DOMINGO XIII – A (28 de junio de 2026)
Proclamación del Santo Evangelio según san Mateo: 10,37-42:
10,37 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: El que
ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su
hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
10,38 El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
10,39 El que trate de salvar su vida, la perderá; y el
que pierda su vida por mí, la salvarà.
10,40 El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el
que me recibe, recibe a aquel que me envió.
10,41 El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la
recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la
recompensa de un justo.
10,42 Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque
sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo,
no quedará sin recompensa" PALABRA DEL SEÑOR.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo Paz y Bien.
¡Qué alegría encontrarnos hoy reunidos en torno al altar del
Señor para celebrar el misterio de nuestra fe!
No anteponer nada a Cristo: "No anteponer
ninguna persona, ni cosa alguna al amor de Cristo" se lee en el evangelio.
Se trata de una expresión muy concreta del evangelio de este domingo. Cristo
nos pide que lo amemos a Él por encima del amor paterno, materno o filial. Nos
pide que tomemos la cruz propia y le sigamos por esa senda que no es fácil, ni
amplia, pero que conduce a la salvación. Para comprender apropiadamente esta
exigencia del Señor es preciso volver la mirada a la Encarnación del Verbo: En
realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es
decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.
No cabe duda que la primera catequesis, y quizá la más
importante, es la que recibe el niño en el propio hogar las más de las veces de
los labios y ejemplos de la propia madre.
Al escuchar el Evangelio de este domingo: Mt 10,37-42 es muy
posible que algunas de sus palabras nos hayan dejado una sensación de inquietud
en el corazón. Cuando Jesús dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a
mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es
digno de mí», podríamos caer en la tentación de pensar que el Señor nos está
pidiendo que nos distanciemos de nuestros seres queridos, o que la fe es una
fuerza que viene a dividir y a romper los lazos más sagrados que tenemos en la
tierra.
Pero nada más lejos de la realidad, hermanos. Hoy el
Evangelio no viene a destruir a la familia, sino a iluminarla, a
purificarla y a llevarla a su más alta y hermosa expresión. Jesús no nos pide
que amemos menos a los nuestros; nos pide que lo amemos a Él primero, porque
solo cuando Dios ocupa el centro de nuestras vidas, aprendemos a amar de verdad
a los demás. El amor humano, por más bello que sea, es limitado; pero cuando lo
sumergimos en el misterio del amor de Cristo, ese amor familiar se vuelve
eterno, fuerte y luminoso.
Miremos este mensaje con ojos de fe. ¿Cuál es el verdadero
sentido de este pasaje? Es recordarles a ustedes, queridos padres y madres de
familia, que lo más importante y el tesoro más grande de su hogar es Dios
que es amor (I Jn 4,8).
Ustedes han recibido del Señor una misión estupenda. A veces
pensamos que la paternidad y la maternidad terminan cuando los hijos están
alimentados, vestidos y educados para tener éxito en la vida del mundo. Esos
esfuerzos son muy valiosos, por supuesto. Sin embargo, la fecundidad física —el
hermoso milagro de haber generado nuevos hijos para el mundo— debe ir siempre
de la mano de la fecundidad espiritual.
Los padres que generaron a sus hijos para la vida física
están llamados a engendrarlos también para la vida espiritual. ¿Y cómo se hace
esto? No con discursos teóricos, sino con su testimonio diario, con su palabra
oportuna, con su amor generoso, con el sacrificio de cada día y con su
catequesis vivida en el hogar.
No cabe duda, hermanos, de que la primera escuela de la fe,
y quizás la más importante y la que deja una huella imborrable para toda la
vida, es la que el niño recibe en el seno de su propio hogar. Es esa fe que
muchas veces se aprende de los labios y de los ejemplos de la propia madre, en
el calor de los primeros años, al rezar antes de dormir o al dar las gracias
por el pan de cada día.
Su tarea como padres se cumple plenamente cuando logran
infundir el amor y el santo temor de Dios en el corazón de sus hijos; cuando
consiguen que ellos crezcan con la convicción profunda de no anteponer nada
en sus vidas al amor de Cristo. Si un hijo aprende a amar a Dios sobre
todas las cosas, será un buen hijo, será un buen hermano, será un ciudadano
honesto y, sobre todo, será una persona verdaderamente feliz, porque su vida
estará cimentada sobre la roca firme.
Por eso, la fe no divide a la familia. Al contrario, la une
con un lazo que ni el tiempo ni las dificultades de este mundo pueden romper.
Cuando Cristo reina en una casa, el perdón se vuelve más fácil, la paciencia se
hace más larga y el servicio mutuo se convierte en una alegría.
Al continuar hoy con nuestra celebración eucarística,
pidámosle al Señor de manera especial por todas nuestras familias. Que nuestros
hogares sean verdaderas iglesias domésticas, lugares donde Dios sea el centro,
donde se respire su paz y donde se engendre, día a día, la vida del espíritu.
Que María y José, que supieron poner siempre a Jesús en el centro de su hogar
en Nazaret, intercedan por cada uno de ustedes.
Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor.
Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus
fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a
tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje,
al acostarte y al levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como
una marca sobre tu frente. Escríbelas en las puertas de tu casa y en sus
postes” (Dt 6,4-9).
Juan en su primera carta nos define algo importante:
“Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios,
y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a
Dios, porque Dios es amor” (I Jn 4,7-8). Pero ¿nuestro amor a Dios hace más o
menos a Dios? ¿Será Dios más si lo amamos? Claro que no. Recordemos aquella
cita: Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo,
Juan les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de
Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se
contenten con decir: Tenemos por padre a Abraham. Porque yo les digo que de
estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham” (Mt 3,7-9). Así también
Dios puede sacar de las piedras que lo amen.
San Juan nos dice también: “Nadie ha visto jamás a Dios,
pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor
de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros” (I Jn 4,12). Mismos
Jesús nos dice: “Les doy un mandamiento nuevo que se amen unos otros como le he
amado” (Jn 13,34). “Quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un
mentiroso” (I Jn 4,20). ¿Cómo nos amó Dios? Bonito? Jugando? Nada de eso. Dios
nos amó en su Hijo hasta dar su vida por nosotros. Por eso es que, la causa final
o última del amor autentico es el amor a Dios y no solo el amor a los padres y
menos amar mas a los padre e hijos que a Dios. Amando a los padres o hijos es
como amamos de verdad a Dios. En saber amarnos unos a otros es como amamos en
verdad a Dios.