DOMINGO XII – A (25 de junio de 2017)
Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 10,26-33
En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: “No teman. No
hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser
conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que
escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.
Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo
de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el
cielo. Ustedes tienen contados todos sus
cabellos. No teman entonces, porque
valen más que muchos pájaros. Al que me confiesan abiertamente ante los
hombres, yo lo confesaré ante mi Padre que está en el cielo. Pero quien se avergüence
de mí en este mundo, yo también me avergonzare de él ante mi padre que está en
el cielo”. PALABRA DEL SEÑOR.
Estimados amigos en el Señor Paz y Bien.
En el discurso de la montaña Jesús advirtió sobre la adversidad
que implica promover el reino de los cielos al decir: “Felices ustedes, cuando
sean insultados y perseguidos, y cuando los calumnie en toda forma por mi causa.
Alégrense y regocíjense, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el
cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt
5,11-12). Y en el discurso sobre la misión, Jesús dice a sus apóstoles no
solamente qué es lo que deben hacer (Mt 10,5-15) y cuáles son las dificultades
que les aguardan (Mt 10,16-25), sino también cómo deben superar las situaciones
desfavorables en la misión (Mt 10,26-33).
El misionero ante los peligros: Una vez que Jesús terminó
las primeras instrucciones a sus apóstoles (Mateo 10,5-15), dijo: “Mirad que os
envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16). Desde ese momento se capta que
la misión implica peligros: juicios en los “tribunales” (Mt 10,17a), “azotes” (Mt
10,17b) e incluso “muerte por los de su propia familia” (Mt 10,21). Una frase
de Jesús describe crudamente este ambiente de persecución y rechazo: “Serán
odiados de todos por causa de mi nombre” (Mt 10,22).
Todo esto hay que entenderlo como una verificación de la
estrecha comunión del discípulo con su Maestro, es decir, es parte del
seguimiento: “No está el discípulo por encima del Maestro… Ya le basta al
discípulo ser como el Maestro” (Mt 10,24.25).
Enfrentar los miedos: Sentimos que no podemos asegurarlo todo con nuestros propios
esfuerzos. Todo lo que somos y nos pertenece nos expone a heridas y pérdidas,
es objeto de amenaza, de recelos y temores. En el texto afloran cuatro “miedos” del misionero: Miedo a
hablar en público (Mt 10,26-27). Miedo a que destruyan su integridad física (Mt 10,28-31). El miedo verdadero debe estar
en: Miedo a perder la comunión definitiva con Jesús (Mt 10,32-33); y miedo a perder
la salvación (“muerte del alma”) (Mt 10,28-31).
¿Qué es lo que deben hacer los apóstoles que, precisamente
por cumplir la misión que Jesús le encomienda, son criticados y perseguidos?;
¿Dejar la misión? ¿Renunciar a su confesión de fe para sobrevivir en medio del
ambiente hostil? ¿Aplazar la tarea para cuando lleguen tiempos mejores? ¿Amoldarse
a la vida de la sociedad haciendo concesiones que le eviten los conflictos? ¿Quedarse
callados ante lo que sucede en el mundo y permitir que todo siga como siempre?
La enseñanza de Jesús: Ante las situaciones desfavorables
descritas y el dilema correspondiente, la enseñanza de Jesús a los misioneros
gira en torno a una misma expresión que tres veces repite con fuerza: “¡No
tengan miedo!”: 1) “No les tengan miedo. Pues nada hay encubierto que no haya
de ser descubierto” (Mt 10,26). 2) “No tengan miedo a los que matan el cuerpo,
pero no pueden matar el alma” (Mt 10,28). 3) “No tengan miedo, pues, Uds valen
más que muchos pajarillos” (Mt 10,31).
Jesús no niega que los misioneros pasarán por momentos
amargos. Él mismo se refiere a ello varias veces y quiere que sus apóstoles no
se hagan falsas ilusiones: su tarea de anunciar el Reino y su pertenencia a él
en calidad de discípulos los hacen mucho más vulnerables ante el entorno
social.
Como puede verse, en el centro está el Dios Padre de Jesús
(Jn 17,21): Él es la realidad determinante frente al cual nada debe ser
preferido, a cuya voluntad nada escapa, quien cuida a los suyos con amor
paterno (I Jn 4,8).
"El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí
mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida,
la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le
servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el
hombre a cambio de su vida?” (Jn 16,24-26). Buscando la salvación de los demás es
como podemos asegurar nuestra salvación; ello implicará incluso dar la vida por
la cusa del evangelio. Pero esta conducta tiene su recompensa: “Al final de los
tiempos, Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus
ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt 16,27).
“No Teman a los que
matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede
llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos
por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de su Padre. En cuanto a Uds. hasta los cabellos de su cabeza están
todos contados. No teman, pues; Uds valen más que muchos pajarillos” (Mt
10,28-31). Ante el rechazo o el martirio prevalece La confianza en el Dueño de
la Vida. En efecto, la exhortación a “no temer” ahora es más concreta: se trata
de la eventualidad de la muerte. Por pertenecer a Jesús, el discípulo puede
sufrir una muerte violenta.
Jesús nos habla también de un “temor” que sí hay que tener:
el temor de Dios, que es ante todo respeto. De hecho, hay que saber distinguir
entre el verdadero y el falso temor, así como lo hace el profeta Isaías: “No
teman ni temblen de lo que el (pueblo) teme; a Dios que es santo, a Él si su temor” (Mt 8,12-13). Este pensamiento nos remite a la
exhortación para el martirio que encontramos en el libro de los Macabeos. El
viejo Eleazar, ya moribundo por la tremenda paliza, dice: “El Señor, que posee
la ciencia santa, sabe bien que, pudiendo librarme de la muerte, soporto
flagelado en mi cuerpo recios dolores, pero en mi alma los sufro con gusto por
temor de él” (2 Macabeos 6,30). Claro está, a diferencia de la historia de
Eleazar, esta vez la motivación proviene de Jesús y con antecedencia a la situación
de peligro de muerte de un discípulo suyo.
