domingo, 23 de agosto de 2026

DOMINGO XXII – A (Domingo 30 de agosto de 2026)

 DOMINGO XXII – A (Domingo 30 de agosto de 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 16,21-27:

16,21 En aquel tiempo, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

16,22 Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá".

16,23 Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".

16,24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

16,25 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

16,26 ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

16,27 Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

16,28 Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino". PALABRA DEL SEÑOR.

Estimados amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

La reacción de Pedro es, en cierto modo, explicable. De su amor a Cristo no se puede dudar. El domingo pasado escuchábamos su hermosa profesión de fe: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Pero todavía no había entendido que el camino de Cristo es camino de renuncia y sacrificio, antes de ser de salvación y de gloria. A Pedro, como a nosotros, le gustaban los aspectos amables del seguimiento de Jesús. Pero el sacrificio, no. Le gustaba el monte Tabor, el de la transfiguración. Pero no el monte del Gólgota, el de la cruz. Algo parecido nos pasa a nosotros. La historia de Jeremías y de Jesús es la historia de tantos y tantos cristianos que, a lo largo de los siglos, han experimentado la dificultad de vivir su fe en medio de una sociedad indiferente o incluso hostil. La historia de un cristiano de hoy, que quiere vivir su cristianismo con coherencia. Ser cristiano se va convirtiendo cada vez más en una opción explícita por Cristo y por su estilo de vida, por su mentalidad y criterios de actuación. Pero supone que se acepta a la vez el riesgo y la dificultad, porque la escala de valores de Cristo no coincide con la de ese mundo.

Sigue habiendo cristianos perseguidos por su fe, o porque denuncian injusticias y situaciones que no se pueden compaginar con el evangelio. Pero, sobre todo, hay cristianos que tienen que librar en sus vidas la diaria opción entre los criterios de este mundo -en pos del placer, o del dinero, o del poder- y los criterios de Cristo, de entrega por los demás, de renuncia a lo no ético, de apertura hacia lo espiritual y no sólo hacia lo material e inmediato. Cada uno sabe qué puede suponer para él en concreto ese "tomar su cruz y seguirle" que anuncia Jesús a los suyos, o a qué cosas le obliga a renunciar el ser cristiano.

No se trata de buscar el sufrimiento en sí mismo, sino de aceptar el seguimiento de Cristo con coherencia. Pablo les dice a los cristianos de Roma, en la segunda lectura, que "no se ajusten a este mundo, sino que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto". Y que ese es el mejor culto a Dios. Este discernimiento cuesta, y conduce a decisiones que pueden resultar difíciles. Porque lo cómodo es acomodarse a este mundo.

Jeremías también pensó en abandonar el encargo profético para poder vivir tranquilo en su pueblo. Pero la Palabra de Dios le ardía dentro y escogió el camino difícil. A Jesús le apetecería más, sin duda, que Dios le ahorrara "el cáliz de su muerte", pero eligió el camino difícil: "No se haga mi voluntad, sino la tuya". A Pedro, que al principio "pensaba como los hombres y no como Dios" y prefería las cosas fáciles, también le vendrá el tiempo en que, madurado en su fe cristiana, dé valiente testimonio de su fe en Cristo ante el pueblo, ante las autoridades y, finalmente, ante Nerón en Roma, en su martirio.

También a nosotros el mundo de hoy nos ofrece caminos mucho más fáciles y "prometedores" a corto plazo. Pero Cristo nos dice que si queremos seguirle tenemos que tomar cada uno su cruz, como él tomó la suya. Lo que no podemos hacer es una selección de lo que nos gusta, evitando lo que nos parece más serio y exigente en el programa de vida de Jesús. No podemos "censurar" páginas del evangelio que no nos gusten. La Eucaristía nos da la fuerza para poder seguir por ese camino, exigente pero coherente. Comulgar con Cristo, en la eucaristía, es comulgar también con él a lo largo de la jornada y de la semana. Con todas las consecuencias, aunque a veces eso suponga dificultad y renuncia. Pero, a la larga, es lo que nos dará la más profunda alegría y felicidad.

1. El contexto: Pedro acaba de confesar a Jesús, pero todavía no comprende al Mesías

En Mt 16,13-20 Pedro proclama: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Parece haber llegado a la fe correcta. Sin embargo, inmediatamente después, Jesús comienza a explicar qué significa realmente ser el Mesías: «Desde entonces Jesús comenzó a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, sufrir mucho..., ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).

Aquí aparece una paradoja fundamental: Pedro reconoce correctamente quién es Jesús, pero todavía no comprende qué significa seguirlo. Por eso Pedro reprende a Jesús. Su problema no es falta de amor; es que ama a Jesús, pero quiere un Jesús sin cruz. Y esa tentación sigue siendo actual: podemos confesar a Cristo con los labios, pero rechazar con nuestra vida el camino que Cristo propone.

