sábado, 16 de diciembre de 2017

DOMINGO III DE ADVIENTO - B (17 de diciembre del 2017)

           III DOMINGO DE ADVIENTO - B (17 de diciembre del 2017)

Proclamamos el Evangelio de Jesucristo según San  Juan 1,6-8. 19-28:

1:6 Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
1:7 Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
1:8 Él no era la luz, sino el testigo de la luz.
1:19 Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: "¿Quién eres tú?"
1:20 Él confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: "Yo no soy el Mesías".
1:21 "¿Quién eres, entonces?", le preguntaron: "¿Eres Elías?" Juan dijo: "No". "¿Eres el Profeta?" "Tampoco", respondió.
1:22 Ellos insistieron: "¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?"
1:23 Y él les dijo: "Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor,  como dijo el profeta Isaías".
1:24 Algunos de los enviados eran fariseos,
1:25 y volvieron a preguntarle: "¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?"
1:26 Juan respondió: "Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen:
1:27 él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia".
1:28 Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba. PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna? (Mc 10,17). Siendo testigo de la luz (Jn 1,8).

Estamos ya celebrando el III domingo del tiempo de adviento. En el I domingo se nos ha dicho: “Estén despiertos y vigilantes porque Uds. no saben cuándo será el día y la hora en que llegue el dueño de casa” (Mc 13,33). En el II domingo: “Yo soy la voz que clama en el desierto, preparen el camino del Señor” (Is 40,3; Mc 1,3). Hoy, Juan Bautista dice: “Yo no soy la luz, sino testigo de la luz” (Jn 1,8). Nosotros también estamos llamados a esta sagrada misión: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Mt 28, 11-20).

“Yo soy testigo de la luz” (Jn 1,8). Esta  afirmación contundente se complementa con esta cita: Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo” (Jn 1,29). Además agrega Juan y dice: “Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre el que veas descender el Espíritu, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios" (Jn 1,33-34). Luego Jesús mismo nos dice: “Yo soy la luz del mundo quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). No es lo mismo caminar en tiniebla que en la luz, como no es lo mismo estar en día que de noche.

“El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él" (Jn 11,9-10). Hay distinción clara entre el que está en la luz y en tinieblas. ¿Quién es el que está en la luz y en tinieblas? El que ha nacido en el espíritu: "El que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu” (Jn 3,5-6). San Pablo dice: “Los que han sido bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo” (Gal 3,27). “Despójense del hombre viejo, y renuévense en la mente y espíritu para revestirse del hombre nuevo encaminados a ser santos” (Ef 4,22-24). Así pues, el que se ha convertido al evangelio (Mc 1,15) es hombre nuevo. San Pablo exclama de gozo al comprender este gran misterio: “Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2,20). Quien se convierte al evangelio, es sin duda el hombre testigo de la luz (Jn 1,8).

Juan Baustista exhorta tajantemente al advertir que algunos quieren bautizarse sin dejar las tinieblas: “Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan frutos de una sincera conversión, y no se contenten con decir: Tenemos por padre a Abraham. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. (Mt 3,7-10; Mt 7, 19). Ser bautizados nos purifica de todos los pecados, pero ejerciendo el don del bautismo en nuestra vida es como nos santificamos (Lv 11,45). Si estamos bautizados, pero no ejercemos el don de nuestra fe, seguimos siendo hombre de tinieblas no por la ineficacia del sacramento del bautismo sino por no dejarnos transformar por la fuerza del espíritu. En este sentido, Jesús mismo hace referencia al hombre que finge ser bautizado, el hombre envuelto en tinieblas (fariseos) y dice: “Son ciegos que guían a otros ciegos. Pero si un ciego guía a otro, los dos ciegos caerán en un pozo" (Mt 15,14).

El hombre convertido al evangelio (Mc 1,15) está comprometido con esta consigna: “Enseñen el evangelio a toda la creación, quien crea y se bautice se salvara y quien se resiste en creer será condenado” (Mc 16,15). ¿Cómo enseñar el evangelio? Siendo testimonio de la luz: “Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en la cima de una montaña y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así alumbre ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y por ella glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 15,14-16). En suma, Jesús nos recomienda ser testigo de la luz (Jn 1,8) para asegurar nuestra salvación (Mc 16,15).  

La Iglesia se conforma por cada uno de los bautizados (Gal 3,27). Y todos los bautizados seguimos al Señor quien con mucha razón nos dice: “Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá luz y vida” (Jn 8,12). Pero los que no conocen a Dios son los hijos de las tinieblas (Ef 5,5). Felizmente vivimos unos momentos en los que la Iglesia tiene mejores testigos de la luz. ¿Quién negará, por ejemplo que el Papa Francisco no está siendo el gran testigo de la luz para el mundo? ¿Qué decir de los santos que brillaron y brillan por siempre por su santidad? (Mt 22,12): San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, Santa Clara; santa Rosa de Lima, San Martin de Porres, San Francisco Solano etc.

Dijo Jesús: “Yo soy la luz del mundo” (Mt 8,12). Y Juan lo reconoce: la luz es Él, yo soy simple testigo de la luz (Jn 1,7). Esa es también la misión de cada cristiano. No es él la luz, pero él vive iluminado por la luz de Jesús y del Evangelio y nos convertimos también nosotros en “testigos de la luz” (Jn 1,8): Somos testigos de la luz, cuando vivimos iluminados por Jesús, cuando vivimos en la verdad del Evangelio, cuando vemos a los demás como hermanos, cuando defendemos la dignidad de los hermanos, cuando amamos a los demás como a nosotros mismos y como Dios los ama (Mt 22,36). Somos testigos de la luz, cuando somos sensibles a las necesidades de los demás, cuando los demás pueden reconocer a Dios en nuestras vidas, cuando los demás se sienten iluminados en su camino. Seamos la lámpara en la que arde la mecha del Evangelio y de Jesús (Mt 5,14). Seamos testigos de la luz dejando que nuestra vida sea una Navidad. Un principio de esperanza para sí y los demás.

El Evangelio de hoy nos plantea una pregunta directa y personal a la que, de ordinario, no queremos responder. “¿Quién eres tú?” “¿Qué dices de ti mismo?”(Jn 1,19). Todos sabemos muy bien quiénes son los demás, todos sabemos muchas cosas de los otros, lo difícil es cuando alguien nos pregunta: ¿Y tú quién eres? ¿Qué dices de ti mismo? Es una pregunta que muy pocos son capaces de hacerse porque es preguntarse por su propia identidad, por su propio ser y ¿Quién se conoce realmente a sí mismo?

