DOMINGO XXIII – A (06 de Setiembre del 2026)
Proclamación del santo evangelio según San Mateo 18, 15-20
18,15 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si tu
hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu
hermano.
18,16 Si no te escucha, busca una o dos personas más, para
que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
18,17 Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si
tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
18,18 Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra,
quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en
el cielo.
18,19 También les aseguro que si dos de ustedes se unen en
la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
18,20 Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo
estoy presente en medio de ellos". PALABRA DEL SEÑOR.
Paz y Bien en el Señor:
“¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). “¿Qué obras
buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna? Dijo Jesús: si quieres
heredar la vida, cumple los mandamientos” (Mt 19,17). El Maestro de la ley
pregunto a Jesús: ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley? Jesús
respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
alma y con todo tu espíritu. (Mt 22,36-37). Y Jesús agrego y dijo: El segundo
es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,39). Algo
más; se nos enseña en otro episodio: “El que dice que amo a Dios, y no ama a su
hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, y no
ama a su hermano a quien ve?” (I Jn 4,20). El amor a Dios pasa por el amor al
hermano; de ahí se infiere que, el que ama a Dios debe por amor a Dios corregir
con caridad al hermano que incurre en un pecado (Mt 18,15); y unidos en el amor
de Dios si elevamos una plegaria, Dios nos escuchara sin demora (Mt 18,19-20).
Para constituir una comunidad en el amor de Dios
conviene traer a colación aquella enseñanza: “Todos ustedes son hermanos” (Mt
23,8). Y en esta comunidad de hermanos que es la Iglesia (Mt 16,18) Jesús nos
ha enseñado invocar a Dios como “Padre nuestro” (Mt 6,9). Pero, también en la
misma oración del Padre nuestro nos ha enseñado a decir: “Perdona nuestras
ofensas, así como también nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mt
6,12). En la parte final de su enseñanza respecto a la oración nos reitera
Jesús: “Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo
también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el
Padre los perdonará a ustedes” (Mt 6,14-15).
Corrección fraterna: “Si tu hermano peca, ve y
corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Y si no te
escucha llama a uno o dos testigos, y si tampoco hace caso, díselo a la
comunidad, al final si tampoco escucha a la comunidad considéralo pagano” (Mt
18,15-18). Como es de ver, la responsabilidad como autoridad recae en la
comunidad que es la iglesia y como parte de esta comunidad de hermanos que
somos por el bautismo (Mt 28,19), cada uno somos responsables de la salvación o
perdición de un hermano.
En esta tarea de corrección fraterna lo ideal es que
lo hagamos como el Señor nos enseñó, pero no solemos hacer como debiera:
Saber corregirnos como el Señor nos enseña: Corregir
en privado, llamar a los testigos, o a la comunidad (Mt 18,15-18). Las
correcciones nacen del amor mutuo (Jn 13,34), la idea es salvar al hermano
pecador porque Dios quiere eso: “Yo no deseo la muerte del pecador, sino que se
convierta de su mala conducta y viva” (Ez 33,11). Jesús mismo lo manifiesta
así: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los
enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no
sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los
pecadores" (Mt 9,12-13).
“A media noche llegó el esposo: las que estaban preparadas
entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las
otras jóvenes y dijeron: Señor, señor, ábrenos, pero él respondió: Les aseguro
que no las conozco" (Mt 25,10-12). Epulon exclamó desde el infierno:
"Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta
de su dedo en el agua y me refresque mi lengua, porque estas llamas me
atormentan. Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes
en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su
consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran
abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden
hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí" (Lc 19,24-6). Como
vemos en estas escenas ya no hay misericordia, ya se cumple la justicia divina,
quien tiene que estar en el cielo lo estará por su obras meritorias y el que no
merece, estará en el infierno y no porque Dios lo quiera sino porque no tiene
obras meritorias: “Considéralo pagano” (Mt 18,17). “Lo que ates en la tierra,
quedara atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedara desatado en el
cielo” (Mt 16,19).
"Si tu hermano peca, repréndelo a solas. Si te hace caso,
has salvado a tu hermano". Es un consejo difícil el que nos da aquí Jesús.
