martes, 29 de agosto de 2017

DOMINGO XXII – A (Domingo 03 de setiembre de 2017)

DOMINGO XXII – A (Domingo 03 de setiembre de 2017)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 16,21-27:

Anuncio de la Pasión (Aclaración de conc. del Mesías)

16:21 En aquel tiempo, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
16:22 Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá".
16:23 Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".

Condiciones para seguir a Jesús

16:24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
16:25 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
16:26 ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
16:27 Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.
16:28 Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

El evangelio de hoy tiene dos partes: El primer anuncio de la pasión (Mt 16,21-23). Y en la segunda parte trata de las condiciones del seguimiento y la recompensa (Mt16,24-28). Las dos escenas se resume en este episodio: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará (Salvarà)” (Mt 16,25). El tema de la salvación nos sitúa en otras escenas similares: El joven rico preguntó a Jesús: "Qué obras buenas debo hacer para conseguir la salvación o la Vida eterna?" (Mt 19,16). Jesús respondió: cumplir los mandamientos. El joven rico dijo que ya lo había cumplido todo eso desde muy pequeño pero si algo mas le faltara. Jesús le dijo” Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes, dáselo el dinero a los pobres así tendrás un teoso en el cielo, luego vente conmigo” (Mt 19,21). El joven rico se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes. Jesús dijo entonces a sus discípulos: "Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos” (Mt 19,22-23). Los discípulos asombrados se decían, entonces ¿Quién podrá salvarse? (Mt19,25).

Además de cumplir los mandamientos, hace falta las obras de caridad y hoy agrega algo más: No se consigue la salvación haciendo lo que uno quiere. Porque pretender conseguir la salvación como uno quiere y no como Dios quiere es buscar falsear el querer de Dios. Y dónde quedaría estas enseñanzas: Jesús dijo a Felipe: “¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías.  El Padre que habita en mí es el que hace las obras” (Jn 14,10). “El que es de Dios escucha las palabras de Dios; si ustedes no las escuchan, es porque no son de Dios" (Jn 8,47). “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen” (Jn 10,27).

Jesús anuncia a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16,21). Este anuncio tanto para Pedro como para los discípulos como para todo judío no significó “buena noticia, sino muy mala”. Por eso Pedro como buen judío reaccionó e increpo a Jesús diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá". Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres" (Mt 16,21-23). En efecto Dios busca salvar a la humanidad del infierno mediante la redención de su hijo en la cruz, pero los hombre como los judíos buscan ser salvados de los romanos y su dominación (año 64 A.C.)

Conviene recordar otras escenas concernientes a la enseñanza de hoy: Preguntaron a Jesús: ¿Qué debemos hacer para obrar en la voluntad de Dios? Jesús les respondió: La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado" (Jn 6,28-29). Jesús les respondió: Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn 4,34).  Jesús cayó con el rostro en tierra, orando así: "Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Mt 26,39).  “Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10). Pedro dijo a Jesús: ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!. Jesús le respondió: "Si yo no te lavo los pies nada tienes que ver conmigo" (Jn 13,8). Como se ve, el hombre siempre busca hacer su modo de ver y no el querer de Dios.

La madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.  ¿Qué quieres?, le preguntó Jesús. Ella le dijo: "Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda".  No saben lo que piden" (Mt 20,20-22). En la misma perspectiva hoy: “Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprender a Jesus, diciendo: Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá. Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres" (Mt 16,22-23).  “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo. Como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud" (Mt 20,26-28).

Las siguientes citas complementan bien la enseñanza de hoy: “Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10,22). “Quien me confiese abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero quien se avergüence de mi yo también me avergonzare de él anti mi Padre que está en el cielo” (Mt 10,32-33). Hoy como vemos nos lo reitera así: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (Mt 16,24-25). La forma de vida ceñida en el evangelio tiene su recompensa: “El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su trabajo” (Mt 16,27).

Algunos detalles del evangelio de hoy:

Simón Pedro había respondido a la pregunta de Jesús ¿Uds. Quién dicen que soy?: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16). Respuesta que mereció por parte de Jesús: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo (Mt 16,17). Pero ahora Jesús aclara la idea del Mesías: “Él comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día“ (Mt 16,21). Es decir, la idea del Mesías que propone Jesús, lo mismo que tiene que ver con la voluntad de Dios (Jn 6,38) no concuerda en absoluto con el Mesías que los judíos esperan, incluso la de los apóstoles como Pedro.

La objeción de por parte de Pedro: “Lo llevó aparte y comenzó a reprender a Jesús, diciendo: Dios no lo permita, Señor, eso no te sucederá” (Mt 16,22). ¿Qué anda mal, quien no está en el camino correcto Jesús o Pedro? Pues veamos: Los judíos y los apóstoles son judíos como Pedro, esperan al Mesías con muchas ansias, pero esperan un mesías salvador de los judíos del yugo y sometimientos de los romanos. Recordemos que los judíos han caído en el poder de los romanos desde el año 64 A.C. Los judíos tienen que pagar altos impuestos a los romanos y venerar al Cesar como su nuevo dios. Los judíos esperan que el Mesías llegará pronto y los liberara de este yugo tan pesado. En suma el judaísmo espera un mesías héroe, que debe vencer a los romanos. En esta expectativa la idea del Mesías que anuncia Jesús a sus discípulos: “Que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día“ (Mt 16,21). La conjetura se entiende en la reacción de Pedro como de todo judio: “Lo llevó aparte y comenzó a reprender a Jesús, diciendo: Dios no lo permita, Señor, eso no te sucederá” (Mt 16,22).

La reprensión de Jesús a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres" (Mt 16,23). Estas palabras contrastan totalmente con las que elogió en anterior ocasión: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso si no mi Padre” (Mt 16,17). Pero cada una de estas respuestas son a efecto de una buena respuesta y otra mala respuesta como la de hoy: “Eso no puede pasarte a ti… “ (Mt 16,22). La gran tentación es esto precisamente, querer que Dios actúe como nosotros quisiéramos. Y desde cuando el hombre tiene autoridad sobre Dios para darle consejos de cómo tiene que actuar? Mucha razón tiene Jesús en poner las cosas en su sitio y no tiene reparos en decir las verdades a quien tiene que decir: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás!” (Mt 16,17). Y fíjense a quien lo está diciendo, a su vicario, al primer papa (Mt 16,19). Como tampoco tendrá reparos en decir a sus verdugos:

“¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que parecen sepulcros blanqueados: hermosos por fuera, pero por dentro llenos de huesos de muertos y de podredumbre! Así también son ustedes: por fuera parecen justos delante de los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y de iniquidad” (Mt 23,27-28). Es que Jesús no ha venido a complacer a uno de sus apóstoles y ni siquiera a un pueblo como los judíos: “He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió. La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día" (Jn 6,38-40).

La reprensión a Pedro por parte de Jesús (Mt 16,23). La reacción negativa de Pedro le da a Jesús la ocasión para afirmar de la manera más fuerte posible la necesidad del mesianismo sufriente. “Pero él, volviéndose, dijo a Pedro…”. El hecho que Jesús se voltee indica que continúa adelante su camino pasando por encima de la interposición de Pedro. La reprensión que viene es fuerte. Contiene tres frases que sacan a la luz tres contrastes:

“¡Quítate de mi vista, Satanás!”.  El verdadero contraste aquí es entre Satanás y Dios. Al tratar de apartar a Jesús de su camino, Pedro se convierte en instrumento de Satanás (Mt 4,1-11). (2) “¡Escándalo eres para mí!”. El contraste aquí es entre Pedro y Jesús. Pedro es llamado, literalmente, “piedra de tropiezo” (significado del término “escándalo” en griego), esto es, la trampa tendida para hacer caer a Jesús en su camino. Jesús se refiere a él como “tentación” que hace caer (ver Sabiduría 14,11) y apartar del querer del Padre, o sea, un obstáculo para desviar del camino que conduce la cruz pasando por el Getsemaní y el Gólgota. Podría verse una relación, en el fondo una ironía, entre esta reprensión y la promesa que se le había hecho a Pedro de ser “piedra (Is 8,14). (3) “¡Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!”. El contraste aquí es entre los hombres y Dios. Se explica el “por qué” de lo anterior: “porque tú no concuerdas con los caminos de Dios (que incluyen el sufrimiento y la muerte del Mesías) sino con el punto de vista de los hombres (esperar un Mesías triunfante sin pasar por el dolor)”.

La contraposición entre los puntos de vista humanos y divinos muestra que Pedro, en su manera de comportarse, está guiado por intereses egocéntricos. No sólo priman los cálculos humanos sino sus propios intereses (Mt 12,40). Sintetizando, en términos negativos, vemos cómo Jesús –con pocas palabras- coloca a Pedro en la raya, mostrando la distancia de pensamiento que hay entre los dos; por otra parte, en términos positivos, notamos cómo Jesús le hace a Pedro una nueva invitación al seguimiento, cuando éste parece comenzar a decaer (Mt 4,19), solicitándole que aprenda lo que el discipulado implica.

