domingo, 18 de octubre de 2026

DOMINGO XXX - A (25 de Octubre del 2026)

 DOMINGO XXX - A (25 de Octubre del 2026)

 Proclamación del Santo Evangelio según San Mateo 22,34-40:

 22,34 Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar,

22,35 y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

22,36 "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?"

22,37 Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.  

22,38 Este es el más grande y el primer mandamiento.

22,39 El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

22,40 De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas". PALABRA DEL SEÑOR.

 REFLEXIÓN:

 Estimados(as) amigos(as) en el Señor Paz y Bien.

“Quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso” (IJn 4,20).

“¿Serán pocos los que se salven?” (Lc 13,23). Hemos dicho que, se salvaran todos los que entran al banquete de boda del Cordero y para entrar al banquete de boda del Cordero previa aceptación (Bautismo= Mt 28,19-20), es requisito estar revestidos con traje de fiesta (Mt 22,12). ¿Cómo revestirnos con traje de fiesta? Sabiendo situarnos tal como somos ante cesar como ciudadanos cumpliendo con los deberes de la sociedad (Mt 22,21) y ante Dios dar testimonio de la fe como imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26). Y la estrategia para revestirnos con traje de fiesta es lo que hoy nos da pie responder a la pregunta: ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? Amar a Dios y al prójimo (Mt 22,36).  Con esta respuesta también respondemos a la pregunta ¿Qué obras buenas tengo que hacer para obtener la salvación eterna?” (Mt 19,16). Haciendo o viviendo a cabalidad el bien supremo del amor. ¿Cómo? Amor a Dios amando al prójimo. Por eso, san Juan nos enfatiza: “Quien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso” (IJn 4,20).

 Para obtener la salvación hace también falta: “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Es decir, todos los valores se agrupan en una actividad significativa cuales el trabajo: “El Reino de los Cielos es parecido a un propietario que muy de madrugada sale a contratar obreros para trabajar en su viña” (Mt 20,1). “Negarse a sí mismo, tomar su cruz de cada, y seguir a Jesús” (Mt 16,24); la corrección como hermanos (Mt 18,15-18); la oración en comunidad (Mt 18,19-20). “Perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22).

 Cuando resaltamos el episodio: “El rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?" El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes" (Mt 22,11-13). Y nos preguntamos ¿Qué significa ese traje de fiesta? Y nos respondimos con la enseñanza de San Pedro “Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo” (IPe 1,15-16; Lv 19, 2). Es decir, un día para estar en la fiesta del banquete de boda del cordero que es el en el cielo y  es eterno, hay que estar con traje de fiesta, es decir, hay que ser santo sí o sí.

 Para ningun judío era secreto que el primer mandamiento de toda la ley es el amor a Dios, pero Jesús va más lejos en su respuesta y agrega, el segundo es similar: "ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22,37-39). Que el segundo mandamiento sea igual y tan importante como el primero. Es decir, que amar al prójimo es tan importante como amar a Dios. Además añade, que toda esa gama de mandamientos y preceptos que el pueblo multiplicó de los diez mandamientos, en total más de seiscientos, todos ellos quedan reducidos a dos principios: el amor a Dios y el amor al prójimo (Mt 22,37-39), Aquí hay toda una enseñanza nueva e incluso una nueva concepción de Dios. Para nosotros tampoco hay duda en aceptar que el amar a Dios es el primer mandamiento de la ley, pero no estamos tan convencidos en poner en el mismo nivel, al amor al prójimo. Lo digo porque hoy tenemos muchos conflictos en el mundo, guerras, odios, rencores, mucha gente que muere de hambre… me van a decir que ¿si nos amáramos como Jesús nos dice hoy, habría tanta miseria en el mundo? Jesús no dio tanta importancia al primero, no porque no le importase el amor a Dios sino que el amor autentico a Dios pasa por el amor al prójimo. No en vano, a lo largo del Evangelio como enseñanza central de Jesús es esta: “Les doy un mandamiento nuevo; que se amen unos a otros como yo les he amado, en esto les reconocerán que son mis discípulos, en que Uds. saben amarse unos a otros como les amé” (Jn 13,34).”

