DOMINGO II T.O. - A (18 de Enero del 2026)
Proclamación del santo Evangelio según San Juan 1,29-34:
1,29 Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo:
"Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
1,30 A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un
hombre que me precede, porque existía antes que yo.
1,31 Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua
para que él fuera manifestado a Israel".
1,32 Y Juan dio este testimonio: "He visto al Espíritu
descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.
1,33 Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con
agua me dijo: "Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer
sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo".
1,34 Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de
Dios". PALABRA DEL SEÑOR.
REFLEXIÓN:
Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.
Jesús es el Cordero de Dios porque ha sido elegido por Dios
para iniciar el éxodo de nuestra libertad, y así como en otros tiempos los
israelitas fueron librados de la muerte y de la esclavitud por medio de la
sangre de un cordero, razón por la que celebran la Pascua de generación en
generación, así también nosotros hemos sido librados, en Cristo y por la sangre
de Cristo, de la esclavitud de la ley, del pecado y de la muerte.
Cristo es nuestra Pascua y el Cordero de Dios, el verdadero,
el de la Alianza Nueva. No es casual que según la cronología de Juan,
Jesucristo padeciera y muriera en la cruz precisamente cuando los sacerdotes
sacrificaban en el templo de Jerusalén los corderos pascuales.
El "recién nacido", el Enviado de Dios, recibe hoy
en la primera y tercera lecturas unos nombres reveladores: Siervo de Dios, Luz
de las naciones, Cordero de Dios, Hijo de Dios... Isaías lo anuncia como el
"Siervo", que recibe de Dios la misión de ser unificador del pueblo,
luz de las naciones, "para que mi salvación alcance hasta el confín de la
tierra". Este retrato, y también la respuesta del Siervo ("aquí
estoy, Señor, para hacer tu voluntad", como hemos cantado en el Salmo), se
cumplen en plenitud en Cristo Jesús y su vocación salvadora.
El nombre que le da el Bautista es un paso más: el estilo
con el que ese Enviado de Dios cumplirá su misión de salvar a la humanidad, va
a ser entregándose a sí mismo: como el verdadero Cordero que quita el pecado
del mundo. Esta categoría del Cordero tenía resonancias muy bíblicas: el
cordero cuya sangre señaló las puertas de los judíos en la noche del éxodo, los
corderos que se inmolaban en el Templo, y sobre todo el anuncio por Isaías de
un Siervo que iba a ser llevado como un cordero a la muerte, pagando por los
demás. También eso se cumple en Cristo en plenitud.
“Este es el Hijo de Dios, el cordero que quita el pecado del
mundo” (Jn 2,34;29). Porque he visto al Espíritu descender del cielo en forma
de paloma y permanecer sobre èl” (Jn 1,32): “Apenas Juan bautizo a Jesús, salió
del agua. En ese momento se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios
descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que
decía: Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi
predilección" (Mt 3,16,17). Luego dice Jesús: “El Espíritu del Señor está
sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena
Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los
ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del
Señor” Lc 4,18-19). “No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de
nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el
pecado” (Heb 4,15). Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de san
Juan, destinado a los pecadores para su conversión, (Mt 3,15). Este gesto de
Jesús es una manifestación de su "anonadamiento" (Flp 2,7). El
Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende
entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre
manifiesta a Jesús como su "Hijo amado" (Mt 3,16-17).
Dios se propone por el profeta: “Esta es la nueva Alianza
que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días —oráculo del
Señor—: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré
su Dios y ellos serán mi Pueblo” (Jer 31,33-34). Como es de verse, todas las
prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su
vida pública después de hacerse bautizar por san Juan el Bautista en el Jordán
(Mt 3,13 ) y, después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles:
"Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo
lo que yo os he mandado" (Mt 28,19-20; Mc 16,15-16).
