domingo, 11 de enero de 2026

DOMINGO II T.O. - A (18 de Enero del 2026)

 DOMINGO II T.O. - A (18 de Enero del 2026)

Proclamación del santo Evangelio según San Juan 1,29-34:

1,29 Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

1,30 A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.

1,31 Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel".

1,32 Y Juan dio este testimonio: "He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.

1,33 Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo".

1,34 Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios". PALABRA DEL SEÑOR.

REFLEXIÓN:

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

Jesús es el Cordero de Dios porque ha sido elegido por Dios para iniciar el éxodo de nuestra libertad, y así como en otros tiempos los israelitas fueron librados de la muerte y de la esclavitud por medio de la sangre de un cordero, razón por la que celebran la Pascua de generación en generación, así también nosotros hemos sido librados, en Cristo y por la sangre de Cristo, de la esclavitud de la ley, del pecado y de la muerte.

Cristo es nuestra Pascua y el Cordero de Dios, el verdadero, el de la Alianza Nueva. No es casual que según la cronología de Juan, Jesucristo padeciera y muriera en la cruz precisamente cuando los sacerdotes sacrificaban en el templo de Jerusalén los corderos pascuales.

El "recién nacido", el Enviado de Dios, recibe hoy en la primera y tercera lecturas unos nombres reveladores: Siervo de Dios, Luz de las naciones, Cordero de Dios, Hijo de Dios... Isaías lo anuncia como el "Siervo", que recibe de Dios la misión de ser unificador del pueblo, luz de las naciones, "para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra". Este retrato, y también la respuesta del Siervo ("aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad", como hemos cantado en el Salmo), se cumplen en plenitud en Cristo Jesús y su vocación salvadora.

El nombre que le da el Bautista es un paso más: el estilo con el que ese Enviado de Dios cumplirá su misión de salvar a la humanidad, va a ser entregándose a sí mismo: como el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Esta categoría del Cordero tenía resonancias muy bíblicas: el cordero cuya sangre señaló las puertas de los judíos en la noche del éxodo, los corderos que se inmolaban en el Templo, y sobre todo el anuncio por Isaías de un Siervo que iba a ser llevado como un cordero a la muerte, pagando por los demás. También eso se cumple en Cristo en plenitud.

“Este es el Hijo de Dios, el cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 2,34;29). Porque he visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre èl” (Jn 1,32): “Apenas Juan bautizo a Jesús, salió del agua. En ese momento se le abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección" (Mt 3,16,17). Luego dice Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” Lc 4,18-19). “No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4,15). Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de san Juan, destinado a los pecadores para su conversión, (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su "anonadamiento" (Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su "Hijo amado" (Mt 3,16-17).

Dios se propone por el profeta: “Esta es la nueva Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días —oráculo del Señor—: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo” (Jer 31,33-34). Como es de verse, todas las prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su vida pública después de hacerse bautizar por san Juan el Bautista en el Jordán (Mt 3,13 ) y, después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt 28,19-20; Mc 16,15-16).

Al finalizar el tiempo de Navidad-Epifanía en el que hemos contemplado la irrupción del Dios que se nos da a conocer -un darse a conocer que es al mismo tiempo comunicar vida, liberar, salvar-, comenzamos el curso normal de los domingos que de nuevo interrumpiremos al llegar al tiempo de Cuaresma-Pascua. Y en este momento inicial del tiempo ordinario hemos escuchado un evangelio PROGRAMATICO de Juan. Programático, es decir, que resume el programa -el sentido- de la misión de JC. De ahí que puede ser oportuno comentar algunas expresiones del evangelio que nos ayudarán a captar la dirección del camino de quien es para nosotros Luz y Vida.

Al día siguiente Juan Bautista vio venir a Jesús hacia él y dijo:" Señor, enséñanos a ver. Señor, enseñanos a no quedarnos con las apariencias.

Cuántas veces no sabemos "mirar" a las gentes que viven con nosotros: no los juzgamos correctamente, nos quedamos con las apreciaciones superficiales. Muchas personas del tiempo de Jesús no captaron "Quien" era El. "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Para los judíos que le escuchaban, la alusión era clara. Lo es menos para nosotros. Los judíos sacrificaban animales para la purificación de los pecados, según la ley de Moisés. La gran fiesta de los judíos era la Pascua, en la que se sacrificaban gran cantidad de corderos.