 El amor del auténtico creyente tiene que tener su sustento en las mismas palabras y enseñanzas de Jesús. Y para dar mayores pautas del amor del que Jesús nos habla hoy, recordemos  cuando Jesús nos dice: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra… Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,38-48).

 Pero, Jesús ¿nos pide amar incluso hasta a los enemigos? Si, y Jesús nos lo ha demostrado que si es posible amar al enemigo. Desde la cruz, cuando sus enemigos lo están crucificando, la primera palabra que dijo es: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen conmigo” (Lc 23,34) y la última palabra es expresión de su amor y fidelidad al Padre: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu y dicho esto murió” (Lc 23,46). Escena que Juan los describe así: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios” (Jn 3,16-18).

Hermanos, hoy Jesús no nos ha preguntado cuántas oraciones sabemos, cuántas veces hemos venido al templo o cuántas normas religiosas podemos recordar. Nos ha llevado al corazón de nuestra existencia: ¿amamos a Dios? ¿Y cómo se manifiesta ese amor en nuestra manera de tratar a los demás?

La primera lectura nos recuerda que Dios escucha el clamor del pobre y del indefenso. San Pablo nos enseña que el Evangelio puede transformar una comunidad hasta convertirla en testimonio. Y Jesús nos revela que amar a Dios y amar al prójimo son dos dimensiones inseparables de una misma vida de fe.

Por eso, al salir de esta Eucaristía, no nos llevemos solamente una frase bonita. Llevémonos una decisión concreta: reconciliarnos con alguien, escuchar a quien hemos ignorado, tratar justamente a quien trabaja para nosotros, acompañar a una persona sola o compartir con quien necesita ayuda.

San Francisco de Asís comprendió que el encuentro con Cristo cambia la manera de mirar al hermano. Pidamos al Señor esa gracia: que nuestra oración no nos aleje de las heridas del mundo, sino que nos haga más capaces de acercarnos a ellas con misericordia.

Porque, al final, la pregunta no será solamente cuánto hemos hablado de Dios, sino cuánto hemos permitido que su amor transforme nuestra vida.

Señor, enséñanos a amarte con todo el corazón y a reconocer en cada hermano una persona digna de amor. Que nuestras palabras se conviertan en obras, nuestras obras en testimonio y nuestra vida entera en una respuesta agradecida a tu amor.

Jesús no elige un mandamiento entre los demás: revela el centro desde el cual toda la Ley es Ley, y ese centro es un solo amor que, nacido de Dios, no puede dirigirse a Él sin pasar por el prójimo.

1. Apertura: la pregunta que nos incomoda

Hermanos y hermanas:

Si hoy les pidiera que resumieran el cristianismo en una sola frase, ¿qué dirían? Algunos dirían: «ir a misa». Otros: «cumplir los mandamientos». Otros: «ser buena persona». Y no estarían del todo equivocados, pero tampoco del todo acertados.

Hoy el Evangelio nos pone ante exactamente esa pregunta, pero formulada por un adversario: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?» (Mt 22,36). Fíjense bien: no es una pregunta inocente. Quien la hace es un doctor de la Ley, y el evangelista nos dice con claridad que lo hace «para ponerlo a prueba» (v. 35). Y sin embargo, de una pregunta hecha con mala intención, Jesús saca la respuesta más luminosa de toda la Escritura. Así trabaja Dios: puede escribir derecho con renglones torcidos.

Quiero proponerles que hagamos juntos un recorrido con una sola dirección. Primero entenderemos qué quiso decir Jesús en su mundo. Después veremos qué nos dice de Dios, luego del ser humano, y al final, qué nos pide a nosotros, aquí y ahora. Y todo girará en torno a una afirmación: Jesús no escoge un mandamiento entre otros; nos revela el centro de toda la Ley, y ese centro es un solo amor que nace de Dios y que no puede llegar a Dios sin pasar por el amor al prójimo.

