" no significa ser perfecto o carecer de errores, sino tener un corazón no dividido. Es la rectitud de intención: que lo que dices, lo que piensas y lo que haces estén en sintonía con el amor de Dios.

El dilema actual: La cultura de la apariencia y la doble vida. Vivimos en la era de la "curaduría de imagen" en redes sociales, donde a menudo proyectamos una virtud que no practicamos en privado. El dilema moral aquí es la hipocresía o la fragmentación del yo.

La opción moral: Purificar el corazón implica renunciar a los "malvados instintos" de la vanidad y el engaño. Solo quien es transparente consigo mismo y con los demás puede desarrollar la sensibilidad espiritual necesaria para "ver" la presencia de Dios en el prójimo y en la creación.

2. "Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios": Jesús no dice "felices los que son pacíficos" (una actitud pasiva), sino los que trabajan (hacedores de paz"). Es una labor activa, a veces incómoda y costosa. El dilema actual: La polarización y el "cancelamiento". Ante un conflicto social o político, la tendencia instintiva es tomar bandos, atacar al "enemigo" y alimentar la división. El dilema es: ¿Busco tener la razón y aplastar al otro, o busco la reconciliación aunque me cueste el orgullo? La opción moral: Trabajar por la paz nos obliga a buscar el bien común por encima de los intereses particulares o ideológicos. Ser "hijo de Dios" implica imitar al Padre, que ama a todos por igual, convirtiéndonos en puentes en lugar de muros.

Aplicación práctica: El cruce de ambas Bienaventuranzas: Cuando unimos estas dos, obtenemos una hoja de ruta para decisiones difíciles: Pregunta del Corazón Limpio: "¿Estoy haciendo esto por justicia real o para alimentar mi ego y quedar bien ante los demás?" Pregunta del Constructor de Paz: "¿Mi respuesta ante esta ofensa genera más odio o abre una puerta al diálogo?"

Nota: Estas bienaventuranzas nos enseñan que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de una justicia que nace de un corazón que ya no busca poseer ni dominar, sino servir.

Vamos a centrar la reflexión ahora en el entorno social y digital, que es donde hoy más se pone a prueba nuestra integridad y nuestra capacidad de construir paz. Esta guía no busca juzgar acciones externas, sino las opciones morales decisivas que nacen del interior, contrastando nuestros instintos con la invitación de las Bienaventuranzas.

I. La Limpieza de Corazón (Integridad y Rectitud para "Ver a Dios").

¿Busco la verdad o la conveniencia? En mis conversaciones o publicaciones, ¿busco la verdad objetiva o solo aquello que refuerza mi ideología y alimenta mi orgullo?

La transparencia de intención: Cuando ayudo a alguien o defiendo una causa, ¿lo hago por amor genuino o para obtener reconocimiento, "likes" o una imagen de superioridad moral?

La purificación de la mirada: ¿Veo en los demás (especialmente en los que piensan distinto) a personas con dignidad sagrada, o los he convertido en "objetos" de mi ira o indiferencia?

II. El Trabajo por la Paz (Acción Reconciliadora). La promesa: "Serán llamados hijos de Dios".

¿Soy puente o muro? Ante una discusión o conflicto social, ¿mis palabras buscan calmar las aguas y encontrar puntos de unión, o disfruto echando leña al fuego de la discordia?

La renuncia al poder: ¿Estoy dispuesto a ceder en mi derecho de "tener la última palabra" con tal de preservar la caridad y la armonía?

Justicia sin violencia: Al buscar lo que es justo, ¿lo hago con el corazón limpio de odio? ¿Entiendo que la verdadera paz solo nace del amor de Dios y no de la imposición técnica o el poder humano?

Reflexión Final: La verdadera dicha no es un estado de bienestar emocional pasivo. Es la seguridad de saber que, al elegir la limpieza de corazón, eliminamos los obstáculos que nos impiden ver a Dios en el día a día. Al elegir trabajar por la paz, dejamos de ser esclavos de nuestros impulsos violentos para convertirnos en instrumentos de Su amor.

Como bien se ha dicho, ni la técnica más avanzada ni la gloria humana pueden darnos la plenitud que da el actuar como verdaderos "hijos de Dios".

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Paz y Bien

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