Valoración del poder: La motivación fundamental que Jesús da
para atreverse a dar el paso del martirio: la vida en última instancia depende
de Dios. Para comprender mejor esto hay que hacer una valoración del poder: 1)
El poder de los hombres, quienes pueden matar el cuerpo pero no matar el alma. 2)
El poder de Dios, que puede mandar a la perdición el cuerpo y el alma a la
gehena. (en el mundo bíblico la “gehena” es concebida como lugar de pena
eterna). Jesús pide valentía también frente al daño extremo e irrevocable en el
que podemos caer, esto es, frente a la muerte. El hecho que nosotros
continuemos viviendo o que nuestra vida se acabe de repente, puede depender de
los hombres. Con todo, Jesús nos recuerda que la muertes es solamente realidad
penúltima, que la vida terrena no es el bien mayor y que la muerte no es el mal
más grande, y que, a pesar de su poder para matar, los hombres no tienen ningún
poder discrecional sobre la salvación o sobre la condenación. Aquí termina el
poder humano y comienza el ámbito del poder exclusivo de Dios.
Jesús nos invita a tener coraje, no porque Dios frente a los
hombres impida que los maten, sino porque los hombres matando no pueden incluir
en lo más mínimo sobre el destino de salvación definitiva, sobre nuestra vida
eterna con Dios. Al mismo tiempo invita al temor de Dios, porque nuestro
destino definitivo solamente depende de él: la vida o la ruina eterna. No hay
que tener miedo de Dios, hay que acoger con sencillez y respeto esta situación.
El valor más alto no es la vida terrena, por eso no hay que tratar de
conservarla a toda costa. El valor mayor es nuestra relación con Dios y con su
voluntad, por eso debemos comprometernos valientemente con todo nuestro ser.
Cuanto más nos abandonamos a él, tanto más somos libres frente a los hombres y
a sus acciones.
El verdadero amor providente de Dios quien conoce mucho más
que nosotros el por qué de la muerte: “Tanto amo Dios al mundo, que entregó a
su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida
eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el
mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya
está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn
3,16.18).
Las imágenes del gorrión y de los cabellos, son
significativas: 1) El gorrión no cae sin que el Padre lo sepa. De esta manera,
Jesús se remite al cuidado que Dios Padre tiene de lo creado. La lógica es: si
Dios se ocupa de un gorrión (que vale un “as”, la moneda más sencilla y
devaluada), cuánto más un discípulo vale ante Dios. 2) Los cabellos son, como
sucede con la arena de la playa, símbolo de lo que aparentemente no se puede
contar, por ejemplo: “Son más que los cabellos de mi cabeza lo que sin causa me
odian” (Salmo 69,5). Con esta imagen se establece un contraste entre el
conocimiento de Dios y la ignorancia humana. Aplicado al martirio significa que
uno puede ser que uno no consiga comprender la maldad humana, y mucho menos
cómo es que Dios pude permitirla, pero si uno no es capaz de contar los
cabellos de la cabeza, ¿cómo se atreve a juzgar al creador, quien está por
encima de toda comprensión humana? En otras palabras: el mártir confía en el
conocimiento de Dios, quien comprende el sentido de la muerte (lo que se
llamará el “escándalo de la Cruz”).
En el centro está entonces la confianza en la providencia y
la asistencia del Padre del Cielo. Dios no está ausente ni desinteresado por lo
que le pase a sus discípulos. La persecución y la muerte de ellos no será un
desastre o fatalidad sin sentido, porque ellos no morirán sin que Dios lo
permita. ¡El amor de Dios no es tan idílico como podría parecer!
“Por tanto, no tengan temor” (Mt 10,31). Quien es perseguido
puede tener la impresión de estar afrontando solo a la gente y su violencia, y
que Dios lo haya abandonado y se haya olvidado de él. Jesús revela un Dios que
conoce cada pajarito y cuenta cada cabello. Un Dios Padre que abraza todas las
cosas y sin su consentimiento nada sucede. Si a él no se le escapan estas
pequeñas cosas, en las cuales nosotros nos sentimos impotentes, mucho más su
atención y su cuidado paterno acompañarán a los hombres. Jesús no dice que no
nos llegará a suceder nada malo ni desagradable. Pero todo lo que nos sucede
está en las manos de Dios, es conocido, determinado y llevado a término por él.
No debemos caer en el desaliento, sino que con confianza podemos confiarle
nuestro destino a la guía benévola y a la providencia de Dios.
La fidelidad a Jesús: No sólo hay que ser intrépido en la
evangelización sino también, y ante todo, en la fidelidad personal hacia Jesús.
El apóstol tiene dos posibilidades radicales: confesar o negar su discipulado.
No hay término medio. Se pide la confesión de la fe como una expresión de
identidad: el discípulo debe ser claro en su comportamiento ante los hombres.
Jesús ya lo había dicho: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para
que vean vuestras buenas obras” (Mt 5,16; 6,1). La toma de posición tiene
efecto en el juicio final. Por lo tanto, el discípulo se juega la salvación que
él mismo anuncia. Así lo expresan otros textos:
En este mismo Evangelio: “Porque el Hijo del hombre ha de
venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno
según su conducta” (Mt 16,27; 25,31). En el Apocalipsis: “El vencedor será así
revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida,
sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus Ángeles” (Ap 3,5).