I DOMINGO DE ADVIENTO - A (30 de Noviembre del 2025)
Lectura del Evangelio de San Mateo 24,37-44
24,37 Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en
tiempos de Noé.
24,38 En los días que precedieron al diluvio, la gente
comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca;
24,39 y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y
los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre.
24,40 De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado
y el otro dejado.
24,41 De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y
la otra dejada.
24,42 Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día
vendrá su Señor.
24,43 Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué
hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las
paredes de su casa.
24,44 Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del
hombre vendrá a la hora menos pensada. PALABRA DEL SEÑOR.
Estimados(as) hermanos(as) en la fe, Paz y Bien.
La clave aquí es la prudencia (despiertos), que no es otra
cosa que la sabiduría infundida por el Espíritu Santo. El siervo prudente sabe
que el amo puede llegar en cualquier vigilia de la noche (en la prosperidad o
en la prueba, en la alegría o en la desolación).
Estar despierto significa: a) Reconocer el Kairós: Discernir
el tiempo de la gracia que Dios nos ofrece en cada instante y no desperdiciarlo.
b) La Rectitud de Intención: Hacer todo por Amor a Dios, de modo que el trabajo
o la molienda se conviertan en un acto de oración. C) El Desapego: Tener el
corazón libre de las ataduras de las cosas pasajeras, listo para partir o para
recibir al Huésped divino (advenimiento del Mesías).
Empieza un nuevo
año cristiano. Hoy, primer domingo de Adviento, ciclo A, empezamos un nuevo año
cristiano. Y lo empezamos con una convocatoria que nos resulta conocida y nueva
a la vez: somos invitados a celebrar el Adviento, la Navidad y la Epifanía.
Desde hoy hasta el final del tiempo de Navidad con la fiesta del Bautismo del
Señor (enero), van a ser cinco semanas de "tiempo fuerte" en que
celebramos la misma buena noticia: la venida del Señor. Las tres palabras.
Adviento, Navidad y Epifanía, o sea, venida, nacimiento y manifestación,
apuntan a lo mismo: que Cristo Jesús se hace presente en nuestra historia para
darnos su salvación: “Nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al
Hijo como Salvador del mundo. El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios,
permanece en Dios, y Dios permanece en él” (I Jn 4,14-15).
Esperar
(adviento) y acoger a Cristo Jesús (navidad) Sn Mateo -que va a ser el
evangelista dominical de este nuevo año litúrgico A - nos ha traído las
palabras de Jesús, con las que invita a todos a estar despiertos y atentos,
preparados en todo momento, porque su venida sucede en el momento más
inesperado: "estén en vela, que no saben qué día vendrá vuestro
Señor" (Mt 24,42).
Nuestra primera
actitud, por tanto, es la atención, la vigilancia, la espera activa. En la
carta a los Rm 13,11 hemos escuchado: "es hora de despertarse",
"el día se echa encima". Los que están dormidos, distraídos,
satisfechos de las cosas de este mundo, no esperan a ningún salvador. Y corren
el peligro de perder otra vez la ocasión: la cercanía del Señor, que siempre
viene a nuestras vidas para llenarnos de su salvación.
Los cristianos
centramos nuestra esperanza en una Persona viva, presente ya, que se llama
Cristo Jesús. Cristo es la respuesta de Dios a los deseos y las preguntas de la
humanidad. No nos va a salvar la política, o la economía, o los adelantos de la
ciencia y de la técnica: es Cristo Jesús el que da sentido a nuestra vida, y la
abre a todos sus verdaderos valores, no sólo los de este mundo.
Cristo ya vino,
hace dos mil años, después de siglos de espera en que lo fueron anunciando los
profetas. Pero estas profecías se han cumplido con la llegada del Mesias. Hoy
hemos leído cómo Isaías prometía la venida del Salvador para todos los pueblos,
un Salvador que nos enseñaría la verdad ("nos instruirá en sus
caminos") y nos traería la paz ("no alzará la espada pueblo contra
pueblo"). Pero la venida de Jesús -que recordaremos de modo entrañable en
la próxima Navidad- no fue un hecho aislado y completo, sino la inauguración de
un proceso histórico que está en marcha. Precisamente porque ya vino, los
cristianos seguimos esperando activamente que la obra que Jesús empezó llegue a
su cumplimiento, que su Buena Noticia alcance a todos los hombres, que penetre
en nuestras vidas, en la de cada uno de nosotros y en toda la sociedad. La obra
salvadora de Jesús se inauguró en la Navidad pero sigue creciendo y madurando
hasta el final de los tiempos: tenemos que abrirnos a Él y estar atentos a su
presencia a su venida gloriosa (Jn 14,
3;28).