Jesús se identifica aquí con el "Salvador" con aquel que "carga sobre sí nuestros pecados". ¡Y va hasta el derramamiento de sangre! Esto no ha sido un asunto insignificante, sino un gran combate sangriento. "El pecado del mundo", en singular. Ese singular es significativo. Jesús   carga sobre él y hace desaparecer el conjunto de los pecados del mundo, la totalidad del pecado de la humanidad. Gracias, Jesús.

¿Cómo podría yo ayudarte, Señor, en esa gran labor? En primer lugar, luchando contra el mal en mí... Y luego luchando contra el mal donde quiera que este se encuentre y yo pueda hacerlo... Me siento pobre y débil para hacerlo; Ven en mi ayuda.

Ayúdame, Señor, a ser salvador contigo, en mi ambiente, en mi familia, en mis responsabilidades. Detrás de mí viene uno que es antes de mí, porque era primero que yo. Históricamente, humanamente, Juan ha sido concebido y ha nacido antes que Jesús. Pero hay que superar las apariencias, las evidencias. De hecho Juan Bautista percibe el origen divino de Jesús: ¡"era primero que yo"! El nacimiento "según la carne" en Belén, no es sino el eco de otro nacimiento eterno, "El es Dios, nacido del Padre, antes de todos los siglos".

Quiero entretenerme contemplando, cuanto sea posible, la "Persona" de Cristo, que es divina, eterna, que preexistía desde siempre. Es en verdad el Verbo de Dios, el Hijo, engendrado, "no creado", que aparece humanamente en el tiempo, un día de la historia humana, en un lugar del planeta. Eterno se inscribe en la evolución, y lo sucesivo, y lo pasajero... Te veremos, pues, nacer, crecer, morir. El omnipresente se limita a un solo lugar y acepta no pisar sino una parcela de la Tierra, un pequeño país del Oriente Medio. Pero fundará una Iglesia para representarle, en todos los tiempos y en todos los lugares. La Iglesia es la continuación de la  Encarnación.

Es el Hijo de Dios. Detrás de las particularidades banales de ese "ciudadano de Nazaret", se esconde todo un misterio. Su persona no se limita a lo que aparenta. "Creéis conocerle, pero hay en El un secreto: su personalidad está sumergida en Dios... En medio de vosotros está Aquel a quien vosotros no conocéis". Es aquel que bautiza (sumerge) en el Espíritu Santo. No olvidemos que la palabra griega "baptizo" significa "yo sumerjo". Los primeros cristianos, como Juan Bautista, bautizaban sumergiendo totalmente al candidato al bautismo en el agua de un río.

Dice el Bautista definiendo a Jesús: “ESTE ES EL CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO” (Jn 1,29). Son palabras que repetimos siempre que celebramos la Eucaristía, antes de comulgar: muestra de que la Iglesia les otorga un peculiar valor. Un valor cuyo sentido quizá nosotros no comprendamos bastante. Porque ¿sabemos qué significa esto de "el Cordero de Dios"? y ¿cuál es el sentido de "el pecado del mundo"?

CORDERO DE DIOS. Es una expresión que corresponde a lo que leímos en la primera lectura: "Tú eres mi siervo... Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra".

Pero este Salvador de Dios, este Mesías -según la gran esperanza del pueblo judío- escoge un camino no de dominio y poder, sino de servicio. Esto es lo que significa la comparación de llamarlo "cordero". Actualmente es muy posible que la palabra nos suene demasiado como sacrificio de quien inclina la cabeza ante los poderosos. La expresión de Juan significa bastante más que esto: significa que Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, realiza su misión como un servidor absolutamente humilde, pobre, sencillo... pero que así consigue la Victoria. No podemos olvidar que en el último libro de la Biblia, en el Apocalipsis, se nos presenta a este Cordero como el gran triunfador.

Es la paradoja de la vida y obra de JC: sigue un CAMINO DE SERVICIO, como un hombre sin poder, junto a los pobres y despreciados. Hasta morir como un criminal entre criminales. Pero este camino -un camino que como dice San Pablo, es locura y escándalo- resulta ser el CAMINO DE VIDA, de Victoria. De ahí que siempre, para quienes queremos seguir a JC, el interrogante es si para participar de su Victoria escogemos el camino que él escogió. O si nos pasamos de listos y escogemos otro camino.