Instrucción sobre la verdadera naturaleza del discipulado (Mt 16,24-27) ¿Cuál es el “pensamiento de Dios” qué Pedro y los discípulos deben aprender? El verdadero discipulado no se logra fácilmente porque es un “seguimiento” (Mt 16,24) del ejemplo del Maestro Jesús y esto tiene su precio. Es así como comienza una instrucción de Jesús, “a sus discípulos”, sobre la naturaleza del discipulado. La enseñanza tiene tres partes: El “Qué”: (una sentencia más un “porque”) Si el Maestro Jesús soporta un camino de sufrimiento y muerte (Mt 16,21-23), igualmente los discípulos están llamados a dar sus vidas y cargar la cruz (16,24). Se da la motivación fundamental para hacerlo (Mt 16,25: un paralelo que contrapone “salvar la vida” / “perder la vida”). (2) El “Argumento”: (una sentencia más un “porque”) Con dos preguntas retóricas (es decir, que traen implícita la respuesta), una positiva y una negativa, Jesús enseña que hay que “trascender”, que la vida plena no se gana en este mundo (Mt 16,26) sino en el venidero (Mt 16,27). Aquí se da una contraposición de valores: “ganar el mundo entero” / “ganar la vida”. (3) La “Verificación”: (un segundo aspecto del “porque” anterior). En la confrontación final con Jesús, quien vendrá en su gloria de “Hijo del hombre”, se verá quién ha sido verdadero discípulo a partir de un criterio fundamental: “Su conducta” (Mt 16,27).

Seguir al Maestro cargando la Cruz (Mt 16,24-25): “Si alguno quiere venir en pos de mí…”. Después de la imprudente, pero honesta, reacción de Pedro, Jesús enseña que ser discípulo significa seguirlo en el camino hacia Jerusalén, donde le espera la Cruz. Entrar en esta ruta supone una escogencia libre: “Si alguno quiere…”. En el horizonte está la Cruz de Jesús, la que Él ha tomado primero. Ante ella, e imitando al Maestro el discípulo hace tres cosas:

Se “niega a sí mismo”. Negarse a sí mismo significa no anteponer nada al seguimiento, dejar de lado todo capricho personal. El valor de Jesús es tan grande que se es capaz de dejar de lado aquello que pueda ir en contradicción con Él y sus enseñanzas. (2) “Toma su propia cruz”. El estar prontos a seguir llevando la cruz implica el estar prontos a dar la vida. Puede entenderse como: (a) la radicalidad de quien está dispuesto a ir hasta el martirio por sostener su opción por Jesús; (b) la fortaleza y perseverancia frente a los sacrificios y sinsabores que la existencia cotidiana del discípulo comporta; (c) la capacidad de “amar” y de transformar la adversidad en una fuente de vida. (3) “Sigue” a Jesús. En fidelidad al Maestro, como alguna vez propuso san Francisco de Asís, el discípulo pone cada uno de sus pasos en las huellas del Maestro.

La motivación fundamental es ésta contraposición: “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25). Estas dos posibilidades contrapuestas, puestas ahora en consideración, iluminan  el sentido del seguir a Jesús con la cruz partiendo de la idea de la vida. En pocas palabras: la meta del discipulado es encontrar la vida, lo cual corresponde al deseo más profundo de todo ser humano. Ahora bien, esta meta puede ser lograda o fracasada solamente de manera radical, no hay soluciones intermedias. La vida, aquí y más allá de la muerte, se consigue mediante un gesto supremo de donación de la propia vida. Hay falsas ofertas de felicidad (o “realización de la vida”) que conducen a la pérdida de la vida; la vida es siempre un don que no nos podemos dar a nosotros mismos, en cambio, siempre estamos en capacidad de darla. En esta lógica: quien pierde la propia vida por Dios y por los demás, “la encontrará”. El discipulado, bajo la perspectiva de la cruz, no es un camino de infelicidad, todo lo contrario: ¡El sentido último del seguimiento es alcanzar la vida!

Una sabia decisión que hay que tomar con base en argumentos sólidos (Mt 16,26): Enseguida Jesús plantea dos preguntas que llevan a conclusiones irrefutables. Éstas están  formuladas de tal manera que sólo pueden tener una respuesta negativa: (a) “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. Respuesta obvia: “De nada”. (b) “¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida?”. Respuesta obvia: “Nada”. Para captar lo específico de este dicho de Jesús hay que considerar la característica propia de la idea de la vida. No se habla aquí de la vida como de un valor biológico, de una vida larga y ojalá con buena salud. Se trata del sentido de la vida. La verdadera vida, la cual según la Biblia se alcanza en la comunión con Dios, se logra –en última instancia- mediante el seguimiento de Jesús. El seguimiento de Jesús es, entonces, un camino completamente orientado a la vida, a la existencia plena y realizada.

Ésta se pone en riesgo cuando se vive de manera equivocada, cuando se construye sobre falsas seguridades. Al referirse a gente que quiere “ganar (=conquistar) el mundo entero”, Jesús denuncia la falsa confianza puesta en propiedades y riquezas. A esto se había referido ya el relato de las tentaciones de Jesús: la búsqueda y apego al poder, al prestigio, a lo terreno, como caminos de felicidad o como metas de vida. Nadie puede darse a sí mismo la vida y su sentido. Por lo tanto, un serio peligro amenaza a quien quiere desaforadamente “ganar” el mundo entero apoyándose en imágenes de felicidad que parecieran convertirse en fines en sí mismos, entre ellos la carrera, el prestigio o el orgullo por los propios logros. El verbo en futuro, en la expresión “¿de qué le servirá al hombre?”, invita a poner la mirada en el tiempo final, en el cual cada uno verificará si ha logrado o no el objetivo de su vida.

“El Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta” (Mt 16,27). Finalmente, y extendiendo más aún la mirada hacia el futuro, Jesús hace referencia al tiempo final de la venida del Hijo del Hombre: donde se valora la vida como un todo. La valoración está en manos del Hijo del hombre; los ángeles aparecen formando su corte. La expresión “en la gloria de su Padre” indica a Jesús como Hijo de Dios. El “Hijo del hombre”, quien –habiendo pasado por la humillación y el rechazo- culmina su camino triunfante, es, en última instancia, el “Hijo de Dios”; el mismo a quien Pedro –sin captar todas las implicaciones- había confesado como tal un poco antes. Y frente al “Hijo” por excelencia se desvela la verdad de todo hombre.

En este momento de revelación final, cada hombre debe responder por su vida. Este es un pensamiento bíblico bien afirmado (Slm 62,13; Prov 24,12; Rm 14,12; 1 Cor 4,5; 2 Cor 5,10). La síntesis del criterio de juicio sobre el obrar humano no es lo que haya dicho o prometido hacer (Mt 7,21-23) sino su “hacer” real: “Pagará a cada uno según su conducta”. En el Sermón de la montaña, Jesús había dicho: “el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21) y también “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16); también en la parábola del rey: “cuanto hicisteis… cuanto dejasteis de hacer” (Mt 25,40.45).

No son los que me dicen: "Señor, Señor", los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: "Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?". Entonces yo les manifestaré: "Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal" (Mt 7,21-23). Es decir, no es suficiente hablar bellísimas confesiones de fe de boca, como vimos hace una semana. El discipulado es moldear la vida entera en la dinámica del seguimiento del que fue camino a la Cruz para recibir allí, del Padre, la vida resucitada. La Cruz no sólo es para ser contemplada sino para hacerla realidad en todas las circunstancias de la vida. De esta manera el discípulo reconoce y asume el destino de su Maestro en el propio.


Terminamos la reflexión con esta respuesta de Pedro a Jesús que preguntó a los Doce: "¿También ustedes quieren irse? Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios" (Jn 6,67-69). Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios (Mt 16,16).

viernes, 25 de agosto de 2017

DOMINGO XXI – A (27 de Agosto del 2017)

DOMINGO XXI – A (27 de Agosto del 2017)
Proclamación del santo evangelio según San Mateo: 16, 13-20:
13 En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?".
14 Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas".
15 "Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?".
16 Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
17 Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.
18 Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.
19 Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".
20 Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz Bien.

El domingo anterior decíamos que: Hallar los favores de Dios tiene su proceso: La mujer cananea comenzó a gritar desde la distancia: 1) "Señor, Hijo de David, ten piedad de mí" (Mt 15,22). 2) Ante Jesús se postra y le dijo: "¡Señor, socórreme!" (Mt 15,25). 3) Insiste al decir “Señor, los perros también comen las migas que caen de la mesa de su amo" (Mt 15,27). Como se ve, se resalta con claridad la fortaleza espiritual en la fe: Seguridad, firmeza, perseverancia y humildad. La fe con estos elementos suscita en la mujer la respuesta inmediata de Jesús: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!" Y en ese momento su hija quedó curada” (Mt 15,28). Es decir el demonio se marchó, al respecto recordemos lo que dijo Jesús: “Si yo echo los demonios con el poder de Dios, significa que el reino de Dios ya está entre ustedes” (Lc 11,20).  En este domingo agregamos que el reino de Dios tiene dos elementos fundamentales: El Mesías  que instituye una única  Iglesia: 1) "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo"(Mt 16,16); 2) “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18).
“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Mt 16,16): ¿Cuál es la misión del mesías? Dios se propone cuando dice: “No quiero la muerte del pecador si no que se convierta y viva” (Ez 33,11). El Mesías, es el consagrado para esta misión de salvar. En el A.T. Dios dice al profeta: “Te llamé según mi plan salvador, te tomé de la mano, te formé y te destiné a ser mediador del pueblo, la luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, para hacer salir de la prisión a los cautivos y de la cárcel a los que habitan en las tinieblas” (Is 42,6-7). Jesús aludiendo al profeta dice: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18; Is 61). ¿Por qué dice Jesús que el Señor me ungió? “El espíritu santo bajo en forma de paloma y se posó sobre Él y una voz del cielo se oyó: Tu eres mi hijo amado yo te he engendrado hoy” (Lc 3,22).

