SANTÍSIMA TRINIDAD - A (31 de Mayo del 2026)
Proclamamos del Evangelio de Jesucristo según San Juan
3,16-18:
3,16 Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único
para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
3,17 Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo,
sino para que el mundo se salve por él.
3,18 El que cree en él, no será condenado; el que no cree,
ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de
Dios. PALABRA DEL SEÑOR.
Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.
Dios dice: “Yo soy el que soy” (Ex 3,14); “Dios es espíritu”
(Jn 4,24); “Dios es amor” (I Jn 4,8). La identidad del ser de Dios es: “Dios es
espíritu de amor” y El espíritu de Dios tiene su manifiesto en la Primera
Divina persona como Padre Creador Y Crea por amor. El espíritu de Dios se manifiesta
en la segunda Divina Persona como Hijo y tiene la misión de redimir a la
humanidad por amo. El espíritu de Dios se manifiesta en la tercera divina
persona como Espíritu Santo para santificar la obra creadora del Padre y la
obra redentora del Hijo. Las tres divinas persona esta unidas por el amor
mutuo.
NO SON TRES
DIOSES IGUALES, SINO UN
SOLO DIOS VERDADERO EN TRES PERSONAS DISTINTAS: DIOS UNO Y TRINO. (Mt
28,19).
Las tres Personas
son distintas, porque el Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo, y el Hijo y
el Espíritu Santo se distinguen del Padre y entre sí. Pero las tres Personas tienen la misma y
única naturaleza divina . La misma grandeza, poder, sabiduría, bondad,
santidad, el mismo querer y el mismo obrar, etc. Lo que hace una Persona lo
hacen las tres; sin embargo, ciertas actividades parecen más apropiadas a una
Persona que a otra: la Creación al Padre, la Redención al Hijo, y la
Santificación al Espíritu Santo.
No es que entre
las tres Personas se repartan la divinidad, el poder, la sabiduría, etc., sino
que cada una de las tres Personas tiene toda la divinidad, todo el poder, toda
la sabiduría, etc.
Esto es un
misterio profundo, pero estamos seguros de que es así, porque Dios mismo lo ha
dicho, y Dios no puede engañarse ni engañarnos. La Trinidad es un misterio de amor. El
amor es un darse mutuamente para formar un nosotros. En la Trinidad, las Tres
Personas se funden por el amor formando una sola naturaleza.
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Con
estas palabras comenzábamos nuestra celebración. con esta invocación comenzaba también
nuestra vida cristiana, vida de hijos de Dios: Yo te bautizo en el nombre del
Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Toda nuestra vida está llena de la
presencia de Dios. Del Dios que es origen y fuente de vida y de amor, que ama y
es amado. Padre, Hijo y Espíritu Santo. Misterio inefable -que la palabra
humana no puede expresar- y central de nuestra fe. Pero misterio que, en lugar
de alejar a Dios de nosotros, nos lo manifiesta cercano. Tan cercano que se nos
revela presente y activo en nosotros, por Jesucristo, nuestro Señor.
Así la contraseña del cristiano -el hombre nuevo, redimido
por Jesús- es el "nombre del Padre", que también solemos llamar
"señal de la cruz". Porque es en la cruz de Cristo donde se nos revela
en plenitud el misterio trinitario en relación a nosotros. Es en su entrega
hasta la muerte donde Jesús manifiesta su radical obediencia amorosa a Dios y
nos revela el inmenso amor del Hijo eterno del Padre, que le ama y le sostiene
en su sacrificio hasta darle el triunfo sobre el mal y la muerte y sentarlo a
su derecha en la gloria. La cruz es revelación de la entrega total del Padre al
HIjo amado, y por él, con él y en él a toda la humanidad, en la donación mutua
del Espíritu Santo, personificación del amor eterno de Dios. Marcados con la
cruz de Cristo, los hombres y las mujeres devienen imágenes vivas de Dios,
Padre, Hijo y Espíritu Santo.
-"Creo en un solo Dios..."
Hoy es la fiesta del "Credo". Dentro de unos
momentos y como respuesta al don recibido de la palabra de Dios, proclamamos
nuestra fe.
