martes, 23 de junio de 2026

DOMINGO XIII – A (28 de junio de 2026)

 DOMINGO XIII – A  (28 de junio de 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según san Mateo: 10,37-42:

10,37 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

10,38 El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

10,39 El que trate de salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvarà.

10,40 El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.

10,41 El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

10,42 Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa" PALABRA DEL SEÑOR.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Paz y Bien.

¡Qué alegría encontrarnos hoy reunidos en torno al altar del Señor para celebrar el misterio de nuestra fe!

No anteponer nada a Cristo: "No anteponer ninguna persona, ni cosa alguna al amor de Cristo" se lee en el evangelio. Se trata de una expresión muy concreta del evangelio de este domingo. Cristo nos pide que lo amemos a Él por encima del amor paterno, materno o filial. Nos pide que tomemos la cruz propia y le sigamos por esa senda que no es fácil, ni amplia, pero que conduce a la salvación. Para comprender apropiadamente esta exigencia del Señor es preciso volver la mirada a la Encarnación del Verbo: En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.

En Cristo y por medio del bautismo hemos nacido a una nueva vida. Antes vivíamos en el pecado, pero ahora hemos sido trasladados a un nuevo reino, a una nueva vida. El fundamento de nuestra condición actual es Adán. Pero, el fundamento de nuestra vida futura es Cristo, porque así como Adán fue el primer hombre mortal y todos a continuación fueron mortales por su causa, así Cristo es el primer resucitado de entre los muertos, y ha donado el germen de la resurrección a aquellos que vendrían después de él. Nosotros entramos en esta vida visible con el nacimiento corporal, y por ello todos somos corruptibles. En cambio, en la vida futura todos seremos transformados por el poder del Espíritu y por ello resucitaremos incorruptibles. Y puesto que esto sólo tendrá lugar en los últimos tiempos, Cristo Nuestro Señor ha querido transferirnos a aquella vida de manera incipiente y simbólica, donándonos, con el bautismo, una nueva vida en Él. Este nacimiento espiritual es la figura presente de la resurrección y de la regeneración que deben realizarse plenamente en nosotros, cuando lleguemos a aquella vida. Por eso, al bautismo se le llama también regeneración.

La fecundidad espiritual: Se trata de un tema de gran importancia para todo cristiano llamado a dar frutos de vida eterna, pero especialmente importante para las personas consagradas, quienes habiendo renunciado a una fecundidad física, viven y anhelan una creciente fecundidad espiritual. Aquí encuentra razón de ser el tema de la paternidad y maternidad espiritual.

Las relaciones familiares iluminadas y llevadas a su más alta expresión en el amor a Cristo: El evangelio de este día ilumina las relaciones familiares con su significado profundo. No se trata, en efecto, de dividir las familias en nombre de la fe, sino más bien unir a la familia y hacerle ver la misión tan estupenda que tiene a la luz del misterio de Cristo. Se trata de enseñar a los padres y madres de familia que lo más importante de su hogar es Dios, y que ellos lograrán cumplir con su función paterna si logran infundir el amor y temor de Dios en el corazón de sus hijos. Se trata de que ellos logren que sus hijos "no antepongan nada en sus vidas al amor de Cristo". Así en esta reflexión vemos como la fecundidad física -el haber generado nuevos hijos- va de la mano, y muy estrechamente, de la fecundidad espiritual. Los padres que generaron para la vida física a sus hijos, los generan para la vida espiritual con su testimonio, con su palabra, con su amor y sacrificio, con su catequesis.

No cabe duda que la primera catequesis, y quizá la más importante, es la que recibe el niño en el propio hogar las más de las veces de los labios y ejemplos de la propia madre.  

Al escuchar el Evangelio de este domingo: Mt 10,37-42 es muy posible que algunas de sus palabras nos hayan dejado una sensación de inquietud en el corazón. Cuando Jesús dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí», podríamos caer en la tentación de pensar que el Señor nos está pidiendo que nos distanciemos de nuestros seres queridos, o que la fe es una fuerza que viene a dividir y a romper los lazos más sagrados que tenemos en la tierra.

Pero nada más lejos de la realidad, hermanos. Hoy el Evangelio no viene a destruir a la familia, sino a iluminarla, a purificarla y a llevarla a su más alta y hermosa expresión. Jesús no nos pide que amemos menos a los nuestros; nos pide que lo amemos a Él primero, porque solo cuando Dios ocupa el centro de nuestras vidas, aprendemos a amar de verdad a los demás. El amor humano, por más bello que sea, es limitado; pero cuando lo sumergimos en el misterio del amor de Cristo, ese amor familiar se vuelve eterno, fuerte y luminoso.