Al finalizar el tiempo de Navidad-Epifanía en el que hemos
contemplado la irrupción del Dios que se nos da a conocer -un darse a conocer
que es al mismo tiempo comunicar vida, liberar, salvar-, comenzamos el curso
normal de los domingos que de nuevo interrumpiremos al llegar al tiempo de
Cuaresma-Pascua. Y en este momento inicial del tiempo ordinario hemos escuchado
un evangelio PROGRAMATICO de Juan. Programático, es decir, que resume el
programa -el sentido- de la misión de JC. De ahí que puede ser oportuno
comentar algunas expresiones del evangelio que nos ayudarán a captar la
dirección del camino de quien es para nosotros Luz y Vida.
Al día siguiente Juan Bautista vio venir a Jesús hacia él y
dijo:" Señor, enséñanos a ver. Señor, enseñanos a no quedarnos con las
apariencias.
Cuántas veces no sabemos "mirar" a las gentes que
viven con nosotros: no los juzgamos correctamente, nos quedamos con las
apreciaciones superficiales. Muchas personas del tiempo de Jesús no captaron
"Quien" era El. "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado
del mundo" (Jn 1,29). Para los judíos que le escuchaban, la alusión era
clara. Lo es menos para nosotros. Los judíos sacrificaban animales para la
purificación de los pecados, según la ley de Moisés. La gran fiesta de los
judíos era la Pascua, en la que se sacrificaban gran cantidad de corderos.
Jesús se identifica aquí con el "Salvador" con
aquel que "carga sobre sí nuestros pecados". ¡Y va hasta el
derramamiento de sangre! Esto no ha sido un asunto insignificante, sino un gran
combate sangriento. "El pecado del mundo", en singular. Ese singular
es significativo. Jesús carga sobre él
y hace desaparecer el conjunto de los pecados del mundo, la totalidad del
pecado de la humanidad. Gracias, Jesús.
¿Cómo podría yo ayudarte, Señor, en esa gran labor? En
primer lugar, luchando contra el mal en mí... Y luego luchando contra el mal
donde quiera que este se encuentre y yo pueda hacerlo... Me siento pobre y
débil para hacerlo; Ven en mi ayuda.
Ayúdame, Señor, a ser salvador contigo, en mi ambiente, en
mi familia, en mis responsabilidades. Detrás de mí viene uno que es antes de
mí, porque era primero que yo. Históricamente, humanamente, Juan ha sido
concebido y ha nacido antes que Jesús. Pero hay que superar las apariencias,
las evidencias. De hecho Juan Bautista percibe el origen divino de Jesús:
¡"era primero que yo"! El nacimiento "según la carne" en
Belén, no es sino el eco de otro nacimiento eterno, "El es Dios, nacido
del Padre, antes de todos los siglos".
Quiero entretenerme contemplando, cuanto sea posible, la
"Persona" de Cristo, que es divina, eterna, que preexistía desde
siempre. Es en verdad el Verbo de Dios, el Hijo, engendrado, "no
creado", que aparece humanamente en el tiempo, un día de la historia
humana, en un lugar del planeta. Eterno se inscribe en la evolución, y lo
sucesivo, y lo pasajero... Te veremos, pues, nacer, crecer, morir. El
omnipresente se limita a un solo lugar y acepta no pisar sino una parcela de la
Tierra, un pequeño país del Oriente Medio. Pero fundará una Iglesia para
representarle, en todos los tiempos y en todos los lugares. La Iglesia es la
continuación de la Encarnación.
Es el Hijo de Dios. Detrás de las particularidades banales
de ese "ciudadano de Nazaret", se esconde todo un misterio. Su
persona no se limita a lo que aparenta. "Creéis conocerle, pero hay en El
un secreto: su personalidad está sumergida en Dios... En medio de vosotros está
Aquel a quien vosotros no conocéis". Es aquel que bautiza (sumerge) en el
Espíritu Santo. No olvidemos que la palabra griega "baptizo"
significa "yo sumerjo". Los primeros cristianos, como Juan Bautista,
bautizaban sumergiendo totalmente al candidato al bautismo en el agua de un
río.