En la primera
venida Cristo aparece envuelto en pañales dentro de un pesebre, en la segunda
vendrá envuelto de la luz glorioso como en un manto. El tiempo de adviento es esperar
al Salvador y reconocer que tenemos necesidad de salvación, admitir que somos
pecadores, sentir la exigencia -¡y la urgencia!- de la conversión. Según el Evangelio
según San Mateo 24,37-44.
Primera Venida
vs. Segunda Venida: El contraste entre las dos venidas de Cristo marca la
esencia de la esperanza cristiana.
Primera Venida
(Navidad): Cristo apareció envuelto en pañales dentro de un pesebre.
Este es el misterio de la humildad y la kénosis (vaciarse
de sí mismo) de Dios (Mt 1,21). Vino como un bebé vulnerable, en la pobreza y
la sencillez, manifestando el amor de Dios que se hace cercano y accesible a
todos.
Segunda Venida
(Parusía): Cristo vendrá envuelto en la luz gloriosa como en un
manto. Este evento será la manifestación de su majestad,
su poder y su juicio definitivo. Vendrá como el Rey de
Gloria para consumar la salvación y establecer su Reino plenamente.
(Apocalipsis 1:7; Mateo 24:30).
Este contraste
subraya que el mismo Dios, que vino en la suavidad de la carne, regresará
en el esplendor de la gloria.
El Tiempo de
Adviento y la Conversión: El Adviento es el tiempo litúrgico de
la espera vigilante del Salvador (Rm 13,12). Se centra en un triple
advenimiento: la venida histórica en Belén (Navidad), la venida gloriosa al
final de los tiempos, y la venida diaria en la vida del creyente.
La espera del
Salvador nos obliga a un examen de conciencia y a
una conversión urgente:
- Reconocer la Necesidad de
Salvación: La espera no es pasiva, sino un reconocimiento activo de
nuestra limitación y nuestra dependencia de Dios.
- Admitir que Somos Pecadores: Es
el paso fundamental para la conversión. Implica humildad para reconocer
que nuestra vida necesita ser enderezada y sanada por la gracia de Dios.
- Sentir la Exigencia y Urgencia de la
Conversión: Esto se conecta directamente con el llamado a
la vigilancia de Mateo.
El pasaje de
Mateo se enmarca en el discurso escatológico de Jesús y es la base bíblica
para el llamado a la vigilancia durante el Adviento.
1. El Ejemplo de
los Días de Noé (Mt 24,37-39): Jesús compara su venida con los días de Noé:
"En los días
que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé
entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los
arrastró a todos."
La
Gente: Estaba absorta en las actividades cotidianas (comer,
beber, casarse), que no son malas en sí mismas, pero las vivían con
una inconsciencia espiritual total, sin prestar atención a los signos
de Dios o al anuncio de Noé.
La
Venida: Llegará de forma repentina e inesperada para los que
están distraídos, arrastrándolos con su juicio.
2. La Separación
Repentina (Mt 24, 40-41): Jesús utiliza imágenes de personas realizando la
misma actividad, pero con destinos diferentes:
"De dos
hombres que estén en el campo, uno será llevado (Bueno-preparado) y el otro
dejado (Mano-no preparado). De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada
y la otra dejada."
Esta separación
ilustra la dimensión judicial de la venida del Hijo del Hombre. El
criterio no es la actividad que se realiza, sino la condición
existencial y espiritual interna, es decir, quién
estaba preparado o vigilante y quién
estaba distraído o dormido espiritualmente.
3. La Parábola
del Ladrón (Mt 24,42-44). La conclusión es una clara exhortación:
"Estén
prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor... Ustedes también
estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos
pensada."