Miremos este mensaje con ojos de fe. ¿Cuál es el verdadero sentido de este pasaje? Es recordarles a ustedes, queridos padres y madres de familia, que lo más importante y el tesoro más grande de su hogar es Dios que es amor (I Jn 4,8).

Ustedes han recibido del Señor una misión estupenda. A veces pensamos que la paternidad y la maternidad terminan cuando los hijos están alimentados, vestidos y educados para tener éxito en la vida del mundo. Esos esfuerzos son muy valiosos, por supuesto. Sin embargo, la fecundidad física —el hermoso milagro de haber generado nuevos hijos para el mundo— debe ir siempre de la mano de la fecundidad espiritual.

Los padres que generaron a sus hijos para la vida física están llamados a engendrarlos también para la vida espiritual. ¿Y cómo se hace esto? No con discursos teóricos, sino con su testimonio diario, con su palabra oportuna, con su amor generoso, con el sacrificio de cada día y con su catequesis vivida en el hogar.

No cabe duda, hermanos, de que la primera escuela de la fe, y quizás la más importante y la que deja una huella imborrable para toda la vida, es la que el niño recibe en el seno de su propio hogar. Es esa fe que muchas veces se aprende de los labios y de los ejemplos de la propia madre, en el calor de los primeros años, al rezar antes de dormir o al dar las gracias por el pan de cada día.

Su tarea como padres se cumple plenamente cuando logran infundir el amor y el santo temor de Dios en el corazón de sus hijos; cuando consiguen que ellos crezcan con la convicción profunda de no anteponer nada en sus vidas al amor de Cristo. Si un hijo aprende a amar a Dios sobre todas las cosas, será un buen hijo, será un buen hermano, será un ciudadano honesto y, sobre todo, será una persona verdaderamente feliz, porque su vida estará cimentada sobre la roca firme.

Por eso, la fe no divide a la familia. Al contrario, la une con un lazo que ni el tiempo ni las dificultades de este mundo pueden romper. Cuando Cristo reina en una casa, el perdón se vuelve más fácil, la paciencia se hace más larga y el servicio mutuo se convierte en una alegría.

Al continuar hoy con nuestra celebración eucarística, pidámosle al Señor de manera especial por todas nuestras familias. Que nuestros hogares sean verdaderas iglesias domésticas, lugares donde Dios sea el centro, donde se respire su paz y donde se engendre, día a día, la vida del espíritu. Que María y José, que supieron poner siempre a Jesús en el centro de su hogar en Nazaret, intercedan por cada uno de ustedes.

Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como una marca sobre tu frente. Escríbelas en las puertas de tu casa y en sus postes” (Dt 6,4-9).

Juan en su primera carta nos define algo importante: “Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (I Jn 4,7-8). Pero ¿nuestro amor a Dios hace más o menos a Dios? ¿Será Dios más si lo amamos? Claro que no. Recordemos aquella cita: Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: Tenemos por padre a Abraham. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham” (Mt 3,7-9). Así también Dios puede sacar de las piedras que lo amen.

San Juan nos dice también: “Nadie ha visto jamás a Dios, pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros” (I Jn 4,12).  Mismos Jesús nos dice: “Les doy un mandamiento nuevo que se amen unos otros como le he amado” (Jn 13,34). “Quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” (I Jn 4,20). ¿Cómo nos amó Dios? Bonito? Jugando? Nada de eso. Dios nos amó en su Hijo hasta dar su vida por nosotros. Por eso es que, la causa final o última del amor autentico es el amor a Dios y no solo el amor a los padres y menos amar mas a los padre e hijos que a Dios. Amando a los padres o hijos es como amamos de verdad a Dios. En saber amarnos unos a otros es como amamos en verdad a Dios.

¿Cuál debe ser la actitud de aquel quien quiere seguir a Cristo? 1) "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). 2) “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10,38).  3) “El que trate de salvar  su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvarà” (Mt 10,39). Ademas conviene agregar algo: 4) "Los apóstoles volvieron muy contentos y dijeron, Señor hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Jesús les dijo: no se alegren porque los demonios se los someten; alégrense mas bien porque su nombre estén escrito en cielo" (Lc 10,20). ¿Cómo hacer que nuestros nombres estén escritos en el cielo? Anunciando el Evangelio por todo el mundo (Mc 16,15). Y recordemos también lo que nos dice Jesús: "Quien me confiese en este mundo ante los hombres, yo también lo confesare a el ante mi Padre que esta en el cielo, pero quien me niegue, yo también lo negare ante mi Padre" (Mt 10,32). Al respecto, San Pablo, quien cumplió esto como Cristo lo exige, pudo llegar a exclamar al decir: “Ya no soy yo quien vivo, sino es Cristo Quien vive en Mí” (Gál. 2, 20).