Dice el Bautista definiendo a Jesús: “ESTE ES EL CORDERO DE
DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO” (Jn 1,29). Son palabras que repetimos
siempre que celebramos la Eucaristía, antes de comulgar: muestra de que la
Iglesia les otorga un peculiar valor. Un valor cuyo sentido quizá nosotros no
comprendamos bastante. Porque ¿sabemos qué significa esto de "el Cordero
de Dios"? y ¿cuál es el sentido de "el pecado del mundo"?
CORDERO DE DIOS. Es una expresión que corresponde a lo que
leímos en la primera lectura: "Tú eres mi siervo... Te hago luz de las
naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra".
Pero este Salvador de Dios, este Mesías -según la gran
esperanza del pueblo judío- escoge un camino no de dominio y poder, sino de
servicio. Esto es lo que significa la comparación de llamarlo
"cordero". Actualmente es muy posible que la palabra nos suene
demasiado como sacrificio de quien inclina la cabeza ante los poderosos. La
expresión de Juan significa bastante más que esto: significa que Jesús, el
Mesías, el Hijo de Dios, realiza su misión como un servidor absolutamente
humilde, pobre, sencillo... pero que así consigue la Victoria. No podemos
olvidar que en el último libro de la Biblia, en el Apocalipsis, se nos presenta
a este Cordero como el gran triunfador.
Es la paradoja de la vida y obra de JC: sigue un CAMINO DE
SERVICIO, como un hombre sin poder, junto a los pobres y despreciados. Hasta
morir como un criminal entre criminales. Pero este camino -un camino que como
dice San Pablo, es locura y escándalo- resulta ser el CAMINO DE VIDA, de
Victoria. De ahí que siempre, para quienes queremos seguir a JC, el
interrogante es si para participar de su Victoria escogemos el camino que él
escogió. O si nos pasamos de listos y escogemos otro camino.
EL PECADO DEL MUNDO. Es la otra expresión que hemos de
considerar. No habla del pecado de cada hombre sino del pecado del mundo. Se
trata de la REALIDAD DE MAL que hay en el mundo, más allá de lo que cada uno de
nosotros hace. Es lo que queremos expresar al hablar de "pecado
original": un niño al nacer, no entra en un mundo limpio, sino en un mundo
herido por una presencia de mal que de un modo u otro le afectará. Ninguno de nosotros
se libra de esta herida, todos la sufrimos. Por eso su lucha es contra el
pecado del mundo, contra esta presencia poderosa de mal que hay de hecho en
nuestro mundo. Isaías en la primera lectura, decía que el "Siervo de
Dios" sería "LUZ". Porque el pecado del mundo es básicamente
oscuridad, tiniebla, negación de verdad. Es trampa, hipocresía, falsedad.
Que lleva al egoísmo, al desamor. POR ESO LA LUCHA DE JC
contra el pecado del mundo -la lucha que hemos de continuar nosotros- ES camino
de verdad que lleva al amor. Sólo con verdad y sólo con amor se combate
eficazmente contra el mal que hay en el mundo.
ESCOGER siempre la verdad y escoger siempre el amor es la
única manera de ser cristiano. La pregunta es, sin embargo: ¿cómo seguir este
camino? Todos conocemos suficientemente nuestra debilidad, nuestro pecado y
-más aún- el peso del pecado del mundo en nosotros, fuerza de gravedad que nos
impide avanzar en la verdad y en el amor. La respuesta la hallamos también en
el evangelio programático de hoy. Es importante notar cómo el testimonio de
Juan sobre Jesús se identifica con decir que en Él hay el ESPÍRITU DE DIOS. No
dice: es un hombre sabio, bueno, fuerte... sino simplemente: en Él hay el Espíritu
de Dios. Y esto -no os sorprendáis- se puede decir también de nosotros: en
nosotros hay el Espíritu de Dios.
No somos sabios, ni buenos, ni fuertes..., pero por gracia
de Dios en nosotros habita su Espíritu. Y es este Espíritu de Dios -tan
olvidado por nosotros- el que HACE POSIBLE seguir el camino de JC, el camino de
la verdad y el amor, el camino de lucha contra el pecado del mundo. Un camino
que conduce a la Victoria.
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