Por una parte, nos cuesta sentirnos responsables de los demás. En general
preferimos "dejarles en paz y ocuparnos de lo nuestro", tanto en la
vida civil como en la eclesial. Es la postura típica de los que no quieren
participar en la vida de la comunidad, ni creen que deban ayudar a los que se
van desviando del recto camino. El Señor le preguntó a Caín: ¿Dónde está tu
hermano Abel? Él respondió: No lo sé, ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?
(Gn 4,9). Y sin embargo, Jesús nos ha enseñado la importancia de la corrección
fraterna oportuna porque “Todos somos hermanos” (Mt 23,8). Al profeta Ezequiel
le urge Dios para que no calle, porque callando se hará responsable de la ruina
de su pueblo. Dios le ha hecho "centinela" que ayude a sus hermanos,
que sepa dar la alarma cuando vea que es necesario, y les recuerde que no se
han de desviar de los caminos del Señor. ¿Para qué sirve un centinela que no
avisa? ¿para qué sirve un perro guardián que no ladra cuando vienen los
extraños? ¿De que sirve decir que ama a Dios a quien no ve y ano ama al hermano
a quien ve? (I Jn 4,20). Y porque, nosotros sabemos que hemos pasado de la
muerte a la Vida, porque
1. La frase que incomoda: «Si tu hermano peca, repréndelo
a solas»
Jesús no dice: «ignóralo», ni tampoco: «cuéntaselo a los
demás para que todos sepan lo que hizo». Dice: «repréndelo a solas» (Mt 18,15).
Hay aquí una pedagogía profundamente evangélica: primero la persona, después el
problema; primero la misericordia, después la denuncia; primero el encuentro,
después la comunidad.
La corrección cristiana no tiene como finalidad descargar
nuestra indignación, demostrar que tenemos razón o humillar al otro. Su
finalidad es expresada por Jesús mismo: «Si te hace caso, has salvado a tu
hermano» (Mt 18,15). La palabra decisiva no es reprender, sino salvar.
Por eso, una pregunta franciscana podría ser: ¿Cuando
corrijo a mi hermano quiero salvarlo o simplemente quiero demostrarle que está
equivocado?
2. Caín sigue viviendo entre nosotros: “Gn 4,9”:
presenta una de las respuestas más dramáticas de toda la Biblia: «¿Acaso
soy yo el guardián de mi hermano?» Caín intenta convertir la
indiferencia en una excusa. Su razonamiento parece moderno: «Él es adulto; que
haga lo que quiera. Yo no me meto».
Pero el Evangelio rompe esa comodidad. Sí: soy responsable
de mi hermano. No soy dueño de él. No soy su juez absoluto. No soy su salvador.
Pero sí soy responsable de amarlo. Y precisamente porque lo amo, algunas veces
debo atreverme a decirle aquello que quizá nadie quiere decirle.
Aquí aparece una paradoja cristiana: Hay silencios que son
prudencia, pero también hay silencios que son cobardía. No toda intervención es
caridad; pero tampoco toda indiferencia es respeto.
3. Ezequiel: el silencio también puede ser pecado: La imagen
del centinela en Ez 3,16-21 y 33,1-9 ilumina extraordinariamente Mt 18. El
centinela contempla el peligro y tiene una responsabilidad: avisar. No puede
impedir que el otro decida equivocadamente, pero sí puede advertirle.
Esto es fundamental para comprender la corrección fraterna: El
amor no controla la libertad del otro; el amor se hace responsable de
advertirle cuando ve que está caminando hacia su destrucción.
El centinela no dispara contra quien se acerca al peligro. Hace
sonar la alarma. Del mismo modo, el cristiano no debe utilizar la corrección
como arma de poder. No dice: «Voy a destruirte porque estás equivocado». Dice: «Te
quiero demasiado como para permanecer indiferente ante aquello que puede
destruirte».
4. Pero aquí hay una crítica necesaria: Tenemos que
ser muy cuidadosos. Porque Mt 18,15 puede ser manipulado por personas
autoritarias para justificar una especie de policía moral cristiana. La
corrección fraterna puede convertirse fácilmente en: chisme disfrazado de
preocupación; juicio disfrazado de celo; control disfrazado de amor; humillación
disfrazada de verdad; superioridad espiritual disfrazada de corrección. Por eso Jesús comienza diciendo «a solas».