EL PECADO DEL MUNDO. Es la otra expresión que hemos de considerar. No habla del pecado de cada hombre sino del pecado del mundo. Se trata de la REALIDAD DE MAL que hay en el mundo, más allá de lo que cada uno de nosotros hace. Es lo que queremos expresar al hablar de "pecado original": un niño al nacer, no entra en un mundo limpio, sino en un mundo herido por una presencia de mal que de un modo u otro le afectará. Ninguno de nosotros se libra de esta herida, todos la sufrimos. Por eso su lucha es contra el pecado del mundo, contra esta presencia poderosa de mal que hay de hecho en nuestro mundo. Isaías en la primera lectura, decía que el "Siervo de Dios" sería "LUZ". Porque el pecado del mundo es básicamente oscuridad, tiniebla, negación de verdad. Es trampa, hipocresía, falsedad.

Que lleva al egoísmo, al desamor. POR ESO LA LUCHA DE JC contra el pecado del mundo -la lucha que hemos de continuar nosotros- ES camino de verdad que lleva al amor. Sólo con verdad y sólo con amor se combate eficazmente contra el mal que hay en el mundo.

ESCOGER siempre la verdad y escoger siempre el amor es la única manera de ser cristiano. La pregunta es, sin embargo: ¿cómo seguir este camino? Todos conocemos suficientemente nuestra debilidad, nuestro pecado y -más aún- el peso del pecado del mundo en nosotros, fuerza de gravedad que nos impide avanzar en la verdad y en el amor. La respuesta la hallamos también en el evangelio programático de hoy. Es importante notar cómo el testimonio de Juan sobre Jesús se identifica con decir que en Él hay el ESPÍRITU DE DIOS. No dice: es un hombre sabio, bueno, fuerte... sino simplemente: en Él hay el Espíritu de Dios. Y esto -no os sorprendáis- se puede decir también de nosotros: en nosotros hay el Espíritu de Dios.

No somos sabios, ni buenos, ni fuertes..., pero por gracia de Dios en nosotros habita su Espíritu. Y es este Espíritu de Dios -tan olvidado por nosotros- el que HACE POSIBLE seguir el camino de JC, el camino de la verdad y el amor, el camino de lucha contra el pecado del mundo. Un camino que conduce a la Victoria.

viernes, 9 de enero de 2026

BAUTISMO DEL SEÑOR – A (11 de enero de 2026)

 BAUTISMO DEL SEÑOR – A (11 de enero de 2026)

Proclamación del santo Evangelio según San Mateo 3,13-17

3,13 En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

3,14 Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?

3,15 Jesús le contestó: Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. Entonces Juan se lo permitió.

3,16 Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. PALABRA DEL SEÑOR.

De acuerdo con una interpretación moralizante y legalista, el bautismo de Jesús no sería más que un gran ejemplo de humildad y de sumisión a los ritos instituidos por las autoridades religiosas. Realmente, causaba dificultad a los primeros cristianos el hecho de que Jesús se hubiese hecho bautizar por Juan. Ya san Mateo quiso obviar esta dificultad por medio del diálogo que nos narra. Decía Juan: "Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?" Y Jesús le responde: "Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere".

Es una consecuencia moral que, efectivamente, se desprende del ejemplo de Jesús. Sin embargo, a la luz que la Epifanía que acabamos de celebrar, y especialmente este año en que leemos la narración del episodio según el evangelio de Lucas, el bautismo de Jesús se nos presenta primordialmente como una epifanía o revelación de la gloria del Verbo hecho hombre. Antes que un ejemplo moral o una catequesis, es un misterio de salvación, es una fiesta que debemos celebrar con gozo exultante.

EL BAUTISMO DE JESÚS Y NUESTRO BAUTISMO: Cuando todo el pueblo se hacía bautizar por Juan, también Jesús acude a hacerse bautizar. El justo se mezcla con los pecadores y se sumerge con ellos en las aguas del Jordán.

¿No es acaso lo que ya había hecho por el propio misterio de su Encarnación: mezclarse con los hombres y entrar en la corriente de su historia? Había venido a hacerse solidario de los hombres en todo, no en el pecado, pero sí en las consecuencias del pecado: la muerte. Con el mismo impulso de amor a los hombres con que por la encarnación había entrado en nuestra historia, baja ahora al Jordán, confundido con aquella multitud que se confiesa pecadora.

