domingo, 12 de julio de 2026

DOMINGO XVI – A (19 de Julio del 2026)

 DOMINGO XVI – A (19 de Julio del 2026)

Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 13,24-43:

13,24 Y les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo;

13,25 pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.

13,26 Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.

13,27 Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: "Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?"

13,28 Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo". Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?"

13,29 "No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo.

13,30 Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero".

13,31 También les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo.

13,32 En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas".

13,33 Después les dijo esta otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa".

13,34 Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas,

13,35 para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

13,36 Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo".

13,37 Él les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;

13:38 el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno,

13,39 y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.

13,40 Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo.

13,41 El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal,

13,42 y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes.

13,43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga! PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

“Déjenlos crecer juntos (Trigo y cizaña) hasta la cosecha, y entonces diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y échenlo al fuego, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30). Como hipótesis de nuestra reflexión: Si soy trigo, entonces obtengo mi salvación (granero=cielo); y si soy cizaña, entonces obtengo mi condenación (fuego=infierno). “El hombres está situado entre la vida y la muerte: a cada uno se le dará lo que escoja” (Eclo 15,17). Dios dice a Israel: “Yo pongo ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes, con tal que ames al Señor, tu Dios, escuches su voz y le seas fiel” (Dt 30,19).

El domingo anterior, Jesús nos decía: "El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso y brotaron, pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz. Otras cayeron entre espinas y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta” (Mt 13,4-8). Y nos preguntábamos: ¿Qué tipo de terreno somos: tierra dura como del camino, tierra pedregosa, tierra de maleza o tierra fértil? Y nos decíamos que no conviene engañarnos, porque tarde o temprano todo quedará al descubierto, todo se sabrá (Mt 10,26). Y el mismo Señor nos adelantó al decirnos: “A Uds. los reconocerán por sus frutos” (Mt 7,15).

En la parábola de la cizaña distinguimos cuatro momentos: 1) La parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,24-30). Luego su explicación (Mt 13,36-43). 2) La parábola del grano de mostaza (Mt 13,31-32). 3) La parábola de la levadura (Mt 13,33). Y 4) El ¿por qué? de las enseñanzas por medio de parábolas (Mt 13,34-35). De las tres parábolas, la de la cizaña ocupa la enseñanza central de este domingo: Mt 13,24-30.36,43. El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo.  La mención a una semilla buena nos coloca a la expectativa de una buena cosecha. Pero, mientras la gente dormía, vino el enemigo, sembró cizaña entre el trigo, y se fue (Mt 13,25). Hay que estar siempre vigilantes, no podemos descuidarnos porque el enemigo siempre se encuentra al acecho, esperando el momento para sembrar la cizaña. Al respecto San Pedro nos dice: “Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo firmes en la fe” (I Pe 5,8).

El trigo y la cizaña pueden estar juntas durante mucho tiempo, claro que no es lo ideal pero asì es en realidad muchas veces (Mt 13,30), ya sea en la vida de los demás como en nosotros mismos. Por lo general, es fácil advertir en los demás, pero en nosotros, no advertimos su presencia. Y no nos damos cuenta en qué momento empezó a germinar en nuestra vida el resentimiento por ejemplo y la venganza o cualquier otro mal; pero eso sí, nos damos cuenta del mal en el otro y muy rápido, y quisiéramos que Dios intervenga con todo su poder para colocarlo al malo en su lugar (Mt 13,28). Pero el Señor nos dice: “¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Deja que te saque la paja de tu ojo, si hay una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mt 7,3-5). La cizaña es precisamente lo que nos motiva actuar como juez de los demás y ahoga en nosotros la enseñanza de Dios. Y tiene mucha razón Santiago en decirnos: “No hay más que un solo legislador y juez, aquel que tiene el poder de salvar o de condenar. ¿Quién eres tú para condenar al prójimo?” (Stg. 4,12).

Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?  Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo". Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?" (Mt 13,27-28). Vemos que aunque la semilla es de buena calidad hay cosas a su alrededor que la ahogan y quizás el rendimiento no sea igual. Ante su preocupación: "¿Quieres, que vayamos a recogerla?" (Mt 13,28) y la respuesta del amo es:  "No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquen a la vez el trigo” (Mt 13,29).  Los discípulos quedan extrañados, pero la dinámica del Reino de Dios es otra, siempre estarán buenos y malas. Nuestra vida misma pasa por días llenas de cizaña, o días de buen trigo. Al respecto dijo con mucha sabiduría San Pablo: “Para que la grandeza de las revelaciones no me envanezca, tengo una espina clavada en mi carne, un ángel de Satanás que me hiere. Tres veces pedí al Señor que me librara, pero él me respondió: "Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad. De ahí que, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (II Cor 12,7-10).

Para vivir en la senda del camino recto hemos de estar muy atentos y llevar una vida de constante discernimiento y para ello muy bien caen los consejos de Pablo: “Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren” (Gal 5,16-17). Así también, al lado de los buenos están los malos.  Esta convivencia continuará, según dice el patrón de la parábola “Dejen que ambos crezcan juntos hasta la ciega”  (Mt 13, 30).  Crecerán el trigo y la cizaña juntos, pero eso será solo hasta el tiempo de la cosecha, es decir mientras dure esta vida terrenal, pero aquí esta luego la manifestación del límite de la misericordia de Dios, es decir la Justicia divina. “Diré a los segadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30). Es decir la cizaña al fuego del infierno y el trigo al granero, que es el cielo. 

Por el destino final que tiene cada una de las semillas se comprende que con las decisiones y acciones de cada persona se pone en juego el propio futuro, el destino final.  Por tanto hay que ser responsables con la vida y los dones que se nos dio porque: "Al que se le confió mucho, se le exigirá mucho más” (Lc 12,48). Junto a este sentido de responsabilidad que debe tener cada persona, esta parábola nos deja una bellísima lección sobre la paciencia: así como el patrón, Dios nos da tiempo a cada uno para que recapacitemos, y Dios está esperándonos por nuestra conversión hasta el final. Pero, también de nuestra parte, lo mismo debemos hacer con nuestros hermanos con los cuales hemos perdido la paciencia por su reticencia en el pecado; hay que insistir, darle una oportunidad, esperar por su conversión; Dios dice: “ Yo no quiero la muerte del pecador si no que se convierta y vida” (Ez 33,11).

Jesús nos invita a no escandalizarnos de los malos que hay y que viven a nuestro lado. Lo cual implica la necesidad de la conversión y también la esperanza de que los malos puedan algún día ser buenos. O incluso nos invita a pensar que muchas veces la cizaña no siempre está en los demás, sino que en el momento menos pensado, ya está en nosotros germinando y a punto de echar mucha semilla. O ¿no es cierto que sin querer ya estamos en pleitos de odio, ira, rencor, envidia? Recordemos lo que Jesús nos dice: "El fariseo, de pie, oraba en voz baja: "Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas" (Lc 18,11-12). Es decir, creemos ser buen trigo, cuando eso no es cierto.

No somos los indicados en decidir la suerte de los malos. Dios como juez supremo sabe hacer sus cosas, espera el momento. Y el momento no es ahora, sino al final. Los apóstoles preguntaron al Señor ¿Cuándo será eso? Jesús respondió: nadie lo sabe, solo el Padre, pero estén preparados” (Mt 24,44). Porque sólo Dios es quien ha de juzgar a cada uno. Muchos nos quejamos del porqué Dios permite que haya tantos malos pero no decimos ¿Por qué soy malo? Nosotros hubiésemos preferido que los elimine, pero Dios actúa de otra manera. Ese juicio no se hará en el tiempo, sino al final de los tiempos cuando se decida la suerte de unos y de otros. Mientras tanto, tendremos que crecer juntos, a lado de la cizaña (Mt 13,30); pero con mucho criterio de discernimiento para que no se meta en nuestra vida como la maleza o la cizaña (Mt 13,7). Y porque tarde o temprano llegará el tiempo de la cosecha y cada quien tendrá que ocupar el lugar que merece: "Así como se arranca la cizaña y se quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!" (Mt 13,40-43).

