martes, 25 de noviembre de 2025

I DOMINGO DE ADVIENTO - A (30 de Noviembre del 2025)

 I DOMINGO DE ADVIENTO - A (30 de Noviembre del 2025)

Lectura del Evangelio de San Mateo 24,37-44

24,37 Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé.

24,38 En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca;

24,39 y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre.

24,40 De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado.

24,41 De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada.

24,42 Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor.

24,43 Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa.

24,44 Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada. PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) hermanos(as) en la fe, Paz y Bien.

La clave aquí es la prudencia (despiertos), que no es otra cosa que la sabiduría infundida por el Espíritu Santo. El siervo prudente sabe que el amo puede llegar en cualquier vigilia de la noche (en la prosperidad o en la prueba, en la alegría o en la desolación).

Estar despierto significa: a) Reconocer el Kairós: Discernir el tiempo de la gracia que Dios nos ofrece en cada instante y no desperdiciarlo. b) La Rectitud de Intención: Hacer todo por Amor a Dios, de modo que el trabajo o la molienda se conviertan en un acto de oración. C) El Desapego: Tener el corazón libre de las ataduras de las cosas pasajeras, listo para partir o para recibir al Huésped divino (advenimiento del Mesías).

Empieza un nuevo año cristiano. Hoy, primer domingo de Adviento, ciclo A, empezamos un nuevo año cristiano. Y lo empezamos con una convocatoria que nos resulta conocida y nueva a la vez: somos invitados a celebrar el Adviento, la Navidad y la Epifanía. Desde hoy hasta el final del tiempo de Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor (enero), van a ser cinco semanas de "tiempo fuerte" en que celebramos la misma buena noticia: la venida del Señor. Las tres palabras. Adviento, Navidad y Epifanía, o sea, venida, nacimiento y manifestación, apuntan a lo mismo: que Cristo Jesús se hace presente en nuestra historia para darnos su salvación: “Nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo. El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él” (I Jn 4,14-15).

Esperar (adviento) y acoger a Cristo Jesús (navidad) Sn Mateo -que va a ser el evangelista dominical de este nuevo año litúrgico A - nos ha traído las palabras de Jesús, con las que invita a todos a estar despiertos y atentos, preparados en todo momento, porque su venida sucede en el momento más inesperado: "estén en vela, que no saben qué día vendrá vuestro Señor" (Mt 24,42).

Nuestra primera actitud, por tanto, es la atención, la vigilancia, la espera activa. En la carta a los Rm 13,11 hemos escuchado: "es hora de despertarse", "el día se echa encima". Los que están dormidos, distraídos, satisfechos de las cosas de este mundo, no esperan a ningún salvador. Y corren el peligro de perder otra vez la ocasión: la cercanía del Señor, que siempre viene a nuestras vidas para llenarnos de su salvación.

Los cristianos centramos nuestra esperanza en una Persona viva, presente ya, que se llama Cristo Jesús. Cristo es la respuesta de Dios a los deseos y las preguntas de la humanidad. No nos va a salvar la política, o la economía, o los adelantos de la ciencia y de la técnica: es Cristo Jesús el que da sentido a nuestra vida, y la abre a todos sus verdaderos valores, no sólo los de este mundo.

Cristo ya vino, hace dos mil años, después de siglos de espera en que lo fueron anunciando los profetas. Pero estas profecías se han cumplido con la llegada del Mesias. Hoy hemos leído cómo Isaías prometía la venida del Salvador para todos los pueblos, un Salvador que nos enseñaría la verdad ("nos instruirá en sus caminos") y nos traería la paz ("no alzará la espada pueblo contra pueblo"). Pero la venida de Jesús -que recordaremos de modo entrañable en la próxima Navidad- no fue un hecho aislado y completo, sino la inauguración de un proceso histórico que está en marcha. Precisamente porque ya vino, los cristianos seguimos esperando activamente que la obra que Jesús empezó llegue a su cumplimiento, que su Buena Noticia alcance a todos los hombres, que penetre en nuestras vidas, en la de cada uno de nosotros y en toda la sociedad. La obra salvadora de Jesús se inauguró en la Navidad pero sigue creciendo y madurando hasta el final de los tiempos: tenemos que abrirnos a Él y estar atentos a su presencia  a su venida gloriosa (Jn 14, 3;28).