Respecto a la identidad, Hay Varios pasajes o citas en las que se hace referencia al tema, así tenemos por ejemplo: Los judíos lo rodearon a Jesús y le preguntaron: "¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente. Jesús les respondió: Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen” (Jn 10,24-27). Los discípulos de Juan el Bautista preguntaron a Jesús ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? En aquel momento curó a muchos de sus enfermedades y dolencias, y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió: Digan a Juan lo que han visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!” (Lc 7,20-23). Pero la inquietud más importante de la identidad es:

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es? Ellos le respondieron: Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas. Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy? Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Y Jesús le dijo: Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella” (Mt 16,13-18;  Mc 8, 29; Lc 9, 20; Jn 6, 68-69). Y la afirmación contundente de la nueva identidad lo trae san Pablo al afirmar: “En virtud de la Ley, he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. La vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,19-20).

Así pues, nosotros mismos, cuando un día tengamos que presentarnos en el cielo, nos pedirá nuestra identidad, el Justo Juez que es Cristo Jesús (Hch 10,42): ¿Usted quién es? Si le decimos, mire yo soy el ingeniero... Él nos dirá: Yo no le he preguntado por el oficio, sino quién es. Yo ayudé a construir muchas Iglesia. Yo no le preguntado qué ha construido sino quién es usted. Soy un padre de familia. Por favor, Señor, yo no le he preguntado si tiene hijos, sino quién es. No se enfade, Señor, pero a decir verdad es lo único que sé de mí mismo.


Esto es lo que le pasó a Juan cuando los interlocutores le preguntaron: “¿Quién eres, que dices de ti mismo?” (Jn 1,19). Juan dijo: Yo no soy Elías, ni soy el profeta, yo no soy el Mesías. Pero, ¿quién demonios es usted? Yo soy el que bautiza y abre caminos al que está por venir porque en medio de vosotros hay uno a quien no conocen y al que no soy digno de desatarle la corre de sus sandalias (Jn 1,25-27). Yo no soy yo, sino que soy en relación al otro. ¿Quién soy yo? La respuesta nos la da Pablo: “Ya no soy yo, sino Cristo que vive en mí.” (Gal 2,20) Eso es ser cristianos comprometidos con la misión de anunciar el evangelio (I Cor 9,16).

martes, 5 de diciembre de 2017

DOMINGO II DE ADVIENTO – B (10 de Diciembre del 2017)

        DOMINGO II DE ADVIENTO – B (10 de Diciembre del 2017)

Proclamación del Santo Evangelio según San Marcos 1,1-8:

1:1 Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.
1:2 Como está escrito en el libro del profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino.
1:3 Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos,
1:4 así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
1:5 Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
1:6 Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:
1:7 Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias.
1:8 Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo". PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien en el Señor.

“La Ley y los Profetas llegan hasta Juan. Desde entonces se proclama el Reino de Dios, y todos tienen que esforzarse para entrar en él” (Lc 16,16). Y para entrar o ser parte del Reino de Dios es indispensable el bautismo. Jesús dijo a Nicodemo: "Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. (Jn 3,5). Además, se nos dijo: "Que todos los pueblos sean mis discípulos bautizándolos en el nombre del padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19).

El Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo, elementos constitutivos de la misión (trabajo evangelizador de la Iglesia)  y una misión efectiva suscita la salvación tal como Jesús mismo nos indica al decir: "Id por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará y quien se resiste en creer será condenado" (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Rm 4, 25), a fin de que "vivamos también una vida nueva" (Rm 6, 4). En el momento en que hacemos nuestra primera profesión de fe, al recibir el santo Bautismo que nos purifica, es tan pleno y tan completo el perdón que recibimos, que no nos queda absolutamente nada por borrar, sea de la pecado original, sea de cualquier otra cometida u omitida por nuestra propia voluntad, ni ninguna pena que sufrir para expiarlas. 

La eficacia del Bautismo nos encamina a la santidad (Lv 11,45). Pero hay que tener en cuenta que no nos libra de las debilidades de nuestra naturaleza humana que tenemos que afrontar después del bautismo. Nosotros tenemos que combatir los movimientos de la concupiscencia que no cesan de incitarnos al mal" (NC Nº 977-978). Al respecto San Pablo dice: “No entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que no quiero” (Gal 5, 17). “Sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí” (Rm 7,18-19).

El Señor delego a la Iglesia en sus ministros consagrados la misión de administrar los sacramentos como el bautismo y la reconciliación al decir: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo". (Mt 16,18-19). Por medio del sacramento del bautismo la Penitencia, el bautizado configura con Jesús y se reconcilia con Dios y con la Iglesia

Hoy, segundo domingo de adviento: “Juan el Bautista se presentó en el desierto, proclamando el bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Mc 1,4). Luego recalca: “Detrás de mí viene el que es más poderoso que yo, ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo" (Mc 1,7-8). Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo” (Jn 1,29-30). “Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, él me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu  y que permanece sobre él, este es el que bautiza con el Espíritu Santo” (Jn 1:33). “Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios" (Jn 1,34).

Para comprensión mejor el evangelio de hoy, recordemos aquella cita donde Jesús nos dice: “Salí del Padre y viene al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre” (Jn 16,28). En la primera venida el Hijo de Dios viene como cualquiera de nosotros: De las entrañas de una mujer: (Lc 1,26-38). Este misterio de la encarnación del Hijo de Dios (Jn 1,14) celebraremos en la navidad y para ello nos preparamos en este tiempo de adviento, tiempo de espera. ¿Para qué vino el Hijo de Dios? Para invitarnos al reino de Dios, es la misión del Hijo, por eso al inicio de su vida pública nos dice: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios está cerca conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Pero, también más luego a la pregunta de los fariseos ¿Cuándo llegaría el Reino de Dios. Jesús respondió: El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: Está aquí o Está allí. Porque el Reino de Dios está entre ustedes" (Lc 17,20-21). Además Jesús agrega: “Si yo expulso a los demonios con el poder de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11,20). Jesús es el despliegue del Reino de Dios y entrar o estar en el reino de Dios es estar Con Dios: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que traducido significa: "Dios con nosotros" (Mt 1,23).

A diferencia del domingo anterior en el que hemos resaltado la actitud de espera a la segunda venida del Hijo en su estado glorioso (Mc 13,33.35.37), que será para premiarnos (Mt  16,27). Hoy resaltamos su primera venida en su naturaleza humana (Jn 1,14), que será para invitarnos al Reino de Dios, para eso tenemos que bautizarnos: “Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a Juan Bautista, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados” (Mc 1,5). Pero el bautismo tiene elementos como requisitos que cumplir, así por ejemplo se nos dice: Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: "Raza de víboras,  ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca?  Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: Tenemos por padre a Abraham. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham” (Mt 3,7-9).