Vigilancia y
Preparación: El Evangelio nos llama a vivir en un estado de alerta
continua (velar). La Segunda Venida es cierta, pero
el momento es incierto (como la llegada de un ladrón), por
lo que la única manera de no ser sorprendidos es estar siempre preparados.
Conversión
Constante: Estar preparado significa vivir la vida ordinaria
con conciencia, fe, y caridad, es decir, viviendo el proceso de
conversión y arrepentimiento que el Adviento nos pide. La "urgencia de la
conversión" es la respuesta activa a la incertidumbre del "día y la
hora".
En resumen, la
temporada de Adviento nos recuerda el humilde pasado del Salvador, nos exige
una preparación en el presente, y nos orienta hacia la gloriosa esperanza de su
futuro retorno.
Profundizar en el
concepto de la vigilancia es central para la espiritualidad del
Adviento. Es un concepto riquísimo que va mucho más allá de "no estar
durmiendo"; implica una actitud activa y transformadora del corazón.
La Vigilancia
como Actitud Fundamental del Adviento. La vigilancia en el contexto de Adviento
no es el miedo a un juicio inminente, sino una espera activa y
amorosa del Señor que viene. Aquí están los aspectos clave de esta
vigilancia:
1. Vigilancia
Espiritual (Mantenerse Despierto). Consiste en no dejarse adormecer por
la mediocridad espiritual o la distracción de la vida
cotidiana, como se menciona en Mateo 24,38 (comer, beber, casarse).
Evitar el
Sopor: Significa tener el corazón despierto para reconocer la
presencia de Dios en los acontecimientos diarios, en la Eucaristía, en la
oración y en el rostro de los demás.
Discernimiento: Estar
vigilante permite discernir las "voces" del mundo y del
pecado, para no confundirlas con la voz del Buen Pastor.
2. Vigilancia
Moral (La Conversión Permanente). La vigilancia exige la preparación
moral del alma. Si Cristo viene como un ladrón a la hora menos pensada (Mt
24,43), debemos asegurarnos de que nuestra "casa" (nuestra alma) esté
ordenada.
Arrepentimiento: Es
la disponibilidad para la conversión constante. El Adviento nos recuerda
que siempre podemos y debemos mejorar, "enderezar los caminos" (como
Juan el Bautista).
Obras de
Misericordia: La vigilancia se traduce en la caridad operante. La
mejor manera de esperar al Señor no es mirando el cielo, sino sirviendo a los
hermanos, pues en ellos nos visita el Señor.
3. Vigilancia
Orante (El Encuentro Diario). Es el aspecto más íntimo y personal. La
vigilancia se nutre de la oración.
Perseverancia: Mantener
el diálogo con Dios a pesar de las pruebas o el tedio. Es el
"mantener encendidas las lámparas" de la parábola de las diez
vírgenes (Mateo 25:1-13).
La
Eucaristía: Es la cumbre de la vigilancia. Al participar en la Misa,
proclamamos: "Anunciamos tu Muerte, proclamamos tu
Resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!" Es el acto más perfecto de espera.
RITO DE BENDICIÓN DE LA CORONA DE ADVIENTO:
Monición:
Al comenzar el nuevo año litúrgico vamos a bendecir esta
corona con que inauguramos también el tiempo de Adviento. Sus luces nos
recuerdan que Jesucristo es la luz del mundo. Su color verde significa la vida
y la esperanza. El encender, semana tras semana, los cuatro cirios de la corona
debe significar nuestra gradual preparación para recibir la luz de la Navidad.
Oración al comienzo del Adviento:
La tierra, Señor, se alegra en estos días y tu Iglesia
desborda de gozo ante tu Hijo, el Señor, que se avecina como luz esplendorosa,
para iluminar a los que yacemos en las tinieblas de la ignorancia, del dolor y
del pecado. Lleno de esperanza en su venida, tu pueblo ha preparado esta corona
con ramos del bosque y la ha adornado con luces. Derrama tu santa bendición en
ella: …+… en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu santo, Amén. Para
que vivamos este tiempo de conversión según tu santa voluntad practicando obras
de misericordia y caridad para que cuando llegue tu hijo seamos con él
admitidos a su reino. Amen.
