BAUTISMO DEL SEÑOR – A (11 de enero de 2026)
Proclamación del santo Evangelio según San Mateo 3,13-17
3,13 En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se
presentó a Juan para que lo bautizara.
3,14 Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: Soy yo el
que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?
3,15 Jesús le contestó: Déjalo ahora. Está bien que
cumplamos así todo lo que Dios quiere. Entonces Juan se lo permitió.
3,16 Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el
cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre
él. Y vino una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi
predilecto. PALABRA DEL SEÑOR.
De acuerdo con una interpretación moralizante y legalista,
el bautismo de Jesús no sería más que un gran ejemplo de humildad y de sumisión
a los ritos instituidos por las autoridades religiosas. Realmente, causaba
dificultad a los primeros cristianos el hecho de que Jesús se hubiese hecho
bautizar por Juan. Ya san Mateo quiso obviar esta dificultad por medio del
diálogo que nos narra. Decía Juan: "Soy yo el que necesito que tú me
bautices, ¿y tú vienes a mí?" Y Jesús le responde: "Déjalo ahora.
Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere".
Es una consecuencia moral que, efectivamente, se desprende
del ejemplo de Jesús. Sin embargo, a la luz que la Epifanía que acabamos de
celebrar, y especialmente este año en que leemos la narración del episodio
según el evangelio de Lucas, el bautismo de Jesús se nos presenta
primordialmente como una epifanía o revelación de la gloria del Verbo hecho
hombre. Antes que un ejemplo moral o una catequesis, es un misterio de
salvación, es una fiesta que debemos celebrar con gozo exultante.
EL BAUTISMO DE JESÚS Y NUESTRO BAUTISMO: Cuando todo el
pueblo se hacía bautizar por Juan, también Jesús acude a hacerse bautizar. El
justo se mezcla con los pecadores y se sumerge con ellos en las aguas del
Jordán.
¿No es acaso lo que ya había hecho por el propio misterio de
su Encarnación: mezclarse con los hombres y entrar en la corriente de su
historia? Había venido a hacerse solidario de los hombres en todo, no en el
pecado, pero sí en las consecuencias del pecado: la muerte. Con el mismo
impulso de amor a los hombres con que por la encarnación había entrado en
nuestra historia, baja ahora al Jordán, confundido con aquella multitud que se
confiesa pecadora.
Sube después del agua y con él son elevados todos los
penitentes del Jordán, y con ellos todos los hombres de buena voluntad que a lo
largo de los siglos buscan a Dios en la oscuridad. Para todos ellos ora Jesús.
Y estando en oración se abre el cielo. Ha sido escuchada aquella plegaria
mesiánica que leemos al final del libro de Isaías (63, 11-12,19): "¿Dónde
está el que los sacó de las aguas, el pastor de su rebaño? ¿Dónde el que puso
en su interior su santo espíritu? (...) ¡Oh, si rasgaras los cielos y
descendieras!".
La voz del Padre y una manifestación sensible del Espíritu
dan testimonio de que Jesús de Nazaret es el Hijo amado, el gran profeta
prometido a Israel, el Mesías, o sea, el ungido por el Espíritu de Dios; y no
de manera ocasional o en parte, como lo eran reyes y sacerdotes, sino
plenamente y para siempre. Se ha cumplido, en efecto, el oráculo de Isaías que
escuchábamos en la primera lectura: el anuncio del siervo o hijo en quien Dios
se complace, a quien llena de su Espíritu -es decir, de su amor- para que se
compadezca de la caña cascada y del pábilo vacilante; que debe llevar luz a las
naciones y libertad a los cautivos.
Este Espíritu, que ya poseía desde el principio y que ahora
se manifiesta, Jesús, una vez muerto y resucitado, lo comunicará a todos los
que, por la fe y el bautismo, bajen con él al Jordán y sean elevados con él a
una vida de santidad y de gracia.
Incorporados a Cristo, podrán sentir como dirigida
personalmente a cada uno de ellos la voz que hoy resuena en el Jordán: "Tu
eres mi hijo. En ti me he complacido. Hoy te engendré".
BAUTISMO Y PASCUA: Pero el bautismo de agua sólo podrá
convertirse en bautismo en el Espíritu por medio del bautismo en la sangre. A
él se refería Jesús cuando anunciaba su Pasión a los discípulos: "Tengo
que pasar por un bautismo, ¡y que angustia hasta que se cumpla!" (Lc 12,50).
O cuando el jueves santo anticipaba sacramentalmente la Pascua: "He
deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de
padecer" (Lc 22, 15).
También nuestro bautismo es Pascua, puesto que nos ha
sumergido, como dice san Pablo, en la muerte de Cristo; porque nos hace desear
ardientemente la Pascua de Cristo en su memorial eucarístico; y, aún, porque
nos empuja poderosamente hacia otra Pascua, la de la vida concreta, en la que
debemos pasar continuamente de muerte a vida, de las tinieblas a la luz, del
egoísmo al amor, del pecado a la gracia. Por eso los bautizado sentimos, no
digamos la obligación, sino la necesidad de reunirnos el domingo, día memorial
de la Pascua del Señor, para celebrar la Eucaristía.
Cada domingo al proclamar nuestra fe, decimos que creemos en
un solo bautismo. Hay muchos bautizos, pero un solo bautismo: el de Jesucristo.
Creemos que al bajar a las aguas del Jordán y al derramar por nosotros su
sangre alcanzaba a las fuentes bautismales de las iglesias de todos los lugares
y de todos los tiempos. No se hizo bautizar para purificarse él, sino para
santificar el agua de nuestro bautismo; no comunicándole un poder mágico, sino haciendo
de ella signo sensible de la paternidad de Dios y de la conversión
transformadora de los hombres que con fe se acercarán a ella.