El año pasado tuvimos como hilo conductor en nuestras reflexiones la cita: “Un hombre preguntó al Señor: ¿Qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?” (Mt 19,16). Este año también reiteramos esta inquietud: “Un hombre corrió hacia Jesús y, arrodillándose, le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?" (Mc 10,17). Como es de ver, el tema recurrente es la salvación. En el inicio del adviento y durante el año iremos preguntándonos ¿Qué he de hacer o hemos de hacer para obtener la vida eterna? El domingo anterior se nos ha dicho que: “Tengan cuidado y estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13,33). Hoy nos dice que para obtener nuestra salvación debemos entrar o ser parte del Reino de Dios. ¿Cómo se es parte del reino de Dios? Bautizándonos y para  el bautismo hace falta nuestra sincera conversión (Mt 3,7). Y este tiempo de adviento es tiempo propicio para renovar nuestro bautismo mediante el sacramento de la reconciliación.

Hay que tener en cuenta sobre aquella cita: “Las necias dijeron a las prudentes: ¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan? Pero estas les respondieron: No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: "Señor, señor, ábrenos, pero él respondió: Les aseguro que no las conozco. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora” (Mt 25,8-13). Debemos estar bautizados todos, eso es importante, pero luego debemos ejercer el don del bautismo en nuestra vida. Si no  somos creyentes comprometidos con nuestra fe en la Iglesia, seremos como las mujeres necias que tenemos lámparas pero las tenemos apagadas. Y si tenemos apagadas la luz de la fe, no podremos entrar en el banquete de boda del cordero (cielo). Pero, ¿no basta ser bautizados? El bautismo es importante, pero luego hay que practicar o ejercer la fe. Las mujeres necias tienen lámparas pero no tiene aceite y no alumbra.

"Quien se bautice se salvara" (Mc 16,15). El primer  efecto del bautismo es la destrucción del pecado y el hombre arrancado del pecado y acompañado de sus obras de caridad tiene a su favor la salvación. Se ve claramente ya en el A.T. y en numerosos textos bíblicos donde se afirma que los pecados son borrados, quitados, lavados, purificados: “Yo soy, yo mismo soy el que borro tus iniquidades... y no me acordaré de tus pecados” (Is 43,25); “Hagan, penitencia y conviértanse, para que sean borrados sus pecados (He 3,19). La justificación misma que no es sólo remisión de los pecados;  sino que la justificación arranca al hombre del pecado".

El segundo efecto del bautismo es la conversión "pone" algo en el alma. La Sagrada Escritura lo afirma diciendo que se trata de una renovación interior del hombre: “Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo. Arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios. Los salvaré de todas sus impurezas” (Ez 36,26-29).

En dos ocasiones emplea san Pablo la imagen del cambio de vestidura para referirse a la conversión (transformación) que actúa el Espíritu Santo en el hombre: “Han sido encaminados conforme a la verdad de Jesús a despojarse, en cuanto a su vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de su mente, y a revestirse del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4,20-24; Col 3,9-10).

El Apóstol toma de la escatología judía este tema del hombre viejo y el hombre nuevo para expresar la transformación que supone en el hombre la nueva vida en Cristo. El «hombre nuevo» es como el prototipo de una nueva humanidad recreada por Dios en Cristo (Ef 2,15). Constituye el centro de la nueva creación (2 Co 5,17; Ga 6,15) que Cristo ha obtenido restaurando con su sangre todas las cosas desordenadas por el pecado (Col 1,15-20). Si el hombre viejo representa a la humanidad creada a imagen de Dios pero condenada después por desobediencia a la esclavitud del pecado y de la muerte (Rm 5,12), el hombre nuevo es el hombre recreado en Cristo, que ha recuperado la imagen de su Creador (Col 3,10).

Tanto esta contraposición como la anterior describen dos órdenes existenciales e históricos: «El hombre viejo o deteriorado por el pecado es el que procede de Adán, creado por Dios del barro de la tierra, e inclinado al barro tras el pecado. El hombre nuevo es el recreado por la acción del Espíritu a imagen de Cristo. Un linaje viene por la carne y trae consigo las limitaciones de la carne; está realmente sometido a la concupiscencia, al dolor y a la muerte. El otro linaje viene por el Espíritu y trae consigo la Fuerza del Espíritu. El orden de la carne o puramente animal es realmente terreno y mortal; el del Espíritu lleva un principio real y eficaz de resurrección». Nos encontramos ante dos linajes o dos modos de vida: el de la carne y el del espíritu; el del hombre viejo y el hombre nuevo.

San Pablo dice: “Uds. aprendieron de Jesús que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo dejándose arrastrar por los deseos engañosos, para renovarse en lo más íntimo de su espíritu y revestirse del hombre nuevo, en la justicia y en la verdadera santidad” (Ef 4,22-24). El tema del hombre viejo y hombre nuevo proviene de la escatología judía; y  el del hombre exterior e interior es de origen griego. Esta segunda contraposición completa la primera haciendo referencia más concretamente a la pugna que existe dentro del mismo hombre que recibe al Espíritu. Ese combate entre el cuerpo pasible y mortal y la parte racional del hombre, es una ley de experiencia que el mismo Apóstol sufre (Rm 7,21-23).

Juan Bautista nos dice: “Detrás de mí viene el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo” (Mc 1,7-8). La actuación del Espíritu se inicia en el interior del hombre y transforma por completo el ser del hombre. El hombre interior se relaciona con lo íntimo del hombre transformado por el Espíritu Santo: es el hombre nuevo en Cristo; en contraste con él aparece el hombre exterior, lo que queda del hombre viejo caduco y mortal, con la concupiscencia inclinada hacia las cosas de este mundo. Mientras el hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se renueva día tras día (2 Co 4,16), anticipando la completa realización de la nueva humanidad en camino hacia la santidad.


Si ya estamos convertidos, San Pablo nos exhorta: “Déjense conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren” (Gal 5,16-17). Quien vive guiado por el espíritu no da lugar a la apetencia de la carne, y el que vive según la carne vive en: fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios” (Gal 5,19-21). Pero si vivimos guiados por e espíritu, entonces viviremos en: “Amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está de más, porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos” (Gal 5,22-24). Quienes vivimos en estos principios ya somos hombre nuevos y hemos entrado a ser parte del Reino de Dios porque llevando la vida de santidad somos como san Pablo bien nos dice: “Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2,20).

Para ser perseventes en la vida de santidad no olvidemos el consejo del Señor: “Estén despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está fuerte, pero la carne es débil" (Mt 26,41). El tiempo adviento es tiempo de renovar nuestro compromiso, tiempo de oración, penitencia y reconciliación. Es tiempo de reabastecernos de aceite y tener encendida las lámparas, tiempo nuevo o tiempo de conversión.

martes, 28 de noviembre de 2017

DOMINGO I DE ADVIENTO – B (03 de Diciembre del 2017)

DOMINGO I DE ADVIENTO – B (03 de Diciembre del 2017)

Proclamación del Santo Evangelio según San Marcos 13,28-37:

13:28 Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
13:29 Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.
13:30 Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.
13:31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
13:32 En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.
13:33 Tengan cuidado y estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el momento.
13:34 Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.
13:35 Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana.
13:36 No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.
13:37 Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén vigilantes!" PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien en el Señor.


"Estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana" (Mc 13,35). 

“Después de la tribulación, el sol se apagará, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se tambalearán. Y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes, con poder y gloria. Y él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales” (Mc 13,24-27). ¿A qué vendrá el Hijo del Hombre con gloria y poder?  “El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt 16,27). Pero antes someterá a la humanidad entera al juicio final.

¿Cómo será ese juicio final? El domingo anterior se nos dijo: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a la izquierda. Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber…” (Mt 25,31-35).  Porque les aseguro que cada vez que lo hicieron con los pobres, mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt 25,40). A los de su izquierda: "Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber… Estos, a su vez, le preguntarán: " ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo…  no te hemos socorrido?" Él les responderá: "Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con los pobres, mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo". Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna" (Mt 25,41-46). ¿Cuándo será eso? De ese momento crucial que, está por venir, nos habla hoy el evangelio: (Mc 13,33-37): “Estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana” (Mc 13,35).

Con este primer domingo de adviento comenzamos el año nuevo litúrgico, ciclo B ya que el año que pasó el ciclo A hemos leído el Evangelio de San Mateo, el evangelio más amplio de todos (28 capítulos), en este año nuevo litúrgico (2018) que es el ciclo B, leeremos y reflexionaremos el evangelio de san Marcos (16 capítulos). El pasaje escogido para este primer domingo de Adviento es la conclusión del discurso final de Jesús, en el cual los discípulos son invitados a la perseverancia en la espera de la venida del Hijo: “Tengan cuidado y estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13,33). ¿Esperar vigilante el momento de qué?: Tres citas nos sitúan en la respuesta: “Salí del Padre, vine al mundo; dejo el mundo y vuelvo al Pare” (Jn 16,28).  “Cuando vaya y les preparado un lugar en la casa de mi Padre, volveré por Uds. y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes” (Jn 14,3). “El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt 16,27). ¿En qué consiste el pago? En estar con Dios. Y para estar con Dios hay que estar en vigilia, con las lámparas encendidas (Mt 25,10). Ejercer la fe poniendo en práctica las enseñanzas del Señor (Mt 7,24).

El año pasado tuvimos como hilo conductor de nuestras reflexiones esta cita: “Un hombre preguntó al Señor: "¿Qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?” (Mt 19,16). Este año también reiteramos esta inquietud: “Un hombre corrió hacia Jesús y, arrodillándose, le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?" (Mc 10,17). Como es de ver, el tema recurrente es la salvación. En el inicio del adviento y durante el año iremos preguntándonos ¿Qué he de hacer o hemos de hacer para obtener la vida eterna? Ahora se nos ha dicho que: “Tengan cuidado y estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13,33).

“Salí del Padre y viene al mundo” (Jn 16,28). Recordemos que, en la primera venida el Hijo Dios viene como cualquiera de nosotros: De las entrañas de una mujer: (Lc 1,26-38). Este misterio de la encarnación del Hijo de Dios (Jn 1,14) celebraremos en la navidad y para ello nos preparamos en este tiempo de adviento, tiempo de espera. 

¿Para qué vino el Hijo de Dios? Para invitarnos al reino de Dios, es la misión del Hijo, por eso al inicio de su vida pública nos dice: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios está cerca conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Pero, también más luego a la pregunta de los fariseos ¿Cuándo llegaría el Reino de Dios. Jesús respondió: El Reino de Dios no viene ostensiblemente, y no se podrá decir: Está aquí o Está allí. Porque el Reino de Dios está entre ustedes" (Lc 17,20-21). Además Jesús agrega: “Si yo expulso a los demonios con el poder de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes” (Lc 11,20). Jesús es el despliegue del Reino de Dios y entrar o estar en el reino de Dios es estar Con Dios: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que traducido significa: "Dios con nosotros" (Mt 1,23).

Después de la misión (“Ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre”: Jn 16,28). Jesús vuelve al Padre después de cumplir su misión (Jn 19,30), dando su vida en la Cruz (Lc 23,46). Resucita al tercer día (Lc 24,46). Se despide y dice: “No se pongan tristes. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes” (Jn 14,1-3). Nos dice: “Volveré por Uds.” Nos anuncia su segunda venida. Pero la segunda venida ya no será como en la primera venida. Al respecto dice el Señor:   “El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y pagará a cada uno de acuerdo con su trabajo” (Mt 16,27). ¿En qué consiste la paga? Estar con Dios para siempre:

“Mientras las mujeres necias fueron a buscar aceite, llegó el esposo a media noche: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: Señor, señor, ábrenos, pero él respondió: Les aseguro que no las conozco. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora” (Mt 25,10-13). Ahora nos reiteró: “Tengan cuidado y estén vigilantes, porque no saben cuándo llegará el momento” (Mc 13,33). Como vemos; este domingo en el inicio del tiempo de adviento el evangelio nos sugiere preguntarnos ¿Cómo esperar la venida o llegada del Señor? A esta inquietud es lo que responde el evangelio de hoy Mc 13,33-37.

La “venida” del Señor que en griego significa “Parusía” y del que San pablo hace amplia referencia, así por ejemplo nos lo dice: “Que el Dios de la paz los santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser: espíritu, alma y cuerpo. Hasta la Parusía (Venida) de nuestro Señor Jesucristo” (I Tes 5,23). La Parusía se ve como el “retorno” del Señor. Esto se comprende bien en el pasaje de hoy, donde se habla del retorno de un dueño de casa que se ha ido de viaje después de haberle confiado a sus servidores diversos encargos (Mc 13,34). Pero hay una realidad más profunda detrás de este lenguaje simbólico. Se trata del hecho de vivir con confianza y perseverancia, apoyándose en la fidelidad de Dios, quien tiene el rostro de Jesús, el Hijo de Dios y Señor de la historia. Los cristianos no esperamos el “regreso” del Señor resucitado, sino que vivimos en la espera de su venida. Con este tema, damos el primer paso firme en nuestro itinerario del Adviento, tiempo de espera en vigilia.

El episodio Mc 13,33-37 nos ubica en la última gran lección de Jesús a sus discípulos. En el evangelio de Marcos, además de todas las enseñanzas que se encuentran dispersas por toda la obra, solamente hay dos grandes discursos de Jesús: el “discurso en parábolas” a la orilla del lago (Mc 4,3-32) y el llamado “discurso escatológico” en el monte de los Olivos (Mc 13,5-37). El pasaje de hoy, es la conclusión del último discurso. La palabra que resalta es: “¡estar vigilantes!”. Estamos, ante una enseñanza fundamental del discipulado y este es el hilo conductor del evangelio de Marcos: El discípulo que está en vela. En efecto, los discípulos deben estar vigilantes ante los peligros externos (los falsos profetas, la persecución Mt 10,19.22) y los peligros internos (perder de vista al Señor).