Dios dice al pueblo por el profeta: “Esta es la nueva alianza que pacte con la casa de Israel, después de aquellos días: Pondré mi Ley en su mente, la escribiré en sus corazones, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer 33,11). ¿En qué consiste la alianza entre Dios y su pueblo?" Dice Dios: He aquí que yo salvo a mi pueblo del país del oriente y del país donde se pone el sol; voy a traerlos para que moren en medio de Jerusalén. Y serán mi pueblo y yo seré su Dios fiel y salvador."  (Zac 8,7). Dios dijo a Moisés: “Suscitaré entre tus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que yo le ordene” (Dt 18,18). “Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre” (ITm2,5).

Jesús explica a Nicodemo: “Tanto amo Dios al mundo que envió a su hijo único para que todo el que cree en el no muera sino que tenga vida eterna, porque Dios no envió a su hijo para que el mundo se condene sino que se salve por él” (Jn 3,16). Dice Jesús de si: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre." (Jn 16,28). Por lo tanto, el evangelio de  hoy se divide en dos partes: a) La revelación de la identidad del Mesías (Mt 16,13-17). b) La identidad de la iglesia (Mt 16,18-20).

a). La identidad del Mesías: En Cesarea de Filipo, un lugar alejado de Jerusalén y reconocido abiertamente como región pagana es el lugar concreto donde Jesús es reconocido por los suyos como “el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Hasta este momento en el Evangelio, han sido los otros quienes continuamente se preguntaban sobre la Persona de Jesús: Juan Bautista manda a sus discípulos que preguntasen a Jesús: "¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?" (Lc 7,19); otros, “¿Quién es éste a quien el viento y la mar obedecen?” (Mt 8,27),  “¿Quién es este que hasta perdona pecados?” (Mc 2,7;  Mt 9,3). Ahora Jesús pregunta a los suyos: ¿Quién dicen la gente que soy yo?: Ellos le dijeron: unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o algunos de los profetas” (Mt 7,14).

Las actitudes de Jesús acompañadas por signos, sus denuncias ante las autoridades religiosas y el rechazo a su Persona y a su mensaje, han dado motivos suficientes para que la gente lo considere como un profeta. ¿Quién dicen la que es el hijo del hombre? (Mt 16,13) Con estas palabras Jesús se aplica a sí mismo el título de Hijo del hombre.

El maestro interroga a los discípulos, pedagógicamente, en dos momentos sucesivos. Primera pregunta: “¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?” (Mt 16,13). Fíjense que Jesús se da un título discreto: “Hijo del hombre” es el título que más frecuentemente se aplica a sí mismo. Jesús prefiere siempre este título que el del Mesías, porque está más relacionado con el del  “Siervo de Dios” Esto aclaración es fundamental para entender la misión del Mesías. “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mt 20,26-28; 23, 11; Mc 9, 35; 10, 43-44; Lc 22, 26).

La segunda pregunta que el Maestro plantea es la más difícil: ¿Uds quien dicen que soy yo? La respuesta de Pedro: “Tu eres el Mesías” Esta respuesta es correcta pero, como de todo judío no es el Mesías que tanto se esperan; es diverso con lo del Hijo del hombre que tiene que padecer y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Por eso, Pedro al saber esto lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo a Jesús, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no te sucederá. Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres" (Mt 16,21-23). “Pero ustedes”, ustedes que escuchan mi palabra, ustedes que han creído en mí, que viven conmigo, ustedes que son mi comunidad, ¿qué dicen de mí? Pedro, responde en nombre de todos. “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (16). La profesión de fe de Pedro es la profesión de nuestra fe cristiana. Jesús es el Cristo, el único Cristo, el Hijo de Dios, el Hijo amado del Padre, enviado al mundo para que en el tengamos la vida (Jn 3,16). Pedro ha sido, en este momento, admitido a participar en el secreto de Dios. La fe comienza justamente cuando dejamos de cuestionar al Señor y permitimos que sea Él quien nos cuestione, nuestra respuesta será entonces la expresión viva de nuestra fe, una fe que brota de una experiencia de vida.

Entrando en el misterio del discípulo, después de la respuesta de Pedro, Jesús hace caer en cuenta que ésta no proviene de la lógica o de la comprensión humana; es una respuesta sugerida en el corazón por el Padre: “Dichoso tú, Simón hijo de Juan por que no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (16,17). Pedro ha sido el primero en recibir la revelación del misterio escondido a los sabios y a los inteligentes (Mt 11, 25-27), si bien después tendrá que reconocer que Jesús no era el Cristo que él pensaba y tendrá que aceptar, a pesar de su resistencia, que Él se revela como tal, justamente, en lo que el menos el esperaba: la muerte y muerte de cruz.

Cuando Jesús pregunta qué dicen los demás sobre Él, todos responden a coro. Pero cuando Jesús concreta más la pregunta: ¿Y Uds. quién dicen que soy yo? Aquí la cosa se complica y solo responde Pedro. Aquí la pregunta va más allá de “qué decimos nosotros de Jesús”. En el fondo es una pregunta muy personal: “¿Quién soy para Uds.?” Porque decir decimos muchas cosas, pero el problema está en qué sentido tiene Jesús en nuestra vida, qué lugar ocupa en nuestra vida...

Aquí la pregunta no la hacemos nosotros, sino que es Él mismo quien la hace. Por tanto, no se trata de preguntas que podamos evadir fácilmente porque son preguntas que nos cuestionan. Sin embargo, a mí me gustaría invertir hoy la pregunta. Y que en vez de que sea Jesús quien pregunte, seamos nosotros quienes le preguntemos a Él: “Señor, qué dices tú de mí y de mi familia?” “Señor, ¿qué dices tú de tu Iglesia?” Porque si es importante saber lo que nosotros decimos de Él, mucho más importante es saber qué dice Él de la Iglesia y de nosotros.

b)   Dijo Jesús: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt 16,18-19). Para cumplir la misión salvadora, Jesús ahora como el Mesías, instituye la nueva comunidad: La Iglesia como medio de salvación. Agregando: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo los enseñe” (Mt 28,19-20). Es decir que “ todos los pueblos sean mis discípulos”. La Iglesia que Jesús funda en Pedro y los apóstoles se consagra como iglesia universal (Catolica).

¿Será cierto que Jesús fundó varias Iglesias? Claro que no: Ahora hemos leído en el Evangelio: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). En otro episodio dice: “Yo soy el buen pastor que conozco las mías y las mías me conocen a mí. Tengo otras ovejas, que no son de este corral. A ellas también las llamaré y oirán mi voz: habrá UN SOLO REBAÑO, como hay un solo pastor (Jn 10,14-16). En realidad la voluntad de Cristo es muy clara: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). El que se aparta, para formar otro grupo, tiene que saber claramente que se está portando mal, poniéndose en contra de la voluntad clara de Cristo. Jesús quiere la unidad de todos los que creen en su nombre. La división viene del pecado y del demonio. Cada uno va proclamando:

Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo, ¿Acaso está dividido Cristo? (1Cor 1,12-13). Hijitos míos, es la última hora, y se les dijo que tendría que llegar el Anticristo; en realidad, ya han venido varios anticristos, por donde comprobamos que ésta es la última hora. Ellos salieron de entre nosotros mismos, aunque realmente no eran de los nuestros. Si hubieran sido de los nuestros, se habrían quedado con nosotros. Al salir ellos, vimos claramente que entre nosotros  no todos eran de los nuestros (1Jn 2,18-19).

Alguna vez oíste decir: «Yo antes era católico y era borracho, ateo, no conocía a Dios; ahora ya soy hermano” Que “la religión católica es mala; los católicos son borrachos, ladrones, mentirosos...; los católicos no conocen la Palabra de Dios; a los católicos les está prohibido estudiar la Biblia...», y cosas por el estilo. A quienes dicen así, les pregunto: «¿Conocen de veras la Iglesia Católica? ¿Conocen a los verdaderos católicos?» Fíjense que en todas partes hay verdaderos católicos, que conocen y viven su fe en profundidad y tienen una vida honesta, según las enseñanzas de Cristo. Tenemos hombres santos: San Martin de Porres, Santa Rosa de Lima, San Antonio de Padua, San Francisco de Asís, Santa Clara, etc.