2. Primera parte: el primer anuncio de la Pasión (Mt 16,21-23)

Jesús dice que «tenía que» ir a Jerusalén. Ese «tenía que» no significa que el Padre disfrute del sufrimiento de su Hijo ni que Dios necesite sangre para quedar satisfecho. Significa que la misión mesiánica de Jesús es inseparable de la entrega amorosa de sí mismo. Jesús no busca el sufrimiento por el sufrimiento. Busca ser fiel al Padre.

Aquí Jn 14,10 ilumina extraordinariamente a Mateo: «El Padre que habita en mí es el que hace las obras». La pasión, entonces, no es un accidente dentro de la misión de Jesús. Es la consecuencia extrema de una vida enteramente entregada al Padre y a los seres humanos.

Jesús no muere porque haya fracasado. Muere porque ama hasta las últimas consecuencias. Y aquí aparece la confrontación con Pedro: «¡Dios no lo permita, Señor! Eso no te sucederá». Jesús responde: «¡Retírate, Satanás! tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23). La palabra es durísima. ¿Por qué? Porque Pedro está intentando imponer a Jesús una idea humana de Mesías.

Pedro piensa: Mesías → poder → triunfo → gloria.

Jesús revela: Mesías → obediencia → entrega → cruz → resurrección → gloria.

La cruz no es el último capítulo. La cruz es el camino hacia la Pascua.

3. La gran pregunta: ¿qué clase de discípulo queremos ser?

Entonces Jesús pasa del anuncio de su propia cruz a la cruz del discípulo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24). Aquí debemos tener cuidado. Renunciar a sí mismo no significa despreciarse.

Jesús no está diciendo: «Deja de tener dignidad, destrúyete, acepta cualquier injusticia». Está diciendo algo mucho más profundo: deja de hacer de ti mismo el centro absoluto de tu existencia. La verdadera conversión consiste en pasar de: «¿Qué quiero yo?» a: «Señor, ¿qué quieres Tú de mí?» Y aquí la conexión con Jn 8,47 y Jn 10,27 es fundamental.

«El que es de Dios escucha las palabras de Dios». Y: «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen». Hay tres movimientos:

escuchar → conocer → seguir. No existe seguimiento cristiano auténtico sin escucha. Pero tampoco existe escucha auténtica que no termine transformándose en seguimiento.

4. «El que quiera salvar su vida, la perderá» (Mt 16,25)

Esta es probablemente la frase central de todo el pasaje. Jesús presenta una paradoja: «El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará». Aquí «vida» puede entenderse como la propia existencia, pero también como aquello que uno pretende conservar a toda costa.

La paradoja es: cuanto más desesperadamente intento poseer mi vida, más la pierdo. ¿Por qué? Porque una vida encerrada en el yo termina siendo una vida empobrecida. Podemos tener:

  • dinero, pero no sentido;
  • conocimientos, pero no sabiduría;
  • éxito, pero no felicidad;
  • reconocimiento, pero no identidad;
  • religión, pero no conversión;
  • incluso hablar de Cristo, pero no seguir a Cristo.

Jesús invierte nuestra lógica: no encuentras tu vida aferrándote a ella; la encuentras entregándola. Esto conecta profundamente con Mt 10,22: «Aquel que persevere hasta el fin se salvará». Y también con Mt 10,32-33: «Quien me confiese abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre». La fe cristiana no consiste solamente en creer algo acerca de Jesús. Consiste en pertenecer a Jesús hasta el punto de que nuestra vida dé testimonio de Él.

5. La cruz no es una desgracia: es la forma concreta del amor

Aquí conviene reformular una idea muy importante. No toda cruz es automáticamente cristiana. Una enfermedad, una injusticia, un abuso o una situación destructiva no deben romantizarse diciendo simplemente: «Es mi cruz». La cruz cristiana es otra cosa: es el precio que puede tener amar, servir, perdonar, permanecer fiel, defender la verdad y cumplir la voluntad de Dios cuando hacerlo cuesta.

Jesús no busca la cruz. Jesús busca amar y obedecer al Padre. Y precisamente porque ama y obedece, encuentra la cruz. Esto cambia radicalmente la comprensión del sufrimiento cristiano. No se trata de: «Tengo que sufrir para salvarme». Sino: «Estoy dispuesto a amar hasta el punto de no abandonar el bien, aun cuando amar tenga un costo».