Al llegar a la última parte del discurso (Mc 13,28-37), Jesús cuenta dos parábolas: comienza con la parábola de la higuera (Mc 13,28-32) y termina con la parábola del patrón ausente (Mc 13,33-37). El tema de estas parábolas es la venida del Hijo del hombre. Las imágenes nos ponen ante situaciones de ausencia, pero ausencia eventual, en la expectativa del regreso: cuando se asoman las ramas tiernas de la higuera el verano todavía no ha llegado, pero se sabe que vendrá irremediablemente (Mc 13,28-32); cuando los empleados están encargados de la casa, el patrón todavía no está presente, pero a su tiempo él llegará para pedirles cuentas (Mc 13,33-37). Así se retoma la inquietud de los cuatro discípulos, Pedro, Santiago y Juan, quienes observando la belleza del Templo y ante la advertencia del Maestro de que éste llegaría a su fin, solicitaron: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál es la señal de que todas estas cosas están para cumplirse” (Mc 13,4). Jesús respondió: “De aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sólo el Padre” (Mc 13,32).

Con esta idea comienza el pasaje que vamos a considerar: no se sabe el tiempo de la “venida”. A los discípulos se les dice: “porque ignoran cuándo será el momento… porque no saben cuándo viene el dueño de la casa” (Mc 13,33.35). A la luz de esta realidad se fijan las posturas  para el discipulado: ¿cuál debe ser su actitud en el tiempo de la espera?

“Estén atentos y vigilantes, porque no saben cuándo será el momento” (Mc 13,33). Todo el discurso está atravesado por este tipo de llamadas de atención. Esta es la cuarta y última vez que Jesús lo dice: “Miren que nadie les engañe” (Mc 13,5); “Mírense Uds mismos” (Mc 13,9); “Miren que los he advertido” (Mc 13,23); “Estén atentos…” (Mc 13,33). Y la manera concreta de ejercitar la atención en medio de las convulsiones de la historia y de la expectativa de la venida del Hijo del hombre es la vigilancia: “¡Vigilen!”.  Los discípulos deben percibir con mirada lúcida y aguda la venida del Señor en este tiempo en que no saben “cuándo será el momento”. ¿Qué es lo que Jesús pide en el mandato “velen”?

Hasta que el Hijo del hombre no regrese triunfante al final de los tiempos para reunir a los elegidos, los discípulos no pueden bajar la guardia, deben estar siempre sobrios y vigilantes. En el contexto del pasaje, “velar” significa reconocer continuamente que uno es siervo y que tiene una responsabilidad con el patrón, que la vida de uno debe estar concentrada en función del encargo recibido y que hay que conducir un estilo de vida acorde con este comportamiento.

El Adviento es una gran vigilia en el que aprendemos a afrontar “la noche”: Los cristianos al esperar la venida de Jesús, el Señor resucitado, vivían con mayor intensidad esta espera, siempre estaban en tiempo de Adviento. Pero la vigilia tiene un gran valor espiritual. La “vigilia” no es un paliativo para olvidarse de los miedos o las preocupaciones de cada día. Todo lo contrario, la noche representa el tiempo de la crisis que provoca la soledad, que reaviva los temores y las angustias. La vigilia tiene aspectos y significados diversos: hay quien vela porque no consigue encontrar el equilibrio y la serenidad del sueño; también hay quien vela porque tiene una tarea urgente para el día siguiente y no cuenta con más tiempo; hay quien vela porque está en una fiesta hasta el amanecer. Hay padres de familia que velan esperando al cónyuge o al hijo fuera de casa; hay personas que velan esperando la muerte de un agonizante; hay quien vela porque está enfermo; hay quien vela trabajando por los demás.

El Señor nos aconseja: “Estén despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está fuerte, pero la carne es débil" (Mt 26,41). San Pablos nos lo dice así: “Ustedes, hermanos, no viven en las tinieblas para que ese Día los sorprenda como un ladrón: Todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día. Nosotros no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas. No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos despiertos y seamos sobrios. Los que duermen lo hacen de noche, y también los que se emborrachan. Nosotros, por el contrario, seamos sobrios, ya que pertenecemos al día: revistámonos con la coraza de la fe y del amor, y cubrámonos con el casco de la esperanza de la salvación” (I Tes 5,4-8).


La vigilancia se hace más intensa durante la noche, que es precisamente cuando se hacen más oscuros los significados y valores de la vida. Esperar la venida del Señor en vela o vigilante no significa estar con manos cruzadas y menos durmiendo sino muy activamente. San pablo nos reitera así: “Proclama la Palabra de Dios, insiste a tiempo y destiempo, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y con afán de enseñar. Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina; por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas. Tú, en cambio, vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio” (II Tm 4,2-5).

sábado, 25 de noviembre de 2017

DOMINGO XXXIV – A (26 de Noviembre de 2017).

              DOMINGO XXXIV – A (26 de Noviembre de 2017).

Proclamación del Santo evangelio según san Mateo 25,31-46:
   
25:31 Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, Mateo 16, 27 se sentará en su trono glorioso. Mateo 19, 28
25:32 Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos,
25:33 y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a la izquierda.
25:34 Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo,
25:35 porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron;
25:36 desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver".
25:37 Los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber?
25:38 ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos?
25:39 ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?"
25:40 Y el Rey les responderá: "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo".
25:41 Luego dirá a los de la izquierda: "Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,
25:42 porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber;
25:43 estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron".
25:44 Estos, a su vez, le preguntarán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?"
25:45 Y él les responderá: "Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo".
25:46 Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna" PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien:

Las siguientes citas contextualizan el mensaje del evangelio de hoy: “Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre" (Jn 16,28). “No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes” (Jn 14,18). “Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes” (Jn 14,3).

“Salí del Padre y vine al mundo” ¿A qué vino el Señor? A instituir el Reino de Dios: “El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Luego dice: “Volveré  para llevarlos conmigo” Pero, para estar con Él, hemos de ser evaluados sobre la misión que nos dejó: “Id al mundo entero y enseñen el evangelio a toda la creación, quien crea y se bautice se salvara, quien se resiste, será condenado”(Mc 16,15). El Señor volverá; se refiere a su segunda venida y ¿Para qué vendrá? Pues, mismo Señor nos lo dice: “El hijo del hombre vendrá con la gloria de su Padre rodeado de sus ángeles y recompensara a cada uno según su trabajo” (Mt 16,27). La recompensa al trabajo desplegado (misión) consiste en “estar para siempre con Él”. Ahora nos interesa saber con mayores detalles sobre ¿Cómo seremos evaluados, o en qué consiste el juicio final? De esta inquietud trata el evangelio de hoy: Mt 25,31-46. Escena que responde con detalles a la pregunta de fondo y constante: ¿Qué de bueno tengo que hacer para heredar la vida eterna? (Mt 19,16).