Si no conocen la Iglesia Católica en sus enseñanzas y en sus mejores exponentes, ¿por qué hablan mal de la Iglesia? Te das cuenta que Juzgan sin conocer. Dijo Jesús: “No juzgues, no serás juzgado, no condenes no serás condenado, perdona se te perdonara, con la vara que midas serás medido” (Lc 6,37). Desde luego que habrá algunos malos católicos, borrachos, que no van a misa, no leen la Biblia, etc. No justificamos esas actitudes. Pero son unos cuantos, ellos y cada uno dará un día cuentas a Dios. A mí no me compete juzgar y condenar a nadie. (Stg 4,12). Así como también imagino que habrá buenos hermanos protestantes, y malos protestantes; pero que por unos cuentos buenos que sean no les da derecho decir que son de la iglesia verdadera, y más aún, me digan que ellos solo son santos y puros, no es cierto.

Cristo fundó una sola Iglesia: Antes que nada, es un hecho indiscutible que Jesús fundó una sola Iglesia. El pasaje de San Mateo es muy claro al respecto: “Tú eres Pedro, o sea Piedra, y sobre esta piedra edificaré MI IGLESIA” (Mt 16,18). Y no ha dicho “sobre esta piedra edificaré mis iglesias”. Así que Jesús ya fundó su única Iglesia hace más dos mil años. Pero que luego alguien diga que “recibí en sueños una nueva revelación” como dicen los protestantes para fundar una nueva iglesia, eso no cierto. Hay hombres santos que como san Francisco de Asís que han recibido verdaderas revelaciones de Dios, pero no por eso buscaron fundar su propia Iglesia. Hoy, Dios sigue enviando muchos santos a la Iglesia, y son para enriquecer más a la única iglesia en sus diversas formas y carismas de vida, pero es un único espíritu que obra todo en todos (I Cor 12,4).

La Iglesia que fundó Cristo llegará hasta el fin del mundo.  Algunos dicen: «Es cierto que Jesús fundó una sola Iglesia. Pero esta se acabó pronto por la mala conducta de sus miembros. Ahora “la única Iglesia verdadera” es la mía, porque el fundador de mi iglesia fue enviado por Dios mediante sueños y visiones y es santo y todos nosotros si somos santos”. Esto es falso. En realidad, Jesús no dijo que su Iglesia pronto se acabaría o durará hasta cuando sus miembros se porten bien, sino que dijo: “Los poderes del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16,18). Que habrá problemas, dificultades, traiciones si; Jesús mismo tuvo problemas y por eso dijo: “Si el mundo les odia, sepan que a mí me ha odiado antes que a Uds” (Jn 15,18) “Uds en el mundo serán perseguidos por mí, pero sean valientes, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33) pero nadie ni nada logrará destruir esta Iglesia fundada por Cristo: ni el judaísmo, ni el paganismo del imperio romano, ni los falsos discípulos de Cristo, ni los gobiernos, ni los ateos, ni la masonería, ni las sectas, ni Satanás. La Iglesia que fundó Cristo, llegará hasta el fin del mundo: “Yo estaré con ustedes, TODOS LOS DÍAS, hasta que termine este mundo” (Mt 28,20). No dijo Jesús: «Si se portan bien, estaré con ustedes; pero si se portan mal, los voy a abandonar y fundaré otras Iglesias mucho mejores, mediante sueños y visiones». Nada de esto dijo. Jesús fundó una sola Iglesia y esta llegará hasta el fin del mundo. Si otro quiere fundar otra Iglesia, que lo haga; pero no vaya diciendo que es la Iglesia de Cristo.

Hoy, ante la proliferación de gran cantidad de SECTAS que se consideran «Iglesias de Cristo», la pregunta es: ¿Cuál es la verdadera Iglesia? La que fundó Cristo, Jesús personalmente, cuando vivió en este mundo, y que cuenta con todos los poderes que Cristo entregó a Pedro las llaves para que lo administre (Mt 16,19); Pero “me amas más que estos? Pedro: Si Señor, sabes que te amo. Pastorea mis ovejas (Jn 21,15-17). Y a los apóstoles: “Así como el Padre me envió, los envió a Uds, y reciban el don del Espíritu Santo” (Jn 19,21-22).

¿Por qué Iglesia Católica, si en la Biblia no hay esa palabra?  Iglesia Católica porque Dijo Jesús: “Que todos los pueblos seas mis discípulos” (Mt 28,19); Sobre esta piedra edifico mi Iglesia (Mt 16,18); Uds serán mis testigos… hasta los confines del mundo” (Hch 1,8). Católico viene del griego: Kathòlikus, Katha= a través de; Olos= Todo; atreves del todo= Universal; Iglesia Universal=Iglesia Católica. “Que todos los pueblos seas mis discípulos” (Mt 28,19). “Si Uds. perseveran en mis palabras, serán mis verdaderos discípulos, y conocerán la verdad” (Jn 8,31-32). “Yo soy la verdad y camino” (Jn 14,6) Solamente la Iglesia Católica posee la plenitud de la verdad y de los medios de santificación (I Tm 3,15).

Una Iglesia visible: Para la mayoría de los evangélicos, «la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, no se puede identificar con ninguna entidad eclesiástica en particular, sino que se compone de todos los que hayan puesto su fe en nuestro Señor Jesucristo». Para nosotros católicos, la Iglesia que funda Jesús es precisamente la Iglesia Católica. En realidad, entre todas las iglesias que existen actualmente, es la única que llega hasta Cristo. Las demás tuvieron otros fundadores. La Iglesia es inseparable de Cristo, porque Él mismo la fundó sobre los Doce apóstoles, poniendo a Pedro como cabeza (Jn 21,15-17). No se puede aceptar a Cristo y rechazar la Iglesia. Dijo Jesús: “El que recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió (Mt 10,40). Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes (Jn 20,22). Si no oyere a la Iglesia, tenle por gentil y publicano (Mt 18,17).

La preeminencia de Pedro en el mensaje de Pascua se ratifica por el anuncio del ángel a las mujeres: «... id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ellos a Galilea. Allí en Galilea lo verán, como les había dicho» (Mc 16,7;Jn 21,1-2). Pedro experimenta a Jesús resucitado y éste le confirma una primacía que se confirma en las promesas que le había hecho en su ministerio: «Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta Piedra construiré mi iglesia, y el imperio de la Muerte no la vencerá» (Mt 16,18), y en las nuevas recomendaciones nacidas del encuentro con el Resucitado: «Pedro... apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas... apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17). Este encuentro con el Resucitado le empuja a congregar de nuevo a los discípulos más cercanos y a encabezar la proclamación de la salvación ofrecida por Dios en Jesús, cuya experiencia de creerlo vivo desplaza, en cuanto lo incluye, el mensaje del Reino de Jesús. Entonces la voz común de las comunidades primeras proclama: «Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34).


Pedro y los Once, incorporado Matías (Hech 1,15-26), forman el núcleo histórico sobre el que recae la proclamación de la resurrección, y se constituyen en los protagonistas de la rápida difusión de la noticia y de la experiencia. Que Pedro contagie la visión a los demás discípulos (Lc 22,31-32), o que Jesús se deje ver a todos, es decir, a los Once (Mc 16,14), a los quinientos (1Cor 15,6), a María Magdalena (Jn 20,11-18) y a las mujeres (Mc 16,1), como se afirma en las tradiciones o elaboraciones, queda en segundo término. Lo que está en juego en estas noticias son dos cosas fundamentales: La inesperada acción de Dios en Jesús y la autoridad con la que reviste la comunidad a los que se les aparece Jesús y se convierten en creyentes de dicho acontecimiento divino. No existe interés alguno, quizás porque no se pueda y no se sepa, por explicar la experiencia y el encuentro con el Resucitado y su condición como Resucitado.

miércoles, 16 de agosto de 2017

DOMINGO XX - A (20 de Agosto del 2017)

DOMINGO XX - A (20 de Agosto del 2017)

Proclamación del Santo Evangelio Según San Mateo 15,21-28:

15:21 En aquel tiempo, Jesús se dirigió hacia el país de Tiro y de Sidón.
15:22 Entonces una mujer cananea, que salió de aquella región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio".
15:23 Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos".
15:24 Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel".
15:25 Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!"
15:26 Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros".
15:27 Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!"
15:28 Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!" Y en ese momento su hija quedó curada. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) hermanos(as) en el Señor Paz y Bien.

El evangelio de hoy complementa la enseñanza del domingo anterior respecto a la importancia de la fe y la oración ( Mt 14,23; 31) elementos que nos sitúan en el lugar que gusta, el cielo (Mt 17,4). En este domingo se subraya el tema de la fe: “Que grande es tu fe, te suceda conforme has creído” (Mt 15,28). ¿Qué es la fe? La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven” (Heb 11,1).