Oración del primer domingo de Adviento:
Encendemos, Señor, esta luz, como aquel que enciende su
lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene. Muchas
sombras nos envuelven. Muchos halagos nos adormecen. Queremos estar despiertos
y vigilantes, queremos caminar alegres hacia ti, porque Tú nos traes la luz más
clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven,
Señor Jesús!
Unidos en una sola voz digamos Padre nuestro...
V. Ven Señor Jesús, haz resplandecer tu rostro sobre
nosotros.
R. Y seremos salvados.
REFLEXIÓN:
Hoy comenzamos el camino del Adviento, camino de preparación
para el que ha de venir al final de los tiempos, pero que nosotros la vivimos mejor,
esperando al que ha de venir en estas Navidades, ese Dios encarnado es la
“Esperanza de Dios” y que está llamado a ser la razón de nuestra esperanza.
Porque lo que nosotros no podemos, sabemos que Él sí lo puede y con Él, también
nosotros. No es la esperanza que viene de nuestros sueños. Es la esperanza de
Dios “que ama tanto al mundo que entrega a su propio Hijo para que todos los
que creen en el tengan vida eterna” (Jn 3,16). Ahí está el porqué y el para qué
de nuestro esperar.
De tanta insatisfacción nos estamos quedando sin esperanza,
sin ganas de luchar comprometernos de verdad. Por eso nos quedamos arañando las
cosas. Prepararse para la Navidad ha de ser un levantar la cabeza por encima de
nuestras dificultades, un mirar por encima de nuestras inmediateces, un ser
conscientes de que nunca una noche ha vencido al amanecer, y nunca un problema
ha vencido a la esperanza.
El evangelio de hoy inicia con aquellas palabras de Jesús
que se remite a los sucesos del A. T. “Cuando venga el Hijo del hombre,
sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la
gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca…” (Mt 24,37-38).
Y termina con las mismas: “Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del
hombre vendrá a la hora menos pensada” (Mt 24,44). Jesús nos exhorta
prepararnos y este tiempo de adviento es para esa preparación, pero ¿Cómo prepararnos?
San Pablo en la carta a los Romanos nos da pautas de cómo
puede ser una buena preparación. Todo un programa de vida. Primero, que tomemos
conciencia del momento en que vivimos. Segundo, que despertemos los que vivimos
dormidos. Estamos metidos en la noche, pero ahí está la esperanza “el día se
echa encima”, es hora de dejar las obras de las tinieblas y armarnos con las
obras de la luz. A vivir como en pleno día. Y añade algo más: nada de
entregarnos a la vida del placer y menos todavía a las riñas y enemistades.
Para ello es el momento de revestirnos del Señor Jesús. ¿No le parece todo esto
todo un plan de vida capaz de cambiar las cosas?
En resumidas cuentas, lo primero que la Palabra de Dios nos
pide en este Primer Domingo de Adviento es que abramos los ojos, que dejemos
esa vida en tinieblas que nos atonta y nos impide ver la realidad. Uno de
nuestros peores problemas es no darnos cuenta de la realidad en la que vivimos,
es como enterarnos de las cosas después que han pasado. La única manera de
vivir la realidad y de comprometernos con ella, es tomar conciencia de lo que
pasa. Pablo nos habla claro, hay que despertarse del sueño. Es cierto que la
noche va avanzada, pero también el día está encima en que todo quedará al
descubierto. Los problemas pueden ser grandes, pero también las soluciones se
hacen cada vez más posibles. Para ello es preciso andar añorando la plena luz
del día y no a tientas en la oscuridad. Comencemos el Adviento despiertos, con
lo ojos abiertos, para que la venida de Jesús no nos tome a todos por sorpresa.
No vaya a sucedernos como a las mujeres necias del
evangelio: “A medianoche se oyó un grito: "¡Ya viene el esposo, salgan a
su encuentro!". Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus
lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: "¿Podrían darnos un poco de
aceite, porque nuestras lámparas se apagan?". Pero estas les respondieron:
"No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al
mercado". Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas
entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las
otras jóvenes y dijeron: "Señor, señor, ábrenos", pero él respondió:
"Les aseguro que no las conozco". Por tanto, estén prevenidos, porque
no saben el día ni la hora” (Mt 25,6-13).