“Dios es amor” (IJn 4,8). Si Dios es amor, el juicio tiene esta misma dimensión, porque Jesús vino a poner de manifiesto este amor: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3,16-18). De ahí que, el juicio consiste en: “la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3,19). “El que ama a su hermano permanece en la luz, pero el que no ama a su hermano, está en las tinieblas y camina en ellas, sin saber a dónde va” (IJn 2,10).

Sabemos que: "Cristo murió por nuestros pecados y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está "por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las cosas"(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (Ef 4, 10; 1 Co 15, 24. 27-28) y de la historia. En Él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1, 10), su cumplimiento transcendente (NC 668). Mismo Señor nos dice: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). Así, Cristo Jesús es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (Ef 4, 11-13).

El designio de Dios ha entrado en su consumación. Estamos ya en la "última hora" (1 Jn 2, 18; 1 P 4, 7). "El final de la historia ha llegado ya a nosotros y la renovación del mundo está ya decidida de manera irrevocable e incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo. La Iglesia, en efecto, ya en la tierra, se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta" (LG 48). El Reino de Cristo manifiesta ya su presencia por los signos milagrosos (Mc 16, 17-18) que acompañan a su anuncio por la Iglesia (cf. Mc 16, 20).

El Reino de Dios, que es lo mismo decir Reino de Cristo, està presente ya en su Iglesia, pero, no está todavía acabado "con gran poder y gloria" (Lc 21, 27; Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (2 Ts 2, 7), a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (1 Co 15, 28), y "mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios" (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (1 Co 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo (2 P 3, 11-12) cuando suplicamos: "Ven, Señor Jesús" (Ap 22, 20).

El advenimiento de Cristo en su gloria es inminente (Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos "toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad" (Hch 1, 7; Mc 13, 32). Este acontecimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (Mt 24, 44: 1 Ts 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén "retenidos" en las manos de Dios (2 Ts 2, 3-12). Nuestro Señor vinculó el perdón de los pecados a la fe y al Bautismo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará, quien se resiste en creer, será condenado" (Mc 16, 15-16). El Bautismo es el primero y principal sacramento del perdón de los pecados porque nos une a Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Rm 4, 25), a fin de que "vivamos también una vida nueva" (Rm 6, 4).

El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (Lc 16, 19-31) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón  (Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) hablan de un último destino del alma (Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y para otros: “Estos irán al castigo eterno (los que no fueron caritativos), y los justos (caritativos) a la Vida eterna" (Mt 25,46).

El Juicio Final es una verdad de fe expresamente contenida en la Sagrada Escritura y definida por la Iglesia de una manera explícita. Por ello cada vez que rezamos el Credo recordamos este artículo de fe cristiana: “(Jesucristo) vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin”. El anuncio del Juicio Final, será para todos los seres humanos, está presente en muchas citas del Antiguo Testamento. Allí vemos anunciado cómo Dios juzgará al mundo por el fuego (Is. 66, 16). Reunirá a las naciones y se sentará a juzgar realizando la siega y la cosecha (Joel 4, 12-14). El Profeta Daniel describe con imágenes impresionantes este juicio con el que concluye el tiempo y comienza el Reino eterno del Hijo del Hombre (Dn. 7, 9-12 y 26). El Libro de la Sabiduría muestra a buenos y malos juntos para rendir cuentas; sólo los pecadores deberán tener temor, pues los justos serán protegidos por Dios mismo (Sb. 4 y 5).  

Cristo mismo varias veces nos habló de este momento, así: "Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre. Mientras todas las razas de la tierra se golpeen el pecho verán al Hijo del Hombre viniendo en las nubes del cielo, con el Poder divino y la plenitud de la Gloria. Mandará a sus Angeles, los cuales tocarán la trompeta y reunirán a los elegidos de los cuatro puntos cardinales, de un extremo a otro del mundo.” (Mt. 24, 30- 31). Cuando el Hijo del Hombre venga en su Gloria rodeado de todos sus Angeles, se sentará en su Trono como Rey glorioso. Todas las naciones serán llevadas a su presencia, y como el pastor separa las ovejas de los machos cabríos, así también lo hará El. Separará unos de otros, poniendo las ovejas a su derecha y los machos cabríos a su izquierda” (Mt. 25, 32).

San Pedro y San Pablo también se ocuparon del tema del Juicio en varias oportunidades. Nos aseguran que Dios juzgará a cada uno según sus obras sin hacer diferenciación de personas, de raza, de origen o de religión. (1 Pe. 1, 17 y Rom. 2, 6). También nos dice San Pablo que todo se conocerá, hasta las acciones más secretas de cada uno (Rom. 2, 16). San Juan nos narra en el Apocalipsis la visión que tuvo del Juicio Final: “Vi un trono espléndido muy grande y al que se sentaba en él. Su aspecto hizo desaparecer el cielo y la tierra sin dejar huellas. Los muertos, grandes y chicos, estaban al pie del trono. Se abrieron unos libros, y después otro más, el Libro de la Vida. Entonces los muertos fueron juzgados de acuerdo a lo que estaba escrito en los libros, es decir, cada uno según sus obras” (Ap. 20, 11-14).

De acuerdo a estas citas sabemos que: 1) Cristo vendrá con gran poder y gloria, en todo el esplendor de su divinidad. 2) Cristo glorioso será precedido de una cruz en el Cielo (la señal del Hijo del Hombre). 3) Vendrá acompañado de los Angeles. 4) Con su omnipresencia, todos los resucitados, de todas las naciones estarán ante Cristo Juez. Comparecerán delante del Tribunal de Dios todos los seres humanos, sin excepción, para recibir la recompensa o el castigo que cada uno merezca. En el Juicio Final vendrá a conocerse la obra de cada uno, tanto lo bueno, como lo malo, y aun lo oculto. 5) Ya resucitados todos, Cristo separará a los salvados de los condenados.

¿Quién podrá salvarse? (Mt 19,25) Aquél que tiene fe en Jesucristo, nos dice el Evangelio. Pero tener fe en Jesucristo no significa solamente creer en El, sino que es indispensable vivir de acuerdo a esa fe; es decir, siguiendo a Cristo en hacer la Voluntad del Padre: “El que escucha mis palabras y las pone en práctica, es como un hombre sabio que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. El que escucha mis palabras y no las practica, es como un hombre necio, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande" (Mt 7,24-27).