2. Nivel histórico-literario: ¿qué quiso decir Jesús en su contexto?

a) El escenario. Estamos en Jerusalén, en los últimos días de Jesús. Mateo ha construido una cadena de controversias: primero los herodianos y el tributo al César (22,15-22), luego los saduceos y la resurrección (22,23-33), y ahora los fariseos y la Ley (22,34-40). Tres grupos, tres trampas. Jesús sale de las tres. Y Mateo nos dice que los fariseos, al saber que había «tapado la boca» a los saduceos, «se reunieron en grupo» (Mt 22,34): es una coalición contra él.

b) La pregunta no era tan simple como parece. Para nosotros, «mandamiento más importante» suena a ranking. Pero en el judaísmo de la época se contaban, según la tradición rabínica, 613 preceptos o mandamientos: 248 positivos y 365 negativos. Y los maestros discutían cuáles eran «ligeros» y cuáles «graves». Era un debate real, legítimo y a veces agotador. La pregunta del doctor de la Ley pertenece a ese debate. No es absurda; es una pregunta de escuela.

Y hay otro detalle, que subrayan los biblistas: en la tradición rabínica se cuenta que otros maestros, después, resumieron la Ley en un principio. Por eso Jesús no es el primero en intentar una síntesis. Lo que sí es propio de él es qué une y cómo lo une. Lo digo con cautela, porque las fuentes rabínicas que conservamos son posteriores al Nuevo Testamento y no conviene fechar de forma tajante las comparaciones.

c) La respuesta: dos textos de la Torá. Aquí está el punto decisivo. Jesús no inventa nada. Cita:

Deuteronomio 6,5: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mateo trae «mente»; el texto hebreo decía «con todas tus fuerzas»; la tradición griega varía el vocabulario). Este texto pertenece al Shemá, la oración que todo israelita piadoso recitaba mañana y noche. Jesús no responde con una novedad: responde con la oración diaria de su pueblo.

Levítico 19,18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Un versículo perdido en medio del llamado «Código de Santidad», entre normas sobre la cosecha, los jornaleros y la justicia en los tribunales. En su contexto original, «prójimo» designaba ante todo al connacional, y en el mismo capítulo se extiende al extranjero residente (Lv 19,34).

d) Una precisión de método, que les pido que retengan. Jesús, en este pasaje, no cita ambos textos como «mandamientos gemelos» ya unidos en la Escritura. En el Antiguo Testamento, Dt 6,5 y Lv 19,18 están en libros distintos, sin conexión explícita. La unión es obra de Jesús en este momento, y es la decisión interpretativa que Mateo nos transmite. Lo que luego la tradición cristiana desarrollará, a saber, que ambos amores son uno solo en su raíz, es una lectura teológica posterior, que vamos a llegar a ver en Juan y en la primera carta de Juan, pero que no debemos poner en boca de Jesús en este pasaje como si él lo hubiera dicho así.

e) Y la frase que lo cambia todo. Mateo añade el versículo 22,40: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». El verbo es muy expresivo: «penden», literalmente «cuelgan». Imaginen una puerta que cuelga de sus goznes, o un cuadro de un clavo. Si quitas el clavo, todo se cae. No se trata de que los otros 611 mandamientos sobren; se trata de que sin este clavo no se sostienen. Y por eso Mateo, que cuida el tema, había escrito antes: «No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud» (Mt 5,17). Jesús no desprecia la Ley. Le da su verdadero eje.

Y este eje ya había sido anunciado por los profetas. Oseas lo dijo con una frase que Mateo cita dos veces: «Misericordia quiero, y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13; 12,7). Es decir: Jesús responde dentro de la mejor tradición profética de Israel.

3. Nivel canónico: lo que la Escritura entera ayuda a ver

Ahora damos un paso. Ya sabemos qué dijo Jesús en su contexto. La Iglesia, leyendo toda la Biblia como una unidad, ha seguido meditando esta respuesta. Y aquí, hermanos, no estamos ya en el terreno de lo que Jesús dijo con estas palabras, sino de lo que el conjunto de la Escritura permite entender. Esto es legítimo y es riquísimo, pero es otro nivel.

a) Juan 13,34-35: el amor tiene ahora una medida nueva.
«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado, ámense también ustedes unos a otros. En esto reconocerán todos que son mis discípulos».