¿En qué creemos, los cristianos? Y cada uno de los que
estamos aquí responde: Creo en un solo Dios. El Dios que es Padre todopoderoso
en su amor por los hombres y mujeres de todo mundo. El Padre todopoderoso,
creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible, que proclaman su
fuerza majestuosa. Y en el centro de esta grandeza cósmica se alza el hombre,
débil y fuerte a la vez, imagen de Dios. Lo hiciste poco inferior a los
ángeles, hemos cantado en el salmo responsorial. ¿Qué es el hombre, para que te
acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Y la respuesta creyente nos
sale al paso en seguida: es hijo con el Hijo. Porque nuestro Dios es también
Hijo unigénito de Dios, nacido antes de todos los siglos, eterno. Por eso
confesamos con el lenguaje de los antiguos Padres de la iglesia, muy distinto
del nuestro, pero que si lo hacemos resonar de lleno en nuestro interior
veremos cuán luminoso es, que el Hijo es Dios nacido de Dios, es Luz surgida de
la Luz, Dios verdadero nacido del Dios Verdadero, engendrado, no creado como el
mundo y los que lo poblamos, de la misma naturaleza del Padre: por él -el Hijo-
como nos ha dicho la primera lectura, todo fue hecho.
Y este Hijo de Dios se nos ha revelado en Jesús, como único
Señor y Mesías. Y ha sido Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que por
nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, nos ha manifestado el amor
inmenso de Dios, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso
Dios ha exaltado a ese Jesús sentado a la derecha del Padre. El, Jesús, es el
salvador de vivos y muertos y Señor de la historia. Dios es también el Espíritu
Santo que procede del Padre y del Hijo, personificación del amor y dador de la
vida de Dios, que habiendo hablado por los profetas, ha conducido al Hijo por
los caminos de la encarnación y, revelado en Jesús nacido de la Virgen María,
ahora conduce a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, hasta la consumación de los
siglos.
“Tanto a amó Dios al mundo” (Jn 3,16). Este enunciado, parte
del evangelio que hoy hemos leído, lo podemos reorientar en primera persona
hacia nosotros de modo siguiente: “Como el Padre me amó, también yo los he
amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos,
permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y
permanezco en su amor” (Jn 15,9-10). Incluso en sentido más personal se nos
dice: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he
amado. En esto los reconocerán que son mis discípulos, en que saben amarse unos
a otros como yo los he amado” (Jn 13,34). Finalmente hace falta mencionar dos
citas de los domingos anteriores: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me
envió a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos
y añadió: Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,21-22). “Vayan, y hagan que todos
los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,19-20).
Es el misterio central de la fe y de la vida cristiana creer
en el Padre, Hijo y Espíritu Santo.
La divina revelación de Dios uno y trino: La Iglesia expresa
su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y
Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de
ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina.
Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el
Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo
procede del Padre y del Hijo.
El misterio central de la fe y de la vida
cristiana es el misterio de la Santísima Trinidad. Los cristianos son
bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Toda la vida
de Jesús es revelación del Dios Uno y Trino: en la anunciación, en el
nacimiento, en el episodio de su pérdida y hallazgo en el Templo cuando tenía
doce años, en su muerte y resurrección, Jesús se revela como Hijo de Dios de
una forma nueva con respecto a la filiación conocida por Israel. Al comienzo de
su vida pública, además, en el momento de su bautismo, el mismo Padre atestigua
al mundo que Cristo es el Hijo Amado (Mt 3, 13-17 y par.) y el
Espíritu desciende sobre Él en forma de paloma. A esta primera revelación
explicita de la Trinidad corresponde la manifestación paralela en la
Transfiguración, que introduce al misterio Pascual (Mt 17, 1-5).
Finalmente, al despedirse de sus discípulos, Jesús les envía a bautizar en el
nombre de las tres Personas divinas, para que sea comunicada a todo el mundo la
vida eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19).