  El domingo anterior resaltamos dos elementos fundamentales de la vida espiritual: La oración y la fe: “Jesús subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo” (Mt 14,23); Jesús increpo a Pedro: “Hombre de poca fe por qué dudaste?” (Mt 14,31). La oración sin fe no tiene sentido; así como la fe sin obras está muerta (Stg 2,17).  ¿Cómo fortalecer nuestra fe?: 1) Haciendo buenas obras (caridad). San Pablo nos dice tres cosas son necesarias para nuestra salvación: fe, esperanza y amor (I Cor 13,13) y de las tres la mayor es la caridad (amor). “Todo lo que hagas, hazlo con amor” (I Cor 16,14). 2) orando con perseverancia. ¿Por qué orar? Jesús nos dice: “Estén despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu es fuerte, pero la carne es débil" (Mt 26,41). Quien vive amando, y quien ama viviendo, tarde o temprano se dará cuenta que está en camino místico de santidad, es hombre hecho oración, como los grandes santos como San Francisco de Asís. En esta postura sin duda que se está en el cielo y bien podemos como Pedro decir: “Que bien se está aquí” (Mt 17,4) Porque estar en el cielo es estar con Dios, Enmanuel (Mt 1,23). Es contemplar el rostro glorificad o transfigurado de Dios.

Jesús increpó a Pedro: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,31). "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!" (Mt 15,28). En etas dos enseñanzas hay gran diferencia. Pedro tiene muy poca fe y se hunde en el mar de dudas, la mujer cananea tiene una fe fuerte que tiene un piso firme, firmeza que le permite estar cerca de Jesús y con Jesús se está en Dios. Por eso nos había dicho Jesús: “Yo soy camino y vida, nadie va al padre sino por mi” (Jn 14,6).

Hallar los favores de Dios tiene su proceso: La mujer cananea comenzó a gritar desde la distancia: 1) "Señor, Hijo de David, ten piedad de mí" (Mt 15,22). 2) ante Jesús se postra y le dijo: "¡Señor, socórreme!" (Mt 15,25). 3) Insiste al decir “Señor, los perros también comen las migas que caen de la mesa de su amo" (Mt 15,27). Como se ve, se resalta con claridad la fortaleza  o seguridad espiritual de fe: Seguridad, firmeza, perseverancia y humildad. La fe con estos elementos suscita en la mujer la respuesta inmediata de Jesús: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!" Y en ese momento su hija quedó curada” (Mt 15,28).


Jesús le dijo al funcionario real: "Si no ven signos y prodigios (milagros), ustedes no creen" (Jn 4,48)La fe autentica no nace de un milagro como Pedro quiso experimentar caminando sobre el agua (Mt 14,28). La fe es la que puede suscitar el milagro, dependiendo cuanto de fe tenemos; y es que la fe no es como la ciencia que busca experimentar para afirmar una hipótesis de verdad. La fe es un don gratuito de Dios, por eso hemos de reiterar que la fe es lo que puede suscita milagros como lo descrito en este episodio: “Que grande es tu fe, que te suceda conforme has creído”. Y en ese momento su hija quedó curada (Mt 15, 28). Y si la fe es débil como el de Pedro del domingo anterior, pues por eso se hundió (Mt 14,30).

El evangelio de hoy trae consigo episodios y actitudes auténticas de fe: En Caná de Galilea, donde Jesús había convertido el agua en vino (Jn 2,3). “Había allí un funcionario real, que tenía su hijo enfermo en Cafarnaún. Cuando supo que Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le suplicó que bajara a su casa a curar a su hijo que agoniza. Jesús le dijo: "Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen". El funcionario le respondió: "Señor, baja antes que mi hijo se muera". "Vuelve a tu casa, tu hijo vive", le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Mientras descendía, le salieron al encuentro sus servidores y le anunciaron que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre", le respondieron. El padre recordó que era la misma hora en que Jesús le había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su familia” (Jn 4,47-53). Fe de una mujer que padecía flujo de sangre que solo le tocó el fleco del manto y se sanó: “Jesús se volvió y, al verla, le dijo: Animo, hija, tu fe te ha sanado” (Mt 9, 22). Fe de los amigos de un paralítico: Dijo al paralítico: Tus pecados te son perdonados… (Mt 9, 2; Lc 5, 20). “Le rogaban que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron curados” (Mt 14,36).

Fe de un centurión: “Cafarnaúm había un centurión que tenía un sirviente enfermo, a punto de morir, al que estimaba mucho. Como había oído hablar de Jesús, envió a unos ancianos judíos para rogarle que viniera a curar a su servidor. Cuando estuvieron cerca de Jesús, le suplicaron con insistencia, diciéndole: "El merece que le hagas este favor, porque ama a nuestra nación y nos ha construido la sinagoga". Jesús fue con ellos, y cuando ya estaba cerca de la casa, el centurión le mandó decir por unos amigos: "Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres en mi casa; por eso no me consideré digno de ir a verte personalmente. Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque yo —que no soy más que un oficial subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes— cuando digo a uno: "Ve", él va; y a otro: "Ven", él viene; y cuando digo a mi sirviente: "¡Tienes que hacer esto!", él lo hace". Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: "Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe". Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron al sirviente completamente sano (Lc 7,2-10). Los apóstoles le dijeron: “Señor, auméntanos la fe. El Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza diríais a este sicomoro: "Arráncate y échate al mar", y les obedecería. Nada es imposible para quien cree y tiene fe” (Lc 17, 5). Los discípulos preguntaron: “Señor ¿Por qué no pudimos echar ese demonio? Les respondió: porque tienen muy poca fe. Yo os aseguro que si tuvieran fe como un grano de mostaza, dirían a este monte (...) y nada les será imposible. (Mt 17, 20).


¿Cómo haces tu oración? Tanto en la vida consagrada como en el matrimonio solemos caminar muy atareados en tantas cosas y dejar de lado las cosas de la vida espiritual, somos como Martha que: Andaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude". Pero el Señor le respondió: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas. Sin embargo, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada" (Lc 10,38-42). A veces solemos quejarnos que rezamos y Dios no nos escucha. Entonces tiramos la toalla y lo peor es que tiramos también a Dios de nuestras vidas. Le pedí y no me hizo caso. ¿Para qué me sirve Dios y para qué me sirve pedir? Estamos acostumbrados a hacer de nuestra oración una especie de “tocar el timbre” y que alguien nos responda de inmediato. Sería bueno volver a preguntarnos: ¿Cómo, cuándo, con qué medios hago mi oración? ¿Será cierto que Dios no nos escucha? El evangelio de hoy nos comprueba que Dios si escucha y sin mayores demoras.

Dios nos escucha siempre que lo pidamos con fe pero con un corazón sincero: “Cuando ustedes me busquen, me invoquen y vengan a suplicarme, yo los escucharé;  pero siempre que me invoquen con un corazón puro y sincero” (Jer 29,112). Por el profeta Isaías dice Dios: “Cuando extienden sus manos, yo cierro los ojos; por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre! ¡Lávense, purifíquense, aparten de mi vista la maldad de sus acciones! ¡Cesen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho, socorran al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda! Vengan, y discutamos —dice el Señor—: Aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, serán como la lana. Si están dispuestos a escuchar, comerán los bienes del país; pero si rehúsan hacerlo y se rebelan, serán devorados por la espada, porque ha hablado la boca del Señor“ (Is 1,15-20).

En el evangelio de hoy, esta pobre mujer cananea refleja y reúne estos dos elementos como es la: Fe y la oración autentica y pureza de corazón. A veces Jesús toma actitudes que son como una lección para nosotros. La mujer grita detrás de Él y Él se hace como quien no escucha. Era tan insistente su grito que hasta los discípulos le piden que la atienda porque ya resulta molesta (Mt 15,22-23). Jesús tiene una frase que hasta pareciera sonar mal en sus labios y peor aún en su corazón, en el fondo la compara con los perros. “No está bien echar a los perros el pan de los hijos.” (Mt 15,26) ¿Verdad que diera la impresión de ser un Jesús diferente al que estamos acostumbrados? De repente, su actitud cambia y termina elogiando la fe de esta mujer: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas” (Mt 15,28).

 La oración tiene que ser insistente aun cuando sintamos que Dios está sordo y no nos escucha. Nosotros desistimos demasiado fácilmente, nos cansamos de pedir. Ese cansancio significa que no pedimos con verdadera confianza y con verdadera fe. Es preciso pedir sin cansarnos ni desalentarnos, incluso si sentimos que "Dios no nos escucha". Nosotros tenemos que seguir orando. No porque Dios nos escuche por nuestra insistencia, sino porque la insistencia implica que tenemos fe y confianza, incluso a pesar de su silencio. No es que la oración sea mejor porque oramos gritando, no se trata de volumen de voz: “Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan” (Mt 6,5-8).

Muchas veces nuestra oración resulta siendo un fracaso porque nos cansamos, porque no seguimos insistiendo, porque creemos que molestamos a los demás con nuestros gritos salidos del corazón. ¿Cuántas veces hemos orado a gritos? ¿Cuántas veces hemos orado, incluso sintiendo el silencio de Dios que no nos responde? Jesús no la alaba por sus gritos, pero sí por su constancia y por su fe. ”Mujer, qué grande es tu fe” (Mt 15,28). Nuestra oración no se mide por las palabras que decimos, sino por la fe de nuestro corazón. Si quieres medir la eficacia de tu oración, no te preguntes cuánto pides sino cómo pides y con qué fe pides. ¿Pides con una fe capaz de perforar el silencio y el aparente rechazo de Dios? Tenemos que orar hasta cansarnos, porque sólo así se expresa nuestra confianza en Él que nos lo dará tarde o temprano, pero ¿Qué pedimos? Tenemos que pedir que nos enseñe a orar (Lc 11,1).