En la primera venida Cristo aparece envuelto en pañales dentro de un pesebre, en la segunda vendrá envuelto de la luz glorioso como en un manto. El tiempo de adviento es esperar al Salvador y reconocer que tenemos necesidad de salvación, admitir que somos pecadores, sentir la exigencia -¡y la urgencia!- de la conversión. Según el Evangelio según San Mateo 24,37-44.

Primera Venida vs. Segunda Venida: El contraste entre las dos venidas de Cristo marca la esencia de la esperanza cristiana.

Primera Venida (Navidad): Cristo apareció envuelto en pañales dentro de un pesebre. Este es el misterio de la humildad y la kénosis (vaciarse de sí mismo) de Dios (Mt 1,21). Vino como un bebé vulnerable, en la pobreza y la sencillez, manifestando el amor de Dios que se hace cercano y accesible a todos.

Segunda Venida (Parusía): Cristo vendrá envuelto en la luz gloriosa como en un manto. Este evento será la manifestación de su majestad, su poder y su juicio definitivo. Vendrá como el Rey de Gloria para consumar la salvación y establecer su Reino plenamente. (Apocalipsis 1:7; Mateo 24:30).

Este contraste subraya que el mismo Dios, que vino en la suavidad de la carne, regresará en el esplendor de la gloria.

El Tiempo de Adviento y la Conversión: El Adviento es el tiempo litúrgico de la espera vigilante del Salvador (Rm 13,12). Se centra en un triple advenimiento: la venida histórica en Belén (Navidad), la venida gloriosa al final de los tiempos, y la venida diaria en la vida del creyente.

La espera del Salvador nos obliga a un examen de conciencia y a una conversión urgente:

  1. Reconocer la Necesidad de Salvación: La espera no es pasiva, sino un reconocimiento activo de nuestra limitación y nuestra dependencia de Dios.
  2. Admitir que Somos Pecadores: Es el paso fundamental para la conversión. Implica humildad para reconocer que nuestra vida necesita ser enderezada y sanada por la gracia de Dios.
  3. Sentir la Exigencia y Urgencia de la Conversión: Esto se conecta directamente con el llamado a la vigilancia de Mateo.

El pasaje de Mateo se enmarca en el discurso escatológico de Jesús y es la base bíblica para el llamado a la vigilancia durante el Adviento.

1. El Ejemplo de los Días de Noé (Mt 24,37-39): Jesús compara su venida con los días de Noé:

"En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos."

La Gente: Estaba absorta en las actividades cotidianas (comer, beber, casarse), que no son malas en sí mismas, pero las vivían con una inconsciencia espiritual total, sin prestar atención a los signos de Dios o al anuncio de Noé.

La Venida: Llegará de forma repentina e inesperada para los que están distraídos, arrastrándolos con su juicio.

2. La Separación Repentina (Mt 24, 40-41): Jesús utiliza imágenes de personas realizando la misma actividad, pero con destinos diferentes:

"De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado (Bueno-preparado) y el otro dejado (Mano-no preparado). De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada."

Esta separación ilustra la dimensión judicial de la venida del Hijo del Hombre. El criterio no es la actividad que se realiza, sino la condición existencial y espiritual interna, es decir, quién estaba preparado o vigilante y quién estaba distraído o dormido espiritualmente.

3. La Parábola del Ladrón (Mt 24,42-44). La conclusión es una clara exhortación:

"Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor... Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada."