En el Antiguo Testamento, Dios había revelado su unicidad y su amor hacia el
pueblo elegido: Yahwé era como un Padre. Pero, después de haber hablado muchas
veces por medio de los profetas, Dios habló por medio del Hijo (Hb 1,
1-2), revelando que Yahwé no sólo es como un Padre, sino
que es Padre (cfr. Compendio, 46). Jesús se dirige
a Él en su oración con el término arameo Abbá, usado por los niños
israelitas para dirigirse a su propio padre (Mc 14, 36), y
distingue siempre su filiación de la de los discípulos. Esto es tan chocante,
que se puede decir que la verdadera razón de la crucifixión es justamente el
llamarse a sí mismo Hijo de Dios en sentido único. Se trata de una revelación
definitiva e inmediata (Sto Tomas de A), porque Dios se revela con su Palabra:
no podemos esperar otra revelación, en cuanto Cristo es Dios (Jn 20,
17) que se nos da, insertándonos en la vida que mana del regazo de su Padre.
En Cristo, Dios abre y entrega su intimidad, que de por sí sería inaccesible al
hombre sólo por medio de sus fuerzas. Esta misma revelación es un acto de amor,
porque el Dios personal del Antiguo Testamento abre libremente su corazón y el
Unigénito del Padre sale a nuestro encuentro, para hacerse una cosa sola con
nosotros y llevarnos de vuelta al Padre (Jn 1, 18). Se trata de
algo que la filosofía no podía adivinar, porque radicalmente se puede conocer
sólo mediante la fe.
Dios no sólo posee una vida íntima, sino que Dios es –se identifica con– su
vida íntima, una vida caracterizada por eternas relaciones vitales de
conocimiento y de amor, que nos llevan a expresar el misterio de la divinidad
en términos de procesiones.
De hecho, los nombres revelados de las tres Personas divinas exigen que se
piense en Dios como el proceder eterno del Hijo del Padre y en la mutua
relación –también eterna– del Amor que «sale del Padre» (Jn 15, 26)
y «toma del Hijo»(Jn 16, 14), que es el Espíritu Santo. La
Revelación nos habla, así, de dos procesiones en Dios: la generación del Verbo
(cfr. Jn 17. 6) y la procesión del Espíritu Santo. Con la
característica peculiar de que ambas son relaciones inmanentes, porque están en
Dios: es más son Dios mismo, en tanto que Dios es Personal; cuando hablamos de
procesión, pensamos ordinariamente en algo que sale de otro e implica cambio y
movimiento. Puesto que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza del Dios
Uno y Trino (Gn 1, 26-27), la mejor analogía con las procesiones
divinas la podemos encontrar en el espíritu humano, donde el conocimiento que
tenemos de nosotros mismos no sale hacia afuera: el concepto que nos hacemos de
nosotros es distinto de nosotros mismos, pero no está fuera de nosotros. Lo
mismo puede decirse del amor que tenemos para con nosotros. De forma parecida,
en Dios el Hijo procede del Padre y es Imagen suya, análogamente a como el
concepto es imagen de la realidad conocida. Sólo que esta Imagen en Dios es tan
perfecta que es Dios mismo, con toda su infinitud, su eternidad, su
omnipotencia: el Hijo es una sola cosa con el Padre, el mismo Algo, esa es la
única e indivisa naturaleza divina, aunque sea otro Alguien. El Símbolo del
Nicea-Constantinopla lo expresa con la formula «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios
verdadero de Dios verdadero». El hecho es que el Padre engendra al Hijo
donándose a Él, entregándole Su substancia y Su naturaleza; no en parte, como
acontece en la generación humana, sino perfecta e infinitamente.
Lo mismo puede decirse del Espíritu Santo, que procede como el Amor del Padre y
del Hijo. Procede de ambos, porque es el Don eterno e increado que el Padre
entrega al Hijo engendrándole y que el Hijo devuelve al Padre como respuesta a
Su Amor. Este Don es Don de sí, porque el Padre engendra al Hijo comunicándole
total y perfectamente su mismo Ser mediante su Espíritu. La tercera Persona es,
por tanto, el Amor mutuo entre el Padre y el Hijo. El nombre técnico de esta
segunda procesión es espiración. Siguiendo la analogía del
conocimiento y del amor, se puede decir que el Espíritu procede como la
voluntad que se mueve hacia el Bien conocido.