¿Pues qué, hermanos míos? ¿Quién no ve lo que no ven los
donatistas? No os extrañe que no quieran volver; se parecen al cuervo que salió
del arca. ¿Quién no ve lo que ellos no ven? ¡Qué ingratos son para con el
Espíritu Santo! La paloma desciende sobre el Señor, pero sobre el Señor
bautizado. Y allí se manifestó también la santa y verdadera Trinidad, que para
nosotros es un único Dios. Salió el Señor del agua, como leemos en el
evangelio: Y he aquí que se le abrieron los cielos y vio descender al
Espíritu en forma de paloma y se posó sobre él, e inmediatamente le siguió una
voz: «Tú eres mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mt 3,16-17).
Aparece claramente la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre y el
Espíritu en la paloma. Veamos lo que vemos y que extrañamente ellos no ven, en
esta Trinidad en cuyo nombre fueron enviados los apóstoles. En realidad no es
que no vean, sino que cierran los ojos a lo que les entra por ellos. Los
discípulos son enviados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
por el mismo de quien se dice: Éste es el que bautiza. Esto ha
dicho a sus ministros quien se ha reservado para sí la potestad de bautizar.
Esto es lo que vio Juan en él y conoció lo que aún no sabía.
No ignoraba que Jesús era el Hijo de Dios, que era el Señor, el Cristo, el que
había de bautizar en el agua y el Espíritu Santo; todo esto ya lo sabía. Pero
lo que le enseña la paloma es que Cristo se reserva esta potestad, que no
trasmite a ninguno de sus ministros. Esta potestad que Cristo se reserva
exclusivamente, sin transferirla a ninguno de sus ministros, aunque se sirva de
ellos para bautizar, es el fundamento de la unidad de la Iglesia, de la que se
dice: Mi paloma es única, única para su madre (Cant 6,8). Si, pues,
como ya dije, hermanos míos, el Señor comunicase esta potestad al ministro,
habría tantos bautismos como ministros, y se destruiría así la unidad del
bautismo.
Prestad atención, hermanos. La paloma bajó sobre nuestro
Señor Jesucristo después del bautismo. En ella conoció Juan algo propio del
Señor, de acuerdo con las palabras: Aquel sobre quien vieres que desciende
el Espíritu en forma de paloma y que se posa sobre él, ése es el que bautiza en
el Espíritu Santo (Jn 1,33).
Juan sabía que era él quien bautizaba en el Espíritu Santo,
antes de que nuestro Señor se presentara a ser bautizado. Pero entonces
aprendió, por una gracia que recibió allí, que la potestad de bautizar era tan
personal que no la transfería a nadie. ¿Cómo probamos que Juan sabía ya antes
que el Señor iba a bautizar en el Espíritu Santo? ¿De dónde se deduce que
aprendió en la paloma que el Señor iba a bautizar en el Espíritu Santo, de forma
que esa potestad no era transferible a ningún hombre? ¿Qué prueba tenemos? La
paloma desciende cuando el Señor había sido ya bautizado; mas está claro que
Juan ya conocía al Señor antes de que se presentase al bautismo, por las
palabras que dijo: ¿Vienes tú a que yo te bautice? Soy yo más bien quien
debe ser bautizado por ti. Luego sabía ya que era el Señor, que era el
Hijo de Dios.
¿Cómo probamos que también sabía que bautizaba en el
Espíritu Santo? Antes de que Jesús se acercase al río, viendo que venían muchos
a él para ser bautizados, Juan les dijo: Yo ciertamente bautizo con agua;
pero el que viene después de mí es mayor que yo, pues yo no soy digno de
desatar siquiera la correa de su calzado. Él os bautizará en el Espíritu Santo
y en el fuego (Mt 3,11). Así, pues, también esto lo sabía. Según eso, ¿qué
fue lo que aprendió por la paloma, para no tacharle de mentiroso, de lo cual
Dios nos libre? Aprendió que habría en Cristo una propiedad tal, en virtud de
la cual, aunque fuesen muchos los ministros, santos o pecadores, la santidad
del bautismo sólo se otorgaría a aquel sobre quien descendió la paloma, pues de
él se dijo: Éste es el que bautiza en el Espíritu Santo. Bautice Pedro o
Pablo o Judas, siempre es él quien bautiza.
Porque si el bautismo es santo debido a la diversidad de los
méritos, habrá tantos bautismos cuantos méritos, y cada uno creerá que recibe
algo tanto mejor cuanto más santo es quien lo da. Entre los mismos santos
-entended esto, hermanos-, entre los que son buenos, entre los que son de la
paloma y les cabe en suerte la ciudad aquella de Jerusalén, entre los que
forman parte de la Iglesia, de quienes dice el Apóstol: Conoce el Señor
los que son suyos (2 Tim 2,19), hay diversidad de dones espirituales,
diversidad de méritos: unos son más santos, mejores, que otros. Supongamos que
a uno le bautiza un ministro más justo y santo y a otro quien es de mérito
inferior a los ojos de Dios, menos perfecto, de continencia menos perfecta y
vida menos santa, ¿por qué reciben los dos lo mismo, sino porque es Cristo
quien bautiza? Si bautizan dos, uno que es bueno y otro que es mejor, no por
eso éste da una gracia mayor que aquél; antes bien, la gracia es la misma, no
mejor en uno e inferior en otro, aunque los ministros sean unos mejores que
otros. Lo mismo acaece si el que bautiza es indigno, bien por ignorancia de la
Iglesia, bien por tolerancia -porque los malos o no se conocen, o se toleran,
como se tolera la paja en la era hasta el momento de aventarla-. Lo que se da
en este caso, es una misma e idéntica gracia, no distinta, aunque los ministros
sean desiguales, porque Él es quien bautiza.