Sube después del agua y con él son elevados todos los penitentes del Jordán, y con ellos todos los hombres de buena voluntad que a lo largo de los siglos buscan a Dios en la oscuridad. Para todos ellos ora Jesús. Y estando en oración se abre el cielo. Ha sido escuchada aquella plegaria mesiánica que leemos al final del libro de Isaías (63, 11-12,19): "¿Dónde está el que los sacó de las aguas, el pastor de su rebaño? ¿Dónde el que puso en su interior su santo espíritu? (...) ¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras!".

La voz del Padre y una manifestación sensible del Espíritu dan testimonio de que Jesús de Nazaret es el Hijo amado, el gran profeta prometido a Israel, el Mesías, o sea, el ungido por el Espíritu de Dios; y no de manera ocasional o en parte, como lo eran reyes y sacerdotes, sino plenamente y para siempre. Se ha cumplido, en efecto, el oráculo de Isaías que escuchábamos en la primera lectura: el anuncio del siervo o hijo en quien Dios se complace, a quien llena de su Espíritu -es decir, de su amor- para que se compadezca de la caña cascada y del pábilo vacilante; que debe llevar luz a las naciones y libertad a los cautivos.

Este Espíritu, que ya poseía desde el principio y que ahora se manifiesta, Jesús, una vez muerto y resucitado, lo comunicará a todos los que, por la fe y el bautismo, bajen con él al Jordán y sean elevados con él a una vida de santidad y de gracia.

Incorporados a Cristo, podrán sentir como dirigida personalmente a cada uno de ellos la voz que hoy resuena en el Jordán: "Tu eres mi hijo. En ti me he complacido. Hoy te engendré".

BAUTISMO Y PASCUA: Pero el bautismo de agua sólo podrá convertirse en bautismo en el Espíritu por medio del bautismo en la sangre. A él se refería Jesús cuando anunciaba su Pasión a los discípulos: "Tengo que pasar por un bautismo, ¡y que angustia hasta que se cumpla!" (Lc 12,50). O cuando el jueves santo anticipaba sacramentalmente la Pascua: "He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer" (Lc 22, 15). 

También nuestro bautismo es Pascua, puesto que nos ha sumergido, como dice san Pablo, en la muerte de Cristo; porque nos hace desear ardientemente la Pascua de Cristo en su memorial eucarístico; y, aún, porque nos empuja poderosamente hacia otra Pascua, la de la vida concreta, en la que debemos pasar continuamente de muerte a vida, de las tinieblas a la luz, del egoísmo al amor, del pecado a la gracia. Por eso los bautizado sentimos, no digamos la obligación, sino la necesidad de reunirnos el domingo, día memorial de la Pascua del Señor, para celebrar la Eucaristía.

Cada domingo al proclamar nuestra fe, decimos que creemos en un solo bautismo. Hay muchos bautizos, pero un solo bautismo: el de Jesucristo. Creemos que al bajar a las aguas del Jordán y al derramar por nosotros su sangre alcanzaba a las fuentes bautismales de las iglesias de todos los lugares y de todos los tiempos. No se hizo bautizar para purificarse él, sino para santificar el agua de nuestro bautismo; no comunicándole un poder mágico, sino haciendo de ella signo sensible de la paternidad de Dios y de la conversión transformadora de los hombres que con fe se acercarán a ella.

¿Pues qué, hermanos míos? ¿Quién no ve lo que no ven los donatistas? No os extrañe que no quieran volver; se parecen al cuervo que salió del arca. ¿Quién no ve lo que ellos no ven? ¡Qué ingratos son para con el Espíritu Santo! La paloma desciende sobre el Señor, pero sobre el Señor bautizado. Y allí se manifestó también la santa y verdadera Trinidad, que para nosotros es un único Dios. Salió el Señor del agua, como leemos en el evangelio: Y he aquí que se le abrieron los cielos y vio descender al Espíritu en forma de paloma y se posó sobre él, e inmediatamente le siguió una voz: «Tú eres mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mt 3,16-17). Aparece claramente la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre y el Espíritu en la paloma. Veamos lo que vemos y que extrañamente ellos no ven, en esta Trinidad en cuyo nombre fueron enviados los apóstoles. En realidad no es que no vean, sino que cierran los ojos a lo que les entra por ellos. Los discípulos son enviados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo por el mismo de quien se dice: Éste es el que bautiza. Esto ha dicho a sus ministros quien se ha reservado para sí la potestad de bautizar.