El día del Juicio Final se sabrá por qué permitió Dios el mal y cómo sacó mayores bienes. Quedarán definitivamente respondidas las frecuentes preguntas: ¿Por qué Dios permite tanta injusticia? ¿Por qué los malos triunfan y los buenos fracasan? Mucho de lo que ahora en este mundo se considera tonto, negativo, incomprensible, se verá a la luz de la Sabiduría Divina. El Juicio Final dará a conocer la Sabiduría y la Justicia de Dios. Se conocerá cómo los diferentes males y sufrimientos de las personas y de la humanidad los ha tomado Dios para Su gloria y para nuestro bien eterno. Ese día conocerá toda la humanidad cómo Dios dispuso la historia de la salvación de la humanidad y la historia de cada uno de nosotros para nuestro mayor bien, que es la felicidad definitiva, perfecta y eterna en la presencia de Dios en el Cielo.

Por lo tanto, la preguntas constantes: ¿Quién podrá salvarse? (Mt 19,25); ¿Qué obras buenas debo hacer para heredar la vida terna? (Mc 10,17); ¿Serán pocos los que se salven? (Lc 13,13) han sido respondidas así: “¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte? El Rey les responderá: Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” hereden el reino de los cielos (Mt 25,39-40).


Dirá a los de la izquierda: "Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber… Estos, a su vez, le preguntarán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido? El rey les responderá: Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con uno de mis hermanos  pobres, tampoco lo hicieron conmigo" (Mt 25,41-45). Así, estos (los que no practicaron misericordia con amor)  irán al castigo eterno, y los justos (los que practicaron misericordia con amor) a la Vida eterna" (Mt 25,46). Porque se nos dice: “El que no practicó misericordia será juzgado sin misericordia” (Stg 2,13). Y “La fe sin obras está muerta” (Stg 2,17). “Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los malvados que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. En cambio los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga” (Mt 13,40-43). 

martes, 14 de noviembre de 2017

DOMINGO XXXIII – A (19 de Noviembre del 2017)

DOMINGO XXXIII – A (19 de Noviembre del 2017)

Proclamación del santo Evangelio según San Mateo 25,14-30:

25:14 El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes.
25:15 A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió. En seguida,
25:16 el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco.
25:17 De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos,
25:18 pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.
25:19 Después de un largo tiempo, llegó el señor de aquellos empleados y les pidió las cuentas.
25:20 El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. "Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado".
25:21 "Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor".
25:22 Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: "Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado".
25:23 "Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor".
25:24 Llegó luego el que había recibido un solo talento. "Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido.
25:25 Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!"
25:26 Pero el señor le respondió: "Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido,
25:27 tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses.
25:28 Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez,
25:29 porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
25:30 Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes". PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN

Estimados(as) amigos(As) en el Señor Paz y Bien.

El Reino de los Cielos se parece a uno (Dios) que repartió sus bienes (sabiduría e inteligencia) a sus siervos (c/u de nosotros): Al primero le dio cinco talentos, al segundo dos, y al tercero uno, a cada uno según su capacidad; y después partió” (Mt 25,15)… “Después de un largo tiempo, llegó el señor de aquellos empleados y les pidió las cuentas (juicio)” (Mt 25,19): El primero: "Señor, me has confiado cinco talentos. Aquí están los cinco y otros cinco (vida ceñida en el amor) que he ganado" (Mt 25,20)… “Su señor, le dijo muy bien, ya que has sido fiel en lo poco, te encargaré de mucho más: pasa al banquete (Cielo) de tu señor" (Mt 25,21)… “Vino el tercero y dijo: Sé que eres exigente, tuve miedo, fui y enterré tu talento: (vida sin amor= odio, egoísmo)  ¡aquí tienes lo tuyo!"(Mt 25,25). Su señor dijo: “Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez…y a este siervo inútil échenlo a las tinieblas (Infierno)” (Mt 25,28-30). En pocas palabras dijo Jesús: “A Ud. Se les quitará el reino de Dios  y se le entregará a un pueblo que de frutos a su tiempo para el reino de Dios” (Mt 21,43).

La parábola de los talentos (Mt 25,14-30). Nos da una explicación panorámica sobre las inquietudes que a todos nos preocupa: “¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mc 10,17). “¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Quiénes podrán salvarse?” (Mt 19,25). Y en la búsqueda de respuestas a tales inquietudes ya nos topamos con escenas como: “¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?” Jesús respondió: Amar a Dios y amar al prójimo (Mt 22,36). La respuesta del amor a Dios y al prójimo, así como hacer lo que decimos siendo hermanos (Mt 23,3-8); es la estrategia eficaz para revestirnos con traje de fiesta (santidad) y ser parte del banquete de boda del cordero como fiesta de los salvos o salvados (Mt 22,12).  

¿Qué hace que unos sean invitados al banquete: “Pasa al banquete de tu señor" (Mt 25,21); y otro sea excluido: “A este siervo inútil échenlo a las tinieblas” (Mt 25,30)? La respuesta es que unos trabajaron los talentos responsablemente y produjeron frutos. Al respecto Jesús dice: “Yo soy la vid y Uds. los sarmientos, el que permanece en mí y yo en él, ese da frutos porque sin mi nada pueden hacer” (Jn 15,5). Y ¿Cómo permanecer unidos a Jesús?: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15,9-10). O sea, la única forma de dar frutos para el reino de Dios es viviendo en el amor de Dios. Y ¿Cómo saber si vivimos en el amor de Dios? Jesús nos lo dice: “Por sus frutos los reconocerán. Todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos. Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego” (Mt 7,16-19).

Para vivir en el amor de Dios, mismo Dios nos dio el don de la sabiduría (talento): “El Señor da la sabiduría, de su boca procede saber e inteligencia” (Prov 2,6).  Luego se nos dice: “Feliz el hombre que encuentra la sabiduría, porque la sabiduría es más rentable que la plata y más precioso que el oro fino” (Prov 3,13). “Si Uds. buscan tronos y los cetros, honren a la Sabiduría y reinarán para siempre” (Sab 6,21). Así pues, los que descubren el don de  la sabiduría actúan como los hombres que hicieron producir o trabajar los talentos: “El que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos” (Mt 25,16-17). En cambio los que no hacen uso correcto del don de la sabiduría de Dios, actúan como el hombre necio: “El que recibió un solo talento, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor” (Mt 25,18). Lo peor del hombre que huye del don de la sabiduría de Dios es, como se nos dice: “Todo el que obra en el mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas” (Jn 3,20). Y el hombre sumergido en las tinieblas vive sin principios, sin valores: son como un perrito con rabia, hace mucho daño.

“El que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas según Dios" (Jn 3,21). Es decir son hombre de bien. Viven dando testimonio de su fe. Son como los hombres que haces producir el talento (Mt 25,16-17). Los frutos brillan ante los hombres: “Así como brilla la lámpara, así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,16). Y esto es posible si nos dejamos guiar por el don de la sabiduría de Dios, así nos lo aconseja Jesús: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida"(Jn 8,12).