Esto es revolucionario.
Si realmente quiero recuperar a mi hermano, no necesito
primero construir un tribunal alrededor de él. La corrección cristiana comienza
protegiendo su dignidad. No se trata de: «Voy a decirle a todos lo que hizo». Sino:
«Voy a encontrarme con él antes de hablar de él».
Aquí Mt 18 resulta tremendamente actual para nuestras
comunidades, fraternidades, familias, parroquias, colegios e instituciones.
5. «Si te hace caso, has salvado a tu hermano»: Esta
frase cambia completamente el sentido de la corrección. Jesús no dice: «Si te
hace caso, has demostrado que tú tenías razón». Dice: «Has salvado a tu
hermano».
Por tanto, el criterio del éxito no es tener razón, sino recuperar
al hermano. Y esto obliga a revisar nuestra manera de corregir. Preguntémonos: ¿Quiero
que el hermano cambie porque lo amo o quiero que cambie porque me molesta? ¿Estoy
preocupado por su bien o por mi propia tranquilidad? ¿Me duele su pecado o
simplemente me irrita que no viva como yo considero correcto? Esta distinción
es espiritualmente decisiva.
6. «Todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8): Jesús
establece una fraternidad radical: «Todos ustedes son hermanos». Por eso la
corrección cristiana no puede establecer una relación de superioridad: yo, el
bueno → tú, el malo. Es: yo, hermano → tú, hermano. Y aquí aparece una
dimensión profundamente franciscana.
Francisco de Asís no construye la fraternidad desde la perfección
de sus miembros, sino desde la conciencia de que todos hemos recibido la
misericordia de Dios. El hermano que hoy necesita ser corregido podría mañana
ser quien me sostenga a mí. Por eso la corrección auténticamente cristiana nace
de la humildad: «Te corrijo no porque yo sea mejor que tú, sino porque somos
hermanos y tu vida me importa».
7. 1 Juan lleva la cuestión todavía más lejos: 1 Jn
4,20 dice: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien
no ve». Y 1 Jn 3,14 afirma: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a
la vida porque amamos a los hermanos». Entonces aparece una conclusión
inquietante:
La fraternidad no es un añadido a la fe cristiana. Es una
prueba de su autenticidad. Puedo rezar muchísimo. Puedo conocer profundamente
la Biblia. Puedo hablar de Dios. Puedo defender la doctrina. Pero si veo que mi
hermano se destruye y mi respuesta es: «No es asunto mío», el Evangelio me
pregunta si realmente he comprendido el amor de Dios.
8. Mt 18,15-20 no enseña solamente cómo corregir:
enseña cómo amar: El proceso continúa:
«Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos...» (Mt
18,16). Y posteriormente: «Si tampoco escucha a la comunidad...» (Mt 18,17). Existe,
por tanto, una gradualidad. No se comienza públicamente. No se expone
inmediatamente al hermano. No se convierte un conflicto personal en espectáculo
comunitario.
La comunidad interviene progresivamente cuando el problema
no puede resolverse en el encuentro personal. Y finalmente Jesús coloca todo
esto bajo una palabra enorme: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).
Esto significa que la corrección cristiana no es simplemente
un procedimiento disciplinario. Cristo debe estar en medio. Si Cristo no está
en medio, la corrección puede convertirse en violencia religiosa.
Una lectura espiritual más profunda: Quizá podamos formular
el texto así: El verdadero amor cristiano no consiste en dejar que el otro haga
lo que quiera; consiste en querer su verdadero bien sin intentar poseer ni
controlar su libertad. Y aquí encontramos una tensión muy importante: amor sin
verdad → sentimentalismo. verdad sin amor → crueldad.
Pero: verdad + misericordia → corrección evangélica. San
Pablo lo expresará de otra manera: «Practicando la verdad en el amor» (Ef
4,15). Y ahora viene la pregunta más incómoda. Quizá hemos entendido mal el
problema. Normalmente preguntamos:
«¿Tengo derecho a corregir a mi hermano?» Pero el Evangelio
nos obliga a formular otra pregunta: «¿Lo amo lo suficiente como para no
abandonarlo cuando está equivocándose?»