Vigilancia y Preparación: El Evangelio nos llama a vivir en un estado de alerta continua (velar). La Segunda Venida es cierta, pero el momento es incierto (como la llegada de un ladrón), por lo que la única manera de no ser sorprendidos es estar siempre preparados.

Conversión Constante: Estar preparado significa vivir la vida ordinaria con conciencia, fe, y caridad, es decir, viviendo el proceso de conversión y arrepentimiento que el Adviento nos pide. La "urgencia de la conversión" es la respuesta activa a la incertidumbre del "día y la hora".

En resumen, la temporada de Adviento nos recuerda el humilde pasado del Salvador, nos exige una preparación en el presente, y nos orienta hacia la gloriosa esperanza de su futuro retorno.

Profundizar en el concepto de la vigilancia es central para la espiritualidad del Adviento. Es un concepto riquísimo que va mucho más allá de "no estar durmiendo"; implica una actitud activa y transformadora del corazón.

La Vigilancia como Actitud Fundamental del Adviento. La vigilancia en el contexto de Adviento no es el miedo a un juicio inminente, sino una espera activa y amorosa del Señor que viene. Aquí están los aspectos clave de esta vigilancia:

1. Vigilancia Espiritual (Mantenerse Despierto). Consiste en no dejarse adormecer por la mediocridad espiritual o la distracción de la vida cotidiana, como se menciona en Mateo 24,38 (comer, beber, casarse).

Evitar el Sopor: Significa tener el corazón despierto para reconocer la presencia de Dios en los acontecimientos diarios, en la Eucaristía, en la oración y en el rostro de los demás.

Discernimiento: Estar vigilante permite discernir las "voces" del mundo y del pecado, para no confundirlas con la voz del Buen Pastor.

2. Vigilancia Moral (La Conversión Permanente). La vigilancia exige la preparación moral del alma. Si Cristo viene como un ladrón a la hora menos pensada (Mt 24,43), debemos asegurarnos de que nuestra "casa" (nuestra alma) esté ordenada.

Arrepentimiento: Es la disponibilidad para la conversión constante. El Adviento nos recuerda que siempre podemos y debemos mejorar, "enderezar los caminos" (como Juan el Bautista).

Obras de Misericordia: La vigilancia se traduce en la caridad operante. La mejor manera de esperar al Señor no es mirando el cielo, sino sirviendo a los hermanos, pues en ellos nos visita el Señor.

3. Vigilancia Orante (El Encuentro Diario). Es el aspecto más íntimo y personal. La vigilancia se nutre de la oración.

Perseverancia: Mantener el diálogo con Dios a pesar de las pruebas o el tedio. Es el "mantener encendidas las lámparas" de la parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13).

La Eucaristía: Es la cumbre de la vigilancia. Al participar en la Misa, proclamamos: "Anunciamos tu Muerte, proclamamos tu Resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!" Es el acto más perfecto de espera.

 

RITO DE BENDICIÓN DE LA CORONA DE ADVIENTO:

 Monición:

Al comenzar el nuevo año litúrgico vamos a bendecir esta corona con que inauguramos también el tiempo de Adviento. Sus luces nos recuerdan que Jesucristo es la luz del mundo. Su color verde significa la vida y la esperanza. El encender, semana tras semana, los cuatro cirios de la corona debe significar nuestra gradual preparación para recibir la luz de la Navidad.

Oración al comienzo del Adviento:

La tierra, Señor, se alegra en estos días y tu Iglesia desborda de gozo ante tu Hijo, el Señor, que se avecina como luz esplendorosa, para iluminar a los que yacemos en las tinieblas de la ignorancia, del dolor y del pecado. Lleno de esperanza en su venida, tu pueblo ha preparado esta corona con ramos del bosque y la ha adornado con luces. Derrama tu santa bendición en ella: …+… en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu santo, Amén. Para que vivamos este tiempo de conversión según tu santa voluntad practicando obras de misericordia y caridad para que cuando llegue tu hijo seamos con él admitidos a su reino. Amen.