6. El criterio decisivo: «a causa de mí»

Mateo introduce una precisión decisiva: «El que pierda su vida a causa de mí la encontrará». No se trata simplemente de sacrificarse. Una persona puede sacrificarse por orgullo, ideología, ambición o incluso por una falsa imagen de sí misma. El criterio cristiano es: ¿Lo hago por Cristo? Por eso el seguimiento tiene un centro personal. No seguimos simplemente una doctrina. Seguimos a una Persona. No basta preguntar: «¿Qué está permitido?» El discípulo comienza a preguntar: «¿Qué me pide Cristo?» No basta: «¿Qué me conviene?» Sino: «¿Qué es fiel al Evangelio?» No basta: «¿Cómo puedo salvarme?» Sino: «¿Cómo puedo entregar mi vida por amor?»

7. La recompensa: «pagará a cada uno según su trabajo» (Mt 16,27)

Jesús concluye: «El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre [...] y entonces pagará a cada uno según su trabajo». Aquí aparece la dimensión escatológica. La vida presente no es indiferente para Dios. Nuestros actos tienen peso eterno. Pero no significa que podamos comprar la salvación mediante buenas obras. La gracia es siempre iniciativa de Dios. Significa que la gracia recibida debe convertirse en una vida transformada. Por eso Santiago dirá que la fe sin obras está muerta (St 2,17). La pregunta final no será solamente: «¿Qué creíste?» Sino también: «¿Qué hiciste con el amor que recibiste?»

8. Una lectura cristológica más profunda

Aquí aparece la conexión con Juan. Jesús puede pedir: «Sígueme». porque Él mismo ha recorrido primero el camino. Jn 14,10 nos ofrece la clave: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Jesús no exige al discípulo algo que Él mismo no haya vivido. Su existencia es:

escucha del Padre → obediencia → amor → entrega → cruz → resurrección → gloria. Por eso el discípulo reproduce la misma dinámica:

escuchar a Cristo → creer en Cristo → seguir a Cristo → entregar la vida → participar de su vida.

Y Jn 10,27 lo resume magníficamente: «Mis ovejas escuchan mi voz [...] y ellas me siguen».

La palabra escuchar es esencial. Porque el verdadero problema del discípulo no siempre es que no conozca la voluntad de Dios. A veces la conoce, pero no quiere escucharla porque contradice sus propios planes.

9. La gran paradoja de Mt 16,21-27

Podemos expresar todo el pasaje así: Pedro quiere un Cristo sin cruz.
Jesús ofrece una cruz que conduce a la vida. Pedro quiere: gloria sin entrega. Jesús revela: gloria mediante la entrega. Pedro piensa: salvar la vida conservándola. Jesús enseña: salvar la vida entregándola.

Pedro piensa: Dios debe impedir el sufrimiento. Jesús revela: el amor puede atravesar el sufrimiento sin dejar de ser amor. Y aquí aparece una pregunta tremendamente actual: ¿Estoy siguiendo a Cristo o estoy intentando que Cristo siga mis proyectos?

10. La reformulación que desafía nuestra manera de entender la salvación

Aquí está, a mi juicio, el giro más importante. Muchas veces entendemos la salvación como algo que queremos obtener. Jesús la presenta también como una vida que debemos aprender a entregar. Por eso podríamos reformular Mt 16,24-27 de esta manera:

No preguntes solamente cómo salvar tu vida; pregunta para quién estás dispuesto a entregarla. Porque quizá el problema de nuestra época no sea que el hombre no quiera vivir, sino que quiere vivir sin entregarse, amar sin comprometerse, creer sin obedecer, seguir a Cristo sin cargar la cruz y alcanzar la gloria sin pasar por la fidelidad.

Jesús rompe esa lógica: quien convierte su propia conservación en el centro de su existencia termina perdiendo aquello que pretendía salvar. En cambio, quien escucha su voz, renuncia a hacer de sí mismo el centro, acepta el costo de amar y permanece fiel a Cristo, descubre que perderse por amor no es desaparecer: es encontrarse.

La cruz, entonces, no es el fracaso del amor; es la prueba de que el amor ha dejado de ser solamente una palabra. Y la resurrección revela que una vida entregada por amor nunca termina realmente perdida.

Una síntesis para la enseñanza: Escuchar a Cristo → creer en Cristo → seguir a Cristo → cargar la cruz → entregar la vida → perseverar → encontrar la verdadera vida → participar de la gloria. Y aquí podemos llevar el texto hasta una pregunta todavía más incómoda: Si Jesús dice que quien pierde su vida por Él la encontrará, ¿qué parte de mi vida sigo intentando salvar de Jesús? Esa pregunta cambia el centro de la reflexión. Ya no preguntamos solamente «¿qué debo hacer para salvarme?», sino: «¿Qué tendría que dejar de aferrar para que Cristo pueda verdaderamente vivir en mí?» Y entonces Mt 16,27 deja de ser una amenaza y se convierte en una promesa: Dios no olvida una vida entregada por amor.