¿Qué es «nuevo»? No el amor al prójimo, que ya estaba en Levítico. Lo nuevo es la medida: «como yo los he amado». Antes se decía «como a ti mismo»; ahora, «como yo los he amado». La vara de medir pasa de nuestro propio yo al lavatorio de los pies y a la cruz. El contexto es claro: Juan lo dice en la Última Cena, después de lavar los pies. Y fíjense en el fin que dice Jesús: el amor es la señal de reconocimiento del discípulo. No la doctrina, no el ritual: el amor.

b) 1 Corintios 13,1-8: el amor como criterio de todo carisma.
Pablo escribe a una comunidad dividida, enamorada de sus dones espectaculares: lenguas, profecía, conocimiento, fe capaz de mover montañas. Y dice, en sustancia, que todo eso sin amor es nada. Y luego describe el amor no con definiciones abstractas, sino con verbos concretos: paciente, servicial, no envidioso, no se jacta, no se irrita, no lleva cuentas del mal. Pablo está haciendo con los corintios lo que Jesús hace con los fariseos: volver al centro. Ustedes tienen muchos dones; ¿dónde está el clavo del que todo cuelga?

c) 1 Juan 4,19-21: aquí el hilo se cierra.
«Nosotros amamos porque él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano».

Aquí sí aparece explícitamente lo que antes decía: no se puede amar a Dios sin amar al hermano. La carta lo afirma con una dureza casi incómoda: «mentiroso». Esta es la interpretación canónica más nítida del pasaje de hoy. Y noten algo importante: el versículo 19 coloca el fundamento antes del mandato: «Nosotros amamos porque él nos amó primero». El amor no es un esfuerzo nuestro por conquistar a Dios; es una respuesta a un amor que nos precede.

d) Y esto nos lleva a una conclusión que ilumina a Mateo.
Mateo 22 no dice «los dos mandamientos son lo mismo». Dice «el segundo es semejante al primero» (v. 39). Semejante, no idéntico. Y sin embargo, la tradición de Juan y de Pablo nos permite ver con más claridad por qué son semejantes: porque el Dios que nos ama primero es el mismo Dios que ama al hermano que tenemos al lado. Si yo amo a ese Dios, no puedo despreciar a quien Él ama.

Por eso insisto: la tesis de hoy no es «hay dos mandamientos». Es que hay un solo amor, que viene de Dios, y que tiene dos direcciones inseparables.

4. Lo que este pasaje revela de Dios y del ser humano

a) Acerca de Dios es la Primera revelación: Dios no es un legislador que nos pide cumplimiento; es un Dios que pide amor. Toda la Ley, con sus 613 preceptos, no es un reglamento de comportamiento, sino la forma concreta de una relación. Un Dios que solicita todo el corazón, toda el alma, toda la mente no es un Dios que busca esclavos, sino un Dios que busca comunión.

Segunda revelación: este Dios ama primero (1 Jn 4,19). El orden es decisivo. Primero el don, después la tarea. Primero somos amados, después amamos. Si invertimos el orden, la religión se convierte en un contrato: «yo cumplo, tú me recompensas». Y Jesús vino precisamente a romper ese contrato.

b) Acerca del ser humano: Aquí hay algo de enorme profundidad. El mandamiento dice «como a ti mismo». Es decir: da por supuesto que tú vales. Que tienes dignidad. Que mereces ser amado. Jesús no manda «ámate a ti mismo»; lo presupone como base. Pero lo hace sin caer en egoísmo: el amor a uno mismo no es el fin, sino el punto de partida desde el cual se puede comprender qué significa amar al otro porque el que no sabe amarse a si menos amara al otro.

Y, además, el mandamiento pone al otro en el mismo plano de dignidad que yo. El prójimo no es un instrumento, ni un competidor, ni un problema a resolver, ni un cliente: es alguien que, como yo, es amado por Dios y es capaz de amar. Aquí se funda, desde el Evangelio, la dignidad de toda persona, sin condiciones, sin distinciones de nación, de clase ni de mérito.

San Francisco, vivió esto de forma tan radical que cuando abrazó al leproso, a quien antes le provocaba horror, dijo en su Testamento que «lo que antes me parecía amargo se me convirtió en dulzura de alma y de cuerpo». No fue un sentimiento previo; fue un acto que transformó el sentimiento. El amor al prójimo no empieza en la simpatía; empieza en la decisión y en el gesto, y la simpatía llega después, a veces mucho después.