Oración del primer domingo de Adviento:

Encendemos, Señor, esta luz, como aquel que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene. Muchas sombras nos envuelven. Muchos halagos nos adormecen. Queremos estar despiertos y vigilantes, queremos caminar alegres hacia ti, porque Tú nos traes la luz más clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Señor Jesús!

Unidos en una sola voz digamos Padre nuestro...

V. Ven Señor Jesús, haz resplandecer tu rostro sobre nosotros.

R. Y seremos salvados.

REFLEXIÓN:

Hoy comenzamos el camino del Adviento, camino de preparación para el que ha de venir al final de los tiempos, pero que nosotros la vivimos mejor, esperando al que ha de venir en estas Navidades, ese Dios encarnado es la “Esperanza de Dios” y que está llamado a ser la razón de nuestra esperanza. Porque lo que nosotros no podemos, sabemos que Él sí lo puede y con Él, también nosotros. No es la esperanza que viene de nuestros sueños. Es la esperanza de Dios “que ama tanto al mundo que entrega a su propio Hijo para que todos los que creen en el tengan vida eterna” (Jn 3,16). Ahí está el porqué y el para qué de nuestro esperar.

De tanta insatisfacción nos estamos quedando sin esperanza, sin ganas de luchar comprometernos de verdad. Por eso nos quedamos arañando las cosas. Prepararse para la Navidad ha de ser un levantar la cabeza por encima de nuestras dificultades, un mirar por encima de nuestras inmediateces, un ser conscientes de que nunca una noche ha vencido al amanecer, y nunca un problema ha vencido a la esperanza.

El evangelio de hoy inicia con aquellas palabras de Jesús que se remite a los sucesos del A. T. “Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca…” (Mt 24,37-38). Y termina con las mismas: “Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada” (Mt 24,44). Jesús nos exhorta prepararnos y este tiempo de adviento es para esa preparación, pero ¿Cómo prepararnos?

San Pablo en la carta a los Romanos nos da pautas de cómo puede ser una buena preparación. Todo un programa de vida. Primero, que tomemos conciencia del momento en que vivimos. Segundo, que despertemos los que vivimos dormidos. Estamos metidos en la noche, pero ahí está la esperanza “el día se echa encima”, es hora de dejar las obras de las tinieblas y armarnos con las obras de la luz. A vivir como en pleno día. Y añade algo más: nada de entregarnos a la vida del placer y menos todavía a las riñas y enemistades. Para ello es el momento de revestirnos del Señor Jesús. ¿No le parece todo esto todo un plan de vida capaz de cambiar las cosas?

En resumidas cuentas, lo primero que la Palabra de Dios nos pide en este Primer Domingo de Adviento es que abramos los ojos, que dejemos esa vida en tinieblas que nos atonta y nos impide ver la realidad. Uno de nuestros peores problemas es no darnos cuenta de la realidad en la que vivimos, es como enterarnos de las cosas después que han pasado. La única manera de vivir la realidad y de comprometernos con ella, es tomar conciencia de lo que pasa. Pablo nos habla claro, hay que despertarse del sueño. Es cierto que la noche va avanzada, pero también el día está encima en que todo quedará al descubierto. Los problemas pueden ser grandes, pero también las soluciones se hacen cada vez más posibles. Para ello es preciso andar añorando la plena luz del día y no a tientas en la oscuridad. Comencemos el Adviento despiertos, con lo ojos abiertos, para que la venida de Jesús no nos tome a todos por sorpresa.

No vaya a sucedernos como a las mujeres necias del evangelio: “A medianoche se oyó un grito: "¡Ya viene el esposo, salgan a su encuentro!". Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: "¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?". Pero estas les respondieron: "No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado". Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: "Señor, señor, ábrenos", pero él respondió: "Les aseguro que no las conozco". Por tanto, estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora” (Mt 25,6-13).

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