Estas dos procesiones se llaman inmanentes, y se diferencian
radicalmente de la creación, que es transeúnte, en el sentido de
que es algo que Dios obra hacia fuera de sí. Al ser procesiones dan cuenta de
la distinción en Dios, mientras que al ser inmanentes dan razón de la unidad.
Por eso, el misterio del Dios Uno y Trino no puede ser reducido a una unidad sin
distinciones, como si las tres Personas fueran sólo tres máscaras; o a tres
seres sin unidad perfecta, como si se tratara de tres dioses distintos, aunque
juntos.
Las dos procesiones son el fundamento de las distintas relaciones que en Dios
se identifican con las Personas divinas: el ser Padre, el ser Hijo y el ser
espirado por Ellos. De hecho, como no es posible ser padre y ser hijo de la
misma persona en el mismo sentido, así no es posible ser a la vez la Persona
que procede por la espiración y las dos Personas de las que procede. Conviene
aclarar que en el mundo creado las relaciones son accidentes, en el sentido de
que sus relaciones no se identifican con su ser, aunque lo caractericen en lo
más hondo como en el caso de la filiación. En Dios, puesto que en las
procesiones es donada toda la substancia divina, las relaciones son eternas y
se identifican con la substancia misma.
Estas tres relaciones eternas no sólo caracterizan, sino que se identifican con
las tres Personas divinas, puesto que pensar al Padre quiere decir pensar en el
Hijo; y pensar en el Espíritu Santo quiere decir pensar en aquellos respecto de
los cuales Él es Espíritu. Así las Personas divinas son tres Alguien, pero un
único Dios. No como se da entre tres hombres, que participan de la misma
naturaleza humana sin agotarla. Las tres Personas son cada una toda la
Divinidad, identificándose con la única Naturaleza de Dios: las Personas son la
Una en la Otra. Por eso, Jesús dice a Felipe que quien le ha visto a Él ha
visto al Padre (Jn 14, 6), en cuanto Él y el Padre son una cosa
sola (Jn 10, 30 y 17, 21). Esta dinámica, que técnicamente se
llama pericóresis o circumincesio (dos
términos que hacen referencia a un movimiento dinámico en que el uno se
intercambia con el otro como en una danza en círculo) ayuda a darse cuenta de
que el misterio del Dios Uno y Trino es el misterio del Amor: «Él mismo es una
eterna comunicación de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a
participar en Él» (CIC 221).
Si Dios es eterna comunicación de Amor, es comprensible que ese Amor se
desborde fuera de Él en Su obrar. Todo el actuar de Dios en la historia es obra
conjunta de la tres Personas, puesto que se distinguen sólo en el interior de
Dios. No obstante, cada una imprime en las acciones divinas ad extra su
característica personal. Con una imagen, se podría decir que la acción divina
es siempre única, como el don que nosotros podríamos recibir de parte de una
familia amiga, que es fruto de un sólo acto; pero, para quien conoce a las
personas que forman esa familia, es posible reconocer la mano o la intervención
de cada una, por la huella personal dejada por ellas en el único regalo.
Este reconocimiento es posible, porque hemos conocido a las Personas divinas en
su distinción personal mediante las misiones, cuando Dios Padre ha enviado
juntamente al Hijo y al Espíritu Santo en la historia (Jn 3, 16-17
y 14, 26), para que se hiciesen presentes entre los hombres: «son, sobre todo,
las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo
las que manifiestan las propiedades de las personas divinas» (CIC 258).
Ellos son como las dos manos del Padre que abrazan a los hombres de todos los
tiempos, para llevarlos al seno del Padre. Si Dios está presente en todos los
seres en cuanto principio de lo que existe, con las misiones el Hijo y el
Espíritu se hacen presentes de forma nueva. La misma Cruz de Cristo manifiesta
al hombre de todos los tiempos el eterno Don que Dios hace de Sí mismo,
revelando en su muerte la íntima dinámica del Amor que une a las tres Personas.
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