Esto es lo que vio Juan en él y conoció lo que aún no sabía. No ignoraba que Jesús era el Hijo de Dios, que era el Señor, el Cristo, el que había de bautizar en el agua y el Espíritu Santo; todo esto ya lo sabía. Pero lo que le enseña la paloma es que Cristo se reserva esta potestad, que no trasmite a ninguno de sus ministros. Esta potestad que Cristo se reserva exclusivamente, sin transferirla a ninguno de sus ministros, aunque se sirva de ellos para bautizar, es el fundamento de la unidad de la Iglesia, de la que se dice: Mi paloma es única, única para su madre (Cant 6,8). Si, pues, como ya dije, hermanos míos, el Señor comunicase esta potestad al ministro, habría tantos bautismos como ministros, y se destruiría así la unidad del bautismo.

Prestad atención, hermanos. La paloma bajó sobre nuestro Señor Jesucristo después del bautismo. En ella conoció Juan algo propio del Señor, de acuerdo con las palabras: Aquel sobre quien vieres que desciende el Espíritu en forma de paloma y que se posa sobre él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo (Jn 1,33).

Juan sabía que era él quien bautizaba en el Espíritu Santo, antes de que nuestro Señor se presentara a ser bautizado. Pero entonces aprendió, por una gracia que recibió allí, que la potestad de bautizar era tan personal que no la transfería a nadie. ¿Cómo probamos que Juan sabía ya antes que el Señor iba a bautizar en el Espíritu Santo? ¿De dónde se deduce que aprendió en la paloma que el Señor iba a bautizar en el Espíritu Santo, de forma que esa potestad no era transferible a ningún hombre? ¿Qué prueba tenemos? La paloma desciende cuando el Señor había sido ya bautizado; mas está claro que Juan ya conocía al Señor antes de que se presentase al bautismo, por las palabras que dijo: ¿Vienes tú a que yo te bautice? Soy yo más bien quien debe ser bautizado por ti. Luego sabía ya que era el Señor, que era el Hijo de Dios.

¿Cómo probamos que también sabía que bautizaba en el Espíritu Santo? Antes de que Jesús se acercase al río, viendo que venían muchos a él para ser bautizados, Juan les dijo: Yo ciertamente bautizo con agua; pero el que viene después de mí es mayor que yo, pues yo no soy digno de desatar siquiera la correa de su calzado. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego (Mt 3,11). Así, pues, también esto lo sabía. Según eso, ¿qué fue lo que aprendió por la paloma, para no tacharle de mentiroso, de lo cual Dios nos libre? Aprendió que habría en Cristo una propiedad tal, en virtud de la cual, aunque fuesen muchos los ministros, santos o pecadores, la santidad del bautismo sólo se otorgaría a aquel sobre quien descendió la paloma, pues de él se dijo: Éste es el que bautiza en el Espíritu Santo. Bautice Pedro o Pablo o Judas, siempre es él quien bautiza.

Porque si el bautismo es santo debido a la diversidad de los méritos, habrá tantos bautismos cuantos méritos, y cada uno creerá que recibe algo tanto mejor cuanto más santo es quien lo da. Entre los mismos santos -entended esto, hermanos-, entre los que son buenos, entre los que son de la paloma y les cabe en suerte la ciudad aquella de Jerusalén, entre los que forman parte de la Iglesia, de quienes dice el Apóstol: Conoce el Señor los que son suyos (2 Tim 2,19), hay diversidad de dones espirituales, diversidad de méritos: unos son más santos, mejores, que otros. Supongamos que a uno le bautiza un ministro más justo y santo y a otro quien es de mérito inferior a los ojos de Dios, menos perfecto, de continencia menos perfecta y vida menos santa, ¿por qué reciben los dos lo mismo, sino porque es Cristo quien bautiza? Si bautizan dos, uno que es bueno y otro que es mejor, no por eso éste da una gracia mayor que aquél; antes bien, la gracia es la misma, no mejor en uno e inferior en otro, aunque los ministros sean unos mejores que otros. Lo mismo acaece si el que bautiza es indigno, bien por ignorancia de la Iglesia, bien por tolerancia -porque los malos o no se conocen, o se toleran, como se tolera la paja en la era hasta el momento de aventarla-. Lo que se da en este caso, es una misma e idéntica gracia, no distinta, aunque los ministros sean desiguales, porque Él es quien bautiza.