 Pregunta para nuestra reflexión: ¿Si soy cizaña o mala hierba, aún podre convertirme en trigo o ya será muy tarde? Recordemos cuando los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: "Entonces, ¿quién podrá salvarse? Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible" (Mt 19,25-26). Dios te puede convertir de cizaña en trigo, claro que si es posible mientras estemos en esta vida hasta la cosecha. Pero cuando llegue el tiempo de cosecha ya no será posible la conversión. Solo con la ayuda de Dios podemos pasar de cizaña a trigo como bien Jesús nos demostró con un grito y con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera! y el  muerto se levantó” (Jn 11,43). Paso Lázaro de hombre muerto a hombre con vida. El problema está cuando el hombre quiere llegar al cielo fiado por su propio medio como su riqueza, su honor, fama, etc. Olvidando lo que ya nos dijo Jesús: “No jures ni por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos” (Mt 5,36). Por qué no nos acogemos al clamor de San Pablo cuando dijo: “Todo lo puedo en Cristo que me conforta” (Flp 4,13). Pero para ello requiere llevar una vida: “En todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable tenedla por virtud y honor” (Flp 4,8).  “Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren” (Gal 5,16). “Si ustedes viven según la carne, morirán. Al contrario, si viven según el Espíritu, entonces vivirán” (Rm 8,13).

"El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;… el diablo es quien siembra la cizaña” (Mt 13,37-38). “Por culpa de un solo hombre entro el pecado en el mundo y con el pecado la muerte y la muerte afecto a todos porque todos pecaron” (Rm 5,12).

“Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero" (Mt 13,30). El mundo es el campo de la parábola. Y en el mundo, como en aquel campo, observamos la presencia simultánea del bien y del mal. Una presencia no sólo simultánea, sino tan entrelazada y entretejida, que resulta es difícil distinguir el bien y el mal. En el campo no crece el trigo en un lado y la cizaña enfrente. Trigo y cizaña se encuentran mezclados. Crecen tan juntos que no se podría arrancar uno sin arrancar la otra. Más aún, cuando nacen -antes del tiempo de la siega, antes del final- tienen las mismas apariencias y no cualquiera podría distinguirlos. Ello hace que sea obligada su convivencia: hay que tolerar el crecimiento de la cizaña, hay que tolerar la presencia del mal. El mal se hace así una especie de "mal necesario".

Hoy nos reunimos no solo para mirar al cielo, sino para mirar dentro de nosotros mismos y comprender el suelo que pisamos. Las lecturas de hoy nos enfrentan a una de las realidades más complejas de la existencia humana, una que analizamos tanto en el confesionario como en la consulta terapéutica: la convivencia íntima del bien y del mal.

El Evangelio de Mateo nos regala una metáfora agrícola que es, en el fondo, una radiografía perfecta de nuestra mente y de nuestra sociedad: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre... y el diablo es quien siembra la cizaña". Y san Pablo, en su carta a los Romanos, le pone un marco histórico y existencial a este drama: "Por culpa de un solo hombre entró el pecado en el mundo y con el pecado la muerte...".

El campo es el mundo, sí, pero el campo también es tu propia vida, tu matrimonio, tu historia familiar y tu psique.

La paradoja del campo mezclado: Un análisis humano y espiritual

Como sacerdote, veo a menudo el sufrimiento de las almas que se escandalizan al ver el mal en el mundo. Desde la parte humana, atiendo a personas que se hunden en la culpa porque descubren en su propio interior pensamientos, heridas o impulsos oscuros que conviven con sus mejores deseos de ser buenos.

La parábola es sabia y realista. El trigo y la cizaña no crecen en parcelas separadas. No hay una línea fronteriza clara en el campo que diga: "A la derecha los santos, a la izquierda los pecadores". Están entretejidos. Sus raíces se abrazan bajo la tierra.