5. Nivel pastoral: ¿cómo debe transformar hoy nuestra vida?

Y ahora, hermanos, llegamos a donde esta homilía quería llegar. Hemos recorrido el camino: la pregunta, la respuesta de Jesús, la luz de toda la Escritura, lo que dice de Dios y del ser humano. Ahora cabe una pregunta sencilla y a la vez incómoda: ¿y mi vida?

Aquí ya no hablo de lo que Jesús dijo, ni de lo que dice la Escritura entera, sino de lo que nosotros, hoy, estamos llamados a vivir. Es una aplicación pastoral, y como tal puede decirse de muchas maneras. Les propongo tres desplazamientos concretos, que son consecuencias de la misma tesis:

Primer desplazamiento: de la religión de cumplimiento a la religión de amor.
Es fácil convertir la fe en una lista: misa, rezos, normas, devociones. Nada de eso es malo; todo eso es bueno, si cuelga del clavo. Pero si el clavo falta, se vuelve ruido, o peor, se vuelve coartada. Hay personas que no faltan nunca a la misa y que, sin embargo, no saludan al vecino, no perdonan a un familiar, o tratan con desprecio a quien trabaja para ellos. 1 Jn lo llama por su nombre: «mentiroso». No lo digo para condenar a nadie; lo digo porque ese espejo es para todos, comenzando por quien les habla.

Segundo desplazamiento: de un amor de palabras a un amor de obras concretas.
Pablo lo describió con verbos: paciente, servicial, no lleva cuentas del mal. Pregúntense, en estos días: ¿con quién necesito ser paciente? ¿A quién estoy llevando cuentas del mal? ¿A quién puedo servir esta semana de manera concreta? El prójimo no es una idea; es la persona que Dios pone en mi camino: el hijo que no me escucha, la suegra que me irrita, el compañero de trabajo que me ignora, el migrante que llega a nuestra ciudad, el pobre que no tiene voz. En el Perú, un país de tantas heridas y tantas solidaridades, la pregunta no es teórica.

Tercer desplazamiento: de un amor que depende de mi estado de ánimo a un amor que nace de haber sido amado.
Muchos nos agotamos de amar porque creemos que el amor depende de nuestras fuerzas. Pero 1 Jn 4,19 nos libera: «Amamos porque él nos amó primero». Cuando el amor se me agota, no tengo que fabricarlo de nuevo; tengo que volver a la fuente. Y esa fuente tiene un lugar concreto: esta Eucaristía. Aquí recibimos el amor que después se nos pide dar. Aquí el Señor, que lavó los pies de sus discípulos, se nos entrega. No salimos de misa «a cumplir un deber»; salimos a repartir lo que hemos recibido.

6. Cierre: volver al centro

Hermanos y hermanas, volvamos a la pregunta con la que empezamos. ¿Cuál es el mandamiento más importante?

Jesús podría haber dado una respuesta técnica, una jerarquía de normas. En cambio, nos dio una persona: Dios que nos ama primero, y un prójimo al que Dios también ama. Y nos dijo: de ahí cuelga todo.

La Ley, los Profetas, nuestras liturgias, nuestras devociones, nuestros ministerios, nuestras universidades, nuestras parroquias, todo es válido y bello en la medida en que cuelga de este clavo. Y cuando nos desviemos, cuando nos enredemos en discusiones, en normas, en rivalidades, en cansancios, el Evangelio de hoy nos dice con ternura: vuelvan al centro.

San Francisco, al final de su vida, enfermo y casi ciego, dijo a sus hermanos: «Hermanos, comencemos, porque hasta ahora poco o nada hemos hecho». No lo dijo por desánimo, sino por hambre de amar más. Que esa sea nuestra oración esta semana: Señor, que no me contente con haber cumplido. Enséñame a amar.

Y que cuando alguien nos observe, no pregunte «¿a qué grupo pertenecen?», sino que pueda decir, como quería Jesús en Juan 13,34: «En esto reconocerán que son mis discípulos: en que se aman unos a otros».

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Paz y Bien

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