Jesús mismo nos dice: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre de ustedes que está en el cielo dará cosas buenas a aquellos que se las pidan! (Mt 7,7-11). Y este detalle es lo que hoy constatamos en el evangelio: Se trata de una mujer pagana en diálogo de fe con Jesús. Luego, un Jesús que quiere poner a prueba la fe de esta mujer, como había puesto a prueba la fe de Pedro (Mt 14,32). Con la diferencia de que Pedro “tenía poca fe y comenzó a titubear”, mientras que esta mujer pagana demostró más fe (Mt 15,28) que el mismo Pedro que es cabeza de la Iglesia. ¿Cómo esta nuestra fe? ¿Podrá Jesús decirnos a nosotros hoy: qué grande es tu fe? Nuestra oración, ¿será así de constante y perseverancia que logremos cansar a Dios y al fin tenga que escucharnos?

sábado, 12 de agosto de 2017

DOMINGO XIX - A (13 de Agosto del 2017)

DOMINGO XIX - A (13 de Agosto del 2017)

Proclamación del santo evangelio según Mateo 14,22-33:

14:22 En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud.
14:23 Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
14:24 La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.
14:25 A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar.
14:26 Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
14:27 Pero Jesús les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman".
14:28 Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua".
14:29 "Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él.
14:30 Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame".
14:31 En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?"
14:32 En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.
14:33 Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigo en el Señor Paz y Bien.

El evangelio de hoy nos sitúa en dos perspectivas de complemento: oración y fe: “Subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí solo en oración” (Mt 14,23); “Jesús tendió la mano a Pedro y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" (Mt 14,31). Y estos dos temas fe y oración son ingredientes básicos para lograr a entrar en la escena del domingo anterior: “Jesús se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz” (Mt 17,2).
El texto de hoy lo dividimos en 4 partes:

1) “Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí en oración” (Mt 14,22-23).

2) Jesús camina sobre las aguas. Acto que solo corresponde a Dios (Causa de nuestra vida): “La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Ánimo!, soy yo; no tengan miedo” (Mt 14,24-27).

3) El episodio de Pedro. La gran tentación del hombre, ser igual que Dios (Solo somos efecto de la obra creadora de Dios): “Pedro le respondió: Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti caminando sobre las aguas. ¡Ven!, le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: ¡Señor, sálvame!. Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Subieron a la barca y amainó el viento” (Mt 14,28-32).

4) La profesión de fe de la comunidad (Barca = Iglesia): “Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mt 14,33).

En la primera parte, fíjense que Jesús ora: En la soledad y en la noche (Mt 14,23; Mc 1,35; Lc 5,16), a la hora de las comidas (Mt 14,19; 15,36; 26,26-27). Con ocasión de los acontecimientos más importantes: el bautismo: (Lc 3,21), antes de escoger a los doce (Lc 6,12), antes de enseñar a orar (Lc 11,1; Mt 6,5), antes de la confesión de Cesarea (Lc 9,18), en la Transfiguración (Lc 9,28-29), en el Getsemaní (Mt 26,36-44), sobre la cruz (Mt 27,46; Lc 23,46). Ruega por sus verdugos (Lc 23,34), por Pedro (Lc 22,32), por sus discípulos y por los que le seguirán (Jn 17,9-24). Ruega también por sí mismo (Mt 26,39; Jn 17,1-5; Heb 5,7). Enseña a orar (Mt 6,5), manifiesta una relación permanente con el Padre (Mt 11,25-27), seguro que no lo dejará nunca solo (Jn 8,29) y lo escuchará siempre (Jn 11,22.42; Mt 26,53). Ha prometido (Jn 14,16) continuar intercediendo en la gloria (Rm 8, 34; Heb 7,25; 1 Jn 2,1). Y es que la oración es el alimento de la vida espiritual. asi, cono el pan material es la fuente de energía par el cuerpo, la oración es el pan de la vida espiritual.

En la segunda parte se suscita el encuentro entre los discípulos y Jesús: “Ellos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. Es un fantasma, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: Tranquilícense, soy yo; no teman" (Mt 14,26-27): El miedo, el pánico no es sino manifestación de la falta de fe y nos hace ver fantasmas. El relato del Evangelio de hoy, nos presenta una de las realidades de la vida personal, familiar o eclesial. Como paso a los discípulos, no siempre el viento está a su favor y, con frecuencia, encuentra muchos vientos en contra. Es ahí cuando pensamos estar solos, cuando en realidad Jesús está con nosotros, pero nuestro miedo nos impide reconocerle y somos capaces de ver fantasmas donde deberíamos ver que Él viene a echarnos una mano. Pero casi siempre olvidamos lo que ya nos había dicho: “Yo estaré con uds. todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

En tercer lugar: “Pedro le respondió: Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua. Jesús le dijo ven. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: Señor, sálvame. Jesús le tendió la mano increpándolo: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? (Mt 14,28-32). Pedro, en vez de fiarse de la Palabra de Jesús, le exige de prueba un milagro. Poder acercarse a Él, ir hacia Él, caminando como Él sobre las aguas. Es la gran tentación de muchos de nosotros que, en vez de creer en la Palabra de Jesús, le exigimos a Dios milagros para creer. La fe no nace de los milagros; al contrario, cuando Jesús quería hacer algún milagro pregunta si tenían fe, por eso les decía: “Tu fe te ha salvado” (Mc 5,34). Pedro siente que se está hundiendo. Es que una fe que pide milagros es una fe demasiado débil y a las primeras dificultades, el miedo nos invade y nos hundimos fácilmente. Pero es entonces que Pedro reconoce al Señor y le grita: “¡Sálvame!”. Fíjense qué actitud de Jesús, que está al tanto de nosotros, como un papá que cuida del hijo que empieza a caminar, que ni bien tropezamos nos tiende la mano de auxilio. Pero mientras no clamemos su ayuda, no intervendrá porque respeta la libertad del hombre. Ese clamor tiene que nacer de nuestra fe.

En cuarto lugar: “Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios". (Mt 14,33). Cuando Jesús amaina la tormenta, solo entonces todos se postran en una confesión comunitaria diciendo: “Realmente eres el Hijo de Dios.” Los momentos más difíciles ponen a prueba nuestra fe. Muchos confiesan que tienen dudas de fe, dudas en la Iglesia, dudas en los sacerdotes dudas de sí. En alguna medida la duda es buena, porque la duda siempre es el comienzo de una fe más sólida. Donde sí hay que despertar nuestra preocupación es cuando no se tiene dudas respecto a nuestra fe, porque o es señal de que hemos perdido por completo la fe o tenemos certezas de la fe, si es así, que bien y si no es así, hay que pedírselo al Señor como los apóstoles: “Los Apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe. Él respondió: Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa montaña: "Arráncate de raíz y plántate en el mar", ella les obedecería” (Lc 17,5-6). Pero hay que hacerla mediante la oración: Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.  Él les dijo entonces: Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino…” (Lc 11,1-4).

¿Quién, en algún momento de su vida, no ha pasado por la prueba de la duda? Sólo no duda el que no cree, porque quien no cree de verdad, no tiene por qué dudar. No se duda de aquello que no se cree. Muchos se imaginan que están perdiendo la fe porque han comenzado a tener dudas, cuando en realidad, sus dudas pueden manifestar la verdad de su fe. Las dudas pueden nacer de uno mismo o pueden proceder del entorno en el que se vive y de las mismas verdades en que se cree. De uno mismo, porque la fe no es simplemente un conjunto de verdades que uno tiene en la cabeza, la fe es un estilo de vida y de vivir. Y cuando uno comienza a vivir al margen de su fe, es lógico que comience a poner en dudo sus propias creencias.

Ojala que nuestra fe, no tiemble a los vientos contrarios que la vida nos ofrece. Solo unidos en una fe autentica en Jesús podemos ir por el camino correcto y por eso El mismo nos ha insistido mucho:  “Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán” (Jn 15,4-7).

Los éxitos no ayudan a madurar. Mientras que los momentos difíciles siempre ayudan a tomar conciencia de la realidad, ayudan a pensar y también a sentir la necesidad de Jesús que no anda lejos pero cuesta verlo.

Es preciso desterrar los miedos de la Iglesia porque los miedos no ayudan a nada. Los miedos paralizan e impiden caminar. Los miedos, también en la Iglesia, nos impiden mirar hacia delante y nos obligan a echar las anclas en el pasado.

En los Hechos de los Apóstoles se habla del coraje y la valentía de los primeros cristianos. Hoy es posible que tengamos que hablar más de nuestros miedos e inseguridades que de nuestras valentías. Una Iglesia con miedo, no camina, es como barca atada al puerto. Sin embargo, Jesús le sigue pidiendo: “Rema mar adentro.”