Es más, al principio de su crecimiento, el trigo y la cizaña son idénticos a la vista. Esta similitud nos deja una gran lección:

  • A nivel humana: Muchas veces nuestras mayores virtudes están pegadas a nuestras mayores debilidades. Una persona con una enorme capacidad de liderazgo y rectitud (trigo) puede caer fácilmente en la trampa de la rigidez y el control obsesivo (cizaña). Alguien profundamente empático y bondadoso puede camuflar un miedo neurótico al rechazo o una falta de límites.
  • A nivel espiritual: El mal raramente se presenta con aspecto monstruoso; se disfraza de bien, de atajo, de justificación. Por eso el discernimiento es tan difícil.

El peligro de la intolerancia y el "impulso de arrancar"

¿Cuál es la primera reacción de los siervos en la parábola? "¿Quieres que vayamos a arrancarla?". Es una reacción muy humana: la intolerancia a la frustración, el deseo de una pureza utópica e inmediata. Queremos extirpar el mal ya.

Sin embargo, el Amo responde con una paciencia que roza el escándalo: "No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha".

¡Qué sabiduría y espiritual hay en estas palabras! Cuántas veces, en el afán obsesivo de destruir nuestros defectos de un plumazo (un trauma, una adicción, un rasgo de carácter difícil), terminamos destruyendo nuestra propia salud mental, nuestra autoestima o la compasión hacia nosotros mismos. Quien no tolera su propia sombra termina proyectándola en los demás, volviéndose un juez implacable de sus hermanos. El perfeccionismo neurótico es el enemigo de la santidad evangélica.

El mal se convierte aquí en una suerte de "mal necesario", no porque Dios lo quiera —Él solo siembra buena semilla—, sino porque en nuestra condición herida por el pecado original (esa fractura de la que habla Romanos), el mal es el escenario donde el bien es probado, madura y se elige libremente. Sin la presencia de la cizaña, el trigo no tendría que esforzarse en buscar la luz.

La pedagogía de la paciencia divina

Dios nos pide tolerancia, no complicidad. Tolerar la cizaña no significa llamarle "buena" a la cizaña. Significa aceptar con humildad que somos seres en proceso, inacabados. Significa abrazar nuestra vulnerabilidad.

La maduración requiere tiempo. El trigo se define por su fruto, no por su apariencia inicial. Al final, en la cosecha, el trigo pesará por el grano dorado de sus obras de amor, mientras que la cizaña se revelará vacía.

Queridos hermanos, el Reino de Dios no es un club de personas perfectas libres de conflicto; es la comunidad de los que, sabiéndose limitados, heridos y mezclados, confían en la paciencia del Sembrador. No te desesperes si hoy sientes que la cizaña gana terreno en tu corazón o en tu casa. Sigue alimentando la raíz del trigo. Sigue orando, sigue asistiendo a terapia si lo necesitas, sigue buscando los sacramentos.

Deja que Dios sea el juez del final de los tiempos. Tu tarea hoy no es limpiar el campo a la fuerza, sino asegurarte de que tu trigo crezca tan alto y tan fuerte que, cuando llegue el momento de la siega, tu vida sea un alimento digno del granero celestial.

Deja que Dios sea el juez del final de los tiempos. Tu tarea hoy no es limpiar el campo a la fuerza, sino asegurarte de que tu trigo crezca tan alto y tan fuerte que, cuando llegue el momento de la siega, tu vida sea un alimento digno del granero celestial. Que el buen árbol se conoce por el fruto (Mt 7,17). Quien permanece unido a mi es el que da fruto ( Jn 15,5) el fruto es la vida de santidad y la felicidad. Imaginar que San Francisco de Asís sea santo y no feliz.

Tomemos esa frase que resuena con tanta fuerza y profundicemos en ella desde esa doble mirada del espíritu y de la mente humana: nuestra tarea no es ser los exterminadores de la cizaña, sino los cultivadores del trigo.

Cuando el Evangelio nos dice que "el buen árbol se conoce por su fruto" (Mt 7,17) y Jesús nos advierte que "el que permanece unido a mí es el que da fruto" (Jn 15,5), nos está cambiando por completo el foco de atención. El perfeccionismo moralista se enfoca obsesivamente en no tener fallos (en arrancar la cizaña); la santidad evangélica y la salud psicológica se enfocan en dar fruto (en nutrir la vida).