Y todavía más profundamente: «¿Tengo la humildad suficiente
para dejar que mi hermano también me corrija a mí?» Porque la corrección
cristiana solamente se vuelve auténtica cuando el que corrige acepta también
ser corregido. De lo contrario, no estamos construyendo fraternidad: estamos
construyendo jerarquías de superioridad moral.
Reformulación que desafía nuestra manera de mirar el
problema. No dejarlo en paz: el desafío de la fraternidad: «Si tu hermano peca,
repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano»
(Mt 18,15).
Tal vez hemos aprendido a llamar «respeto» a lo que muchas
veces es simplemente indiferencia. Decimos: «No me meto en su vida», «cada uno
sabe lo que hace», «es su problema». Y así conseguimos vivir tranquilos
mientras nuestro hermano se va alejando, se destruye o destruye a otros.
Pero Jesús introduce una pregunta incómoda: ¿qué clase de
amor es aquel que ve al hermano caminar hacia el abismo y decide permanecer en
silencio? Caín preguntó: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).
El Evangelio responde: sí, eres hermano de tu hermano. No eres su dueño ni su
juez; tampoco eres su salvador. Pero su vida no puede resultarte indiferente.
Por eso Jesús manda primero hablar «a solas». No para
humillar, controlar o exhibir al otro, sino para recuperarlo. La corrección
cristiana no busca vencer al hermano; busca salvarlo. No busca demostrar quién
tiene razón; busca impedir que la persona se pierda. Pero aquí también debemos
dejarnos corregir por el Evangelio: no todo aquel que corrige ama. A veces
corregimos porque nos molesta el otro, porque queremos dominarlo, porque
necesitamos sentirnos superiores o porque confundimos nuestra opinión con la
voluntad de Dios. Por eso, antes de preguntarme «¿cómo debo corregir a mi
hermano?», debería preguntarme: «¿desde dónde voy a corregirlo: desde mi ego
herido o desde el amor de Cristo?»
Ezequiel recibió la misión de ser centinela: debía advertir
cuando aparecía el peligro (Ez 3,17). Un centinela que no avisa traiciona su
misión. Pero un centinela tampoco destruye a quien está en peligro: lo
despierta, le advierte y le ofrece la posibilidad de volver.
Quizá este sea uno de los grandes desafíos de nuestras
comunidades: hemos aprendido a hablar del hermano cuando está ausente, pero no
siempre tenemos el valor de hablar con él cuando está presente. Hemos aprendido
a denunciar, pero no siempre a corregir. Hemos aprendido a juzgar, pero no
siempre a acompañar.
El Evangelio nos propone algo mucho más difícil: tener el
valor de acercarnos al hermano sin convertirnos en su juez y decirle la verdad
sin dejar de amarlo. Porque, en definitiva, la pregunta de Jesús no es
solamente: «¿Tu hermano está pecando?». La pregunta más profunda es: «¿Qué
haces tú cuando descubres que tu hermano se está perdiendo?» Puedes ignorarlo. Puedes
hablar de él. Puedes condenarlo. O puedes acercarte.
Y acercarte significa arriesgarte a ser rechazado,
malinterpretado o incluso herido. Pero también significa amar. Por eso la
corrección fraterna es una de las formas más exigentes de la caridad: amar al
otro lo suficiente como para decirle la verdad y amarlo lo suficiente como para
no abandonarlo después de decírsela.
Y todavía queda una última pregunta, quizá la más peligrosa
de todas: ¿Estoy dispuesto a permitir que mi hermano haga conmigo lo mismo que
Jesús me pide que haga con él? Porque solamente cuando acepto ser corregido
puedo dejar de ser un juez y comenzar verdaderamente a ser un hermano.
Y quizá la reformulación más radical sea esta: No preguntes
primero: «¿Tengo derecho a corregir a mi hermano?». Pregunta: «¿Lo amo lo
suficiente como para acercarme a él, decirle la verdad con misericordia y
permanecer a su lado aunque no me haga caso?» Ahí Mt 18,15-20 deja de ser un
manual para corregir a los demás y se convierte en un espejo para examinar la
calidad de nuestro propio amor.