El miedo nos hace ver fantasmas por todas partes, hasta convierte a Jesús en un fantasma en la noche. Los fantasmas nos impiden caminar. Cuando vemos fantasmas por todas partes, nos entran escalofríos en el alma y las piernas se nos paralizan.

También hoy necesitamos escuchar la voz de Jesús que nos grita en la noche: “¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!” Sería triste que nos diga como a Pedro: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” ¿No es ésta una invitación a mirar para adelante y arriesgarnos?

DOMINGO XVIII - A (06 de Agosto del 2017)

DOMINGO XVIII - A (06 de Agosto del 2017)

Proclamación del santo evangelio según Mateo 17,1-9:

17:1 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
17:2 Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
17:3 De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
17:4 Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
17:5 Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".
17:6 Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
17:7 Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo".
17:8 Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
17:9 Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigo en el Señor Paz y Bien.

Hoy celebramos la fiesta de la transfiguración del Señor. ¿Qué significa para los creyentes la transfiguración? Para responder a esta inquietud es conveniente situarnos en un contexto soteriológico o salvífico. Ya en su primer discurso el Señor nos adelantó algo importante respecto al Reino de Dios al decirnos: “Felices los que tienen el corazón puro y limpio, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Además nos dijo “Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí (Cruz). Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas” (Mt 5,10-12). Pero también nos dijo: “Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará” (Mt 10,22). Y en ¿qué consiste la salvación? Ver el rostro glorificado resplandeciente de Dios, que no es sino Jesús transfigurado.

Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz. En esto se le aparecieron Moisés (Ley) y Elías (Profeta) hablando con Él (Mt 17, 1-3). Esta visión produjo en los Apóstoles una felicidad incontenible; Pedro la expresa con estas palabras: Señor, ¡qué bien estamos aquí!; si quieres haré aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías (Mt 17, 4). Estaba tan contento que ni siquiera pensaba en sí mismo, ni en Santiago y Juan que le acompañaban. San Marcos, que recoge la catequesis del mismo San Pedro, añade que no sabía lo que decía (Mc 9, 6). Todavía estaba hablando cuando una nube resplandeciente los cubrió con y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: Escúchenlo (Mt 17, 5).
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¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA “TRANSFIGURACIÓN”? La palabra “transfiguración” viene de las raíces latinas trans (“al otro lado”) y figura (“forma”). Por lo tanto, significa un cambio de forma o apariencia. Esto es lo que le sucedió a Jesús en el evento conocido como la Transfiguración: Su apariencia cambió y se convirtió en un cuerpo glorioso. ¿Qué es gloria o glorioso? El actuar de Dios para redimir o salvar a la humanidad. Esta transfiguración se suscita en dos partes: 1) la Palabra se hizo carne (Jn 1,14), es decir Dios cambia del estado glorioso al estado humano (Hipostasis), 2) Del estado humano al estado glorioso: “De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos. El Ángel dijo a las mujeres: No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho” (M 28,2-6). Mismo Jesús glorificado les dijo: "Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos". Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: "Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto” (Lc 24,44-48). Esta escena del estado glorioso que es el estado natural del ser de Dios, es esta escena que ahora se nos muestra en unos segundos en sus apóstoles: Pedro, Santiago y Juan (transfigurado).

¿QUÉ SUCEDIÓ JUSTO ANTES DE LA TRANSFIGURACIÓN? En Lucas 9:27, al final de un discurso a los doce apóstoles, Jesús añade, enigmáticamente: “Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver el Reino de Dios”. Esto a menudo se ha tomado como una profecía que se produciría del fin del mundo antes que la primera generación de cristianos se extinguiera. La frase “reino de Dios” también puede referirse a otras cosas incluyendo la Iglesia – la expresión externa del reino invisible de Dios. El reino está encarnado en Cristo mismo y por lo tanto podría ser “visto” si Cristo se manifestara de una manera inusual, incluso en su propia vida terrenal.

 En la montaña tres de ellos (Santiago, Pedro, Juan) ven la gloria del Reino de Dios que brilla fuera de Jesús y están eclipsados por la santa nube de Dios. En la montaña, en la conversación de Jesús transfigurado con la Ley (Moisés) y los Profetas (Elías), se dan cuenta de que la verdadera estadía o estar con Dios ha llegado.  En la montaña se enteran de que el mismo Jesús es la Palabra completa de Dios (Jn 1,14).  En la montaña ven el “poder” (dynamis) del Reino que viene en Cristo”(Jesús de Nazaret).

Aquí, podemos tener la clave para entender la declaración misteriosa de Jesús justo antes de la Transfiguración. Él no estaba hablando del fin del mundo. Estaba hablando de esto. De hecho, Lucas señala que la Transfiguración tuvo lugar “como ocho días después de estas palabras”, subrayando así su proximidad, lo que sugiere que fue el cumplimiento de esta sentencia.

El recuerdo de aquellos momentos junto al Señor en el Tabor fueron sin duda de gran ayuda en tantas circunstancias difíciles y dolorosas de la vida de los tres discípulos. San Pedro lo recordará hasta el final de sus días. En una de sus Cartas, dirigida a los primeros cristianos para confortarlos en un momento de dura persecución, afirma que ellos, los Apóstoles, no han dado a conocer a Jesucristo siguiendo fábulas llenas de ingenio, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto Él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la sublime gloria le dirigió esta voz: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias. Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros estando con Él en el monte santo (2 Pdr 1, 16-18). El Señor, momentáneamente, dejó entrever su divinidad, y los discípulos quedaron fuera de sí, llenos de una inmensa dicha, que llevarían en su alma toda la vida. La transfiguración les revela a un Cristo que no se descubre en la vida de cada día, sino que está ante ellos como Alguien en quien se cumple la Alianza Antigua (Jer 31,33), y, sobre todo, como el Hijo elegido del Eterno Padre al que es preciso prestar fe absoluta y obediencia total, al que debemos buscar todos los días de nuestra existencia aquí en la tierra como el tesoro escondido (Mt 13,44).

 ¿Qué es el Cielo que nos espera, donde contemplaremos el rostro glorioso de Dios, si somos fieles, a Cristo glorioso, no en un instante, sino en una eternidad? Todavía estaba hablando, cuando una nube resplandeciente los cubrió y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escúchenlo (Mt 17, 5). 

El misterio que celebramos no sólo fue un signo y anticipo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra, pues, como nos enseña San Pablo, el Espíritu da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados (Rom 8, 16-17). Y añade el Apóstol: Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros (Rom 8, 18). Cualquier pequeño o gran sufrimiento que padezcamos por Cristo nada es si se mide con lo que nos espera. El Señor bendice con la Cruz, y especialmente cuando tiene dispuesto conceder bienes muy grandes. Si en alguna ocasión nos hace gustar con más intensidad su Cruz, es señal de que nos considera hijos predilectos. Pueden llegar el dolor físico, humillaciones, fracasos, contradicciones familiares... No es el momento entonces de quedarnos tristes, sino de acudir al Señor y experimentar su amor paternal y su consuelo. Nunca nos faltará su ayuda para convertir esos aparentes males en grandes bienes para nuestra alma y para toda la Iglesia. “No se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso” (J. Escrivá de Balaguer, “Amigos de Dios”). Él es, Amigo inseparable, quien lleva lo duro y lo difícil. Sin Él cualquier peso nos agobia.

Si nos mantenemos siempre cerca de Jesús, nada nos hará verdaderamente daño: ni la ruina económica, ni la cárcel, ni la enfermedad grave, mucho menos las pequeñas contradicciones diarias que tienden a quitarnos la paz si no estamos alerta. El mismo San Pedro lo recordaba a los primeros cristianos: ¿quién los hará daño, si no piensan más que en obrar bien? Pero si sucede que padecen algo por amor a la justicia, son bienaventurados (1Pdr 3, 13-14). La Iglesia celebra la Transfiguración del Señor, que ocurrió en presencia de los apóstoles Juan, Pedro y Santiago. Es aquí donde Jesús conversa con  Moisés y Elías, y se escucha desde una nube la voz de Dios Padre que dice “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo” (Lc. 9, Mc. 9, Mt. 17).

En el Catecismo de la Iglesia Católica (555), en referencia al pasaje bíblico, se menciona que “Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para ‘entrar en su gloria’ (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén. Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías (Lc 24, 27). La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre”, señala el Catecismo.


San Jerónimo comentaba este episodio de la vida de Jesús con mucho fervor y añadía incluso palabras en la boca de Dios Padre para explicar la predilección de Jesús. “Este es mi Hijo, no Moisés ni Elías. Éstos son mis siervos; aquel, mi Hijo. Éste es mi Hijo: de mi misma naturaleza, de mi misma sustancia, que en Mí permanece y es todo lo que Yo soy. También aquellos otros me son ciertamente amados, pero Éste es mi amadísimo. Por eso hay que escucharlo”, decía el Santo.

viernes, 28 de julio de 2017

DOMINGO XVII - A (30 de Julio del 2017)

DOMINGO XVII - A (30 de Julio del 2017)

Proclamación del santo evangelio según Mateo 13,44-52:

13:44 El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
13:45 El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas;
13:46 y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.
13:47 El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces.
13:48 Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
13:49 Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos,
13:50 para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
13:51 ¿Comprendieron todo esto?" "Sí", le respondieron.
13:52 Entonces agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo". PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Estimados amigos en el Señor y Paz y Bien.