Y aquí llegamos a la gran verdad que a menudo olvidamos: el fruto maduro de esa unión con Dios es la santidad, y el sabor de esa santidad es la felicidad.

La trampa de separar la santidad de la alegría

Durante siglos, una espiritualidad mal entendida nos pintó a los santos como seres taciturnos, tristes, de caras largas y vidas sumidas en una amargura estricta. ¡Qué gran error psicológico y teológico! Un santo amargado sería un contrasentido, un árbol marchito que pretende dar frutos dulces.

Hagamos el ejercicio mental: Imaginemos por un segundo a San Francisco de Asís siendo santo, pero infeliz.

Es sencillamente imposible. No se sostiene.

  • Si Francisco hubiera sido un hombre infeliz, frustrado y carcomido por el resentimiento hacia el mundo o hacia su propio cuerpo, el Cántico de las Criaturas jamás habría brotado de su boca.
  • Un Francisco infeliz no habría abrazado al leproso; lo habría evitado o lo habría atendido por pura obligación moral, transmitiéndole lástima en lugar de dignidad.
  • Un Francisco infeliz no habría llamado "hermano" al sol, ni "hermana" a la luna, ni habría conversado con el lobo de Gubbio. Habría visto el mundo como un campo de batalla hostil, no como el jardín del Creador.

La santidad de Francisco no consistía en que no tuviera cizaña a su alrededor (vivió en una época de guerras, corrupción eclesial y enfermedades) o en su interior (luchó contra sus propias tentaciones y crisis de fe). Su santidad radicó en su capacidad de permanecer unido a la Vid. Al vaciarse de su ego, de su necesidad de control y de sus riquezas materiales, se llenó de la savia divina. ¿Y cuál fue el resultado psicológico de ese vacío? Una libertad absoluta. Y donde hay libertad, hay una alegría desbordante, incorruptible.

Psicología del fruto: Permanecer para florecer

Desde la psicología, sabemos que una persona es feliz no cuando vive en un entorno perfecto y libre de problemas, sino cuando tiene sentido de propósito y conexión profunda. Eso es, exactamente, lo que Jesús llama "permanecer en mí".

Cuando intentamos "limpiar el campo a la fuerza" (juzgar a los demás, machacarnos por nuestros errores, obsesionarnos con el mal del mundo), gastamos una energía psíquica descomunal. Nos agotamos en una guerra estéril. El resultado de vivir enfocados en la cizaña es la ansiedad, la rigidez mental y la neurosis.

En cambio, cuando permanecemos unidos a la Vid a través de la oración, el autoconocimiento y el amor al prójimo:

  1. Dejamos de ser jueces: Le devolvemos a Dios el mazo del tribunal. Nos quitamos el peso insoportable de tener que salvar al mundo a base de decretos y condenas.
  2. Nos enfocamos en el crecimiento: Toda nuestra energía se dirige a dar lo mejor de nosotros mismos. A que nuestro trigo crezca alto.
  3. El fruto cae por su propio peso: La santidad no es el resultado de un esfuerzo titánico por cumplir normas; es el resultado orgánico de amar mucho. Y el subproducto inevitable de ese amor es la felicidad, esa paz interior que el mundo no puede dar ni quitar.

El granero celestial se llena de amor, no de perfección

Queridos hermanos, al final de los tiempos, el Sembrador no nos preguntará: "¿Lograste exterminar toda la cizaña que te rodeaba?". Nos preguntará: "¿Cuánto trigo diste? ¿Cuánto amaste? ¿Fuiste capaz de irradiar mi alegría en medio de la prueba?".

Miremos a San Francisco. Su vida no fue perfecta, estuvo llena de dolores físicos y traiciones de sus propios hermanos de orden al final de sus días; pero fue plena. Fue un árbol bendito que dio sombra a miles.

No gastemos el día de hoy maldiciendo la maleza. Asegurémonos de que nuestras raíces beban de la Fuente correcta. Dejemos que el trigo crezca tan fuerte que la cizaña.

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Paz y Bien

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