Es bueno recordar que si queremos obtener nuestra salvación, tenemos una misión sagrada que cumplir según el mandato de Jesús: "Vayan por todo el mundo, enseñen la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc 16,15). Los frutos que se nos exige tienen que ver con la salvación de muchos  por no decir de todos. Si hay mucha gente que crea y se bautice, señal que hemos dado buen testimonio del evangelio; que ahora se nos describen como los hombres que hicieron producir sus talentos (Mt 25,16). Y si por nuestro testimonio de vida  ceñida al evangelio se salvan muchos, entonces tenemos obras meritorias para recibir la buena noticia: “Pasa al banquete de tu señor (cielo)” (Mt 25,21). Pero, si no damos testimonio de vida ceñida al evangelio, por ende serán mucho los que no crean y no se bauticen, y por ser incrédulos se condenarán (Mc 16,15), entonces también nosotros por ser como hombre necio (Mt 25,18), seremos acreedores de la condenación porque se nos dirá: “A este siervo inútil échenlo a las tinieblas” (Mt 25,30).

Como se ve, el capítulo 25 de Mateo, contiene tres grandes parábolas: La parábola de las vírgenes (25,1-13), la parábola de los talentos (25,14-30) y la parábola del juicio final (25,31-46), colocan la vida del discípulo ante el destino final, época que San Pablo señala como el tiempo de la parusía (ITes 4,16-17) . Tiempo que hay que aprovechar, como ya se manifestó, para cumplir la misión hasta la venida del Señor. ¿Qué se espera que haga el “servidor”? ¿Qué tan importante puede ser lo que haga o lo que deje de hacer? ¿Cuál es el destino del “servidor” fiel? Y ¿Cuál es el destino del servidor infiel? Esta parábola (Mt 25,14-30) que es más conocida como la parábola de los talentos responde a dichas inquietudes y para dar algunos detalles más, podemos resaltar tres partes:

1) Distribución de los talentos (Mt 25, 14-15). 2) El negocio de los talentos (Mt 25,16-18). 3) La recompensa de los siervos (Mt 25,19-30).

Hay que recordar que las parábolas son estrategias de enseñanza que Jesús usa para hacer entender a la gente sobre el reino de los cielos, misión del Hijo; así se nos dice: “Todo lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y nada les hablaba sin parábolas” ( Mt 13,34-35). Para que así se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas (Slm 78, 2). Así, hoy en la primera parte dice Jesús: “El Reino de los Cielos es como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió” (Mt 25,14-15). Cada uno recibió diferentes cantidades de talentos, pero en este punto conviene agregar la cita: “Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más” (Lc 22,48). Cada uno hemos de dar cuentas al Señor, tarde o temprano de todos los dones que hemos recibido: Si hemos recibido cinco talentos,  daremos cuenta de los cinco talentos, si hemos recibido dos, de dos talentos tendremos que responder y si hemos recibido un solo talento, de un solo talento tendremos que dar cuentas. El hombre sabio sabrá negociar los talentos.

De los tres siervos ¿Hay alguien que no ha recibido algún talento? No. Todos han recibido los talentos. Así pues, no nos quejemos al decir: “Yo no recibe ningún talento”. Todos hemos recibido el o los talentos. Ahora que no nos demos cuenta de esos talentos o capacidades, es cosa distinta, pero ahí suscitaría el pecado de omisión. Hemos de preguntarnos ¿Qué tienen los talentosos que tienen éxito en su vida, que yo no tenga? Los talentosos tienen dos manos, dos pies, dos ojos, y yo también tengo todo lo que los talentosos tienen. Por tanto yo también puedo ser talentoso y tener éxito y mi éxito es la luz que motivará a muchos en el camino de la felicidad.

En la segunda parte, Jesús dice: “El que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor” (Mt 25,16-18). Como es de ver, aquí aparecen dos actitudes muy diferenciadas entre: Los que hicieron negocio y el que no hizo negocio, el que trabajo y el que no trabajó. ¿Cómo saber si los talentos nos estamos trabajando como debiera ser? Recordando la enseñanza: “Todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos. Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán” (Mt 7,17-20). Los frutos garantizan que estamos en buen camino, y frutos que tienen que ver con nuestra felicidad y la felicidad de los demás y si es así, se nos dirá: “Cada vez que lo hicieron con uno de mis pobres conmigo lo hicieron, hereden el reino de los cielos” (Mt 25,40).

¿A qué grupo de siervos pertenecemos? Al grupo de los que saben trabajar y negociar los talentos que el Señor nos dio o somos del grupo de los que no sabemos trabajar los talentos del Señor? Hay mucha gente muy inteligente pero que están en absoluta miseria. ¿No crees que ese tipo de personas son como el siervo del evangelio de hoy que el talento que recibió de su amo, y que por flojo lo enterró en el suelo? Porque el talento lo tiene dormido y todo por miedo y no saber arriesgar.  Luego, son de los que más se quejan y reniegan de la vida y hacen problemas a medio mundo. Al respecto dice San Pablo: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado de que algunos de ustedes viven ociosamente, no haciendo nada y entrometiéndose en todo. A estos les mandamos y los exhortamos en el Señor Jesucristo que trabajen en paz para ganarse su pan. En cuanto a ustedes, hermanos, no se cansen de hacer el bien” (II Tes 3,10-13). Y ya desde el principio Dios nos exhorta al trabajo: “Con el sudor de tu frente comerás tu pan" (Gn 3,19).

La tercer parte del evangelio de hoy dice el Señor: “Después de un largo tiempo, llegó el señor y pidió las cuentas a sus servidores.  El que había recibido los cinco talentos… aquí están los otros cinco que he ganado. Llegó luego el que había recibido dos talentos y lo mismo. Pero llegó el que había recibido un solo talento. Señor, le dijo: “Tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo…” Su señor: “Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt 25,19-30). El siervo que recibió cinco y dos talentos; recibieron congratulaciones y son invitados a una mayor administración de bienes. Son los que supieron portarse como quiso su amo. Son los invitados a entrar en el reino de los cielos. En cambio el que recibió un talento fue despojado del talento y echado a las tinieblas, (infierno). Escena que muy bien resume este pasaje: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras. Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino" (Mt 16,26-28).


En suma, el relato del evangelio en el esquema de las parábolas resalta las siguientes connotaciones: El patrón o amo  es Jesús. Los siervos somos los que formamos la Iglesia, cuyos miembros hemos recibido diversas responsabilidades o talentos. El marcharse del patrón es la partida del Señor en su ascensión. El largo tiempo de la ausencia no es sino el tiempo de la Iglesia en misión. Su regreso, es la segunda venida (parusía) del hijo del hombre, venida para el juicio. La recompensa a los buenos servidores es el premio de la vida celestial. El gozo de su señor es el banquete de la vida eterna. El castigo al siervo malo es de aquellos que, dentro de la Iglesia (los bautizados que no ejercieron su fe), por causa de sus omisiones o mala conducta se condenan a sí mismos a las tinieblas que es el infierno: “Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt 13,40-43).