La búsqueda de perlas finas (Mt 13,45), el hallazgo del tesoro escondido (Mt 13,44), los peces buenos (Mt 13,48), y las cosas nuevas (Mt 13,52) nos encaminan entrar en sintonía con aquella enseñanza de Jesús: “Si yo expulso los demonios con el poder de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Mt 12,28; Lc 11,20). Y el tema central: el tesoro escondido en el campo: Es Cristo Jesús el tesoro escondido porque en él hallamos el reino de Dios. ¿Cómo hacernos de este tesoro? Que es lo mismo preguntarnos: “¿Qué obras buenas debo hacer para conseguir la salvación eterna? Jesús le dijo: Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos. El joven rico dijo ya lo cumplí desde pequeño ¿Qué más me faltara? Dijo Jesús; vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres así tendrás un tesoro en el cielo, luego vente conmigo, (Mt 19,16-21).

Las enseñanzas de este domingo son el complemento a las enseñanzas del domingo anterior donde nos hemos preguntado como los apóstoles: “¿Cuándo llegara el reino de Dios?” (Lc 17,20), Jesús respondió: “Si yo expulso los demonios con el poder de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Mt 12,28; Lc 11,20). “Yo soy la puerta, el que entra por mí se salvará” (Jn 10,9). Es decir que el Reino de Dios tiene que ver con nuestra salvación y Cristo Jesús es nuestra salvación. De ahí que propios y  extraños preguntan al  Señor: “¿Qué hare para obtener la salvación eterna?” (Mc 10,17). “¿Serán pocos los que se salven” (Lc 13,23). “¿Quién podrá salvarse” (Mt 19,25). En la enseñanza de hoy nos preguntamos: ¿Qué o quién es nuestro tesoro, dónde y cómo lo buscamo?

Hemos resaltado la enseñanza: “Déjenlos crecer juntos (Trigo y cizaña) hasta la cosecha, y entonces diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y échenlo al fuego, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30). “Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt 13,40-43). Hoy se nos reitera de otro modo: “Los pescadores sacan la red a la orilla y, sentándose, recogen los buenos peces en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 13,48-50).

Como hipótesis de nuestra reflexión: Si soy buen pez, entonces obtengo mi salvación (canasta=cielo); y si soy inservible, entonces obtengo mi condenación (tiran=infierno). “El hombres está situado entre la vida y la muerte: a cada uno se le dará lo que escoja” (Eclo 15,17). Dios dice a Israel: “Yo pongo ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes, con tal que ames al Señor, tu Dios, escuches su voz y le seas fiel” (Dt 30,19). Lo viejo y lo nuevo (Mt 13,52).

El texto de la primera parábola dice: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel” (Mt 13,44). Aquí, el término de comparación es para aclarar las cosas del Reino de Dios que es el tesoro escondido en el campo. Ninguno sabe que en el campo hay un tesoro. No sabía que lo encontraría. Lo encuentra y se alegra y acoge con gratitud lo imprevisto. El tesoro descubierto no le pertenece todavía, será suyo sólo si consigue comprar el campo. Así eran las leyes de la época. Por esto va, vende todo lo que posee y compra aquel campo. Comprando el campo, se hace dueño del tesoro. Jesús no explica la parábola. Vale aquí lo que ha dicho antes: “Quien tenga oídos oiga” (Mt 13,9.43). O sea: “El Reino de Dios es esto. Lo han escuchado. ¡Ahora, traten de entenderlo! Es tarea de cada uno de nosotros preguntarnos en la vida ¿Qué buscamos? El campo es nuestra vida, en la vida de cada uno de nosotros hay un tesoro escondido, tesoro precioso, más precioso que todas las cosas de valor. ¿Qué es el tesoro en nuestra vida que vamos buscando? ¿Será riqueza? ¿Será un título? En este sentido nos dice Jesús: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6,19-21).

¿Cuál es el tesoro de tu vida que buscas? Será ese tesoro que se marchita? Si buscas un tesoro como el oro, entonces solo sirve para esta vida y Como el Señor dice, los ladrones acechan para robar. Quien lo encuentra da todo lo que posee para comprar aquel tesoro ¿Lo has encontrado tú? Y si aún no lo has encontrado ¿Por qué crees que no lo encuentras? ¿En qué falla la estrategia de tu búsqueda? Y ¿Dónde y cómo la buscas? Pedro y los demás buscan toda la noche el tesoro de la pesca pero nunca cogieron peces y Jesús se presentó de madrugada y dijo a Simón: "Rema mar adentro, y echen las redes". Simón le respondió: "Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes".  Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse… Pero Jesús dijo a Simón: No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres. Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron” (Lc 5,4-11). Los apóstoles,  habían hallado el tesoro: Cristo Jesús.

“También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va y vende todo lo que tiene y la compra” (Mt 13,45-46). En la primera parábola, el término de comparación era “el tesoro escondido en el campo”. En esta parábola, el acento es otro. El término de comparación no es la perla preciosa, sino la actividad, el esfuerzo del mercader que busca de perlas preciosas. Todos saben que tales perlas existen. Lo que importa no es saber que esas perlas existen, sino buscarlas sin descanso, hasta encontrarla. Por eso la pregunta es ¿Dónde, cómo y con qué busco ese perla preciosa?.

Las dos parábolas tienen elementos comunes y elementos diversos. En los dos casos, se trata de una cosa preciosa: tesoro y perla. En los dos casos hay un encuentro, y en los dos casos la persona va y vende todo lo que tiene para poder comprar el valor que ha encontrado. En la primera parábola, el encuentro se sucede por casualidad. En la segunda, el encuentro es fruto del esfuerzo y de la búsqueda. Tenemos dos aspectos fundamentales del Reino de Dios:

El Reino existe, está escondido en la vida, en espera de quien lo encuentre. Y segundo, el Reino es fruto de una búsqueda y de un encuentro. Son las dos dimensiones fundamentales de la vida humana: la gratitud de amor que nos acoge y nos encuentra y la observancia fiel que nos lleva al encuentro.

“También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mt 13,47-50). Aquí el Reino es semejante a una red, no una red cualquiera, sino una red echada en el mar y que pesca de todo. Se trata de algo típico en la vida de aquéllos que escuchaban, donde la mayoría eran pescadores, que vivían de la pesca. Una experiencia que ellos tienen de la red echada en el mar y que captura de todo, cosas buenas y cosas menos buenas. El pescador no puede evitar que entren cosas malas en su red. Porque él no consigue controlar lo que viene de abajo, en el fondo del agua del mar, donde se mueve su red. Sólo lo sabrá cuando tire de la red hacia lo alto y se sienta con sus compañeros para hacer la separación. Entonces sabrán qué es lo que vale y lo que no vale. De nuevo, Jesús no explica la parábola, pero da una indicación: “Así será al final de mundo”. Habrá una separación entre buenos y malos. En el domingo anterior decía: “Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt 13,40-43).

La bondad y misericordia del Señor tiene límites y el límite de la misericordia es la Justicia divina. Quienes merecen estar en el cielo, lo estarán y quienes merecen estar en el fuego eterno que es el infierno lo estarán sin dudas, y al respecto dice Jesús: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan. Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí" (Lc 16,19-26).

Conclusión del discurso parabólico: Jesús pregunto: ¿Comprendieron todo esto? "Sí", le respondieron. Entonces agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo" (Mt 13,51-52). Otra cita al respecto nos dice: “Nadie usa un pedazo de tela nueva para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido viejo y la rotura se hace más grande. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres, y ya no servirán más ni el vino ni los odres. ¡A vino nuevo, odres nuevos!" (Mc 2,21-22).

Las parábolas: “Las cosas nuevas y las cosas antiguas (Mt 13,52), semillas arrojadas en el campo (Mt 13,4-8), el grano de mostaza (Mt 13,31-32), la levadura (Mt 13,33), el tesoro escondido en el campo (Mt 13,44) el mercader de perlas finas (Mt 13,45-46), la red echada en el mar (Mt 13, 47-48). Nos induce hacia la búsqueda del tesoro escondido que es el reino de Dios y el que lo encuentra es hombre nuevo, vino nuevo.


Si has hallado tu tesoro que es Cristo Jesús o que es lo mismo el reino de Dios, disfruta de ese tesoro hallado  siendo o actuado como hombre nuevo (Ef 4,23). Los santos han hallado su tesoros en Cristo, el Señor por eso han sido las personas más felices y contentos. Los apóstoles han hallado el tesoro y dejándolo todo lo siguieron (Lc 5,11). San Pablo halló su tesoro y dijo: “Para mi Cristo lo es todo” (Col. 3,11). “A causa del Señor, nada tiene valor para mí en este mundo. Todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3,8). Por eso, quien supo hallar el tesoro en su vida tiene que estar alegre, como nos recomienda San Pablo: “Estén alegres en el Señor, os lo repito estén alegres” (Flp 4,4).